viernes, 7 de octubre de 2016

50 años de Magnificat: La Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria

La Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, ubicada en la calle Bellavista, actualmente comuna de Recoleta, ha sido particular testigo de la historia de nuestra Asociación.

Interior de la Iglesia

La propiedad de esta capilla ha pasado por distintas congregaciones y órdenes religiosas, sirviendo para distintos propósitos, todos lógicamente orientados al culto divino. La primera piedra de este oratorio fue bendecida el año 1912 y fue culminada el año 1919, siguiendo los planos y directrices del famoso arquitecto Eugène Joannon Croizer (1860-1938). Su propósito original fue servir de capilla para el convento de clarisas, sito originalmente donde se ubica actualmente la Biblioteca Nacional, justo frente al tradicional Convento de San Francisco. 

Monasterio de Las Clarisas en Alameda, pocos años antes de su demolición
(Fuente: urbatorium.blogspot.com)

Durante la década de 1970, el convento se trasladó nuevamente, pero esta vez a la comuna de La Florida, donde actualmente continúan funcionando, y los terrenos del convento fueron enajenados a la Congregación del Verbo Divino para la instalación del Liceo Alemán. En este aspecto, la única construcción sobreviviente fue la iglesia, ya que las restantes edificaciones de la manzana fueron demolidas para la instalación de una infraestructura educacional más moderna e idónea. A este siglo, la Congregación del Verbo Divino decide cerrar el colegio y trasladarlo al sector de Chicureo, vendiendo el paño a la Universidad San Sebastián, que es la actual propietaria de la iglesia.

Detalle de la torre

La construcción tiene un marcado estilo neogótico y una imponente fachada de una sola torre central, mientras su interior está dispuesto en tres naves. Las paredes interiores están revestidas de un sobrio estuco color gris y sus cielos son abovedados, siguiendo el estilo propio de la tradición gótica. Cabe destacar que ha soportado los terremotos de 1985 y 2010, además de otros menos intensos, sin presentar mayores problemas estructurales. Tras este último sismo, la Universidad San Sebastián realizó una importante labor de restauración, que permitió dejar el templo en las impecables condiciones en que se encuentra actualmente, y lo continúa embelleciendo hasta el día de hoy mediante la instalación de imágenes y distintos elementos arquitectónicos (como el comulgatorio de reciente construcción) que contribuyen a facilitar la devoción de los fieles y el culto litúrgico en particular. Nuestra Asociación también ha contribuido con este propósito. Gracias a la generosidad de nuestros fieles se adquirió en el extranjero un órgano de gran calidad, el cual fue instalado en el coro de esta iglesia.

Bendición del órgano

El mediodía del 7 de agosto de 1966, siendo el oratorio todavía de propiedad del Convento de Clarisas de la Victoria, se realizó la primera misa organizada por nuestra Asociación, que fuera celebrada por el R.P. Miguel Contardo SJ. Desde entonces, entre agosto de 1966 y diciembre de 1969 se intentó mantener la celebración de la Santa Misa de forma regular todos los domingos, para lo cual se contó con el generoso apoyo de muchos sacerdotes. Sin embargo, a partir de la década siguiente las circunstancias sólo permitieron mantener en la práctica la celebración durante dos domingos al mes. 

Rev. Milan Tisma, capellán de la Asociación (izq.), junto con el R.P. Miguel Contardo S.J., primer capellán de la Asociación (der.)


En 1969, la entonces superiora del Convento ordenó la completa demolición del altar mayor y la instalación de un altar exento en medio del presbiterio, el que dificultaba la celebración ad orientem, por lo que la Asociación se trasladó, gracias a las gestiones de Mario Manríquez, a la Iglesia del Primero Monasterio de la Visitación, sito en calle Huérfanos.

En 2011, tras el incendio que destruyó completamente la Iglesia Matriz de las Hermanas de la Providencia, la Asociación debió enfrentar la necesidad imperiosa de encontrar un lugar  adecuado donde celebrar regularmente la Santa Misa. Tras gestiones con el Arzobispado y el cuerpo directivo de la Universidad San Sebastián, se nos permitió continuar en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, recientemente remozada y restaurada tras el terremoto del año 2010, labor que continúa hasta el día de hoy. En este aspecto, es particularmente significativo que, tras 50 años, nos encontremos en el mismo lugar que vio nacer a nuestra Asociación. 

A continuación, les ofrecemos una selección de fotografías de la Misa solemne celebrada el sábado 6 de agosto de 2016 por la conmemoración de nuestros 50 años de servicio a la Iglesia de Santiago:









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Actualización [6 de noviembre de 2017]: El Consejo de Monumentos Nacionales de Chile ha recibido la solicitud de declarar como momento nacional, en la categoría de monumento histórico, toda la obra del arquitecto francés Eugène Joannon, entre la que se cuenta la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, donde desde 2011 nuestra Asociación celebra la Santa Misa de siempre todos los domingos y fiestas. En su edición del domingo 6 de noviembre, el periódico El Mercurio de Santiago dedicó un artículo en su cuerpo Artes y Letras a la obra religiosa de este arquitecto, la cual desarrolló tanto en la capital como en regiones (p. E7).

martes, 4 de octubre de 2016

La Plegaria eucarística II (primera parte)

Les ofrecemos hoy la primera parte de un estudio preparado por el Profesor Augusto Merino Medina sobre la Plegaria eucarística II. Ella, así como las otras dos plegarias eucarísticas más comunes (III y IV), fue introducida por un decreto de la Congregación de Ritos el 23 de mayo de 1968, el que también determinó que las nuevas anáforas del rito romano podían utilizarse a partir del 15 de agosto de ese mismo año junto con el Canon Romano (desde entonces Plegaria eucarística I), único hasta entonces. El mismo día fue publicado el documento “Normas sobre el uso de Plegarias eucarísticas I-IV”, donde se preveía que, debido a sus características distintivas, la Plegaria eucarística II se adapta mejor a los días de semana o a ocasiones especiales (cfr. OGMR 365). De igual forma, la Congregación de Ritos publicó una carta sobre la catequesis de las nuevas plegarias para la instrucción de los fieles (véase su texto aquí). 

Sacerdote español celebrando su primera Misa (1968)

Así viene descrita la Plegaría eucarística II por la Comisión Nacional de Liturgia (CONALI) dependiente de la Conferencia Episcopal de Chile: "Asume como su fuente directa la anáfora de la “Tradición Apostólica” [de San] Hipólito (S. III). Comenzó a utilizarse en el año 1968. Son sus características la brevedad y la sencillez, tanto en su estilo como en sus conceptos. Resume muy sintéticamente la teología de la Eucaristía: su celebración es memoria de la Pascua, centro recapitulador del acontecimiento Cristo. Tiene prefacio propio que forma parte de su estructura, pero puede ser sustituido por un prefacio análogo que exprese de una manera concisa el misterio de la salvación" (véase la fuente aquí).

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La Plegaria eucarística II (primera parte)

Augusto Merino Medina

El fiel corriente, que asiste a las Misas Novus Ordo en Chile, probablemente crea que la Plegaria eucarística II es el único texto invariable del Ordinario de la Misa, pues así de exclusiva ha llegado a ser su recitación. Probablemente, también, se lo haya aprendido de memoria. Es posible, con todo, que, en alguna ocasión, haya oído la recitación de la Plegaria eucarística III o de la Plegaria eucarística IV, pero quizá crea que debe atribuir a la idiosincrasia del celebrante específico que le ha tocado ese día semejante alejamiento de aquello a que está acostumbrado. El Canon Romano, por su parte, no es recitado prácticamente jamás, salvo en raras ocasiones, como alguna especial solemnidad del calendario, en ciertas parroquias de cura o feligresía “elitistas”. Personalmente, en la parroquia de ciudad pequeña adonde suelo ir a Misa, el cura que, a juzgar por su edad, ha de haberlo leído cotidianamente en su juventud y en latín, recita de vez en cuando el Canon Romano –en castellano, naturalmente-, pero tomando de él lo que ese día le parece interesante, abreviando por aquí, “resumiendo” por allá, saltándose, a veces, hasta la mitad de las oraciones.

En algunas oportunidades he preguntado a los sacerdotes por qué esta preferencia por la Plegaria eucarística II, y la respuesta, por lo general, ha sido “porque es más breve”. Ello les permite acortar la Misa a fin de retener a los fieles, nunca muy dispuestos a invertir en ella más de 45 minutos de su día domingo. No siempre, en cambio, se abrevia la prédica, con el resultado entonces de que el sermón es más largo que la parte sacrificial de la Misa, cosa que no incomoda ni a celebrante ni a fieles, ignorantes todos por igual de que la Misa es, en su esencia misma, un sacrificio.


El Cardenal Raúl Silva Henríquez, Arzobispo de Santiago de Chile, celebra Misa en la Capilla del Colegio de La Salle

Sin embargo, la pobreza de contenido de la Plegaria eucarística II y su omisión de toda referencia a esta idea de “sacrificio” o a otras que han sido esenciales en el ritual de la Misa desde hace no menos de 1600 años, la constituyen en una piedra de toque de todo lo que se puede decir sobre la devastación litúrgica llevada a cabo desde 1969 en adelante, no por obra principalmente del Concilio Vaticano II (aunque éste, por cierto, no escapa indemne de toda responsabilidad) sino de quienes lo traicionaron al poner en práctica sus directivas, y de quienes se han abandonado a toda clase de corruptelas y abusos en la liturgia católica, tanto sacerdotes como obispos.

Un análisis teológico de esta Plegaria eucarística II, aun somero, revelaría cuán profunda ha sido la corrupción de la liturgia católica por los factores recién señalados. Pero nuestro propósito aquí es, solamente, referir algo de su historia, que es de por sí suficientemente impactante.

I. La supuesta antigüedad de la Plegaria eucarística II.

Se suele oír que, aun siendo muy breve, lo que recomienda a esta plegaria es su venerabilísima antigüedad. Esto trae a la imaginación a los primeros cristianos y sus celebraciones, tan cercanas en el tiempo a los mismos Apóstoles. Y su brevedad ilustra, supuestamente, dicha antigüedad, puesto que se suele tener la impresión de que siempre todas las cosas, en sus inicios, son más simples y pequeñas que lo que llegan a ser posteriormente. Lo que resulta paradojal es que los reformadores del siglo XX, es decir, los miembros del Consilium[1], aduzcan, como mérito de esta plegaria, su supuesta antigüedad, luego de haber rechazado, precisamente por su antigüedad y su consiguiente pérdida de significado para los hombres modernos, riquísimos y aun fundamentales elementos del rito de la Misa. En verdad, lo que ocurre es que los reformadores se dejaron infectar por el “arqueologismo”, que condena con tanta razón el Siervo de Dios Pío XII en el núm. 60 de su magnífica encíclica Mediator Dei (1947).

1. La figura de San Hipólito.

Esta “plegaria eucarística” ha sido asociada al nombre de San Hipólito ya desde antes del Concilio Vaticano II.

San Hipólito es un personaje del cual se sabe poco, y el cual resulta confuso por las contradictorias noticias históricas -y además solamente fragmentarias- que de él nos han llegado. Por ejemplo, el historiador Eusebio de Cesarea (c. 263-339) y San Jerónimo (347-420) nos transmiten unas listas de obras (que no coinciden entre sí) de un Hipólito, “obispo” de una Iglesia cuyo nombre desconocen. San Jerónimo agrega que la homilía de Hipólito “sobre la alabanza del Salvador” fue pronunciada en presencia de Orígenes, durante la visita de éste a Roma, que se puede datar hacia 222. Algunos autores griegos posteriores, como Eustratos de Constantinopla y el autor de De Sectis, afirman que Hipólito fue un “obispo de Roma” y mártir. El Catálogo Liberiano (354) de los obispos de Roma informa que un presbítero de nombre Hipólito fue deportado en 235 a Cerdeña, junto con el Papa Ponciano (230-235). La Depositio Martyrum, anexa a dicho Catálogo, menciona los idus de Agosto como la fecha de la depositio de Hipólito en la vía Tiburtina y de la de Ponciano en el cementerio de Calixto. Dos inscripciones de Dámaso, en el cementerio llamado de Hipólito (cerca de la basílica de San Lorenzo, en la vía Tiburtina) y un poema de Prudencio (348-413) cuentan que el presbítero Hipólito, que había adherido inicialmente al cisma de Novaciano (+258), volvió posteriormente a la Iglesia durante una persecución. En fin, la obra impropiamente denominada Philosophoumena (ca. 220), atribuida a un Hipólito, es, en una parte, una violenta polémica del autor contra el Papa Ceferino (199-217) y después contra el Papa Calixto (217-222).


San Hipólito Mártir

La combinación de estos fragmentos ha permitido llegar a la siguiente reconstitución hipotética. Hipólito fue un presbítero romano, erudito exégeta y teólogo. Debido a posiciones doctrinales contrarias y a rencores personales, se enfrentó al Papa Ceferino y luego al Papa Calixto. Cuando Calixto fue elevado al Papado, Hipólito, decepcionado por no haber sido él nombrado obispo de Roma, encabezó un cisma, convirtiéndose en el primer antipapa. Luego, durante la persecución de Maximino el Tracio (que reinó de 235 a 238), fue exiliado a Cerdeña, la “isla de la muerte” (insula nociva), junto con el Papa Ponciano (230-235), con quien se reconcilió antes de que éste muriera en el exilio (235). El Papa Fabián (236-250) hizo traer los restos de Hipólito a Roma un 13 de Agosto, fecha que coincide con lo que dice la Depositio Martyrum.

Esta reconstrucción es una mera hipótesis, que ha sido atacada por diversos autores, como el P. Nautin (Hyppolite et Jossipe, Paris, 1947). Si se compara las obras de Hipólito, listadas por Eusebio y San Jerónimo, con las que se consignan en una estatua que representaría supuestamente a Hipólito, descubierta en el cementerio Tiburtino en 1551, y que parece datar del emperador Alejandro (222-235), se advierte que todas ellas coinciden en parte; pero el P. Nautin afirma que se trata de dos Hipólitos diferentes. Uno, llamado propiamente Hipólito, sería un escritor oriental del siglo III, confundido posteriormente con un mártir romano del mismo nombre, y el otro, al cual el P. Nautin llama Josipo, sería un presbítero romano que habría vivido durante los pontificados de Ceferino y Calixto, y sería el autor de un “Canon pascual”, de un tratado contra las herejías (aparentemente el Philosophoumena mencionado anteriormente) y de otras obras más. Esta hipótesis del P. Nautin ha sido, a su vez, atacada por varios autores, entre ellos Dom Botte, a quien nos referiremos a continuación. La cuestión, hasta el día de hoy, está lejos de apaciguarse.  

Este es, pues, el oscuro autor de un texto, incluido en lo que Dom Botte denominó “Tradición Apostólica”, que sería el directo antecesor de la “Plegaria eucarística II”. Veamos ahora qué se sabe de dicha “Tradición Apostólica” y del texto en cuestión.

2. La “Tradición Apostólica”.

A fines del siglo XIX “Tradición Apostólica” no era más que una expresión inscrita en el zócalo de la estatua del cementerio tiburtino, antes mencionada.

Uno de los primeros autores que postularon la idea de que existe una “Tradición apostólica” y que ella proviene de Hipólito (o San Hipólito), es el benedictino Dom Bernard Botte (1893-1980), de la abadía de Mont-César en Lovaina, especialista en filología y en textos orientales, quien fue experto en el Consilium dirigido por Mons. Anníbale Bugnini.


Dom Bernard Botte OSB

Ahora bien, no es que Dom Botte haya descubierto un texto con el nombre de “Tradición apostólica” derivada de Hipólito. Lo que este benedictino hizo fue realizar una síntesis de textos litúrgicos y teológicos de origen egipcio, etíope y sirio, escritos, algunos de ellos, en griego, otros en latín, otros en árabe y otras lenguas y dialectos, provenientes algunos del siglo IV y otros del siglo V y de otras épocas. A partir de una verdadera maraña de textos y fragmentos, Dom Botte creyó poder identificar una “Tradición apostólica”, que contiene el “Canon de Hipólito”, y que publicó con el título La tradition apostolique (Paris, Editions du Cerf, 1946, collection “Sources chrétiennes”). La supuesta anáfora de Hipólito, mencionada en esa publicación, coincide con una usada por la liturgia etíope hasta hoy. Posteriormente, en 1963, se publicó nuevamente el estudio de Dom Botte, ahora con el título, más circunspecto y menos asertivo, de La tradition apostolique de Saint Hyppolite. Essai de reconstitution (Liturgiewissenchaftliche Quellen und Forschungen, Heft 39, Münster, Westfalen, Aschendorffsche Verlagsbuchhandlung). Desde 1963 hasta comienzos del siglo XXI, las cuestiones planteadas por Dom Botte han seguido siendo vivamente discutidas por los peritos, tanto en lo que se refiere al contenido de los textos como a su traducción e interpretación.



3. La “anáfora de San Hipólito” y la actual “plegaria eucarística II”.

Después de expuestos, muy resumidamente, los controvertidos argumentos, en un sentido y en otro, acerca de la hipotética “Tradición apostólica”, vale la pena reproducir la anáfora atribuida a Hipólito (o San Hipólito) [a] que, según opinión común en la actualidad, sirve de inspiración a la actual Plegaria eucarística II [b].

(a) El texto de la “anáfora de San Hipólito”.

Según su reconstrucción habitual, la anáfora de San Hipólito tiene la siguiente redacción: 

El Señor esté con vosotros.
Y contigo.
Levantemos los corazones.
Los tenemos en el Señor.
Demos gracias al Señor, Dios nuestro.
Es cosa digna y justa.

Gracias te damos, ¡oh Dios! Por medio de vuestro amado Hijo Jesucristo, a quien nos enviasteis en estos últimos tiempos como Salvador, Redentor y Nuncio de vuestra voluntad, el cual es vuestro Verbo inseparable, por quien Vos hicisteis todas las cosas, y en quien pusisteis vuestras complacencias. Lo enviasteis del Cielo al seno de una Virgen, donde tomó carne por obra del Espíritu Santo, nació de la Virgen y se reveló como vuestro Hijo. Él cumplió vuestra voluntad y os conquistó un pueblo santo; y para librar del castigo a los que en Vos creyeron, extendió los brazos al padecer. El cual, al salir espontáneamente al encuentro de su Pasión, a fin de desatar los lazos de la muerte y de romper las cadenas del diablo, de aplastar al infierno, de llevar luz a los justos, de dar el último complemento a la creación y de revelar el misterio de la Resurrección, tomando el pan y dándoos gracias dijo:

Tomad y comed: ESTO ES MI CUERPO, QUE POR VOSOTROS SERÁ QUEBRANTADO.

Del mismo modo, tomó el cáliz diciendo:

ESTA ES MI SANGRE, QUE POR VOSOTROS ES DERRAMADA.

Cuando esto hiciereis, hacedlo en memoria mía.

Acordándonos, pues, de su muerte y resurrección, os ofrecemos el pan y el cáliz, dándoos gracias por habernos hecho dignos de estar en vuestra presencia y de servir. Os rogamos, pues, que enviéis vuestro Espíritu Santo sobre la oblación de la Santa Iglesia. Reuniéndolos como en un solo cuerpo, conceded a todos vuestros santos que sean confirmados en la fe verdadera, a fin de que os alabemos y glorifiquemos por medio de vuestro Hijo Jesucristo, por el cual es dada gloria a Vos, Padre, Hijo con el Espíritu Santo, en vuestra Santa Iglesia ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

(b) El texto de la actual “plegaria eucarística II:

Ahora bien, es interesante tener presente aquí el texto de la “plegaria eucarística II”, de uso predominante, como contraposición (se usa la traducción española, que conserva la segunda persona del plural y no la redacción aprobada por la Conferencia Episcopal Chilena):

El Señor esté con vosotros.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, Padre santo,
siempre y en todo lugar, por Jesucristo, tu Hijo amado. Por él, que es tu Palabra, hiciste todas las cosas; tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo
y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor. Él, en cumplimiento de tu voluntad, para destruir la muerte y manifestar la resurrección, extendió sus brazos en la cruz, y así adquirió para ti un pueblo santo. Por eso, con los ángeles y los santos, proclamamos tu gloria, diciendo:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad; por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor. Él mismo, cuando iba a ser entregado a su Pasión,
voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

"TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS".

Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz, y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos diciendo:

"TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE,
SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES[2] PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.
HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA".

Éste es el Sacramento de nuestra fe.
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

Así, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo,
te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia. Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo.

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra;  y con el Papa N., con nuestro Obispo N. y todos los pastores que cuidan de tu pueblo, llévala a su perfección por la caridad.

Acuérdate también de nuestros hermanos que se durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro. Ten piedad de todos nosotros para que merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas, en comunión con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles, y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos.

Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

Amén”.

San Pío de Pietrelcina celebrando la Santa Misa en el exterior de la Casa Sollievo della Sofferenza

No es el momento de entrar en un análisis detallado y comparado de ambas plegarias, pues nuestro objetivo es solamente referirnos a cuestiones históricas, pero vale la pena destacar que, en la actual Plegaria eucarística II, se ha suprimido toda referencia a las “cadenas del diablo” y al “infierno”, realidades que han sido notoriamente desenfatizadas en la liturgia posterior al Concilio Vaticano II, para no decir nada de lo que ocurre, en este aspecto, en la catequesis que hoy predomina en la Iglesia.



[1] El Consilium ad Exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia fue creado por Pablo VI mediante el motu proprio Sacram Liturgiam, de 25 de enero de 1964, con la finalidad de materializar las reformas que habían aprobado los Padres Conciliares en la Constitución Sacrosanctum Concilium, de 4 de diciembre de 1963.

[2] La frase “y por todos los hombres” ha sido sustituida posteriormente por “y por muchos” a través del decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos dado el 17 de octubre de 2006, que daba dos años a las conferencias episcopales para adecuar las traducciones del ordinario de la Misa a las respectivas lenguas vernáculas. 

sábado, 1 de octubre de 2016

Los ornamentos e insignias de los obispos (II): las quirotecas y anillo

En una entrada anterior decíamos que los ornamentos e insignias que caracterizan al obispo cuando celebra pontificalmente la Santa Misa son el calzado litúrgico, la cruz pectoral, la dalmática y la tunicela, las quirotecas, el anillo, el solideo, la mitra, el báculo, el gremial y la palmatoria. Continuamos ahora con la revisión de ellos. 

S.E.R Marc Marie Max Aillet, obispo de Bayona (Francia), 
revestido durante la celebración de una Misa pontifical en la iglesia de San Francisco Javier de París

Las quirotecas o guantes litúrgicas son prendas elaboradas para cubrir las manos de los obispos y otros prelados en las Misas solemnes. El obispo las lleva cuando viste calzado litúrgico y báculo, y se usan siempre con la casulla, desde la procesión de entrada hasta el ofertorio, y no se vuelven a poner, salvo que se imparta la bendición papal, en cuyo caso se vuelven a colocar. Mientras se usan, el anillo pastoral se pone por encima del guante.

Poco conocidos por los antiguos, ellas pasan a formar parte de los accesorios del vestuario litúrgico para uso exclusivo de los obispos hacia el siglo X. Para los eclesiásticos inferiores su uso quedó reservado merced a una especial concesión pontificia, la que se hizo frecuente a los abades a partir del último cuarto del siglo XI. 

S.E.R. Ángel Suquía en procesión para celebrar una Misa pontifical en Zaldivia, Guipúzcoa

Al parecer, la utilización de este ornamento comenzó en alguna iglesia de las Galias o de la Italia septentrional, de donde se extendió paulatinamente a las demás iglesias de Europa. Su forma siempre fue la misma, tomada del uso profano con sus amplias mangas o puños al estilo de los guantes seglares de la Edad Media. Se hicieron los guantes litúrgicos ordinariamente de lino y en color blanco hasta el siglo XII. Después prevaleció la seda y adornados en la parte superior con una placa circular dorada sobre la que se diseñaba una cruz, el monograma de Cristo o un Cordero de Dios crucícfero. En este sentido, existían  distintas prescripciones sobre el bordado según se tratase de un obispo, de un abad o de un protonotario con derecho a usarlas. Después del siglo XIII, las quirotecas se comenzaron a confeccionar del color litúrgico del día, excepto el negro, dado que ellas no se usaban en la Misa de Difuntos ni el Viernes Santo. 

 El entonces Karol Józef Wojtyła, Arzobispo de Cracovia, portando las quirotecas
(Foto: Ceremonia y Rúbrica de la Iglesia española


Tras el Concilio Vaticano II cayeron en desuso por la mayoría de los obispos. No obstante, el beato Pablo VI las usó hasta su muerte. Sus sucesores no los volvieron a usar, y el Ceremonial de Obispos de 1984 no menciona nada sobre su empleo en la forma ordinaria. En la forma extraordinaria, las quirotecas se siguen usado habitualmente.

El beato Pablo VI con quirotecas hacia mediados de la década de 1970
(Foto: Ceremonia y Rúbrica de la Iglesia española

Las quirotecas se ponen después de la dalmática y se retiran definitivamente al Ofertorio, volviendo a vestirse para la bendición papal al final de la Misa, si la hay. Al ponerse estos guantes, el obispo dice la siguiente oración: “Coloca en mis manos, Señor, la limpieza del hombre nuevo que descendió del cielo para que, como tu amado Jacob que cubriendo sus manos con pieles de cabras y ofreciendo a su padre el alimento y la bebida más agradable obtuvo su bendición, así yo también pueda ofrecerte con mis manos el sacrificio de salvación y obtener tu bendición. Por nuestro Señor Jesucristo, tu hijo, que haciéndose semejante en la carne se ofreció a si mismo por nosotros”. Queda así de manifiesto que el simbolismo de los guantes no fue la de preservar del frío las manos del obispo, sino conservarlas limpias. El obispo quiere parecerse a Jacob y obtener la bendición paternal de Cristo, ante Quien debe responder por el rebaño que le ha sido confiado como pastor. Los guantes representan así la pureza de intención en las acciones propias del nuevo hombre, consagrado en servicio del Pueblo de Dios. 

 Colección de quirotecas de distintos colore litúrgicos, Museo de la Indumentaria (Barcelona)

Por ciertos, las quirotecas difieren de los guantes que algunos llevaban al ir a la catedral vestidos con capa magna, denominados de formalità y confeccionados en seda roja o morada. Los guantes litúrgicos sólo se usan en la Misa, cuando el obispo va revestido con los ornamentos propios del orden sagrado (tunicella, dalmática y casulla).

El anillo pastoral es el aro metálico que portan los obispos como signo de su dignidad. Este simbolismo ya aparece en la parábola del Hijo Pródigo, en donde el padre manda traer un anillo para su hijo que ha vuelto. También simboliza el desposorio entre el obispo y su iglesia particular, lo que queda patente en las palabras que se dicen en el momento en el que se le impone durante su consagración episcopal: “Recibe este anillo, signo de fidelidad, y permanece fiel a la Iglesia, esposa santa de Dios”.


S.E.R. Enrique Hernández Sola recibe el anillo en su consagración como obispo de Tarazona

El anillo ya formaba parte de las insignias episcopales en España hacia principios del siglo VII. Al parecer su uso, más que por las razones simbólicos recién referidas, se introdujo para que los obispos pudiesen autentificar sus propios actos, según una costumbre bastante frecuente en la antigüedad. En el siglo IX, el anillo era de uso general entre los obispos. Con el cambio de milenio, comenzaron a llevarlo también los abades, al principio como un privilegio especial concedido por la Santa Sede.

A los obispos se les pone el anillo el día en que son consagrados, y deben usarlo dentro y fuera de las celebraciones litúrgicas en el dedo anular de la mano derecha, porque es la mano con la que bendicen. La única excepción es el Viernes Santo, en que no debe portarse en señal de luto por la muerte del Esposo, Cristo. Al ponérselo para celebrar, el obispo dice la siguiente oración: "Adorna con la virtud, Señor, los dedos de mi cuerpo y de mi corazón, y coloca sobre ellos la santificación de tu Espíritu septiforme". 

Los doctores y los prelados con derecho a llevar anillo pueden usarlo fuera de las ceremonias, y de una sola gema, sin círculo de diamantes. En su caso, deben quitarse el anillo para la celebración del  Santo Sacrificio.

Por lo general, los anillos pastorales se hacían de oro, con adornos de piedras duras o preciosas, con lo que se representaba que el obispo es una piedra incluida una gran construcción que es la Iglesia. Por ejemplo, era habitual que los obispos que estudiaba en el Seminario Mayor Lateranense usaran un anillo con el camafeo de su patrona, la Madonna della FiduciaCuando los fieles besaban esa piedra, querían simbolizar que besaban una pedazo de esa construcción cuya piedra angular es Cristo. En la actualidad puede ser fabricado en cualquier metal precioso, y una buena muestra de ello es aquel regalado los obispos que participaron en el Concilio Vaticano II, el cual no lleva ninguna piedra preciosa engastada.

S.E.R. Marcel Lefebvre durante la peregrinación a Roma con ocasión del Año Santo de 1975

De igual forma, existía un anillo pontifical, que era el que usaba el obispo cuando celebraba solemnemente. Podía ser el mismo que usaba habitualmente u otro perteneciente al tesoro de la diócesis. Estos tenían un muelle que permitía adaptarlos para ser llevados con las quirotecas. 


Anillo con muelle para uso pontifical

Después de que alguien es creado cardenal, el Santo Padre le entrega un anillo. Este se elabora con un modelo para cada pontificado, con el escudo del respectivo Papa grabado en su interior. Esto significa que todos los cardenales creados por un papa llevan un anillo idéntico. Antiguamente, estos anillos llevaban engastado un rubí o u zafiro, las piedras preciosas reservadas a los cardenales. El anillo que se entrega durante el pontificado de Francisco lleva la imagen de San Pedro y San Pablo y, en medio de ellos, una estrella como símbolo de María. Este anillo debe de usarlo el cardenal como si fuera en anillo episcopal. Al entregárselos, el Papa dice: “Recibe el anillo de la mano de Pedro, para que sepas que con el amor del Príncipe de los Apóstoles se refuerza tu amor hacia la Iglesia".

Se desconoce el origen del llamado "anillo del pescador", una de las insignias que hoy caracterizan al Romano Pontífice. Antiguamente, existían cuatro anillos: el anillo pontificio (sólo para cuando el Papa celebraba pontificalmente), el anillo pastoral personal del Papa y el del pescador, del que existía una copia en poder de un secretario para sellar los breves. La primera mención de estos últimos se halla en una carta de Clemente IV a su sobrino Pedro Grossi datada en 1265.

El beato Pablo VI con su anillo personal

Hoy se utiliza el anillo del pescador durante todo el pontificado, desde que le es impuesto al nuevo Papa en la Misa de entronización (hoy llamada "solemne ceremonia de inauguración del pontificado") y hasta que el Cardenal Camarlengo lo destruye para dar inicio a la sede vacante (excepcionalmente, tras la renuncia de Benedicto XVI el anillo del pescador no fue destruido, sino sólo marcado con una cruz para anularlo). Sin embargo, hay dos excepciones en que nunca se utiliza: el Viernes Santo y las Misas de exequias por algún cardenal. Tradicionalmente, este anillo se ha confeccionado en oro y lleva grabada la imagen de San Pedro sobre una barca de pescador, con el nombre del pontífice reinante en torno a ella.

     Anillo del pescador del Papa Benedicto XVI

El anillo del pescador del papa Francisco presenta algunas diferencias: en él no parece San Pedro pescando, sino con las llaves, y fue fabricando en plata bañada en oro. Su autor es Enrico Manfrini. Además, el papa suele intercambiar el anillo personal que usaba como obispo y el del pescador, a veces agregando un tercero, fabricado en Barcelona y que le fue regalado por un cardenal.

                                                                         Diseño del anillo del pescador del Papa Francisco

                        El Papa Francisco usando el anillo que tiene desde su época de Arzobispo de Buenos Aires