miércoles, 22 de mayo de 2019

De pie frente a una Iglesia en ruinas

Les ofrecemos hoy una entrevista concedida por el Dr. Peter Kwasniewski a la revista italiana Radice Cristiane, que dirige el Prof. Roberto de Mattei. En ella, el conocido autor y conferencista estadounidense se refiere a la función insustituible que desempeña y seguirá cumpliendo en el futuro la Misa de siempre en la salvación de una Iglesia agotada tras cincuenta años de un experimento conciliar que no resultó, pues los frutos que dio el último Concilio ecuménico están lejos de ser la primavera eclesial que se anunciaba cuando fue convocado. 

La búsqueda de Dios es imposible en cualquier ambiente que reciba el mensaje conciliar sin crítica, como si nada hubiese pasado en este medio siglo, como si el cambio en los ritos fuese una mera cuestión de formas de culto sin mayores consecuencias. Esto es especialmente acentuado en aquellos "nuevos movimientos" que por mucho tiempo parecieron ser el oasis en medio del descalabro generalizado de las viejas órdenes y congregaciones, y que hoy son el reflejo de la misma crisis que vive toda la Iglesia, con iguales problemas, denuncias, extravío de la fe y carencia de vocaciones. El problema es que esos movimientos se caracterizan por una matriz conservadora y  por la adhesión necesaria a todas las decisiones de la jerarquía, suspendiendo el propio juicio, y es sabido que el conservador no es más que "un progresista paralizado que deja pudrir el meollo y se obstina en mantener artificialmente una cáscara podrida", como decía Juan Manuel de Prada a propósito del libro intitulado La sociedad tradicional y sus enemigos de José Miguel Gambra. Porque, a fin de cuentas, la restauración de la cultura cristiana depende de volver a los principios perennes sobre los que se ha sustentado la fe de la Iglesia, para darle a Dios el culto en espíritu y verdad que merece, aunque eso contraríe al mundo moderno, intentando la reconstrucción a partir de las ruinas que nos rodean.  

La entrevista fue publicada originalmente en italiano durante el mes de abril en la mencionada Radici Cristiane. La versión original en inglés de su texto apareció en New Liturgical Movement, de donde ha sido preparada esta versión castellana hecha por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan esa versión original con las respuestas del Dr. Peter Kwasniewski. 

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Reconstrucción del catolicismo sobre las ruinas de experimento conciliar


Dr. Peter Kwasniewski


La revista italiana Radici Cristiane, editada por Roberto de Mattei, me invitó a dar la siguiente entrevista, que apareció en el número de abril con el título “'L’usus antiquior' ci salverà – Intervista al dott. Peter Kwasniewski”. Se reproduce aquí el texto original en inglés, con la autorización de Radici Cristiane.



Radici Cristiane: Estamos atravesando un histórico período de crisis en la Iglesia. Piénsese solamente en la declinación en las vocaciones, en las iglesias cada vez más vacías, en los abusos litúrgicos más y más numerosos… Sin embargo, en las iglesias en que la Misa se celebra según el rito antiguo, hay una gran presencia de gente joven. ¿Cómo se puede explicar esto?

Dr. Kwasniewski: No es difícil explicar este fenómeno. El mundo contemporáneo pone constantes tentaciones ante la juventud, ya sea con la atracción de modas intelectuales, o con las ubicuas trampas morales contra la castidad y otros vicios. Por esta razón la mayoría de los jóvenes en el mundo occidental ya se ha corrompido para cuando llegan a adolescentes: son ateos radicales, hedonistas, materialistas, hastiados, indiferentes a la verdad, adictos a las estimulaciones fáciles. Si, en medio de este degradante pantano, queda algún joven que quiere realmente ir contra esta tendencia y declarar su adhesión a la fe cristiana, buscará algo que sea serio, exigente, contra-cultural, algo que pueda satisfacer los anhelos del espíritu y los deseos del corazón.

Los jóvenes tienen que luchar en Occidente para creer y adorar. Tiene, pues, que haber algo por lo que luchar. La antigua liturgia romana y las costumbres, creencias, cultura artística y visión del mundo que tienden a acompañarla ofrecen el tipo de marco rico, complejo y de sentido omniabarcante, capaz de inspirar una sumisión confiada, una búsqueda de la virtud, una motivación para seguir viviendo y para compartir generosamente la vida. La gente es atraída hacia arriba por el culto de Dios trascendente, y hacia adelante por el orgullo de recibir y repartir un gran patrimonio. Se nos da un sentido de pertenencia, en una época en que tantos están rechazando sus familias, su cultura, su identidad, e incluso su propio yo. Se nos da un sentido de estabilidad en una época que es informe y vacía.

R.C:: La nueva liturgia se diseñó para atraer al hombre moderno. ¿Qué cree usted que falló?

D.K.: Los ritos litúrgicos reformados se caracterizan, tanto en los libros oficiales como en el modo universal en que se los lleva a cabo, por un énfasis, muy moderno, en la autonomía, la espontaneidad, la “apropiación” local, los estilos de música y arte populares y seculares, y por un absoluto desprecio por el modo como nuestros antepasados realizaron el culto durante todos los siglos de que tenemos registros.

Todo esto es no sólo poco atractivo para los que buscan seriamente, sino positivamente nauseabundo. No hay iglesia que pueda florecer cuando, en vez de iniciar a la gente en los misterios divinos que se ven, se oyen y se sienten como misteriosos, inspiradores de reverencia, llenos de temor, intemporales, los pone meramente al alcance, en un servicio de oración banal y verboso de contemporáneos que son prisioneros de su propia contemporaneidad.  

La causa número uno del éxodo de los jóvenes es que la “Iglesia Vaticano II” no tiene absolutamente nada que ofrecer a los hombres y mujeres jóvenes -ni espiritual, ni moral, ni intelectual ni culturalmente- capaz de provocar su curiosidad, despertar su conciencia, capturar su imaginación o abrir ante ellos un camino que sea totalmente diferente de aquellos por los que transita nuestra sociedad.


El avance del Concilio Vaticano II con la juventud moderna

R.C.: En su artículo “Cómo es que fracasan los mejores ataques a la Misa tradicional”, usted cita a Alice von Hildebrand, que dice que el diablo odia la Misa en el rito antiguo. ¿Por qué?

D.K.: El diablo odia la disciplina, el orden, la belleza, la humildad, el auto-sacrificio, la alabanza litúrgica, la tradición y el sacerdocio. La antigua liturgia romana -hablo aquí no sólo de la Misa, sino también del Oficio Divino y de todos los ritos sacramentales- está empapada de orden y belleza, y pide inmensa humildad, disciplina y auto-entrega a los ministros que realizan su celebración correcta y condigna: suprime deliberadamente el individualismo y el deseo de “lucirse” o de “ser uno mismo”, según la frase que se usa normalmente, y está ordenada hacia la adoración y glorificación de Dios, con Cristo mismo como Sumo Sacedote, y con todos los demás como sus servidores. Ella, paradojalmente, edifica a los fieles y los beneficia precisamente porque es Cristocéntrica, no antropocéntrica, como lo son la filosofía y la cultura modernas.

Lucifer, la más bella de las criaturas de Dios, se enamoró de sí mismo. Su pecado fue de egocentrismo, de auto-celebración. Por tanto, todo movimiento en liturgia encaminado hacia la liberación del “ego” de los ministros o de los fieles, o hacia su aplauso o su celebración, es diabólico en su origen y en sus efectos. La Iglesia, en su sabiduría recibida de Dios, siempre comprendió el peligro de personalidades “carismáticas” sin freno, y se protegió de ellas mediante ritos notables por su objetividad, su estabilidad, su precisión, su claridad dogmática, sus exigencias ascéticas, su nobleza estética. Estas características reaccionan, en y por sí mismas, contra ciertas obstinadas tendencias de la naturaleza humana caída, tales como el emocionalismo o el sentimentalismo, el relativismo, la ambigüedad, el descuido, el permisivismo y el esteticismo (del cual una peculiar mutación genética es la absoluta carencia de buen gusto y el descuido de las apariencias). 

La antigua liturgia da al sacerdote el papel, sin ambigüedad alguna, de mediador sacramental y, en diversos grados, también a sus asistentes. Este papel de mediador es un ícono viviente de la Encarnación del único Mediador entre Dios y los hombres, contra quien se rebeló Satán. La única “reforma litúrgica” que Satanás está siempre buscando es apartar a la Iglesia de la Encarnación, de la economía sacramental enraizada en la Carne Eucarística de Cristo, y de toda la estructura de ritos, ceremonias y oraciones que la materializan.

En cada uno de sus aspectos, el usus antiquior es como un perpetuo exorcismo del diablo, apuntando una y otra vez hacia el triunfo de Dios encarnado sobre el antiguo enemigo de la naturaleza humana. El hecho mismo de que la nueva liturgia haya abolido o abreviado los exorcismos cada vez que se los encontró -en el rito del bautismo, en diversas bendiciones, ¡incluso en el rito mismo del exorcismo!- dice más que una biblioteca.

En realidad, hay tanto que se podría decir para desentrañar esta observación, extremadamente aguda, de Dietrich vonHildebrand, transmitida por su mujer. Se podría escribir un libro al respecto: “El diablo en los detalles: la reforma litúrgica post-conciliar y el espíritu de Satán”. Uno se pregunta si el confundido y atormentado Pablo VI percibía esta misma verdad cuando dijo en 1972, poco después de la introducción de esa monumental ruptura que fue el Novus Ordo: “Por alguna grieta el humo de Satán ha entrado en el templo de Dios”. Quizá la grieta no fue otra cosa que las incesantes reformas litúrgicas del siglo XX, que culminaron en un cambio de la lex orandi con proporciones de terremoto.


La supresión de la cruz: psicoterapia para no creyentes

R.C.: En la convención sobre el décimo aniversario de Summorum Pontificum se dijo que “la celebración del antiguo rito significa una mirada esperanzada hacia el futuro”. ¿En qué forma el regreso del usus antiquior es un modo efectivo de contrarrestar la crisis de la Iglesia que vivimos hoy?

D.K: La solución de la confusión en que hemos caído por una larga serie de malas decisiones, es simple y, al mismo tiempo, extremadamente difícil: tenemos que tomar las decisiones contrarias, una y otra vez. La Iglesia necesita dejar de pensar en nuevas estrategias, nuevos programas, nuevas iniciativas pastorales y en todas las mediciones estadísticas de éxito, y lanzarse resueltamente, una vez más, a proclamar el Evangelio entero, incluyendo sus “pasajes duros”; a la celebración de una liturgia solemne y bella; a construir monasterios y comunidades religiosas sobre la base del usus antiquior; a cultivar un curriculum intelectualmente robusto en los seminarios y universidades; a alentar familias grandes, como antiguamente, y a promover la educación por los padres en el hogar [homeschooling]. Sólo si se emprende en serio un camino contra-cultural habrá esperanzas, a largo plazo, para el catolicismo. Como creyente, estoy convencido de que la fe va a sobrevivir y a prosperar nuevamente, pero sólo donde se lleven a cabo tales acciones, o hasta el punto en que ellas sean llevadas a cabo.

R.C.: ¿Qué se puede hacer para transmitir a las futuras generaciones, y hacerles comprender, la importancia de la Misa según el usus antiquior?

D.K.: Lo primero y más importante es que continúe aumentando la cantidad de lugares donde se celebre la antigua liturgia, a pesar de las presiones en contra. En estos tiempos de hostilidad oficial, especialmente en Europa, los sacerdotes a menudo tendrán que aprender y decir la antigua Misa en secreto, como en la Inglaterra de Isabel I tuvieron que hacer los misioneros jesuitas encubiertos.

Como nadie puede creer en aquello que no ha oído, tampoco puede un católico aprender a pensar y vivir como católico sin acceso al más importante tesoro de la fe, es decir, al rito romano en su plenitud. En cada oportunidad y en cada lugar que se celebre esta Misa, los fieles invariablemente se harán presentes en ella.

Recuerdo que en la universidad teníamos un capellán que celebraba la Misa tradicional en privado, pero todo el que estaba interesado, sabía que se la celebraba y muchos estudiantes aprovecharon esta oportunidad -incluso futuros miembros de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro-. Así fue como me introdujeron al rito antiguo: ¡como a una disciplina arcani, tal como en la Iglesia primitiva! Incluso hoy, después de tantos años de Ecclesia Dei y de Summorum Pontificum, suele ocurrir a menudo que tenemos que luchar para hacer un lugar a la Misa de todos los tiempos.

Hay mucha gente hoy que se está “convirtiendo” desde el “catolicismo liviano” del Novus Ordo a la fe tradicional, motivada en parte por la farsa del pontificado del papa Francisco. Pero hay también niños que crecen en familias católicas y que la reciben junto con la leche materna, por decirlo así: para ellos, aprender la liturgia antigua no es diferente de aprender el alfabeto o el catecismo. Conozco a no pocos adultos en los Estados Unidos que, habiendo fielmente asistido a la Misa antigua desde su niñez, no han asistido jamás al Novus Ordo, o lo conocen por primera vez cuando llegan a la universidad. Para mí, esto es una señal enormemente esperanzadora: hay una nueva generación incontaminada por los falsos supuestos y principios de la reforma litúrgica, que puede llevar adelante la tradición católica, hacia el futuro, y que, viniendo desde afuera, puede fácilmente ver el Novus Ordo como la ruina que es y que siempre será, por mucho que se la acicale y se la haga ver bonita.

La transmisión de la Tradición. Una Misa cada vez

R.C.: ¿Piensa usted que el movimiento tradicionalista tiene debilidades que necesitarían ser superadas?

D.K.: Sí. Creo que a menudo podemos tomar como algo normal el tener las riquezas que poseemos, casi “acaparándolas”, sin hacer nada fuera de lo común por tratar de atraer a otros a nuestro movimiento, para que reciban las bendiciones que nosotros, sin mérito alguno de nuestra parte, hemos descubierto, sin las cuales no podríamos vivir.

A pesar de lo que decía sobre el secreto, la mayor parte del tiempo estamos (al menos por ahora), “en la superficie”, y somos totalmente capaces de anunciar lo que hacemos y por qué. Quienes aman las tradiciones de la Iglesia necesitan ser, con inteligencia, celosos de la promoción del usus antiquior, mediante panfletos y publicaciones, charlas, conferencias, reuniones sociales, grupos de estudio, invitaciones a extranjeros y, sobre todo, con tolerancia con aquellos que demuestran interés o están comenzando a venir pero no están todavía “a tono” en lo relacionado con su modo de hablar o de vestirse, o de pensar en lo social y lo político, etcétera. Necesitamos ser muy pacientes con ellos, recordando que supuesto cuán escondida o incluso suprimida ha estado la fe en los últimos cincuenta años- una conversión intelectual y moral al auténtico catolicismo puede tomar un tiempo muy largo, a veces años o décadas. En mi vida personal, me tomó muchos años de experiencias, conversaciones y estudio alcanzar las conclusiones a que he llegado hoy, incluso si hoy, al mirar hacia atrás, veo que era tan obvio. Como conclusión, trato siempre de acordarme cómo se veían las cosas cuando era un ultramontano o papólatra más, y cómo me parecen hoy.

Cuán triste sería si las personas que andan buscando se sintieran criticadas o no bienvenidas entre nosotros. Sé que debe haber ciertos estándares de vestido y de comportamiento; pero necesitamos, de algún modo, seguir procurando llegar al católico medio e, incluso, a los “ninis”, los que no tienen ninguna religión. El más importante trabajo de evangelización jamás emprendido será, en el futuro, la reconstrucción del auténtico catolicismo a partir de las ruinas del experimento conciliar. 

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