viernes, 15 de mayo de 2020

“Porque no te besaré como Judas”

Les ofrecemos un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski que aborda un gesto que puede pasar muchas desapercibido para los fieles que asisten a la Misa tradicional. Se trata del gran número de besos que el sacerdote da al altar, como símbolo de Cristo, durante toda la Misa. Ellos son la expresión de una actitud interior de oración y de amor por parte del celebrante, que previamente ha reconocido que es indigno de presentarse al altar y que sólo pone su confianza en Dios, la alegría de su juventud. Frente a esos besos, también hay otros, como aquel con el Judas señaló a Cristo la noche de su captura. 

El artículo fue publicado el Lunes Santo (6 de abril) de este año en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan el artículo original. 

***

“Porque no te besaré como Judas”: Besos sagrados y profanos

Peter Kwasniewski

La liturgia romana era, hace ya tiempo, llena de castos besos y abrazos, gestos de un amor que se apega al Señor con pureza y reverencia. “Es bueno adherirme al Señor” (Ps 72, 28). Como dice Michael Fiedrowicz en su libro The Traditional Mass: History, Form, andTheology of the Classical Roman Rite (recién publicado en Angelico Press):

“Con un intercambio de saludos (Dominus vobiscum Et cum spiritu tuo), seguido de un Oremus, concluyen las oraciones al pie del altar, luego de lo cual el sacerdote reza en silencio el resto de las oraciones mientras sube al altar y lo besa. En la primera de estas oraciones (Aufer a nobis) el sacerdote ora para que se le permita una vez más acercarse al altar sagrado con un corazón puro (ut ad Sancta sanctorum puris mereamur mentibus introire). Ya en el altar, el sacerdote reza una última oración de perdón mientras pone las manos sobre el altar e invoca la intercesión de los santos (Oramus te, Domine per merita sanctorum tuorum… ut indulgere digneris omnia peccata mea). El beso que da al altar junto con esto es signo de veneración de este lugar, que es símbolo de Cristo, y asegura al sacerdote y a los fieles el auxilio especialmente de aquellos santos cuyas reliquias están encerradas en el altar (quorum reliquiae hic sunt). Durante la celebración de la Misa, el sacerdote besa el altar ocho veces.



Ocho veces, como eco de las ocho bienaventuranzas por las que ascendemos al cielo, y de las ocho notas de la octava por la que ascendemos a la unidad, el octavo día de la gloria eterna.

En el libro In Sinu Jesu: When Heart Speaks to Heart - The Journal of a Priest at Prayer [In Sinu Jesu: cuando el corazón habla al corazón. Diario de un sacerdote que ora], el Señor pronuncia estas palabras, referidas al sacerdote en la Misa: 

Al besar el altar, se hace vulnerable a mi amor que todo lo traspasa. Al besar el altar, se abre sin reservas a todo lo que puedo darle y a todo lo que los designios de mi Corazón le tienen destinado en su vida. Besar el altar es total abandono a la santidad sacerdotal que yo quiero, y al cumplimiento de mis deseos para el alma de mi sacerdote. La santidad a la que llamo a mi sacerdote, a la que te llamo a ti, consiste en su total configuración conmigo tal como estoy delante de mi Padre en el santuario celestial, más allá del velo. Todo sacerdote mío debe ser, junto conmigo, sacerdote y víctima en la presencia de mi Padre. Todo sacerdote está llamado a comparecer ante el altar con los pies y manos traspasados, con el costado abierto y con la cabeza coronada, tal como lo estuvo mi cabeza en mi Pasión. No debes temer configurarte conmigo, porque te traerá sólo paz del corazón y gozo en la presencia de mi Padre, y esa intimidad única conmigo que, desde la noche antes de padecer, reservé para mis sacerdotes, mis escogidos, los amigos de mi corazón”.

En la reforma litúrgica hiper racionalista se suprimió casi todos estos besos. Sólo quedaron en su lugar el beso al comienzo y el beso al final.



En el Diario del Concilio Vaticano II de Henri de Lubac, se lee que el obispo Jenny, de Cambrai, que había sido miembro de la comisión litúrgica preparatoria y sería posteriormente importante miembro del Consilium, pronunció en el aula un discurso en el que pedía el acortamiento de las oraciones al pie del altar (demasiado largas, hay que avanzar, demasiadas preparaciones y arrepentimientos y demás), “menos oscula altaris, signa crucis, etc.” (besos del altar, signos de la cruz), así como también recitación audible de la secreta y del Canon, la abreviación de la fórmula para dar la comunión, del final de la Misa y de la despedida (por ejemplo, abolición del Ultimo Evangelio) y una simplificación general de la Misa pontifical[1]. He aquí un obispo que pensaba que había que había que proceder sumariamente con la fiesta de bodas a fin de poder enfrentar cosas más importantes, como el pago de las respectivas cuentas.

El obispo Zauner, de Linz, pronunció en el Concilio un discurso en que hace una glosa de Exodo 3, 5, “quítate las sandalias”, interpretando el texto como “desembarázate de oropeles”, y procede a aplicar esto a las costumbres y prácticas de la liturgia[2]. Así es como esta gente veía la Tradición… En otro discurso, un obispo de Vietnam dijo: “eliminemos el manípulo y el amito: inútiles”[3]. Como he mostrado en otro artículo, hubo muchos obispos que se opusieron con fuerza a tales recomendaciones y presentaron una vigorosa defensa de la Tradición y de la estabilidad litúrgica; pero sus voces quedaron ahogadas por los innovadores, que habían liderado la comisión preparatoria y que terminaron liderando el trabajo de Consilium. 

Es inevitable recordar los comentarios de Alice von Hildebrand, quien, cuando se le preguntó cómo era posible que los mismos clérigos que habían celebrado la Misa tradicional la hubieran descartado, respondió:

“El problema que nos llevó a la crisis actual no fue la Misa tradicional. El problema fue que los sacerdotes que la celebraban ya habían perdido el sentido de lo sobrenatural y de lo trascendente: volaban sobre las oraciones, las mascullaban, no las pronunciaban. Lo cual es un indicador de que habían introducido en la Misa su creciente secularismo. La antigua Misa no acepta faltas de respeto, y tal es la razón por la que tantos sacerdotes se pusieron felices cuando desapareció”.

¿Sería posible traducir todo esto al lenguaje del amor? Sólo por falta de amor al Señor en su manifestación litúrgica pudieron esos hombres permitirse el desmantelamiento y reconstrucción de ritos por los que mostramos tan íntimamente nuestro amor y reverencia hacia Él. Seguramente lo habrán hecho sin una vida interior profunda, alimentada en la liturgia y la lectio divina. Resplandece aquí ese ultimátum del Señor: no podéis servir a dos señores; escoged la Misa o el mundo; escoged una fidelidad siempre más profunda o el imposible proyecto de aggiornamento[4].



Tal como la naturaleza tiene horror al vacío, así ocurre también con lo sobrenatural. Si quitamos el amor sagrado, el amor profano o pervertido se apresurará a llenar el vacío que queda. En la mente de los reformadores, la gran aula de la Iglesia fue barrida y quedó limpia de los “desechos” de siglos, y a este espacio vacío se precipitaron siete demonios peores que cualquier mal que lo hubiera llenado anteriormente (cf. Lc 11, 26; Mt 12, 45). Los siete pecados capitales hicieron ahí su morada: el orgullo de las autoridades que hacían trizas de la Tradición; la vanidad del clero que se enseñoreaba de sus mesas-altar “a lo Cranmer”; la envidia que se tenía del mundo secular y el esfuerzo por vestirse y hablar como él; la codicia de los bienes mundanos y la gula en su consumo desmedido; la lujuria de actos obscenos, incluso contra natura, que llamaban a la venganza de Dios; la ira hacia todos los creyentes que osaran poner en duda la marcha forzada del Progreso. 

Un discípulo de Dom Columba Marmion, Dom Pius de Hemptinne, escribía en su diario el 23 de febrero de 1902: 

“Un beso puro es la gran muestra de amor. Se puede dar un beso por diferentes motivos, tal como hay diferentes clases de amor, pero siempre es señal de perfecta unión, de complacencia mutua y total […] Un beso verdadero, sincero y fiel es un acto noble, pero un beso falso es una infidelidad y, casi siempre, una traición. Esta señal de afecto debiera darse sólo entre personas unidas por la sangre o por el matrimonio. Entre amigos, debiera tener el significado sólo de una unión de almas, y no debiera tener en tal caso motivaciones sensuales. El beso de amistad es un signo tan grande y noble que se lo da alrededor del altar. He aquí el beso cristiano y, con estas condiciones, es tan puro y sublime como el amor mismo. Pero, ¿quién conoce el valor de un beso? Por todas partes se profana este signo, igual que el mismo amor”[5].

No hay territorio neutral en la Iglesia: en este mundo todos van convirtiéndose o en ovejas o en cabritos, en trigo o en cizaña, y así van llegando a su destino final. Existe el reino de Cristo, a quien besamos en el altar y a quien abrazamos en el estilizado abrazo de la Pax; y existe el reino de Judas que traiciona con un beso, remedado por todos los Judas posteriores, papales, episcopales, clericales, religiosos o laicos.

No estoy sosteniendo aquí que no existieron clérigos inmorales antes de la reforma litúrgica, porque, de otro modo, san Pedro Damián no hubiera escrito su tratado El libro de Gomorra[6]; ni sostengo tampoco que no existen clérigos santos y mortificados que apoyan y llevan a cabo el proyecto litúrgico post conciliar. Pero los actos por los que Pablo VI temerariamente dilapidó la tradición de la Iglesia y aprobó y realizó la supresión de cientos de gestos de fe, devoción, adoración y casto amor en la liturgia -incluidas las tres cuartas partes de los besos sagrados en el santo sacrificio de la Misa-, produjeron y seguirán produciendo frutos podridos con los que nos estamos sofocando. “Por la muchedumbre de tus iniquidades, en la injusticia de tu comercio, profanaste tus santuarios, y yo haré salir de en medio de ti un fuego devorador y te reduciré a cenizas sobre la tierra a los ojos de cuantos te miran” (Ez 28, 18).

“Te reduciré a cenizas sobre la tierra”. Esta semana [la Semana Santa de 2020] recordamos al inocente Cordero que llevó sobre sus hombros la muchedumbre de nuestras iniquidades, la injusticia de nuestro comercio, la profanación de nuestros santuarios. Él ha encendido un fuego en medio de nosotros que nos destruirá a nosotros o a nuestros pecados, según que nos adhiramos a nuestra maldad o la repudiemos arrepentidos. ¿Qué beso vamos a dar: el redoblado beso del amigo casto, o el beso traidor del vil mercader?




[1] De Lubac, H., Vatican Council Notebooks (trad. de Andrew Stefanelli y Anne Englund Nash, San Francisco, Ignatius Press, 2015), t. 1, p. 236.

[2] De Lubac, Vatican Council Notebooks, cit., t. 1, p. 242.

[3] De Lubac, Vatican Council Notebooks, cit., t. 1, p. 277.

[4] Es imposible porque, como dice Newman, es un proyecto sin un término natural, y no existe modo de saber si se encamina en la dirección correcta o no, o si ha ido demasiado lejos. “Se han hecho esfuerzos para alterar la liturgia. Queridos hermanos, les ruego que consideren conmigo si no debieran oponerse a la alteración de una sola coma o iota de ella… Una vez que se comienza a alterarla, no hay razón ni justificación para detenerse, hasta que las críticas de todos los sectores hayan sido satisfechas. Y así, ¿no quedará la liturgia en la desgraciada situación que describe la historia, bien conocida, de la pintura que el artista deja abierta a las sugerencias de los transeúntes? [...] Pero esto no es todo. Crece en el espíritu el gusto de criticar. Cuando comenzamos a analizar y desmontar, nuestro juicio se muestra perplejo y nuestros sentimientos se inquietan. […] Pero, en lo que se refiere a nosotros, el clero, ¿cuál será en nosotros el efecto de este espíritu de innovación? Nosotros tenemos el poder de producir cambios en la liturgia. ¿Vamos a dejar de ejercerlo? ¿Tenemos alguna seguridad de que, si comenzamos, vamos a terminar jamás? ¿Pasaremos de las cosas no esenciales a las esenciales? Y luego, mirando retrospectivamente, una vez que el daño está hecho, ¿cómo podremos excusarnos por haber alentado el comienzo de estas actividades? (Newman, J. H., On Worship, Reverence, and Ritual [ed. de Peter Kwasniewski, Os Justi Press, 2019, pp. 1-2).

[5] A Disciple of Dom Marmion, Dom Pius de Hemptinne: Letters and Spiritual Writings, trad. Benedictines of Teignmouth (Londres, Sands & Co., 1935), carta del 23 de febrero de 1902, p. 140.

[6] Véase The Book of Gomorrah and St. Peter Damian's Struggle Against Ecclesiastical Corruption, trad. de Matthew Hoffman (s. l., Ite ad Thomam Books and Media, 2015).

sábado, 9 de mayo de 2020

Desprecio por la comunión y mecanización de la Misa

Les ofrecemos un artículo publicado ayer por el Dr. Peter Kwasniewski, donde aborda el desprecio hacia el Santísimo Sacramento que traen consigo las prácticas puestas en marcha con la reapertura de las iglesias y la reanudación del culto público en medio de la pandemia de COVID-19.  Esto es especialmente grave con la imposición que se quiere hacer de la comunión en la mano, práctica que es contraria al derecho canónico. Según el código de 1983, una ley eclesiástica no puede prevalecer contra una costumbre centenaria (canon 26). Pues bien, la propia Sede Apostólica ha reconocido que la comunión recibida en la boca es la manera tradicional de recibirla en la Iglesia latina (por ejemplo, Congregación para el Culto Divino, Notificación sobre la comunión en la mano, Prot. núm. 720/85, de 3 de abril de 1985), de suerte que otras formas de distribuirla son sólo toleradas y no pueden ser impuestas. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan el artículo original. 

***

Desprecio por la comunión y mecanización de la Misa

Peter Kwasniewski

Rube Goldberg, Professor Butts and the Self-Operating Napkin (1931)


El 6 de mayo pasado publiqué en OnePeterFive un artículo con el título Bishops Cannot Mandate Communion on the Hand or Forbid Communion on the Tongue [“Los obispos no pueden mandar que se reciba la comunión en la mano ni prohibir la comunión en la lengua”]. Aprovechando y aumentando el material publicado primeramente en New Liturgical Movement el 29 de febrero y el 2 de marzo pasados, mi propósito fue compilar en un solo lugar los testimonios sobre la norma universal de la Iglesia sobre el derecho que tienen los fieles -rectamente dispuestos- a recibir la sagrada comunión en la lengua, cosa que es y sigue siendo la norma.

Algunos han contestado este artículo diciendo: “Todo eso está muy bien, pero con toda seguridad los obispos seguirán haciendo lo que han hecho hasta aquí, tengan o no autoridad para ello”. De hecho, y en contra de la política del Thomistic Institut recomendada por la Conferencia Episcopal estadounidense, muchas diócesis han hecho públicas estas ilegales decisiones que se quiere imponer al clero y fieles apelando a la “obediencia” (la situación actual nos hace volver a pensar, cada vez con mayor claridad, la total ausencia de un pensamiento claro y sano sobre qué es la virtud de la obediencia y qué no es. Recomiendo, al respecto, este estupendo artículo sobre el tema, como también este otro, más corto).

Mi respuesta aquí es que resulta positivamente un beneficio saber que ciertas decisiones son ilegales: como ha enseñado siempre la Iglesia, una ley injusta no obliga a la conciencia. No es una novedad que demasiados obispos se han acostumbrado a modos ilegales de actuar, sin que les importe lo que el Vaticano (ni siquiera el Código de Derecho Canónico) puedan decir. Los católicos que aman la tradición han tenido que enfrentarse con esto por más de medio siglo, especialmente después de 1984 (Quattuor ab hinc annos), 1988 (Ecclesia Dei Adflicta), 2007 (Summorum Pontificum y Con Grande Fiducia), y 2011 (Universae Ecclesiae).


Ha estado circulando un video en que un joven abogado canonista trata de convencernos de que los obispos tienen derecho, en situaciones de emergencia, de suspender una norma universal. Es típico que tales justificaciones invocan, con toda frescura, “el bien común” para arrasar con cualquier cosa que les estorbe el paso. Es precisamente este tipo de comportamiento el que ha hecho que la expresión “bien común” adquiera un aire fascista, como si fuéramos hormigas en un hormiguero, haciendo fila a la espera de ser sacrificadas por el bien común de éste. El P. Zuhlsdorf ha refutado limpiamente al canonista y se ha hecho cargo, a continuación, de cuestiones más importantes.

No me sorprendió oír, de una amiga alemana, que los obispos de Alemania han llegado ya a prohibir la comunión en la lengua en varias diócesis de ese país, y especula mi amiga que, si no es posible para los fieles comulgar en la lengua en Misas tradicionales, se irán en grandes números a la FSSPX, si en ésta el tema se aborda de un modo diferente. Y me envió unas impresionantes fotos de diferentes “métodos seguros” que se ha propuesto para distribuir la comunión, todos los cuales evidencian una inmensa falta de respeto por el Señor y por su Pueblo, una pérdida absoluta del sentido de lo sagrado, ninguna conciencia de lo que resulta apropiado, una total falta de sentido común y de fe sobrenatural.

 El método "detrás del polimetilmetacrilato"

El método "detenerse y dejar caer" 

 El método "estirar y atrapar"

El método de las pinzas

Al ver esas fotos, nos vienen a la memoria algunos comentarios recientes del Cardenal Sarah a propósito de una propuesta en Italia “de que las hostias sean puestas en bolsas de plástico para ser consagradas por el sacerdote y dejadas luego en un estante para que la gente las tome”. El Cardenal Sarah ha dicho que las soluciones no pueden implicar “la desecración de la Eucaristía”. 

Ello es absolutamente imposible: Dios merece respeto, no se lo puede meter en una bolsa plástica. Ignoro a quién se le habrá ocurrido este absurdo, pero aunque es verdad que la privación de la Eucaristía es ciertamente algo doloroso, no se puede negociar sobre el modo de recibirla. Debemos comulgar de un modo solemne, digno de Dios que viene a nosotros. Hay que tratar la Eucaristía con fe, no como un objeto trivial, no estamos en un supermercado. Esto es una locura.

Se tiene la misma sensación con las fotos que llegan desde Alemania. Sería muchísimo mejor no distribuir al Señor en la comunión que someter el Santísimo Sacramento a soluciones tan humillantes. Nunca había quedado tan claro que al Novus Ordo se lo concibe como una “máquina sacramental de distribución”: los fieles tienen que acercarse y retirar su parte, o quizá podrían usar el delivery que ofrece Amazon Prime (sería preferible quedarse en casa y rezar Prima).

Mecanización (1982), de Kestutis

Como dice el P. Zuhlsdorf, hoy, más que nunca, los católicos debieran recuperar la conciencia de que el Santo Sacrificio de la Misa es el acto más alto, más noble, más solemne y más tremendo de la Iglesia, que Cristo ofrece al Padre y que ofrecemos nosotros, unidos a Él, a la Santísima Trinidad. Su valor es intrínseco. Pero esta verdad sólo se hace visible en la forma tridentina de la Misa; de otro modo, se arrasa con ella.

Mi corresponsal alemana escribe a continuación:

“Si éstas son las únicas formas posibles en la Corona-época, mejor es limitarse a la comunión espiritual. Pero existen también católicos tradicionalistas o conservadores muy astutos que dicen: “De acuerdo con los decretos episcopales, la  prohibición de la comunión oral se refiere sólo a DURANTE la Santa Misa”. Así que durante la Misa hacen una comunión espiritual mientras el sacerdote comulga en el altar y luego, cinco minutos después de la bendición final, los fieles se acercan al altar a recibir la comunión en la lengua. Y esto es lo que yo recomendaría al clero cuyas conciencias pudieran estar inquietas (seguiría recomendando también lo que digo en mi artículo Restoring Liturgical Tradition after the Pandemic [“Restauración de la tradición litúrgica después de la pandemia”]).

Otro amigo mío me escribió esta lamentabilísima historia:

“¿Qué hemos de hacer los laicos frente a un sacerdote “que obedece a su obispo” y que rehúsa a entregar a Jesús en la lengua? Me ocurrió esto esta mañana y quedé devastado: un sacerdote visitante rehusó darme a Jesús en la lengua. Le dije que no podía recibirlo en la mano (cosa que es anatema para mí). Me contestó, “okay”, y me incorporé y me fui. Volví a mi oficina y lloré. Nunca antes me habían rehusado la comunión, y esto me hirió profundamente. Entiendo que él piensa que obedece al obispo, y así estamos: dos personas atrapadas entre dos paredes, y Jesús  rehén en el Sacramento. ¿Qué vamos a hacer?”

Admiro la integridad de este católico. Si estamos convencidos en conciencia de que recibir la comunión en la mano es indigno del Señor por la normal pérdida de fragmentos (como se demuestra en este artículo) y por el daño acumulativo que causa el pasar por alto la diferencia entre clero y laicos, no tomaremos parte, por razón alguna, en alentar la práctica de la comunión en la mano, porque seríamos culpables de consecuencialismo, vale decir, buscar un fin bueno mediante un medio malo. Hemos de recibir más gracias del Señor por la práctica de un celo desinteresado por su honor divino que si entramos en un compromiso por el deseo egoísta de obtener un sacramento.

Flannery O’Connor relata un incidente que ocurrió durante el curso de una conversación:

“Bueno, hacia la mañana la conversación se volcó hacia la Eucaristía, que, por ser católica, yo tenía obviamente que defender. La Sra. Broadwater dijo que, cuando era niña había comulgado y había pensado que era el Espíritu Santo, ya que es la Persona más transportable de la Santísima Trinidad. Pero ahora pensaba que se trataba de un símbolo, y dejó entender que lo consideraba uno muy bueno. Entonces dije, con una voz muy temblorosa: bien, si se trata de un símbolo, ¡al diablo con él!”

Podríamos convertir lo anterior en una formulación positiva: “Si se trata de más que de un símbolo -si se trata del Señor mismo- ¡al cielo con Él!”. Rodeemos al Sanctissimum de gloria, alabanza y honor. Tratémoslo con el mismo afecto con el que la Virgen trató al Señor en su Natividad, con el mismo tierno amor de las mujeres que lavaron sus pies y limpiaron su cara ensangrentada, con la misma humilde adoración con que Santo Tomás lo recibió después de su Resurrección, con el mismo honor que dan al Rey innumerables ejércitos de ángeles y de santos en su eterna corte del cielo. Ningún bien finito, ningún mal finito debiera servir de excusa para una liturgia necia, irrespetuosa, sacrílega.

Con todo, para responder a la pregunta de mi corresponsal, hay varias cosas que podemos hacer.

1. Podemos ofrecer al Señor nuestro sufrimiento de vernos privados de nuestro derecho canónico como fieles, y tratar de hacer fervientes comuniones espirituales hasta que se alcen esas medidas tan poco razonables.

2. Entre tanto, podemos escribir cartas respetuosas a nuestro obispo y a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, explicando, todo lo brevemente que se pueda, por qué queremos ejercer nuestro derecho a comulgar en la lengua. Vale la pena hacer presente que no existe absolutamente ninguna prueba de que, administrada como corresponde (o sea, a fieles arrodillados, cuyas bocas están a una altura conveniente), la comunión en la lengua es en nada menos higiénica que la comunión en la mano; al contrario, existen buenas razones para pensar que lo opuesto es lo verdadero. No hace falta hacer largos discursos sobre los innumerables males que causa la comunión en la mano.

3. Podemos asistir a una liturgia en otra parte, en alguna parroquia donde se distribuye la comunión reverentemente. Las liturgias orientales son una buena opción, dependiendo de qué decidan hacer, ya que son independientes de la jerarquía católica.

4. Como queda dicho, podemos llegar a un acuerdo con buenos clérigos que estén dispuestos a darnos la comunión fuera de la Misa en la forma tradicional.

Paciencia, perseverancia y cortesía habrán de ser nuestras tres armas para abrirnos paso en estos tiempos tremendamente desafiantes. Habrá retrocesos, pero no debemos ceder jamás en cuanto al digno tratamiento que se debe dar al Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar. Como escribía la Madre Mectilde del Santísimo Sacramento (1614-1698) en su libro El misterio del amor incomprensible:

“¿Puede haber algo más grande [que la Sagrada Eucaristía]? ¿Acaso Nuestro Señor no ha llevado su amor hasta el exceso? ¡Ah!, si tuviéramos la fe para creerlo, y si pensáramos en cómo recibimos al Dios de infinita majestad, que lo es verdaderamente, ¿no nos abrumaría el respeto?”.

Dejemos que estas dos preguntas calen en nosotros.

martes, 5 de mayo de 2020

FIUV: Comunicado de prensa sobre los decretos de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre nuevos prefacios y santos para la forma extraordinaria

Comunicado de prensa 

Decretos de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre nuevos prefacios y santos para la forma extraordinaria

Del presidente y consejeros de FIUV

26 de marzo de 2020



Ayer la Congregación para la Doctrina de la Fe, que ejerce actualmente las funciones de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, ha publicado dos decretos, uno sobre prefacios que se añade al Misal de 1962 (Quo Magis), y otro sobre la posibilidad de que se celebren Misas de los santos canonizados después de 1962 (Cum Sanctissima) (véase aquí un resumen en español).

La Federación Internacional Una Voce fue consultada en ambos casos, y quisiéramos agradecer a la Congregación para la Doctrina de la Fe por tomar en consideración las opiniones de nuestros miembros en la confección de estos decretos. 

La Federación se congratula especialmente por la posibilidad de conmemorar litúrgicamente a los santos canonizados después de 1962, sin que ello altere excesivamente el calendario santoral, tal como nos ha sido transmitido. Deseamos, sin embargo, dar a conocer dos notas de precaución.

Sobre los prefacios, advertimos que la Nota que presenta al decreto explica que tres de los siete prefacios ahora admitidos, pertenecen a la tradición “neogalicana” (de origen francés en el siglo XVIII), y que los otros cuatro son prefacios en uso en la forma ordinaria, aunque no compuestos enteramente para la Misa reformada: “su sección central, conocida como “embolismo”, aparece en antiguas fuentes litúrgicas”.

Lo anterior implica que esos antiguos prefacios se han adaptado para usarse en la forma ordinaria, procedimiento que los hace menos, no más, conformes con el espíritu de la forma extraordinaria. Si el valor de tales prefacios descansa en su antigüedad, no queda claro qué se gana con usarlos en la forma extraordinaria tomándolos con una redacción hecha para hacerlos conformes con los temas y preferencias de la forma ordinaria.

Además, quisiéramos apelar a los sacerdotes que celebran la forma extraordinaria para que tengan en cuenta la gran antigüedad, la importancia teológica y la centralidad, para la antigua tradición litúrgica romana, del prefacio del domingo de la Santísima Trinidad y del prefacio común, cuyo uso se haría menos frecuente si se empleara sistemáticamente los nuevos prefacios opcionales. Estos dos prefacios han tenido tal centralidad en la celebración de la Misa antigua hasta hoy que rebajar su importancia a la de meras opciones entre otros prefacios significaría hacer un cambio fundamental en el equilibrio de textos e ideas teológicas que el Misal presenta a los fieles durante el curso del año.

Respecto de los santos, advertimos que la lista de santos que se celebra como fiestas de 3ª clase sigue siendo obligatoria. Reconocemos que, a fin de hacer posible la celebración de nuevos santos, es necesario crear para ellos un espacio, y suscribimos el método propuesto. Sin embargo, tenemos reservas sobre la composición de dicha lista. 

Con especial desaliento advertimos que los únicos santos varones en la lista son los santos Cosme y Damián. Esto parece ser una omisión que pide ser corregida, particularmente por que la lista excluida comprende varones importantes para el desarrollo de sus países: san Luis de Francia, san Esteban de Hungría, san Enrique Emperador de Alemania, san Eduardo el Confesor en Inglaterra, y san Wenceslao en Bohemia, ejemplos descollantes de la vocación de los laicos a “penetrar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu del Evangelio” .

Del mismo modo, están absolutamente ausentes las fundadoras de órdenes religiosas, como santa Ángela de Merici, santa Juliana Falconieri, y santa Juana Francisca de Chantal.

Aunque vemos con agrado que hay dos viudas en la lista -santa Mónica y santa Francisca Romana- parecería que, en general, se ha puesto a un lado, como de importancia marginal, las vocaciones no clericales, tanto de la vida activa como religiosa, que están ricamente representadas en el calendario santoral antiguo. 

Otra categoría que está pobremente representada en la lista es la de los doctores de la Iglesia. Se ha excluido a algunos de la mayor importancia, como san Isidoro, san Juan Damasceno, san Beda y san Ireneo.

Pareciera que el desequilibrio de la lista de santos obligatorios es herencia de la lista de memorias no opcionales del ciclo santoral de la forma ordinaria, a la que se parece muchísimo. No debiera permitirse que la ausencia de interés en las vocaciones laicales y en los doctores de la Iglesia, tal como se dio en los reformadores de la década de 1960, distorsione la presentación del gran patrimonio de santos de la Iglesia en las celebraciones actuales de la forma extraordinaria. 

Quisiéramos pedir a los sacerdotes que celebran la forma extraordinaria que, al decidir echar mano de la opción de celebrar a los santos últimamente canonizados, consideren cuidadosamente el equilibrio de las categorías de los santos, la importancia, representada por los santos más antiguos, de mantener la conexión con el pasado lejano, y el valor de las fiestas devocionales marianas, que se ha hecho ahora opcionales, como el caso de Nuestra Señora de Lourdes y de la Presentación de la Virgen. 

Como un ejemplo de las fiestas cuya celebración consideramos como especialmente dignas de seguir siendo celebradas, damos la siguiente lista, no exhaustiva.

14/01 San Hilario 
10/02 Santa Escolástica
11/02 Aparición de la Santísima Virgen en Lourdes
17/03 San Patricio
04/04 San Isidoro
27/05 San Beda
03/07 San Ireneo
15/07 San Enrique, emperador
25/08 San Luis, rey de Francia
30/08 Santa Rosa de Lima
02/09 San Esteban, rey de Hungría
28/09 San Wenceslao, duque y mártir
08/10 San Brígida, viuda
13/10 San Eduardo, rey de Inglaterra
24/10 San Rafael Arcángel
15/11 San Alberto Magno
21/11 Presentación de la Santísima Virgen
25/11 Santa Catalina de Alejandría

Nota de la Redacción: Este texto es una traducción del comunicado oficial en inglés publicado por la Federación Internacional Una Voce. En su momento, cuando aparecieron los dos decretos aquí referidos, nuestra Asociación publicó una entrada dando noticia de su contenido, que es facultativo para los sacerdotes que celebran según la forma extraordinaria. 

domingo, 3 de mayo de 2020

Las transmisiones en vivo y la Misa reformada

Compartimos con nuestros lectores un nuevo artículo del Dr Peter Kwasniewski, que es continuación de otro publicado el pasado miércoles 29 de abril. El autor vuelve a insistir sobre la importancia de la correcta orientación litúrgica de las Misas celebradas en estos tiempos de pandemia, y también sobre el sentido que ella tiene, el cual es mucho más profundo que el mero acto de observar lo que ocurre en el altar.  

El artículo fue publicado originalmente en Life Site News y ha sido traducido por la Redacción. 

***

La transmisión en vivo de la Misa durante la pandemia hace resaltar la debilidad de la liturgia del Vaticano II

Peter Kwasniewski

Lamenta Walter Hoeres que muchos liturgistas actualmente “comprenden la Misa no tanto como un acto de culto, como un sacrificio, sino como una obra de Dios para con el hombre, entendiendo, contrariamente a todos los grandes teólogos y concilios, que nuestra preocupación no es tanto dar culto y adorar al Todopoderoso con un sacrificio propiciatorio, sino el bien del hombre”.

¿Cuán a menudo nos hemos topado con esta mentalidad: la liturgia como un taller de autoseguridad, como un concurso de talentos colectivo, como un escenario para que los regalones emocionen a sus abuelitas, como un comentario de actualidad (especialmente con las oraciones de los fieles al estilo Greta Thunberg), o como cualquier cosa menos como el tremendo misterio del sacrificio de la cruz, por el cual adoramos al Padre en espíritu y en verdad?

En un artículo enviado el 13 de abril a New Liturgical Movement intitulado “Lo absurdo del 'versus populum' y el recogimiento del 'ad orientem' en latransmisión en vivo por Internet”, he hablado precisamente de cómo este muy extraño momento de nuestra historia, cuando la gran mayoría de los católicos se ve constreñida a orar en su propia casa, leyendo su misal o alrededor del aparato de televisión, ha hecho sentir, vívidamente, el contraste que menciona Hoeres.

(Imagen del artículo original)

El R.P. Rogers acaricia con una sonrisa amplia la fría cámara mientras conduce a su grey a los pastos de una sentimentalidad en tonos pastel: este episodio se refiere al bien (aunque entendido en un sentido estrecho).

Por otra parte, unos cuantos cliqueos sobre el ratón del ordenador lo transportan a uno a la Misa de Presantificados del solemne Viernes Santo del Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote. El Rvdo. Padre, asistido por el diácono con una ancha estola, ignora la cámara al dirigirse hacia el altar, que es su foco y el nuestro. Apenas alcanzamos a divisar su rostro, no hacemos con él contacto ocular, nos sentimos -¡bendita sea!- excluidos de su atención. Nos consuela y nos alienta saber que él nos tiene presentes, al menos en términos generales, ya que va rogando insistentemente a Dios que nos conceda su misericordia y su gracia, que es exactamente todo lo que necesitamos para nuestro auténtico bien humano. Una liturgia como ésta conduce a los fieles hacia la oración contemplativa.

“Señor, es bueno estar aquí” (Mt. 17, 4). Este comentario de san Pedro en el monte Tabor adquiere un melancólico sabor en estos momentos. Quien mira la transmisión en vivo de la Misa está realmente aquí, en el salón de su casa más o menos desordenado o en su oficina, y no allí, donde la Misa (o cualquier otra ceremonia religiosa) tiene lugar en la Presencia Real de Dios. Nos da una idea de lo que es estar afuera mirando lo que pasa adentro, como un converso que aguarda ser bautizado, añorando sentir que se desliza por su cabeza el agua fresca o que le ungen la frente con el óleo; como un hambriento que ha tenido ya demasiadas comidas imaginarias y quiere hundir los dientes en un trozo de carne y beber una pinta de cerveza. “Señor, es bueno estar…bueno, aquí; en realidad, allá”.

Todo lo que el Señor quiere o permite en su Providencia es para el bien de aquellos a quienes ama (cfr. Rom. 8, 28). ¿Cuáles son algunas de las hermosas e invaluables lecciones que podemos recibir de estos tiempos?

Primero, el estar realmente presentes en la Misa constituye una cosa totalmente diferente, ya que, en tal caso, el Señor mismo se nos hace realmente presente. La Iglesia ha repudiado la antigua herejía del docetismo, que sostenía que la humanidad de Jesús era meramente aparente, una especie de ilusión holográfica producida por el poder divino. Si nos encontráramos ante una elección radical entre las dos cosas, arrojaríamos nuestro aparato de televisión al basurero a fin de poder asistir en persona a la Misa y poner nuestros cuerpos en contacto con el Cuerpo glorificado de Cristo. Porque “la carne de Cristo es el gozne de la salvación”, como dice Tertuliano: si Él no ha resucitado en la carne, vana es nuestra fe (cfr. 1 Cor. 15, 14).

Segundo, este tiempo de separación nos recuerda que nosotros, los fieles, somos también parte del signo eucarístico. Lo que quiero decir es esto: Cristo instituyó la Eucaristía no sólo como un objeto de adoración -cosa que por cierto es-, sino también como un medio de unirnos a nosotros consigo mismo en un solo Cuerpo Místico, la Iglesia. Por eso santo Tomás de Aquino dice que la res tantum, o sea, la realidad significada por la Eucaristía, es la unidad del Cuerpo Místico de Cristo: el sacramento nos conduce a nuestra comunión final con Cristo y los santos en los cielos. De ahí que sea simbólicamente importante para nosotros estar presentes en la Misa: cuando estamos físicamente presentes en un lugar adorando encabezados por el sacerdote que simboliza a Cristo el Sumo Sacerdote y actúa por Él, formamos parte de una imagen visible del Cuerpo Místico que estamos llamados a constituír, Cabeza y miembros. Cuando los fieles están dispersos por los cuatro puntos cardinales, no están, en ese momento, mostrando en sí mismos la unidad final que Cristo vino a traernos y a hacer posible que nosotros viniéramos a ella. La Misa es verdaderamente un acto social o colectivo, aunque, en la manera de celebrarse, jamás se reduzca a una función horizontal.



Tercero, nuestra Tradición da forma al modo en que ofrecemos la Misa, precisamente en el sentido de mantener “en acto” los muchos aspectos de la fe y relacionarlos unos con otros adecuadamente. Así, una celebración de la Misa en que los fieles parecieran orientados hacia el hombre individual que Él se digna usar como instrumento, más que hacia el propio Cristo, el Sumo Sacerdote, sería un error y podría considerársela sacrílega en la medida en que aparta de la soberanía y centralidad de Cristo. Esta es la razón por la que la liturgia celebrada versus populum es un problema tan enorme, aumentado mil veces por la pantalla: el ministro se convierte en el centro de la atención.

La Misa es el lugar, en este valle de lágrimas, donde no sólo queda expresado ritualmente el hecho de que no nos pertenecemos a nosotros mismos sino a alguien más, sino donde, además, ello se pone por obra: “No os pertenecéis a vosotros mismos; habéis sido comprados a gran precio” (1 Cor. 6, 19). La única manera en que el hombre es sanado, elevado, salvado, es mediante el culto y la glorificación de Dios realizados sin autorreferencia; la única vía a la plenitud, a la adquisición de algo que sea verdaderamente digno de ese nombre, es el sacrificio propiciatorio de Cristo, que hace al pecador capaz de unirse a Dios en amistad. Estamos llamados a ser como Él en todos estos modos, a ser re-creados en Él, “para alabanza de la gloria de su gracia, que nos concedió generosamente en el Amado” (Ef. 1, 6). La Misa pertenece al Amado, al Novio, no al amigo del novio (cfr. Jn. 3, 29).

A aquellos que entran en el misterio de unidad, simbolizado y verdaderamente contenido en la Eucaristía, la liturgia les promete un re-hacerse a sí mismos según la imagen de Cristo, Imagen Perfecta del Padre. Con las prácticas litúrgicas tradicionales somos desconfigurados por unas exigencias ascéticas y rituales que nos sacan de nuestra “zona de seguridad” a fin de poder ser re-configurados, re-creados, no según nuestras propias concepciones de la forma adecuada y la materia conveniente al “Hombre Moderno”, sino según la forma y materia del Señor, en relación con Quien somos como el barro en manos del alfarero. A lo largo de la historia de la Iglesia, el Señor nos ha conducido, por su Espíritu Santo, a ver, desear y llevar a cabo el culto correcto.

Sin un foco teocéntrico, la liturgia no hace sino validar el engaño colectivo de la comunidad, reemplazando la zarza ardiente por llamas tibionas. Mientras las circunstancias nos obliguen a seguir la liturgia “desde lejos”, debiéramos recurrir a los misales o libros de oraciones tradicionales y, si nos resulta provechoso meditar y orar con las transmisiones en vivo, debiéramos proponernos mirar las liturgias que son penamente tradicionales en sus textos, en su espíritu, en su belleza y, sobre todo, en su orientación en el sentido geográfico: orientación hacia oriente, hacia el este. Como dice la antífona del Benedictus de la Vigilia Pascual: “Y muy temprano, el primer día de la semana, salido ya el sol [orto iam sole], vinieron al sepulcro, aleluya”.

Que el Sol de Justicia, que vendrá “de oriente” al fin de los tiempos (Mt. 24, 27), tenga piedad de nosotros y conduzca a su pueblo de vuelta al puerto de la Tradición.

Nota de la Redacción: También existe una traducción castellana de este artículo publicada en Marchando Religión

viernes, 1 de mayo de 2020

Octava por la Restauración Litúrgica (1° a 8 de mayo de 2020)

Invitamos a nuestros fieles y lectores a sumarse a la Octava para la restauración litúrgica de la que dio noticia ayer el Dr. Peter Kwasniewski, asiduo de esta bitácora. Ella consiste en rezar durante 8 días a contar de hoy (1° de mayo) unas oraciones que fueron suprimidas con las reformas de Pío XII y Juan XXIII. El texto fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. 

***

Invitación a adherir a la “Octava por la Restauración Litúrgica”, 1 a 8 de mayo, 2020

Peter Kwasniewski


Algunos activos tradicionalistas de Australia y Nueva Zelanda han propuesto que, desde el 1° de mayo hasta el 8 del mismo mes, los partidarios del usus antiquior observen una “Octava por la restauración litúrgica”. Esta semana es, en efecto, una de las más dañadas bajo los papas Pío XII y Juan XXIII.

En ella se perdió la antigua referencia del 1 de mayo a “Pip n’ Jim” [Nota de la Redacción: así se denominaba coloquialmente en los países de habla inglesa a la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, que se celebraba en este día], para ser reemplazada por una fiesta “obrerista” destinada a competir con el Día Internacional de los Trabajadores, patrocinada por los comunistas. Pero la verdad es que dicha competencia no tuvo nunca éxito. La antigua fiesta de la “Invención de la Santa Cruz”, del 3 de mayo, fue abolida, como lo fue igualmente la antigua fiesta de “San Juan ante la Puerta Latina”, que conmemoraba el intento de martirio del Discípulo Amado. La octava propuesta culminaría con la “Aparición de San Miguel Arcángel” del 8 de mayo, suprimida también del calendario general. Todo esto ocurrió incluso antes de la devastación global efectuada en el calendario por ese “trío de dementes” (como los llamó Louis Bouyer), cuyo trabajo fue aprobado por Pablo VI (las otras cuatro fiestas de estos días -San Atanasio, Santa Mónica, San Pío V y San Estanislao- siguieron en sus fechas tradicionales en el Missale Romanum de 1962).

Esta octava se observaría de dos modos: primero, celebrando en sus fechas las fiestas suprimidas; segundo, rezando privadamente la Colecta que se perdió en la inconsulta reforma de la Semana Santa hecha por Pío XII (el texto de la colecta aparece en la imagen que acompaña a este post). En esta forma, la octava podría transformarse en un especial tiempo de oración anual por la restauración de la plenitud del rito romano.

Los laicos puede fácilmente seguir dichas fiestas con el “Misal diario y vesperal” de Dom Gaspar Lefebvre (undécima edición de 1946) o algún otro misal de ese año o años anteriores.

Colecta de la segunda profecía de la Vigilia Pascual (anterior a la reforma de 1955)

Oremos. Doblemos la rodilla. Levantaos. 

¡Oh Dios!, poder inmutable y luz eterna; atiende propicio al misterio admirable de toda tu Iglesia y obra suavemente la salvación del género humano con el auxilio constante de tu gracia: para que todo el mundo conozca y vea que se levanta lo caído y se renueva lo viejo y todas las cosas se reintegra a su estado primitivo por el mismo que les dio el ser, tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor: Que Contigo vive y reina. Amén. 

Nota de la Redacción: La traducción de la colecta proviene del Misal completo latino-español para el uso de los fieles preparado por el R.P. Valentín Sánchez Ruiz S.J. (Madrid, Apostolado de la Prensa, 7a ed., 1949).