lunes, 20 de abril de 2015

La belleza a través de la liturgia

Pedro Subercaseaux Errázuriz (1880-1956) fue un destacado pintor e historietista chileno, célebre por sus obras que ilustran la historia y costumbres de Chile, caracterizadas por la profunda asertividad y minuciosidad de los detalles de los personajes que retrata, así como por ser el autor, bajo el seudónimo de Lustig (divertido, en alemán), de una de las primeras historietas del país: Federico Von Pilsener.

Dom Pedro Subercaseaux

En 1907 contrajo matrimonio con Elvira Lyon Otaégui, con quien compartía el gusto por las artes, la literatura y la religión, el que se vio reflejado en parte en su querida casa de Algarrobo construida con su esfuerzo conjunto. 

Tras la Primera Guerra Mundial, Subercaseaux consideró que su vida debía volcarse hacia un religiosidad todavía más plena, influido en gran medida por el estudio que realizaba en Italia sobre San Francisco de Asís para retratarlo. Fue así como tomó junto a su mujer una de las decisiones más difíciles de su vida: solicitar al Papa la autorización para separarse, de manera que cada uno llevase una vida de dedicada total a Dios, Pedro como monje benedictino y Elvira como monja en un convento de Toledo.


Dom Pedro Subercaseaux
Eutiquio y Tértulo llevan a San Benito sus hijos
(de la serie de acuarelas sobre la vida de San Benito)

Ingresado al Monasterio Benedictino de Nuestra Señora de Quarr, en la Isla de Wight, y en 1938 fue enviado de regreso a Chile con la misión de fundar un monasterio de la orden benedictina en Santiago, el que hoy perdura con otra ubicación bajo el nombre de Monasterio de la Santísima Trinidad de las Condes

Abadía de Quarr, Inglaterra

En 1962, la Editorial del Pacífico publicó sus Memorias, lamentablemente inconclusas. De ellas extraemos los siguientes pasajes relativos a la belleza como reflejo de Dios, especialmente a través de la liturgia. 

Es sabido que la belleza es la propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Se dice que algo es bello cuando la percepción nos lo muestra en equilibrio y armonía con la naturaleza, de manera que su contemplación despierta sentimientos de atracción y bienestar emocional. Por eso, Santo Tomás de Aquino define lo bello como aquello que agrada a la vista (quae visa placet). 

Dom Pedro Subercaseux nos recuerda la enseñanza del maestro de novicios de su abadía sobre el fin del hombre: 

—La felicidad perfecta consiste esencialmente en el conocimiento de Dios, el cual conocimiento satisface perfectamente todo deseo y excluye todo mal: pero este conocimiento no se obtiene en esta vida sino solamente en la otra… 

Él estaba de acuerdo con esa enseñanza, asentada con seguridad en la doctrina de Santo Tomás de Aquino, pero la creía incompleta: 

—Estoy de acuerdo en que el conocimiento y la visión de Dios en la vida futura será para nosotros motivo de dicha absoluta, pero creo que al artista no le bastará con ver, conocer o admirar la belleza de Dios. Sentirá también el deseo de crear, por su propia cuenta, su parte de belleza a imitación de la que ve en Dios…

Gustave Doré, ilustración al Canto XXXI 
de la Divina Comedia de Dante

Cierto es que, en este mundo, una de las formas de acercarnos a Dios es la delectación en la belleza de la Creación. De ahí que el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerde esta verdad: «A partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo» (núm. 32).

Una de las más excelsas manifestaciones de la belleza es la tradicional liturgia católica, como lo refiere Dom Pedro Subercaseaux al relatarnos su viaje a Roma en 1928: 

Me cupo, en Semana Santa, tomar parte en las solemnidades en las que participaban más de cien monjes benedictinos en la hermosa Iglesia de San Anselmo, en el Monte Aventino. En esos días  vi desarrollarse los tradicionales ritos de nuestra Liturgia con el máximo de corrección, recogimiento y sencillez. Las juveniles y vigorosas voces germánicas de la mayoría prestaban al canto gregoriano una profundidad inusitada; mientras se mecían un centenar de palmas alrededor del austero claustro en la procesión del Domingo de Ramos. Como de costumbre, yo era todo ojos. Mi apreciación de los ritos litúrgicos no me impedía unir en mi mente los textos bíblicos de los cantos con las líneas y proporciones nobles y severas del estilo bizantino del templo en que nos hallábamos.  

Sant'Anselmo all'Aventino

Por eso, Dom Pedro Subercaseux, un alma transida de sensibilidad artística, insiste todavía sobre la belleza: 

Pero, sigo soñando, la belleza para mí es don particular de Dios, independiente de todas las demás gracias. El Señor acumula sobre nosotros gracias y bendiciones de todas clases, dese luego todas las que nos son necesarias. Pero el don de la belleza parece emanar más directamente de Él. Es menos necesario para nosotros. Lo es más para que por Él conozcamos a nuestro bien. Ha prodigado su Belleza desde los principios de la Creación. Por ella lo han reconocido los pueblos primitivos, pero parece que en los últimos siglos los hombres se han hecho indignos de poseerla. 

Lo que ahora nos faltan no son técnicas ni teorías de arte. Lo que falta es que la Suma Belleza nos muestre de nuevo Su Faz, como lo hacía con los antiguos, y nos enseñe de nuevo a producir, también nosotros, belleza a imagen y semejanza de Dios. 

Un poco más adelante en su narración, nos previene el benedictino contra esa tentación iconoclasta que tantas veces se levanta contra la Iglesia basada en un malentendido sentido de la pobreza y que acaba siendo un culto a la fealdad: 

—¿Por qué —me decía un amigo— no vende el Papa esos valiosísimos tesoros de arte que posee el Vaticano? Imagínese cuánto bien se haría con el producto…

Pero la sabiduría de Dios no parece estar de acuerdo con el sentir de aquel varón prudente. No me toca a mí ciertamente juzgar sobre la materia, pero ya de hecho el mismo Cristo reconvino a Judas. «¿Por qué este desperdicio?» había objetado el Iscariote al observar la prodigalidad con que Magdalena derramaba el precioso ungüento sobre los pies de Jesús. 

Dieric Bouts (circa 1420-1475), Cristo en la Casa de Simón.

¿Por qué ese desperdicio de riquezas, de belleza y de arte? ¿Por qué no se cierran los museos y no se transforman en hospitales y escuelas? ¿Por qué tanto lujo para Dios…? La respuesta me parece obvia. Dios mismo es Belleza y ha querido que su magnificencia luzca en toda su obra. En la naturaleza primero, que es obra de sus propias manos. Y en la del hombre creado a su imagen y semejanza y con poder para crear, él también, su complemento de belleza. 

La Biblia nos habla ya en el Éxodo de Beseleel, de quien dice el Señor: «Fue lleno del Espíritu de Dios, de sabiduría y de inteligencia, y de ciencia y de doctrina, para inventar y ejecutar obras de oro y de plata y de cobre y para grabar piedras y para obras de carpintería, todo lo que con arte se puede inventar, lo he puesto en su corazón». 

¿Y quién nos asegura que ha caducado aquella misión de embellecimiento cuya acción es visible a través de los siglos y en el mundo entero? Aquellos santos medievales, austeros como eran, sabían escoger los parajes más hermosos para asentar en ellos sus ermitas o monasterios, y todo lo que queda de ese período es de gusto exquisito. La explosión de arte y belleza que constituyó el Renacimiento me parece tener por fin una preparación del Nuevo Mundo para recibir la Fe de Cristo. Eran razas nuevas y sensibles a la belleza. Las tres carabelas de elegantes líneas y cubiertas de velas y estandartes multicolores debieron producir una primera impresión de belleza, tal como los apuestos hidalgos cubiertos de armaduras. Muy luego brotaron en toda América los templos con todo el hechizo del arte barroco. 

Dom Pedro Subercaseaux, Primera Misa en Chile (óleo sobre tela, 1904)

Pero ahora, en la época del acero, todo lo queremos incoloro y estrictamente funcional, menos los rostros femeninos. No pensamos ya que toda hermosura viene de Dios y debe servir a Dios, a quien pertenece por derecho propio. La Iglesia, sin embargo, aún profesa esta creencia y los Papas de todos los tiempos, aun desde las catacumbas, la han mantenido. 

Pero, a despecho de los Papas, muchos hoy día quisieran anular la tradición, quieren renovar la antigua protesta: 

—¿A qué fin este desperdicio?

El primero en formularla fue nada menos que uno de los doce Apóstoles de Jesús. Se llamaba Judas Iscariote.  

Nota de la Redacción: Las citas están tomadas de Subercaseux, P., Memorias, Santiago, Editorial del Pacífico, 1962, pp. 213, 241, 245 y 247-248. Para mayor información del autor, puede consultarse la página que el sitio Memoria chilena le dedica. 

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