lunes, 10 de agosto de 2015

Indiferencia católica ante la liturgia

Les presentamos a continuación un reciente artículo de Peter Kwasniewski Ph.D., Profesor de filosofía y teología del Wyoming Catholic College y destacado articulista en temas litúrgicos. El artículo original, publicado en el sitio New Liturgical Movement, puede leerse aquí (en inglés). Agradecemos al Profesor Kwasniewski por su gentil autorización para traducir y publicar su artículo en esta bitácora. 

En sintonía con este artículo, esperamos ofrecerles pronto unas notas de lectura sobre el interesante libro intitulado Cartas entre el Cielo y la Tierra. La Misa explicada a un "católico no practicante" (Madrid, Voz de Papel, 2014), de que es autor el Rvdo. Ricardo Reyes Castillo (a quien también pertenece la obra La unidad en el pensamiento litúrgico de Joseph Ratzinger, Madrid, BAC, 2013).



Indiferencia católica ante la Liturgia

Peter Kwasniewski

Una de las cosas más sorprendentes en la Iglesia Católica es la casi universal indiferencia de sus miembros (incluido el clero) ante la sagrada Liturgia como tal. Por cierto, los estacionamientos de muchas parroquias están llenos los domingos por la mañana. Gran parte del laicado está “comprometido” en algún ministerio. Hay mucha actividad social en torno a la Misa –a veces, con demasiado entusiasmo, en los bancos de iglesia, tanto antes como después de la Misa. Son frecuentes por doquier las tertulias. Y los sacerdotes trabajan duro, a menudo en tareas que nadie agradece. Pero cuando se trata de “impregnarse totalmente del espíritu y de la fuerza de la liturgia” (Sacrosanctum Concilium 14) o de “vivir una vida litúrgica” (cfr. Sacrosanctum Concilium 18 y 42), no hay absolutamente nada que exhibir. 


Una de las grandes quejas del Movimiento Litúrgico anterior al Concilio fue que los católicos, en general, no poseían un conocimiento interiorizado del tesoro de su liturgia, ni apreciaban mayormente el deseo intenso de vivir “bajo el signo” de los tiempos y fiestas litúrgicos. Una combinación de clericalismo y de creciente secularización había alejado a los fieles del contacto estrecho con los sagrados misterios que tenían lugar en la Iglesia, y pareció que se había abierto un abismo entre los aspectos sociales del cristianismo, su misión en medio del mundo actual lleno de necesidades, y la actualización ritual de augustas ceremonias, de siglos de antigüedad. A pesar del torbellino de corrientes contrapuestas en la sala del Concilio Vaticano II, prevaleció la opinión de que la liturgia es la fuente y la culminación de la Iglesia, “fuente y cumbre” (o “manantial y cima”) de la vida cristiana, una conclusión que seguramente pareció bastante rara en aquel entonces, pero no tan rara como parece hoy, cuando se ha vuelto derechamente incomprensible.

 ¿Acaso no conocemos católicos que, a pesar de su fe sincera, parecen no “sintonizar” cuando se trata de la liturgia, que simplemente no podrían estar de acuerdo con la declaración de que ésta es “la fuente y la culminación” de lo que ellos mismos son, de lo que hacen, de por qué viven, de adónde se encaminan, y de qué hay que hacer para llegar allí? El Cardenal George parece haber acertado cuando acotó una vez: “Los estadounidenses son protestantes que van a Misa los domingos”. Una combinación nefanda de individualismo y colectivismo impide que muchos católicos, cualquiera sea su nivel de educación, perciban la pérdida del espíritu litúrgico en el contexto de la forma ordinaria, la pérdida de la primacía de lo trascendental y de la adoración. Les impide también añorar algo más auténticamente católico, y de aprovecharlo incluso cuando ello está al alcance de su mano, en su propio vecindario. El individualismo nos pone anteojeras y nos hace conformarnos con el criterio de lo mínimo, es decir, con un “me basta con esto”; el colectivismo alienta una mentalidad de rebaño que es un obstáculo para el sentido común, para el legítimo pensamiento crítico, y para el deseo de algo mejor.

Al cabo, parece simplemente que hay otras cosas en la vida más importantes que la liturgia. Esta no es lo primero y lo último, no tiene precedencia ni determina el curso de nuestros días, semanas y años. Reconozcámoslo: para tales católicos, el Concilio Vaticano II se equivocó con aquello de “fuente y culminación”, tal como demasiados dirán que Pablo VI se equivocó con Humanae Vitae, o Juan Pablo II con Ordinatio Sacerdotalis.


¿Cómo, pues, podría describirse la opinión predominante, aquélla que podríamos encontrar tanto en los pasillos de la curia como en el hogar más modesto? Podría resumírsela del siguiente modo: la liturgia es una vía particular, entre muchas otras, de vivir una concepción personal de la vida cristiana. Esta es un popurrí o mezcolanza de prácticas portadoras de sentido para las personas o, en el mejor de los casos, un mosaico de piezas pegadas con artística discreción. Resulta inconfundible aquí la huella del subjetivismo moderno y también, quizá, de la naturaleza desarticulada, aislada y excesivamente activa de la vida moderna. Para aquellas personas que quisieran tener alguna actividad además de la familia y el trabajo, puede resultar difícil interesarse en salir de su mundo privado a fin de entrar en el mundo colectivo y objetivo de la liturgia (1).

Es una de las grandes ironías del período posconciliar el que los católicos que más en serio están tomando la sagrada liturgia –aquellos que están, con conciencia, edificando su vida cotidiana sobre ella y en torno a ella, siguiendo los tiempos litúrgicos, frecuentando los sacramentos y usando los sacramentales- sean los fieles que acuden a la Misa tradicional en latín, especialmente donde quiera que es ofrecida, como alimento cotidiano, en alguna capilla o parroquia. Aquellas iglesias donde se celebra la Misa “no reformada” están demostrando a la Iglesia en su conjunto lo que el Concilio quiso decir con aquello de “vivir una vida litúrgica”, por “el espíritu y la fuerza” de la propia liturgia. Tales fieles son la mayoría de los que compran libros como We and Our Children: How to Make a Catholic Home, de Mary Reed Newland, y The Little Oratory, de David Clayton.

Algunas ironías adicionales incluyen el hecho de que, de muchas maneras, hay más participación activa en esas comunidades que lo que es común en la Iglesia en general (véase aquí); de que en ellas se implementa mucho más seriamente el magisterio de Juan Pablo II sobre el matrimonio y la familia, o en lo referente a la confesión sacramental, y de que dichas comunidades son, según todos los estándares de identidad y misión católicas, firmes como una roca y vigorosas. ¿Podría uno sorprenderse de esto si es que es verdad lo que dijo el Concilio Vaticano II sobre la liturgia, y si ello es puesto en práctica?

Exceptuando estos enclaves, sin embargo, me parece que estamos más lejos que nunca de recuperar la percepción y experiencia, genuinamente católicas, de que la sagrada liturgia es la actividad fundacional, central y definitoria de los católicos, el origen de nuestra identidad, el propósito de nuestra existencia sobre la tierra. Esto no quiere decir que nuestra identidad se agote en la liturgia, o que no necesitemos procurar también ciertos bienes subordinados (2). Lo que sí quiere decir es que el principio de nuestra vida es el bautismo, y que la culminación en esta vida de nuestra amistad con Dios, así como nuestro más vital medio de permanecer vivos, es la comunión con la carne y sangre de nuestro Señor. Fuera de estos medios, no tenemos vida en nosotros, ni tenemos vida que comunicar al mundo [recuérdese que la Misa es precisamente un envío a comunicar al mundo lo recibido tras participar en el Sacrificio Redentor de Cristo, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica 1332]. Somos cristianos en la medida en que somos sacramentados, litúrgicos y eucarísticos; no hay otra forma. Incluso nuestras obras de caridad son cristianas sólo si están totalmente sumergidas en la adoración de Dios y en el Espíritu de Cristo, que bebemos a través de la liturgia de Su Iglesia.

 ¡Sursum corda!
Foto: Rorate caeli

¿Cuáles son los prerrequisitos para vivir una vida verdaderamente litúrgica? La liturgia exige tiempo. Uno tiene que estar dispuesto a renunciar a algo –ya sea tiempo extra en la oficina, en la recreación con amigos, en el descanso en el hogar-. Uno tiene que estar, al menos en algún grado, en paz, lo suficiente para advertir la necesidad de oración y meditación como algo más importante que innumerables cosas “urgentes” que, en el trabajo o la distracción, reclaman nuestra atención. Hay que creer profundamente en aquellas palabras de Jesús: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo el resto se os dará por añadidura” (Mt. 6:33). Hay que reconocer que el culto formal, objetivo, público, ofrecido a Dios por la Iglesia es, en sí mismo, muy superior a nuestras oraciones privadas, aunque éstas sean indispensables en su nivel propio.

Una de las razones, según me parece, por las que estamos más lejos que nunca de desarrollar y practicar estos hábitos es que, siendo la liturgia moderna en ocasiones superficial, horizontal y mutable, no estamos realmente dispuestos a permitirle que sea la actividad fundacional, central y decisiva de nuestras vidas de católicos. Sentimos, inconscientemente, que no sirve para este propósito: es demasiado exigua, demasiado amorfa, demasiado humana, demasiado insustancial. Como diría P.G. Wodehouse, “no tiene agarre”. Como no es ni ese depósito de contemplación que es la Misa rezada, ni la majestuosa ceremonia que es la Misa solemne según la forma extraordinaria, va y viene sin atrapar ni nuestra imaginación ni nuestro corazón. Si seguimos yendo a Misa semana tras semana, es más por un sentido del deber y de afecto por lo comunitario. Si, como lo hace una creciente cantidad de católicos, nos alejamos poco a poco de ella, es porque, en el fondo, no había mucho de qué alejarse. Se ha proporcionado a los católicos modernos una doctrina light y un culto light en vez de una filosofía de vida omnicomprensiva y muy exigente que aspira a una inmersión total en el Misterio de Dios. Lo último es digno de que se viva y se muera por él. Pero, ¿lo otro?…


NOTAS

(1) Recuerdo aquí las palabras del filósofo presocrático Heráclito (ca. 535-475 AC): “Porque aunque todas las cosas vienen al ser de acuerdo con este logos, pareciera que los hombres jamás se hubieran encontrado con él, cuando se encuentran con palabras y actos como los que he explicado, separando cada cosa de acuerdo con su naturaleza y explicando cómo está hecha. En cuanto al resto de los hombres, son inconscientes de lo que hacen una vez que se despiertan, tal como se olvidan de lo que hicieron una vez que se duermen. ¿Qué inteligencia o comprensión tienen? Creen en los cantantes populares, y toman como maestro al populacho, ignorando que la mayor parte de ellos son malos, y pocos son buenos”. Acerca de la naturaleza pública, objetiva y –en cierto sentido- no emocional de la liturgia, véase los extractos que publiqué aquí del primer capítulo de “El espíritu de la liturgia”, de Romano Guardini. 

(2) Así lo dice el Concilio Vaticano II. Véase Sacrosanctum Concilium, 9.

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