viernes, 8 de febrero de 2019

¿Por qué los fieles laicos no tienen una participación más activa en la Santa Misa?

Les ofrecemos hoy la tercera respuesta preparada por un colaborador de esta bitácora en torno a algunas objeciones habituales formuladas a la Misa de siempre y referida a por qué los fieles laicos no tienen una participación más activa en la liturgia (véase aquí el listado de preguntas). 

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En un mundo en que el activismo -más que la actividad- es apreciado y fomentado por sobre toda otra actitud, pareciera que el papel de los laicos en la Santa Misa es pasivo y, por ende, negativo. Y la constatación de esta pasividad habría constituido uno de los motivos por los que el Concilio Vaticano II dispuso que se reformaran algunos ritos, ya que él mismo deseaba para los laicos una “participación activa” (actuosa participatio). Por otra parte, dicho Concilio quiso realzar la figura de los laicos en la Iglesia, con el resultado de que muchos de éstos dicen hoy tener conciencia de “ser también parte de la Iglesia”, y reclaman, en consecuencia, más “derechos” y papeles que desarrollar “activamente”.

Para responder a esta pregunta hay que abordar dos cuestiones: primero, quién es el actor de la actividad que llamamos “Misa”, y segundo, en qué consiste la participación en ella.


(Imagen: Novus Ordo Watch)

(1) Primero. La Santa Misa es, en esencia, y según la definición dogmática del Concilio de Trento, la renovación incruenta, hecha por el mismo Cristo, del sacrificio cruento de la cruz. En dicho sacrificio, la víctima es Cristo, y quien ofrece al Padre ese sacrificio en pago por nuestros pecados, es el mismo Cristo. En consecuencia, el actor principal en la Santa Misa, aquél cuya actividad es la más importante, es el propio Cristo. La Santa Misa es una acción de Cristo, y toda otra actividad a que la Santa Misa dé lugar es o instrumental de Cristo (un instrumento mediante el cual Él actúa) o accesoria a la de Cristo (es decir, secundaria). De las acciones instrumentales de Cristo, la principal e insustituible es la del sacerdote, que pone su humanidad al servicio de Cristo, a quien presta su voz y su inteligencia y sus gestos para que, por medio de éstos, el Señor se haga realmente presente como Víctima y Sacerdote en el altar. Dicho de otro modo, si descontamos a Cristo, que es el actor fundamental, no hay otra acción más importante en la Santa Misa que la del sacerdote humano que oficia de instrumento del Señor. El “sacerdote-en-representación-de-Cristo”: tal es el actor principal del drama que tiene lugar ante los fieles laicos, y a cuyo desarrollo asisten éstos.

Esta es la primera y más importante idea. Toda otra actividad que tenga lugar en el altar o en el resto del templo con ocasión de la Santa Misa, es una actividad que prolonga o secunda la acción del “sacerdote-en-representación-de-Cristo”. Por ejemplo, las lecturas son una acción conectada con la acción sacerdotal, y lo mismo la de los demás ministros sagrados que asisten al sacerdote, para la cual han sido, igual que el sacerdote, ordenados por la Iglesia: el diácono y el subdiácono.


(Imagen: Pinterest)

(2) Segundo. Los fieles que asisten a la Santa Misa concurren, pues, a una acción realizada por el “sacerdote-en-representación-de-Cristo” (que es el actor propio pero invisible) y por los demás ministros que han sido ordenados para asistirle. Si se pudiera poner una analogía (que, como toda analogía, no es nunca enteramente satisfactoria) podríamos decir que los fieles asisten a una “representación sagrada”, tal como en el teatro asisten a una “representación profana”. ¿Es la Santa Misa una especie de “espectáculo” al que asisten los fieles laicos? Se podría decir que sí, sólo en cuanto los laicos están ahí presentes al modo en que lo están en un teatro mientras se canta, por ejemplo, una ópera. 

Veamos inmediatamente cómo están presentes los espectadores de una ópera, a fin de aclarar lo que acabamos de decir. ¿Son acaso los espectadores de la ópera absolutamente pasivos por el hecho de que no toman parte en el canto o en la orquesta o en los movimientos que se se realizan sobre el escenario? Difícilmente se podría aceptar semejante respuesta: el público que asiste a la ópera está íntimamente unido a lo que se realiza frente a él en la escena, está emocionalmente involucrado y aun está, en ocasiones, involucrado de un modo mucho más profundo, como cuando sigue la acción con un libreto o la música con una partitura. La unión emocional con los espectadores es, precisamente, lo que se busca por parte de los actores, pero también hay mucho más: existe una unión intelectual en la medida en que los espectadores comprenden el sentido de lo que se está haciendo en el teatro y comprenden -lo que es quizá mucho más importante- el significado verdaderamente humano que tiene, para sus vidas, lo que están mirando: los espectadores salen del teatro enriquecidos por ese espectáculo; hay en sus vidas algo nuevo que ahí han adquirido (en este último sentido es que una obra de teatro es cultura: efectivamente “cultiva” a quien asiste a ella, lo enriquece, lo mejora).

Si fuera sólo esto lo que los laicos obtuvieran de la asistencia a ese “espectáculo sagrado” que es la Santa Misa (esa renovación del drama del Calvario, nada menos), ya sería mucho. Pero hay infinitamente más. Porque ellos, los que asisten, son el cuerpo místico de la Víctima-Sacerdote que lleva a cabo el sacrificio, que es el sacrificio de Uno por todos: muere Cristo, por propia y libre voluntad, por todos; con su sacrificio satisface a Dios lo que los hombres le deben por el pecado que cometen; y derrama Dios sobre quienes son miembros del cuerpo místico de su Hijo, las infinitas gracias que Éste gana para todos con su muerte.



Así pues, se ofrece aquí a los “laicos-espectadores” la oportunidad, que no existe en ninguna asistencia a ningún otro espectáculo en este mundo, de recibir real y efectivamente esas infinitas gracias y bendiciones divinas, que causan en ellos la elevación de su vida a un nivel sobrenatural, cosa que ninguna otra acción o representación humana puede efectuar. Y para recibir tales gracias y bendiciones no hace falta más que unirse espiritualmente los fieles a esa acción sacrificial que lleva a cabo su Cabeza, Cristo. Esa íntima e intensa unión espiritual es una acción infinitamente más “activa”, más “eficiente”, más “productiva”, que cualquier acción corporal que realicen los fieles en el templo (desplazamientos, gestos, etcétera). Tal como en el teatro de la ópera los espectadores sólo reciben el beneficio de la belleza de esa obra de arte si están intelectual y emocionalmente unidos a la acción que se realiza en escena, así también acá. No es necesario, para que los asistentes a la ópera reciban el bien de la belleza que van ahí a buscar y gozar, que se suban al escenario e irrumpan en la escena o en el canto; por el contrario, tal cosa no haría más que entorpecer o desbarajustar la acción dramática y las melodías. Así también, no es necesario acá que los fieles laicos realicen actividades como llevar o traer cosas, subir al presbiterio a leer esto o lo otro, porque no es de tales “actividades” que depende la recepción por ellos de las gracias y bendiciones que Dios otorga a quienes están unidos a su Hijo en su cuerpo místico, y para recibir las cuales asisten a esa “representación sagrada”. No es que “no puedan” realizar otras actividades; es que “no necesitan”: ante la acción redentora de Cristo, nosotros no hacemos más que asistir y esperar sus beneficios; “no necesitamos” más. Es Él quien nos redime, no alguna acción que realicemos nosotros. Es cierto que, según san Pablo, debemos “completar en nosotros” lo que “falta” a la pasión de Cristo y, según san Agustín, Dios, que nos creó sin nosotros, no nos salvará sin nosotros, o sea, sin nuestra acción; pero ésta es una acción posterior en nuestras vidas, un poner en práctica las bendiciones y gracias recibidas en la Santa Misa, un evitar que ellas sean “recibidas en balde” por nosotros (cosa que es, como se sabe, perfectamente posible: es nuestra responsabilidad hacer fructificar en beneficio de todos las gracias y bendiciones que nos da Dios).

Finalmente, podríamos añadir que esta “pasividad exterior” de los fieles que asisten a la Santa Misa evidencia la realidad de lo que ocurre en nuestra vida: es Dios quien nos salva; Él es el “principio activo”; nosotros somos el “principio pasivo”, aquellos “que reciben”, los “receptores”. Quienes asistieron a aquel momento supremo de la muerte de Jesús en el Calvario (la Santísima Virgen, san Juan, santa María Magdalena, etcétera) no llevaron a cabo acción alguna sino que, simplemente, contemplaron llenos de horror y piedad y gratitud y mil otros sentimientos interiores lo que estaba teniendo lugar ante sus ojos. El Señor lo hizo todo. Y nuevamente lo hace todo en la Santa Misa. Nuestra “participación activa” es, pues, esencialmente espiritual y esencialmente pasiva o, para usar el término correcto, contemplativa. 

A la Santa Misa vamos a contemplar el acto por el cual se realizó la obra de nuestra redención y a recibir las gracias que, por ella, Dios nos concede.

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