jueves, 31 de octubre de 2019

Aviso importante: Missa cantata en la Fiesta de Todos los Santos

Invitamos a todos los fieles a la Santa Misa cantada (forma tradicional del rito romano) que mañana, viernes 1 de noviembre, Fiesta de Todos los Santos, se celebrará en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Av. Bellavista 37, entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue) a las 12:30 horas. Hacemos presente que se trata de una fiesta de precepto.

Les agradecemos a nuestros lectores por su ayuda en la difusión de este aviso. Debido a las dificultades que ha presentado el sistema de trasporte de Santiago en los últimos días, aconsejamos a todos quienes deseen asistir que planifiquen su trayecto con anticipación.

Jan van Eyck, Retrablo del Cordero Místico (1432)

miércoles, 30 de octubre de 2019

FIUV Position Paper 25: La forma extraordinaria y el África sub-sahariana

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el Misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 25 y que versa sobre la forma extraordinaria y el África sub-sahariana, cuyo original en inglés se puede consultar aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de abril de 2015. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 


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La forma extraordinaria y el África sub-sahariana

Abstract

La Iglesia en África enfrenta desafíos que provienen de la influencia de una cultura occidental secularizada, de las dificultades de una auténtica inculturación, y de las tensiones y conflictos propios de sociedades divididas por fronteras tribales y lingüísticas. En todos estos desafíos la forma extraordinaria puede ser una ayuda, ya que encierra muchos principios, como la preocupación por la Tradición, el respeto, y un sentido del pecado y de lo sagrado, que son característicos de la espiritualidad africana.  Del mismo modo, proporciona un muro estable de defensa frente al sincretismo, que permite una actitud más abierta frente a ciertas prácticas culturales africanas, y evita el problema de tener que optar por una lengua, a menudo de origen colonial, en vez de otras. Aunque la disponibilidad de la forma extraordinaria sigue siendo muy escasa en África, hoy va en aumento. Y los obispos y órdenes religiosas africanas debieran aprovechar las oportunidades que ella ofrece.

Texto

1. El magisterio papal post-conciliar[1] identifica una cantidad de desafíos que enfrenta en África una Iglesia que crece rápidamente. Por un lado, las religiones tradicionales africanas, así como la cultura y la estructura social tribal, representan tanto oportunidades como desafíos para una Iglesia que evangeliza y para la estabilidad social y el desarrollo. Por otro lado, el rápido desarrollo económico, la urbanización y la exposición a la cultura occidental también significan desafíos para la Iglesia y, al mismo tiempo, oportunidades para los africanos que tratan de escapar de la pobreza.

 (Foto: LMS Chairman)

La cultura africana tradicional.

2. La cultura africana tradicional es un tema importante, que incluye por cierto la cultura religiosa. Juan Pablo II ha expresado esto con gran fuerza al reconocer, en su Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa, de 1995, que ellas, las religiones [tradicionales] son la manifestación viva del alma de grandes grupos de hombres[2]. En relación con la influencia de la cultura occidental, que a menudo corroe todo tipo de espiritualidad, urgió a los africanos diciendo: “Mirad a vuestro interior. Ved las riquezas de vuestras tradiciones propias, mirad la fe que estamos celebrando en esta asamblea”[3].

3. La forma extraordinaria expresa muchos principios fundamentales de la cultura africana, sin el peligro del sincretismo religioso. Entre ellos el primero es el profundo respeto por la Tradición y la continuidad que se encuentra en la cultura africana tradicional[4], según la cual se considera que las generaciones pasadas de la familia y de la tribu siguen siendo miembros actuales de la comunidad[5].

El teólogo africano Bénézet Bujo describe esto del siguiente modo: “Así pues, la tradición, según el modo africano de pensar, no debe ser considerada de un modo determinístico, mucho menos fatalístico, sino que debe ser contemplada, más bien, como una potencia que el individuo puede decidir si actualizar o no. El éxito o el fracaso dependen de una elección personal: al recordar libremente las acciones y palabras vivificantes de los ancestros, el hombre elige la vida; pero si descuida estas cosas, elige la muerte”.

4. Otros principios religioso-culturales africanos son los principios litúrgicos del misterio y el respeto, y un sentido muy vívido de la realidad del reino de lo espiritual y del pecado.[6]

5. La antigua tradición litúrgica latina está profundamente imbuida de estos principios, que son, en cierta medida, comunes a muchas sociedades tradicionales y, también, a la espiritualidad católica tradicional. Esto es algo que la tradición latina tiene en común con los ritos litúrgicos que se han desarrollado en la propia África, o sea, los de las “grandes Iglesias africanas de Egipto y Etiopía”[7]. Aunque en muchos sentidos son diferentes del rito latino, esos ritos, como todos los ritos orientales en general, tienen todavía mucho en común con la forma extraordinaria, como se ha analizado en el Positio Paper 21[8].

6. Es significativo, en este contexto, que el grupo religioso sincrético conocido como Legio Maria[9], que se ha extendido desde Kenia a muchos países del Este de África[10], ha retenido la liturgia latina propia de sus orígenes católicos[11].

7. Al ofrecer un esquema litúrgico y espiritual que rinde el debido homenaje a los principios tradicionales ya mencionados, la Iglesia, en la forma extraordinaria, otorga un lugar de refugio a una cultura religiosa que, de otro modo, se ve en el peligro de ser abrumada por actitudes y prácticas inspiradas por ideas de la post Ilustración occidental en una versión deteriorada, según una forma comercial. Benedicto XVI llamó “shock cultural” a esta invasión cultural[12], y los obispos de África, en el Sínodo de 1994, exclamaron “nuestra identidad está siendo pulverizada como en un mortero”. Semejante asalto a la cultura africana ha sido apropiadamente descrito como “neo-colonialismo”.

8. Este conflicto entre los principios tradicionales de la espiritualidad africana y las influencias culturales occidentales crea un inusual contexto para muchos progresistas litúrgicos, que a menudo han expresado explícitamente que sus propuestas son intentos de avenirse con el triunfo de la cultura post -ilustrada; triunfo que, a su juicio, no puede ya ser discutido. Cualquiera sea la evaluación que se haga de este proyecto en el contexto del mundo desarrollado, la propuesta de hacer concesiones al racionalismo, por ejemplo, mediante la exclusión del silencio y del ceremonial complejo en la liturgia, o de hacer concesiones al romanticismo mediante la promoción de la informalidad y la espontaneidad, adquiere un aspecto muy diferente en el contexto africano: existe un auténtico peligro de que tales tendencias coadyuven al ataque neocolonialista sobre la espiritualidad africana.

 Misa tradicional en África
(Foto: Rorate Caeli)

La inculturación.

9. Si se considera el progreso histórico de la fe en Europa, Hispanoamérica y Asia, resulta claro que, aunque el catolicismo latino ha tenido una importante influencia en las culturas locales, no las ha destruido[13] sino que, más bien, las ha hecho capaces de desarrollarse como auténticas expresiones del genio de los pueblos de esas regiones[14]. El resultado es la maravillosa diversidad de la cultura católica que se puede observar en todo el mundo. La transformación cultural, política y religiosa de África en el período colonial tiende a oscurecer la aplicación a dicho continente de esta generalización, pero hay que insistir en ella, y la demanda de “inculturación” hay que mirarla en este contexto. Como Pablo VI ha dicho, “[p]uesto que la enseñanza de Cristo y la redención cumplen, renuevan y perfeccionan todos los bienes innatos que hay en los usos tradicionales de los hombres, se sigue que el hombre africano, cuando se lo inicia en la religión cristiana, no se ve en absoluto forzado a auto-repudiarse, sino que, por el contrario, retoma 'en espíritu y en verdad' (Jo. 4, 24) las antiguas fuerzas de su pueblo”[15].

10. El tema se complica, sin embargo, por las fuerzas opuestas del sincretismo y del protestantismo evangélico. Estas últimas tienden a rechazar toda huella de cultura africana. Los cultos sincréticos y las congregaciones evangélicas son comunes en África y se expanden con rapidez, con las críticas en contrario por parte de la Iglesia católica.

11. Esta situación realza la importancia del discernimiento en la inculturación, cuestión a la que el magisterio papal ha concedido importancia repetidamente[16]. La inculturación indiscreta ha conducido, a veces, a abusos litúrgicos[17] y a la construcción de iglesias indignas de la liturgia[18].

12. Donde la inculturación se realiza del mejor modo es en el contexto de una liturgia estable que, aunque claramente diferente del culto pagano, apela sin embargo a las auténticas sensibilidades religiosas africanas. En tal contexto no es un problema permitir, por ejemplo, importantes prácticas africanas, tal como la referente al precio de la novia, o el uso de nombres indígenas, las cuales resultan contrarias a ciertas fuerzas que consideran que tales cosas deben necesariamente ser excluidas para rechazar el paganismo[19].

13. En relación con este punto, el magisterio papal ha subrayado el problema de las supersticiones, la brujería y el miedo de espíritus malignos, cosas que se encuentran en las religiones africanas tradicionales y que no pueden ser fácilmente excluidas de las comunidades cristianas recientes[20]. La forma extraordinaria, especialmente mediante las bendiciones del Ritual Romano, produce el efecto de proteger efectivamente a los fieles y del calmar el espíritu de los supersticiosos, como sociedad que fue, ella misma, víctima de las supersticiones y de la brujería, tanto reales como imaginarias, y dicha forma refleja la sabiduría de la Iglesia al enfrentarlas[21].

14. Para un gran número de africanos, la realidad de la liturgia en vernáculo no significa liturgia en la lengua madre, sino en una segunda lengua, a menudo una lengua colonial o, en el Este de África, el suajili[22]. El enorme número de lenguas en África -sólo Nigeria tiene más de 500 grupos de lenguas- significa que sería imposible producir Misales en todas ellas[23] o proporcionar sacerdotes que pudieran usarlos. En Sudáfrica, por ejemplo, en la liturgia católica se usa sólo cuatro de las nueve lenguas indígenas oficiales[24]; en Kenya, país con 69 lenguas, sólo se usa el inglés y el suajili.

15. Incluso si se superara estos obstáculos, cada parroquia urbana alberga hablantes de muchas lenguas, que pueden incluir las de los inmigrantes o refugiados de otros países. Las limitaciones de tiempo y de clero significan que hay que emplear una lingua franca, formal o informal.

16. El resultado práctico es el uso muy extendido de las antiguas lenguas coloniales en la liturgia, con un concomitante aumento de la percepción de prestigio de esas lenguas. El latín no sólo tiene la virtud de no pertenecer a ninguna tribu en particular[25] sino también de no ser la lengua de ninguna potencia colonial ni de ninguna influencia cultural europea o americana. Como lo dijo Juan XXIII: “Por su naturaleza misma, el latín es máximamente apropiado para promover todas las culturas entre los diversos pueblos, por cuanto no da lugar al surgimiento de celos ni favorece a grupo alguno, sino que se presenta a todos con igual imparcialidad, buena y amigable con todos”[26].

17. Una de las consecuencias de la pluralidad lingüística de África es el deseo de los africanos de aprender lenguas nuevas. Es común incluso que los menos educados posean una segunda o una tercera lengua. El deseo de aprender lenguas nuevas no excluye el latín, cuando a éste se le da un lugar en la liturgia.

 Sacerdote de la FSSP celebra Misa en África
(Imagen: captura de Youtube)

Las perspectivas de la forma extraordinaria en África.

18. La disponibilidad de la forma extraordinaria es limitada hoy en África[27]. Allí, como en todas partes, entrenar a un número suficiente de sacerdotes para que la celebren presenta dificultades. Otro factor ha sido la gran preocupación de los católicos africanos por la unidad con la Santa Sede durante el largo período en que la situación jurídica de los antiguos libros litúrgicos fue poco clara. Ahora que ésta ha sido aclarada, las actitudes pueden comenzar a cambiar.

19. Hoy está entregado a los obispos africanos y a las órdenes religiosas activas en África el asegurar que “las riquezas que se han desarrollado en la fe y la oración de la Iglesia”[28] estén a disposición de los católicos africanos, tal como debiera ser el caso con todos los católicos. Las circunstancias de la Iglesia en ese continente no debieran hacernos dudar de ofrecer allá este tesoro, sino alentarnos a promoverlo todo lo posible. Así como la forma extraordinaria tuvo parte en la evangelización de África en el pasado, puede seguir alimentando hoy la vida espiritual de los católicos africanos.



[1] Es digno de destacar que en Roma se han reunidos dos Sínodos especiales sobre África, en 1994 y en 2009: el primero llevó a la Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa (1995) de Juan Pablo II y el segundo a la Exhortación Apostólica Africae munus (2011) de Benedicto XVI.

[2] Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, núm. 47: "quandoquidem ipsae significanter animum exprimunt magnae gentium partis". Cfr. el Mensaje del Sínodo (1994), núm. 21: “Debe darse especial atención a nuestras costumbres y tradiciones, en cuanto que constituyen nuestro patrimonio cultural”.

[3] Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, núm. 48: “ut intra vos inspiciatis. Vestrarum traditionum divitias respicite, fidem respicite quam hac in congressione celebravimus.’ Esta es una cita tomada de la homilía de Juan Pablo II enLilongwe durante una visita a África (6 de mayo de 1989).

[4] Bujo, B., African Theology in Social Context (trad. de John O’Donohue, Eugene OR., Wipf and Stock, 1992), p. 30.

[5] Véase Bujo, African Theology, cit., p. 25 y passim.

[6] Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, núm. 42: “Los africanos tienen un profundo sentido religioso, un sentido de lo sagrado, de la existencia de Dios Creador y de un mundo espiritual. La realidad del pecado en sus formas individual y social está muy presente en la conciencia de estos pueblos, como también la necesidad de ritos de purificación y expiación” ("Africani alto religionis sensu praediti sunt, sacrarum rerum sensu, Dei creatoris existentiae sensu et rerum spiritualium. Peccatum, in suis tum privatis tum socialibus formis, in illorum populorum conscientia inest, atque necessitas quoque purificationis et expiationis rituum animadvertitur") Cfr. Benedicto XVI, Encuentro con los periodistas (23 de marzo de 2009): “Por otra parte, el espíritu de recogimiento en las liturgias, el fuerte sentido de lo sagrado, me causaron una gran impresión: en las liturgias, los grupos no se ponían en primer lugar, no atraían a sí la atención, pero sí había presencia de lo sagrado, de Dios mismo: del mismo modo, en el modo cómo se movían, se veía siempre su respeto y conciencia de la presencia divina. Esto me causó una gran impresión”. Cf. Pablo VI, Motu proprio Africae terrarum (1967), núm. 8.

[7] Mensaje del Sínodo publicado por el Sínodo Especial de Obispos de Africa, 6 de mayo de 1994. Cfr. Juan Pblo II, Ecclesia in Africa, núm. 31: “Al recordar las antiguas glorias del África cristiana, deseamos expresar nuestro profundo respeto por las Iglesias con las que no estamos en plena comunión, la Iglesia Griega del Patriarcado de Alejandría, la Iglesia Copta de Egipto y la Iglesia de Etiopía, que comparten con la Iglesia católica un común origen y la herencia doctrinal y espiritual de los grandes Padres y santos, no sólo de sus propios países, sino de toda la Iglesia primitiva: ellos trabajaron y sufrieron mucho para mantener vivo el nombre cristiano en África a través de todas las vicisitudes de la historia” ("Attamen, dum veterum Africae christianae laudum redintegramus memoriam, eas impensa prosequi observantia placet Ecclesias, quibus haud plena utimur communione: Ecclesiam dicimus Graecam Alexandrini Patriarchatus, Ecclesiam Coptam Aegypti et Ecclesiam Aethiopicam. Ipsae enim communes cum catholica Ecclesia et doctrinam et spiritualem disciplinam hereditarias habent a magnis Patribus sanctisque viris, qui non modo ad earum regiones, sed ad universam etiam Ecclesiam antiquam pertinent. Huc accedit quod tot egregia opera patraverunt durasque acerbitates perpessae sunt, ne umquam per varietatem temporum christianum nomen in Africa restingueretur"). Este pasaje es parte de una extensa cita de Pablo VI, Africae terrarum (1967).

[9] Su nombre oficial es “Legio Maria de la Misión de la Iglesia Africana”. Fundada a comienzos de la década de 1960 entre los Luo, de Kenya, hoy tiene más de un millón de adherentes.

[10] Especialmente Tanzania, Uganda, Rwanda, Burundi, la República Democrática del Congo y Etiopía.

[11] Véase Kustenbauder, M., “Believing in the Black Messiah: The Legio Maria Church in an African Christian Lanscape”, Nova Religio: The Journal of Alternative and Emergent Religions, vol. 13, núm. 1 (2009), pp. 11-40: “Los elementos materiales de la cristiandad católico-romana -reconocibles tan fácilmente por los observadores occidentales en las túnicas flotantes, los grandes rosarios y la Misa en latín de los seguidores de la Legio Maria- permanecen intactos sólo en cuanto que han ayudado a los Legios a reformular la fe cristiana al interior de su propio complejo cultural” (p. 14).

[12] Benedicto XVI, Africae munus, núm. 11. Cfr. Mensaje del Sínodo, núm. 15: “Pero la cultura que dio su identidad a nuestro pueblo está en una grave crisis. En vísperas del siglo XXI, cuando nuestra identidad está siendo pulverizada en el mortero de una inmisericorde cadena de acontecimientos, la necesidad fundamental es de profetas que se alcen y hablen en nombre del Dios de la esperanza para la creación de una nueva identidad”.

[13] Cfr. Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, núm. 59: “En varias ocasiones los Padres Sinodales subrayaron la especial importancia de la evangelización de la inculturación, el proceso por el que la 'catequesis se 'encarna' en las diversas culturas'” ("Crebrius extulerunt synodales Patres momentum praecipuum quod habet in ipsa evangelizatione insertio in culturam: processus nempe quo catechetica institutio diversis in culturis veluti concorporatur"). Este pasaje es cita de Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi Tradendae, (1979), núm. 53.   

[14] De muchas formas el papel de la Iglesia ha sido ayudar a las culturas locales a resistir las influencias exteriores potencialmente destructivas, especialmente haciendo posible el registro permanente de la literatura y la música importantes, y abriendo nuevos caminos al arte y la arquitectura para la expresión de las ideas culturales locales. Ejemplo de esto sería la preservación de la poesía vernácula original de las Islas Británicas y de Escandinavia, y las tradiciones artísticas propias, especialmente las de los irlandeses. Estos monumentos culturales de la alta Edad Media siguen siendo considerados como fundamentales por las diversas tradiciones culturales de estos países hasta la actualidad. De un modo diferente, la Iglesia hizo posible la sobresaliente y única contribución al estilo barroco de la arquitectura en Hispanoamérica.

[15] Pablo VI, Africae terrarum, núm. 14: "Cum enim Christi doctrina et redemptio omnia compleat, renovet et perficiat bona, in traditis hominum moribus insita, Africanus idcirco homo, dum christianis sacris initiatur, non cogitur quidem semetipsum repudiare, sed veteres suae gentis virtutes in spiritu et veritate (Jn 4, 24) resumit".

[16] Véase Benedicto XVI, Africae munus, núm. 37: “El Espíritu Santo hace que el Evangelio permee todas las culturas, sin convertirse en el servidor de ninguna. Los obispos debieran preocuparse de esta necesidad de inculturación, respetando las normas establecidas por la Iglesia. Mediante el discernimiento de qué elementos culturales y tradiciones son contrarias al Evangelio, podrán separar la buena semilla de la maleza (cf. Mt. 13, 26)”. Cfr. Pablo VI, Africae terrarum, núm. 8.

[17]  Benedicto XVI, Africae munus, núm. 153: “Exhorto a toda la Iglesia en África a tener particular cuidado con la celebración de la Eucaristía, memorial del sacrificio de Jesucristo, signo de unidad y vínculo de caridad, banquete pascual y prenda de vida eterna. La Eucaristía debiera ser celebrada con dignidad y belleza, de acuerdo con las normas prescritas”.

[18] Benedicto XVI, Africae munus, núm. 154: “Es necesario también asegurarse de que la arquitectura de estos edificios sagrados sea digna de los misterios que celebran y esté de acuerdo con la legislación eclesiástica y el estilo del lugar”.

[19] Véase BujoAfrican Theology, cit., pp. 44-47. Aunque parece que Bujo quiere extender la recepción por la Iglesia de la cultura africana también a la poligamia y al uso de materia inválida para la Misa, su lista de las cosas que se ha perdido en la cristianización incluye nombres indígenas, conocimiento de plantas medicinales, uso de los tambores, arte y todas las costumbres que rodean a ciertos eventos de la caza y de la vida.

[20] Benedicto XVI, Africae munus, núm. 93: “La brujería, que se usa en las religiones tradicionales, está experimentando actualmente cierto regreso. Reaparecen ciertos miedos antiguos, creando paralizantes lazos de subordinación. La ansiedad por la salud, el bienestar, los hijos, el clima y la protección respecto de espíritus malignos lleva a que la gente recurra a prácticas de las religiones africanas tradicionales que son incompatibles con las enseñanzas cristianas. El problema de la 'doble afiliación' a la cristiandad y a las religiones africanas tradicionales sigue siendo un desafío.

[21] Benedicto XVI, en su Carta a los Obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007), advierte la “sacralidad” de la forma extraordinaria.

[22] Aunque es usado y comprendido por muchos más, sólo 15 millones de africanos hablan suajili como lengua madre.

[23] Los obispos analizaron el proyecto de traducir las Sagradas Escrituras a todas las lenguas africanas en el Mensaje, núm. 18 del Sínodo. La Congregación para el Culto Divino, en su Instrucción Linguam Authenticam (2001), núm. 21, hace notar el problema de encontrar un registro sagrado en cada lengua para ser usado en la liturgia. En relación con las “traducciones destinadas a los pueblos que han recibido recientemente la fe cristiana”, advierte: “En especial, se debe usar cautela en la introducción de palabras tomadas de religiones no cristianas”.

[24] En Johannesburgo (metrópolis de 6 millones, incluidos los hablantes de todas las lenguas oficiales), tres de tales lenguas, como máximo, serían usadas. Hay que tomar en cuenta que la Iglesia en Sudáfrica tiene recursos incomparablemente mejores que otros países africanos. En algunas parroquias de ciudades multilingüísticas aun las lenguas indígenas más importantes tienden a obtener los horarios menos cómodos de Misas.

[25] Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, núm. 49: “Se ha hecho ver, con razón, que, dentro de las fronteras que fueron establecidas por los poderes coloniales, la coexistencia de grupos étnicos con diferentes tradiciones, lenguas e incluso religiones, se encuentra a menudo con obstáculos surgidos de una grave hostilidad mutua. 'Las oposiciones tribales ponen en peligro, si no la paz, al menos el esfuerzo por el bien común de la sociedad, y crean también dificultades para la vida de las Iglesias y la aceptación de pastores de otros grupos étnicos'. Esta es la razón por la que la Iglesia en Africa siente el desafío de la especial responsabilidad de sanar estas divisiones” ("Merito sane dictum est intra fines qui ex colonicis regiminibus manarunt, translaticiarum consuetudinum, sermonum et etiam religionum diversarum coniunctam exsistentiam saepe ob mutuas contentiones impedimento esse. 'Tribuum dissentiones in discrimen vocant, si non pacem, in universum societatis saltem bonum commune adipiscendum, atque difficultates quoque afferunt Ecclesiarum vitae necnon aliarum stirpium pastoribus recipiendis'. Quocirca Africana Ecclesia animadvertit se teneri certo officio has divisiones minuendi”). Este pasaje cita un documento de la Pontificia Comisión Justicia y Paz, La Iglesia ante el racismo. Para una sociedad más fraterna (1988).

[26] Juan XXIII, Constitución Apostólica Veterum Sapientia (1962), núm. 3: "Suae enim sponte naturae lingua Latina ad provehendum apud populos quoslibet omnem humanitatis cultum est peraccommodata: cum invidiam non commoveat, singulis gentibus se aequabilem praestet, nullius partibus faveat, omnibus postremo sit grata et amica".

[27] El Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote (ICRSS) tiene un apostolado en la diócesis de Mouila, en Gabón, y la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP) una en la diócesis de Orlu, en Nigeria. La forma extraordinaria existe en varios lugares en Sudáfrica gracias al trabajo de Una Voce Sudáfrica. El sitio web Wikimissa tiene una lista de clero diocesano que la celebra en Natitingou, Libreville, Gabón, y Bujumbara, Burundi. En otros países presta servicio la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX), que también está presente en algunos de los países  ya mencionados: Yaounde y Douala, Camerún; Accra, Ghana; Mauritius; Nairobi y otros lugares en Keyna; La Reunion; Arivonimamo, Madagascar; Omaruru y Windhoek, Namibia; Kampala y otros lugares en Uganda; Dar es Salaam, Tanzania; Mansa, Zambia; y Harare y Tafara, Zimbabwe.

[28] Benedicto XVI, Carta a los Obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007).

jueves, 24 de octubre de 2019

¿Es la Tradición una enfermedad espiritual?

El Dr. Peter Kwasniewski vuelve en este artículo sobre algunas objeciones formuladas a propósito de aquel que publicamos la semana pasada. En medio de un mundo convulsionado y donde los propios que pertenecen al bando de los buenos ayudan a sembrar más confusión, la actitud debe ser siempre dejarse guiar por el sentido común, como enseñaba Cristo. Nuestro sí debe ser sí y nuestro no una negación rotunda, evitando concesiones. Porque la Tradición se busca no como un simple medio para llegar a Cristo, sino como el único camino posible para hacerlo, dado que ahí está la religión que transmitió por siglos la Iglesia fundada por Él para enseñar su mensaje y extender los méritos de su Redención. Ella no es, pues, una enfermedad espiritual, sino el modo auténtico y connatural de restaurar el culto a Dios en espíritu y verdad. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement en noviembre de 2016. La traducción pertenece a la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original, salvo la segunda, que pertenece al archivo del autor y cuyo uso ha sido gentilmente autorizado por éste.


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¿Es la Tradición una enfermedad espiritual?

Peter Kwasniewski

Mi artículo de hace algún tiempo “La innecesaria problematización de nuestra situación” parece haber dado en algún blanco, a juzgar por el número de lectores que tuvo y de los comentarios que recibió. Hubo un comentarista, en particular, que planteó, a mi juicio, algunas ideas importantes, con las que uno se encuentra a menudo y que merecen una respuesta más a fondo.

Aquel comentarista sostuvo:

“No hay nada malo con una devoción robusta y leal a la Tradición ni con la defensa de ella. Pero la tentación farisea, la tentación de un fanatismo que nos protege de lo que, neuróticamente, tememos -por lo general un estresante temor post-traumático a la contaminación y a la intimidad y a la pérdida de control-, es una cosa tan poderosa entre quienes tienen el carisma particular de defender la Tradición, como imposible de detección por parte de quienes han cedido a ella una vez. Y hablo por experiencia propia. Me he dado cuenta de que la conciencia de esta tentación, y la susceptibilidad a ella, una vez que se ha cedido a ella repetidamente, disminuye en función de la urgencia espiritual de reconocerla, a fin de poder librarse de ella mediante el arrepentimiento. En otras palabras, es el pecado lo que hace el arrepentimiento casi imposible, porque “¡son ellos los que necesitan arrepentirse, los que son impuros y desleales y traidores a Dios, no yo!” […] Lo que rara vez se menciona es la posibilidad de que “adherir a la Tradición” se transforme en una señal de la propia superioridad espiritual y de la iniciación en el “círculo interno” de los VERDADEROS católicos. O, peor todavía: que se transforme en un modo de evitar la intimidad con Dios, consigo mismo, con otras personas.

“En realidad, ser un 'tradicionalista' en el mejor sentido del término, que quiere decir, simplemente, estar sumergido en la Sagrada Tradición como el indispensable medio -¡no como un fin en sí!- de encontrar y amar a Dios como Él es en sí, verdaderamente, es un prerrequisito para la santidad, y de ahí la humilde simplicidad, que es su cualidad esencial”.

En respuesta a esto, escribí:

“Parece que lo que usted dice es que, aunque no podemos ni deberíamos tratar de huir de la Tradición, podemos y debemos huir del orgullo. Lo cual es absolutamente correcto, pero precisamente por serlo, la posición de usted no debería jamás llevar al desprecio de la Tradición, ese tipo de desprecio que es demasiado obvio en los últimos 50 años de experimentaciones, novedades y de un racionalista (y americanista) 'podemos hacerlo mejor que todos los que nos precedieron'”.

“Los grandes santos estarían de acuerdo con usted en todo lo que dice sobre encontrar a Dios en el momento presente, pero no contrapondrían esto con ser plena y tradicionalmente católico. No se trata de un caso de 'o lo uno o lo otro', sino de 'lo uno y lo otro'”.

“Si la Tradición es un medio indispensable, amémosla y tratémosla como tal. Por ejemplo, si hubiera un solo puente para cruzar un río, uno lo amaría, valoraría, repararía y lo usaría frecuentemente, no porque se trata de un fin en sí mismo, sino porque por él uno puede llegar a la tierra que se busca”.

Mi interlocutor respondió a su vez:

“Estoy de acuerdo con todo lo que usted acaba de escribir, que está muy bien expresado, como de costumbre. Pero me parece que usted no captó la esencia de lo que he dicho, que no es, simplemente, que debiéramos evitar el orgullo y que amar y ser leales a la Tradición es precisamente el modo de evitar ese orgullo. El punto que he querido traer a colación es más sutil, es la idea de que existe una peligrosa tentación que acompaña a la adopción de una postura y actitud de 'círculo interno' frente a la Iglesia y al mundo y a las demás personas, una condición espiritual, psicológica y emocionalmente enfermiza, que es su causa y su efecto”.

He aquí ahora mi respuesta a esta objeción:

La sutileza puede llegar a ser nuestra ruina. A veces, lo mejor es el buen juicio, sano, honesto. Cuando se ve algo bello, noble y reverente, se dice (debiera decirse) “esto es bueno, es como debiera ser. Recibámoslo de todo corazón y usémoslo para alabar a Dios y merecer la vida eterna”. Cuando se ve algo que es todo lo opuesto de lo anterior, se dice (debiera decirse) “esto es malo, no nos va a ayudar, merece ser rechazado”. Esto es de lo que se trata en, por ejemplo, la propuesta de que los bígamos y los adúlteros sean admitidos a comulgar. Un verdadero católico simplemente dice: “Nunca, ni en un millón de años. Jesús nos enseño la maldad del adulterio; San Pablo lo enseñó; San Juan Bautista y Santo Tomás Moro murieron a causa de él; yo estoy también preparado a morir por él. Y no me importa quien diga lo contrario”.

Sí, a veces cometeremos errores en nuestros juicios particulares. Pero es una tentación peculiarmente moderna (¿post-moderna?) la de querer flotar en una región donde no se emiten juicios, en la que podemos evitar la dolorosa necesidad de decidir si bajar por este lado del muro o por el otro. Quisiéramos, más bien, sentarnos arriba del muro y pretender que estamos dotados de unas disposiciones superiores porque no somos como esos fariseos que bajan por este lado, o como aquellos liberales que bajan por el otro, todos los cuales han hecho decididamente una elección. Irónicamente, esto se parece al mito de la “vista desde ninguna parte” de la Ilustración, que es una forma todavía más sutil de fariseísmo, según la cual aquéllos que se mantienen impolutos por no tomar posición decididamente pueden considerarse a sí mismos dotados de una visión clara, libres de ideologías. Según esta idea, los hombres más libres son los que no se amarran a ningún camino, a ningún modo de vida, a ningún conjunto de prácticas espirituales, a ninguna visión del mundo. Después de todo, como uno puede siempre equivocarse, es necesario abstenerse de tomar semejantes compromisos.

El autor
Esto es, naturalmente, la esencia misma del error de la modernidad, un error no menos pernicioso por el hecho de que resulta absolutamente imposible vivirlo en la realidad. Porque es escandalosamente cierto que quienes proclaman estar libres de todo prejuicio demuestran, a menudo, estar totalmente atrapados por una red de ellos. Es más honesto admitir que todos los hombres tienen amores y odios, y que nuestra responsabilidad consiste en ordenarlos y orientarlos correctamente, no en liberarnos de ellos. Es una forma de respeto a Dios el reconocer que Él quiere que nosotros busquemos el verdadero conocimiento, que alcancemos verdaderas conclusiones, que emitamos juicios sobre el bien y el mal, y que alineemos nuestras vidas con aquello en que creemos.

Es necesario que escojamos cómo y qué vamos a hacer con nosotros mismos en cuanto católicos. Quienquiera que piense que ello es tan fácil como decir “escuchemos a la Iglesia” haría bien en hacerse analizar el cerebro. ¿Quién o qué es la Iglesia? ¿Es todo lo que digan el Papa o algún obispo? Ojalá fuera ello así de sencillo, pero casi nunca lo ha sido. Y hoy, menos que nunca. Desde las batallas dogmáticas de la primitiva Iglesia hasta el caos políticos de la Edad Oscura, desde las enredadas alianzas del Gran Cisma de Occidente hasta los siglos de compromiso con la mundanidad (y, a veces, con sus excesivamente celosos oponentes), la historia de la ortodoxia cristiana no puede derivarse a partir de la jerarquía, como si se tratara de recuperar archivos desde un disco duro. 

Nuestros antepasados en la fe se contentaban con creer y hacer lo que se les había legado desde el pasado: no había legalismo, ni papolatría, ni necesidad de estudiar interminables resmas de documentos vaticanos[1], ni necesidad de justificarse por amar lo que los antepasados habían amado. Aunque hoy es imposible recuperar enteramente esa bendita sencillez de antaño, hay mucho que se puede decir en favor de imitarla en la medida que podamos. Ello descomplica la vida católica, poniendo el acento en lo que ha sido probado y es verdadero, más que en las teorías académicas de la última década, o en las revelaciones del tabloide de la semana pasada.

Resulta fácil evocar el fantasma de los fariseos y saduceos (cada uno de nosotros tiene en sí mismo un poco, o mucho, de ellos) sin reconocer quién, en la Iglesia de hoy, calza mejor con el perfil que ellos tuvieron[2]. Jesús, después de todo, es quien tenía una enseñanza muchísimo más exigente sobre el matrimonio y la familia, y sobre el culto a Dios “en espíritu y en verdad”. En comparación con Él, incluso los judíos más rigurosos eran materialistas y entraban en compromisos. ¿Y qué hay de los neo-conservadores que creen que ellos son los únicos “razonables” y “moderados”? ¿O los liberales y progresistas, que están convencidos de que el futuro les pertenecería si sólo los ignorantes y retrógrados, como quienes escriben en New Liturgical Movement y quienes lo leen, dieran de bruces en el polvo? Si no se tiene cuidado, se terminará diciendo que sólo los superficiales e ignorantes están espiritualmente seguros porque, al no tener ningún compromiso profundo con la ortodoxia ni la ortopraxis, están libres de todo peligro farisaico.

Pero el problema con que nos enfrentamos hoy es más profundo. No es suficiente quedarse en el nivel de las generalidades espirituales, sino que hay que tener también el coraje de mirar los modos específicos en que la fe católica y su práctica han sido desmantelados y corrompidos, porque esto ha tenido, y seguirá teniendo, las más profundas consecuencias para el encuentro de los hombres con Dios en Cristo.

Permítanme presentar la idea del modo más sucinto que puedo. No hay cómo evitar las tentaciones que mi objetor ha señalado, que se le presentarán a todo católico serio. Huir del dogma, la moral, la liturgia y las devociones tradicionales, como durante décadas han hecho tantos -como, de hecho, tantos han hecho siempre en todas las épocas-, no va a ser jamás una solución exitosa a las tentaciones que nos confrontan en la vida espiritual, tal como el protestantismo no fue una solución para la corrupción de la Iglesia tardomedieval. Se trata de una “solución” que contradice la esencia misma del catolicismo, una que arroja el niño junto con el agua sucia de la bañera.

El deseo de no saber o de mirar para otro lado, de no inquietarse sobre si uno se ha separado de su patrimonio hereditario, y suponer que mientras los eclesiásticos estén conformes con el desraizamiento uno no tiene necesidad de pensar más al respecto; el imaginarse que estas difíciles preguntas no pueden o no necesitan ser hechas; el no estar conscientes del enorme problema de la ruptura y la discontinuidad: todas estas cosas son signos de una enfermedad espiritual mucho más invasiva y peligrosa que el supuesto fariseísmo de los tradicionalistas. Porque es más fácil estar conscientes de una discrepancia entre nuestros nobles ideales y la santidad personal que estar conscientes de un corte fundamental entre una reinterpretación moderna del catolicismo (llámesela neo-modernismo, con su paradójico compromiso papólatra) y el catolicismo de todas las épocas, es decir, el que habría sido reconocible para cualquier Padre, Doctor, intelectual, rey o campesino durante los primeros 1900 años de la Iglesia. La razón es simple: tenemos que vivir día tras día con nuestras limitaciones, nuestras fallas y nuestros pecados (si somos casados o tenemos buenos amigos, no se nos permitirá vivir mucho tiempo sin que se nos lo recuerde), pero la mayor parte de las personas que actualmente están vivas son incapaces de recordar cómo eran las cosas en las generaciones pasadas, no hacen un esfuerzo para conocer la historia, y tienen poco conocimiento de los principios relevantes para la evaluación de los asuntos eclesiásticos. Esto, dicho sea de paso, es la razón por qué la batalla de los modernistas ha sido siempre una batalla de atrición: si pueden hacer durar lo suficiente sus fabricaciones y falsedades, se sienten seguros del triunfo.

No sorprende el que Pío X haya sido tan coherente y persistente en disipar el humo de los errores inteligentes, sutiles y “edificantes” del modernismo. No fue por nada que lo llamó “la síntesis de todas las herejías”. Sería la ingenuidad más sorprendente pensar que la crisis modernista fue un relámpago a comienzos del siglo XX y que ya no existe más. Por el contrario, como ha dicho Hilary White, a propósito de los últimos cincuenta años: “El Nuevo Modernismo se había convertido, en efecto, en el nuevo conservantismo”. Eso es lo que vemos alrededor de nosotros, cuando los católicos se apresuran a reescribir sus catecismos basándose en la última revisión hecha allá arriba, al estilo mormón.

Para aquellos que cierran los ojos o se tapan los oídos, naturalmente, no hay problema: en realidad, no pasa nada. Un despiste tan culpable es una gran enfermedad espiritual de nuestra época, una que impide que la Iglesia, siempre necesitada de reforma, reforme su propio ser post-conciliar.

 Una metáfora para la Iglesia posconciliar




[1] No es una exageración decir que los eclesiásticos contemporáneos han creado una nueva forma de judaísmo rabínico, en que sólo los expertos en cánones pueden resolver las cuestiones grandes o pequeñas.

[2] Recomiendo mucho este artículo: “Los fariseos y saduceos de nuestro tiempo”, de Roberto di Mattei (Nota de la Redacción: Hemos puesto como enlace la versión original en italiano; la traducción inglesa que usa el autor es accesible desde aquí).