jueves, 16 de marzo de 2017

El problema litúrgico y la "reforma a la reforma"

Cuando hace casi diez años el papa Benedicto XVI promulgó el motu proprio que permitía a cualquier sacerdote celebrar libremente la Santa Misa con los libros litúrgicos vigentes en 1962, expresó que su deseo era restablecer la concordia en la Iglesia, fomentando la unidad entre los católicos. Dicho texto parte de una evidencia incontrastable: deshacer la reforma de la Iglesia que supuso el Concilio Vaticano II es casi imposible, porque para entonces habían pasado ya cuarenta años de cambios profundos y ellos estaban asentados entre los fieles. Pese a que la anunciada primavera nunca mostró los frutos esperados, volver atrás sin más habría supuesto, casi con seguridad, un cisma más profundos que los anteriores que ha vivido la Iglesia, porque éste no habría implicado criterios geográficos de separación sino de sentido eclesial y de doctrina. El cisma no habría provocado una división geopolítica como el de Oriente o la reforma protestante, sino al interior de cada Iglesia local, como sucede con la High y la Low Church en el anglicanismo.

De ahí que ya desde el inicio de su pontificado, con aquel célebre discurso a la Curia con ocasión de la Navidad de 2005, el papa Benedicto XVI hubiese insistido en la necesidad de una "hermenéutica de reforma en la continuidad", vale decir, aceptar lo que existe, pero darle el sentido católico que tiene merced al depósito de la Fe recogido en el magisterio de la Iglesia. La llamada del Papa era, entonces, a entender el último Concilio como un punto más del desarrollo de la fe de la Iglesia y no como una ruptura en la lex credendi y la lex orandi. Esa herméutica de la continuidad se evidenció en distintos gestos que el propio Papa, y con él muchos obispos y sacerdotes repartidos por el mundo, comenzaron a dar, recuperando los signos materiales del tesoro de la Fe. Tal era el sentido del motu proprio Summorum Pontificum, que pretendía contribuir al mutuo enriquecimiento de las dos formas de expresión del rito romano, una ordinaria (el misal del papa Pablo VI según su tercera edición típica) y otra extraordinaria (el misal de San Pío V según la edición postípica de 1963), ambas igualmente válidas y legítimas. 

 S.S. Benedicto XVI
(Foto: Liturgy Guy)

Como Asociación hemos defendido que este enriquecimiento es posible y de él dan muestra muchas celebraciones que intentan vivir el sentido de sacralidad y continuidad usando el misal reformado. El Oratorio de Brompton es quizá el caso más acusado de este enriquecimiento, pero existen otros. También creemos que la forma ordinaria ha aportado algunos elementos a la celebración hodierna de la Misa tradicional. El aporte más importante es tal vez la correspondencia entre la acción sagrada del sacerdote que ofrece el sacrificio y el pueblo que asiste a él, quien participa con provecho mediante la recitación de las oraciones de respuesta, como lo quería Pío XII en la instrucción sobre música sagrada de 1958. Por cierto, enriquecimiento no significa sincretismo ni mixtura caprichosa, donde cada cual toma lo que más le guste para insertarlo en la otra forma, al estilo de la teoría de la elección racional (rational choice). Por respeto hacia lo sagrado, los ritos deben observarse tal y como están dispuestos por la Iglesia, Madre y Maestra, que busca revestir de la debida reverencia la participación incruenta en el sacrificio redentor ofrecido por Cristo, por una vez y para siempre, en la cruz. Nada de esto quita que la Misa tradicional exprese de mejor forma ese carácter sacrificial y cuide de separar el sacerdocio real de los fieles de aquel ministerial y sacramental del sacerdote, ayudando a cubrir el misterio con el velo de la sacralidad que proviene del silencio y los gestos. Es esta la razón por la que desde hace más de cincuenta años, sobrellevando incomprensiones y dificultades, nuestra Asociación ha preservado la liturgia tradicional de la Iglesia, un tesoro que no puede perderse y que debe conservarse para las futuras generaciones. 

El artículo que ahora reproducimos, publicado originalmente en el sitio Liturgy Guy el pasado 6 de diciembre de 2016, se aparta de lo que ha sido nuestro pensamiento y sostiene que la reforma de la reforma no es la solución al problema litúrgico que vive la Iglesia. Sin embargo, queremos compartirlo con nuestros lectores porque recuerda un aspecto que ya ha sido denunciado antes por otros: la libertad que el misal reformado otorga al celebrante acaba por convertir la liturgia en un con junto de opciones, donde puede elegirse el texto que más guste, y siempre con la posibilidad de introducir moniciones para glosar el rito y dar una notoriedad al sacerdote que no debiese tener. El Novus Ordo es así un rito propiamente posmoderno, porque la sensibilidad y la verdad como perspectiva contaminan la comprensión del misterio y su propia función didáctica. Por el contrario, especialmente en la Misa se trata de vivir ese consejo que daba San Josemaría Escrivá de Balaguer: "Ocultarse y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca". Debe ser Cristo, con su enseñanza y sacrificio, quien verdaderamente se convierta en el centro de la liturgia católica. Sólo así la Misa podrá ser la fuente y cima de la vida cristiana, como deseaba el Concilio Vaticano II. 

La versión original del artículo aparecido en Liturgy Guy puede verse aquí. La traducción es de la Redacción. 

 S.E.R. el Cardenal Raymond Leo Burke celebra una Misa pontifical conforme al Novus Ordo Missae en el Oratorio de Londres

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Por qué la reforma de la reforma no es la solución

Brian Williams

En estos tiempos, rara vez las discusiones sobre la urgente reforma de la reforma del rito romano terminan bien. Aun cuando abundan las opiniones, falta formación. En estas materias se enfrentan quienes son partidarios de la libertad con quienes lo son de la continuidad, y se traza una línea divisoria entre los que se aferran a las innovaciones posconciliares y los que buscan una restauración.

Basta observar lo que ocurre en Roma para darse cuenta de que las discusiones sobre la renovación litúrgica son hoy tan poco bienvenidas como un tío ebrio en Navidad. Recientemente el papa Francisco ha declarado que toda sugerencia de una necesaria reforma de la reforma de la Misa es una “equivocación”. La mera recomendación del Cardenal Sarah de que los sacerdotes celebren la Misa ad orientem motivó rápidas reacciones por parte de la Oficina de Prensa del Vaticano y del cercano confidente del Papa, el P. Antonio Spadaro SJ, y el Cardenal fue de inmediato citado a una reunión con el papa Francisco. El mensaje le quedó claro a todo el mundo.

En el plano diocesano la situación es similar. Por cada diócesis como la de Lincoln (NE), o la de Madison (WI), en que se ha advertido apoyo del obispo a la renovación litúrgica y, específicamente, a la Misa celebrada ad orientem, se ha empleado la táctica de la mano dura por parte de los obispos que se oponen a la renovación, como en el caso de Little Rock (AR), Davenport (IA) y, últimamente, Manchester (NH).

Esto nos remite a la importante cuestión de definir nuestro objetivo, especialmente en lo relacionado con la reforma de la reforma, aun cuando el papa Francisco parece simplemente rechazar su necesidad. Lo que debemos hacer es plantearnos esta sencilla pregunta: ¿cuál es el propósito de todo esto? En otros términos, ¿qué es lo que esperamos obtener?

Hay quienes responden que el objetivo es una Misa Novus Ordo más reverente. No nos equivoquemos: esto es muy recomendable. Refleja el idealismo de muchos clérigos y laicos bien intencionados.

 Misa de primicia Novus Ordo en el Oratorio de Viena
(Foto: Triregnum / Cross Press)

Sin embargo, tenemos también a los realistas. Tanto por su propio diseño como por su desarrollo posconciliar, el Novus Ordo es una liturgia de opciones. La Misa dominical más empobrecida litúrgicamente podrá ser irreverente y profana, pero rara vez será culpable de un abuso litúrgico específico.

Quienes piden más clamorosamente la reforma de la reforma debieran recordar que cualquier parroquia que hoy se atenga a la liturgia renovada está a solo un paso pastoral de caer en la banalidad. Tal es la libertad que el Novus Ordo, tanto en la forma como en la práctica, ha otorgado. Y he aquí la razón de por qué una reforma de la reforma no puede ser la solución, sino apenas una reparación transitoria.

En este punto se hace presente el argumento en favor de la restauración. El idealista tradicional piensa que la reparación transitoria es, simultáneamente, la solución: la Misa tradicional, llamada también forma extraordinaria de la Misa.

El argumento en favor de la restauración de lo antiguo y en contra de la reforma de lo nuevo es bien simple: existe en la liturgia tradicional una estructura, podría decirse una “rigidez”, que permite poquísimas innovaciones e improvisaciones. En la Misa tradicional se evita cuidadosamente que aparezcan las opciones y la personalidad, las que frecuentemente son, ambas, la marca registrada de la liturgia reformada.

Además, ciertas innovaciones, como los ministros extraordinarios de la Comunión, la comunión en la mano, los lectores laicos y las niñas acólitos, brillan por su ausencia en la liturgia tradicional. En otras palabras, precisamente aquellas áreas en donde más debates parroquiales se suscitan, simplemente no existen en la Misa tradicional.

 Misa tradicional solemne

La celebración de la Misa tradicional evita, por otra parte, discusiones sobre prácticas litúrgicas que han existido desde los primeros siglos de la Iglesia y que hoy son a veces consideradas discutibles, como por ejemplo el uso mismo del latín en la Misa, celebrarla ad orientem, cantar los Propios de la Misa en vez de cantos populares, usar el gregoriano para el Ordinario de la Misa, arrodillarse para recibir la Comunión, usar exclusivamente el Canon romano (hoy Plegaria eucarística I).

La reforma se lleva a cabo cuando el Novus Ordo se celebra incorporando, con toda la deferencia posible, las prácticas mencionadas. Y aquí está el punto: la liturgia nueva se reforma sólo cuando redescubre su pasado. Pero el mero hecho de que el nuevo rito autoriza desechar todas estas prácticas por mera decisión del sacerdote o de la comunidad deja en evidencia que esto no podrá ser jamás la solución.

El Novus Ordo resulta conveniente para los modernos partidarios que gustan de que la Misa se amolde y pliegue de tal modo de poder reflejar las preferencias personales, con lo que se pierde la constancia y universalidad que un rito específico debiera tener, sin consideración de tiempo o espacio.  

Los sacerdotes y parroquias “conservadores” que han procurado reformar la reforma mediante la recuperación de elementos tradicionales y de mayor reverencia, han hecho un gran servicio a Dios y a los hombres, a pesar de que su fundamento es la arena y no la roca. Que nadie se equivoque en esto: el fundamento sobre el que se construye la reforma de la reforma es arena.

En lo  personal, continuaré colaborando para promover la renovación litúrgica necesaria en el rito romano. Es lo que hay que hacer. Sin embargo, estoy convencido de que esta renovación sólo se llevará a cabo mediante la restauración, no la reforma. 

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