sábado, 8 de julio de 2017

Los libros litúrgicos (II): el Ritual Romano

Continuando con la serie dedicada a los libros litúrgicos, hoy corresponde tratar el Ritual Romano (Rituale Romanum). 

Éste es un libro que enseña el orden de las sagradas ceremonias y administración de los sacramentos, los que no se encuentran ni en el Misal ni en el Breviario, aunque algunos están duplicados. Aunque el texto es famoso por su ritual para el exorcismo, en él se hallan asimismo una gran variedad de oraciones y bendiciones. Su nombre proviene de la expresión latina ritus, que significa el orden establecido. 

Su uso se debió a las necesidades pastorales de la Iglesia, especialmente en las parroquias rurales y los monasterios. El clero necesitaba tener a mano una colección de fórmulas para la administración de los sacramentos, de las bendiciones corrientes, las exequias y otras funciones comunes, el que pudiera ser fácilmente transportable. Generalmente, estas fórmulas sacerdotales estaban incluidas en los sacramentarios, pero este libro no podía usarse fácilmente en cualquier lugar dado su volumen. 

Ritual Romano de Pablo V 

Ya en el siglo VII se menciona una especie de libros pequeños con las fórmulas más usuales en la cura de almas, aunque ninguno de estos ejemplares ha llegado hasta nuestros días. Su producción fue bastante numerosa, dándose el caso que en una misma diócesis había varios con una enorme diferencia entre unos y otros. Los primeros rituales para uso monacal aparecen en el siglo XIII y hacia el siglo XIV los primeros para el uso de los sacerdotes seculares. Sin embargo, en manos de los sacerdotes estaban ya con anterioridad los rituales monásticos. Por lo demás, los sínodos diocesanos recomendaba a los sacerdotes proveerse de un manual para la celebración de las funciones ordinarias, quedando a a decisión de cada uno la elección, pues raramente se exigía autorización del ordinario. No resulta extraño imaginar que, con frecuencia, estos pequeños manuales al uso fueron compilados con poco criterio, incluyendo ritos supersticiosos y fórmulas incorrectas.   

Con el fin de dar cierta unidad a estos libros, al menos en el plano diocesano, Anselmo, obispo de Ermland (1250-1277), ordenó redactar una Agenda communis, y otro tanto hizo Enrique I, obispo de Breslau (1302-1319). Después de estos intentos, los demás obispos decidieron tomar medidas similares, y casi todas las diócesis comenzaron a tener su propio libro especial para la administración de sacramentos. Con el paso del tiempo se fue produciendo una cierta armonización entre los distintos rituales locales. En el siglo XVI tuvo mucha aceptación el Sacerdotale, seu Liber sacerdotalis collectus (1523), del dominio Alberto Castellani, un texto a medio camino entre el ritual y el manual de teología sacramental, que recibió la aprobación del papa León X. Samarini, canónico de la Basílica de San Juan de Letrán, compuso otro Sacerdotale sive sacerdotum Thesaurus collectus (1579), sirviéndose mucho de la obra de Castellani. Un gran trabajo de recopilación llevó a cabo el Cardenal Guilio Antonio Santorio (1532-1602), quien trabajó denodadamente en la confección de un ritual por encargo del papa Gregorio XIII. El resultado fue el Rituale sacramentorum romanum (1584), que nunca recibió aprobación por parte de la Sede Apostólica, debido quizá a lo voluminoso. 

Finalmente, el papa Paulo V creó una comisión con el fin de redactar un ritual para toda la Iglesia latina que recopilara de manera oficial los ritos sacramentales y las demás funciones comunes de los sacerdotes. Ella se basó especialmente en la obra de Santorio, aunque no siempre de manera satisfactoriamente, pues muchas veces se evidencia un propósito de abreviar las oraciones y ritos. El producto emanado de dicha comisión fue el ritual aprobado por Paulo V a través de la bula Apostolicae Sedis, de 17 de julio de 1614.  Con todo, y a diferencia de lo que había sucedido con otros libros litúrgicos, el Papa no impuso a las iglesias el uso exclusivo del Ritual romano, y sólo recomendó que se adoptara. Se trató de una medida prudente, pues si bien el ritual de los sacramentos era completamente uniforme en los aspectos sustanciales, sí existían diferencias notables con los libros regionales, cuya supresión podía causar un gran malestar entre los fieles. La Congregación de Ritos precisó más tarde que, pese a esta permisión de los rituales locales, era lícito usar en cualquier lugar y en cualquier celebración el ritual romano, sin importar que el respectivo ritual diocesano existiesen usos propios. 

 Retrato de Paulo V por Caravaggio

El Ritual de Pablo V fue muy bien acogido por los obispos y sacerdotes y contribuyó con eficacia a eliminar los últimos residuos de aquella peligrosa independencia que en el campo litúrgico y devocional había reinado hasta entonces, sobre todo en una época donde la reforma protestante se extendía por Europa y la Iglesia se expandía hacia tierras de misión. Su texto fue objeto de algunas modificaciones, destacando las efectuadas por Benedicto XIV (1752), Pío IX (1872), León XIII (1884), San Pío X (1911), Pío XI (1925) y Pío XII (1952). Con posterioridad fueron apareciendo también rituales bilingües para distintos países, conservándose el latín para algunas pocas fórmulas, generalmente las de carácter sacramental. Es el caso, por ejemplo, del Elenchus rituum ad instar Appendicis ritualis Romani ad usum Americae Latinae (1962), aprobado por el Consejo Episcopal Latinoamericano (véase su texto aquí). En 1962 se aprobó un rito de bautismo para adultos que debía emplearse en los países de misión, el que estaba distribuido en siete etapas diversas.

La estructura de este Ritual según la edición de 1952, que es el que se utiliza en la forma extraordinaria del rito romano, es la siguiente: después de un capítulo inicial que contempla las reglas generales para la administración de los sacramentos, se sucede el tratamiento del Bautismo (capítulo II), la Confirmación (capítulo III), la Penitencia (capítulo IV), la Eucaristía (capítulo V), la Extremaunción (capítulo VI),  con un paréntesis para las Exequias (capítulo VII), y el Matrimonio (capítulo VIII), las diversas bendiciones (capítulo IX), procesiones (capítulo X) y letanías aprobadas (capítulo XI) y, finalmente, el exorcismo de los poseídos por el demonio (capítulo XII) y el cuidado de los libros parroquiales (capítulo XIII). Cierra el ritual un apéndice que contiene los himnos con canto, las bendiciones para los 25 y 50 años de matrimonio, las ediciones propias de algunas diócesis y un complemento sobre el cuidado de los libros parroquiales y de estado de las almas. En España dicho apéndice es el Manuale Toledanum, de origen hispano-mozárabe, cuya primera edición data de 1494.

 Ritual romano preconciliar

La Constitución conciliar Sacrosanctum Consilium (1963) ordenó revisar el Ritual romano y publicar libros separados para cada uno de los ritos. Así se fue haciendo en los años sucesivos con cada uno de sus partes: rito del bautismo de niños (1969); rito de la penitencia (1974); rito de la unción de los enfermos (1974); rito de las exequias (1974); rito de la profesión religiosa (1975); rito del matrimonio (1969); rito de la iniciación cristiana de adultos (1978); rito de la Eucaristía, donde se trata de la Comunión fuera de la Misa y el Culto Eucarístico (1978); Bendicional (1987), y Rito de los exorcismos (1999). En 1976 se publicó una nueva versión conjunta del Ritual romano, dividido ahora en dos volúmenes: el primero trata de los sacramentos con excepción del orden y de las exequias, y el segundo se ocupa de la consagración de los altares, de la ordenación de diáconos, presbíteros y obispos, y de la bendición del aceite santo. 


Edición castellana del Ritual de exequias reformado
(Imagen: Soluziono)

Para los otros ritos católicos existen libros similares. De esta manera, el rito ambrosiano tenía históricamente su propio ritual (el Rituale Ambrosianum, que después de la reforma posconciliar comenzó a desmembrarse; hasta el momento se han publicado los libros con los ritos de la comunión fuera de la Misa, los sacramentos para los enfermos, el matrimonio y las exequias, debiendo aplicarse el ritual romano en aquellas materias hasta ahora no abordadas); en el rito bizantino las materias del ritual se contienen en el Euchologion, y en el rito armenio existe el Mashdotz con una función similar a la que desempeña el ritual romano.

viernes, 7 de julio de 2017

Décimo aniversario del motu proprio "Summorum Pontificum"

El sábado 7 de julio de 2007 fueron anunciadas en Lisboa las nuevas siete maravillas del mundo. Ese mismo día, en la Ciudad del Vaticano S.S. Benedicto XVI sorprendió con la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum, mediante el cual reconoció la igualdad de los ritos nuevo y antiguo de la Santa Misa —llamados desde entonces formas ordinaria y extraordinaria, respectivamente— y autorizó a todos los sacerdotes católicos para celebrar lícitamente en cualquiera de las dos formas. El texto reconoce que los fieles tienen el derecho a pedir la celebración de la Misa tradicional y que las autoridades eclesiásticas no pueden negarse. Los frutos del motu proprio tras diez años de aplicación son evidentes: los lugares donde se celebra la Misa tradicional se han duplicado, las vocaciones son cada más numerosas y el número de fieles que se acerca a la liturgia antigua crece cada día (véase, por ejemplo, la crónica que hace Religión en libertad). 

SS. Benedicto XVI
(Foto: Info7)

La Asociación Magnificat reaccionó de inmediato ante este texto con la publicación de una carta en el diario El Mercurio de Santiago suscrita por su Presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau, la que apareció en la edición del día jueves 12 de julio de ese año. En ella se explicaba el significado y la alegría que la restauración de la Misa tradicional debía tener para todo católico. Con ocasión de nuestro quincuagésimo aniversario celebrado en agosto de 2016, reprodujimos esa carta en esta bitácora (véase aquí).


Para conmemorar el aniversario del motu proprio, cuya vigencia comenzó el 14 de septiembre de 2007, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, nuestra Asociación ha preparado la tercera versión del Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile. De este evento y su programa dimos oportuna noticia en una entrada anterior

jueves, 6 de julio de 2017

50 años de Magnificat: la historia de nuestra Asociación (primera parte)

En esta y en las siguientes dos entradas publicaremos una relación histórica escrita por nuestro Presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau, con ocasión de la celebración del quincuagésimo aniversario de nuestra Asociación. Se trata de una crónica rica en recuerdos y detalles, que cubre el período que se extiende desde la primera Misa celebrada el 7 de agosto de 1966 hasta la actualidad, y que pretende ser un testimonio de la preservación de la Misa tradicional en la ciudad de Santiago de Chile. 

 El Prof. Dr. Don Julio Retamal Favereau, Presidente de Magnificat, durante el II Congreso Summorum Pontificum
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

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Breve relación histórica de la Asociación Magnificat

Julio Retamal Favereau

Durante la segunda mitad del siglo XX, el pensamiento y la acción de muchos católicos habían sido sometidos a duras pruebas por los cambios sobrevenidos en la cultura occidental en todos sus ámbitos, en especial durante la crucial década de 1960-1970. Por esos años fueron remecidos los fundamentos y la aplicación de la filosofía, la política, el arte, la ciencia y las creencias de Occidente. En este último aspecto el acontecimiento central fue la celebración del Concilio Vaticano II, entre 1962 y 1965, que sacudió fuertemente la Iglesia católica, dando lugar a vuelcos espectaculares.

El Concilio, muy pastoral en su esencia, decidió emprender una reforma de la liturgia para acercar ésta al pueblo y hacerla más eficaz. Con tal motivo aprobó, hacia fines de 1963, una Constitución acerca de la liturgia latina con el nombre de Sacrosanctum Concilium. En ella se admitía un mayor uso de la lengua vernácula en las partes relativas a lecturas y moniciones, pero se mantenía la estructura de la Misa y su lenguaje casi bimilenario, el latín.

Sin embargo, en los meses siguientes se formó una Comisión destinada a la revisión de los libros litúrgicos para decidir qué cambios eventualmente podrían introducirse siguiendo las indicaciones de la Constitución conciliar, siempre con la idea de favorecer la participación activa (actuosa participatio) de los fieles. Dicha comisión, presidida por el Cardenal Giacomo Lercaro (1891-1976) y el arzobispo Annibale Bugnini (1912-1982), sobrepasó con mucho el criterio de los padres conciliares y acabó por pergeñar una liturgia completamente nueva. A pesar de la oposición de algunos importantes miembros de la Curia Romana, como los Cardenales Alfredo Ottaviani (1890-1979) y Antonio Bacci (1885-1971), autores de un conocido breve examen crítico sobre la nueva Misa, la Comisión introdujo cambios radicales en la liturgia y los sacramentos, no sólo en la lengua —erradicando el latín del todo—, sino también modificando la estructura misma del rito. Así, se eliminó el antiguo Ofertorio, se modificó en parte la fórmula de la Consagración del cáliz, se suprimieron muchos ritos considerados superfluos (signos de cruz, genuflexiones, purificaciones), se redactaron nuevas formas consagratorias como alternativas al Canon Romano, se introdujo en la práctica la forma de comulgar en la mano y de pie, quitando un ya inútil comulgatorio, se dio la vuelta al altar para que el celebrante mirase al pueblo y no ya a Dios —representado por el tabernáculo, la cruz y el oriente—, y un largo e improvisado etcétera. Dentro de este último ámbito, se dio cabida a muchas lenguas y dialectos —algunos muy primitivos, carentes de la necesaria profundidad y terminología litúrgica—, a la par de una amplia recepción de la música profana, con instrumentos nunca antes admitidos en las iglesias y propios de la interpretación de ritmos populares profanos. La práctica litúrgica tuvo derroteros similares, pues fueron desbordados rápidamente los límites de la prudencia y de la legalidad, apareciendo con fuerza un espíritu fantasioso y antitradicional que afectó radicalmente el sentido sacral y sacrificial de la Santa Misa. De hecho, la caída en el número de vocaciones a la vida clerical y religiosa y el aumento de las defecciones fueron prontas consecuencias de esta pérdida del horizonte sobrenatural en la Iglesia. 

El Papa Pablo VI junto a los observadores protestantes ante Consilium, la comisión encargada de la reforma de la liturgia
(Imagen: Tradition in Action

Todo esto acabó por provocar una alarma creciente entre muchos fieles, que conocían y amaban una liturgia que se había ido desarrollando orgánicamente a lo largo de los siglos. Cabe recordar que ésta se había originado en Roma, en los primeros siglos de nuestra era y había alcanzado su forma actual entre los siglos IV y VIII, con escasísimas modificaciones de ahí en adelante. En esa forma fue extendida a todo el mundo católico por el decreto Quo primum tempore de San Pío V en 1570, preservándose en unas pocas iglesias locales los ritos propios de antigüedad probada, como ocurrió con los ritos mozárabes, ambrosiano, bracarense y el de algunas órdenes religiosas. Dicho Papa no inventó entonces una nueva Misa, sino que impuso la forma romana a todo el orbe, para evitar las desviaciones doctrinales durante aquel controversial período de la así denominada Reforma Protestante y de la Contrarreforma Católica.

Volviendo a la Comisión litúrgica postconciliar, los cambios que ésta introdujo fueron inmediatamente aprobados por el papa Paulo VI, quien extendió e impuso la nueva Misa en todo el ámbito del catolicismo, a partir del Adviento de 1970, con excepción de la Iglesia de rito oriental. Con todo, ya en 1964 se habían adoptado variaciones importantes del rito en muchos países, entre los cuales destacó Chile, donde desde el 7 de junio de ese año había comenzado a celebrarse de modo experimental la liturgia reformada. Así, por ejemplo, en septiembre de 1964, cuando regresé de Inglaterra después de pasar algunos años en la Universidad de Oxford, donde nada había cambiado aún en la liturgia y donde pude conocer la belleza del culto solemne gracias a la capellanía católica, quedé sorprendido por las innovaciones que vi en la primera Misa a la que asistí en Santiago. Habían dado la vuelta al altar, para lo cual habían quitado el Santísimo de su lugar central, y casi la mitad de la liturgia ya modificada era dicha en un mal castellano. Todo el ambiente de la Santa Misa reformada carecía de sacralidad, de belleza y, sobre todo, de misterio.

Alarmado por tan bruscos e improvisados cambios, comencé a sondear el ambiente. Fui descubriendo varias personas y, sobre todo, sacerdotes que no deseaban estas innovaciones. Durante todo el año de 1965, a medida que se extendían las reformas a las diversas parroquias, capillas conventuales y otros lugares de culto, sostuve largas entrevistas con párrocos, vicarios y monseñores. Todos decían que no les satisfacía la nueva tendencia, pero que había que obedecer. El arzobispo Raúl Silva Henríquez (1907-1999) había aprobado o condonado muchas de las novedades. Y así fue surgiendo una improvisación tras otra, en una especie de rivalidad entre los sacerdotes “progresistas” por inventar nuevas y desafiantes liturgias. Llegué a visitar al Nuncio Apostólico, monseñor Egano Righi-Lambertini, hacia mediados de 1965, con un grupo de personas que incluía a Silvia Soublette, esposa del entonces Ministro de Relaciones Exteriores Gabriel Valdés Subercaseaux; Eduardo Izquierdo y otras personas. Se trataba de alertar al representante de la Santa Sede sobre los inventos chilenos. No prometió nada y partió a Roma a participar en la cuarta y última sesión del Concilio Vaticano II, que comenzó el 14 de septiembre de ese año. Dicha sesión aportó aún muchas más innovaciones en otros planos, mientras la liturgia seguía un camino reformista en manos de la antedicha Comisión.

 Mons. Francisco Valdés Subercaseaux, OFMCap

Durante 1966, comenzamos a tratar de establecer la celebración de una Misa tradicional en alguna iglesia, pero sin efecto alguno. Con algunas personas, entre las que destacaban Carlos José Larraín, Laurence Azaïs, Patricio Garreaud y otros, comenzamos a ensayar la Misa de Angelis en mi casa. Nuestros contactos con la familia Valdés Subercaseaux fueron muy fructíferos, pues doña Margarita Valdés, mujer de don Alfonso Letelier, nos apoyó y logró un permiso de parte de su hermano el Obispo de Osorno, Monseñor Francisco Valdés Subercaseaux (1908-1982), quien era el encargado del canto sagrado en la Conferencia Episcopal chilena. Desde entonces contamos con una autorización oficial para celebrar Misas con cantos en latín.

Así pues, luego de haber recorrido varias iglesias en Santiago buscando una adecuada, dimos con las Clarisas de la Victoria, llamadas también de Nueva Fundación, en calle Bellavista, casi frente a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Allí logramos celebrar nuestra primera Misa tradicional el domingo 7 de agosto de 1966. Ese día fue el comienzo de las celebraciones litúrgicas de lo que hoy es nuestra Asociación, siempre abiertas al público. Esa primera Misa fue oficiada por el P. Miguel Contardo S.J, actuando dos hermanos maristas de acólitos, y nuestro grupo vocal de coro. Aquel día en la nave no había más de 10 ó 12 personas, entre los cuales se encontraba la familia Allamand Zavala, incluyendo a Andrés, actual senador por Santiago, que a la sazón era un niño de diez años.

Por mi parte, ya tenía buenas relaciones con los grupos tradicionalistas que se habían formado con los mismos propósitos en Europa. Primero fue Noruega y, poco más tarde, hacia fines de 1964, Francia. Este último país llevó la palma de la Tradición en aquellos primeros años, generándose varios movimientos de corte tradicionalista. Basta recordar a Monseñor Marcel Lefebvre (1905-1991), ex obispo-arzobispo de Tulle y superior de la Congregación del Espíritu Santo, quien creó su Seminario de Écône en 1970 para la formación de sacerdotes según la tradición multisecular de la Iglesia. El movimiento litúrgico francés se llamó “Una Voce”, por estas dos palabras que van hacia el final del Prefacio de la Santísima Trinidad que se reza en la Misa de la mayor parte de los domingos del año. Con el paso de los años, otros países europeos organizaron grupos similares y, en 1967, se creó la Foederatio Intemationalis Una Voce para defensa del antiguo rito católico, siendo pronto reconocida como una asociación privada de fieles de carácter internacional por la Sede Apostólica.

 El R.P. Miguel Contardo SJ, primer capellán de Magnificat, junto a nuestro Presidente durante las celebraciones del cincuentenario de la Asociación (2016)
(Foto: Jorge Fuentes Díaz)

Entretanto, en Chile manteníamos con grandes dificultades la celebración de una Misa semanal, el día domingo a mediodía. Todavía había muchos sacerdotes que nos apoyaban, en particular, los más ancianos. Recuerdo con especial aprecio a nuestros primeros capellanes. Hubo muchísimos, pero los nombres que ahora me vienen a la memoria son: el P. Osvaldo Lira SS.CC, durante años; el P. Francisco Martínez Quintana, ex sotacura de San Ramón; el P. Francisco Martínez Quiroz, capellán de las Monjas Verónicas; el P. Guillermo Varas Arangua; el P. Rafael Gandolfo SS.CC; el P. Prudencio de Salvatierra, capuchino; el P. Juan Skowronek, ex Vicerrector de la Pontificia Universidad Católica de Chile; el P. Ferdinand, de los Sacramentinos; el P. José Antonio Garín Martínez, que nos legó una casa y una biblioteca; el P. Jorge Wilde, capellán del Monasterio de la Visitación; los PP. Alfonso Sánchez y José Juan Vergara, ambos jesuitas; el P. Jorge Guerra Larraín, capuchino; el P. Walter Hanisch Espíndola S.J, Premio Nacional de Historia en 1996; el P. Jaime Manríquez, en esa época dominico, recientemente fallecido; el P. Juan Antonio Cabezas O.P; el P. Antonio Grill, salesiano; el P. Jorge González Förster S.J, durante mucho tiempo, y muchos otros.

De entre todos ellos quisiera recordar especialmente la figura del P. Osvaldo Lira Pérez SS.CC (1904-1996), quien fue un buen signo de los difíciles y contradictorios tiempos que nos ha tocado vivir. En medio del tráfago angustioso y agotador que supusieron los años del posconcilio, el Padre Lira permaneció impertérrito en la enseñanza del latín y en la celebración de la Misa tradicional, si bien, en público, comenzó parsimoniosamente a rezar la nueva Misa de Pablo VI. Su decidido apoyo a nuestra Asociación, fundada para la preservación de la liturgia antigua y del sentido tradicional de la fe cristiana, fue crucial y durante años actuó como principal asesor y capellán, convencido como estaba —y con razón— de que la liturgia de siempre no podía ser prohibida ni desaparecer. Aunque no alcanzó a ver el motu proprio con que Benedicto XVI restablecía de manera absoluta los fueros de la liturgia antigua, sí vio cómo los decretos pontificios de 1984 y 1988, que reintroducían la Misa tradicional con ciertas condiciones, le dieron, a la postre, la razón en su lucha. Por eso, en un justo recuerdo de la memoria de este benemérito sacerdote, que destacó por su amor y apego a la dimensión sobrenatural derivada de su sacerdocio, nuestra Asociación celebró una Misa de réquiem al cumplirse veinte años de su muerte, ocurrida el 20 de diciembre de 1996.

Asimismo, creo que es de justicia mencionar, junto a los sacerdotes oficiantes, a los maestros de capilla, organistas y miembros del coro que han colaborado con nosotros, en particular a don José Gaete, que nos ayudó durante muchos años. Falleció, luego de una larga enfermedad cardiovascular, en febrero de 2007. Además, cabe destacar la presencia en el Coro de nuestro consocio el Profesor don Eloy Sardón, quien desde 1967 hasta hoy ha cantado y dirigido, a menudo, la schola que acompaña nuestras celebraciones. Por esta última han pasado esporádicamente muchas personas que han prestado, a veces por años, un enorme servicio a nuestra Asociación. Se puede nombrar el Dr. Celis, a Laurence Azaïs, a Carmen Luisa Letelier, a Margarita Valdés de Letelier, a José Miguel Carvallo, a Patricia Gonnelle y a muchos otros. Por cierto, entre los maestros de capilla se cuenta el Dr. Luis González Catalán, quien hoy nos acompaña desde el órgano con una cuidada ejecución. 

 Interior de la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, que acogio la primera Misa de Magnificat y que, luego de un largo peregrinaje, acoge también hoy la Misa dominical de la Asociación
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Las celebraciones eucarísticas tuvieron lugar en distintas iglesias y capillas, según se presentase la ocasión. Entre agosto de 1966 y diciembre de 1969 celebramos la Misa básicamente en el Monasterio de las Clarisas de la Victoria, reduciendo la frecuencia a dos veces al mes, siempre el domingo a mediodía. En diciembre de ese último año, nos encontramos con que la Superiora del monasterio había demolido el altar mayor y había fijado la mesa adelante por orden de la curia diocesana. Fue tal su ímpetu en cumplir la orden, que se quebró un brazo en tales menesteres. Gestos como éste muestran la acendrada iconoclastia de esos años y eran muy frecuentes, incluida la quema y venta de los antiguos ornamentos litúrgicos. Como fuere, el monasterio duró poco tiempo más en su emplazamiento del barrio Bellavista. Con el crecimiento de la ciudad, la vida contemplativa y de estricta clausura de las hijas de Santa Clara no fue compatible con el bullicio y ajetreo del centro capitalino, por lo que en 1974 las clarisas de la Victoria se trasladaron a un nuevo monasterio en la comuna de La Florida, donde permanecen hasta hoy. El predio fue comprado por el Liceo Alemán, que se había visto obligado a dejar su tradicional ubicación de calle Moneda 1661 por la expropiación de dicha sede para los trabajos de construcción de la Carretera Panamericana. Sin embargo, la iglesia fue conservada y pasó a ser, ahora con el altar traído desde la antigua sede, la capilla mayor de este colegio de la Congregación del Verbo Divino.

Por nuestra parte decidimos entonces trasladarnos, gracias a las gestiones de Mario Manríquez, al Monasterio de la Visitación situado en la calle Huérfanos. En aquella oportunidad obtuvimos permiso del Vicario episcopal, P. Rafael Maroto Pérez (1913-1993), para celebrar la Misa en latín, pero según el nuevo rito. Así pues, comenzamos en marzo de 1970 y estuvimos hasta junio de 1976. En lo referente al rito, si bien al comienzo nos atuvimos a la nueva Misa, los celebrantes, volvían al rito antiguo sin darse cuenta, de manera que fue éste el que finalmente prevaleció. Como nadie nos iba a vigilar, nadie se percató de que celebrábamos conforme a una liturgia que, si bien nunca estuvo abrogada, era perseguida como símbolo de una Iglesia superada por los nuevos aires que había traído consigo el Concilio. Esto evidencia que nuestra defensa no era puramente lingüística, sino que atañía al sentido teológico de los ritos.   

El 11 de septiembre de 1973 se produjo un pronunciamiento militar que acabó con el gobierno de la Unidad Popular, el que fue reemplazado por una Junta de gobierno integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas y el director general de Carabineros. Ese día, el Presidente Salvador Allende se quitó la vida en la Palacio de la Moneda, sitiado por tierra y aire. A finales del gobierno de la Unidad Popular, la figura del Presidente Allende se había hecho execrable para toda la oposición, que se expresaba mal de él y estimaba que debía retirarse a la vida privada o, si era necesario, debía ser depuesto por la fuerza. El Padre Lira, nuestro principal capellán por esos años, no constituyó una excepción en estas materias. No obstante, una vez producido el alzamiento militar y el consiguiente suicidio del Presidente Allende, el mismo día 11 de septiembre, el sacerdote hizo lo que el hombre no habría podido hacer y lo que muchos no hicieron: celebró la serie de treinta Misas “gregorianas” por la salvación del alma del difunto presidente, como manda la Iglesia. Frente al altar, el sacerdote se impuso decididamente al hombre ante el misterio insondable de la muerte. No creo cometer una infidencia al relatar estos hechos, pese a que han sido comentados en otras oportunidades, porque revelan la profundidad del sentimiento religioso del P. Osvaldo, quien era además un entrañable amigo. 

 El R.P. Osvaldo Lira Pérez SS.CC. imparte la Sagrada Comunión a nuestro actual Presidente, don Julio Retamal Favereau (1973)
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Pero la situación se volvió complicada para nosotros por ciertos hechos ocurridos en Europa. Desgraciadamente, en junio de 1976 se produjo un desacuerdo entre el papa Paulo VI y monseñor Lefebvre a raíz de las primeras ordenaciones sacerdotales que ofició este último. El ambiente interno de la Iglesia se tomó muy tenso y comenzó una verdadera rivalidad entre tradicionalistas y progresistas, como se llamaron en la época. Estos hechos llevaron a la suspensión de monseñor Lefebvre por parte de la Sede Apostólica. Pero éste continuó formando sacerdotes en la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, que había erigido, con permiso canónico del obispo diocesano, unos años antes en Suiza. La tensión eclesial se volvió contra nosotros. Así fue que, el siguiente domingo que había Misa en la Visitación, los fieles que acudieron (yo estaba por entonces desempeñando un cargo diplomático en París) se encontraron con el templo cerrado y ni siquiera el capellán (P. Jorge Wilde) pudo entrar. Nos quedamos en la calle, rechazados por la Iglesia a la que no queríamos más que servir como hijos fieles, pero no perdimos la esperanza ni la confianza de estar haciendo lo correcto.

Este fue el período más negro de Magnificat. En 1969 nos habíamos incorporado a la Federación Internacional Una Voce, junto con unos 10 países europeos. El primer Presidente, el Dr. juris Eric de Saventhem (1919-2005), de origen alemán, condujo la Federación durante un cuarto de siglo, entre 1966 y 1992, en contacto frecuente con la Curia Vaticana, hasta que se retiró por motivos de edad, siendo sucedido por Michael Davies (1936-2004), representante de Inglaterra. Fue también para la Federación el momento más infortunado, dado el ambiente de desconfianza y crítica que rodeaba a los tradicionalistas en general. Así y todo, la organización sobrevivió, apoyando a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X.

En esa época se constituyó, mediante estatuto (que nunca se protocolizó en notaría), nuestra Corporación. Se llamó Magnificat por inspiración del R.P. José Antonio Garín, designándose como Presidente a don Alfonso Letelier Llona (1912-1994), gran músico chileno, Capellán a dicho sacerdote, y como miembros del directorio a Mario Manríquez Guerra (secretario), José Antonio Lecaros Piffre (tesorero), Margarita Valdés Subercaseaux (vocal) y Claudio Ferrari Peña (vocal). Por aquellos años participaban también activamente de nuestra Asociación Luis Giachino, Mario Correa y muchos otros. Por mi parte fui nombrado representante de la recién creada Asociación en Europa, pues durante la década de 1970 viajé mucho a ese continente y residí allí por más de seis años (en Oxford de 1970 a 1972, y en París, de 1976 a 1980). En esa calidad asumí formalmente el contacto de Magnificat con la Federación Internacional Una Voce. En esa calidad he podido asistir a varias de las reuniones internacionales de esta Federación, en lugares como Roma, Turín, Colonia, Londres y París. De igual forma, me he encargado íntegramente de la correspondencia regular con ella, ya que debe ser hecha en inglés, francés o alemán. Conservo amistad con los miembros más antiguos de la Federación, a quienes solemos enviar poder para representamos cuando no podemos asistir a las reuniones o congresos internacionales. 

Registros de la visita de Mons. Lefevbre a Chile (1977)


En Chile, en tanto, entre los años 1977 y 1979, nuestro grupo no pudo funcionar, salvo esporádicamente y no siempre en iglesias, sino también en salones de hotel y otros lugares. Los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X —en particular un argentino, el P. Castillo— nos visitaron y el propio arzobispo monseñor Marcel Lefevbre estuvo en Chile un par de veces, si no me equivoco, en 1977 ó 1978 y en 1980 [véase aquí el reportaje dedicado a la primera de esas visitas al cumplirse su cuadragésimo aniversario]. En este último año terminé mi misión diplomática en Francia y, al volver, comencé, ayudado por Osvaldo Muñoz y otras personas, a buscar una iglesia donde pudiéramos funcionar normalmente. De sobra está decir que esto no era una tarea fácil, dado el ambiente de tensión y sospecha con respecto a nosotros. Gracias a Osvaldo Muñoz, fuimos aceptados en el antiguo convento de las Monjas Verónicas de la calle López, en la comuna de Independencia. Celebraba la Misa para nosotros el capellán que fue de dichas religiosas, P. Francisco Martínez Quiroz, ya bastante mayor por esos años, sin ningún inconveniente. Cabe recordar que, a principios de la década de 1970, el Cardenal Raúl Silva Henríquez puso fin a la Congregación Franciscana de las Hermanas Verónicas, algunas de cuyas integrantes emigraron a la Congregación de las Hermanas de la Providencia. Desde entonces el monasterio comenzó un franco deterioro hasta ser demolido tras el terremoto de 2010.

martes, 4 de julio de 2017

Sobre los fines y frutos de la Santa Misa

En esta entrada continuamos ofreciendo a nuestros lectores una explicación breve sobre la enseñanza de la Iglesia en torno a la Santa Misa y la Eucaristía. Como ha quedado dicho al comienzo de esta serie, para este fin nos serviremos del Catecismo de San Pío X. La razón es que este sencillo catecismo adopta el clásico método dialógico para exponer, a través de preguntas y respuestas, lo esencial de la doctrina católica, fortaleciendo así un conocimiento teológico básico asequible a cualquier persona. Como glosa a las preguntas y respuestas tomadas del catecismo piano hemos añadido (en rojo) algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica (CCE) que desarrollan la doctrina ahí expuesta. 

 (Ilustración: Costumbrario Tradicional)


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660.- ¿Para qué fines se ofrece, pues, la Santa Misa? 

El sacrificio de la Santa Misa se ofrece a Dios para cuatro fines: 

1º. Para honrarle como conviene, y por esto se llama latréutico; 

2º. Para agradecerle sus beneficios, y por esto se llama eucarístico; 

3º. Para aplacarle, para darle alguna satisfacción de nuestros pecados y para ofrecerle sufragios por las almas del purgatorio, por lo cual se llama propiciatorio; 

4º. Para alcanzar todas las gracias que nos son necesarias, y por esto se llama impetratorio.

La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el Sacrificio Eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad [CCE 1359].

La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo. En todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras de la institución, una oración llamada anámnesis o memorial [CCE 1362].

661.- ¿Quién es el que ofrece a Dios el sacrificio de la Santa Misa? 

El primero y principal oferente de la santa Misa es Jesucristo, y el sacerdote es el ministro que en nombre de Jesucristo ofrece el mismo sacrificio al eterno Padre. 

Cumplimos este mandato del Señor celebrando el memorial de su sacrificio. Al hacerlo, ofrecemos al Padre lo que Él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: así Cristo se hace real y misteriosamente presente [CCE 1357].

El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: "La víctima es una y  la misma. El mismo el que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, el que se ofreció a sí mismo en la cruz, y solo es diferente el modo de ofrecer" (Concilio de Trento: DS 1743). "Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz "se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento"; […] este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio" (Ibíd) [CCE 1367].

662.- ¿Quién instituyó el sacrificio de la Santa Misa?

El sacrificio de la santa Misa lo instituyó el mismo Jesucristo cuando instituyó el sacramento de la Eucaristía y dijo que se hiciese en memoria de su pasión. 

Si los cristianos celebramos la Eucaristía desde los orígenes, y con una forma tal que, en su substancia, no ha cambiado a través de la gran diversidad de épocas y de liturgias, es porque nos sabemos sujetos al mandato del Señor, dado la víspera de su pasión: "Haced esto en memoria mía" (1 Co 11,24-25) [CCE 1356].

 (Ilustración: Las lenguas católicas)

663.- ¿A quién se ofrece la Santa Misa? 

La Santa Misa se ofrece a solo Dios. 

La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. "Eucaristía" significa, ante todo, acción de gracias [CCE 1360].

664.- Si la santa Misa se ofrece a solo Dios, ¿por qué se celebran tantas Misas en honor de la Santísima Virgen y de los Santos? 

La Misa que se celebra en honor de la Santísima Virgen y de los Santos es siempre un sacrificio ofrecido a solo Dios; se dice, empero, que se celebra en honor de la Santísima Virgen y de los Santos a fin de que Dios sea alabado en ellos por las mercedes que les hizo y nos dé más copiosamente por su intercesión las gracias que nos convienen. 

A la ofrenda de Cristo se unen no sólo los miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están ya en la gloria del Cielo: La Iglesia ofrece el Sacrificio Eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella, así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la intercesión de Cristo [CCE 1370].

665.- ¿Quien participa de los frutos de la Misa? 

Toda la Iglesia participa de los frutos de la Misa, pero en particular: 1º., el sacerdote y los que asisten a la Misa, los cuales se consideran unidos al sacerdote; 2º., aquellos por quienes se aplica la Misa, así vivos como difuntos.

La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda [CCE 1368].

sábado, 1 de julio de 2017

50 años de Magnificat: conferencia del Rvdo. Andrés Chamorro (anexos)

Les ofrecemos hoy la tercera y última parte de la ponencia presentada por el Rvdo. Andrés Chamorro de la Cuadra, miembro de la Comisión Doctrinal y ex Rector del Seminario de la Diócesis de San Bernardo, en el II Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile, celebrado en 2016 para festejar el quincuagésimo aniversario de nuestra Asociación. Ella corresponde a los anexos que, no incluidos en el texto que sirvió de base para la exposición oral (publicados en dos partes, aquí y aquí), formaban parte de aquel enviado para su publicación en esta bitácora. 

 Rvdo. Don Andrés Chamorro


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Santa Misa, verdadero Sacrificio: sus fines y sus frutos

Rvdo. Andrés Chamorro 



Anexo 1: 

Los textos definitorios del Concilio de Trento 

Capítulo 1. De la institución del sacrosanto sacrificio de la Misa 

Como quiera que, en el primer Testamento, según testimonio del Apóstol Pablo, a causa de la impotencia del sacerdocio levítico no se daba la consumación, fue necesario, por disponerlo así Dios, Padre de las misericordias, que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec (Gen. 14, 18; Ps. 109, 4; Hebr. 7,11), nuestro Señor Jesucristo, que pudiera consumar y llevar a perfección a todos los que habían de ser santificados (Hebr. 10, 14). Así pues, el Dios y Señor nuestro, aunque había de ofrecerse una sola vez a Sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar para ellos la eterna Redención; como, sin embargo, no había de extinguirse su sacerdocio por la muere (Hebr. 7, 24 y 27), en la Última Cena, la noche que era entregado, para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible, como exige la naturaleza de los hombres (Can. 1), por el que se representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos (1 Cor. 11, 23 ss), y su eficiencia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente cometemos, declarándose a sí mismo constituido para siempre sacerdote según el orden de Melquisedec (Ps. 109, 4), ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos de esas mismas cosas, los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituidos sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, les mandó con estas palabras: "Haced esto en memoria mía", etc. (Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24) que los ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia (Can. 2). Porque celebrada la antigua Pascua, que la muchedumbre de los hijos de Israel inmolaba en su memoria de la salida de Egipto (Ex. 12, 1 ss), instituyó una Pascua nueva, que era Él mismo, que había de ser inmolado por la Iglesia por ministerio de los sacerdotes bajo signos visibles, en memoria de su tránsito de este mundo al Padre, cuando nos redimió por el derramamiento de su sangre, y nos arrancó del poder de las tinieblas y nos trasladó a su reino (Col. 1, 13). 

Y esta es ciertamente aquella oblación pura, que no puede mancharse por indignidad o malicia alguna de los oferentes, que el Señor predijo por Malaquías (1, 11) había de ofrecerse en todo lugar, pura, a su nombre, que había de ser grande entre las naciones, y a las que no oscuramente alude el Apóstol Pablo escribiendo a los corintios, cuando dice, que no es posible que aquellos que están manchados por la participación de la mesa de los demonios, entren a la parte en la mesa del Señor (1 Co. 10, 21), entendiendo en ambos casos por mesa al altar. Esta es, en fin, aquella que estaba figurada por las varias semejanzas de los sacrificios, en el tiempo de la naturaleza y de la ley (Gen. 4, 4; 8, 20; 22; Ex. passim), pues abraza los bienes todos por aquéllos significados, como la consumación y perfección de todos. 

Cap. 2. El sacrificio visible es propiciatorio por los vivos y por los difuntos. 

Y porque en este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la cruz (Hebr. 9, 27); enseña el santo Concilio que este sacrificio es verdaderamente propiciatorio (Can. 3), que por él se cumple que, si con corazón verdadero y recta fe, con temor y reverencia, contritos y penitentes nos acercamos a Dios, conseguimos misericordia y hallamos gracia en el auxilio oportuno (Hebr. 4,16). Pues aplacado el Señor por la oblación de este sacrificio, concediendo la gracia y el don de la penitencia, perdona los crímenes y pecados, por grandes que sean. Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a Sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse. Los frutos de esta oblación suya (de la cruenta, decimos), ubérrimamente se perciben por medio de esta incruenta: tan lejos está que a aquélla se menoscabe por ésta en manera alguna (Can. 4). Por eso, no sólo se ofrece legítimamente, conforme a la tradición de los Apóstoles, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles vivos, sino también por los difuntos en Cristo, no purgados todavía plenamente (Can. 3) 

Cánones sobre el santísimo sacrificio de la misa 

Can. 1. Si alguno dijere que en el sacrificio de la Misa no se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio, o que el ofrecerlo no es otra cosa que dársenos a comer Cristo, sea anatema (cf. 938). 

Can. 2. Si alguno dijere que con las palabras: "Haced esto en memoria mía" (Lc. 22, 19; 1 Cor. 11, 24), Cristo no instituyó sacerdotes a sus Apóstoles, o que no les ordenó que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su Cuerpo y su Sangre, sea anatema (cf. 938). 

Can. 3. Si alguno dijere que el sacrificio de la Misa sólo es de alabanza y de acción de gracias, o mera conmemoración del sacrificio cumplido en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe; y que no debe ser ofrecido por los vivos y los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema (cf. 940). 

Can.4. Si alguno dijere que por el sacrificio de la Misa se infiere una blasfemia al santísimo sacrificio de Cristo cumplido en la cruz, o que éste sufre menoscabo por aquél, sea anatema (cf. 940).

Sesión del Concilio de Trento (pintura atribuida a Paolo Farinati, S. XVI)
(Imagen: Wikimedia Commons

Anexo 2: 

Congregación para el Clero, Decreto Mos Iugiter sobre los estipendios en la Misa, de 22 de febrero de 1991

Es costumbre constante en la Iglesia -como escribe Pablo VI en el motu proprio Firma in traditione- que «los fieles, impulsados por su sentido religioso y eclesial, quieran unir, mediante una más activa participación en la celebración eucarística, un concurso personal, contribuyendo así a las necesidades de la Iglesia y particularmente al sostenimiento de sus ministros» (AAS 66[1974], 308). 

Antiguamente este concurso consistía prevalentemente en dones en especie; en nuestros tiempos ha pasado a ser casi exclusivamente pecuniario. Pero las motivaciones y las finalidades de los ofrecimientos de los fieles han permanecido iguales y han sido sancionadas también en el nuevo Código de Derecho Canónico (cfr. cáns. 945 § 1; 946). 

Desde el momento en que la materia toca directamente el augusto sacramento, cualquier apariencia de lucro o de simonía causaría escándalo. Por ello la Santa Sede ha seguido siempre con atención el desarrollo de esta pía tradición, interviniendo oportunamente para cuidar sus adaptaciones a las mudables situaciones sociales y culturales, con el fin de prevenir o de corregir, cuando ha sido necesario, eventuales abusos conexos a tales adaptaciones (cfr. CIC cáns. 947 y 1385). 

Ahora en estos últimos tiempos, muchos obispos se han dirigido a la Santa Sede para obtener aclaraciones en lo que se refiere a la celebración de Santas Misas por intenciones llamadas «colectivas», según una práctica bastante reciente. 

Es verdad que desde siempre los fieles, especialmente en regiones económicamente deprimidas, suelen llevar al sacerdote estipendios modestos, sin pedir expresamente que para cada una de estas Misas sea celebrada una Misa individual según una particular intención. En tales casos es lícito unir los diversos estipendios para celebrar tantas Santas Misas como correspondan a las tasas diocesanas. 

Los fieles además son siempre libres de unir sus intenciones y estipendios para la celebración de una sola Santa Misa por tales intenciones. 

Bien diverso es el caso de aquellos sacerdotes que, recogiendo indistintamente los estipendios de los fieles destinados a la celebración de Santas Misas según intenciones particulares, los acumulan en un único estipendio y los satisfacen con una única Santa Misa, celebrada según una intención llamada precisamente «colectiva». 

Los argumentos a favor de esta nueva práctica son engañosos y un pretexto, cuando no reflejan también una errada eclesiología. 

En todo caso, este uso puede llevar consigo el riesgo grave de no satisfacer una obligación de justicia ante los donantes de los estipendios y, si se extiende, de agotar progresivamente y de extinguir del todo en el pueblo cristiano la sensibilidad y la conciencia por la motivación y las finalidades del estipendio para la celebración del santo sacrificio según intenciones particulares, privando por lo demás a los sagrados ministros que viven de estos estipendios, de un medio necesario de sustentamiento y sustrayendo a muchas iglesias particulares los recursos para su actividad apostólica. 

Por lo tanto, en ejecución del mandato recibido del Sumo Pontífice, la Congregación para el Clero, en cuyas competencias se incluye la disciplina de esta delicada materia, ha efectuado una amplia consulta, escuchando también el parecer de las conferencias episcopales. 

Después de un atento examen de las respuestas y de los diversos aspectos del complejo problema, en colaboración con los otros Dicasterios interesados, la misma Congregación ha establecido cuanto sigue: 

Art. 1. § 1. De acuerdo con la norma del can. 948, deben ser aplicadas «Misas distintas según las intenciones de aquellos por los cuales el estipendio dado, aunque exiguo, ha sido aceptado». Por lo tanto, el sacerdote que acepta el estipendio por la celebración de una Santa Misa por una intención particular, está obligado en justicia a satisfacer personalmente la obligación asumida (cfr. CIC can. 949), o bien a encomendar su cumplimiento a otro sacerdote, según las condiciones establecidas por el derecho (cfr. CIC cáns. 954-955). 

§ 2. Contravienen, por lo tanto, esta norma, y asumen la correspondiente responsabilidad moral, los sacerdotes que recogen indistintamente estipendios para la celebración de Misas según particulares intenciones y, acumulándolos en una única oferta sin conocimiento de los fieles, lo satisfacen con una única Santa Misa celebrada según una intención llamada «colectiva». 

Art. 2. § 1. En el caso en que los oferentes, previa y explícitamente advertidos, consientan libremente que sus estipendios sean acumulados con otros en un único estipendio, se puede satisfacer con una sola Santa Misa, celebrada según una única intención «colectiva». 

§ 2. En este caso es necesario que sea públicamente indicado el día, el lugar y el horario en el cual tal Santa Misa será celebrada, no más de dos veces por semana. 

§ 3. Los pastores en cuyas diócesis se verifiquen estos casos, tomarán cuenta de este uso, que constituye una excepción a la vigente ley canónica, y en el caso en que se extienda excesivamente -también basándose en ideas erradas sobre el significado de los estipendios por las Santas Misas- debe ser considerado un abuso y podría generar progresivamente en los fieles el desuso de ofrecer el óbolo para la celebración de Santas Misas según intenciones individuales, extinguiendo una antiquísima costumbre saludable para cada alma y para toda la Iglesia. 

Art. 3. § 1. En el caso de que se habla en el art. 2 § 1, al celebrante le es lícito retener sólo la limosna establecida en la diócesis (cfr. CIC can. 950). 

§ 2. La suma restante que excede de tal estipendio será consignada al ordinario de que se habla en el can. 951 § 1, que la destinará a los fines establecidos por el derecho (cfr. CIC can. 946).

(Ilustración: Traditional Catholic Priest

Art. 4. Especialmente en los santuarios y en los lugares de peregrinación, a los que habitualmente afluyen numerosos estipendios para la celebración de Misas, los rectores, con obligación de conciencia, deben atentamente vigilar que sean cuidadosamente aplicadas las normas de la ley universal en esta materia (cfr. principalmente CIC cáns. 954-956) y las del presente decreto.

Art. 5. § 1. Los sacerdotes que reciben estipendios por intenciones particulares de Santas Misas en gran número, por ejemplo en ocasión de la conmemoración de los fieles difuntos o de otra circunstancia particular, que no los puedan satisfacer personalmente en el plazo de un año (cfr. CIC can. 953), en vez de rechazarlo, frustrando la pía voluntad de los oferentes y apartándolos de su buen propósito, deben transmitirlos a otros sacerdotes (cfr. CIC can. 955) o bien al propio ordinario (cfr. CIC can. 956). 

§ 2. Si en circunstancias iguales o similares se configura cuanto está descrito en el art. 2 § 1 de este decreto, los sacerdotes deben atenerse a las disposiciones del art. 3.

Art. 6. Compete particularmente a los obispos diocesanos el deber de dar a conocer con prontitud y con claridad estas normas, válidas tanto para el clero secular como el religioso, y cuidar su observancia. 

Art. 7. Es necesario además que también los fieles sean instruidos en esta materia, mediante una catequesis específica, cuyos ejes principales son: 

(a) el alto significado teológico del estipendio dado al sacerdote para la celebración del sacrificio eucarístico, con la finalidad sobre todo de prevenir el peligro de escándalo por la apariencia de un comercio con cosas sagradas; 

(b) la importancia ascética de la limosna en la vida cristiana, enseñada por Jesús mismo, de la cual el estipendio para la celebración de Santas Misas es una forma excelente; 

(c) la participación de todos en los bienes, por la cual mediante el ofrecimiento de intenciones de Misas los fieles ayudan al sostenimiento de los ministros sagrados y a la realización de las actividades apostólicas de la Iglesia. 

El Sumo Pontífice, en fecha 22 de enero de 1991, ha aprobado en forma específica las normas del presente decreto y ha ordenado su promulgación y entrada en vigor. 

Roma, en el Palacio de la Congregación para el Clero, 22 de febrero de 1991. 

Antonio card. Innocenti 
Prefecto 

+ Gilberto Agustoni 
Arzob. tit. de Caorle