martes, 1 de marzo de 2016

La Misa al revés ("La Messe à l'envers")

Algunas semanas antes de su muerte, el escritor francés Paul Claudel (1868-1955) publicó un artículo titulado “La Misa al revés” ("La Messe à l'envers") en Le Figaro Litteraire. Desde ese 23 de enero de 1955, este texto profético de este miembro de la Academia Francesa no solamente no ha envejecido en absoluto, sino que se puede afirmar que la situación ha empeorado considerablemente: en nuestros días, la Santa Misa se ha transformado la mayor parte de las veces en una especie de reunión-espectáculo que hay que hacer agradable a los fieles y que sufre cambios ad libitum según los caprichos provenientes de la creatividad de un celebrante que olvida que actúa en persona de Cristo y ofreciendo el sacrificio por Él y en Él, como parte de su acción redentora.

 Paul Claudel en 1951, junto a un busto de sí mismo hecho por su hermana Camille (1864-1943)

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La Misa al revés

Quisiera protestar con todas mis fuerzas contra la costumbre, que se está extendiendo cada vez más en Francia, de decir la Misa de cara al público.

El principio mismo de la religión es que Dios es primero, y que el bien del hombre no es más que una consecuencia del reconocimiento y aplicación en la vida práctica de este dogma primordial.

La Misa es el homenaje por excelencia que tributamos a Dios en el sacrificio que el sacerdote le presenta, a nombre nuestro, sobre el altar de Su Hijo. Somos nosotros, detrás del sacerdote y haciéndonos uno con él, quienes vamos hacia Dios para ofrecerle “hostias et preces”. No es Dios quien viene a presentársenos, como a un público indiferente,  ofreciéndonos un testimonio, para nuestra mayor comodidad, del misterio que se va a realizar.


La liturgia nueva despoja al pueblo cristiano de su dignidad y de sus derechos. Ya no es él quien dice la Misa con el sacerdote, quien la “sigue”, como suele decirse con razón, y hacia quien el sacerdote se da vuelta, de vez en cuando, para asegurarse de su presencia, de su participación y de su cooperación en la obra que realiza a nombre nuestro. Todo lo que hay no es sino un público curioso que observa al sacerdote cumplir con su oficio. Los impíos se complacen en compararlo a un prestidigitador que realiza su número en medio de un círculo cortésmente maravillado.

Es verdad que, con la liturgia tradicional, una gran parte conmovedora, emocionante, del Santo Sacrificio escapa a la vista de los fieles. Pero no escapa a su corazón ni a su fe. Tan cierto es esto que durante todo el Ofertorio, en las grandes misas solemnes, el subdiácono, al pie del altar, se cubre el rostro con la mano izquierda. También a nosotros se nos invita en ese momento a orar, a entrar en nosotros mismos: no se nos invita a la curiosidad, sino al recogimiento.

En todos los ritos orientales el milagro de la transubstanciación se realiza fuera del alcance de la vista de los fieles, detrás del iconostasio. Sólo después que ella ha ocurrido el Oficiante aparece en el umbral de la Puerta sagrada, llevando en las manos el cuerpo y la sangre de Cristo.

 Liturgia Divina.  Entre el sacerdote y el pueblo se aprecia la separación del iconostasio.

Un resto de esta idea se perpetuó durante largo tiempo en Francia, donde los viejos eucólogos no traducían las plegarias del canon. Dom Guéranger protestó con energía contra los temerarios que violaron esta reserva.

El deplorable  uso actual ha trastornado absolutamente el antiguo ceremonial, para gran confusión de los fieles. Ya no hay más altar. ¿Dónde está ese bloque consagrado, al cual el Apocalipsis compara con el cuerpo mismo de Cristo? Ya no hay más que una especie de tabla recubierta con un mantel, que recuerda dolorosamente el caballete que usan los calvinistas.

Naturalmente, puesto que se eleva la comodidad de los fieles a la categoría de principio, hace falta despejar todo lo posible dicha mesa de los “accesorios” que la embarazan: no solamente los candelabros y los floreros, sino ¡nada menos que el tabernáculo también! ¡Incluso el crucifijo mismo! ¡El sacerdote dice su misa en un vacío! Cuando invita al pueblo a elevar su corazón y sus ojos, ¿hacia dónde lo invita a mirar? ¡Ya no existe nada, por encima de nosotros, que sirva de frontispicio al sol levante!

Si se conserva los candelabros y el crucifijo, el pueblo se ve todavía más excluido que en la antigua liturgia, porque en tal caso ya no es sólo la ceremonia la que se le oculta, sino el sacerdote mismo.

 Presbiterio de una parroquia católica en Virginia (EE.UU.)

Tendré que resignarme -con inmenso pesar, porque, según parece, ya no se puede pedir a la multitud ningún esfuerzo espiritual, y resulta indispensable lanzarle a la cara los misterios más augustos- a ver la Misa reducida a la Cena primitiva; pero es que entonces se hace necesario cambiar todo el ritual. ¿Qué pueden querer decir esos “Dominus vobiscum”, esos “Orate, fratres”, de un sacerdote separado de su pueblo, que no tiene nada que pedirle? ¿Qué significan esas vestiduras suntuosas de los embajadores que enviamos, la cruz sobre la espalda, hacia la Divinidad?

Y nuestras iglesias mismas, ¿por qué habría que dejarlas tal como son?

          

            Paul Claudel
Academia Francesa

Nota de la Redacción: El texto francés ha sido tomado de este sitio web y la traducción proviene de nuestro equipo de redacción. 

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