sábado, 4 de marzo de 2017

Renuncie

Habiéndose iniciado el pasado Miércoles de Ceniza la Cuaresma, queremos ofrecer a nuestros lectores las siguientes reflexiones de Russel Shaw sobre el sentido de este tiempo litúrgico, aparecidas recientemente en The Catholic Thing, medio al cual agradecemos su gentil autorización para reproducir el artículo. La traducción es de la Redacción y el original (en inglés) puede leerse aquí.

 Russel Shaw
(Foto: Crux)

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Renuncie

Russell Shaw

Hacer algo positivo por ser Cuaresma es una buena idea. Pero también lo es renunciar a algo. En uno de sus Sermones anglicanos, el Cardenal Newman argumenta de modo claro y vigoroso en favor de esto último. Dice lo siguiente: “Algún tipo de negación de sí mismo, como es evidente, va implícito en la noción misma de renovación y de santa obediencia. Cambiar nuestros corazones es aprender a amar cosas que no amamos naturalmente, como dejar atrás el amor de este mundo; pero esto conlleva, por cierto, el restringir nuestros deseos y gustos naturales”.

Continúa este gran pensador:

“Ser bueno y obediente implica autocontrol, pero para tener poder debemos ganarlo, y no podemos ganarlo sin una lucha vigorosa, una guerra perseverante contra nosotros mismos. La noción misma de religiosidad implica negación de sí mismo, debido a que no amamos por naturaleza a la religión”.

¿Y la Cuaresma? “Estación del año consagrada al ayuno y la humillación”.

 George Richmond, retrato de John Henry Newman (1844)

Supuesto el desprecio, hoy predominante, por cosas como ayuno y humillación, hay que desenredar la madeja.

Debiera ser suficientemente claro que uno no puede renunciar a cosas que no posee o, por lo menos, quisiera poseer. Ni se puede poner en práctica una renuncia ascética mínimamente significativa en relación a algo que uno no valora. No tendría sentido, por ejemplo, decir que me he propuesto renunciar a pilotear aviones, porque no piloteo aviones y no tengo interés alguno en hacerlo. Pero conozco alguien para quien volar ha sido una parte importante de su vida durante muchos años, de tal modo que renunciar a pilotear sería, para él, auténticamente un sacrificio.

En lo que a mí respecta, renuncié a fumar hace ya mucho tiempo, y hacerlo fue para mí un sacrificio porque hasta ese momento fumar siempre me había gustado mucho. Y es aquí donde entra el tema de la motivación: el porqué uno se niega algo es muy importante desde el punto de vista ascético.

Yo dejé de fumar porque seguí la advertencia del médico y deseaba conservar la salud. Pero, aunque renunciar a algo en beneficio de la salud es cosa muy buena, en sí y por sí ello no tiene mucha conexión con la vida interior y la relación de uno con Dios, cosa que resulta clara del hecho que un ateo puede renunciar a fumar por la misma razón. Además, no sería en absoluto un buen motivo el que alguien dejara de fumar para sentir orgullo de sí mismo (“vean que estupendo tipo soy, capaz de dejar de fumar”).

“Bueno”, preguntarán Uds., “entonces ¿qué es un buen motivo?”

La respuesta es fácil. En la medida en que la auto-negación es auténticamente negación de sí mismo, el objetivo ascético que se tiene es aumentar el dominio de sí para ser capaz de darse más perfectamente a Dios. Y si esto contradice alguna suposición determinística sobre el modo humano de obrar, estupendo que así sea. La lucha ascética actúa alegremente sobre la base de que una libertad perdida, es una libertad recuperada en virtud de una combinación de autodisciplina y gracia.

 Pieter Brueghel El Viejo, El combate entre don Carnal y doña Cuaresma (1559, Kunsthistorisches Museum de Viena)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Es importante no creer que la lucha tiene lugar sólo en ambientes enrarecidos, accesibles sólo a unos pocos elegidos. Esto es el corazón mismo de la espiritualidad del “pequeño camino” de Santa Teresa de Lisieux, que ella describe en su autobiografía, con ejemplos tomados de su propia experiencia.

Santa Teresa vivía en el mismo convento que una monja vieja y enferma, llamada Sor San Pedro. Se hizo necesario que alguien ayudara a esta monja a ir al refectorio todas las tardes para comer. Teresa escribe que ella “no quería ofrecerse de voluntaria para esta tarea”, pero al ver que ella era una oportunidad para el progreso espiritual, se decidió a encargarse de cumplirla.

“Todas las tardes, apenas yo veía que ella comenzaba a agitar su reloj de arena [durante la oración colectiva], yo ya sabía lo que significaba: “Comencemos”… Antes de partir, había que levantar su asiento y llevarlo de cierta manera. Sobre todo, no debía darse impresión alguna de apresuramiento: yo tenía que seguirla, apoyándola… Si, con todo, ella tropezaba por algún motivo, se ponía a pensar que era porque yo no la sostenía como se debía y que iba a caerse: “Oh cielos, Ud. camina demasiado rápido. Me voy a caer”. Pero si yo trataba de guiarla demasiado lentamente, la oía decirme: “Póngase cerca, no siento su mano. Me ha dejado suelta. Me voy a caer. ¡Siempre dije que Ud. era demasiado joven para cuidarme!”.

Y esto duraba hasta que llegaban al refectorio, donde comenzaban nuevas quejumbres.

Teresa perseveró. Un día, advirtió que la monja tenía dificultades para partir su pan. Y escribe: “ Me acostumbré a no dejarla sola hasta hacerlo por ella”. De este modo, “Ella se emocionó mucho a causa de esto, porque nunca me había pedido que se lo hiciera. Con esto me gané toda su confianza y, especialmente –cosa que supe mucho después-, porque al terminar todos mis pequeños deberes para con ella, yo la miraba con lo que ella llamaba “mi mejor sonrisa”.   

 Santa Teresa de Lisieux en 1894
(Imagen: Wikimedia Commons)

La vida en un convento carmelita de Francia a fines del siglo XIX era totalmente diferente de la vida en el mundo actual. Pero es muy parecida en lo que se refiere a la negación y a la donación de sí mismo. San Josemaría dijo alguna vez que la autonegación se compone de “pequeñas victorias, como sonreír a quien nos molesta, negar al cuerpo algún capricho superfluo, acostumbrarse a oír a los demás, usar perfectamente el tiempo que Dios nos concede”. El hogar, el lugar de trabajo y la sala de clases proporcionan normalmente muchas oportunidades para tales cosas.

Todo esto apunta hacia la conclusión de que renunciar a algo con recta intención es, en sí mismo, “hacer algo positivo”. ¡Feliz Cuaresma!

Nota de la Redacción: este artículo fue publicado originalmente en The Catholic Thing (www.thecatholicthing.org). Copyright 2017. Todos los derechos reservados. Publicado con autorización.

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Actualización [5 de marzo de 2017]: El sitio Religión en libertad ha publicado un artículo con diez claves que explican el sentido de la imposición de las cenizas al comienzo de la Cuaresma. 

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