sábado, 20 de marzo de 2021

FIUV 30: La participación de los niños en la forma extraordinaria

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el Misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 30 y que versa sobre la participación de los niños en la forma extraordinaria, cuyo original en inglés se puede consultar aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de diciembre de 2016. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del resumen (Abstract) que lo precede. 

Cabe recordar que en su día dedicamos una entrada de esta bitácora al significado que tiene la Misa de siempre para los niños. 


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La participación de los niños en la forma extraordinaria

Resumen

Dado que la forma extraordinaria atrae a muchas familias jóvenes, a menudo sus celebraciones se caracterizan por la presencia de muchos niños. La forma extraordinaria no puede ser adaptada a los niños del mismo modo en que lo es, a veces, la forma ordinaria, pero tiene, sobre ésta, ciertas ventajas en relación con los niños, especialmente su uso de formas no verbales de comunicación, la predictibilidad de sus ritos, y la relativa informalidad de los fieles durante la Misa. La poderosa impresión que causan en los niños las ceremonias solemnes y expresivas tienen un antecedente en las experiencias de los niños en las Escrituras, cuando asistían a la lectura solemne de la Ley, o eran bendecidos por el Señor, y cuando proclamaron su realeza en su entrada a Jerusalén. Todo esto denota también el valor objetivo que, para los niños, tiene la liturgia, comprendidas las muchas bendiciones que ésta da a los fieles. Sobre todo, una experiencia sólida de la liturgia, con los adultos que proporcionan un modelo de adecuado compromiso, es una “escuela de oración” tanto para los niños como para los adultos.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

(Foto: Oklahoman)

Texto

Introducción.   

1. Puesto que la liturgia es tanto la “fuente” como la “cumbre” de la vida cristiana[1], es un medio indispensable , así como también un punto de llegada, en la tarea de atraer a los jóvenes hacia una realización plena de su vocación cristiana. Este documento se propone explicar que la forma extraordinaria tiene un valor especial en esta tarea, como lo muestra la experiencia no sólo de las generaciones pasadas, sino también la de los católicos que adhieren hoy a esta forma, cuyas familias, como lo ha dicho el cardenal Darío Castrillón, “son frecuentemente enriquecidas por muchos niños”[2].

2. El Directorio para las Misas con niños (1973) de la Congregación del Culto Divino, que ha tenido mucha influencia, dice: “En la educación de los niños en la Iglesia surge una especial dificultad por el hecho de que las celebraciones litúrgicas, especialmente la Eucaristía, no pueden desplegar su inherente fuerza pedagógica sobre los niños. Aunque se use ahora el vernáculo en la Misa, las palabras y signos no han sido suficientemente adaptados a la capacidad de los niños. De hecho, incluso en la vida cotidiana los niños no siempre comprenden todas sus experiencias con los adultos; por el contrario, las encuentran aburridas. No se puede, por tanto, esperar de la liturgia que todo en ella sea inteligible para aquellos. No obstante, existe el temor de un daño espiritual si, a lo largo de los años, los niños experimentan en la Iglesia cosas que son apenas comprensibles, ya que un estudio psicológico ha comprobado cuán profundamente se forman los niños con las experiencias religiosas de la infancia y de la primera niñez debido a la particular receptividad religiosas propia de esos años”[3].

3. El Directorio propone, especialmente, la adaptación a los niños de los textos litúrgicos y el énfasis en los “valores humanos”[4] más que en las realidades sobrenaturales. Tales adaptaciones no son posibles en la forma extraordinaria, y argüiremos aquí que ella puede superar el problema de otros modos.


Los niños y la comunicación verbal.

4. La forma extraordinaria no es un rito que esté diseñado para ser comprensible verbalmente y que, en el caso de los niños, falla en este aspecto. Más bien, es un rito que no tiene como primer objetivo la comprensión verbal.

5. Así, el Canon en silencio lleva a cabo una comunicación no-verbal a los fieles, de un modo especialmente poderoso[5]. Aunque es verdad que, como lo advierte el Directorio, los niños carecen de experiencia en la interpretación de los “signos” usados en la liturgia, la atmósfera que crea el Canon silencioso, junto con los gestos del sacerdote, con el uso del incienso y de las campanillas, y con la respuesta de los demás fieles a todo esto, está, como colección de signos, magníficamente adecuada para la transmisión, incluso a los niños muy pequeños, de la solemnidad, sacralidad e importancia de lo que está teniendo lugar.

6. La forma extraordinaria, tomada en su conjunto y especialmente cuando se la celebra en sus formas más solemnes, idealmente en una iglesia decorada al modo tradicional, acompañada de música sagrada bien ejecutada, es una experiencia inmensamente rica, atractiva, atmosférica y cargada de símbolos que apelan a todos los sentidos.

7. El que la forma extraordinaria dé precedencia a formas no verbales de comunicación la hace más accesible a los niños y, en general, a quienes tienen menos educación. Todos ellos, por supuesto, tienen mucho que aprender sobre liturgia mediante una catequesis litúrgica formal o informal, pero, en el contexto de la forma extraordinaria, el poder de las ceremonias para comunicar se vería disminuido, no aumentado, si se las simplificara o se las sometiera a comentarios ex tempore. Como aconsejaba la teórica católica de la educación María Montessori, “la enseñanza de la Misa no debe mezclarse con la participación en ella”[6].


La transmisión de realidad sobrenaturales.

8. Analizando el tema de los valores humanos y cristianos, el Directorio trata de evitar el aburrimiento de la incomprensión[7] atrayendo la atención de los niños hacia temas que pueden entender más fácilmente. Sin embargo, la experiencia revela otro peligro: el aburrimiento que surge de la banalidad. Lo más atractivo para los niños es lo que despierta la curiosidad: como en los tradicionales cuentos infantiles, debiera existir algo cuya profundidad supere lo que es inmediatamente comprensible, algo que prometa una mayor comprensión si se lo mira con atención. Además de lo dicho en el numeral anterior, “comprensión” debe separarse aquí de la idea de “ser capaz de articular”, ya que muchas de nuestras experiencias más importantes son aquéllas que no pueden ser articuladas, o no pueden serlo totalmente. Como ha escrito Louis Bouyer: “el propósito principal de la liturgia no es enseñarnos esta lección o aquélla convertidas fácilmente en fórmulas mnemotécnicas, sino poner a los fieles, sin que éstos sepan cómo, en cierto estado espiritual que sería perfectamente inútil tratar de recrear mediante su explicación”[8].

9. Estas observaciones nos ayudan a imaginar cómo habrán sido las experiencias litúrgicas o paralitúrgicas en que se incluía a los niños en las Escrituras: las experiencias de asistir a la solemne lectura de la Ley[9], o las penitencias públicas[10], o a las bendiciones que les daba el Señor[11], o la de proclamar su realeza en su entrada a Jerusalén[12].

10. Aquellos niños no habrían podido exponer el significado teológico de tales experiencias, pero lo entendieron al nivel apropiado a su edad gracias a la “especial receptividad religiosa” a que alude el Directorio. Absorbieron la tremenda solemnidad propia de la Ley, la sinceridad de la penitencia, la gran santidad de Cristo y el amor que les tenía cuando “los abrazaba… y los bendecía”, y el gozo y esperanza escatológicos de Su entrada en Jerusalén.


11. La asimilación de estas ideas tuvo en ellos un gran potencial transformador. No sólo defiende el Señor la participación de los niños en los ejemplos del Nuevo Testamento, sino que los considera como ejemplo de quienes reciben el Reino y como instrumentos de Dios en la proclamación del Salvador[13].

12. Estas experiencias constituyen un paralelo de las experiencias litúrgicas de los niños que hoy asisten a la forma extraordinaria. Conviene recordar lo dicho por Jun Pablo II sobre el uso del latín, que “por su carácter dignificado produce un profundo sentido del misterio Eucarístico”[14]. Este sentido ciertamente no queda restringido sólo a los fieles adultos.

13. Las experiencias mencionadas sirven también para responder a la cuestión de si no sería mejor no llevar los niños pequeños a la iglesia[15], como ha sido la práctica en ciertos períodos históricos[16]. Los niños reciben gracias por su contemplación de la liturgia y también por las oraciones ante el Santísimo Sacramento, por las comuniones espirituales, el uso del agua bendita, la ocasional veneración de reliquias después de la Misa, las muchas bendiciones que forman parte de la liturgia[17], y por la experiencia de estar en un edificio consagrado con sus imágenes devotas bendecidas.


La formalidad e informalidad en la liturgia.

14. Un importante contraste entre las formas ordinaria y extraordinaria es el papel de la formalidad en ellas. En la forma extraordinaria se da una gran formalidad en todo lo que tiene lugar en el presbiterio, pero el comportamiento de los fieles no está sometido a normas obligatorias respecto a la postura corporal; las respuestas que tienen que pronunciar son muy pocas y, como lo reiteraba Pío XII[18], son libres de decir sus propias oraciones.

15. La forma ordinaria, especialmente la que es presentada a los niños, permite muchas opciones y cierto grado de espontaneidad en las palabras y las acciones, pero a menudo se hacen esfuerzos para imponer a los fieles una estructura más compleja de comportamiento, con detalladas instrucciones sobre las posturas físicas, sobre una gran cantidad de respuestas y aun sobre los gestos.

16. La naturaleza estructurada y predictible de los textos y ceremonias de la forma extraordinaria facilita la familiarización con ceremonias que son, en sí mismas, profundamente expresivas y dramáticas. La relativa informalidad de los fieles en la nave, en cambio, es menos exigente en materia de comportamiento, especialmente de los niños pequeños, que no necesitan ser obligados a realizar muchas acciones que quizá no comprenden, ni ser interrumpidos en su involucramiento, más lleno de sentido, en la liturgia.


Conclusión.

17. Los fieles adeptos de la forma extraordinaria están, en general, muy conscientes de su obligación de asegurarse de que sus hijos reciban una adecuada catequesis[19], que incluye oportunas explicaciones de la liturgia, y de mantener la práctica de las oraciones en familia, que sirve de preparación, tanto espiritual como práctica, para la liturgia debido a que inculca hábitos de concentración y sosiego.

18. Sin embargo, las explicaciones de la liturgia tienen poco valor sin una continua asistencia a ella, y es la liturgia misma la que tiene el poder de transformar a nuestros hijos en cuanto suprema “escuela de oración”[20], tiempo especial de gracias y en cuanto reflejo de la eterna liturgia del cielo.

19. Se ha observado a menudo que los niños parecen más inclinados al sosiego -ya se trate de niños muy chicos que juegan silenciosamente mientras transcurre la Misa, ya de niños mayores que asisten a ella- en el caso de la forma extraordinaria. Esto puede advertirse en el caso de niños pequeños que asisten a ella por primera vez. Lo cual no debiera sorprender, ya que los niños pequeños no entienden fácilmente la necesidad de estar sosegados en un ambiente que, en sí mismo, no es tranquilo.

20. Por esta razón, retirar a los niños de una parte de la Misa para que asistan a una “liturgia de los niños” paralitúrgica es cosa ajena a la forma extraordinaria[21]. El ideal es, por el contrario, que los niños absorban la liturgia y vean a los adultos que conocen y respetan (ojalá sus propios padres) asistir a ella, como modelos que deben imitar. Esto sirve también para subrayar la idea, esencial para que los niños retengan el interés a medida que crecen, que la liturgia no es algo que se deja atrás cuando uno se acerca a la adultez, sino que es una actividad de adultos.

21. El éxito de la forma extraordinaria en relación a los niños es, inevitablemente, difícil de cuantificar, aunque parece ser evidente por el gran número de vocaciones que provienen de colectividades adeptas a ella. Bastaría este solo hecho para demostrar claramente la verdad de lo dicho por Benedicto XVI respecto a que “los jóvenes también han descubierto esta forma litúrgica, han sentido su atractivo y han encontrado en ella una forma de encuentro con el Misterio del Santísimo Sacramento que les resulta particularmente adecuado”[22].

(Foto: Etsy)

Apéndice A: 

Cómo hacer fácil el involucramiento de los niños con la forma extraordinaria.

En este documento hemos advertido que no se puede adaptar a los niños la forma extraordinaria, tal como es el caso con la forma ordinaria, mediante textos especialmente compuestos o seleccionados. Además, hemos visto que es ajeno a la práctica de la forma extraordinaria el retirar a los niños de una parte de la Misa para hacerlos participar en una “liturgia de los niños”. En cambio, lo que ayudará a los niños a asistir sosegadamente a ella y entender su estructura y sus símbolos es, sobre todo, su preparación fuera de ella. Podría preguntarse qué se puede hacer dentro de ella, cuando asisten niños, para que no sólo sus padres y maestros sino también las parroquias y los celebrantes los ayuden.

En primer lugar debe advertirse que existen para esto muchos libros disponibles, algunos publicados por primera vez antes del Concilio Vaticano II, algunos escritos más recientemente, que tienen la finalidad de ayudar a los niños, con hermosos dibujos, oraciones sencillas y breves explicaciones, a seguir la Antigua Misa, tanto fuera de ella (como instrumentos catequéticos) como dentro de ella.

Desde el punto de vista pastoral, la consideración más importante puede ser, sencillamente, el horario de la Misa. La capacidad de los niños pequeños de concentrarse y de comportarse bien se ve afectada, hasta un nivel crítico, por su necesidad de comer y de dormir, y las Misas programadas a horas de comidas, o cuando los niños pequeños debieran estar durmiendo (ya sea temprano, de mañana, a después de almuerzo o muy avanzada la tarde), serán inevitablemente más difíciles para ellos. Esto tiene importancia, porque muchas celebraciones de la forma extraordinaria se ajustan de modo de respetar el horario de las celebraciones de la forma ordinaria de la parroquia, debido a lo cual se las pone en los horarios menos cómodos. Desde que se ha comenzado a reconocer que la forma extraordinaria atrae a las familias con niños pequeños, este punto es de gran importancia.

Además de lo que hemos dicho en este documento sobre la informalidad de los fieles que, en la forma extraordinaria, ocupan la nave, los párrocos debieran prestar atención a la necesidad de los niños pequeños de moverse, quizá en un área en la parte de atrás de la iglesia, y a la necesidad, a veces, de que los padres saquen afuera a los niños. Una cantidad grande de arte devoto en las iglesias puede tener gran importancia al permitir que los niños chicos, de edad insuficiente para involucrarse bien, o por períodos largos, en las ceremonias, puedan, sin embargo, seguir tomando parte en la atmósfera religiosa de la liturgia, de un modo que hubiera sido familiar para nuestros antepasados en la Iglesia occidental, tal como ocurre hoy con nuestros hermanos orientales. En otras palabras, es preferible que un niño contemple una estatua devota o un ícono mientras se desarrolla la Misa a que su atención se vuelque a cosas totalmente seculares.

En este documento hemos hablado también del valor de la música sagrada. No hace falta adaptar esta música a la sensibilidad de los niños: como los niños pequeños no tienen prejuicios musicales, rápidamente asociarán los tradicionales estilos sagrados con la liturgia, de modo que al oírlos reforzará inmediatamente en ellos la atmósfera reverente y les ayudará al recogimiento y la devoción. Los niños mayores son perfectamente capaces de cantar en canto gregoriano los ordinarios de las Misas, aunque para ello sea ideal una preparación fuera de la Misa. Los niños que asisten a Misas durante la semana con canto gregoriano y quizá con polifonía sagrada, tendrán una oportunidad de desarrollar el oído en la música sagrada de que pocos católicos adultos disfrutan. La disponibilidad de música verdaderamente litúrgica, bien preparada, recompensará largamente el tiempo y esfuerzo que se requiera para ello, especialmente por su efecto duradero en los niños.

Finalmente, no hay que mirar en menos el valor que tiene para los niños jóvenes el servicio del altar. Se sabe que los niños experimentan especiales dificultades para quedarse quietos durante períodos largos, pero también aprecian la disciplina y el ritual. Ayudar a la Misa, aunque sea sólo ocasionalmente, les da la oportunidad de aprender sobre las ceremonias y desarrollar su natural piedad, todo lo cual es también importante en la gestación de vocaciones[23].

(El libro Conoce tu Misa es una historieta acompañada de viñetas explicativas, y se puede adquirir aquí en formato físico y aquí en formato digital)

Apéndice B: 

El P. Bryan Houghton sobre los niños que asisten a Misa.

Citemos su novela Mitre and Crook [Mitra y báculo[24]. El personaje principal, un obispo, habla de su propia niñez, antes de la reforma litúrgica.

“Aprendí a rezar mis oraciones en las rodillas de mi madre, y sigo diciendo las mismas todas las noches. Pero aprendí a orar cuando me arrastraron a Misa los domingos. Algo se alteró con mamá y papá. No se hablaban ni se miraban. Mamá repasaba normalmente su rosario. Papá hojeaba de vez en cuando un ejemplar de Garden of Soul que todavía usa uno de mis sobrinos. Mi hermana mayor, Gertrudis, que se hizo monja benedictina, se arrodillaba muy derecha, con los ojos normalmente cerrados. Alrededor de mí, todos nuestros demás parientes y vecinos hacían lo mismo. Lo más insólito es que nadie me prestaba la más mínima atención. Incluso si tiraba la falda de mi madre, ella se limitaba a alejarme suavemente. Una vez intenté encaramarme en la espalda de papá, que me levantó y me dejó debajo del asiento. También era extraño que, aunque estaba vestido con mis mejores ropas de domingo, me permitían arrastrarme debajo de los asientos, siempre que no hiciera ruido. Por muy simpático que fuera de niño, me daba perfectamente cuenta de que algo estaba ocurriendo.

“Allá, en el altar, estaba el P. Gray, un viejo severo. Yo solía esconderme en el baño cuando venía de visita. Llevaba puestas ropas de colores brillantes y parecía una mariposa gorda. La mayor parte del tiempo no decía nada. Miraba en otra dirección y prestaba a mi mamá y papá tan poca atención como a mí.

“No creo haber sido un niño especialmente precoz, pero ciertamente fue de muy joven que me di cuenta de que toda esta gente estaba orando sin decir oraciones, como hacía yo. Los niños imitan: yo también quise orar sin decir oraciones. Me dirigí a mi hermana Gertrudis, que me dijo “Siéntate bien quieto, como un buen niño. Eres demasiado chico para arrodillarte. Pon también tus manos sin moverse, sobre las rodillas. Trata de no mirar alrededor, y mantén los ojos cerrados, si puedes. Y di solamente “Jesús” cuando respires, lenta pero constantemente. Te daré un golpecito cuando haya que decir “Tú eres mi Señor y mi Dios”, y puedes repetirlo conmigo”.

“Así es, supongo, mutatis mutandis, como todos aprendimos a orar. A lo que me refiero es a que la Misa misma fue nuestra escuela de oración. Fue durante ella que aprendimos a olvidarnos de nosotros mismos, a desapegarnos y recogernos y a adherir a la Divina Presencia. Es también en Misa que los fieles sencillos practican la oración durante toda su vida. Puede que sepan poca teología, pero oran como los teólogos rara vez lo hacen. Además, el fiel más sencillo alcanza alturas de piedad y de santidad que me sobrepasan del todo”.        



[1] Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium (1963), núm. 10 y 14.

[2] Entrevista con el cardenal Darío Castrillón Hoyos, Latin Mass Magazine, mayo de 2004. 

[3] Congregación para el Culto Divino, Directorio para Misas con niños (1973), núm. 2: Quoad pueros in Ecclesia educandos peculiaris difficultas ex eo oritur, quod celebrationes liturgicae, praesertim eucharisticae, vim innatam paedagogicam in pueros plene exercere non possunt. Quamvis nunc in Missa sermonem patrium adhibere liceat, tamen verba et signa captui puerorum non satis aptata sunt. Re quidem vera pueri etiam in vita sua cotidiana non semper omnia intellegunt, quae cum adultis experiuntur, quin iis ex hoc taedium oriatur. Inde nec pro liturgia postulari potest ut semper omnia et singular iis intellegibilia esse debeant. Tamen damnum spiritale timendum est, si pueri per annos in Ecclesia iterum iterumque vix comprehensibilia experiantur; recens enim psychologia probavit, quam profunde pueri experientia religiosa infantiae et primae pueritiae formentur vi capacitatis religiosae singularis, qua gaudent”.

[4] Congregación para el Culto Divino, Directorio para Misas con niños, núm. 9. La frase es “valores humani”, en contraste con “valores christiani”.

[5] Ratzinger, J., The Spirit of the Liturgy (San Francisco, Ignatius Press, 2000), pp. 215-216: “Quienquiera que haya experimentado una iglesia unida en la silenciosa recitación del Canon sabrá qué es un silencio verdaderamente preñado: es, al mismo tiempo, un grito fuerte y penetrante a Dios, y un acto de oración lleno del Espíritu. Aquí todos juntos rezan el Canon, aunque en unión con la especial tarea del ministerio sacerdotal. Aquí todos se unen con los lazos de Cristo, introducidos por el Espíritu Santo en esa oración común al Padre que es el verdadero sacrificio, del amor que reconcilia y une al mundo y a Dios”. Véase FIUV, Position Paper 9: El silencio y la inaudibilidad en la forma extraordinaria.

[6] Montessori, M., The Mass Explained to Children (Kettering OH, Angelico Press, 2015), p. 4 (la primera edición es de 1933): “Ellos [los adultos] todavía creen necesario interferir, continua y directamente, para impedir que hagan daño; y los profesores se imaginan que el niño es incapaz de hacer el bien sin su exhortación y ejemplo”. Estas observaciones se relacionan con una actitud fundamental de la filosofía educacional de Montessori: “La ayuda fundamental para el desarrollo, especialmente en el caso de niños de tres años de edad, consiste en no interferir. La interferencia detiene la actividad y la concentración” (Montessori, M., The Child, Society and the World: Unpublished Speeches and Writings (Santa Bárbara, ABC-Clio Press, 1989), p. 16). [N0ta de la Redacción: véase asimismo esta entrada que dedicamos a María Montessori, con especial referencia a su libro La Santa Misa vivida por los niños].

[7] El aburrimiento (“taedium”) es un constante problema en el Directorio. Además de aburrimiento por la falta de comprensión (núm. 2), hace ver el peligro de aburrimiento por oír a la misma persona leer muchos textos (núm. 24), e incluso el “peligro de aburrimiento” (“periculum taedii”) por la asistencia a Misa diariamente. Por las razones explicadas en este documento, la forma extraordinaria no enfrenta esta dificultad, según la experiencia de las familias que asisten regularmente a ella.

[8] Bouyer, L., The Memoirs of Louis Bouyer: from youth and conversion to Vatican II, the Liturgical Reform, and after (trad. de John Pepino, Kettering OH: Angelico Press, 2015), p. 67.

[9] Dt 31, 12 (orden dada por Moisés): “Y que se reúna todo el pueblo, tanto hombres como mujeres, niños y extranjeros que estén dentro de las murallas: para que oyendo puedan aprender, y temer al Señor su Dios y observar y cumplir todas las palabras de esta ley” (Et in unum omni populo congregato, tam viris quam mulieribus, parvulis, et advenis, qui sunt intra portas tuas: ut audientes discant, et timeant Dominum Deum vestrum, et custodiant, impleantque omnes sermones legis huius). Cf. Jos 8, 35 (por orden de Josué) y 2 Re, 23, 1-2 (por orden del Rey Josías).

[10] Jl 2, 15-17: “Tocad la trompeta en Sión, santificad el ayuno, convocad una asamblea solemne. Reunid a todo el pueblo, santificad la asamblea, reunid a los ancianos y a los niños pequeños y a los que todavía maman a los pechos: que el novio salga del lecho y la novia de la cámara nupcial. Entre el atrio y el altar los sacerdotes, ministros del Señor, llorarán y dirán: Salva, Señor, salva a tu pueblo, y no entregues tu herencia al desprecio, para que la gobiernen los gentiles” (Canite tuba in Sion sanctificate ieiunium vocate coetum. Congregate populum sanctificate ecclesiam coadunate senes congregate parvulos et sugentes ubera egrediatur sponsus de cubili suo et sponsa de thalamo suo. Inter vestibulum et altare plorabunt sacerdotes ministri Domini et dicent parce Domine populo tuo et ne des hereditatem tuam in obprobrium ut dominentur eis nations.). Esto es parte de la Epístola que se lee en la forma extraordinaria el Miércoles de Ceniza. Cf. Jon, 3, 5-8.

[11] Mc 10, 13-16: “Y le trajeron niños pequeños para que los tocara. Y los discípulos reprendían a quienes se los traían, pero cuando lo vio Jesús, se enfadó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de quienes son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo, quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos e imponiéndoles las manos, los bendecía” (Et offerebant illi parvulos ut tangeret illos discipuli autem comminabantur offerentibus. Quos cum videret Iesus indigne tulit et ait illis sinite parvulos venire ad me et ne prohibueritis eos talium est enim regnum Dei. Amen dico vobis quisque non receperit regnum Dei velut parvulus non intrabit in illud. Et conplexans eos et inponens manus super illos benedicebat eos”). Cf. Mt 19, 13-15 y Lc 18, 15-16 (donde se habla de infantes). Debiera también tomarse en cuenta la experiencia litúrgica de nuestro Señor mismo cuando niño, ya que se nos dice que a la edad de doce años (si no más temprano) peregrinó a Jerusalén con sus padres para la Pascua, y se familiarizó con el Templo y sus eruditos (Lc 2, 41-47). Los niños tienen un importante papel en la celebración judía de la Pascua, ya que es el más joven de la familia quien debe preguntar las “Cuatro Preguntas” sobre la importancia de la celebración. No resulta demasiado extravagante relacionar este papel litúrgico de los más jóvenes con el cuestionamiento de los Doctores de la Ley por el niño Jesús en el Templo.

[12] Mt 21, 15-16: “Y los jefes de lo sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía y los niños que gritaban en el Templo, le dijeron: ¿Oyes lo que dicen éstos? Sí, y vosotros, ¿no habéis jamás leído: por boca de los infantes y de los niños de pecho ha hecho perfecta la alabanza?” (Videntes autem principes sacerdotum et scribae mirabilia quae fecit, et pueros clamantes in templo, et dicentes: Hosanna filio David: indignati sunt, et dixerunt ei: Audis quid isti dicunt? Jesus autem dixit eis: Utique. Numquam legistis: Quia ex ore infantium et lactentium perfecisti laudem?) Cita el Señor el Sal 8, 3.

[13] Véase los textos citados en las notas 9 y 10 precedentes.

[14] Juan Pablo II, Encíclica Dominicae Coenae (1980), núm. 10: “indole sua dignitatis plena altum sensum Mysterii eucharistici excitavit. Cfr. Juan Pablo II, Encíclica Orientale Lumen (1995), núm. 11, sobre la liturgia de las Iglesias Orientales: “La larga duración de las celebraciones, las repetidas invocaciones, todo expresa la gradual compenetración con el misterio de toda su persona” (Extractum longius celebrationum tempus, iteratae invocationes, omnia denique comprobant aliquem paulatim in celebratum mysterium ingredi tota sua cum persona).

[15] Véase, por ejemplo, Hull, G., The Banished Heart: Origins of Heteropraxis in the Catholic Church (Londres, T.& T.Clark Ltd., 2010), p. 321, n. 2, donde escribe que “los padres responsables… se abstienen, caritativamente de traer infantes a las ceremonias de la iglesia”, y denuesta a los padres que sí los llevan. Sorprende enterarse de que Hull es también partidario de la práctica de dar la Comunión a los infantes en las Iglesias Orientales (p. 300).

[16] La posibilidad de dejar infantes y niños pequeños en casa depende de la disponibilidad de una amplia oferta de Misas a corta distancia del hogar, ya que ambos padres (y los domésticos que haya) tienen que cumplir con su obligación dominical. El sociólogo Callum Brown advierte que las madres en Gran Bretaña fueron de hecho excluidas de la ceremonia anglicana de media mañana en los siglos XIX y XX, sobre todo por la necesidad de preparar el almuerzo dominical, mientras que las madres católicas podían asistir una Misa dominical en la mañana temprano. Brown, C. G., The Death of Christian Britain: Understanding Secularisation 1800-2000 (Londres, Routledge, 2a ed., 2009), p. 161. Estas posibilidades no existen para muchos católicos actualmente, especialmente los adeptos a la Forma Extraordinaria.

[17] Además de la bendición de los fieles en los ritos finales, los fieles asistentes a la Misa celebrada en la forma extraordinaria reciben, se puede decir, una bendición con el Asperges o Vidi aquam, en la Pax y en otras ocasiones cuando el celebrante, habiendo besado el altar, da la paz de Cristo a los fieles con las palabras Dominus vobiscum. Véase FIUV, Position Paper 19: El beso de la paz, núm. 1 y 9.

[18] Pío XII, Encíclica Mediator Dei (1947), núm. 108: “Los talentos y caracteres de los hombres son tan variados que es imposible que todos sean movidos y atraídos hasta el mismo punto por las oraciones colectivas, por los himnos y las ceremonias litúrgicas. Además, las necesidades e inclinaciones no son las mismas en todos, ni son siempre constantes en un mismo individuo. ¿Quién podría, pues, sobre la base de semejante prejuicio, decir que ninguno de estos cristianos puede participar en la Misa y recibir sus frutos? Por el contrario, ellos pueden adoptar algún otro método que resulte más fácil para ciertas personas, por ejemplo, pueden meditar piadosamente sobre los misterios de Jesucristo o realizar otros ejercicios de piedad o recitar oraciones que, aunque difieran de los sagrados ritos, están sin embargo esencialmente en armonía con ellos” (Ingenium, indoles ac mens hominum tam varia sunt atque ab-similia, ut non omnes queant precibus, canticis sacrisque actionibus, communiter habitis, eodem modo moveri ac duci Ac praeterea animorum necessitates et propensa eorum studia non eadem in omnibus sunt, neque in singulis semper eaderr permanent. Quis igitur dixerit, praeiudicata eiusmodi opinionf compulsus, tot christianos non posse Eucharisticum participare Sacri icium, eiusque perfrui beneficiis? At ii alia ratione utique possunt, quae facilior nonnullis evadit; ut, verbi gratia, Iesu Christi mysteria pie meditando, vel alia peragendo pietatis exercitia aliasque fundendo preces, quae, etsi forma a sacris ritibus differunt, natura tamen sua cum iisdem congruunt).

[19] Cfr. Dt 6, 6-7: “Y estas palabras que te ordeno hoy día, estarán en tu corazón, y las dirás a tus hijos, y meditarás sobre ellas cuando estés sentado en tu casa, o cuando vayas de camino, durmiendo y levantándote” (Eruntque verba haec quae ego praecipio tibi hodie in corde tuo. Et narrabis ea filiis tuis et meditaberis sedens in domo tua et ambulans in itinere dormiens atque consurgens”).

[20] Benedicto XVI, Audiencia general, miércoles 4 de mayo de 2011.

[21] Igualmente raro es el uso de habitaciones a prueba de ruidos para los niños pequeños, que los separan de los demás fieles y, sobre todo, de la atmósfera creada por a liturgia.

[23] Pío XII, Encíclica Mediator Dei, núm. 200: “Si estos jóvenes [los acólitos] son, con la cuidadosa vigilancia de los sacerdotes, adecuadamente entrenados y animados a cumplir la tarea que se les encomienda de modo exacto, reverente y constante, de entre ellos mismos surgirán fácilmente nuevos candidatos al sacerdocio” (Quodsi opportune hi iuvenes excolantur, ac vigilanti sacerdotum cura ad creditum sibi ministerium statutis horis reverenter constanterque obeundum excitentur, tum facile eveniet ut novi ex iisdem sacerdotii candidate oriantur”). Se ha reiterado esta idea por parte de la Congregación par el Culto Divino al normar la situación de las niñas que sirven en la Misa de la forma ordinaria (véase Notitiae, núm. 30 (1994), pp. 333-335, y Notitiae, núm. 37 (2001), pp. 397-399). Sobre este punto véase FIUV, Position Paper 1: El servicio hombres y niños en el altar, núm. 3 y Apéndice [Nota de la Redacción: véase asimismo lo dicho en estas tres entradas: ¿Mujeres diaconisas?, Los laicos en las funciones litúrgicas y Los ministerios femeninos y el espíritu de ruptura].

[24] Houghton, B., Mitre and Crook (Harrison NY: Roman Catholic Books, 1979), pp. 168-169.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Cuarto Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (San Juan 6, 1-15):

“En aquel tiempo, pasó Jesús a la otra parte del mar de Galilea, que es el lago Tiberíades, y le seguía una grande multitud de gente, porque veían los milagros que hacía con los enfermos. Subió, pues Jesús a un monte, y sentóse allí con sus discípulos. Acercábase ya la Pascua, día de gran fiesta para los judíos. Habiendo, pues, alzado Jesús los ojos, y viendo que venía a Si tan gran multitud, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para que coma esta gente? Esto lo decía para probarlo, pues Él sabía bien lo que había de hacer. Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no les alcanzan para que cada uno tome un bocado. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, mas ¿qué es esto para tanta gente? Pero Jesús dijo: Haced sentar a esas gentes. En aquel lugar había mucha hierba. Sentáronse, pues, como unos cinco mil hombres. Tomó entonces Jesús los panes, y habiendo dado gracias a su Padre, los repartió entre los que estaban sentados, y lo mismo hizo con los peces, dando a todos cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado dijo a sus discípulos: Recoged los trozos que han sobrado, para que no se pierdan. Hiciéronlo así, y llenaron doce cestos de los pedazos que habían sobrado de los cinco panes de cebada, después que todos hubieron comido. Aquellos hombres, cuando vieron el milagro que había hecho Jesús, decían: ¡Este es verdaderamente el profeta, que ha de venir al mundo! Y Jesús, notando que habían de venir para llevárselo y hacerlo Rey, huyó otra vez al monte Él solo”.

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San Agustín, en el tercer nocturno de Maitines de hoy domingo, comenta lo siguiente:

“Los milagros que hizo nuestro Señor Jesucristo son obras ciertamente divinas y estimulan a la mente humana a comprender a Dios a partir de lo visible. Dios no es sustancia tal que los ojos puedan ver, y sus milagros, por los que rige el mundo entero y gobierna toda la creación, por su frecuencia se han depreciado hasta el punto de que casi nadie se digna observar en cualquier grano de semilla las admirables y asombrosas obras de Dios. Por esto, según esa misma misericordia suya, se ha reservado ciertas obras para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso y orden normales de la naturaleza, para que, aquellos que han despreciado las cotidianas, se queden estupefactos al ver otras no mayores, pero sí insólitas.

“En efecto, mayor milagro es el gobierno del mundo entero que saciar a cinco mil hombres con cinco panes; y, sin embargo, nadie se asombra de aquello; en cambio, se asombran los hombres de esto no por ser mayor, sino por ser raro. ¿Quién, en efecto, alimenta ahora al mundo entero, sino quien de pocos granos crea las mieses? Jesús, pues, obró como Dios, ya que, si con su poder hace que de pocos granos se multipliquen las mieses, con ese mismo poder multiplicó en sus manos lo cinco panes. La potestad estaba, en efecto, en las manos de Cristo; en cambio, los cinco panes eran cual semillas, no ciertamente echadas en tierra, sino multiplicadas por quien creó la tierra.

“Esto, pues, se hizo ante los sentidos para levantar la mente, y se mostró a los ojos para aguijonear la inteligencia, para que admirásemos, mediante las obras visibles, al invisible Dios y para que, erguidos hacia la fe y purgados por la fe, deseásemos ver invisiblemente al Invisible, que a partir de las cosas visibles habíamos conocido. No basta, sin embargo, mirar esto en los milagros de Cristo. Interroguemos a los milagros mismos, qué nos dicen de Cristo, ya que, si se los entiende, tienen su propio lenguaje porque, ya que Cristo es la Palabra de Dios, también las acciones de la Palabra son, para nosotros, palabra. Ya que hemos oído cuán grande es este milagro, busquemos también cuán profundo es; no nos deleitemos sólo en su superficie, sino investiguemos también su profundidad, pues lo que por fuera nos asombra, tiene algo dentro”.

¿Qué es, pues, lo que este milagro nos dice? ¿De qué nos habla? Nos habla del hambre humana. Un hambre que no puede saciarse con meras buenas intenciones, ni con declaraciones solemnes contenidas en grandes textos legales. Por mucho que se multiplique la declaración de los derechos humanos, el hambre no se calma leyendo tales declaraciones. Es necesario pasar a la acción. No bastan las buenas intenciones. De otro modo, lo que se entrega al hombre no es más que una comida simbólica, verbal, insustancial, incapaz de saciar verdaderamente el hambre.

Pero esa hambre humana no es sólo de pan. El mismo Señor ya nos ha dicho que “no sólo de pan vive el hombre”. Hay cristianos cuya penetración de la fe se detiene en el hambre de pan, y creen que, con proporcionar comida y bebida y techo y abrigo y educación y pasatiempos se ha hecho por los hombres todo lo que se podía hacer. Eso es lo que hacían los paganos, y lo hacían no por caridad o compasión, sino por consideraciones políticas: al pueblo había que darle “pan y circo” para mantenerlo políticamente sumiso, incluso aletargado.

La fe católica nos dice, en cambio, que el hambre que experimenta el hombre es, sobre todo, hambre de oír la palabra de Dios, de contemplar la belleza de la liturgia, de tomar contacto con lo sagrado y con el misterio que nos envuelve y nos supera, de alimentar nuestra esperanza en el premio que la bondad infinita de Dios nos tiene reservado.

Si la Iglesia no se consagra a satisfacer esta hambre espiritual, se corrompe y llega al estado de ONG, se transforma en una Iglesia asistencial; “en salida”, pero asistencial. Y esa es la peor corrupción, como ya sabían los romanos: “corruptio optimi, pessima”; la corrupción de lo que es más alto y elevado, es la peor de todas.

Giovanni Lanfranco, Milagro de los panes y los peces, 1620-1623, Galería Nacional de Irlanda
(Imagen: Wikipedia)

viernes, 12 de marzo de 2021

Tercer Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 11, 14-28):

“En aquel tiempo, estaba Jesús lanzando un demonio, el cual era mudo. Y así que hubo lanzado el demonio, habló el mudo, y se maravillaron las turbas. Mas algunos dijeron: Por arte de Belzebub, príncipe de los demonios, expulsa los demonios. Y otros para tentarle, le pedían algún prodigio del cielo. Pero Jesús, cuando vio sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido en bandos quedará destruido, y toda casa se derrumbará. Pues si Satanás está también dividido contra sí mismo, ¿cómo subsistirá su reino? porque decís que Yo lanzo los demonios en virtud de Belzebub. Pues si Yo por virtud de Belzebub lanzo los demonios, vuestros hijos ¿por virtud de quién los lanzan? Por tanto ellos mismos serán vuestros jueces. Mas si con el dedo de Dios lanzo los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado ya a vosotros. Cuando un valiente armado guarda la puerta de su casa, está seguro todo cuanto posee. Mas si asaltándole otro más fuerte que él le venciere, le quitará todas sus armas, en que confiaba, y repartirá sus despojos.  El que no está conmigo, está contra Mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, anda por lugares áridos buscando reposo; y no hallándolo, se dice: Volveré a mi casa, de donde salí. Y tornando a ella, la encuentra barrida y adornada. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando en ella moran allí, y así el último estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Y aconteció que diciendo Él esto, una mujer de en medio del pueblo levantó la voz y exclamó: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó, y los pechos que te amamantaron! Y Él dijo: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios, y la practican”.

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De las muchas lecciones que nos deja el Evangelio de hoy, detengámonos en la liberación del endemoniado, a quien tenía atrapado un demonio mudo.

Dentro de las etapas del desarrollo normal de un hombre, llega cierta edad, la llamada “edad del uso de razón”, en que se adquiere los conceptos morales de “bueno” y de “malo”, que nos permiten distinguir entre estas dos realidades. Si se da el caso de un individuo que, superada ya la edad de la razón, no capta que hay una diferencia entre “lo bueno” y “lo malo”, estamos en presencia de una enfermedad psicológica, una anormalidad profunda que le impide el trato normal con el resto de los seres humanos (tal como no entender que “uno más uno es dos” impide igualmente una relación normal con los demás).

Quien está en esa situación patológica no puede, obviamente, ser juzgado por la ley moral como “moral” o “inmoral”: se trata de alguien profundamente enfermo de una enfermedad que, al cabo, le quita toda libertad de elegir entre el bien y el mal porque no es capaz de distinguir uno de otro.

Pero, desgraciadamente, en el mundo actual abundan, quizá más que en otros tiempos, aquellos que, sin ser enfermos, o sea, sin desconocer que existe “lo bueno” y “lo malo”, se encuentran atrapados por un demonio mudo, que les impide reconocerse pecadores. O sea: se justifican siempre a sí mismos. Su conciencia “la tienen siempre perfectamente tranquila”; no reconocen haber hecho jamás nada malo; creen ser buenos. Son, en otras palabras, “de conciencia muda”. Pedir a esos seres humanos que confiesen sus pecados, sus culpas, es decir, sus acciones “malas”, es toparse con un muro impenetrable: ellos piensan que no han pecado, que, simplemente, no pecan. Son moralmente mudos.

Pero no existe una supuesta “inocencia universal” que le quitaría el fundamento a la idea de pecado. No es esto lo que nos dice la religión católica, que nos enseña, por el contrario, que todos pecamos: “Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos” (I Jn 1, 8). “… [hasta] el justo cae siete veces” (Pr 24, 16); “no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo” (Sl 52 Vulg., 4).

El “demonio mudo” ha atrapado a tantos pobres hombres: o bien les impide reconocer como pecado lo que es pecado, o bien les hace insuperablemente difícil confesar su pecado.

Pero una vez que el Señor, por nuestra incesante oración, nos libra de ese “demonio mudo”, fluye la confesión y el Señor nos perdona: “Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos” (I Jn 1, 9).

El demonio mudo sabe perfectamente que hemos pecado, pero nos impide reconocerlo y confesarlo, porque, odiándonos intensamente, se guarda para sí el placer demoníaco de acusarnos ante Dios en el día del Juicio. ¿Y qué diremos ahí, cuando tengamos todas las luces y nos demos cuenta de que, en efecto, sí habíamos pecado? Recordemos que “Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo” (Hb 10, 31). ¡Qué absurda es, si tenemos esto en cuenta, la vergüenza de confesar nuestros pecados, por grandes que sean!

Pero si nos adelantamos al acusador, si, como quien dice, “le quitamos la bandera” y nos acusamos a nosotros mismos ante Dios, confesando nuestro pecado, no pasaremos aquel día por esa atroz situación de ser acusados por el enemigo que nos odia: “Te confesé mi pecado y no oculté mi iniquidad. Dije: Confesaré a Yavé mi pecado; y Tú perdonaste la culpa de mi pecado” (Sl 31 Vulg., 5).

Pidamos a Dios con insistencia y perseverancia que no nos deje ser atrapados por un demonio mudo o que nos libre de él, si ya estamos endemoniados. Pidámosle la suprema gracia de acusarnos nosotros mismos en la confesión: esa confesión lo moverá infaliblemente a misericordia.

Jesús expulsa el demonio de un muchacho, tomado de Las muy ricas horas del Duque de Berry (1410)
(Imagen: Wikipedia)

jueves, 4 de marzo de 2021

Segundo Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 17, 1-9):

“En aquel tiempo, tomó Jesús consigo a Pedro y a Santiago y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y allí se transfiguró en su presencia, resplandeciendo su rostro como el sol, y quedando sus vestiduras blancas como la nieve. Y en esto se aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él. Tomó entonces Pedro la palabra y dijo a Jesús: Señor, bueno es que permanezcamos aquí; si quieres, hagamos aquí tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaba Pedro hablando, cuando vino una nube resplandeciente a cubrirlos. Y de pronto se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias, ¡escuchadle! Y al oír esta voz los discípulos cayeron sobre su rostro en tierra, y tuvieron grande miedo. Mas Jesús se acercó a ellos y los tocó, y les dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos sus ojos no vieron a nadie sino sólo a Jesús. Y al bajar ellos del monte, les mandó Jesús diciendo: No digáis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

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En la Transfiguración del Señor se cumple lo que Éste había dicho seis días antes: “Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras. En verdad os digo que hay algunos entre los presentes que no gustarán la muerte antes de haber visto al Hijo del hombre venir en su reino” (Mt 16, 27-28). Estas palabras, referidas al último día del mundo (como otros anuncios que el Señor hace sobre este punto), tenían también un significado para el presente: el Señor quiso, mostrando la misma gloria que lo rodeará el día del Juicio Final, dar a los tres discípulos que habrían de contemplar Su humillación en el Huerto de los Olivos, un anticipo de su Divinidad, para que ellos, al recordar después esta visión gloriosa, no se escandalizaran de verlo sudar sangre de miedo, en aquella terrible agonía a solas. Así pues, tuvo para esos tres su actualidad durante sus vidas, lo que habrá de ser una realidad también para todos nosotros el último día. Y los que sean llamados entonces a la derecha del Juez, experimentarán, como aquellos tres, el mismo deseo de permanecer así para siempre, ante la gloria de Dios. Pero entonces habrá no sólo tres tiendas, sino todas las que el Señor ha ido a preparar para sus elegidos. Y veremos cuán bueno es estar allí.

El papa San León Magno sigue explicando este episodio: “Al decir el Padre “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias, escuchadlo”, ¿no es evidente que lo que se ha oído es: “Éste es mi Hijo, que es salido de Mí y es Conmigo desde siempre”? Porque ni el que engendra es anterior al engendrado, ni el engendrado es posterior al que engendra. Éste es mi Hijo, de quien no me separa la deidad, ni me aleja el poder, ni me distingue la eternidad. Éste es mi Hijo, no adoptivo, sino propio; no creado a partir de otra cosa, sino engendrado por Mí; ni es de otra naturaleza que la mía y hecho comparable a Mí, sino que de mi esencia me ha nacido igual a Mí. Éste es mi Hijo, por quien todo ha sido hecho, y sin el cual no se ha hecho nada, quien hace igual que Yo todo lo que Yo hago, y todo lo que yo obro, lo obra conmigo inseparable e indiferentemente. Éste es mi Hijo, que es igual conmigo; igualdad que no apetece como si le fuera algo ajeno ni la tiene como usurpación, sino que permaneciendo en la misma forma de mi gloria, y a fin de reparar el género humano y para ejecutar una decisión que hemos tomado en común, inclinó la inconmutable Deidad hasta la forma servil”.

Sí: esto es lo que estamos contemplando en este tiempo de Cuaresma. Lo dice San Pablo, en un texto que iremos recitando en el Triduo Sacro (Fil 2, 6-8): Cristo, “quien a pesar de tener la forma de Dios, no reputó como algo codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y así, por el aspecto, siendo reconocido como hombre, se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, muerte de cruz”.

“Inclinó la inconmutable Deidad hasta la forma servil”, como dice San León Magno: para redimir la soberbia de quienes quisimos (¡aun lo queremos!) ser como Dios, Cristo humilla la Deidad hasta la forma servil; y para redimir la desobediencia de la ley de Dios que nos prohibió comer del árbol (¡y seguimos comiendo!), se hizo obediente, y obediente hasta la muerte. Pero, no, no es eso todo: porque no fue cualquier muerte, sino una muerte de cruz, que es quizá la más terrible forma de morir y, con toda seguridad, la más humillante, reservada a los esclavos.

Quiera Dios que nos estremezcamos finalmente de espanto, de estupor, por lo que se nos ha dicho en el día de hoy, y que escuchemos a ese Hijo que no trepidó, como tampoco su Padre, en humillar la Deidad por salvarnos.

Rafael Sanzio, La Transfiguración, 1517-1520, Pinacoteca Vaticana
(Imagen: Wikipedia)