martes, 14 de agosto de 2018

Missa cantata en la Solemnidad de la Asunción

Se invita cordialmente a todos los fieles a la Santa Misa cantada que se celebrará con ocasión de la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, el próximo miércoles 15 de agosto a las 12:30 hrs. en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, Av. Bellavista 37 (entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue, metro L1 y L5 Baquedano). Se les recuerda asimismo que se trata de una fiesta de precepto.

Les agradecemos desde ya a nuestros lectores la máxima difusión posible de esta noticia entre sus familiares y amigos, así como su propia participación. 

Michel Sittow, Asunción de María (1500, National Gallery of Art, Washington D.C., EE.UU.)

El disgusto de Pablo VI por la reforma litúrgica

A continuación les ofrecemos la traducción de un breve pero interesante artículo de Gregory DiPippo, aparecido originalmente en el sitio New Liturgical MovementEl autor reflexiona acerca del manejo político de Mons. Annibale Bugnini (1912-1982), secretario del Consilium, el comité creado para aplicar la Constitución Sacrosantum Concilium sobre la sagrada liturgia (1963), y de cómo pudo influir en la aprobación de nuevos textos y prácticas litúrgicas, aun con el rechazo del mismo Pablo VI y de parte importante de los otros comisionados, a la luz de los relatos de Louis Bouyer (1913-2004) y del prestigioso vaticanista Sandro Magister. La traducción ha sido hecha por la Redacción. 

El autor
(Foto: New Liturgical Movement)

El artículo pone en evidencia una vez más los claroscuros que existen en torno a la figura de papa Pablo VI, de cuya muerte (6-VIII-1978) se cumplieron hace unos pocos días cuarenta años, y la responsabilidad que le cabe en la reforma litúrgica posconciliar. Pese a la distancia, los sucesivos estudios y su próxima canonización, la suya sigue siendo una figura polémica y no exenta de críticas desde los sectores tradicionalistas. Se cuenta incluso que él mismo preguntó una vez "¿soy Hamlet o don Quijote?". Al menos uno de sus amigos y biógrafo, el filósofo francés Jean Guitton (1901-1999), se decantó por la segunda opinión y dijo en el Papa Montini tenía un evidente temperamento hamletiano, vale decir, que estaba inclinado por naturaleza a la duda vital. Aunque eso contrasta con algunos actos valientes, como la encíclica Humanae Vitae (1968), que supuso una feroz oposición, incluso desde "sectores disidentes" al interior de la propia Iglesia, por su rechazo al control de la natalidad. 

La lectura del artículo que hoy compartimos trae a la memoria una anécdota contada por la superiora de un convento de clarisas en Valencia. Cuando junto con otras personas uno de nuestros colaboradores preparaba los ornamentos para celebrar la Misa de siempre, les llamó la atención que todavía hubiese un gran cuadro con las oraciones que el sacerdote dice cuando se reviste. Le preguntaron a la superiora al respecto. Ella les contó que varios capellanes le habían dicho a la superiora del momento que ese cuadro había que quitarlo, dado que las oraciones ya no se decían más al revestirse, incluso muchos de esos ornamentos o habían desaparecido o eran facultativos para el celebrante. Con un coraje ciertamente envidiable, la superiora les respondía que si ellos no querían decir las oraciones, era su problema; pero como el cuadro se encontraba en su convento y allí mandaba ella, se quedaba donde estaba. Y ahí seguía el cuadro medio siglo después, testimonio de una liturgia que ya no se rezaba en esos claustros. 

Joaquín Sorolla, En la sacristía (1893), Museo de Bellas Artes de Buenos Aires

Por lo demás, estas anécdotas sobre la desazón de Pablo VI cuando comenzó a ver en la práctica los frutos de su reforma litúrgica son bastante frecuentes. Una de ellas es la reacción que provocó en el Papa el darse cuenta en 1970 que ya no existía la Octava de Pentecostés (véase, por ejemplo, aquí). Incluso, del propio Bugnini, quien poco antes de morir dijo haber servido a la Iglesia, haber amado a la Iglesia y haber sufrido por la Iglesia, hay anécdotas semejantes. En su monumental obra La reforma de la liturgia cuenta, por ejemplo, la siguiente: 

Alguien próximo al director de la sección romana del periódico, para informarse en directo, personalmente, de todo aquello, decidió asistir un día, de incógnito, a mi Misa, en San Silvestro al Quirinale, y vio con sorpresa que yo celebraba en un altar sobre el que había entronizada una imagen de San Pio V (en la capilla de la Madonna de las Cadenas), en latín (en aquel tiempo era obligado celebrar la Misa privada en latín). Y escribió incluso que, a su entender, el celebrante celebraba 'con fe'. Y concluía: "...¿ Pero cómo es posible que este cura pueda celebrar por la mañana delante de San Pio V, en latín, con el misal tridentino, y después, por la tarde, se dedique a imponer a la Iglesia la misa reformada en lengua vulgar, traicionando al Concilio de Trento ? 

Tumba de monseñor Bugnini junto a la de su hermana Clementina, que pertenecía a la misma familia espiritual, en el Cementerio de Civitella del Lago
(Foto: Findagrave)

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El disgusto de Pablo VI por la reforma litúrgica

Gregory DiPippo

La historia ha sido contada muchas veces y en muchos lugares, sobre cómo Mons. Annibale Bugnini, el secretario del comité para la implementación de Sacrosantum Concilium, “vendía” los elementos de su programa de cambios radicales a la liturgia, cambios que no fueron ni solicitados ni lejanamente imaginados por los Padres del Vaticano II. El informaba al Papa Pablo VI que los cambios propuestos fueron fuertemente recomendados por los expertos (o supuestamente así considerados) académicos liturgistas, mientras contaba a estos últimos (o al menos a los más sensatos entre ellos, aquellos que necesitaban certeza) que el mismo Papa insistió en dichos cambios. El P. Louis Bouyer, amigo personal del Papa, atestigua esto explícitamente en sus memorias, en las cuales describe a Bugnini, con ese tan típico control retórico de los franceses, como un hombre “criminal y zalamero”, “tan vacío de conocimiento como de honestidad” (Bugnini fue posteriormente creado arzobispo, pero nunca cardenal, y “promovido” como nuncio en Irán mientras el régimen del último Shah colapsaba). Como resume Sandro Magister en un artículo publicado en 2014:

“Pablo VI, discutiendo posteriormente con Bouyer acerca de una de estas reformas ‘que el Papa circunstancialmente aprobó sin estar de ninguna manera más satisfecho de lo que yo (Bouyer) estaba’, le preguntó: ‘¿Pero por qué se enredaron en esta reforma (particular)?’, a lo que Bouyer contestó: ‘Porque Bugnini nos aseguró que Su Santidad definitivamente lo quería de esta forma’. A lo que Pablo VI respondió: ‘¿Pero cómo es posible? Él me informó que ustedes estaban contestes por unanimidad de aprobarlo así…’ (Mi traducción del artículo completo puede ser leída aquí). 

Hoy [19 de abril de 2018], Magister da una fascinante continuación a este tópico, y lo hace contando una serie de historias tomadas de los diarios del Cardenal Virgilio Noè, quien sirvió como Maestro de Ceremonias Pontificias durante los primeros y más convulsionados años de la reforma, de 1970 a 1982. Estas historias son citados de un nuevo libro publicado en italiano por Mons. Leonardo Sapienza, Paolo VI: una storia minima (en el sitio enlazado por Magister se le describe como un libro de “fioretti” [florecillas], el nombre de una muy famosa colección de anécdotas sobre la vida de San Francisco de Asís y algunos de los primeros santos franciscanos). Nadie se sorprenderá de leer que el mismo Pablo VI expresó graves reservas y decepción acerca de algunos de estos cambios, aunque él mismo los aprobara, y, ejercitando heroicamente las virtudes de la prudencia y la fortaleza, no hiciera nada para corregirlas. Acá un par de ejemplos, habiendo más en el artículo original que se enlaza más arriba.

“[E]l 3 de junio de 1971, después de la Misa de conmemoración de la muerte de Juan XXIII, Pablo VI comentó: ‘¿Cómo es posible que en la Misa de difuntos no haya más mención del pecado y la expiación? Hay una completa ausencia de imploración de la misericordia del Señor. También esta mañana, para la Misa celebrada en las tumbas [vaticanas], aunque los textos eran bonitos carecían del sentido del pecado y de la misericordia ¡Pero necesitamos esto! ¡Y cuando mi hora final llegue, rueguen misericordia por mí al Señor, porque me hace mucha falta! Y nuevamente en 1975, después de otra Misa en memoria de Juan XXIII: ‘Por supuesto, en esta liturgia están ausentes los grandes temas de la muerte, del juicio…’”.

“Antes de cada Misa, mientras se revestía con los ornamentos sagrados, Pablo VI continuaba recitando las oraciones prescritas en el antiguo Misal ‘cum sacerdos induitur sacerdotalibus paramentis’ (cuando el sacerdote se reviste con sus paramentos sacerdotales), incluso después que estos fueron abolidos. Y un día, el 24 de septiembre de 1972, sonrió y preguntó a Noè: ‘¿Está prohibido recitar estas oraciones mientras uno se reviste?’ El maestro de ceremonias replicó: ‘No, Santo Padre, ellas pueden ser recitadas, si se desea’. Y el Papa: ‘Pero estas oraciones no se pueden encontrar en ningún libro: incluso en la sacristía ya no están las tarjetas ¡Entonces se perderán!’”.


Pablo VI durante una visita pastoral a Venecia, con el Patriarca Cardenal Albino Luciani, quien lo sucedería como Papa con el nombre de Juan Pablo I por 33 días en agosto y septiembre de 1978. Virgilio Noè, un prelado de la curia a la fecha de esta fotografía, se ve a la derecha
(Foto: Wikimedia Commons)


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Actualización [4 de abril de 2019]: Rorate Caeli ha reproducido el texto de una interesante conferencia impartida por el Dr. Peter Kwasniewski en Wagga Wagga (28 de marzo), Melbourne (30 de marzo) y Hobart (3 de abril) durante su visita a Australia patrocinada por la Latin Mass Society de ese país. Ella lleva por título "A Half-Century of Novelty: Revisiting Paul VI’s Apologia for the New Mass" ("Medio siglo de novedad: una revisión de la apología de Pablo VI respecto de la Nueva Misa") y aborda la manera en que el Papa puso de su parte para llevar adelante la reforma litúrgica posconciliar, pese a los esfuerzos de algunos autores por disminuir su grado de participación. La exposición oral de la conferencia puede ser vista a su vez en este enlace. Sobre esta materia, de interés resulta la entrada que publicamos el pasado martes sobre el indulto para la Misa tradicional propuesto en 1976 por monseñor Bugnini y rechazado por Pablo VI.

sábado, 11 de agosto de 2018

El rito hispánico o mozárabe

La liturgia hispánica o visigótica es la liturgia que se consolidó en torno al siglo VI en la península ibérica, en el Reino visigodo de Toledo, y que fue practicada en los territorios hispánicos hasta el siglo XI, tanto en áreas bajo dominio cristiano como musulmán. Se conoce también como rito mozárabe, aunque esta expresión indica al mismo tiempo la población hispánica que, consentida por el derecho islámico como tributaria, vivió en la España musulmana hasta fines del siglo XI conservando su religión cristiana e incluso su organización eclesiástica y judicial, y también la lengua romance, heredera del latín vulgar visigótico, con elementos del árabe, que hablaban cristianos y musulmanes en la España islámica.



Historia de la liturgia hispánica

La organización de una historia de la liturgia hispánica es muy difícil, debido a que la mayoría de las fuentes literarias pertenecen, las más antiguas, a los siglos VII y VIII, aunque la mayor parte del repertorio utilizado en Hispania y la Galia Narbonense se nos ha transmitido en códices procedentes de los siglos VIII al XII, con un importante número de copias realizadas en los talleres toledanos ya en el siglo XIV, con la consecuente pérdida de fidelidad a las notaciones musicales, que los copistas ya no conocían. Se sabe poco sobre el origen y la formación de la liturgia hispánica y sobre el canto asociado a ella. Obviamente, el origen se halla en relación con la expansión del cristianismo en la península ibérica durante los primeros siglos de nuestra era. Las provincias de Hispania figuran entre las que más pronto fueron cristianizadas en la parte occidental del Imperio romano.

Tras la caída del Imperio romano de Occidente (476) y con la instauración en Hispania de los invasores germánicos en reinos que se convierten al cristianismo (el reino suevo en el siglo V y el reino visigodo en el siglo VI), se consolida la unidad y especificidad de la Iglesia hispana, aferrada a la tradición latina y en continua lucha con el priscilianismo, el arrianismo y el paganismo de la élite dirigente y el pueblo. En el resto de la península la iglesia vivía al margen del Estado y en penuria debido al arrianismo de los visigodos, que se convierten al catolicismo junto con el rey Recaredo y su corte en el año 587 durante el III Concilio de Toledo. 

La fortaleza de la Iglesia hispana se ve reflejada tanto en su actividad conciliar (se celebraron catorce concilios nacionales en Toledo, más numerosísimos provinciales) como en la cantidad de eruditos eclesiásticos. La fijación y la riqueza de la liturgia hispánica queda reflejada en los cánones conciliares y en los escritos eclesiásticos, y la organización de los distintos cantos se asume en los diversos misales, códices litúrgicos y reglas monásticas. En este período cristaliza también la influencia de otras liturgias cristianas: de la ambrosiana se recoge el Himno; se incorporan tradiciones de la liturgia romana, como la Schola; y las melodías melismáticas de origen oriental se multiplican por la presencia bizantina, de más de cien años, en la costa oriental de la península. 

 Fachada principal de la catedral de Toledo. La cúpula de la derecha corresponde a la capilla mozárabe del Corpus Christi, destinada por el Cardenal Cisneros al culto hispano-mozárabe

Tras la conquista musulmana de la península ibérica en 711, la vitalidad y originalidad de la liturgia hispánica se ve extrañamente salvaguardada, tanto en los núcleos cristianos que quedan aislados al norte, como en las comunidades cristianas que permanecen bajo dominio musulmán. Pronto, las marcas pirenaicas fueron abandonando la liturgia hispánica, con la implantación ya en el siglo IX del rito romano en muchas de sus iglesias. Este fenómeno no ocurrió en el resto de los núcleos cristianos, fundamentalmente Navarra y Asturias, que mantuvieron como seña de identidad la herencia visigoda y son reacios a asimilar el rito romano. La progresiva presión sobre la población cristiana en los territorios de ocupación musulmana provoca un creciente movimiento migratorio hacia la parte septentrional de la península. El traslado de esta población y la creación de nuevos asentamientos mozárabes en zona cristiana dan origen a dos tradiciones litúrgicas que evolucionan de manera diferente, y una tercera centrada en los monasterios hispánicos: 

(a) La tradición toledana, más conservadora, en territorio musulmán. Su centro original fue, seguramente, Sevilla. Posteriormente, tras la emigración de mozárabes al norte, se desarrolla en diversas localizaciones, principalmente en el reino de León.

(b) La tradición castellano-leonesa, con importantes centros en los principales monasterios mesetarios: Frómista, Silos, Sahagún; y en catedrales como León, Oviedo, Pamplona y Burgos.

(c) A estas dos tradiciones litúrgicas se suma una tercera, la tradición riojana, centrada, sobre todo, en el monasterio de San Millán de la Cogolla, y que surge del «pacto monástico» establecido por los diversos grupos de monjes mozárabes que se asientan por esas tierras tras emigrar de territorio musulmán.  

 San Millán de la Cogolla en la actualidad

A mediados del siglo XI, el rito hispánico comienza a ser suplantado por el rito romano. La situación se vuelve muy desfavorable para el rito hispánico bajo el reinado de Alfonso VI de León y Castilla (1039-1107). En 1080 declaró oficialmente la abolición de la liturgia hispánica y su substitución por la romana. El apego de la parte femenina de la familia real leonesa a este rito hizo que la Real Basílica de San Isidoro de León conservara el privilegio de seguir celebrando algunas ceremonias a la antigua usanza. Sin embargo, durante la conquista de Toledo (1085), vuelve a plantearse la pervivencia del rito hispánico, ya que la población mozárabe de la ciudad se negaba a abandonarlo, incluso narrando algunas crónicas juicios de ordalía que enfrentaron al rito romano y al hispánico, para decidir cuál prevalecería. Cualquiera sea el caso, acabó imponiéndose el rito romano, pero, como concesión en el pacto de conquista, seis parroquias toledanas obtuvieron permiso para conservar la antigua liturgia. El rito hispánico se mantuvo, a partir de esta fecha, sólo en las comunidades cristianas bajo dominio musulmán (los llamados mozárabes), aunque en progresiva decadencia.

Durante el resto del proceso conquistador, tanto castellano como aragonés, una de las cláusulas siempre presentes en los pactos de tregua o rendición era la renuncia del clero y del pueblo mozárabe al uso de la liturgia visigótica, por lo que los usos antiguos van desapareciendo cuando los diversos territorios son reincorporados a los reinos cristianos. Solo hubo una salvedad en la ciudad de Córdoba, reconquistada en el siglo XIII, pero la emigración de los mozárabes hacia el norte y la repoblación subsiguiente con pobladores castellanos hicieron que no perviviera más de cincuenta años. 

Con todo ello, la liturgia fue perdiendo aceptación rápidamente y sólo se conservó en la ciudad de Toledo y en la basílica de San Isidoro de León, en condiciones bastante precarias. Así, en pleno proceso reformador de la Iglesia de la Corona de Castilla, con el apoyo de la reina Isabel la Católica (1451-1504), el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), arzobispo de Toledo, advierte la riqueza de la liturgia de los mozárabes y en 1495 crea una capilla en la Catedral de Toledo —la del Corpus Christi— para que se conservase la antigua liturgia, dotándola de renta para su mantenimiento y de sacerdotes del propio cabildo catedralicio (véase aquí los horarios de celebración). También acometió una importante labor de recopilación y ordenación litúrgica —cada parroquia celebraba la Misa y los oficios de manera diferente y la tradición oral que sustentaba el canto se iba perdiendo— y reunió gran cantidad de códices procedentes de todo el reino a partir de los cuales mandó hacer una reconstrucción de los textos y un estudio de los recursos litúrgicos, que culminó en la impresión de un nuevo misal y de un breviario. En ellos se transcribieron las melodías que aún se conservaban a la notación cuadrada, de suerte que los antiguos textos que había sobrevivido permitieron una reconstrucción aproximada de la liturgia tal y como era en la época visigoda, aunque no pudo hacerse lo mismo con el canto. 

 Retrato del Cardenal Cisneros (copia decimonónica de un original de Juan de Borgoña, Museo del Prado)

Se conservan manuscritos de los siglos IX al XI con prácticamente todo el canto mozárabe o hispánico, pero desgraciadamente están escritos en una notación neumática que no indica los intervalos y, por tanto, no puede leerse. Sólo 21 de la gran cantidad de cantos conservados pueden leerse, al encontrarse transcritos en la notación aquitana de un manuscrito más tardío del siglo XII. De ahí que ni siquiera las melodías restauradas por el cardenal Cisneros sean realmente auténticas, a excepción de algunos recitativos conservados por vía oral.

En el siglo XVIII, el cardenal Francisco Antonio de Lorenzana (1722-1804), al haberse agotado los misales de la reforma de Cisneros, hizo una nueva edición, cuidada y anotada, sin pretender la modificación del texto en el cuerpo del Misal. 

 Edición de 1755 del llamado Missale mixtum mozárabe

Pero no es hasta el siglo XX, y con la excusa de adaptar el rito hispánico a los planteamientos de la Constitución apostólica sobre la sagrada liturgia del Concilio Vaticano II, cuando se aborda una nueva revisión del Misal, que ya no sólo pretendía mantener al día la celebración en Toledo, sino restaurar la pureza primitiva de los textos y del orden de celebración, expurgando los elementos romanizantes introducidos al rito a lo largo de los siglos y, en especial, con ocasión de la reforma de Cisneros. San Juan Pablo II amplía los permisos para el uso de esta liturgia a cualquier lugar de España, donde la devoción o el interés histórico-litúrgico lo requirieran.

La revisión fue promovida por el Cardenal Primado de España, Marcelo González Martín (1918-2004), en su doble calidad de arzobispo de Toledo y de presidente de la Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal. Se nombró una comisión de expertos sacerdotes toledanos y de otras diócesis, así como de congregaciones religiosas, que en un trabajo de nueve años, consultando archivos y bibliotecas, manuscritos y códices publicados, lograron restituir el Misal Hispánico a su auténtica y genuina pureza, eliminando las adherencias romanizantes que se habían agregado a través de los siglos e incorporando lo que se había perdido en leccionarios, fiestas de algunos santos, etcétera. En 1992 fue presentado el primer volumen del Nuevo Misal Hispano-Mozárabe al papa Juan Pablo II, quien celebró la Santa Misa en este rito, el 28 de mayo de 1992, solemnidad de la Ascensión del Señor, convirtiéndose en el primer papa que lo utilizaba en Roma. 

 S.E.R. Mons. Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo y Primado de España, celebra una Misa mozárabe en el altar mayor de la catedral de Toledo con ocasión de la fiesta de San Ildefonso (23 de enero de 2012)

Estructuras litúrgicas - La Misa hispánica

Las diversas tradiciones litúrgicas hispánicas (la castellano-leonesa, la toledana y la riojana) son perceptibles en el orden de los elementos litúrgicos dentro de sus estructuras, más que en su esquema general. Esto quiere decir que la Liturgia hispánica, pese a sus diversas manifestaciones regionales, mantiene una fuerte unidad estructural, comparable a la del rito romano. De todas maneras, esta variedad dentro de la diversidad no es evidente, ya que los diversos manuscritos nos transmiten sólo las piezas que se creen necesarias, omitiendo las que se cantan todos los días (únicamente conocidas gracias a la tradición oral toledana, recogida en la reforma de Cisneros) y los recitativos. Además, aunque el corpus litúrgico tiene un carácter cerrado, en la mayoría de los lugares se mantienen costumbres devocionales propias, que fueron reflejadas por los copistas.

Podemos distinguir claramente, en primer lugar, la Misa, universal e idéntica para todas las iglesias y monasterios, y el oficio divino, rezo particular y distintivo para cada iglesia episcopal —ordo cathedralis— y cada monasterio —ordo monasticus—.  Noticias sobre el Oficio Divino mozárabe pueden encontrarse aquí.

En la Misa mozárabe se usan dos libros, el Missale Omnium Offerentium y el misal completo. El Missale Omnium Offerentium contiene lo que en la rito romano se llamaría el Ordinario y el Canon. Puesto que casi toda la Misa varía con el día, este libro contiene una Misa completa (como, por ejemplo, la de Santiago el Mayor) con todos la partes que la forman, fijas o variables, en su orden apropiado. En todos los demás días las variables se leen del Misal completo. Para mayores detalles sobre los libros litúrgicos del rito mozárabe, véase aquí.

 Edición del Omnium Offerentium

La Santa Misa, como en el resto de los ritos cristianos, consta de dos partes: la Misa de los catecúmenos, hoy llamada habitualmente Liturgia de la Palabra (compuesta por lecturas y cantos) y la Misa de los Fieles, hoy conocida como Liturgia eucarística (compuesta por oraciones y ritos). El esquema primigenio, y que más o menos ha mantenido la reforma del rito que se hizo bajo el patrocinio de Cisneros, es el que sigue a continuación. No se pretende ofrecer aquí un examen pormenorizado del rito, sino meramente familiarizar a nuestros lectores con el esquema básico de la liturgia mozárabe según ésta era celebrada hasta el Concilio Vaticano II, destacando donde corresponda algunas de sus particularidades en comparación con el rito romano, así como algunas diferencias entre el rito primitivo y aquel posterior a la reforma de Cisneros. 

 S.E.R. Mons. Braulio Rodríguez Plaza celebra Misa mozárabe en el Real Colegio de España (Bolonia, Italia)

I. Misa de los catecúmenos.

- Oraciones al pie del altar y demás ritos introductorios. Las oraciones al pie del altar con toda probabilidad no son de origen mozárabe y fueron introducidas como un elemento romanizante añadido. En la reforma del Cisneros fueron incorporadas en una formulación similar al rito romano, con algunas variantes en el texto, sirviendo probablemente de modelo los misales del uso romano toledano medieval. El Confíteor difiere de la forma romana y hay versículos y respuestas antes de él, luego de lo cual sigue el Aufer a nobis, en una forma más larga que la romana. Cuando el sacerdote sube al altar, besa éste diciendo el In nomine, y procede a la salutación de la cruz, lo que probablemente también está tomado del uso toledano (romano) medieval. Siguen otras oraciones y, según varias fuentes, en este momento tenía originalmente lugar la preparación del cáliz, de modo similar a la Misa rezada en el rito dominicano (según algunos estudiosos del rito mozárabe, en la Misa solemne la preparación del cáliz tenía lugar originalmente en un momento posterior, durante la Epístola, mientras otros consideran que la rúbrica en este sentido no era considerada y la preparación se hacía invariablemente al comienzo de la Misa).

-Antiphona ad prelegendum. Es una antífona de carácter neumático o medianamente adornada, que corresponde al introito del rito romano o la ingressa del rito ambrosiano.

-Gloria. De la antiphona ad prelegendum se pasa directamente al Gloria y no al Kyrie, como es el caso en el rito romano. El Gloria es con toda probabilidad un añadido romanizante y, según algunos estudiosos, reemplazó probablemente al Trisagion bizantino (Graecum).

-Oración colecta.

 
-Lectura de las profecías del Antiguo Testamento.
 Durante la Cuaresma se hacen dos lecturas del Antiguo Testamento, las cuales se sustituyen durante el Tiempo pascual por perícopas del Apocalipsis.


Profecía de la Fiesta de la Natividad, Missale Gothicum (1804)
-Benedictiones. Se interpreta en las Misas solemnes y en las fiestas de los mártires. Suele estar construido en forma salmodial, aunque muy adornado y su texto hace referencia al Trium puerorum del Libro de Daniel, que el Misal romano señala como una oración del sacerdote cuando regresa a la sacristía.  

 Hymnus trium puerorum en el Omnium Offerentium, uno de los dos misales del rito mozárabe

-Psallendum y, en Cuaresma, los Threni o Trenos. El primero corresponde a un salmo responsorial, correspondiente al Gradual de la liturgia romana. Suele ir muy adornado con largos y complicados melismas. En los ejemplos más antiguos el psallendum tiene una estructura responsorial, como lo tiene el gradual primitivo en el canto gregoriano. La estructura melódica sigue una línea modal que comienza con un íncipit a una quinta o cuarta bajo el tenor melódico, sobre el que se silabea el resto del versículo. Si el texto es largo y se divide en varios hemistiquios, aparece una flexa entre ellos, y, al final, una cadencia que vuelve a bajar a la quinta o cuarta inicial. Enseguida, el cantor continúa con el siguiente versículo del salmo, al que vuelve a responder el pueblo o el coro con el versículo inicial. Estos versículos cantados en solitario por el cantor o lector son los que, poco a poco, van adquiriendo adornos: largos melismas para el lucimiento del intérprete, que se desarrollan sobre las sílabas largas. Ya en época mozárabe, el psallendum es cantado seguido por cantor y coro, sin respuesta del pueblo, perdiendo así su estructura responsorial. Los trenos, por su parte, se corresponden en gran medida con el Tracto de los libros litúrgicos romanos. Un ejemplo del Psallendum, correspondiente a la Fiesta de la Invención de la Santa Cruz, puede escucharse aquí.

 Psallendum de la fiesta de la Natividad

-Clamores. Se cantaban hasta el siglo XVI después del Psallendum en algunas solemnidades, formando un todo con él. Constaba de una primera sección que concluía con la aclamación Deo gratias y un versículo. Después se repetía el estribillo del Psallendum. No fueron recogidos por la reforma del Cardenal Cisneros.

-Epístola. Antes de leer la Epístola, el diácono o el sacerdote proclamaba "Silentium facite", un llamado a guardar silencio, e inmediatamente después se leía la epístola. A la lectura de la Epístola, a diferencia del rito romano, sigue directamente el Evangelio .

Misa mozárabe en la Basílica de San Pedro (2015). En la procesión del Evangelio, el evangeliario es llevado cubierto por un velo humeral y, luego del Evangelio, es llevado de igual manera para ser besado por el celebrante
(Foto: New Liturgical Movement)

-Evangelio. Se usan velas e incienso, "more romanum".

-Laudes vel Alleluia. Se componen de versos del aleluya y de salmos. Se suprime en Cuaresma. Más detalles pueden encontrarse aquí. Un ejemplo puede escucharse aquí.

Para mayores detalles sobre la Misa de los Catecúmenos en el rito en examen, véase aquí.



Misa mozárabe en la Basílica de San Pedro (2015). Luego de la inciensación del ofertorio (Sacrificium), los vasos sagrados son cubiertos por un velo hasta la Plegaria eucarística

II. Misa de los Fieles

-Preces o Preca. Son cantos que sólo se recitaban en la Cuaresma con un carácter penitencial. Tenían forma letánica, a la que se respondía con una pequeña aclamación (habitualmente, miserere nobis). 

-Sacrificium. Es variable y se corresponde aproximadamente con el Ofertorio del rito romano. Para detalles de las oraciones del Sacrificium, véase aquí.

-Lavabo.

-Missa. Oración variable.

-Aclamación Agios. Otra particularidad de este rito, proveniente de la liturgia bizantina. No reemplaza al Sanctus. Es seguida de una especie de letanía comprimida.

 Agios
 
 Agios y letanía

-Alia oratio (oración variable).

-Nomina. Recuerdo de los santos, los difuntos y los oferentes.

-Oración Post nomina. 

-Rito de la paz. A diferencia del rito romano, tiene lugar aquí y no luego de la Consagración y antes de la Comunión. Comienza con una oración ad pacem variable.


Oración Ad pacem durante una Misa mozárabe solemne (rito revisado) celebrada en la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén (Roma)
-Inlatio o Illatio. Oración de conexión con el Sanctus y se corresponde con el prefacio del rito romano. El rito mozárabe cuenta con una gran riqueza de prefacios.

-Ad Sanctus. Responsorio que introduce el Sanctus. Sólo se cantaba en grandes solemnidades.

-Aclamación y Sanctus. Levemente distinto de la fórmula romana e incluye al final el agios bizantino. Un ejemplo puede escucharse aquí.



 Sanctus

-Oración Post Sanctus. Variable.

-Rito de la consagración.
Contiene numerosas particularidades, las que son examinadas aquí. La fórmula de la consagración tiene pequeñas variantes respecto de aquellas contenidas en el Canon romano, pero en la práctica se empleaba siempre la fórmula romana.

Miza mozárabe solemne (rito revisado) en la Basílica romana de la Santa Cruz en Jerusalén (2016)
-Oración Post pridie (variable). 

-Doxología. Elevación y ostensión de la Hostia.

-Credo. Otra particularidad del rito, pues en el rito romano se recita luego del Evangelio y la homilía. Se cree que en el rito mozárabe probablemente reemplazó la oración más antigua del confractorium. Tiene algunas variantes textuales menores. Además de su ubicación, es propio de este rito el que el sacerdote invite a la recitación del Credo mientras mantiene elevados la Hostia y el Cáliz.   

-Fracción del Pan. -Ad confractionem panis. Antífona que se cantaba en el momento de la fracción del pan. Originariamente tenía forma responsorial, pero perdió el verso, quedando el cuerpo del responsorio como una antífona adornada y larga. 

-Fracción del Pan. Cabe consignar que la fracción de la Hostia tiene numerosas particularidades (con muchas similaridades con lo prescrito en los misales galicanos y celtas, además de ciertos paralelos con el rito bizantino de la proskomide) y es un rito bastante complejo en comparación con cualquier otro rito todavía existente en la Iglesia occidental (para más detalles, véase aquí).


Imagen de la rúbrica de la fracción de la Hostia en una edición del Misal mozárabe de 1804 (Missale Gothicum), que muestra la disposición en cruz de los fragmentos y del nombre que recibe cada uno, nombres tomados de los misterior de la vida de Nuestro Señor

 La misma rúbrica se conserva en el Misal mozárabe reformado. En la imagen se ve como los fragmentos comienzan a formar una cruz
(Foto: New Liturgical Movement)

-Ad orationem dominicam. Introducción al Padre Nuestro.
 
-Pater Noster.
A cada versículo los fieles respondían intercaladamente "Amén", excepto "Panem nostrum quotidianum da nobis hodie", cuando la contestación es "Quia Deus es". Existe evidencia de que primigeniamente era rezado conjuntamente por el sacerdote y los fieles, como ocurre hoy en la liturgia romana reformada. Un ejemplo puede escucharse aquí: 


-Sancta Sanctis.
Proveniente de la liturgia bizantina (también presente en misales galicanos), el sacerdote pronuncia esta oración mientras pone en el cáliz la partícula de la Hostia llamada "Regnum". Durante el tiempo pascual y la octava de Corpus, es reemplazada por otra oración, repetida tres veces por el sacerdote, cada vez en un tono de voz más fuerte, que reza: "Vicit Leo ex tribu Juda, radix David, Alleluia", respondiendo cada vez la  schola "Qui sedes super cherubim, radix David, Alleluia".

-Bendición sacerdotal. Variable.

-Canto Ad accedentes.
Su texto, que comienza con la antífona "Gustate et videte quam suavis est Dominus", puede leerse aquí y escucharse aquí:


-Comunión. El sacerdote comulga durante el canto del Ad accedentes, consumiendo primero la partícula más grande, llamada "Gloria", seguida de las demás partículas en orden inverso al seguido al momento de la fracción. Antes de ello, recita una oración que también se encuentra en el Uso de Salisbury (Sarum) y que se cree que fue tomada por Cisneros del Misal romano toledano medieval.  A la comunión del sacerdote sigue la de los fieles, la que originalmente tenía lugar siempre bajo las dos Especies.

-Canto Repletum o Refecti. 

 
-Oración Completuria.
Se corresponde con la Poscomunión del rito romano.

-Despedida. 
Hay dos formas, una para los días ordinarios ("Missa acta est in nomine D. N. J. C. perficiamus cum pace. R. Deo gratias"), y otra para las fiestas más importantes ("Solemnita completa sunt in nomine D. N. J. C. votum nostrum sit acceptum cum pace. R. Deo gratias"). Sigue después el "Salve Regina” con versículo, responsos y la colecta, "Concede nos famulos tuos etc.", que no es mozárabe, y después la de la bendición "In unitate Sancti Spiritus benedicat vos Pater et Filius".

Como se puede ver, los elementos fijos de la Misa mozárabe son muy pocos. Ellos son: las Preparaciones; generalmente el Gloria; las Oraciones del Ofertorio; los Nomina; la Pax, pero no su oración; el Sursum Corda; el Sanctus; las palabras de la Institución con su oración preliminar; una oración que sigue al Post-Pridie; el Credo; la parte de la Fracción del sacerdote, Conmixtura y Comunión; la Oración del Señor y el Embolismo, pero no su introducción y el Salve Regina y la Bendición.

Las variables que ocupan en tiempo y espacio escrito la mayor parte de la Misa son: El Officium (Introito); la Oratio después del Gloria, la Profecía (lectura del Antiguo Testamento), el Psallendo; la Epístola; el Evangelio; el Lauda; el Sacrificium; Ad Missam Oratio; Alia Oratio; Post Nomina; Ad Pacem; Illatio; Post-Sanctus; Post-Pridie; Antiphona ad Confractionem Panis; Ad Orationem Dominicam; la Bendición; Ad Accedentes; Communio; Poscomunión; despedida. A esto se puede añadir los cantos adicionales de ciertos días. 


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Nota de la Redacción: Para la redacción de esta entrada se han tenido especialmente a la vista la serie sobre el rito mozárabe publicada por Shawn Tribe en el sitio New Liturgical Movement (véase aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), la traducción castellana de la Enciclopedia Católica disponible aquí, así como la entrada correspondiente de la versión castellana de Wikipedia. También en el sitio de la Catedral de Toledo hay una sección dedicada al rito mozárabe. 

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Actualización [17 de abril de 2019]: Según informa el sitio Religión en libertad, en la sesión plenaria de la Conferencia Episcopal Española realizada entre el 1° y el 5 de abril pasado, fue aprobada la creación de una Congregación para el Rito Hispano-Mozárabe, la que contará con unos estatutos propios que serán remitidos a la Congregación para el Culto Divino para su aprobación.

miércoles, 8 de agosto de 2018

¿Cambia, todo cambia?

Nos vuelve a escribir un padre de familia, esta vez con algunas reflexiones acerca del papado y de su naturaleza, las que pueden servirnos para una correcta comprensión de éste en los turbulentos tiempos eclesiales que nos ha tocado vivir, donde algunos pretenden hacer del Papa un autócrata de potestades omnímodas que, mediante un acto de mera voluntad, podría hacer que lo que hasta hace un instante era blanco se transforme en negro y viceversa.


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¿Cambia, todo cambia?

Un padre de familia

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo
(Mercedes Sosa)

La popular canción de Mercedes Soza (1935-2009) sirve para abrir las reflexiones que hoy quiero compartir con ustedes, gracias a la generosidad de esta bitácora que se digna publicar los desvaríos de este diletante. Estas líneas versan sobre el significado del pontificado romano y la función de su ministerio de servicio y unidad. 

Una de las confesiones más desconcertantes que ofrece el Nuevo Testamento es aquella de Simón Pedro, cuando proclama a Jesús como el Mesías tanto tiempo esperado. Había llegado Éste con sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo y decidió preguntarles qué es lo que la gente decía sobre el Hijo del hombre. La escena es maravillosa: situado a los pies del monte Hermón, Cesarea de Filipo es el lugar donde nace uno de los más grandes manantiales que alimenta al río Jordán, por lo que el área ha sido siempre bastante fértil. Ahí decide Jesús descansar después de unos días de dura predicación que lo han enfrentado una vez con los fariseos y su espíritu casuista. Ante esa pregunta, los discípulos respondieron lo que habían escuchado se decía por ahí: que el Hijo del hombre era Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas. Vino entonces la pregunta dirigida directamente a ellos, a quienes había tomado como opción de vida el seguir los pasos de este curioso rabí que hablaba con palabras de Vida Eterna como ningún otro. "Y vosotros, les preguntó, ¿quién decís que soy?" (Mt 16, 15). Adelantándose del grupo Pedro, un maduro pescador del lago Tiberíades hijo de Jonás, pronunció la profesión de fe más tremenda que recuerda la historia, situada en las antípodas del satánico non serviam: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Porque una cosa es proclamar la Divinidad de Cristo después de su muerte redentora y de resurrección gloriosa, como hacemos hoy cuando rezamos el Credo, o el propio Pedro cuando entró en la cripta y vio la mortaja flotando, y otra muy distinta es decir que el Hombre que se tiene al frente, que "come y bebe con publicanos y pecadores" (Mc 2, 16) y "no tiene donde recostar la cabeza" (Mt 8, 20), es el Mesías esperado por el pueblo judío y anunciado por los profetas. Más todavía, que es el Hijo del proprio Dios. Porque los judíos esperaban la venida de un Mesías triunfante, que viniese a reinar y a restaurar la gloria de Israel, el pueblo elegido por Dios para sellar su alianza. Pero como los planes divinos son insondables, lo que ocurrió fue muy distinto: en una joven doncella desposada con un carpintero, el Verbo se encarnó y vino a nacer en un pesebre a las afueras de la ciudad de Belén, cuando su familia cumplía con el trámite de registrase en el censo ordenado por la autoridad romana. Nada de parafernalia wagneriana, simplemente la consumación de la voluntad divina en la humildad de una sencilla cueva con funciones de abrevadero. Frente al mundo, un recién nacido manifestaba el más grande milagro: la encarnación, la unión hipostática entre Dios y el hombre. Que el Verbo asumiese la impura materia, es lo que ha repugnado a Satanás desde el origen de los tiempos. Por eso, odia profundamente  al hombre y, más si cabe, a los niños, en inversa proporción a su edad. 

Ciertamente, Simón Pedro no entendía muy bien lo que estaba diciendo cuando pronunció esas palabras. Los Evangelios nos muestran como una y otra vez éste hace declaraciones categóricas que luego no tienen correlato en los hechos, como que siempre defendería a Jesús para después negarlo tres veces cuando el apresamiento se había consumado. De hecho, si creemos a la tradición, ni siquiera cuando ya estaba en Roma tenía conciencia cabal de que la principal enseñanza de Cristo es que la caridad no reconoce otro límite que la propia muerte, entregada en sacrifico por Dios o por el próximo. Cuenta el relato que, enterado de la persecución contra los cristianos ordenada por Nerón, Pedro había optado por huir de la ciudad, quizá dejándose llevar por alguna disquisición interna de que la conservación de la propia vida garantiza la fecundidad del ministerio o algo semejante. De razonamientos oportunistas esta llena la historia de la Iglesia, como puede atestiguar, entre otros, Santo Tomás Moro y San Juan Fisher. Mientras Pedro caminaba raudo por la Via Apia se encontró con Cristo, que venía en sentido contrario. Contrariado, Pedro le preguntó qué hacia dónde se dirigía, seguramente teniendo el humano pensamiento de que Jesús no sabía lo que estaba ocurriendo en la Ciudad Eterna. La respuesta de Cristo volvió a desconcertar a su Vicario, pues le dijo que iba a ser crucificado de nuevo. Pedro, avergonzado, volvió atrás y murió martirizado sobre la Colina Vaticana, en testimonio de su fe. Se non è vero, è ben trovato.

Annibale Carracci, Domine, quo vadis? (1601-1062), National Gallery de Londres
(Imagen: Wikipedia)

Todo esto nos muestra que el único hombre que ha sido elegido directamente por Dios para ser Papa tenía una serie de defectos y carencias, lo que no impedía que pudiese desempeñar el ministerio de servicio hacia la comunidad cristiana para el que fue elegido o que, llegado el momento, diese testimonio de la Fe con su vida. Lamentablemente, y debido a una serie de consecuencias sociológicas que derivan de la falsa comprensión por hipertrofia de la declaración dogmática sobre la infalibilidad del Concilio Vaticano I (1869-1870) y de la difusión mediática de la imagen del Papa desde las histriónicas apariciones de un gesticulante Pío XII (1939-1958), quien dio su opinión sobre casi todos los temas inimaginables (el que no me crea, que le de un vistazo a sus discursos: casi no hay materia sin tratar), acabó por formarse la imagen colectiva de que el Papa es un santón que no puede equivocarse y que un católico debe doblegar su juicio frente a sus opiniones, incluso las más banales, sin importar el tema de que se trate ni las circunstancias bajo las cuales las emite. Los sucesivos procesos de canonización de los papas posconciliares no ha hecho más que confirmar esta percepción: el Papa es un santo y lo que dice es verdad inspirada, sin importar que hable del tiempo como en esa anécdota romana que narraba Castellani. Por cierto, a veces se llega a más y se sostiene que el Papa es elegido por intervención directa del Espíritu Santo, como si la blanca paloma, irrespetuosa del extra omnes que da paso al cónclave, se colara por algún vericueto en la Capilla Sixtina y se posara sobre un elegido para darle su unción celestial. Una aparición semejante, casi sacada de vodevil, es imposible porque entraña una negación de la libertad humana: la gracia nunca niega la libertad del hombre, sino que, desde ella, la perfecciona para guiarla hacia su fin último. Es la enseñanza que condensa San Agustín en esa conocida frase "Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti". De ahí que el plan salvífico de Dios se concrete merced al asentimiento mariano: hágase en mí según tu palabra. Sin voluntad humana, la gracia no puede operar. 

Cuando escucho esta clase de tonterías, que lamentablemente hoy pululan por doquier, incluso entre gente instruida, es obligado el recuerdo de esa frase dicha por el entonces Cardenal Ratzinger en una entrevista concedida en 1997“hay muchos Papas que el Espíritu Santo probablemente no habría elegido”. Y la lista es larga. Si la elección del Romano Pontífice dependiera de fuerzas sobrenaturales, habría que esperar al menos que el elegido fuese alguien con una perfección y santidad semejante a Aquél del cual es vicario, pero la historia demuestra que las cosas han ocurrido de una manera muy diversa. En todo caso, la autoridad de la Iglesia no se ve disminuida por las acciones de los pecadores a los que llama al arrepentimiento, incluso cuando ellos son los propios pastores de la grey. La Iglesia es constitutivamente santa, pero debe bregar con hombres que, por muchos esfuerzos que hagan, tiene en ellos las consecuencias del pecado original. Otro tanto ocurre con el llamado "incidente de Antioquía" (Ga. 2, 11-14): San Pablo acude ante San Pedro a explicarle que está equivocado y que la enseñanza hacia los gentiles no exige gravarlos con requisitos innecesarios (Hc. 15, 7-11 y 13-20). Y de ahí en adelante las cosas se hicieron como decía el primero, y no como postulaba el Papa nombrado por Cristo. 

Con estas consideraciones quiero llegar a que como católicos debemos poner al Papa en el lugar que le corresponde, que es el de servir de principio y fundamento perpetuo y visible de unidad de la Iglesia, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles. De ahí que posea, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad dentro de los límites propios de la Revelación que ha recibido y debe transmitir inalterada, puesto que su ministerio es de servicio hacia ella. Ni más ni menos. Porque los católicos seguimos a Cristo, quien es Camino, Verdad y Vida, y no tal o cual predicador o profeta iluminado, ni tampoco el frío texto de un libro. Lo nuestro es una persona concreta, Dios y hombre verdadero, que se quedó con nosotros real, verdadera y sustancialmente bajo las apariencias del Pan y el Vino consagrados, cuyas palabras reconfortan nuestros espíritu. De ahí que lo que Él ha querido transmitirnos no sólo se encuentra en las Sagradas Escrituras, sino también en la Tradición, siendo cometido de la Iglesia explicar qué significa dicha Revelación. En suma, el mensaje es simple: el Papa, hoy y siempre, ha sido elegido por un grupo de hombres, revestidos de la dignidad cardenalicia, que se encierran para evitar presiones externas, y cuyo nombre proviene de las propias convicciones sobre la persona concreta o sobre la misión de la Iglesia. Cuestión distinta es que, para el cumplimiento de su tarea de transmisión de la Palabra de Dios a toda la Iglesia, el Santo Padre tenga una asistencia especial del Espíritu Santo, que implica también, en ciertos casos y bajo ciertas circunstancias muy determinadas, la prerrogativa de la infalibilidad, vale decir, de que existe absoluta certeza sobre que aquello que afirma es cierto y ha de ser creído con fe católica. Esto está suficientemente explicado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en el documento El primado del Sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia (1998), por lo que no es necesario ahondar más en ello.


Pietro Perugino, Entrega de las llaves a San Pedro (1481-1482), Capilla Sixtina
(Imagen: Wikipedia)

La semana pasada, el Santo Padre decidió sustituir la redacción del parágrafo del Catecismo de la Iglesia Católica que trata de la pena de muerte (núm. 2267). El nuevo texto dice que ella resulta inadmisible. Una lectura de buena fe de la enseñanza que ahora profesa el Catecismo podría llevar a pensar que dice lo mismo que ya había señalado San Juan Pablo II, vale decir, que la pena de muerte es una de las excepciones que se reconoce al deber grave de conservar la vida propia y de otros (no se olvide que el homicidio voluntario es uno de los pecados que claman al cielo) y que es legítimo al Estado, siguiendo un debido proceso, aplicar como castigo de un delito de importancia. Cuestión aparte es que, en la actualidad, por "las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse" (antigua redacción del núm. 2267 del Catecismo), ella en realidad no se aplique por existir otros medios punitivos con una finalidad equivalente. En Chile, por ejemplo, la pena de muerte fue sustituida en el derecho penal común por la de presidio perpetuo calificado, que implica privación de libertad efectiva por cuarenta años. 

Sin embargo, la lectura recién señalada no resulta sostenible y aun peca de voluntarista si se leen a la vez la carta dirigida por el cardenal Ladaria a los obispos para justificar el cambio y el discurso del propio Papa citado como nota en el Catecismo, que explicitan la intención que hay detrás de la nueva redacción. El fundamento por el cual la pena de muerte resulta inadmisible es "porque [ella] atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona" (nuevo párrafo tercero del mentado núm. 2267). Aquí está el problema. Un principio lógico elemental indica que algo no puede ser y no ser al mismo tiempo y respecto de las mismas circunstancias, porque entonces existe una contradicción insalvable: o algo es de una forma o es de otra, pero no puede tener una configuración binaria. Esto es precisamente lo que hay detrás de esta enseñanza pontificia. Si la pena de muerte es contraria a la inviolabilidad y dignidad del ser humano, eso significa que ella lo ha sido igualmente en todo tiempo y lugar, precisamente porque la naturaleza humana no puede cambiar (CCE 1954). De ahí que sea necesario un cambio en la enseñanza, el cual proviene de que se produzca un "desarrollo armónico de la doctrina [... que] requiere que se deje de sostener afirmaciones en favor de argumentos que ahora son vistos como definitivamente contrarios a la nueva comprensión de la verdad cristiana" (discurso del papa Francisco con motivo del 25° aniversario del Catecismo). ¿Y como se salva la contradicción? El Cardenal Ladaria lo hace diciendo que "las enseñanzas anteriores del Magisterio [...] pueden ser explicados [sic] a la luz de la responsabilidad primaria de la autoridad pública de tutelar el bien común, en un contexto social en el cual las sanciones penales se entendían de manera diferente y acontecían en un ambiente en el cual era más difícil garantizar que el criminal no pudiera reiterar su crimen" (núm. 8 de la carta a los obispos que explica el cambio de redacción del Catecismo). En otras palabras, el argumento para el cambio de criterio es que lo que antes era legítimo, con el respaldo de todos los padres y de casi la unanimidad de los teólogos, ahora ya no lo es más porque nuestra conciencia está madura y nos hemos dado cuenta de que privar de su vida al reo resulta contrario a la inviolabilidad y dignidad del ser humano. Gracias al progreso indefinido, el ser humano se ha dado cuenta de que la pena de muerte es algo muy malo, pero no así el aborto, la eutanasia y un largo etcétera. Por lo demás, meter a alguien a la cárcel resulta igualmente contrario a la inviolabilidad y la dignidad de la persona, sobre todo en países subdesarrollados que las prisiones carecen de condiciones adecuadas y padecen un grave hacinamiento. Queda en suspenso, entonces, el hecho de si resulta lícito al Estado encarcelar a alguien por haber sido condenado a alguien de un delito, porque esa es la pregunta que subyace en la excepción que comporta la pena de muerte respecto del precepto primario de respetar la vida. 

Por lo demás, algo similar había ocurrido previamente con la comunión de los divorciados vueltos a casar. Todo comenzó con la nota 351 de la exhortación post-sinodal Amoris Laeticia (2016). En el cuerpo de dicho documento se dice: "A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia" (núm. 305). El complemento es lo que abre la discordia, pues en la nota 351 se señala: "En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos", incluidos la confesión y la eucaristía. Claro está, en tiempos de turbulencia doctrinal, ante una afirmación semejante cada cual la interpreta como quiere. Por ejemplo, los obispos de la Provincia de Buenos Aires lo entendieron como una posibilidad de acceso a los sacramentos para los divorciados, y el papa Francisco los felicitó por su esfuerzo hermenéutico tan fiel al sentido del texto. En sus palabras, publicadas de manera oficial y pública por el Vaticano, "[e]l escrito es muy bueno y explícita cabalmente el sentido del capitulo VIII de Amoris laetitia. No hay otras interpretaciones. Y estoy seguro de que hará mucho bien. Que el Señor les retribuya este esfuerzo de caridad pastoral". 

Esto significa que una persona que se encuentra objetivamente en una situación de pecado, puede comulgar tranquilamente sin reparos de conciencia porque está en proceso de discernimiento (¿sobre lo que es bueno y malo?). Porque la enseñanza de la Iglesia es que entre bautizados no hay otro matrimonio que el sacramental, de suerte que toda unión sexual fuera de la forma canónica atenta contra la dignidad de ese sacramento, instituido por Cristo para santificar el amor humano abierto a los hijos. Por cierto, no estoy diciendo que un matrimonio no pueda llegar a fracasar por un sinnúmero de razones. En esto simplemente cabe suspender el juicio, porque el mundo y la carne son, junto con el demonio, los tres grandes enemigos del alma. Las rupturas matrimoniales sin duda pueden ocurrir, porque la vida no admite ser encasillada en moldes preconcebidos. Lo que ocurre es que el mandamiento de Dios es a vivir la castidad según el propio estado, vale decir, cambian las circunstancias, pero no el contenido del deber. De que esto cuesta tampoco hay duda, pues los placeres son de por sí deleitables. Por eso, Lewis representa la tentación bajo la figura de unas apetitosas delicias turcas cuando la Bruja Blanca engaña a Edmund para capturarlo. Ante las tentaciones contra la pureza, no todos tenemos la misma fortaleza que hizo a San Francisco de Asís revolcarse en la nieve, a San Benito arrojarse a un zarzal, o a San Bernardo zambullirse en un estanque helado, ni la suerte de que, como a Santo Tomás de Aquino, un ángel nos ciña un cinturón de castidad espiritual. La mayoría siente ese aguijón en la carne del que hablaba San Pablo. Pero de ahí a decir que uno está (no sé a ciencia cierta si objetiva o subjetivamente) en estado de gracia a pesar de una unión sexual que atenta contra el sacramento del matrimonio por su propia existencia hay un paso lógico muy grande, fuera de una irresponsabilidad pastoral tremenda. Distinto es que esas personas vivan como hermana y hermana, pudiendo, previa confesión y contrición, recuperar la gracia y acceder a la Eucaristía. Lo demás implica minusvalorar la teología sacramental en su conjunto y las condiciones para que Cristo inhabite en una persona. La predicación de la Iglesia y toda su pastoral se debe enderezar a salvar almas y no a congraciarse con el espíritu del tiempo. Por algo los propios discípulos, ante la predicación del Maestro, decían "duras son estas palabras, ¿quién las puede oír?" (Jn 6, 60). El mensaje debe predicarse a todos, lo que no implica que todos lo reciban o, menos, que se salven. El propio Cristo explicó esto mediante la parábola del sembrador. 


Es verdad que estos cambios en la doctrina pueden no tener consecuencias inmediatamente perceptibles. La pena de muerte se ha dejado de aplicar en muchos países, sea porque ha sido derogada, sea porque no se ha utilizado en un largo espacio de tiempo (veinte años es el parámetro que usan los organismos internacionales en sus estadísticas), con lo cual el llamado a eliminarla parece estar dirigido a los países musulmanes, muy entusiastas de ella bajo formas harto cruentas, como la lapidación o la decapitación. Ahora, no sé cuán fértil sea en ellos la recepción  de las enseñanzas papales... Probablemente, la decisión pontificia será mirada como una muestra más de la decadencia del Occidente infiel, que sirve de aliento a la conquista final. En cuanto a la comunión por parte de los divorciados, es cosa de ir a cualquier iglesia y ver que comulga casi todo el mundo (todavía queda gente que prefiere quedarse en su puesto, aunque uno no sabe si por comodidad o por escrúpulos...). A Dios gracias, esto parece demostrar que la primavera de la Iglesia ha traído consigo una transmutación angélica de los fieles, que ya no necesitan de la confesión para recuperar la gracia perdida (véase aquí, por ejemplo, la estadística italiana), o bien la propia derrota del pecado en medio de un mundo cada vez más mundano y sensual. En suma, diga lo que diga el Papa (éste o cualquiera), las cosas se siguen haciendo como de hecho ya era práctica habitual respecto de ellas: la pena de muerte se aplicaba ya muy restringidamente (en Chile, por ejemplo, entre 1875 y 2001, año de su eliminación del Código Penal, sólo 58 personas fueron condenadas a ella) y en la Iglesia comulga cualquiera, sin que importen ni la religión ni menos las disposición interiores.   

Siendo así, las consecuencias de estos cambios doctrinales dicen relación más bien con la comprensión sociológica de la Iglesia. A la gente le queda la impresión de que las cosas pueden cambiar simplemente porque lo dice el Papa, el cual parece dotado de un aura de poder ilimitado. Esto significa que la Revelación no es algo recibido por la Iglesia con el fin de conservar su depósito y extraer nuevos desarrollos desde un núcleo inmutable, sino simplemente una declaración de poder. En otras palabras, no importa la autoridad divina que reside en la Revelación como la voluntad papal de ordenar algo. Todo esto pasa porque los propios católicos hemos deformado el concepto de papado, atribuyéndole una función de oráculo que nunca ha tenido y, con ello, acercándonos a las sátiras habituales de los protestantes. La promesa de Cristo es muy clara: Pedro es el cimiento donde converge la unidad de la Iglesia y sobre ella no prevalecerá el poder de Satanás (Mt. 16, 18). Pero esta promesa está hecha en clave escatólogica, pues significa que, al final de los tiempos, siempre triunfará Dios, cuyo Hijo volverá en gloria y majestad a juzgar a vivos y muertos, como rezamos en el Credo. En el tiempo intermedio, que son los que nos toca vivir, la Barca de la Iglesia será azotada por una feroz tempestad y aparecerán "falsos mesías y falsos profetas que harán milagros y prodigios asombrosos, capaces de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos" (Mt. 24, 24).  De ahí que sea sano y muy recomendable en medio de estos tiempos turbulentos seguir el consejo del Cardenal Newman y brindar siempre primero por la propia conciencia (CCE 1782), acompañando el brindis con el rezo del Veni, Sancte Spiritus. Y que, llegado el día, ese que no sabemos ni cuándo ni cómo llegara, Dios nos pille confesados. 

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Actualización [11 de agosto de 2019]: Adelante la fe ha publicado la traducción de un artículo de Steve Skojec aparecido originalmente en OnePeterFive, donde se explica por qué el cambio de criterio sobre la pena de muerte no es una cuestión carente de trascendencia. Por el contrario, constituye un verdadero caballo de Troya que permite introducir subrepticiamente otros cambios de mucho mayor envergadura, con consecuencias insospechadas.