viernes, 16 de julio de 2021

El motu proprio Custodis Traditionis, que restringe la celebración de los sacramentos con los libros previos a la reforma de 1970

Hoy, fiesta de la Santísima Virgen del Carmen, el papa Francisco ha promulgado una nueva regulación para la Misa de siempre, que declara la liturgia reformada como la única lex orandi del rito romano, elimina la libertad de celebración para los sacerdotes, confía al obispo las autorizaciones según su criterio pastoral y la evaluación de que se conserven las parroquias personales existentes, impide la creación de nuevos grupos de fieles, traspasa la supervisión de los institutos tradicionales a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y entrega la resolución de los asuntos litúrgicos a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. El nuevo motu proprio lleva por nombre Traditionis Custodes y supone una derogación expresa del motu proprio Summorum Pontificum promulgado en 2007 por el hoy papa emérito Benedicto XVI, así como de la instrucción Universae Ecclesiae (2011) que lo desarrolla y de cualquier otra norma legal o consuetudinaria preexistente sobre la liturgia tradicional. Al igual que aquel motu proprio, el nuevo documento está acompañado de una carta del Santo Padre a los obispos donde explica que su decisión se funda en el deseo de favorecer la unidad de la Iglesia en torno a un único rito romano. Con esta nueva disciplina, la Misa tradicional regresa a una situación similar a aquella en la que se encontraba antes de la instrucción Quattuor abhinc annos (1984), olvidando los esfuerzos de concordia y caridad tendidos por los Papas anteriores.  

Compartimos con nuestros lectores ambos textos dados a conocer hoy por la Sede Apostólica. La traducción está tomada de Infovaticana y Adelante la fe, con algunas correcciones menores de estilo hechas a partir del texto latino e italiano ofrecido por el Bolletino quotidiano de la Santa Sede.  

(Foto: Sputnik)

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CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU «PROPRIO»
DEL SUMO PONTÍFICE FRANCISCO

«CUSTODIAS TRADITIONIS»

SOBRE EL USO DE LA LITURGIA ROMANA ANTES DE LA REFORMA DE 1970

Guardianes de la Tradición, los obispos, en comunión con el obispo de Roma, constituyen el principio visible y el fundamento de la unidad en sus Iglesias particulares[1]. Bajo la guía del Espíritu Santo, mediante el anuncio del Evangelio y la celebración de la Eucaristía, gobiernan las Iglesias particulares que les han sido confiadas[2].

Promover la armonía y la unidad de la Iglesia, con solicitud paternal hacia quienes en algunas regiones se adhirieron a las formas litúrgicas anteriores a la reforma deseada por el Concilio Vaticano II, mis Venerados Predecesores, San Juan Pablo II y Benedicto XVI, concedieron y regularon la facultad de utilizar el Misal Romano publicado por San Juan XXIII en el año 1962[3]. De esta manera pretendían «facilitar la comunión eclesial a aquellos católicos que se sienten ligados a unas formas litúrgicas anteriores» y no a otros[4]

Siguiendo la iniciativa de mi Venerable Predecesor Benedicto XVI de invitar a los obispos a verificar la aplicación del motu proprio Summorum Pontificum tres años después de su publicación, la Congregación para la Doctrina de la Fe llevó a cabo una amplia consulta a los obispos en 2020, cuyos resultados se han examinado detenidamente a la luz de la experiencia adquirida en los últimos años.

Ahora, habiendo considerado los deseos formulados por el episcopado y habiendo escuchado la opinión de la Congregación para la Doctrina de la Fe, deseo, con esta Carta Apostólica, continuar aún más en la búsqueda constante de la comunión eclesial. Por lo tanto, me ha parecido apropiado establecer lo siguiente:

Art. 1. Los libros litúrgicos promulgados por los Santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, de conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del rito romano.

Art. 2. El obispo diocesano, como moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica en la Iglesia particular que le ha sido confiada[5], es responsable de regular las celebraciones litúrgicas en su propia diócesis[6]. Por tanto, es de su exclusiva competencia autorizar el uso del Missale Romanum de 1962 en la diócesis, siguiendo las directrices de la Sede Apostólica.

Art. 3. El obispo, en las diócesis en las que hasta ahora haya presencia de uno o más grupos celebrando según el Misal anterior a la reforma de 1970:

§ 1. Velar por que tales grupos no excluyan la validez y legitimidad de la reforma litúrgica, de los dictados del Concilio Vaticano II y del Magisterio de los Supremos Pontífices;

§ 2. Indicar uno o más lugares donde los fieles adheridos a estos grupos pueden reunirse para la celebración eucarística (pero no en las iglesias parroquiales y sin erigir nuevas parroquias personales);

§ 3. Establecer en el lugar indicado los días en que se permiten las celebraciones eucarísticas con el uso del Misal Romano promulgado por San Juan XXIII en 1962[7]. En estas celebraciones las lecturas se deben proclamar en lengua vernácula, utilizando las traducciones de la Sagrada Escritura para uso litúrgico que han sido aprobadas por las respectivas Conferencias Episcopales;

§ 4. Nombrar un sacerdote que, como delegado del obispo, se encargue de las celebraciones y de la pastoral de dichos grupos de fieles. El sacerdote que sea apto para este oficio, es competente para utilizar el Missale Romanum antes de la reforma de 1970, y debe tener un conocimiento de la lengua latina que le permita comprender plenamente las rúbricas y los textos litúrgicos, y estar animado por una viva caridad pastoral y un sentido de comunión eclesial. De hecho, es necesario que el sacerdote encargado se preocupe no sólo por la celebración digna de la liturgia, sino también por la atención pastoral y espiritual de los fieles.

§ 5. En las parroquias personales erigidas canónicamente en beneficio de estos fieles, efectuará una evaluación adecuada de su utilidad real para el crecimiento espiritual, y evaluará si las mantiene o no.

§ 6. Se cuidará de no autorizar la constitución de nuevos grupos.

Art. 4. Los sacerdotes ordenados después de la publicación de este motu proprio, que pretendan celebrar con el Missale Romanum de 1962, deberán presentar una solicitud formal al Obispo diocesano, quien consultará a la Sede Apostólica antes de otorgar la autorización.

Art. 5. Los sacerdotes que ya celebran según el Missale Romanum de 1962 pedirán autorización al obispo diocesano para seguir haciendo uso de la facultad.

Art. 6. Los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, erigidos entonces por la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, son de competencia de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

Art. 7. La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, para los asuntos de su competencia, ejercerán la autoridad de la Santa Sede, supervisando el cumplimiento de estas disposiciones. 

Art. 8. Se derogan las normas, instrucciones, concesiones y costumbres precedentes que no cumplan con lo dispuesto en este motu proprio.

Todo lo que he deliberado con esta Carta Apostólica en forma de motu proprio, ordeno que sea observado en todas sus partes, a pesar de cualquier disposición en contrario, incluso si existe mención particular, y establezco que sea promulgado mediante publicación en el periódico L’Osservatore Romano, que entre inmediatamente en vigor y posteriormente se publique en el Boletín Oficial de la Santa Sede, Acta Apostolicae Sedis.

Dado en Roma, junto a San Juan de Letrán, el 16 de julio de 2021, memoria litúrgica de Nuestra Señora del Carmen, noveno año de uestro Pontificado.



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[1] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, 21 de noviembre de 1964, n. 23: AAS 57 (1965) 27.

[2] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, 21 de noviembre de 1964, n. 27: AAS 57 (1965) 32; CONC. ECUM. VAT. II, Decreto sobre la misión pastoral de los obispos en la Iglesia «Christus Dominus», 28 de octubre de 1965, n. 11: AAS 58 (1966) 677-678; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 833.

[3] Véase JUAN PABLO II, Litt. Ap. Motu proprio datae «Ecclesia Dei», 2 de julio de 1988: AAS 80 (1998) 1495-1498; BENEDICTO XVI, Litt. Ap. Motu proprio datae “Summorum Pontificum”, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 777-781; Litt. Ap. Motu proprio datae “Ecclesiae unitatem”, 2 de julio de 2009: AAS 101 (2009) 710-711.

[4] JUAN PABLO II, Litt. Ap. Motu proprio datae “Ecclesia Dei”, 2 de julio de 1988, n. 5: AAS 80 (1988) 1498.

[5] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 4 de diciembre de 1963, n. 41: AAS 56 (1964) 111; Caeremoniale Episcoporum, n. 9; CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Instrucción sobre algunas cosas que deben observarse y evitarse con respecto a la Santísima Eucaristía “Redemptionis Sacramentum”, 25 de marzo de 2004, nn. 19-25: AAS 96 (2004) 555-557.

[6] Cfr. CIC , can. 375, § 1; can. 392.

[7] Véase CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Decreto «Quo magis» sobre la aprobación de siete nuevos prefacios para la forma extraordinaria del rito romano, 22 de febrero de 2020, y el Decreto «Cum sanctissima» sobre la celebración litúrgica en honor de los santos en la forma extraordinaria del rito romano, 22 de febrero de 2020: L’Osservatore Romano , 26 de marzo de 2020, p. 6.

Procesión de la ceremonia de clausura del IX Congreso Eucarístico Nacional (Chile, 1980)

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Carta del Santo Padre Francisco a los obispos de todo el mundo para presentar el motu proprio Custodis Traditionis sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma de 1970

Roma, 16 de julio de 2021.

Queridos hermanos en el episcopado:

Como hizo mi predecesor Benedicto XVI con Summorum Pontificum, yo también pretendo acompañar el motu proprio Traditionis custodes con una carta, para ilustrar las razones que me llevaron a esta decisión. Me dirijo a ustedes con confianza y parresía, en nombre de esa participación en «la preocupación por toda la Iglesia, que contribuye de manera suprema al bien de la Iglesia universal», como nos recuerda el Concilio Vaticano II[1].

Son evidentes para todos las razones que movieron a San Juan Pablo II y Benedicto XVI a conceder la posibilidad de utilizar el Misal Romano promulgado por San Pío V, publicado por San Juan XXIII en 1962, para la celebración del sacrificio eucarístico. La facultad, otorgada por indulto de la Congregación para el Culto Divino en 1984[2] y confirmado por San Juan Pablo II en el motu proprio Ecclesia Dei de 1988[3], fue motivada sobre todo por el deseo de favorecer la recomposición del cisma derivado del movimiento liderado por el arzobispo Lefebvre. La petición, dirigida a los obispos, de acoger con generosidad las «justas aspiraciones» de los fieles que pedían el uso de ese Misal, tenía por tanto una razón eclesial para recomponer la unidad de la Iglesia.

Esa facultad fue interpretada por muchos dentro de la Iglesia como la posibilidad de utilizar libremente el Misal Romano promulgado por San Pío V, determinando un uso paralelo al Misal Romano promulgado por San Pablo VI. Para regular esta situación, Benedicto XVI intervino muchos años después sobre la cuestión, regulando un hecho dentro de la Iglesia, que consistió en que muchos sacerdotes y comunidades habían «aprovechado con gratitud la posibilidad que ofrece el motu proprio» de San Juan Pablo II. Subrayando cómo este desarrollo no era previsible en 1988, el motu proprio Summorum Pontificum de 2007 pretendía introducir «una regulación legal más clara»[4]. Se trataba de facilitar el acceso a aquellos, incluidos los jóvenes, «que descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran allí una forma particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía»[5]. Benedicto XVI declaró «el Misal promulgado por San Pío V y reeditado por el Beato Juan XXIII como una expresión extraordinaria de la misma lex orandi», otorgando una «posibilidad más amplia de utilizar el Misal de 1962»[6].

Apoyando su elección estaba la convicción de que esta disposición no pondría en duda una de las decisiones esenciales del Concilio Vaticano II, socavando así su autoridad: el motu proprio reconoció plenamente que «el Misal promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la lex orandi de la Iglesia Católica de rito latino «[7] . El reconocimiento del Misal promulgado por San Pío V «como una expresión extraordinaria de la propia lex orandi» no quiso en modo alguno desconocer la reforma litúrgica, sino que fue dictado por el deseo de responder a las «insistentes oraciones de estos fieles», permitiéndoles «celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el Beato Juan XXIII en 1962 y nunca abrogado, como forma extraordinaria de la liturgia de la Iglesia»[8]. Respaldaba su discernimiento en el hecho de que quienes deseaban «encontrar la forma, querida por ellos, de la sagrada liturgia», «aceptaban claramente el carácter vinculante del Concilio Vaticano II y eran fieles al Papa y a los Obispos»[9] . También declaró infundado el miedo a las escisiones en las comunidades parroquiales, porque «las dos formas de uso del rito romano podrían haberse enriquecido»[10]. Por ello invitó a los obispos a superar las dudas y los miedos y a recibir las normas, «haciendo que todo transcurra en paz y serenidad», con la promesa de que «se podrían buscar caminos para encontrar un remedio», en caso de que «aparecieran graves dificultades» en la aplicación de la legislación después de «la entrada en vigor del motu proprio»[11] .

Trece años más tarde he encargado a la Congregación para la Doctrina de la Fe que les envíe un cuestionario sobre la aplicación del motu proprio Summorum Pontificum. Las respuestas recibidas revelaron una situación que me duele y me preocupa, confirmando la necesidad de intervenir. Lamentablemente, la intención pastoral de mis predecesores, que habían pretendido «esforzarse al máximo para que todos aquellos que verdaderamente desean la unidad puedan permanecer en esta unidad o encontrarla de nuevo»[12], a menudo se ha descuidado seriamente. Una posibilidad ofrecida por san Juan Pablo II y con mayor magnanimidad aún por Benedicto XVI para recomponer la unidad del cuerpo eclesial en relación con las diversas sensibilidades litúrgicas sirvió para aumentar distancias, endurecer diferencias, construir contrastes que hieren a la Iglesia y obstaculizan su avance, exponiéndola al riesgo de divisiones.

Estoy igualmente afligido por los abusos de un lado y del otro en la celebración de la liturgia. Como Benedicto XVI, también yo estigmatizo que «en muchos lugares las prescripciones del nuevo Misal no se celebran fielmente, pero incluso se entiende como una autorización o incluso como una obligación a la creatividad, lo que a menudo conduce a distorsiones hasta el límite de lo que es soportable» [13]. Sin embargo, me entristece un uso instrumental del Missale Romanum de 1962, cada vez más caracterizado por un creciente rechazo no solo a la reforma litúrgica, sino al Concilio Vaticano II, con la afirmación infundada e insostenible de que ha traicionado la Tradición y la «verdad Iglesia». Si es cierto que el camino de la Iglesia debe entenderse en el dinamismo de la Tradición, «que nace de los Apóstoles y que avanza en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo» (DV 8), el Concilio Vaticano II constituye el etapa más importante de este dinamismo, recientemente, en la que el episcopado católico escuchó para discernir el camino que el Espíritu indicaba a la Iglesia. Dudar del Concilio significa dudar de las intenciones mismas de los Padres conciliares[14] y, en definitiva, dudar del mismo Espíritu Santo que guía a la Iglesia.

El mismo Concilio Vaticano II ilumina el significado de la opción de revisar la concesión permitida por mis predecesores. Entre los votos que los obispos han indicado con más insistencia, se destaca el de la participación plena, consciente y activa de todo el Pueblo de Dios en la liturgia[15], en línea con lo que ya afirmaba Pío XII en la encíclica Mediator Dei sobre la renovación de la liturgia[16]. La constitución Sacrosanctum Concilium confirmó esta petición, deliberando sobre «la reforma y aumento de la liturgia»[17], indicando los principios que debían orientar la reforma[18]. En particular, estableció que esos principios se referían al rito romano, mientras que para los demás ritos legítimamente reconocidos, pidió que sean «prudentemente revisados ​​de manera integral en el espíritu de la sana tradición y dándoles un nuevo vigor según las circunstancias y necesidades de el tiempo»[19]. Sobre la base de estos principios se llevó a cabo la reforma litúrgica, que tiene su máxima expresión en el Misal Romano, publicado en editio typica por San Pablo VI[20] y revisado por San Juan Pablo II[21]. Por tanto, hay que suponer que el rito romano, adaptado varias veces a lo largo de los siglos a las necesidades de la época, no sólo se ha conservado, sino que se ha renovado «en el fiel respeto de la Tradición»[22]. Quien desee celebrar con devoción según la forma litúrgica precedente, no tendrá dificultad en encontrar en el Misal Romano reformado según la mente del Concilio Vaticano II todos los elementos del rito romano, en particular el Canon romano, que constituye uno de los los elementos más característicos.

Hay una última razón que quiero añadir al fundamento de mi elección: la estrecha relación entre la elección de las celebraciones según los libros litúrgicos anteriores al Concilio Vaticano II y el rechazo de la Iglesia y sus instituciones es cada vez más evidente en las palabras y actitudes de muchos que se consideran la «verdadera Iglesia». Este es un comportamiento que contradice la comunión, alimentando ese impulso a la división –«Yo soy de Pablo; Yo, en cambio, pertenezco a Apolo; Yo soy de Cefas; Yo soy de Cristo»- contra el cual el apóstol Pablo reaccionó firmemente[23]. Es para defender la unidad del Cuerpo de Cristo que me veo obligado a revocar la facultad otorgada por mis Predecesores. El uso distorsionado que se ha hecho de ellos es contrario a las razones que les llevaron a conceder la libertad de celebrar la Misa con el Missale Romanum de 1962. Ya que «las celebraciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es sacramento de unidad»[24] , y deben hacerse en comunión con la Iglesia. El Concilio Vaticano II, reafirmando los lazos externos de incorporación a la Iglesia -profesión de fe, de los sacramentos, de comunión-, afirmó con san Agustín que es condición para la salvación permanecer en la Iglesia no sólo «con el cuerpo, sino también» con el corazón [25] .

Queridos hermanos en el episcopado, Sacrosanctum Concilium explicó que la Iglesia «sacramento de la unidad» es tal porque es un «Pueblo Santo reunido y ordenado bajo la autoridad de los Obispos»[26]. Lumen gentium, al tiempo que recuerda al obispo de Roma ser «principio perpetuo y visible y fundamento de unidad tanto de los obispos como de la multitud de fieles», dice que vosotros sois «principio visible y fundamento de unidad en sus Iglesias locales, en el que y a partir del cual existe la única Iglesia Católica»[27].

Respondiendo a sus solicitudes, tomo la firme decisión de derogar todas las normas, instrucciones, concesiones y costumbres anteriores a este motu proprio, y de conservar los libros litúrgicos promulgados por los Santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, de conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, como única expresión de la lex orandi del rito romano. Me reconforta esta decisión el hecho de que, después del Concilio de Trento, San Pío V también derogó todos los ritos que no podían presumir de una antigüedad probada, estableciendo un único Missale Romanum para toda la Iglesia latina. Durante cuatro siglos, este Missale Romanum promulgado por San Pío V fue así la principal expresión de la lex orandi del rito romano, cumpliendo una función unificadora en la Iglesia. Para no contradecir la dignidad y grandeza de ese rito, los obispos reunidos en concilio ecuménico pidieron su reforma; su intención era que «los fieles no asistan al misterio de la fe como extraños o como espectadores silenciosos, sino que, con plena comprensión de los ritos y oraciones, participen en la acción sagrada de forma consciente, piadosa y activa»[28]. San Pablo VI, recordando que el trabajo de adecuación del Misal Romano ya había sido iniciado por Pío XII, declaró que la revisión del Misal Romano, realizada a la luz de las fuentes litúrgicas más antiguas, tenía como finalidad permitir a la Iglesia elevar, en la variedad de idiomas, «una y la misma oración» expresando su unidad[29]. Tengo la intención de restablecer esta unidad en toda la Iglesia de rito romano.

El Concilio Vaticano II, al describir la catolicidad del Pueblo de Dios, recuerda que «en la comunión eclesial hay Iglesias particulares, que gozan de sus propias tradiciones, sin perjuicio del primado de la cátedra de Pedro que preside la comunión universal de la caridad, garantiza las diversidades legítimas y al mismo tiempo asegura que lo particular no solo no dañe la unidad, sino que la sirva»[30]. Si bien, en el ejercicio de mi ministerio al servicio de la unidad, tomo la decisión de suspender la facultad otorgada por mis predecesores, les pido que compartan conmigo este peso como una forma de participación en la preocupación por toda la Iglesia. En el motu proprio quise afirmar que corresponde al Obispo, como moderador, promotor y guardián de la vida litúrgica en la Iglesia de la que es principio de unidad, regular las celebraciones litúrgicas. Por tanto, os corresponde autorizar en vuestras Iglesias, como Ordinarios locales, el uso del Misal Romano de 1962, aplicando las normas de este motu proprio. Sobre todo, corresponde a vosotros trabajar para volver a una forma de celebración unitaria, comprobando caso por caso la realidad de los grupos que celebran con este Missale Romanum.

Las indicaciones sobre cómo proceder en las diócesis están dictadas principalmente por dos principios: por un lado, prever el bien de aquellos que están arraigados en la forma de celebración anterior y necesitan tiempo para volver al rito romano promulgado por los santos Pablo VI y Juan Pablo II; por otro lado, interrumpir la erección de nuevas parroquias personales, vinculadas más al deseo y la voluntad de los sacerdotes individuales que a la necesidad real del «santo pueblo fiel de Dios». Al mismo tiempo, les pido que se aseguren de que toda liturgia se celebre con decoro y fidelidad a los libros litúrgicos promulgados después del Concilio Vaticano II, sin excentricidades que degeneren fácilmente en abusos. En esta fidelidad a las prescripciones del Misal y a los libros litúrgicos, que reflejan la reforma litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, deben ser educados los seminaristas y nuevos presbíteros. 

Por vosotros invoco al Espíritu del Señor Resucitado, para que os haga fuertes y firmes en el servicio al Pueblo que el Señor os ha confiado, para que por vuestro cuidado y vigilancia exprese la comunión incluso en la unidad de un solo rito, en el que se encuentra una gran riqueza de la tradición litúrgica romana. Rezo por vosotros. Rezad vosotros por mí. 



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[1] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium», 21 de noviembre de 1964, n. 23: AAS 57 (1965) 27.

[2] Véase CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales “Quattuor abhinc annos”, 3 de octubre de 1984: AAS 76 (1984) 1088-1089.

[3] JUAN PABLO II, Litt. Ap. Motu proprio datae «Ecclesia Dei», 2 de julio de 1988: AAS 80 (1998) 1495-1498.

[4] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 796.

[5] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 796.

[6] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 797.

[7] BENEDICTO XVI, Litt. Ap. Motu proprio datae “Summorum Pontificum”, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 779.

[8] BENEDICTO XVI, Litt. Ap. Motu proprio datae “Summorum Pontificum”, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 779.

[9] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 796.

[10] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 797.

[11] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 798.

[12] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 797-798.

[13] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 796.

[14] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium» 21 de noviembre de 1964, n. 23: AAS 57 (1965) 27.

[15] Véase ACTA ET DOCUMENTA CONSEJO OECUMENICO VATICANO II APPARANDO, Serie I, Volumen II, 1960.

[16] Pío XII, Litt. Encyc. «Mediator Dei et hominum», 20 de noviembre de 1947: AAS 39 (1949) 521-595.

[17] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 4 de diciembre de 1963, nn. 1, 14: AAS 56 (1964) 97.104.

[18] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 4 de diciembre de 1963, n. 3: AAS 56 (1964) 98.

[19] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 4 de diciembre de 1963, n. 4: AAS 56 (1964) 98.

[20] MISSALE ROMANUM ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum auctoritate Pauli PP. VI promulgatum, editio typica, 1970.

[21] MISSALE ROMANUM ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilios Vaticani II instauratum auctoritate Pauli PP. VI promulgatum Ioannis Pauli PP. II cura recognitum, editio typica altera, 1975; editio typica tertia, 2002 (reimpressio emendata, 2008).

[22] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 3 de diciembre de 1963, n. 3: AAS 56 (1964) 98.

[23] 1 Co 1, 12-13.

[24] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 3 de diciembre de 1963, n. 26: AAS 56 (1964) 107.

[25] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium» 21 de noviembre de 1964, n. 14: AAS 57 (1965) 19.

[26] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 3 de diciembre de 1963, n. 6: AAS 56 (1964) 100.

[27] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium» 21 de noviembre de 1964, n. 23: AAS 57 (1965) 27.

[28] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 3 de diciembre de 1963, n. 48: AAS 56 (1964) 113.

[29] PABLO VI, Constitución Apostólica Missale Romanum (3 de abril de 1969), AAS 61 (1969) 222.

[30] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium», 21 de noviembre de 1964, n. 13: AAS 57 (1965) 18.

martes, 13 de julio de 2021

Surge Juventus Traditionis

Juventus Traditionis es una iniciativa de laicos que pretende reunir a los jóvenes de Europa que desean dar un paso adelante en la defensa de la liturgia tridentina. Se describe como “un grupo de jóvenes europeos que asiste regular u ocasionalmente a parroquias diocesanas, comunidades religiosas o sacerdotales que celebran la Misa tridentina. Si algunos descubrimos esta forma litúrgica siendo adultos, otros han crecido con ella o se han convertido gracias a ella, y todos mostramos el mismo afecto hacia esta liturgia multisecular”.

Junto con la presentación de su página web en cinco idiomas (francés, español, inglés, alemán e italiano), su primera acción es una llamamiento para acompañar la peregrinación Summorum Pontificum que cada año se hace a Roma con ocasión del Domingo de Cristo Rey. En esta ocasión, el grupo ha hecho una convocatoria para que todos quienes puedan estén presentes en la Ciudad Eterna del 19 al 31 de octubre de 2021.

El manifiesto de Juventus Traditionis dice así:

“¡Juventud de Europa: Toma tu Misa, levántate y camina!

Con motivo de la décima peregrinación internacional Summorum Pontificum, llamamos a todos los jóvenes católicos a reunirse el próximo octubre en Roma. Deseamos reencontrarnos para mostrar con fuerza nuestro apego a la Misa de San Pío V.

Nosotros, jóvenes católicos, habiendo recibido la Fe a través de esta forma litúrgica, o habiéndola descubierto durante nuestro camino espiritual, queremos preservar la grandeza y la belleza de este tesoro de la Iglesia. Generaciones de fieles y santos se han unido a Cristo a través de esta Misa, fruto de una larga tradición y del progreso espiritual de la Iglesia. Esta liturgia todavía contribuye a la santificación de miles de almas en todo el mundo hoy en día. Es también instrumento de evangelización activa en muchos países que permite superar las diferencias de las diversas culturas para ofrecer en todas partes y juntos el mismo sacrificio a Dios que es la Misa, en unión con toda la Iglesia”.

lunes, 12 de julio de 2021

Domingo VII después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 7, 15-21):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos con piel de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se cogen uvas de los espinos, o higos de los zarzales? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo produce frutos malos. No puede el árbol bueno dar malos frutos, ni el árbol malo darlos buenos. Todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego. Así, pues, por sus frutos los conoceréis. No todo el que me dice: “¡Señor, Señor!” entrará por eso en el reino de los cielos, sino el que hiciere la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos”.

***

Hay muchos que conciben la vida cristiana ideal como un estado de paz consigo mismos y tranquilidad con Dios: “tengo mi conciencia tranquila y sé que Dios me ama”. Bueno: los más grandes criminales dicen, casi sin excepción, que ellos tienen la conciencia muy tranquila, por lo que la tranquilidad de conciencia no es un estado que deba inspirarnos confianza; nuestra conciencia es traicionera y puede jugarnos una muy mala pasada, de la cual despertaremos en el juicio personal, inmediatamente después de la muerte. Por eso dice San Pablo: “Cierto que nada me arguye la conciencia, mas no por eso me creo justificado; quien me juzga es el Señor” (1 Co 4, 4).

Y en cuanto al amor de Dios, es excelente saber que Él nos ama; pero lo que, en definitiva importa para nuestro destino eterno, es saber si nosotros lo amamos a Él: Él, en su infinita bondad, nos ha amado primero; y eso nos hace capaces de amarlo en respuesta. Pero ¿cómo sabemos que verdaderamente lo amamos? La pura piedad y sentimientos religiosos y emociones sagradas, de ésas que llevan a veces a exclamar, en una especie de éxtasis exprés, “¡Señor, Señor!”, no son un indicio suficiente de que amamos verdaderamente a Dios. Lo dice el Señor en este texto: la “prueba del amor” que nos pide Dios es que cumplamos su voluntad. Y esa voluntad está expresada, primero y sobre todo y con la máxima claridad, en los mandamientos: “Pues este es el amor de Dios, que guardemos sus preceptos” (1 Jn 5, 3).

Por lo cual hay que modificar esa idea, tan consoladora como falsa, que nos hacemos de una vida cristiana de paz de conciencia y tranquilidad con Dios: lo que hay que hacer, por el contrario, es vivir en permanente vigilancia, sin quedarse dormidos espiritualmente; es imprescindible estar en continua vigilia, como empleados domésticos que esperan el regreso del dueño de casa para abrirle la puerta y servirlo; dueño de casa que llegará a la hora que uno menos lo espere: “Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas, y sed como hombres que esperan a su amo a la vuelta de las bodas, para que, al llegar él y llamar, al instante le abran” (Lc 12, 35-38).

Pero en el Evangelio de hoy el Señor nos llama a estar en una continua vigilancia no sólo para abrir al dueño de casa, sino que también para protegernos de los enemigos que nos rondan y quieren adormecernos: “Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos con piel de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces”. Se refiere aquí el Señor a “los falsos profetas”, es decir, a maestros de la fe, posiblemente teólogos e incluso pastores de la Iglesia que, siendo falsos maestros, se hacen pasar por buenos, y diseminan una falsa enseñanza, o una enseñanza confusa que cada cual puede interpretar a su gusto para favorecer sus situaciones personales. Y esto no es algo que ocurra sólo raramente en la vida, en ocasiones muy especialmente terribles, como, quizá, aquella que vivimos hoy en la Iglesia; por el contrario, el enemigo nos ronda continuamente, como nos dice San Pedro: “Sed sobrios y vigilad, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quien devorar” (1 Pe 5, 8).

Pero el Señor nos advierte que hay un modo de conocer los falsos profetas, que son como malos árboles: los conoceremos por sus frutos. Naturalmente, esto exige de nosotros un conocimiento adecuado y recto de la doctrina de la fe, es decir, de todo aquello en que hay que creer para salvarnos, a fin de que no caigamos, por ignorancia, en manos de los falsos profetas, esos lobos, ese león que ronda buscando a quien devorar. La ignorancia es la mayor enemiga de la fe que nos salva. Desgraciadamente, vemos hoy que la enorme mayoría de los católicos tiene, apenas, una “fe del carbonero”, es decir, no educada, no profundizada, sino hecha de una serie de fórmulas cuyo sentido no se comprende bien, que llevan a unas prácticas religiosas rutinarias igualmente ineducadas. Hay que repetirlo: la ignorancia es el peor enemigo de la fe. ¡Y cuánta ignorancia existe hoy en la Iglesia, incluso en los pastores de más alto nivel, que han sido encargados de “confirmar” a sus hermanos, de aclararles lo que debe ser creído y lo que no!

Quizá hoy como nunca es urgente que los católicos estudien su fe en la buena escuela, que es la escuela de la tradición dos veces milenaria de la Iglesia, recurriendo a textos a la vez sencillos pero profundos y perfectamente seguros, como el Catecismo de San Pío X, o el Catecismo del Concilio de Trento. No hay mejores lugares para aprender la verdadera fe y estar en condiciones de descubrir a los lobos disfrazados de oveja con que nos encontramos casi a diario en los templos mismos y en las redes sociales.

Con lo dicho pareciera que toda esperanza de una vida cristiana de paz y tranquilidad se esfuma. Dios mismo nos lo ha advertido: “¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra?” (Job 7, 1). Y Jesús nos dice: “Yo he venido a echar fuego en la tierra […] ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que no, sino la disensión. Porque en adelante estarán en una casa cinco individuos, tres contra dos, y dos contra tres” (Lc 12, 49-52).

Sin embargo, no debemos descorazonarnos ni desanimarnos, porque el mismo Jesús nos dice en otra parte: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29-29).

Luca Signorelli, El sermón y las obras del Anticristo (detalle), 1499, Catedral de Orvieto (Italia)
(Imagen: Wikioo)

sábado, 10 de julio de 2021

Liturgia como trabajo versus liturgia como ocio

Les ofrecemos hoy la segunda parte de una serie de dos entregas del Dr. Peter Kwasniewski referida a la necesidad de apartar los deseos del activismo para que la vida espiritual fructifique. La primera parte, que publicamos la semana pasada, puede verse en este enlace. El objetivo del autor es mostrar la prioridad que tiene la contemplación, de la cual debe nacer la verdadera fuerza del cristiano. El mensaje recuerda la enseñanza de San Rafael Arnaiz (1911-1938), conocido como el Hermano Rafael, quien dejó escrito: "¿Por qué se extraña el mundo de que unos hombres llenos de buena voluntad se dediquen a hincar sus rodillas y eleven su corazón a Dios? Los creen inútiles, los llaman egoístas, locos, y que están perdiendo su tiempo...; pero no es así, los hombres que se dedican a la oración son los únicos que saben aprovecharlo" (Saber esperar, núm. 719). Para este santo, la oración es lo único que impide a Dios barrer con la humanidad (Saber esperar, núm. 720). Por eso, hay que convertir el tiempo en gracia y plenitud, siguiendo el consejo de "velad y orad" (Mt 26, 41).

El artículo fue publicado por New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes provienen de la versión original. 

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Liturgia como trabajo versus liturgia como ocio

(Segunda parte de una serie de dos, “Exorcizar el demonio del activismo”)

Peter Kwasniewski 

La semana pasada escribí sobre la tendencia de los cristianos modernos a priorizar la actividad -buenas obras, trabajo social, en breve, la dimensión “horizontal”- por sobre la dimensión “vertical” de la relación individual y colectiva con Dios y su Reino, tal como la encontramos y cultivamos en la oración personal y litúrgica. Para nadie es un secreto que lo que domina en nuestro mundo es la actitud pragmática y utilitaria, que domina también, lamentablemente, en nuestra Iglesia. Es inusual el pastor de almas que se toma a sí mismo en serio y, a continuación, enseña a los demás, con su ejemplo y su palabra, que buscar la unión contemplativa con Dios es, de modo absoluto, la primera prioridad en la vida de todos los hombres que han existido y que existirán, y que ello significa dar a Dios lo mejor de nuestro tiempo y de nuestros recursos. A veces pienso que el juicio final ha de girar inicialmente en torno a la cuestión de por qué dimos a Dios tan poco de nuestro tiempo, de nuestra atención y de nuestro amor cuando Él estuvo entre nosotros en símbolos y en la Presencia Real, y que sólo después de que este defecto fundamental haya sido detenidamente examinado, se llevará a cabo la aterradora revisión de nuestros particulares pecados, ofensas y negligencias.

El heroico jesuita P. Willie Doyle, s.j. (1873-1917), que gastó su vida al servicio de sus hombres en el campo de batalla, durante la Primera Guerra Mundial, como bienamado y valiente capellán militar (y que, por tanto, no puede ser acusado de piadosas ensoñaciones), dijo una vez: “¿Ha pensado usted alguna vez en que cuando el Señor señaló las “mieses listas para la cosecha” no mandó a sus Apóstoles ir a recogerla, sino rezar?” (recordemos Mt 9, 37-38: “Entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”).

La crítica que hizo el papa San Juan Pablo II al empobrecimiento de las relaciones personales en la sociedad materialista sugiere un impactante paralelo con la confusión de lo primario con lo secundario en la vida de la Iglesia: “El criterio de la dignidad de la personal -que exige respeto, generosidad y servicio- es reemplazado por el criterio de la eficiencia, de la funcionalidad y de la utilidad: los demás son considerados no por lo que “son” sino por lo que “tienen,  y hacen, y producen” (Evangelium Vitae, núm. 23).

Los reformadores litúrgicos cometieron una torpeza análoga. El criterio de la dignidad litúrgica -que exige un profundo respeto por la tradición (prerrequisito para internalizar su sabiduría), una generosa auto-renuncia ante sus demandas de ascesis y de cumplimiento de las rúbricas, y un sincero servicio a los fieles al ofrecerles una continua formación-, fue reemplazado por los criterios activistas de eficiencia, funcionalidad y utilidad ad extra. Había que juzgar la liturgia no por lo que ella es, en su esencia misma, sino por sus externalidades, su facilidad en relación con nosotros, su satisfacción de nuestras necesidades no educadas, su satisfacción de nuestros deseos y, poniéndonos en el mejor de los casos, su estimulación de nuestras actividades apostólicas. La liturgia se transformó en una sociedad mutualista para el deísmo moralístico y terapéutico, con un toque católico decorativo.

Un ritual contemplativo, como el que la Iglesia ofreció a Dios antes de mediados de la década de 1960, no podrá jamás resistir las incesantes demandas del pragmático de producir resultados instantáneos o de producir “algo” continuamente. Todo esto se debe a un error fundamental: se toma el trabajo, más que el reposo, como el paradigma de lo que está en acto. Conviene que nos detengamos en este punto.

Aristóteles introdujo en la filosofía una de las distinciones más útiles que jamás se ha hecho, la diferencia entre “acto primero” y “acto segundo” (o, según algunas traducciones, actualidad primera y actualidad segunda). Podemos entender esta distinción, que no es lógica sino metafísica, considerando una serie de ejemplos tomados de la experiencia común e intuyendo qué es lo que tienen en común: por ejemplo, ser capaz de ver versus ver efectivamente; estar vivo pero dormido versus estar despierto; ser capaz de conocimiento intelectual o habitual versus entender efectivamente una esencia, algo que ocurre cuando el conocedor y lo conocido, sujeto y objeto, son uno y lo mismo. Esta última situación es “estar en pleno quehacer” (en el lenguaje de Joe Sachs, influido por Heidegger), pero, paradojalmente, no se trata de estar trabajando laboriosamente en algo, sino de permanecer activamente en posesión de una forma o de una perfección. La capacidad de trabajar está ordenada hacia el trabajar (lograr actualidad), pero el trabajo está ordenado hacia un cierto “descanso” (actualidad plenamente lograda). Lo que Abraham Maslow llama “un estado de flujo” es precisamente -a esto se refiere Aristóteles- este segundo acto/actualidad, en su cúspide.

La solemne liturgia pública de la Iglesia, aunque supone los esfuerzos conjuntos de diversas personas, es esencialmente esta última clase de trabajo: es estar “en situación de pleno trabajo” en la actualidad de Cristo, que Él comparte con nosotros como un desbordamiento, como una redundantia, del cielo, al que nos unimos como ramas u hojas que van flotando curso abajo más que como camiones que acarrean gravilla o aplanadoras que aplanan asfalto. No estamos haciendo un mundo mejor por el trabajo de nuestras manos, sino que estamos siendo rehechos a la imagen de Dios, que es acto puro.

El libro más conocido de Joseph Pieper se titula El ocio y la vida intelectual. Por “ocio” Pieper entiende lo que hacemos por razón de sí mismo, una vez que todas nuestras demás necesidades prácticas están satisfechas. El ocio no es relajo, que es un intervalo de inacción antes de reanudar nuestras acciones. Ni es tampoco exactamente lo mismo que recreación, que es entretenemos a nosotros mismos, o mutuamente unos con otros, de una manera más o menos dignificada. El ocio es la actividad refleja y contemplativa de gozarse en lo que es real, con toda la mente y el corazón, sin ningún otro negocio que nos urja o nos distraiga; es descansar con admiración y gratitud en la bondad de la creación y de su Creador; es aquello a que el hombre virtuoso se esfuerza por dar cabida, porque es la mejor de las actividades humanas y, de hecho, algo que es más que humano.

Ver la “liturgia como trabajo” y ver la “liturgia como ocio” son, pues, dos formas básicas de ver esta realidad. La primera es activista, la segunda, contemplativa; una está basada en el paradigma del compromiso y la producción, la otra en el paradigma de la receptividad, del abandono, del descanso. Los partidarios de la primera concepción se imaginan a sí mismos haciendo lo correcto, construyendo en la realidad un correcto estado de cosas, y piensan por ello que sus oponentes son “pasivos”, “observadores mudos”. Los partidarios de la segunda concepción se ven a sí mismos primariamente como contemplando y amando lo que es bello o noble de por sí, y consideran, por tanto, que un cierto tipo de pasividad es una virtud, y que la observación reposada es una forma de abrir el alma al poder de alguien que actúa para conformarla a Sí mismo. Como dice Andrew Louth, “participar contemplando le parece un defecto sólo a la atareada mente occidental” (The Study of Spirituality, p. 187). 

Profesiones monásticas: todos en esta foto son receptivos en postura y acción

Misas privadas monásticas (véase aquí algunas fotos recientes)

El P. Ray Blake se pregunta “¿por qué los contemplativos con problemáticos?”, y responde:

“Parece que es debido a algo relacionado con la 'otreidad' de sus vidas […] sus valores no son los del mundo contemporáneo: tienden a permanecer quietos más que a salir a las periferias del pensamiento contemporáneo, stat crux dum volvitur orbis, lo que significa que no coinciden 'con el programa'. Hay algo relacionado con la trascendencia y otreidad de sus vidas que dice cosas importantes sobre Dios; que Él está por sobre nosotros y más allá de nosotros, que es incognoscible, inefable, lo cual quiere decir que está fuera del control de los Reyes y de los gobiernos, e incluso de los eclesiásticos. La guerra contra la liturgia que habla de lo trascendente del período post-conciliar usa los mismos argumentos (o la misma falta de ellos) que usan quienes tienen problemas con la vida contemplativa. La liturgia que es sólo culto, que no pretende enseñar, o construir la comunidad o “celebrar”, en el sentido contemporáneo del término, es igualmente incomprensible: está más acerca del esse [ser] que del agere [obrar]”.

En su hermosa obra Love and Truth: The Christian Path of Charity (pp. 225-226), Jean Borella analiza brillantemente la mentalidad que hay detrás de la supresión de la oración y de la liturgia por razón de “necesidades sociales”:

“Ser universal, este mandamiento [del amor] es, por definición, una premisa aplicada a todo hombre; pero su cumplimiento no requiere, para que sea perfecto y para que nosotros seamos perfectos, que lo apliquemos sucesivamente a cada uno de los hombres. Esta interpretación es la que está implicada, sin embargo, en el modo cómo nuestros contemporáneos se han intoxicado con una caridad cuantitativamente ilimitada. Además, ¿por qué limitar el alcance de este mandamiento a la humanidad? ¿Acaso el orden cósmico no incluye a toda la creación, y no ha mandado Cristo que se enseñe el Evangelio a toda creatura, no sólo al hombre? Por otra parte, siendo inagotables, por definición, la imperfección, la miseria y la injusticia, el trabajo de la justicia exige la totalidad de mi tiempo y, por tanto, la totalidad de mi vida.

Por consiguiente, todo lo que no es derechamente un trabajo individual o colectivo de justicia [es considerado] un pecado mortal. La oración y la liturgia, que requieren momentáneamente la totalidad del hombre y la cesación de toda otra actividad en beneficio de la colectividad, se convierten ellas mismas en pecados mortales. Porque para orar, necesitamos retirarnos del mundo. No somos nosotros lo que lo decimos, sino Cristo, y todo lo que necesitamos es señalar que el mandamiento de la oración viene inmediatamente después de aquel pasaje tan frecuentemente citado, como si el Evangelio hubiera querido adelantarse a los errores modernos de interpretación: 'Tú, cuando ores, entra en tu habitación y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará' (Mt 6, 6).

El hic et nunc [aquí y ahora] de nuestra situación existencial implica unidad de acción. No podemos hacer varias cosas al mismo tiempo. El acto de orar y la liturgia excluyen, concretamente, la acción social y viceversa. Si la caridad activa significa absorber la totalidad de la capacidad caritativa, todo lo que se le opone debiera ser eliminado. Y por eso pensamos que la concepción moderna conduce directa y lógicamente a la eliminación del culto litúrgico y de la vida espiritual, es decir, a la eliminación de la Iglesia y, en último término, del teísmo, porque su oposición, in concreto, es estrictamente inevitable”.

Ahora bien, lo que describe Borella puede estimarse como un “caso límite” que jamás se alcanzará en este mundo, a pesar de los efectos sumados del activismo, la indiferencia y la maldad en las altas esferas y las bajas. Sin embargo, la lógica que lleva a él deja detrás de sí una estela de destrucción, a cuya vera yacen las vocaciones perdidas o jamás renovadas de decenas de miles de religiosos contemplativos después del Concilio, un enorme vacío en el Cuerpo Místico en la tierra que ninguna campaña de caridad, ni ningún programa pastoral, ni ninguna reforma litúrgica podría jamás llenar. Habrá una restauración del dinamismo misionero de la Iglesia y de su trabajo, antes incomparable, de caridad en el mundo, el día y lugar en que se redescubra y se vuelva a abrazar la primacía de la contemplación y del auténtico ocio de la liturgia. De un modo maravilloso, ocurre que el camino para alcanzar esa meta tan deseada es la meta misma: oración y culto. Los medios y el fin coinciden, porque nuestro “pan de cada día” es, por excelencia, el Hacedor del pan y de la Vida que El mismo imparte.  

martes, 6 de julio de 2021

Domingo VI después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mc 8, 1-9):

“En aquel tiempo, habiéndose juntado otra vez una inmensa turba en torno a Jesús, y no teniendo qué comer, llamó a sus discípulos y les dijo: Lástima me da esta multitud, porque tres días hace que me siguen, y no tienen qué comer; y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos han venido de lejos. Y sus discípulos le respondieron: ¿Quién será capaz de procurarles pan abundante en esta soledad? Y les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Respondieron: Siete. Mandó entonces a la gente sentarse en el suelo; y tomando los siete panes, dando gracias, los partió y dio a sus discípulos para que los distribuyesen entre las gentes: y se los repartieron. Como tenían algunos pececillos, bendíjolos también, y mandó distribuírselos. Comieron hasta saciarse, y de las sobras recogieron siete cestos, siendo los que habían comido, como 4000; y los despidió”. 

***

Al salir el pueblo de Israel de Egipto, tierra donde abundaban el pan y las cebollas y donde vivía en abundancia pero como esclavo, dijo al Faraón: “Deja […] que vayamos camino de tres días por el desierto, para sacrificar a Yahvé” (Ex 3, 18). 

El Señor nos pide que lo sigamos tres días al desierto, que abandonemos la esclavitud del pecado que nos tiene atados y que -desconociendo nosotros la triste realidad de nuestra alma- nos parece ser tierra de abundancia de bienes. Y en el desierto, nos da hambre.

Dice el Señor: ¡Me compadezco de estas multitudes! Le da pena despedirlos después de tres días en que no han comido nada por seguirlo y oírlo hablar (“Tú tienes palabras de vida eterna”, Jn 6, 68). Pero su corazón misericordioso y compasivo echa mano de siete panes y los alimenta hasta saciarlos. 

Hoy vivimos en un desierto aterrador, en una soledad donde parece que no hay auxilio alguno. Pero el Señor nos ofrece siete sacramentos por medio de los cuales sacia y repara nuestras fuerzas. Sí: la Iglesia es hoy un desierto desolador, donde reinan los aullidos destemplados de las fieras que han entrado en Ella por aquellas puertas que nunca debió abrirse, por las cuales se pensaba iba a entrar la primavera, y por donde entró Satanás. Pero nosotros queremos seguir a Jesús que parece internarse cada vez más profundamente en esa desolación, sabiendo que hay siete panes, siete sacramentos con los cuales no va a alimentar. 

El camino de la fe no es una risueña avenida, florida y sombreada (no es una de aquellas “anchas alamedas” que los utópicos nos pintan para engañarnos). Es, más bien, un camino áspero y difícil, donde no abundan ni la comida ni el reparo nocturno para nuestro consuelo: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24). 

Pero el Señor está con nosotros, y nos ofrece sus siete sacramentos para que, como aquellos cuatro mil hombres, nos saciemos, no queramos ya nada más, sintamos que no podemos ser más felices. Felices en medio de ese humo de Satanás que llena las basílicas, que invade, con su fetidez, los presbiterios y las estancias vaticanas. Porque, si no abandonamos la recepción de esos sacramentos, si no dejamos de comer ese pan del Señor, todo esto nos parecerá que es nada. 

Esto lo debemos entender, sobre todo, de ese Sacramento del Altar en que la figura de pan que se nos da en el desierto deja de ser figura para revelarse como la más enceguecedora realidad: “En verdad, en verdad os digo: Moisés no os dio pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que bajó del cielo y da la vida al mundo. Dijéronle, pues, ellos: Señor, danos siempre de ese pan. Les contestó Jesús: Yo soy el pan de vida; el que viene a mí, ya no tendrá más hambre, y el que cree en mí, jamás tendrá sed (…) Yo soy el pan de vida: vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del cielo, para que el que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo […] En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros […] Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 32-35).  

En medio de tanto dolor y desventura como se vive hoy en la Iglesia, es necesario volver el pensamiento al Señor que, en el desierto, y echando mano de los siete panes, alimenta a quienes lo siguen fielmente. “Count your blessings!” es el sabio dicho inglés: “¡Cuenta tus bendiciones!”. Cuenta todas las bondades de que te colma el Señor aun en medio de este desierto tenebroso en que vivimos; cuenta, sobre todo, con la suprema bendición de ese pan que es su Carne, y acude a comerlo a los pies de ese sacrificio de la Cruz cotidianamente reactualizado, donde se inmola y se ofrece incruentamente la misma Sagrada Víctima del Calvario.

“La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra en la injusticia, se complace en la verdad” (1 Co 13, 4-6). Por eso, no aceptes que Satanás te sugiera que más vale la caridad que la verdad, y te convenza que no se justifica defender a toda costa, realmente a toda costa, ese Sacramento del Altar que es el que te mantiene vivo. San Pablo, defendiendo la tradición que había recibido del Señor y había enseñado a los Gálatas, les dice: “aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8). ¡Ni siquiera un ángel del cielo! Tanto menos unos prelados de la Curia, y ¡ni siquiera un Papa! Nuestra fe reside en Cristo y su Revelación. 

Anónimo, La multiplicación de los panes y los peces, circa 1800, Museo del Prado (España)
(Imagen: Museo del Prado)

domingo, 4 de julio de 2021

Declaración de la Federación Una Voce: Viviendo la fe, viviendo el futuro

El día de hoy, domingo 4 de junio de 2021, VI Domingo después de Pentecostés, la Federación Internacional Una Voce (FIUV) ha publicado una breve declaración pública en el periódico italiano La Repubblica, intitulada "Viviendo la fe, viviendo el futuro: La forma extraordinaria del rito romano". Su texto, que aquí reproducimos en castellano, se encuentra disponible en inglés, francés, alemán e italiano en este enlace. Infocatólica, Aciprensa y Adelante la feInfovaticana y Secretum meum mihi también han dado cuenta de la publicación del inserto


Viviendo la fe, viviendo el futuro: La forma extraordinaria del rito romano

Declaración de la Federación Internacional Una Voce

La Federación Internacional Una Voce (FIUV), fundada en 1965, reúne a diversas asociaciones de fieles laicos adheridos a la forma extraordinaria del rito romano (Misa tradicional).

En 2007, el motu proprio Summorum Pontificum reconoció la vigencia de la liturgia tradicional, así como la libertad de los sacerdotes para celebrarla y la de los fieles para solicitarla. Este hecho ha derivado en un continuo incremento de las celebraciones de la antigua Misa latina y de sus frutos espirituales. 

A lo largo del año 2020, la FIUV ha realizado a nivel mundial una encuesta entre los fieles en relación a la implementación de Summorum Pontificum. De esta encuesta, que incluye resultados de 364 diócesis en 52 países, hemos extraído estas conclusiones:

La Misa latina antigua es profundamente apreciada por grupos de fieles de todas las edades, especialmente por familias con niños, por los jóvenes y los conversos, de todos los ambientes sociales y culturales, de todos los continentes y en un número cada vez mayor de países.

La mayor disponibilidad de esta Misa ha favorecido en muchos lugares la normalización de la relación entre los fieles que se han adherido a ella y sus obispos. Estas relaciones se caracterizan cada vez por la comprensión y el respeto recíproco.

Sin embargo, hemos constatado que, en contra a las políticas anteriores de la Santa Sede,  dentro de la Iglesia aún existen personas, incluyendo algunos obispos, que desearían que la forma extraordinaria del rito romano fuera explícitamente suprimida o sujeta a mayores restricciones. Por esta razón, la FIUV, en consideración a los fieles adheridos a la Misa Tradicional, siente el deber de expresar su opinión, animada por la exhortación del papa Francisco a los miembros de la Iglesia de actuar con parresia y la humildad necesaria.

El incremento en el interés por la liturgia tradicional no se debe a la nostalgia por un tiempo que no recordamos o a un deseo de rigidez: se trata en realidad de abrirnos al valor de algo que para la mayoría de nosotros es nuevo y es fuente de esperanza. El papa Francisco ha caracterizado a la liturgia antigua en términos del «sentido de adoración» (Conferencia de prensa de 28 de julio de 2013); podemos también aplicarle sus palabras: una «historia viva que nos acoge y nos anima hacia adelante» (Evangelii Gaudium, núm. 13).

Hoy deseamos formar parte de esta «gran orquesta» de «unidad en la variedad» que, como el papa Francisco ha dicho, refleja la verdadera catolicidad de la Iglesia (Audiencia General de 9 de octubre de 2013). El motu proprio Summorum Pontificum continúa transformando los conflictos del pasado en armonía: deseamos que pueda continuar haciéndolo.

Felipe Alanis Suarez
Presidente

La Federación Internacional Una Voce es una asociación privada e internacional de fieles que agrupa a las asociaciones locales de fieles adheridos a la Misa tradicional. Su misión es garantizar la preservación del Santo Sacrificio de la Santa Misa según la forma extraordinaria del rito romano, de acuerdo a su última edición típica de 1962 por el papa San Juan XXIII y de toda la liturgia gregoriana que se mantiene en la Iglesia Católica, como una de las dos formas de celebración litúrgica. La Asociación Litúrgica Magnificat forma parte de dicha Federación desde su creación en 1966 como capítulo chileno. Los detalles de la encuesta referida en el inserto pueden ser revisados aquí

jueves, 1 de julio de 2021

La Iglesia existe, primero que nada, para busca el Reino de Dios

Les ofrecemos hoy una nueva traducción del Dr. Peter Kwasniewski. Se trata de la primera parte de una serie de dos artículos dedicadas a combatir el activismo que muchas veces eclipsa la vida espiritual, porque se piensa que el celo por el mundo terreno refleja el cumplimiento del plan de Dios. Bajo distintas formas se insiste sobre la necesidad de preocuparse más de los cotidiano, dejando la piedad y la liturgia en un lugar secundario. Sin embargo, la enseñanza de Jesús apunta a distinguir entre lo principal (el Reino de Dios y su justicia) y lo accesorio (la añadidura), puesto que el propósito es adorar a Dios en espíritu y verdad (Mt 6, 33; Jn 4, 24). La Iglesia enseña que "el Reino de Dios es para nosotros lo más importante. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre" (CCE 2816). De ahí que los cristianos tengan la obligación grave de "distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz" (CCE 2820). Este artículo y el siguiente, que publicaremos la próxima semana, entregan algunas claves para subordinar la acción a la adoración. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes proviene de la versión original.  

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La Iglesia existe, primero que nada, para busca el Reino de Dios

(Primera parte de una serie de dos, “Exorcizar el demonio del activismo”)

 Peter Kwasniewski 

A medida que regresa la Misa tradicional y se multiplican las discusiones a su respecto, es posible oír objeciones como la siguiente (que escuché casi verbatim): “La Misa tradicional está demasiado focalizada en lo vertical y no lo está suficientemente en lo horizontal. Y fortalece una mentalidad de bunker o de fortificación. No se puede dejar que la gente se incline tanto hacia lo contemplativo: la gente debe prepararse para lanzarse con ímpetu a las batallas de la guerra de la cultura”.

Un ejemplo rampante de esto puede verse en las siguientes palabras, publicadas hace unos pocos años por un escritor católico que, me parece, ya no las suscribiría hoy:

“No sostengo que no haya habido aspectos del 'modo de orar' de la antigua liturgia que pudieran haber sido un peligro, de algún modo, para alcanzar una auténtica madurez cristiana. Puede que sea cierto, en cierta forma, como lo argumentaron algunos reformadores, que la antigua liturgia tendía a fomentar un tipo de piedad simplista, una fe 'celestial' sin relación con el 'aquí y ahora' de la llamada de Cristo a actuar en temas urgentes de caridad y de justicia social. En este sentido, algunos aspectos de la celebración de la antigua Misa, el incienso, los paramentos, el misterio, hacían que la gente se concentrara tanto en el 'cielo' que se olvidaba de la 'tierra'. Reconozco que esto puede haber sido y sea verdad, y constituya una preocupación para los reformadores verdaderamente comprometidos con la construcción del Reino, aquí y en el tiempo futuro”.

Si esta caricatura fuera verdad, ¿por qué los grandes santos de la caridad y la justicia social, como San Vicente de Paul en el siglo XVII o, en nuestra época, Dorothy Day, traumatizada por la revolución litúrgica, alientan una cuidadosa y bella celebración de la liturgia tradicional, que los alimentó a lo largo de toda su vida? Ellos sabían que lo que hagamos con la Hostia pobre, escondida, humilde y vulnerable, lo hacemos con Cristo glorioso, nuestro Juez en el cielo. De hecho, todo pecado que cometemos contra la divina liturgia lo cometemos contra nuestros hermanos y hermanas pobres, cuyo mayor tesoro en esta vida es la fe y el culto de la Iglesia. Porque es en la liturgia que se cumplen las consoladoras palabras del profeta Isaías:  “¡Oh, vosotros los sedientos, venid a las aguas, aun los que no tenéis dinero! Venid, comprad y comed; venid, comprad sin dinero, sin pagar, vino y leche. ¿A qué gastar vuestro dinero no en pan y vuestro trabajo no en hartura? Escuchadme y comeréis lo bueno y os deleitaréis con manjares suculentos” (Is 55, 1-2).

San Vicente de Paul y Dorothy Day

La historia de la Iglesia cuenta algo totalmente diferente, algo que C.S. Lewis ha escrito en un famoso pasaje de Mero Cristianismo y que vale la pena repetir siempre:

“Mirar continuamente adelante, hacia el mundo eterno, no es, como piensan algunos, una forma de escapismo o de auto-engaño, sino algo que los cristianos deben hacer. No significa que hemos de dejar el mundo actual tal como está. Si se lee la historia se verá que los cristianos que más hicieron por el mundo presente fueron justamente los que más pensaron en el mundo futuro. Los mismos apóstoles, que iniciaron la conversión del Imperio Romano, los grandes hombres que construyeron la Edad Media, los evangélicos ingleses que abolieron la trata de esclavos, todos ellos dejaron su huella en la Tierra precisamente porque en su mente se ocupaban del Cielo. Es a partir del momento en que los cristianos dejaron de pensar en el otro mundo que se han vuelto tan ineficientes en éste. Apunten al cielo y verán que se les da la tierra: apunten a la tierra, y no obtendrán ni el uno ni la otra”.

En el tráfago de una participación activa -en vernáculo familiar- en “ritos livianos”, se ha llegado a considerar casi indecente que los laicos pidan que la liturgia conduzca a la meditación, o que el clero espere que la Misa o el Oficio Divino favorezcan en sus almas la vida contemplativa. La observación de Lewis podría haber sido hecha teniendo en mente nuestra situación posconciliar: “Aspiren a adorar al Señor en espíritu y en verdad, y conseguirán con ello una participación activa; aspiren a una participación activa y no conseguirán ninguna de ambas cosas”.

Por el modo cómo los liturgistas siguen obrando, podría pensarse que se dicen unos a otros: “¿Qué vamos a hacer, para que todos hagan algo? ¿Qué vamos a cantar o decir? ¿Quién leerá las lecturas, quién traerá los dones al altar, quién aplaudirá con mano celebradora, quien palmoteará la espalda del vecino? ¿Cuándo nos hemos de poner de pie, y cuándo nos arrodillaremos?”. Y Jesús está ahí y nos dice: “Los paganos buscan todas estas cosas. Vuestro Padre sabe que las necesitáis, en tiempo y lugar oportuno. Buscad primero el Reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura”.

Si nos preocupamos más de la participación que de la realidad en que hay que participar, y si insertamos explicaciones e instrucciones en la liturgia (el “cómo”) en vez de esforzarnos por instruir al pueblo, en otra oportunidad, para que pueda verdaderamente entregarse en la liturgia, estaremos invirtiendo el orden correcto de los bienes, la jerarquía de valores y, por ahí, estaremos mereciendo que nos priven de esos bienes y que reine la anarquía en los valores.

Un escritor espiritual dominico, el P. Gerald Vann, articula esta relación de lo primario con lo secundario en su obra The Divine Piety (pp. 12-13):

“Sería posible decir 'preocúpate de la contemplación, asegúrate de que sea ferviente, asidua, y totalmente centrada en Dios, que la acción se preocupará de sí misma, la actividad redentora vendrá inevitablemente a continuación, de un modo u otro'; pero lo contrario ciertamente no sería verdad. ¿Cuál es el propósito de la gracia de Dios, del sistema sacramental, de todo el dinamismo de la vida sobrenatural, sino hacernos capaces de conocer a Dios, de amar a Dios, de servir a Dios? [...] Tener espíritu de pobres, ser mansos y puros de corazón: todo esto denota una actitud del alma hacia el mundo, pero denota, en primer lugar, una actitud del alma hacia Dios […] Sí, debemos anhelar y orar y trabajar para llenarnos de amor al prójimo; pero, primero que todo, sobre todo, debemos anhelar y orar y trabajar para tener lo único necesario, la substancia de la vida eterna, aquello de que esto otro, en su grado más fuerte y más profundo, es una expresión y una derivación”.

El abad Ildefonso Herwegen expresa el mismo sentimiento en su introducción de 1918 al libro El Espíritu de la Liturgia, de Romano Guardini (introducción que, lamentablemente, ya no se publica en la actualidad):

“No son ni las asambleas, ni las demostraciones, ni el favor de los estados o de los pueblos, ni las leyes de protección y los subsidios lo que hacen fuerte a la Iglesia. Y aunque nunca se hará lo suficiente ni en la predicación, ni en los confesonarios, ni en las misiones parroquiales, ni en la catequesis ni en las obras de misericordia, todas estas cosas, sin embargo, son meramente logros externos que fluyen de un poder interior. Sería en verdad perverso preocuparse principalmente de tales logros si se descuida lo relativo a la pureza, intensidad y crecimiento de la fuente interior. Cada vez que la Iglesia ora verdaderamente, vitalmente, brota por todas partes la santidad sobrenatural, la paz activa, la comprensión humana, y florece el verdadero amor al prójimo”.

Dom Gabriel Sortais, abad general de la Orden de los Cistercienses de Estricta Observancia entre 1951 a 1963, tenía también una profunda comprensión de la primacía y fertilidad de la contemplación (citado por Guy Oury, OSB, Dom Gabriel Sortais: An Amazing Abbot in Turbulent Times, trad. de Brian Kerns, OSCO [Kalamazoo, MI, Cistercian Publications, 2006], pp. 279 y 300):

“La Iglesia está íntimamente unida a la Palabra de Dios, que se hizo carne por la salvación de la humanidad, y es precisamente esta unión con el Hijo de Dios encarnado lo que es la fuente de la función pastoral […] Es por su unión con Cristo que predica, enseña y sufre, que ella transmite los beneficios de la oración, de la palabra y del sacrificio de Jesús. Una vez que existe una unión íntima, se da el apostolado verdadero y en salida. Sin íntima unión con Jesús, no se puede hablar de irradiación, de hacer que los otros lo conozcan y lo amen”.

Pintura alegórica mexicana de las heridas de Cristo como fuente de la vida (se representan las "cinco personas": Jesús, María, José, Ana y Joaquín). Para obtener más información sobre este tipo de imagen, consulte aquí.

Una Voce, el profeta Isaías, C.S. Lewis, el P. Gerald Vann, el abad Ildefonso Herwegen, Dom Gabriel Sortais: todos ellos nos hablan de la primacía de la contemplación, de centrarse en Dios, de festejar con el alimento que Él nos ofrece, de modo que el resto de lo que proyectamos hacer se permee con el “poder interior” de la gracia divina, buscada en esta “fuente interior” y recibida de ella: oración, liturgia, sacramentos. Todo esto orienta a los cristianos hacia la vida sin término, la vida del mundo que viene, el destino celestial para el que Cristo nos compró con el derramamiento de su Preciosa Sangre.

La Palabra se hizo carne no para proporcionarnos casas más grandes y de ambiente más amigable, con electricidad y agua corriente, y alfabetización e higiene, y derecho de voto y bancos virtuales. Ninguna de estas cosas evitará que paguemos todos la deuda de Adán: dolor, sufrimiento y muerte, seguida de juicio y de eterna felicidad o eterno llanto. La Palabra se hizo carne para elevarnos, cuerpo y alma, de modo que participemos de su resurrección de los muertos y de su indestructible gozo en su Padre.