jueves, 5 de enero de 2017

50 años de Magnificat: la conferencia de Augusto Merino (cuarta parte)

Les ofrecemos a continuación la cuarta entrega de la conferencia impartida por el Profesor Augusto Merino Medina en el II Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile el pasado mes de agosto de 2016.

 Prof. Augusto Merino

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Lex orandi, lex credendi: cómo alterar la fe sin tocar la doctrina (IV)
Cantar es orar dos veces: doble vía para la invasión

1. Hemos visto que el manejo sutil de los textos de la liturgia, cuando es hecho con la debida ambigüedad y gradualidad, puede conducir a un clima espiritual notablemente diferente del que existía en el punto de partida. Se puede así, sin rozar siquiera formulación alguna doctrinal, comenzar una lenta transformación de la sensibilidad, de los afectos y, al cabo, de la fe. La fórmula, como hemos señalado, ha sido suficientemente probada en la historia. Por ejemplo, durante las primeras décadas de que siguieron a la reforma luterana, poca gente cayó en la cuenta de que se había cambiado radicalmente la religión, dado que los cambios que veían les parecían secundarios e incluso pastoralmente convincentes. Algo similar había ocurrido hacia el siglo IV cuando la herejía arriana se extendió por toda la Cristiandad.

Ahora bien, el lenguaje musical tiene tal poder de informar el alma humana que ya los Santos Padres miraban con algún temor su tremenda fuerza, capaz de mover el corazón del hombre en las más diversas direcciones. En relación con esto, la postura de San Agustín es especialmente reveladora: el santo obispo de Hipona fue tan sensible a la música que, como se sabe, fue el oír el canto de los salmos en Milán lo que, finalmente, junto con la predicación de San Ambrosio, desencadenó su conversión al catolicismo. Esta circunstancia de su conversión no fue en absoluta muda para él: gracias a ella captó inmediatamente el poder casi irresistible del lenguaje musical y se dio cuenta de que, a menos que estuviera severamente controlado, no podía servir a los fines de mover el alma hacia Dios[1]. 

Nicolo di Pietro: San Agustín y Alipio reciben la visita de Ponticiano (circa 1413, Musée des Beaux-Arts de Lyon)
(Imagen: Wikimedia Commons)

La manipulación de la música en el postconcilio ha tendido hacia lo que es una primera etapa transitoria, que ha de conducir a la etapa final: la etapa de tránsito es la transformación del significado de la Misa, que en la fe católica es un sacrificio, en un banquete en que la asamblea recibe festivamente el cuerpo del Señor, con todas las manifestaciones de alegría propias de un banquete; y la etapa final es convertir ese banquete, rodeado inicialmente de la parafernalia de lo sagrado, en una festividad más en que la colectividad humana se celebra a sí misma y comparte simbólicamente ciertos dones, en una actitud “fraternal” y “solidaria” que refuerza su unidad colectiva[2]. Del sacrificio redentor no queda, entonces, más que una reminiscencia vaciada de cualquier significado.

2. En diversas ocasiones en la historia de la Iglesia la belleza de un determinado lenguaje musical ha difuminado los límites que existen entre la música sagrada, es decir, compuesta para la sagrada liturgia, y la música profana: la consecuencia es que se ha importado esa belleza profana al interior de la liturgia, desvirtuándose el espíritu de ésta. Y ello ha sido visto por los pastores no como un problema adicional más, entre los muchos que han afectado la vida de la Iglesia, sino como uno centralísimo y grave. El mejor testimonio de ello es la drástica reacción de San Pío X frente a la “operatización” de la música sagrada a fines del siglo XIX, uno de los motivos que lo movió a escribir su famoso motu proprio Tra le sollicitudine (1903), que definió lo que es música sagrada, la única digna de ser introducida en el culto católico.

Considerando el tremendo poder de la música, es claro que cualquiera que esté interesado en cambiar la fe en un sentido o en otro, sin exponerse a los riesgos de hacerlo de modo paladino, directo e inequívoco y eligiendo, en consecuencia, una vía gradual y ambigua, tiene abierto este camino inmensamente poderoso y elocuente del arte musical para avanzar en su propósito.

San Pío X
(Foto: Wikimedia Commons

El ejemplo más importante de esto es el de Lutero, ya en parte anunciado. Este rebelde contra Roma se dio inmediatamente cuenta de que necesitaba establecer entre sus seguidores y Roma un corte emocional, afectivo, y recurrió para ello, antes incluso de consolidar la formulación de los artículos de la nueva fe, cosa que le llevó varias décadas, a la creación de un nuevo lenguaje musical, el “coral”, que debía proporcionar al pueblo “reformado” su identidad propia, distinta de la católica. Para esto, Lutero se rodeó de un grupo de conocedores, y contó con la ayuda de Johann Walther (1496-1570), su principal colaborador en estas materias desde Wittenberg, quien ya en 1524 publicó una colección de corales a cuatro y cinco voces. La necesidad de hacer cantar al pueblo llevó a Lutero a hacer obligatoria la enseñanza musical en las escuelas, y la música para la nueva fe fue siempre una de sus principales preocupaciones, que todavía persiste[3].

Ahora bien, aun cuando el Concilio Vaticano II no quiso que se innovara en la música patrimonial de la Iglesia latina, y aunque incluso el Consilium, que fue el autor de la revolución litúrgica, adhirió al concepto de música sagrada expuesto por San Pío X, las puertas abiertas a la revolución litúrgica fueron prontamente aprovechadas por quienes deseaban introducir cambios en la fe católica mediante bien calculados cambios en la lex orandi, que les habían de proveer del más estupendo apoyo imaginable en su propósito. Y los cambios en la música fueron importantes.

Como se sabe, el modernismo teológico propugna la inmanentización de las verdades de la fe, la supresión de todo supernaturalismo que desafíe a la razón, el sometimiento de la Revelación a la evolución del conocimiento humano. Su proyecto es, en otros términos, echar los fundamentos de una religión “dentro de los límites de la razón”, etapa fundamental dentro de los cambios culturales revolucionarios de la Ilustración. Y lograr esto exige la ruptura con lo sagrado, con lo numinoso, con el misterio, como manifestaciones de una mentalidad tradicional pre-científica, racionalmente insostenible.

Misa Novus Ordo con guitarras y "monaguilla" 
(Foto: Apostolado Eucarístico)

Si hubiera que develar el punto central de la estrategia modernista en la promoción de cambios litúrgicos que habrán de conducir a la etapa final recién aludida, habría que señalar que él es, como lo decíamos anteriormente, la desacralización de la liturgia. Y ello se puede comenzar a producir de modo insuperablemente cómodo y eficiente mediante la música. Aun antes de intervenir los textos de lo que se canta –cosa que también se hizo y se sigue haciendo- es esencial intervenir el lenguaje musical que se usa.

En este punto es conveniente tener presente que la táctica de los gramscianos en la solapada demolición de la cultura cristiana de Occidente consiste no sólo en inducir éstos o aquéllos cambios que se desea, sino aprovechar la decadencia de la propia cultura en determinados aspectos, como el hedonismo, por ejemplo: no es al pensamiento de Gramsci que se debe el hedonismo en que se ha sumido la cultura occidental; pero la descendencia intelectual de Gramsci sabe sacar de él todo el partido posible a fin de derrumbar instituciones fundamentales, como la familia. Es evidente que el arte musical en Occidente ha atravesado en el siglo XX un período de notable crisis que se puede sintetizar, de modo quizá insuperable, con el término “des-formación”, es decir, pérdida de la forma[4]. Y ello ha sido aprovechado por los reformadores dentro de la Iglesia.

Y, tal como a fines del siglo XIX la música sagrada experimentó el influjo de la música operática y se “operatizó”, perdiendo su espíritu propiamente sagrado, así ahora los estilos en que se manifiesta esa “des-formación” de la música en Occidente han contagiado también a la música sagrada. Aunque no podemos entrar en ese tema aquí, habría que sugerir que todo el arte supuestamente sagrado de la Modernidad experimenta igual dolencia, de índole esencialmente subjetivista, haciendo pasar la falta de cánones –característica de la des-formación- bajo el sacrosanto manto de la “libertad de creación artística” y el supremo recurso de aludir a la –supuestamente- impenetrable subjetividad del gusto estético: “sobre gustos no hay nada escrito”. Pero, como se sabe, hay mucho escrito, ya a partir de Aristóteles, quien piensa que no todos los hombres están igualmente bien cualificados para emitir juicios estéticos. El problema no es que no haya nada escrito, sino que la gente no lee.


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[1] Otro caso notable de conversión provocada por la música es la de Paul Claudel [nota de la Redacción: véase lo dicho al respecto en esta entrada].

[2] El planteamiento teórico de fondo que se divisa aquí no es otro que el que propone Émile Durkheim (1858-1917), desde su positivismo sociológico y como modo de explicar la realidad de la religión, en su libro intitulado Las formas elementales de la vida religiosa (1912).

[3] Sobre la importancia de la música en la rebelión luterana, véase este interesante artículo.

[4] Véase Scruton, R., “Post modern music: groans wrapped in mathematics”, en The Imaginative Conservative, 16 de junio de 2016, disponible aquí

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