domingo, 25 de marzo de 2018

Las Misas gregorianas

La expresión “Misa gregoriana” no mienta la celebración conforme a la forma extraordinaria del rito romano, ni una misa acompañada por canto gregoriano, sino una realidad diversa. Con ese nombre se designa la serie de Misas que deben ser aplicadas por un difunto durante todo un mes (treinta días) sin interrupción, con la sola excepción del Viernes Santo. 

 San Gregorio Magno (miniatura del Registrum gregorii)

Estas Misas tienen su origen en un acontecimiento que San Gregorio Magno (540-604) refiere en sus Diálogos (IV, 55). Cuenta el gran Papa y Doctor de la Iglesia que, siendo todavía abad de un monasterio, antes de ser elevado al trono de Pedro (su elección se produjo en 590), había un monje llamado Justo, que ejercía con su permiso la medicina. En una ocasión había aceptado sin su permiso una moneda de tres escudos de oro, faltando gravemente así al voto de pobreza que le imponía la Regla. Después se arrepintió y tanto le dolió este pecado que enfermó y murió al poco tiempo, pero en paz con Dios. Sin embargo, San Gregorio, para inculcar en sus religiosos un gran horror a este pecado, lo hizo sepultar fuera de las tapias del cementerio, en un basural, donde también echó la moneda de oro, haciendo repetir a los religiosos durante el entierro las palabras de San Pedro a Simón el mago: “Que tu dinero perezca contigo” (Hch 8, 20). A los pocos días, San Gregorio pensó que quizá había sido demasiado fuerte en su castigo y encargó al ecónomo mandar decir treinta Misas seguidas, sin dejar de hacerlo ningún día, en sufragio por el alma del difunto. El ecónomo obedeció y el mismo día que terminaron de celebrar las treinta Misas, se apareció Justo a otro monje, Copioso, diciéndole que subía al Cielo, libre de las penas del Purgatorio, por las treinta Misas celebradas por él.

No han faltado autores que han buscado desacreditar esta práctica. Así, por ejemplo, se ha dicho que mediante el relato precedente San Gregorio probablemente sólo quiso enseñar la doctrina de los sufragios aplicados a los difuntos, y que fue la ingenua mentalidad medieval la que cargó el acento en la ininterrumpida sucesión de Misas. Pero la enseñanza permanente de la Iglesia ha sido que “la celebración de la Misa en sufragio de las almas de los propios difuntos es el modo cristiano de recordar y prolongar, en el Señor, la comunión con cuantos han cruzado ya el umbral de la muerte” (Directorio de piedad popular, núm. 255). Por eso, San Antonino de Florencia (1389-1489) sostuvo que, si las treinta Misas se dicen seguidas, el efecto es que las almas del Purgatorio perciben antes sus frutos que si ellas se dicen de manera espaciada. Porque no se debe olvidar que ya el Antiguo Testamento alaba la costumbre de orar por los muertos para que sean absueltos de sus pecado (2 Mac 12, 38-46).

 Ilustración de una Misa de Réquiem por A.W. Pugin

Como fuere, esta práctica piadosa se difundió con rapidez durante los siglos VIII y IX y pronto los fieles comenzaron a solicitar la celebración de treinta Misas, en forma consecutiva, con el fin de ayudar a sus difuntos a salir del Purgatorio. Esta devoción provino del hecho de que la Iglesia siempre ha enseñado que orar por los difuntos es una obra de misericordia y que, merced a la comunión de los santos, los fieles podemos ayudar a quienes nos han precedido en el tránsito hacia la otra vida mediante la oración, el sacrificio y, especialmente, por la Santa Misa, que aplica el propio sacrificio de Cristo.

Por cierto, la Iglesia se ha preocupado por disciplinar las condiciones requeridas para la celebración de las Misas gregorianas. La primera de ellas es que las Misas se celebren en forma continua, sin interrupción (con excepción del Viernes Santo) y que ellas se apliquen siempre por los mismos difuntos. La segunda condición es que la secuencia de Misas no requiere que todas ellas se celebraren por un mismo sacerdote, ni en un mismo altar, ni en menos memoria de San Gregorio. La única condición es que la intención de cada una de esas Misas sea pedir por el alma de un determinado difunto.

El Concilio Vaticano II trajo consigo importantes cambios en la liturgia y las Misas gregorianas no fueron la excepción. Si bien muchos fieles continuaron con la costumbre de orar por sus difuntos y las llamadas Ánimas del Purgatorio durante treinta días, en algunas partes las iglesias comenzaron a cerrar un día a la semana (generalmente, los lunes) para dar descanso al clero. Ante la falta de continuidad de la celebración de la secuencia, que se veía interrumpida cada semana, la tradición de las Misas gregorianas se fue perdiendo. Peor aún, en otros lugares despareció la importancia de ofrecer sufragios por los difuntos a tal grado que sus familiares se conformaron con pedir por ellos en pocas ocasiones (generalmente, en cuatro: el día de su sepultura, en el novenario de la muerte, al cumplirse un mes y un año del fallecimiento).

 Misa de Réquiem solemne ofrecida (2015) en una parroquia inglesa por el alma del Rey Ricardo III de Inglaterra

Con todo, en la forma ordinaria no ha desaparecido completamente la práctica de celebrar las Misas gregorianas. La Iglesia sólo ha mitigado la obligación de la celebración ininterrumpida, según la declaración Tricenario Gregoriano (24 de febrero de 1967). Si por un impedimento imprevisto (como una enfermedad) o por otra causa razonable (como la celebración de una Misa de funeral o de matrimonio), un sacerdote tuviere que interrumpir el treintanario, “éste mantiene por disposición de la Iglesia los frutos de sufragios a él atribuidos por la práctica de la Iglesia y la piedad de los fieles hasta el momento presente, pero con la condición de completar lo antes posible la celebración de las treinta Misas”.

Por cierto, dado que el sacerdote realiza una labor diaria, durante treinta días, por un único difunto, se le suele dar una cantidad de dinero, que recibe el nombre de estipendio. La familia colabora así con el servicio del sacerdote y, eventualmente, la comunidad religiosa a la que pertenece, dando una cantidad que suele estar fijada para evitar malentendidos. Si el sacerdote no emplea ese dinero en su propio sustento, lo destina a obras de caridad.

La piedad tradicional recomienda asimismo otras prácticas relacionadas con los difuntos (Directorio de piedad popular, núm. 260). Por ejemplo, los sufragios frecuentes mediante limosnas y otras obras de misericordia, ayunos, aplicación de indulgencias y sobre todo oraciones, como la recitación del salmo De profundis, de la breve fórmula Requiem aeternam, que suele acompañar con frecuencia al Ángelus, el santo Rosario, la bendición de la mesa familiar.

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