lunes, 20 de abril de 2020

Réquiem para el catolicismo del Vaticano II

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski publicado hace casi dos años en OnePeterFive. Sin embargo, y sobre todo por los hechos ocurridos con ocasión de la pandemia de COVID-19 que afecta al mundo, su texto se ha vuelto todavía más actual. El autor trata de demostrar que todo lo que estamos viendo en la Iglesia no surgió por generación espontánea, sino que es consecuencia de los pontificados anteriores. El problema de fondo es la liturgia, que expresa la verdadera fe católica. La traducción ha sido hecha por la Redacción. 


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Réquiem para el catolicismo del Vaticano II (1962-2018)

Peter Kwasniewski

Para algunos astutos observadores de la escena Vaticana -de acuerdo, olvidémonos de esta terminología y digamos “entre algunos cuerpos tibios con señales de consciencia”- es cosa sabida, desde hace varios años, que no se puede esperar que el papa Francisco, una de las causas mayores de los problemas que padece la Iglesia, sea parte de la solución de dichos problemas, entre los que se incluye todo lo que tenga que ver con abusos sexuales cometidos por clérigos o con el mortal golpe que dan los prelados progresistas. Con cada mes que pasa nos damos cuenta de que, para el pontífice peronista, todo es “business as usual”.

Sin embargo, como lo han hecho ver varios escritores, este pontificado ha sido, a pesar de los pesares, un tremendo don de la Divina Providencia. Sí, se puede verdaderamente afirmar tal cosa. Porque Francisco ha proyectado una claridad, imposible de poner razonable (o no razonablemente) en duda y, aún más, febrilmente amplificada, sobre la absoluta bancarrota del “catolicismo del Vaticano II”, con su liturgia peso ligero, su frívola oposición al mundo, el demonio y la carne, y su continuo compromiso con los poderes liberales dominantes.

Todo el mundo sabe a qué me refiero. Yo mismo fui, alguna vez, uno de esos estudiosos talmúdicos que procuraban cuadrar todos los círculos en los dieciséis documentos del Concilio. Yo mismo alabé su ortodoxia textual y lamenté que algunos secuestradores los descuidaran o distorsionaran, y estaba consciente de que la mentalidad católica leal siempre comenzaba diciendo “si sólo…”: “si sólo se celebrara la liturgia adecuadamente”; “si sólo se enseñara profusamente el catecismo”; “si sólo la gente pudiera en todas partes seguir la línea del gran Papa polaco” (más tarde “del gran Papa alemán”).

(Foto original del artículo)

En ese mundo solía yo vivir. Pero ahora me he mudado a una casa más grande y más bella llamada catolicismo tradicional. Me cansé de vivir en aquel edificio recién construido, supuestamente más económico energéticamente y más amigable con el medio ambiente pero, en realidad, de material ligero, lleno de corrientes de aire, fluorescente, infectado de insectos, a medio caer, que fue lo que produjo el único concilio ecuménico que no hizo definiciones solemnes y no emitió solemnes condenas. Me di cuenta, gracias a los estudios detallados de escritores como Wiltgen, Davies, Amerio, Ferrara, de Mattei y Sire, que hubo secuestradores que operaron no sólo después del Concilio, sino al interior del mismo, haciendo astutamente girar el timón hacia el progresismo y el modernismo que ansiaban secretamente, plantando “bombas de tiempo” en los documentos -frases ambiguas que podían ser interpretadas de este modo o del otro, y que lo fueron en la interminable guerra de posiciones entre liberales y conservadores de todo tipo, a todo nivel-. 

Me di finalmente cuenta de que el problema era la liturgia -no sólo por el modo de “celebrarse” mal en todo el mundo, lo que era obvio, sino en sí y por sí, por sus libros oficiales, por sus textos, por sus rúbricas-. Tampoco el nuevo Catecismo, con su difusa verbosidad y su resbalar sobre los temas difíciles, como la capitalidad del marido en el matrimonio, fue una solución mágica: de hecho ha sido rebajado al estatus de laguna para que se refleje el Narciso reinante, lo que le da casi tanto valor como a una entrevista en avión. Sobre todo, me di cuenta de que “simplemente seguir al Papa” dondequiera que vaya, por mar tierra o aire, no solamente no es la solución, sino que es una parte importante del problema.

Y ¿cuál es el problema? El eclipse, en nuestra época, de toda idea coherente de lo que el catolicismo es, y ha sido y será siempre. Un eclipse deseado, ya que “los hombres aman la oscuridad más que la luz, porque sus obras son malas” (Jn. 3, 19).

La liturgia que nos dio Pablo VI, cortesía del arzobispo Bugnini y las estrellas de su Consilium, es en realidad una liturgia de categoría liviana que no puede sostener el peso de la gloria de Dios ni satisfacer las gravitantes necesidades del alma humana. Hay muchos que no conocen otra, y su situación me recuerda las fotografías en blanco y negro de las largas filas de gente en la Unión Soviética esperando su ración de pan. No es esto lo que la liturgia de la Iglesia ha ofrecido a sus fieles en las épocas pasadas, cuando les ponía a disposición un banquete real, una delicia de reyes, un atisbo del cielo y de unión con los santos y ángeles. No quiero decir que la liturgia preconciliar fuera siempre perfecta, porque sabemos que no lo fue, pero los ritos de la Iglesia poseían por sí mismos una densidad y belleza que hacía posible tener siempre al alcance una rica vida litúrgica. Los católicos que han regresado a la liturgia tradicional a menudo comentan asombrados: “¿Es eso lo que nos quitaron?”. Sí, eso fue: esa incomparable escuela de oración, ese báculo inflexible que sostenía nuestra debilidad, esa belleza consoladora capaz de atraer nuestras almas terrenales hacia el cielo. Sí, eso se nos quitó, y quienes lo hicieron sabían perfectamente lo que estaban haciendo y por qué.

Largas filas para comprar pan en la Unión Soviética

Más arriba he hablado de una “frívola oposición al mundo, el demonio y la carne”. Tal es la marca del catolicismo postconciliar. ¿Oponerse al mundo? No. Lo que tenemos que hacer es dialogar con él, comprenderlo, simpatizar con él, llegar a acuerdos con él, hacer causa común con él, reciclar su basura y adoptar sus lemas. Salieron de la Misa todas las antiguas oraciones que hablaban de guerra espiritual, de engaños del maligno, de necesidad de hacer violencia a nuestra naturaleza caída. Se suavizó todo, como reconocimiento de la bondad de todo y de todos (si al menos ellos se enteraran…). 

Se despojó al rito bautismal de los duros exorcismos que habían existido en él desde los tiempos apostólicos debido a la verdad revelada de que la humanidad, después de la caída, está bajo el dominio de Satanás, y los ciudadanos de cielo tienen que ser alejados de su influencia. Se suprimió los días de ayuno y abstinencia por doquier. La antigua tradición, en vez de ser renovada (como reclamaban las cabezas pensantes), fue ignorada o despreciada como superstición. Sólo hubo una dirección: cuesta abajo, dispensando, simplificando, abreviando, aboliendo.

En cuanto al autocontrol, la moral sexual de los cristianos en todo el mundo, especialmente en Occidente, donde nacieron los documentos y reformas conciliares, está en el abismo más profundo de todos los tiempos, no sólo por la imprevista intensidad de la revolución antiautoritaria de 1968, sino, mucho más, por la fundamental pérdida de fe en la verdad salvífica y en el poder liberador de los mandamientos de Dios.

Hoy, en 2018, estamos cosechando los frutos podridos de esta pérdida de fe, de esta falta de autocontrol, de este rechazar todo ascetismo y visión guerrera de la concepción cristiana de la vida, de este necio optimismo que recorrió a la Iglesia en la década de 1960 y engendró el fruto demoníaco del “catolicismo nietzscheano”. Este ha sido un continuo compromiso con las fuerzas reinantes del liberalismo, un socavar las exigencias del Evangelio, un suprimir las verdades duras, un suprimir el amor a Dios por sobre todas las cosas, como un fin en sí. Al final de todo esto lo que tenemos es un culto de la nada, un nihilismo concentrado en la inolvidable imagen de un sacerdote, luego cardenal de la Santa Iglesia Romana, que abusaba de un niño que resultó ser la primera persona que bautizó dos semanas después de su ordenación.

Durante mucho tiempo pensé que Juan Pablo II y Benedicto XVI estaban dando la buena pelea contra esta interpretación revolucionaria del cristianismo, pero luego de unos destacados encuentros interreligiosos, besos al Corán, larguísimas entrevistas con respuestas dialécticas a cada pregunta formulada y varios otros indicadores de este tipo, perdí mi entusiasmo por ellos en cuanto pastores, por mucho que haya admirado sus escritos filosóficos y teológicos (los que, por mucho que se le dé vuelta al asunto, no son el papel principal de un Papa). Fue para mí un shock sistémico darme cuenta de que estos Papas, aunque sin duda bien intencionados, nadaban en un lago de jugo de polvos más que en el océano de la Tradición, con la única diferencia que eran suficientemente vigorosos para seguir nadando y lanzar al cielo, de vez en cuando, un grito pidiendo ayuda, en vez de hundirse hasta el fondo, llevando atado al cuello, a guisa de piedra de molino, un cardenal.

Los últimos cinco años no son una catástrofe repentina que apareció de la nada, sino que son el concentrado del zumo extraído de los últimos cincuenta años, el último acto en una tragedia que ha venido escalando hasta hoy. Bergoglio es el destilado de las peores tendencias de Roncalli, Montini, Woytila y Ratzinger, sin ninguna de las cualidades que redimen a éstos. Los predecesores de Francisco fueron progresistas en conflicto consigo mismos e incoherentes; él es un modernista convencido. Tal como el conservadurismo político es liberalismo en cámara lenta, así el catolicismo postconciliar es modernismo en cámara lenta. Mientras más rápido la gente se dé cuenta de ello, más rápido rechazará todo ese fallido y tortuoso experimento del aggiornamento para favorecer una inequívoca adhesión a la fe católica en su liturgia perennemente joven, su doctrina magníficamente armoniosa y comprehensiva, su moral exigente y salvadora de la vida.

Juan Pablo II recibe una bendición de parte de unos nativos estadounidenses en 1987
(Foto: Akacatholic)

No olvidemos que Juan Pablo II y Benedicto XVI se involucraron en los encuentros de Asís, que nunca pusieron en duda la corrección de “arrasar con los bastiones”, de “volverse hacia el mundo” y abrazar la modernidad, todo lo cual fue la gran marca de fábrica del Concilio Vaticano II; ambos alentaron el feminismo con una mano[1] mientras que, con la otra, trataban de restringirlo y, sobre todo, ambos nombraron y promovieron a muchos de los terribles obispos y cardenales con los que sufrimos hoy, como lo demuestra la tabla siguiente:

Prelado
Consagrado obispo por
Creado cardenal por
Theodore McCarrick
Pablo VI
Juan Pablo II
Angelo Sodano
Pablo VI
Juan Pablo II
Tarcisio Bertone
Juan Pablo II
Juan Pablo II
Pietro Parolin
Benedicto XVI
Francisco
William Levada
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Marc Ouellet
Juan Pablo II
Juan Pablo II
Lorenzo Baldisseri
Juan Pablo II
Francis
Ilson de Jesus Montanari
Francisco
Leonardo Sandri
Juan Pablo II
Benedict XVI
Fernando Filoni
Juan Pablo II
Benedict XVI
Dominique Mamberti
Juan Pablo II
Francisco
Francesco Coccopalmerio
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Giovanni Lajolo
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Vincenzo Paglia
Juan Pablo II
Edwin O’Brien
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Renato Raffaele Martino
Juan Pablo II
Juan Pablo II
Donald Wuerl
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Paul Bootkoski
Juan Pablo II
John Myers
Juan Pablo II
Kevin Farrell
Juan Pablo II
Francisco
Seán O’Malley
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Oscar Rodríguez Maradiaga
Juan Pablo II
Juan Pablo II
Blase Cupich
Juan Pablo II
Francisco
Joseph Tobin
Benedict XVI
Francisco
Robert McElroy
Benedicto XVI
Edgar Peña Parra
Benedicto XVI
John Nienstedt
Juan Pablo II
Jorge Bergoglio
Juan Pablo II
Juan Pablo II
(Source: Unam Sanctam)

Francisco no tiene la culpa. De hecho, lo que está haciendo es cosechar sombríamenge lo que aquellos sembraron, al mismo tiempo que demuele mucho de lo que ellos construyeron. Al cabo, hay sólo dos razones para el cónclave de cardenales que votaron por Bergoglio: Woytila y Ratzinger. Dicho en términos más generales, ambos son la razón por la que tenemos un episcopado mundial compuesto por una ínfima minoría de obispos tradicionales (o sea, obispos que creen, predican, enseñan e imponen la fe católica como fue enseñada, entre otros, por el Concilio de Trento) y una inmensa mayoría de feroces liberales, de desdentados conservadores y de burócratas traga-tintas. Si Juan Pablo II hubiera empleado menos tiempo en sus vueltas por el mundo y en escribir masivas, densas y hoy grandemente olvidadas encíclicas (la única excepción es Veritatis Splendor), y más tiempo en su deber más importante, el de vetar y elegir obispos de probada ortodoxia doctrinal, probidad moral y dedicación a la sagrada liturgia, sin sombra de liberalismo ni relajación, la Iglesia estaría hoy en una situación dramáticamente diferente. Lo mismo podría decirse del bienamado pero ineficiente profesor-vuelto-pontífice, Benedicto XVI, cuya personalidad retraída se transformó, el 11 de febrero de 2013, de excusable tic, en pesadilla.

Estos Papas también supieron -como lo podemos ver ahora con mayor detalle- de la perversa conducta existente en los altos círculos, y rara vez tomaron medidas decisivas y severas para erradicarla. Bergoglio celebra el vicio contra natura, y sus predecesores lo toleraron. Bergoglio desvergonzadamente promueve a los enemigos del catolicismo que sus predecesores tuvieron miedo de combatir.

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¿Se podría decir, al cabo, que los católicos creyentes y practicantes en general han despertado de su sueño dogmático? Ojalá fuera así. Pero, ay, la capacidad de la mente humana para ignorar la realidad incluso cuando se le desmorona sobre la cabeza es demasiado real, y la capacidad de la ideología de nublar los ojos y ensordecer los oídos no es menos escandalosa. Pero para quienes tienen los ojos abiertos para ver y los oídos abiertos para oír, la verdad ha aflorado a plena luz: la fe católica, tal como la creyeron y vivieron nuestros antepasados, la fe católica tal como la conoció y amó una vasta multitud de testigos, esa fe católica es completamente diferente de lo que el Vaticano trata de vender hoy. Lo que el nuevo régimen ofrece es efímero, frágil y contradictorio, y se mantiene unido sólo por la fuerza.

Bendición Urbi et Orbe del papa Francisco (27 de marzo de 2020)
(Foto: Voanoticias)

La alternativa es igualmente clara: la religión compleja, pero internamente coherente enseñada por los Padres y Doctores de la Iglesia, saboreada por los monjes y místicos, proclamada con autoridad por los grandes concilios, codificada unánimemente por centenares de catecismos y, sobre todo, encarnada luminosa y exultantemente en los grandes ritos litúrgicos de Oriente y Occidente, legado en común de todos los cristianos ortodoxos que adoran a la Trinidad tres veces Santa según una tradición ininterrumpida, eso, eso es el catolicismo. No hay otro. No se lo busque donde no puede ser encontrado. No se esfuerce ni se esguince el cuello tratando de contemplar las novedades como si fueran tradición, porque no se puede hacer tal cosa. No se cuele los mosquitos mientras se traga el camello. Préstese nuevamente atención a la única fe verdadera que los misiones difundieron por el mundo en la primera evangelización. ¿Cuánto irá a costar liberar a cada católico de las las ilusiones de la supuesta “primavera” del Vaticano II? Lo ignoro. Puede que sólo la muerte sea capaz de rescatar a algunos de las celosas garras del nuevo paradigma, pero existen ciertos indicios de que el encantamiento -o, más precisamente, el espejismo- se está desvaneciendo, a medida que muchos encuentran el camino que devuelve a la divina religión de Cristo.

El período Vaticano II, que comenzó oficialmente en 1962, terminó oficialmente con el affaire McCarrick y la Viganó-gate en 2018. Cincuenta y seis años de períodos alternados de desórdenes y de pereza vital causaron la enfermedad cardíaca de esta similitud humana de la Iglesia, y se murió de un súbito ataque al corazón. Enterrémosla en terreno no sagrado, con el ardiente deseo de que descanse en silencio en la tumba y no se levante nunca más. 




[1] Por ejemplo, asegurándose de que el Catecismo no contenga referencia alguna a que el marido es cabeza, a pesar de que ello es enseñado más frecuentemente en el Nuevo Testamento que muchas otras doctrinas de nuestra fe; aprobando el uso de niñas acólitas, o la costumbre de usar lectoras femeninas en la Misa, contradiciendo 2000 años de tradición universal en las Iglesias que descienden de los apóstoles.

Nota añadida el 21 de noviembre [de 2018]: Quienes piensen o se sientan tentados de pensar que exagero la amplitud de las contradicciones entre el Magisterio Católico y la “teología oficial” que ha emanado durante las últimas cinco décadas desde el Vaticano (incluyendo a Juan Pablo II y Benedicto XVI), debieran leer el ensayo de Thomas Pink, “Vatican II and Crisis inthe Theology of Baptism” recientemente publicado por The Josias. Decir que este artículo es un gran abridor de ojos es decir muy poco. En todo caso, confirma en profundidad y con detalle lo que aquí he presentado en términos generales.

domingo, 12 de abril de 2020

Feliz Pascua de Resurrección

Angélicos testes, sudárium et vestes
(Vi ángeles como testigos; vi el sudario y los vestidos)

De la secuencia de la Misa del Domingo de Resurección (de Wipo, fallecido en 1039)

La Asociación Litúrgica Magnificat les desea a todos sus miembros, amigos y benefactores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Pascua de Resurrección. Se recuerda asimismo que la Santa Misa que se celebra en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria se encuentra suspendida hasta nuevo aviso debido a las medidas sanitarias adoptadas por el poder civil y el Arzobispado de Santiago. Se informará oportunamente por este medio la reanudación del culto público. 

Hans Rottenhammer, Resurrección de Cristo (siglo XVI)
(Imagen: Wikicommons)

Asimismo, les ofrecemos una columna del Prof. Roberto de Mattei publicada el pasado 8 de abril en Corrispondeza Romana sobre la particularidad de esta Pascua de Resurrección y la importancia de volvernos ala Santísima Virgen en medio de las calamidades. La traducción ha sido hecha por la Redacción. 

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Una Pascua que pasará a la historia

Roberto de Mattei

La semana de Pascua de 2020 está destinada a pasar a la historia por su excepcionalidad, como aquel día de febrero de 2013 en que Benedicto XVI anunció su renuncia al pontificado. Un hilo conductor misterioso parece ligar estos dos eventos. Los liga un mismo sentido del vacío.

Benedicto XVI ha renunciado jurídicamente al mandato petrino, sin explicar los legítimos motivos morales que podrían dar razón de este gesto extremo. El papa Francisco, por su parte, conserva jurídicamente ese mandato, pero no lo ejerce y parece en efecto querer despojarse del más alto título que le compete, el de Vicario de Cristo, transcrito, en la última edición del Anuario Pontificio, como un apelativo histórico, y no constitutivo. Si Benedicto XVI ha renunciado al ejercicio jurídico del Vicariado de Cristo, pareciera que el papa Francisco ha renunciado al ejercicio moral de su misión. La suspensión de las ceremonias religiosas en todo el mundo, aquejado por el coronavirus, parece una expresión simbólica, pero real, de una situación inédita, en que la Divina Providencia sustrae a los pastores el pueblo que ellos han abandonado.

No sabemos cuáles serán las consecuencias políticas, económicas y sociales del coronavirus, pero en estos días estamos calculando sus consecuencias para la Iglesia. Un velo parece haberse alzado: es la hora del vacío, de la grey privada de sus pastores. La plaza de San Pedro, vacía para el Domingo de Ramos, estará vacía también el Domingo de Pascua. “El Santo Padre -ha comunicado el Vaticano- celebrará los ritos de la Semana Santa en el altar de la Cátedra, en la basílica de San Pedro, sin la asistencia de pueblo, como consecuencia de la extraordinaria situación que ha sobrevenido a causa de la difusión de la pandemia del COVID-19.

Según la philosophia perennis, la naturaleza tiene horror al vacío (natura abhorret a vacuo). En la hora del vacío espiritual, el alma de quien tiene fe se vuelve instintivamente a Aquella que no está vacía, porque está llena de todas las gracias: la Santísima Virgen María. Sólo en Ella puede el alma encontrar esa plenitud espiritual y moral que la plaza de San Pedro y las innumerables iglesias cerradas en todo el mundo ya no ofrecen. Una Misa en streaming puede satisfacer los ojos, pero no llena el alma. Pero el papa Francisco, en vez de alimentar la devoción y el culto a María, quiere despojarla incluso de aquellos títulos que le corresponden. Ya el 12 de diciembre de 2019 el Papa había liquidado la posibilidad de nuevos dogmas marianos, como el de María corredentora, afirmando: “cuando llegan historias de que se debiera declarar esto o establecerse este dogma o aquél, no nos perdamos en necedades”. Y el 3 de abril de 2020 ha declarado que la Virgen “no ha pedido ser cuasi redentora, ni corredentora. No. El redentor es uno solo. Ella es solamente discípula y madre”.

Estas palabras fueron proferidas en vísperas de Semana Santa, que es aquélla en que la Virgen completa, en el Calvario, su misión de corredentora y mediadora de todas las gracias. El papa Benedicto XV explica así el porqué: “Así como ella sufrió y casi murió con su Hijo sufriente y moribundo, así renunció, por la salvación de los hombres, a sus derechos de madre de este Hijo y lo inmoló para aplacar la justicia divina, por lo que se puede decir, con razón, que Ella ha redimido con Cristo al género humano. Evidentemente, por esta razón es que todas las diversas gracias del tesoro de la redención son distribuidas por las manos de la Dolorosa” (Carta Apostólica Inter sodalicia).

Pietro Perugino, Crufixión con Santa María y San Juan (parte central del tríptico de Galizia), 1482-1485, National Gallery of Art (Washington D.C.)
(Imagen: Wikicommons)

Según algunos teólogos, la palabra corredentora incluye la de mediadora; según otros, como don Manfred Hauke, la expresión “mediación universal de María” se presta para un significado más amplio que el de corredención, cuyo contenido queda incluído en ella (Introduzione alla MariologiaLugano, Eupress FTL, 2008, pp. 275-277). Esa expresión integra el aspecto “descendente”, por el cual las gracias llegan a los hombres, con el aspecto “ascendente”, expresado por la palabra corredención, a través de la cual la Virgen se une al sacrificio de Cristo. Ambos títulos son, de algún modo, complementarios, como enseña Mons. Brunero Gherardini en su ensayo La corredentrice nel mistero di Cristo e della Chiesa (Viverein, Roma, 1998), y se unen al título de Reina del cielo y de la tierra.

Pero ¿hace falta seguir? San Bernardo dice: “De Maria nunquam satis” ("Sermón de la Natividad de María", en Patrologia Latina, vol. 183, col. 437D), y san Alfonso María de Ligorio afirma: “Cuando alguna opinión honra en cualquier forma a la Santísima Virgen, tiene algún fundamento y no contiene nada contrario a la fe ni a los decretos de la Iglesia ni a la verdad, no aceptarla y contradecirla porque la opinión contraria podría ser verdadera, denota poca devoción a la Madre de Dios. Yo no quiero ser contado entre estos espíritus poco devotos, ni quisiera que lo fuera mi lector, sino que, al contrario, quisiera ser contado entre quienes creen plena y firmemente todo aquello que, sin error, se puede creer de la grandeza de María” (Las glorias de María, cap. V, párrafo 1).

Los devotos de María son una familia espiritual que tiene su propio prototipo y patrono en san Juan Evangelista, el apóstol predilecto, que recibió de Jesús, en el Calvario, una herencia inmensa. Todo se contiene en las palabras de Jesús cuando, desde la Cruz, “viendo a su madre y al discípulo que amaba, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo”, y volviéndose a san Juan “he ahí a tu madre” (Jn. 19, 26-27). Con estas palabras, Jesús estableció un vínculo divino e indisoluble no sólo entre María Santísima y san Juan, representante del género humano, sino entre Ella y todas las almas que siguieran el ejemplo de san Juan de fe y de fidelidad. San Juan es el modelo de quienes, en la hora de la traición y de la renuncia, permanecen fieles a Jesús, a través de María. “Dios Espíritu Santo quiere formarse elegidos en Ella y por medio de Ella y le dice “in electis meis mitte radices” (Ecl. 24, 12)”, escribe san Luis Gignion de Monfort (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, núm. 34), asegurándonos que sus devotos recibirán una fe firme e indestructible que les hará permanecer firmes y constantes en medio de todas las tempestades (ibid., núm. 214). Plinio Corrêa de Oliveira ha demostrado cómo la devoción mariana, no exterior ni inconstante sino firme y perseverante, es un factor decisivo en el confrontamiento de la Revolución con la Contra-revolución, que se hará cada vez más agudo en los tiempos oscuros que nos aguardan. María, mediatriz universal es, efectivamente, el canal por el cual pasan todas las gracias, y las gracias lloverán con abundancia sobre quien le reza y lucha por Ella (Rivoluzione e Contro-Rivoluzione, ed.italiana, Milán, Sugarco, 2009, pp. 319-332).

El gran archidiácono d’Evreux, Henri-Marie Boudon, en cuya espiritualidad se formó san Luis María de Monfort, escribía que, en las calamidades públicas, como las guerras o las epidemias, echamos la culpa a otros, cuando sería necesario echarnos la culpa a nosotros y a nuestros pecados: “Dios nos golpea para que lo contemplemos y nosotros, en cambio, no levantamos los ojos de las creaturas” (La dévotion aux saints angesCondé-su-Noireau, Clovis, 1998, p. 265). En estos días inquietantes, nos fatigamos buscando dónde está la mano de los hombres detrás de esta pandemia. Contentémonos con descubrir la mano de Dios. Y puesto que la Virgen, además de corredentora y mediatriz, es también reina del universo, no nos olvidemos que Dios le ha confiado la misión de intervenir en la historia, oponiéndose a la acción que lleva a cabo el demonio. Por esto es que, cuando el Señor flagela a la humanidad, el único refugio es María. De Ella recibe su fuerza quien no abandona su puesto sino que permanece en el campo para combatir la última batalla, la batalla por el triunfo de su Corazón Inmaculado.

sábado, 11 de abril de 2020

Meditación de Sábado Santo con San John Henry Newman

Con ocasión de este Sábado Santo, cuando esperamos con ansias la Resurrección de Nuestro Señor, les ofrecemos la traducción de un extracto del Discurso 16, intitulado "Nadie podía soportar ese peso, sino Dios", de San John Henry Newman (1801-1890), conocido cardenal y escritor inglés converso desde el anglicanismo. El texto fue publicado en inglés por The Catholic Thing y ha sido traducido por la Redacción. La imagen de la crucifixión está tomada de dicho artículo. 

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Nadie podía soportar ese peso, sino Dios

John Henry Newman

Cristo, queridos hermanos, tenía que llevar el peso del pecado, de vuestros pecados, de los pecados de todo el mundo. El pecado es algo fácil para nosotros: creemos que es poca cosa, y no entendemos cómo es que Dios puede considerarlo tan grave. Nos cuesta forzar nuestra imaginación a creer que el pecado merece un castigo y, cuando incluso en este mundo es castigado, encontramos para ello una explicación acomodaticia o simplemente dejamos de pensar en el tema.

Pero meditemos en qué es el pecado en sí mismo: es una rebelión contra Dios, es la acción de un traidor que aspira a derrocar y matar a su soberano; es algo que -para decirlo violentamente- sería suficiente para que el Rector del mundo dejara de serlo, si tal cosa fuera posible.

El pecado es el enemigo mortal del que es todo Santo, por lo que Él y el pecado no pueden coexistir. Y así como el que es todo Santo expulsa al pecado de su presencia y lo arroja a la oscuridad exterior, así, si Dios pudiera dejar de ser Dios, es el pecado el que sería capaz de producir semejante efecto. Observad aquí, hermanos, que cuando el Amor Todopoderoso tomó carne y entró en el sistema de lo creado y se sometió a sus leyes, inmediatamente el pecado, antagonista del bien y de la verdad, aprovechándose de la oportunidad, voló a esa carne que Él había tomado y se pegó a ella y fue la muerte de ella.

La envidia de los fariseos, la traición de Judas y el enloquecimiento del pueblo no fueron sino el instrumento o la expresión de la enemistad que el pecado sintió por la Pureza Eterna tan pronto como ésta, en su infinita misericordia con los hombres, se puso al alcance. El pecado no podía tocar la majestad Divina, pero sí podía asaltarla del modo en que Ella permitió ser asaltada, es decir, mediante su humanidad. Y aquí, en la muerte de Dios encarnado, se nos enseña, hermanos míos, qué cosa es el pecado en sí mismo, y qué es lo que, entonces, en su momento y según su fuerza, le ocurrió a su naturaleza humana, a la que Él le permitió llenarse de horror y rechazo con sólo pensar en lo que le esperaba.

San John Henry Newman
(Imagen: Citas)

Entonces, ahí, en aquella hora, la más horrible de todas, cayó de rodillas el Salvador del mundo, despojándose de las defensas de su Divinidad, despachando a sus ángeles renuentes que, en miríadas, estaban listos para acudir a su llamado. Y abriendo los brazos, desnudando el pecho, sin pecado como era, se ofreció al ataque de su enemigo, de un enemigo cuyo aliento es pestilente y cuyo abrazo es agonía. Helo allí, arrodillado, paralizado, inmóvil, mientras el vil y horrible enemigo envolvía su Espíritu con un manto empapado en todo lo que hay de odioso y horrible en los crímenes humanos, que le apretaron el Corazón, y le llenaron la Mente, y se le introdujeron por cada sentido y por cada poro del alma, y lo cubrieron con lepra moral hasta que casi sintió que Él mismo era aquello que jamás podría ser, y que el enemigo hubiera querido que fuera.

¡Ah, qué horror cuando Él se miró y no se reconoció, y se sintió como un pecador sucio y aborrecible, sintiendo vívidamente esa masa de corrupción que le chorreaba desde la cabeza y le bajaba hasta el borde mismo de sus ropas! ¡Oh, qué confusión cuando sintió como que sus manos, y pies y miembros y corazón eran los del Malo, y no los de Dios!

[...]

¿Son éstas las manos del Inmaculado Cordero de Dios, antes inocente, pero ahora enrojecido por miles de bárbaros hechos de sangre? ¿Son éstos sus labios, que no pronuncian oraciones y alabanzas y bendiciones, sino que están ahora como desfigurados por maldiciones, y blasfemias y doctrinas de demonios? ¿Son éstos sus ojos, profanados por todas las perversas visiones y las fascinaciones idolátricas por las que los hombres han abandonado a su adorable Creador? Y en sus oídos suenan ruidos de rebelión y de lucha, y su corazón está congelado por la avaricia y la crueldad y la increencia, y hasta su memoria está cargada con todos los pecados que se han cometido desde la caída original en todas las regiones del mundo, y con la soberbia de los antiguos gigantes, y con la lujuria de las cinco ciudades, y con la pertinacia de Egipto y con la ambición de Babel, y con la ingratitud y burla de Israel.

Ah, ¿quién no conoce la miseria de ser acosado por un pensamiento que vuelve una y otra vez, a pesar del rechazo, y que perturba, cuando no seduce; o la de una imaginación odiosa y enferma, claramente no nuestra sino hecha entrar en nosotros a la fuerza desde el exterior; o del conocimiento depravado, adquirido por propia culpa o sin ella, del que el hombre pagaría caro para verse libre de inmediato y de una vez para siempre? Y son adversarios como éstos, Señor bendito, los que ahora se agolpan a tu alrededor por millones, y llegan en números mayores que los de langostas o de gusanos devoradores, o son como el granizo, y las moscas y las ranas que fueran enviadas al Faraón.

He aquí todos los pecados, los de los vivos y los muertos y los aún no nacidos, los de quienes se salvan y quienes se condenan, los de tu Pueblo y los de los gentiles, los de los pecadores y los de los santos. Se cuentan aquí a los más queridos por Ti, tus santos y tus escogidos, tus tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, que no están aquí como consuelo sino como acusadores, como los amigos de Job “arrojando ceniza al cielo” y amontonando maldiciones sobre tu Cabeza. Todos están aquí, con una sola excepción, una sola, porque ella, la única que podía consolarte, no está aquí, porque no tiene parte con el pecado. Ella, que estará cerca de Ti en la cruz, está lejos de ti en el huerto. Ella ha sido tu compañera y tu confidente toda tu vida, ella ha intercambiado contigo pensamientos puros y santas meditaciones durante treinta años. Pero sus oídos virginales no pueden dar crédito ni su inmaculado corazón concebir la visión que en este momento se te ha puesto delante de los ojos.

Nadie puede soportar este peso, sino Dios. A veces, has hecho presente, a algunos de tus santos, la visión de un solo pecado, tal como aparece a la luz de tu presencia, o la de pecados veniales, no mortales;  y esos santos nos han referido que semejante vista casi los hizo morir o, más bien, los hubiera hecho morir si no se les hubiera quitado de los ojos.


La Madre de Dios, con toda su santidad o, precisamente por ella, no podría haber concebido ni uno solo de los que forman la innumerable progenie de Satán que ahora te rodea. Es la larga historia del mundo, y Dios es el único que puede resistir su peso. Esperanzas arruinadas, votos quebrados, iluminaciones sofocadas, advertencias despreciadas, oportunidades perdidas; inocentes traicionados, jóvenes obstinados, penitentes que recaen, justos derrotados, viejos que flaquean; la sofística de falsas creencias, la violencia de la pasión, la pertinacia de la soberbia, la tiranía del hábito, el gusano del remordimiento, la agotadora fiebre de los cuidados, la angustia de la vergüenza, el dolor del desengaño, la enfermedad de la desesperanza; todas estos espectáculos crueles, lastimosos, todas las escenas descorazonadoras, asquerosas, detestables, enloquecedoras; y más todavía: los rostros macilentos, los labios convulsos, las mejillas enrojecidas, el duro entrecejo de los esclavos voluntarios del mal, todo, todo esto está ahora delante de Él, sobre Él, en Él. Está con Él en vez de esa inefable paz que ha habitado su alma desde el momento de su concepción. Está sobre Él, es casi suyo; y grita al Padre como si É fuera el criminal, no la víctima; y su agonía toma la forma de la culpa y la compunción. Él se arrepiente, Él confiesa, Él ejerce la contrición con una realidad y una virtud infinitamente más grandes que la de todos los santos y penitentes juntos, porque Él es la única víctima por todos nosotros, la única Satisfacción, el verdadero Arrepentido, casi el verdadero pecador…

Todavía no ha bebido hasta el fin ese cáliz, del cual la debilidad de su naturaleza quiso alejarse. La detención y las acusaciones, y las bofetadas, y la prisión, y el juicio, y las burlas, y el ser acarreado de un lado para otro, y los azotes, y la corona de espinas, y la lenta marcha al Calvario, y la crucifixión: todo eso está todavía por venir. Un día y una noche, hora tras hora, todo pasa lentamente antes de que llegue el fin y se complete la satisfacción.