jueves, 27 de octubre de 2016

50 años de Magnificat: conferencia de Christopher Ferrara (segunda parte)

Les presentamos a continuación a nuestros lectores la segunda entrega del texto de la conferencia de Christopher Ferrara en el II Congreso Summorum Pontificum de Santiago, el que tuvo lugar en agosto pasado.

 Christopher Ferrara


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VIRUS EN EL CUERPO DE CRISTO: UN OBSTÁCULO PARA LA RESTAURACIÓN ECLESIAL (II)

Christopher Ferrara
 

I.              LA EXPANSIÓN DEL ECUMENISMO

Consideremos el ecumenismo, en primer lugar. No hay duda de que este virus verbal entró en la Iglesia desde afuera, como lo admitió francamente el Papa Juan Pablo II. En su encíclica Ut Unum Sint, Su Santidad advirtió que “el movimiento ecuménico comenzó de hecho en las Iglesias y Comunidades Eclesiales de la Reforma” alrededor de 1920[1]. En otras palabras, el “ecumenismo” nació en las sectas protestantes, no en la Iglesia católica, y siendo como es un “movimiento”, diferente de una doctrina, obviamente no tiene raíces en el Magisterio perenne. Muy por el contrario, en 1928 Pío XI promulgó Mortalium Animos a fin de declarar la oposición de la Iglesia a todo involucramiento con este nuevo movimiento de origen protestante. El Papa Pío XI pronunció su condena después de considerar debidamente (con evidente desprecio) las pretensiones de un “anhelo de unidad” con el cual el nuevo movimiento quiso enganchar a los católicos:

Esta actividad es promovida muy activamente en muchos lugares como para ganar para sí la adhesión de una cantidad de fieles, y aun se enseñorea de la mente de muchos verdaderos católicos y los seduce con la esperanza de realizar una unión que fuera conforme a los deseos de la Santa Madre Iglesia, quien en verdad no tiene en su corazón más que deseos de llamar a sus hijos errantes y conducirlos de regreso a su seno. Pero, en realidad, bajo estas atrayentes palabras y encantos yace oculto un gravísimo error, por el cual se destruye totalmente los fundamentos de la fe católica… Y aquí es oportuno profundizar y refutar cierta falsa opinión, de la que depende toda esta cuestión, así como también ese complejo movimiento por el que los no-católicos buscan llevar a cabo la unión de las iglesias cristianas. Porque los autores que favorecen estas ideas están acostumbrados a traer a colación, en innumerables ocasiones, estas palabras de Cristo: “Que todos sean uno… Y no habrá más que un solo rebaño y un solo pastor”, las cuales, sin embargo, tienen el significado de que Cristo Jesús expresa meramente un deseo y una oración, a la cual le falta todavía ser cumplida… Aunque se puede encontrar muchos no-católicos que predican a voces la comunión fraternal en Cristo, no se encontrará ninguno al que se le ocurra simplemente someterse y obedecer al Vicario de Jesucristo… Porque si, como declaran continuamente, anhelan unirse a Nos y a los nuestros, ¿por qué no se apresuran a entrar en la Iglesia, la Madre y Maestra de todos los fieles de Cristo?”[2].

Pío XI se dio cuenta de que los proto-ecumenistas protestantes explotaban cínicamente la oración de Nuestro Señor (que recibió su cumplimiento, de hecho, hace 2000 años, con la fundación de su Iglesia), a fin de inducir a la Iglesia a abrirse a un movimiento no-católico cuyos efectos sólo podían ser nocivos para los fieles. Activando el sistema inmunológico de la Iglesia, Pío XI rechazó vigorosamente el virus del ecumenismo, reafirmando la enseñanza continua de la Iglesia sobre el único modo aceptable de lograr la verdadera unidad cristiana: “Por tanto, venerables hermanos, está claro por qué esta Sede Aspostólica no ha permitido jamás a sus súbditos tomar parte en las asambleas de los no-católicos, porque la unión de los cristianos sólo puede ser promovida alentando el regreso a la única Iglesia verdadera de aquellos que se han separado de ella, puesto que en el pasado desgraciadamente la abandonaron… Vuelvan, pues, a su Padre común, quien, olvidando los insultos acumulados sobre la Sede Apostólica, los recibirá del modo más amoroso…”[3].

 S.S. Pío XI

Esta enseñanza fue reiterada enfáticamente en la admonición de 1949 del Santo Oficio de Pío XII acerca del “movimiento ecuménico”. La admonición instruía a los obispos que, en toda discusión “ecuménica” que pudieran autorizar, se debía presentar a los interlocutores protestantes la “verdad católica” y “la enseñanza de las Encíclicas del Romano Pontífice sobre el regreso de los disidentes a la Iglesia”[4]. La doctrina católica sobre el regreso de los disidentes fue enfatizada de nuevo por el propio Pío XII el 20 de diciembre de 1949, apenas trece años antes de la apertura del Vaticano II: “Deberá proponerse y exponerse total e íntegramente la doctrina católica: lo que la Iglesia católica enseña sobre la verdadera naturaleza y los medios de la justificación, sobre la constitución de la Iglesia, sobre la primacía de jurisdicción del Romano Pontífice, sobre la única unión verdadera que se cumple con el regreso de los disidentes a la única verdadera Iglesia de Cristo, no podrá en modo alguno ser silenciado o cubierto con palabras ambiguas”[5].

Un notable hecho histórico es que, en obediencia a esta enseñanza constante, los obispos de los Países Bajos publicaron una carta pastoral en 1948, sólo catorce años antes del Vaticano II, explicando que los católicos no podían asistir a un congreso ecuménico en Ámsterdam “porque la división entre los cristianos no puede acabar sino de un modo, por el retorno a la Iglesia, por el retorno a esa unidad que ha permanecido intacta en Ella…”. Los obispos holandeses advirtieron que tales congresos no podían producir nada valioso porque “los disidentes están tan alejados de la Iglesia y son tan extraños a Ella que ya no comprenden su lenguaje”, y porque si la Iglesia participara en congresos con los disidentes “por ese mismo hecho Ella estaría concediendo que la unidad que Cristo ha querido no ha permanecido en Ella y que, estrictamente hablando, la Iglesia de Cristo no existe”, referencia directa a la enseñanza de Mortalium Animos[6]. En lugar de congresos ecuménicos y oración común con los disidentes, los obispos holandeses prescribieron “una Misa votiva por el término del cisma”.

Hoy, cerca de setenta años después, la jerarquía holandesa es la más liberal del mundo y el catolicismo está casi muerto en los Países Bajos. Hoy es inconcebible que la jerarquía holandesa, o cualquier otra jerarquía nacional, pudiera afirmar la enseñanza sobre el regreso de los disidentes al único camino hacia la unidad cristiana. De hecho, el Papa actual lo rechaza, si bien en declaraciones no oficiales hechas privadamente o a reporteros de periódicos. Por ejemplo, Catholic World Report narra la siguiente conversación entre el Papa Francisco y el ex “obispo” anglicano Tony Palmer, que perteneció a una secta anglicana separada que se proponía ordenar mujeres:

El Papa Francisco me detuvo en más de una ocasión cuando usé la expresión “regresar al hogar en la Iglesia católica”. Me dijo, “No use esa expresión”. Me dijo: “Nadie está volviendo a casa. Uds. están viajando hacia nosotros y nosotros estamos viajando hacia Uds., y nos vamos a encontrar en el medio. Nos vamos a encontrar en el camino en la medida que nos buscamos mutuamente”[7].

¿Qué habríamos de encontrar en “el medio” a que se refiere Francisco? Por cierto, es imposible decirlo. Esta declaración es, para decirlo francamente, absurda, ya que no hay un terreno “medio” entre la Iglesia que Cristo fundó y la asociación meramente humana a la que Palmer perteneció antes de morir, súbitamente, en un accidente de moto –después de que Francisco le hubo aconsejado no convertirse ni entrar en la Iglesia católica. Pero ¿cómo es que incluso un Papa puede hablar y actuar de esta manera? Sostengo que estamos siendo testigos de los efectos finales de la inyección de un virus verbal –el virus del ecumenismo- en el torrente sanguíneo de la Iglesia.

 S.S. Francisco en compañía de Tony Palmer

Siguiendo con nuestra analogía, se puede ver que el virus del ecumenismo entra en la Iglesia por una brecha en su sistema inmunológico, a saber, el Concilio Vaticano II. Se puede incluso señalar el momento histórico preciso en que el Concilio abrió esa brecha, que fue aprovechada de inmediato. El 13 de octubre de 1962 –tercer día del Concilio y aniversario del milagro del sol en Fátima- los Padres Conciliares se reunieron a fin de votar sobre la composición de las comisiones conciliares que habían de revisar los esquemas preparatorios del Concilio. De un modo típico del sistema inmunológico de la Iglesia, tres años se habían dedicado a los esquemas preparatorios, luego del súbito anuncio del Concilio por el Papa Juan. El resultado fue un conjunto de documentos escritos en la forma tradicional escolástica, precisa (el esquema sobre la liturgia fue la única excepción, como veremos). De acuerdo con las normas procesales del Concilio, la reunión del 13 de octubre debía limitarse a votar por los candidatos que había propuesto la curia para conformar las comisiones, aunque cada Padre tenía la libertad de escribir sus propias preferencias. Violando las normas de procedimiento, el Cardenal Aquiles Liénart se apoderó del micrófono y comenzó a leer una declaración exigiendo consultas entre los electores y las conferencias nacionales de obispos antes de cualquier votación. Se pospuso la votación y se intimidó al Papa Juan para que aceptara la redacción de listas completamente nuevas de candidatos, después de un período adecuado para las maniobras de los conciliares liberales. Los obispos liberales de los países del Rin finalmente triunfaron en llenar las comisiones con sus candidatos, logrando mayorías o cuasi mayorías en todas las comisiones claves una vez que se realizó la elección. Como observó el P. Ralph Wiltgen: “Después de esta elección, no fue difícil darse cuenta de qué grupo estaba suficientemente organizado como para tomar el control del Concilio Vaticano Segundo. El Rin había comenzado a fluir hacia el Tíber”[8].

Como la informó el diario francés Figaro,  la captura del micrófono por Liénart “había cambiado el curso del Concilio y hecho historia”[9]. Momentos después, al abandonar el aula del Concilio, un obispo holandés le gritó a un sacerdote amigo: “Esa fue nuestra primera victoria”[10]. Romano Amerio escribe que “fue uno de esos puntos en que la historia se concentra en un instante, por lo cual se producen grandes consecuencias”[11]. Que aquel no pudo haber sido un momento feliz para la Iglesia se prueba por la exultación de los modernistas a propósito de las consecuencias de la acción de Liénart. Por ejemplo, Hans Küng declaró que “lo que había sido alguna vez el sueño de un grupo de avant garde en la Iglesia, se había extendido y permeado la entera atmósfera de la Iglesia gracias al Concilio”. Incluso el Cardenal Ratzinger alabó “la fuerte reacción contra el espíritu que latía en los trabajos preparatorios”, y “el carácter realmente epocal de la primera sesión del Concilio”, declarando que la consecuencia, es decir, la ausencia de aprobación de cualquier texto en la primera sesión, era “un resultado genuinamente positivo, grande y asombroso”[12].

 Edward Schillebeeckx

Casi inmediatamente después se descartó los esquemas preparatorios del Concilio, con la única excepción del esquema sobre la liturgia, que el ultramodernista P. Schillebeeckx había calificado de “un trabajo admirable”[13]. Este esquema se convirtió al cabo en la constitución del Concilio sobre liturgia, Sacrosanctum Concilium, cuyas desastrosas volteretas han sido posteriormente explotadas con desastrosos efectos. Y aunque parezca increíble, la maniobra de Liénart –en apariencia impulsiva pero, en realidad, cuidadosamente planificada[14]- terminó dejando al Concilio Vaticano Segundo sin preparación escrita alguna. Como se sabe, los esquemas preparatorios fueron enteramente reemplazados por formulaciones más “pastorales”, redactadas en su mayor parte por las mismas personas que habían estado (en palabras de Mons. Bandas) en las “listas negras” de la sospecha durante el reinado de Pío XII, incluyendo a Schillebeeckx, Rahner, Congar y Murray. Las ambigüedades de estos documentos –los virus verbales que contienen- siguen atormentando a la Iglesia hasta el día de hoy. Como observó Mons. George A. Kelly: “Los documentos del Concilio contienen suficientes ambigüedades fundamentales como para hacer comprensibles las dificultades postconciliares”[15]. El ecumenismo es, ciertamente, una de esas ambigüedades fundamentales.

De este modo, los “estériles” esquemas preparatorios fueron arrojados a la basura y reemplazados por documentos sazonados con virus verbales, de los cuales el principal fue “ecumenismo”. El documento conciliar Unitatis Redintegratio (UR) está repleto de referencias a este término, que no define jamás sino que sólo describe como un “movimiento, alentado por la gracia del Espíritu Santo, para la restauración de la unidad entre los cristianos”. La cuestión que inmediatamente surge es la siguiente: dado que antes del Vaticano II la Iglesia enseñó constantemente que el único camino para la unidad cristiana era el regreso de los disidentes a la única Iglesia verdadera, ¿qué es, exactamente, lo que añade a este cuadro el “movimiento ecuménico”? UR no da una respuesta clara a esta pregunta, sino que anuncia simplemente que los católicos deberán abrazar este mal definido “movimiento”, a pesar de haber sido condenado por Pío XI sólo treinta y cuatro años antes como una amenaza a “los fundamentos de la fe católica”.





[1] Ut Unum Sint, n. 65.
[2] Mortalium Animos, n. 4, 5 y 7.
[3] Ibíd. N 7, 10 y 11.
[4] AAS 42-142.
[5] “Sobre el movimiento ecuménico”, 20 de diciembre de 1949.
[6] Carta pastoral de los obispos holandeses, 31 de julio de 1948.
[7] “Francis, Ecumenism and the Common Witness to Christ”, Catholic World Report, 5 de septiembre de 2014.
[8] Wiltgen, The Rhine Flows into the Tiber, p. 19.
[9] 9 de diciembre de 1976, citado por Amerio, Iota Unum, p. 85.
[10] Wiltgen, The Rhine Flows into the Tiber, p. 17.
[11] Amerio, Iota Unum, p. 85.
[12] Wiltgen, The Rhine Flows into the Tiber, p. 59. Normalmente se usan habitualmente, incluso por quienes se considera teológicamente conservadores, palabras como “asombroso”, “sorprendente”, para referirse al Concilio. El Cardenal Ratzinger, por ejemplo, ha escrito del Concilio: “Después de todas las sorpresas que habían surgido en el ámbito propiamente teológico, reinó una sensación de euforia y al mismo tiempo de frustración. Euforia, porque pareció que nada era imposible para este Concilio, que tenía la fuerza para doblegar actitudes que se había enraizado profundamente desde hacía siglos…”.  Principles of Catholic Theology, pp. 380-81. El que las “sorpresas” teológicas son extrañas al perenne Magisterio católico es algo que no ofrece dificultades para la mentalidad que he denominado “neocatólica”.
[13] Wiltgen, The Rhine Flows into the Tiber, p. 23.
[14] El libro del P. Wiltgen revela cómo el Cardenal Liénart y el Cardenal Frings de Alemania planearon una estrategia para interrumpir el tema de aquella reunión y evitar la votación sobre los candidatos de la curia. Ibid., p. 16.
[15] Mons. George A. Kelly, The Battle for the American Church (Garden City, New York: Image Books, 1981, p. 20).

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