martes, 14 de marzo de 2017

Instrucciones para introducir buena música católica en una parroquia

Les ofrecemos a continuación la traducción de un artículo escrito por David Clayton para New Liturgical Movement, el cual contiene algunas instrucciones para introducir buena música sagrada en las parroquias. El texto es, entonces, la continuación de otro que hemos publicado previamente (véase aquí) y que versaba sobre la relación existente entre los cantorales y la disminución de la asistencia a la Misa parroquial. El artículo original puede verse aquí. La traducción ha sido hecha por la Redacción.  

Domenico Ghirlandaio, Adoración de los Magos (detalle)
(Imagen: Web Gallery of Art)

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“Va a correr sangre”
Instrucciones para introducir buena música en una parroquia

David Clayton

Luego de mi reciente artículo “De mal en peor” [Nota de la Redacción: la traducción de dicho artículo fue publicada previamente en esta bitácora], un buen número de lectores, muchos de ellos directores de coro, me escribieron para pedir asesoría práctica en la introducción del gregoriano en algunas parroquias que actualmente emplean la música eclesiástica contemporánea.

En respuesta, transcribo a continuación las experiencias de un director de coro de una pequeña iglesia en la Georgia rural, Nuestra Señora de las Montañas, quien describe cómo él y el párroco han trabajado en conjunto para ganar la parroquia para su propósito en este sentido. Lo que sigue no pretende ser una fórmula que vaya a convenir a toda parroquia, pero tengo la esperanza de que a través de ella se vea cómo los principios usados por dicho director pueden ser aplicados en otras situaciones.

Antes de comenzar, me parece interesante destacar que el desarrollo de un ethos católico en el culto, que el director describe, está en conexión con el proceso de mejoramiento de la música en la liturgia: y en vigorosa relación con ello están también los encargos de muchas obras de arte relacionadas con la liturgia. El punto de cómo puede una pequeña parroquia encargar tantas obras de arte, será tratado en un futuro artículo.

El título del presente artículo proviene de una frase en la sección final de la carta del mencionado director de coro. Quizá es un poco melodramático en su formulación, pero el fondo del asunto es claro. El director explica que, sin importar cuán sensible y diplomático sea el manejo de los cambios propuestos, jamás va a convencer a todo el mundo [véase la nota de la Redacción agregada al final]. Para muchos, la música litúrgica es una cuestión de emociones, y habrá muchos que objeten los cambios. Algunos lo harán con energía y llevarán a cabo todo lo que puedan para desacreditar los cambios. Por eso, aunque debamos hacer todo lo que podamos para conquistar a la gente, dice el director, debemos aceptar el hecho de que algunos jamás serán conquistados, sin que ello nos amilane. Con todo, creo que hay que subrayar que el tono de este artículo es, en general, optimista.

Pienso que no existe una fórmula única para abordar esta tarea de cambiar administrativamente algo, y el dar con el enfoque apropiado dependerá de muchos factores. Lo que haya que hacer dependerá de cuán grande sea la distancia entre la situación actual y el ideal; de si se cuenta o no con el apoyo del párroco y con el del obispo cuando ellos reciban las quejas, etcétera. Además, el enfoque variará según estemos hablando de la forma extraordinaria o de la ordinaria, ya que la flexibilidad extra de esta última puede ser una ayuda. Por lo tanto, quisiera animar a todos a que nos escriban sus propias experiencias de cómo triunfar en esto, recurriendo a los comentarios que se hacen más abajo, para que mucha gente pueda leerlos.

Quisiera referirme a un punto más, basado en mi experiencia propia. Sugerí una vez a un director de coro, que me contó que su párroco no estaba interesado en hacer ningún cambio en la Misa, que reuniera a un grupo comprometido a cantar Laudes o Vísperas en la iglesia todos los domingos. Aunque es de esperar que al párroco le gustara estar incluido, no es necesario que él participe y, si su presencia no hace falta, tendrá menos objeciones que hacer.   

Otro ejemplo de una situación algo diferente, pero también atingente: estuve una vez buscando un lugar para dar una serie de talleres semanales sobre ejercicios espirituales orientados a discernir la vocación personal, cada uno de los cuales había de terminar con el canto de Vísperas. Fui a ver al párroco de una iglesia católica y le expliqué lo que queríamos hacer, incluyendo el que íbamos a cantar Vísperas. Yo desconocía la opinión de este sacerdote sobre el canto tradicional, y a juzgar por sus Misas dominicales, era probable que no tuviera en él mucho interés. Sin embargo, esto no fue un obstáculo en nuestra conversación, porque el grupo no quería interferir para nada en lo que él hacía. Sobre esta base, nos permitió muy amablemente reunirnos en el salón parroquial, y estamos felices de hacerlo ahí (para todos quienes estén cerca de East Bay en California y deseen asistir, he aquí algunos detalles sobre The Vision for Your Group).

A lo que me refiero aquí es que si uno cree que tiene que hacer cambios gradualmente (los que en algunos casos serán inevitables), considere si hay algún aspecto de la liturgia sobre el que pueda adquirir total control y en que el ideal sea exhibido en toda su plenitud. Así, la gente podrá contemplarlo desde el comienzo, y esto la inspirará para involucrarse en el proyecto central. Aquí también agradeceré las opiniones de los lectores.

He aquí, pues, el artículo, que puede encontrarse también publicado en el sitio web de la parroquia.

 Orazio Gentileschi, Santa Cecilia con un ángel
(Imagen: Wikimedia Commons)

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Cuando el párroco de Nuestra Señora de las Montañas, el Rvdo. Charles Byrd, recurrió a mí la primera vez, tenía un proyecto y necesitaba mi experiencia y formación para hacerlo realidad. No podía ofrecerme mucho, a modo de compensación, pero sí ofreció su apoyo y confianza totales. A mí, a su vez, me motivó su amor por la Iglesia y el culto divino. El párroco quería ser obediente en palabras y obras, y tenía claro que la música sagrada era parte de esa obediencia. La atención que prestaba a los detalles del culto fue suficiente para hacer que yo deseara formar parte del pueblito en cuestión, pero puse mi confianza en sus directivas.

Paso uno: espíritu de confianza y colaboración entre el párroco y el director musical. 

Esto tiene que operar en ambos sentidos. Los recursos que el Rvdo. Charles Byrd había heredado cuando llegó a Nuestra Señora de las Montañas eran poquísimos. La tercera edición del misal romano nos dio la oportunidad para deshacernos de los libros, muy inadecuados, que se usaban por los fieles, y para investigar entre los nuevos himnarios y misales que se estaban publicando. Se formó un comité para evaluar diversos himnarios, sobre la base de criterios provenientes de una compilación de varios documentos eclesiales relativos a la música sagrada. ¿Contenía un determinado himnario al menos algunos cantos en latín para la Misa? ¿Tenía alguna versión estilo gregoriano o polifónico de la Misa en inglés? ¿Tenían los himnos un formato noble y un texto conforme con la doctrina católica? ¿Se incluía cantos gregorianos provenientes de Jubilate Deo?

Puesto que no podíamos reemplazar todos los himnarios y los cantorales al mismo tiempo, para partir escogimos un himnario. El Himnario de San Miguel nos ofreció un aliciente por el hecho de que incluía las sencillas Antífonas de Introito de Richard Rice, y vimos en esto un primer paso que nos permitía alejarnos de las liturgias dominadas por los cantos a que estaba acostumbrada la feligresía. Para el coro, compramos el Choral Gradual, también de Richard Rice. Estas versiones SATB de los salmos son una introducción perfecta al canto de los Propios de la Misa, y ya que los miembros del coro estaban acostumbrados a los himnos a cuatro voces, esto fue un buen modo de transitar desde una música fundamentalmente melódica hacia una música más cercana al estilo gregoriano de antífonas y versículos. Los Chabanel Psalms de Jeff Ostrowski nos permitieron disponer de un digno salmo responsorial cada semana.

Por otra parte, simplemente dejamos de usar los salmos rítmicos y sincopados impresos en las hojitas litúrgicas que se pone en los bancos, y comenzamos a cantar las composiciones de Chabanel. Los fieles prestaron atención a lo que oían y cantaron a continuación lo que había escuchado. También el Rvdo. Byrd cantaba, como forma de instruir a los fieles con su ejemplo.

Paso dos: escójase un himnario permanente (no uno desechable) y otros elementos que cumplan con la visión que la Iglesia tiene de la renovación del canto litúrgico, tal como ello está prescrito en los documentos del Concilio Vaticano II, y que usen extensamente el tesoro gregoriano de la Iglesia. 

Una vez que dispusimos de nuestro himnario, pudimos comenzar a introducir el concepto de una Antífona de Entrada. Como en la mayor parte de las parroquias de los Estados Unidos de América, los fieles sabían poco y nada de  los Propios. Tuvimos que comenzar de a poco, de modo que las primeras semanas todo lo que hicimos fue cantar la antífona dos veces –primero la cantaba el coro o el director del canto, y después los fieles-, entonando luego alguno de los cantos ya conocidos.

Con el tiempo, fuimos agregando versículos a la antífona, y la gente empezó a cantar después de cada versículo. Al cabo, el “himno de entrada” fue reemplazado por los textos del Propio de la Misa, y los fieles comenzaron a cantar a viva voz la antífona. Junto con esto, comenzamos a usar el himnario para aprender una nueva versión inglesa de la Misa para el tiempo ordinario, y una versión de la Misa en latín para Adviento y Cuaresma.

Poco a poco aprendimos una versión más en latín, la Missa de Angelis, para el tiempo de Pascua y el de Navidad. El Rvdo. Byrd ayudó mucho en la enseñanza de las partes de la Misa en latín, porque las cantaba no sólo en las Misas dominicales sino también en la Misa diaria. Quienes asistían a esta Misa diaria aprendieron rápidamente los cantos gregorianos y fueron de gran ayuda cuando se trató de que los cantaran los fieles en las Misas masivas de los domingos. Cantar en gregoriano las oraciones dialogadas fue considerado también un elemento esencial para el proyecto general. El párroco puso mucho énfasis en que se enseñase estas partes en gregoriano, de acuerdo con lo que establece la Instrucción General del Misal Romano, en el sentido de que esto debiera tener primacía en el canto durante la Misa.

 Max Scholz, Concierto coral

Paso tres: comenzar de a poco. 

Nunca tuvimos de una sola vez todos los recursos que necesitábamos, pero trabajamos con lo que tuvimos a mano. Que todo sea sencillo, pero noble. Introdúzcanse gradualmente las cosas nuevas, sin apresuramiento.

Paso cuatro: esto es crucial: ¡comiencen a hacer más numeroso el coro de niños! 

A los niños el gregoriano se les da con naturalidad, no tienen resquemores con el latín, lo hacen todo con entusiasmo y alegría, y eso es contagioso. Cómprese suficientes ejemplares del Liber Cantualis para que cada miembro del coro tenga uno: son de tamaño pequeño, y las manos pequeñas los manejan perfectamente. ¡Los niños gozan usándolos! Enséñese solfeo. Que aprendan los pneumas. Enséñese polifonía fácil. Enséñese técnicas vocales adecuadas. Identifíquese tempranamente a los que tengan talento y comiéncese a entrenarlos. Los niños se convertirán en abogados del programa de música sagrada (son miembros del pueblito), además de que se convertirán en miembros del futuro coro de adultos.

Contando con gente visionaria en el Consejo Económico de la Parroquia (¡es útil hacer que el Presidente del Consejo sea parte del coro!), nos tomó alrededor de un año tener el dinero para comprar misales permanentes para los fieles. No constituímos un comité para seleccionar esos misales, pero el Rvdo. Byrd y yo teníamos algunos criterios para evaluar las alternativas: en aquel tiempo, la única opción viable que concordaba con tales criterios era el misal Lumen Christi, de Adam Bartlett. Se preparaba otros misales, pero el Lumen Christi ya estaba disponible y tenía todo lo que estábamos buscando: las lecturas del Leccionario y las Antífonas para domingos y fiestas mayores, así como gregoriano para el Propio de la Misa en vernáculo.

Tengan presente que estábamos partiendo de cero, por lo que los miembros del coro estaban aprendiendo sobre música sagrada al mismo ritmo que el resto de los fieles. La mayor parte de quienes participaban en el coro estaba constituida por cantantes sin entrenamiento que entregaban generosamente su tiempo, pero que estaban lejos de poder cantar la música del Graduale Romanum. El misal Lumen Christi ofrecía justo lo que necesitábamos: música de estilo gregoriano simple, pero digna, para las Antífonas en inglés, con acompañamiento de órgano, si era necesario. Teníamos la seguridad de que nuestros cantantes iban a progresar lo suficiente para poder cantar el contenido del Graduale Romanum, por lo que fue muy bueno que el misal Lumen Christi trajera el texto latino de los Propios junto con su traducción al inglés para los fieles: nadie iba a poder decir que no entendía lo que el coro cantaba porque no sabía latín. 

Paso cinco: que el Consejo Económico sea parte del pequeño círculo. 

No hace ningún mal que uno o dos miembros del coro sean parte de ese Consejo, o del Consejo Pastoral, o de los Caballeros de Colón… creo que se entiende la idea.

 Jan van Eyck, Políptico de Gante (detalle)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Paso seis: Cómprese un misal de los fieles permanente que venga completo, con música para quienes cantan, para el coro y para el organista.

Y, a propósito de organista, viene el paso siete.

Paso siete: conseguirse un órgano y contratar un organista (o entrenar a uno, que es lo que nosotros hicimos). 

El único instrumento que había en la iglesia cuando llegó el Rvdo. Charles Byrd era un piano eléctrico. No había dinero en el presupuesto para comprar un órgano, pero luego de un año trabajando en el proyecto de cantar en la Misa, apareció un donante anónimo con los fondos necesarios, que se había impresionado por los esfuerzos que hacía nuestro grupo y se había convencido por el efecto que la música sagrada estaba produciendo en nuestra parroquia. Léase esto de nuevo: convencido por el efecto de la música sagrada. Porque se estaba produciendo una transformación entre los miembros del coro y entre los fieles: comenzaba a florecer una espiritualidad más honda entre quienes participaban en el culto. El regalo del órgano fue resultado de esta nueva realidad. Pero, ¿dónde encuentra uno un organista dispuesto a venir a este apartado lugar a trabajar en un incipiente programa de música sagrada? Ocurrió que el pianista que habíamos contratado para tocar en el pequeño piano Kawai estaba a punto de convertirse en organista. Aquí, nuevamente, el Consejo Económico ayudó a conseguir los fondos que necesitábamos para pagar lecciones de órgano, y el organista de la catedral accedió a trabajar con nuestro joven y talentoso pianista.

Paso 8: Inviértase en la gente. 

Páguese buenos cantantes. Contrátese directores de conjuntos. Páguese talleres y educación, como la que da el coloquio que organiza la Church Music Association of America (CMAA Colloquium) o lecciones para un cantante o un organista.  El dinero que se ahorrará al no invertirse en el conglomerado Big Three de música de iglesia puede alcanzar para mucho si se lo gasta en la parroquia. Y ya que estamos hablando de educación, mencionaré que ella fue y sigue siendo una parte importante de nuestro programa de música sagrada. Ya sea a través del boletín, o de la homilía, o de conferencias o de volantes o de nuestro sitio web (olmjasper.com), lo primero que procuramos hacer fue preparar un buen y fértil terreno donde sembrar nuestras semillas.

Todo esto exige tiempo y cuidadosa planificación. Léase esto de nuevo: tiempo y planificación. La ocasión para introducir nuestra Missa de Angelis fue un tema tan importante como el modo de hacerlo y el porqué. El por qué se canta una Antífona de Entrada en vez de un canto inicial fue considerado tan importante como el modo de hacerlo. Estuvimos durante meses preparándonos para cuando llegara el nuevo misal. A veces, nuestro boletín estaba tan lleno de insertos que parecía más una revista que un volante. El Rvdo. Byrd desarrolló un sitio web que tenía como sus fines primordiales la formación y la educación. Sí: figuran en él los horarios de Misa e instrucciones para la parroquia, pero hay también artículos que hablan de diversos santos o de himnos o de muchos otros tópicos que forman mejor a un católico. Se sube al sitio web archivos de sonido para que la gente pueda oírlos y aprender la música en su casa. Esto toma tiempo y exige una muy buena coordinación y cooperación en la parroquia, pero el resultado que se obtiene es un fundamento sólido. Y, a propósito, no exigimos derechos de autor por cosa alguna, de modo que cualquiera puede sentirse libre para copiar y adaptar desde nuestro sitio lo que fuere, para ser usado en su parroquia.

Paso nueve: la educación y la formación son esenciales. 

Hay que predisponer y preparar a la gente para los cambios. Esto toma tiempo.

Paso diez: fórmese un ethos católico. 

Esto puede parecer simplista o quizá vago, pero no hay cómo exagerar la importancia de crear un medioambiente donde la verdad y la belleza de nuestra fe sea evidente en cada rincón y rendija de nuestra vida parroquial. Comencé este artículo describiendo el sencillo exterior de una pequeña iglesia de pueblo, pero no podría dejar de mencionar la nobleza que se advierte cuando uno entra en ella. Cada cosa que se ve es señal de una gran devoción a Nuestro Señor Jesucristo y a su Madre. Los fieles están rodeados de santos y ángeles representados en obras de arte pictóricas, en cristal, madera y piedra. En el recinto donde canta el coro hay íconos, encargados hace poco, de San Gregorio, San Ambrosio, Santa Cecilia y Santa Hildegarda, quienes bendicen, con su mirada atenta, a los grupos que los han tomado como patrones. En un futuro no muy distante, desde magníficos vitrales el rey David, el salmista, y el rey Josías, el gran reformador, mirarán a los músicos que cantan y tocan bajo sus rostros estoicos.   

Los ritos litúrgicos son realizados con gran dignidad y solemnidad, y quienes tienen la responsabilidad de cantar esos ritos están siempre conscientes de que su tarea es santa en la medida en que está referida íntimamente a la liturgia. La música sagrada no existe en el vacío, no tiene vida propia aparte de la lex orandi y de la lex credendi de la Santa Madre Iglesia.

 Jan van Eyck, Políptico de Gante (detalle)
(Imagen: Fine Art America)

Y, finalmente: VA A CORRER SANGRE. No se trata aquí de dar pasos para crear un programa de música sagrada en la parroquia. Esto es ya una realidad. No todos querrán ser parte de esta colectividad. De hecho, habrá quienes preferirían ver arder la parroquia antes que ver que aceptar cambios que no están de acuerdo con lo que ellos consideran apropiado. Va a haber furiosos correos electrónicos, y ejemplares de On Eagles’ Wings dejados anónimamente en la puerta de la oficina. Habrá una franca rebelión por parte de algunos y, cuando se den cuenta de que no van a salir con la suya, habrá quienes se vayan de la parroquia. Habrá que explicar una y otra vez que el Concilio Vaticano II no prohibió el latín, y que aprender el texto de una Misa en latín no es tan catastrófico.

Mandarán cartas a la Cancillería del Obispo con todo tipo de quejas expresadas con los más vívidos detalles: ¡el gregoriano! ¡el incienso! ¡el latín! ¡qué horror! Pero al cabo ustedes verán, como nos ocurrió a nosotros, que la diócesis los va a apoyar (¡gracias, arquidiócesis de Atlanta!). Puede, incluso, que el asunto se ponga muy feo. Por eso, empiecen a rezar por los fieles y no cesen de hacerlo. Lentamente, los contumaces se habrán ido o se quedarán quietos, y se podrá ver cómo la parroquia se llena de gente que busca aquello que falta en las parroquias de la gran ciudad o en las del pueblo vecino. Y habrá paz… la mayor parte del tiempo.

Para finalizar, quisiera agregar que, cuando somos obedientes a Dios en la vida religiosa y moral, las cosas se van aclarando. Puede que nuestro mundo siga en la confusión pero, al mismo tiempo, nosotros estaremos menos confusos acerca del bien y del mal, y entenderemos por qué las cosas son como son. Esto no significa que siempre seamos perfectos, pero sí que al menos reconocemos nuestros propios errores. Y lo mismo puede decirse de la liturgia. Cuando nos proponemos vivir plenamente según la liturgia de la Iglesia, son muchas las cosas que aprendemos. Aprendemos que no necesitamos un podio con oradores ni tambores bongó en nuestro culto católico. Ni necesitamos tener un coro lleno de graduados de la Julliard School, que puede que no crean en Dios. Lo más grande no es siempre lo mejor. Créannos cuando decimos que el culto auténticamente católico (como se lo piensa en los documentos litúrgicos oficiales de la Iglesia) es ideal para un coro o feligresía de cualquier tamaño, y cuando se logra que la gente cante antífonas y oiga y cante más y más la Sagrada Escritura en la Misa, se logra cosa muy buena. Cuando se vive realmente lo que la Iglesia piensa de la liturgia, nuestra visión se hace mucho más clara.

Dicho simplemente, nuestra tarea no es entretener a la gente. Por el contrario, a lo que se nos llama es a cumplir un papel que ha sido respetado a lo largo de los siglos en la vida litúrgica de la Iglesia, es decir, entonar y cantar exactamente los textos que se nos ha legado por los santos desde tiempos antiguos. Tal es la vocación del coro: permitir que el Espíritu nos enseñe a orar, de modo que el Cuerpo de Cristo pueda ofrecer al Padre una digna y adecuada alabanza. No estamos aquí inventando nada. Ello es así de claro. Y lo que hacemos es tratar de obedecer esa idea. Por ello creemos que nuestros coros pueden crecer en santidad y lo mismo pueden otros a nuestro alrededor. Y si lo que hemos aprendido aquí, en nuestra pequeña parroquia, puede servir a otros, alabado sea el Señor.   


John Melhuish Strudwick, Vísperas de Santa Cecilia
(Imagen: Wikimedia Commons)

Nota de la Redacción: Al igual que el artículo anterior, inspirado en el nombre de una conocida serie televisiva, el título de este trabajo proviene de la película homónima producida en Estados Unidos a partir del libro Oil! (1927) de Upton Sinclair (1878-1968). Dicha película fue dirigida por Paul Thomas Anderson y se estrenó en 2007.  En España, ella se tradujo como Pozos de ambición y en Hispanoamérica como Petróleo sangriento. El argumento gira en torno al descubrimiento de un yacimiento de petróleo bajo un pequeño pueblo del oeste estadounidense, donde la única diversión consiste en oír los sermones del carismático pastor de la iglesia pentecostal. Nadie del pueblo sabía de esa riqueza que se escondía bajo sus mismos pies. Sin embargo, esta riqueza acaba por provocar una serie de conflictos, los que acaban en un torbellino de violencia y destrucción. En el artículo de Clayton (cuyo título le fue sugerido por el director de coro que le escribía la carta que le sirvió de base) sólo se pone el énfasis en la primera consecuencia: la riqueza oculta de la música sagrada, que pasa inadvertida para tantos católicos. De ahí que el autor destaque la visión optimista de su escrito. 

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