Cabe recordar que en su día dedicamos una entrada de esta bitácora al significado que tiene la Misa de siempre para los niños.
sábado, 20 de marzo de 2021
FIUV 30: La participación de los niños en la forma extraordinaria
Cabe recordar que en su día dedicamos una entrada de esta bitácora al significado que tiene la Misa de siempre para los niños.
miércoles, 17 de marzo de 2021
Cuarto Domingo de Cuaresma
El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (San Juan 6, 1-15):
“En aquel tiempo, pasó Jesús a la otra parte del mar de Galilea, que es el lago Tiberíades, y le seguía una grande multitud de gente, porque veían los milagros que hacía con los enfermos. Subió, pues Jesús a un monte, y sentóse allí con sus discípulos. Acercábase ya la Pascua, día de gran fiesta para los judíos. Habiendo, pues, alzado Jesús los ojos, y viendo que venía a Si tan gran multitud, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para que coma esta gente? Esto lo decía para probarlo, pues Él sabía bien lo que había de hacer. Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no les alcanzan para que cada uno tome un bocado. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, mas ¿qué es esto para tanta gente? Pero Jesús dijo: Haced sentar a esas gentes. En aquel lugar había mucha hierba. Sentáronse, pues, como unos cinco mil hombres. Tomó entonces Jesús los panes, y habiendo dado gracias a su Padre, los repartió entre los que estaban sentados, y lo mismo hizo con los peces, dando a todos cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado dijo a sus discípulos: Recoged los trozos que han sobrado, para que no se pierdan. Hiciéronlo así, y llenaron doce cestos de los pedazos que habían sobrado de los cinco panes de cebada, después que todos hubieron comido. Aquellos hombres, cuando vieron el milagro que había hecho Jesús, decían: ¡Este es verdaderamente el profeta, que ha de venir al mundo! Y Jesús, notando que habían de venir para llevárselo y hacerlo Rey, huyó otra vez al monte Él solo”.
San Agustín, en el tercer nocturno
de Maitines de hoy domingo, comenta lo siguiente:
“Los milagros que hizo nuestro Señor Jesucristo son obras ciertamente divinas y estimulan a la mente humana a comprender a Dios a partir de lo visible. Dios no es sustancia tal que los ojos puedan ver, y sus milagros, por los que rige el mundo entero y gobierna toda la creación, por su frecuencia se han depreciado hasta el punto de que casi nadie se digna observar en cualquier grano de semilla las admirables y asombrosas obras de Dios. Por esto, según esa misma misericordia suya, se ha reservado ciertas obras para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso y orden normales de la naturaleza, para que, aquellos que han despreciado las cotidianas, se queden estupefactos al ver otras no mayores, pero sí insólitas.
“En efecto, mayor milagro es el gobierno del mundo entero que saciar a cinco mil hombres con cinco panes; y, sin embargo, nadie se asombra de aquello; en cambio, se asombran los hombres de esto no por ser mayor, sino por ser raro. ¿Quién, en efecto, alimenta ahora al mundo entero, sino quien de pocos granos crea las mieses? Jesús, pues, obró como Dios, ya que, si con su poder hace que de pocos granos se multipliquen las mieses, con ese mismo poder multiplicó en sus manos lo cinco panes. La potestad estaba, en efecto, en las manos de Cristo; en cambio, los cinco panes eran cual semillas, no ciertamente echadas en tierra, sino multiplicadas por quien creó la tierra.
“Esto, pues, se hizo ante los sentidos para levantar la mente, y se mostró a los ojos para aguijonear la inteligencia, para que admirásemos, mediante las obras visibles, al invisible Dios y para que, erguidos hacia la fe y purgados por la fe, deseásemos ver invisiblemente al Invisible, que a partir de las cosas visibles habíamos conocido. No basta, sin embargo, mirar esto en los milagros de Cristo. Interroguemos a los milagros mismos, qué nos dicen de Cristo, ya que, si se los entiende, tienen su propio lenguaje porque, ya que Cristo es la Palabra de Dios, también las acciones de la Palabra son, para nosotros, palabra. Ya que hemos oído cuán grande es este milagro, busquemos también cuán profundo es; no nos deleitemos sólo en su superficie, sino investiguemos también su profundidad, pues lo que por fuera nos asombra, tiene algo dentro”.
¿Qué es, pues, lo que este milagro nos dice? ¿De qué nos habla? Nos habla del hambre humana. Un hambre que no puede saciarse con meras buenas intenciones, ni con declaraciones solemnes contenidas en grandes textos legales. Por mucho que se multiplique la declaración de los derechos humanos, el hambre no se calma leyendo tales declaraciones. Es necesario pasar a la acción. No bastan las buenas intenciones. De otro modo, lo que se entrega al hombre no es más que una comida simbólica, verbal, insustancial, incapaz de saciar verdaderamente el hambre.
Pero esa hambre humana no es sólo de pan. El mismo Señor ya nos ha dicho que “no sólo de pan vive el hombre”. Hay cristianos cuya penetración de la fe se detiene en el hambre de pan, y creen que, con proporcionar comida y bebida y techo y abrigo y educación y pasatiempos se ha hecho por los hombres todo lo que se podía hacer. Eso es lo que hacían los paganos, y lo hacían no por caridad o compasión, sino por consideraciones políticas: al pueblo había que darle “pan y circo” para mantenerlo políticamente sumiso, incluso aletargado.
La fe católica nos dice, en cambio, que el hambre que experimenta el hombre es, sobre todo, hambre de oír la palabra de Dios, de contemplar la belleza de la liturgia, de tomar contacto con lo sagrado y con el misterio que nos envuelve y nos supera, de alimentar nuestra esperanza en el premio que la bondad infinita de Dios nos tiene reservado.
Si la Iglesia no se consagra a satisfacer esta hambre espiritual, se corrompe y llega al estado de ONG, se transforma en una Iglesia asistencial; “en salida”, pero asistencial. Y esa es la peor corrupción, como ya sabían los romanos: “corruptio optimi, pessima”; la corrupción de lo que es más alto y elevado, es la peor de todas.
viernes, 12 de marzo de 2021
Tercer Domingo de Cuaresma
El texto del Evangelio de hoy es el
siguiente (Lc 11, 14-28):
“En aquel tiempo, estaba Jesús lanzando un demonio, el cual era mudo. Y así que hubo lanzado el demonio, habló el mudo, y se maravillaron las turbas. Mas algunos dijeron: Por arte de Belzebub, príncipe de los demonios, expulsa los demonios. Y otros para tentarle, le pedían algún prodigio del cielo. Pero Jesús, cuando vio sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido en bandos quedará destruido, y toda casa se derrumbará. Pues si Satanás está también dividido contra sí mismo, ¿cómo subsistirá su reino? porque decís que Yo lanzo los demonios en virtud de Belzebub. Pues si Yo por virtud de Belzebub lanzo los demonios, vuestros hijos ¿por virtud de quién los lanzan? Por tanto ellos mismos serán vuestros jueces. Mas si con el dedo de Dios lanzo los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado ya a vosotros. Cuando un valiente armado guarda la puerta de su casa, está seguro todo cuanto posee. Mas si asaltándole otro más fuerte que él le venciere, le quitará todas sus armas, en que confiaba, y repartirá sus despojos. El que no está conmigo, está contra Mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, anda por lugares áridos buscando reposo; y no hallándolo, se dice: Volveré a mi casa, de donde salí. Y tornando a ella, la encuentra barrida y adornada. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando en ella moran allí, y así el último estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Y aconteció que diciendo Él esto, una mujer de en medio del pueblo levantó la voz y exclamó: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó, y los pechos que te amamantaron! Y Él dijo: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios, y la practican”.
De las muchas lecciones que nos deja el Evangelio de hoy, detengámonos en la liberación del endemoniado, a quien tenía atrapado un demonio mudo.
Dentro de las etapas del desarrollo normal de un hombre, llega cierta edad, la llamada “edad del uso de razón”, en que se adquiere los conceptos morales de “bueno” y de “malo”, que nos permiten distinguir entre estas dos realidades. Si se da el caso de un individuo que, superada ya la edad de la razón, no capta que hay una diferencia entre “lo bueno” y “lo malo”, estamos en presencia de una enfermedad psicológica, una anormalidad profunda que le impide el trato normal con el resto de los seres humanos (tal como no entender que “uno más uno es dos” impide igualmente una relación normal con los demás).
Quien está en esa situación patológica no puede, obviamente, ser juzgado por la ley moral como “moral” o “inmoral”: se trata de alguien profundamente enfermo de una enfermedad que, al cabo, le quita toda libertad de elegir entre el bien y el mal porque no es capaz de distinguir uno de otro.
Pero, desgraciadamente, en el mundo actual abundan, quizá más que en otros tiempos, aquellos que, sin ser enfermos, o sea, sin desconocer que existe “lo bueno” y “lo malo”, se encuentran atrapados por un demonio mudo, que les impide reconocerse pecadores. O sea: se justifican siempre a sí mismos. Su conciencia “la tienen siempre perfectamente tranquila”; no reconocen haber hecho jamás nada malo; creen ser buenos. Son, en otras palabras, “de conciencia muda”. Pedir a esos seres humanos que confiesen sus pecados, sus culpas, es decir, sus acciones “malas”, es toparse con un muro impenetrable: ellos piensan que no han pecado, que, simplemente, no pecan. Son moralmente mudos.
Pero no existe una supuesta “inocencia universal” que le quitaría el fundamento a la idea de pecado. No es esto lo que nos dice la religión católica, que nos enseña, por el contrario, que todos pecamos: “Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos” (I Jn 1, 8). “… [hasta] el justo cae siete veces” (Pr 24, 16); “no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo” (Sl 52 Vulg., 4).
El “demonio mudo” ha atrapado a tantos pobres hombres: o bien les impide reconocer como pecado lo que es pecado, o bien les hace insuperablemente difícil confesar su pecado.
Pero una vez que el Señor, por nuestra incesante oración, nos libra de ese “demonio mudo”, fluye la confesión y el Señor nos perdona: “Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos” (I Jn 1, 9).
El demonio mudo sabe perfectamente que hemos pecado, pero nos impide reconocerlo y confesarlo, porque, odiándonos intensamente, se guarda para sí el placer demoníaco de acusarnos ante Dios en el día del Juicio. ¿Y qué diremos ahí, cuando tengamos todas las luces y nos demos cuenta de que, en efecto, sí habíamos pecado? Recordemos que “Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo” (Hb 10, 31). ¡Qué absurda es, si tenemos esto en cuenta, la vergüenza de confesar nuestros pecados, por grandes que sean!
Pero si nos adelantamos al acusador, si, como quien dice, “le quitamos la bandera” y nos acusamos a nosotros mismos ante Dios, confesando nuestro pecado, no pasaremos aquel día por esa atroz situación de ser acusados por el enemigo que nos odia: “Te confesé mi pecado y no oculté mi iniquidad. Dije: Confesaré a Yavé mi pecado; y Tú perdonaste la culpa de mi pecado” (Sl 31 Vulg., 5).
Pidamos a Dios con insistencia y perseverancia que no nos deje ser atrapados por un demonio mudo o que nos libre de él, si ya estamos endemoniados. Pidámosle la suprema gracia de acusarnos nosotros mismos en la confesión: esa confesión lo moverá infaliblemente a misericordia.












