martes, 21 de diciembre de 2021

¿Pueden los católicos “reconocer y resistir”?

Siguiendo con el artículo publicado el domingo del Dr. Peter Kwasniewski , les ofrecemos hoy otro de Eric Sammons sobre la resistencia ante medidas que se consideran injustas. El autor se pregunta si se puede, en verdad, reconocer y resistir en situaciones como éstas, concluyendo que los católicos han visto siempre al Romano Pontfice como un hombre imperfecto que ocupa un puesto importante y necesario, pues fue instituido por Cristo para regir su Iglesia en la tierra, sin excluirlo de la debida sujeción a la Revelación. De esta manera, no se ha producido nunca el dilema entre ese reconocimiento de su augusta posición y el tener que resistirlo si actuaba contra la tradición aceptada.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive y ha sido traducido por la Redacción. Eric Sammons es el director ejecutivo de Crisis Publications, además de autor de ocho libros, entre los cuales se incluye Deadly Indifference: How the Church Lost Her Mission, adn How We Can Reclaim It.

El argumento de Sammons ha sido también repetido en varias ocasiones por Caminante Wanders. Les recomendamos igualmente la lectura de esta entrada del Padre de familia y la reseña del libro del Prof. Roberto De Mattei sobre el Vicario de Cristo, ambas publicadas en esta misma bitácora. 

Eric Sammons

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¿Pueden los católicos “reconocer y resistir”?[1]

Eric Sammons

“Con filial espíritu filial de obediencia, desobedezco, me rehúso, y me rebelo”. Aunque pronunciadas estas palabras por un obispo inglés del siglo XIII, ellas, dirigidas de forma osada y paradojal al Papa, representan bien la tensión que encontramos en el movimiento contemporáneo “Reconozco y resisto” existente en la Iglesia católica. Reconocemos que Francisco es el legítimo Papa y que, en cuanto tal, es nuestro Santo Padre, que merece nuestra obediencia. Pero, al mismo tiempo, resistimos aquellos aspectos de su obra que son contrarios a la tradición apostólica.

¿Es verdaderamente católica esta postura de “reconocer y resistir” (R&R), fundada claramente en una paradoja (algunos dirían “contradicción”)?

Aclaremos, en primer lugar, los términos que usamos. La primera “r”, “reconocer”, es sencilla: quiere decir que quienes están en esta postura reconocen que Jorge Mario Bergoglio es actualmente el legítimo Romano Pontífice, que reina como papa Francisco, y como tal, tiene autoridad legítima sobre la Iglesia, definida específicamente según el Concilio Vaticano I.

Lo anterior diferencia R&R de tres otros grupos que también se oponen a la obra de Francisco: (1) aquéllos que creen que no hay actualmente un Papa legítimo (sedevacantistas); (2) aquéllos que creen que Francisco ocupa materialmente, pero no formalmente el cargo de papa (sedeprivacionistas), y (3) aquéllos que creen que el papa Benedicto XVI es todavía el legítimo papa (beneplenistas).

La otra “r”, “resistir” puede ser definida más latamente. Hay muchos católicos conservadores que asisten al Novus Ordo y que, a veces, critican al Papa, a quienes se podría aplicar la etiqueta R&R. Con todo, la etiqueta se destina normalmente a los tradicionalistas que formulan críticas más fuertes y constantes al papa Francisco.

En esencia, “resistir” quiere decir oponerse al programa global del papa Francisco, que incluye la narrativa dominante de las élites culturales sobre temas como el cambio climático y el covid-19, y procura marginalizar la liturgia y la teología católica tradicionales. No se trata, simplemente, de una que otra crítica, sino de un rechazo de la visión que Francisco tiene de la Iglesia.

Pablo reprende al arrepentido Pedro, de Guido Reni
(Imagen: artículo original)

Aclarado el significado de “reconocer y resistir”, surge una cuestión más importante: ¿es ésta una postura legítima que un católico, especialmente uno tradicionalista, pueda adoptar? Porque, después de todo, uno de los fundamentos del catolicismo es el papado, por lo que ¿cómo podría ser tradicional el “resistir” al hombre que uno reconoce que ocupa ese cargo?

Como adherente al ámbito R&R, reconozco esta paradójica tensión. Cuando hace casi 30 años me convertí al catolicismo, no me habría jamás imaginado que dedicaría tiempo a alegar, en muchas ocasiones, que el Papa está equivocado en temas católicos fundamentales, como la finalidad de la liturgia o la moralidad de la pena de muerte. Aunque algunos amigos católicos en aquella época me argumentaban que los católicos no adoran al Papa y que éste puede equivocarse, jamás me imaginé que podía equivocarse tanto.

Así pues, todo católico que se goza o se consuela con que el Papa conduzca a la gente al error, no es muy buen católico. “Reconocer y resistir” es vivir el Viernes Santo, no el Domingo de Resurrección.

Sin embargo, hay católicos que sostienen que R&R es intrínsecamente anti-tradicional, puesto que parece contradecir los escritos de los pontífices, especialmente los de la última parte del siglo XIX y los del siglo XX, sobre el papel del Papa en la vida de un católico. Ser católico, según esto, significa aceptar devotamente todas las opiniones del Papa reinante (y si sus opiniones contradicen la enseñanza y la práctica católicas anteriores, hay que concluir que, o bien dichas enseñanzas previa son hoy erróneas, o bien que el Papa no es Papa).

Sin embargo, esta concepción no abarca la totalidad de los 2 mil años de tradición. Las generaciones anteriores de católicos no vieron al Papa como la versión católica del Oráculo de Delfos, sino que lo vieron como un hombre imperfecto que ocupa un puesto importante y necesario. Para ellos no era problema resistirlo si actuaba contra la tradición aceptada, incluso reconociendo su augusta posición.

Naturalmente, el fundamento de la postura R&R está en la Sagrada Escritura. En la Epístola a los Gálatas, San Pablo nos dice que cuando San Pedro, nuestro primer Papa, se apartó equivocadamente de la compañía de los creyentes no circuncidados, “en su misma cara le resistí, porque se había hecho reprensible” (2, 11). El Apóstol de los Gentiles no rechazó la autoridad del príncipe de los Apóstoles, pero lo resistió cuando Pedro actuó contra el Evangelio.

Otro ejemplo histórico de R&R lo da la vida de Roberto Grosseteste, un obispo de Lincoln, Inglaterra, del siglo XIII. Grosseteste fue un gigante en su tiempo, y aunque nunca se lo canonizó, hubo muchos que lo veneraron como santo, por los muchos milagros que se atribuyeron a su intercesión en el cielo. Pero no se trató sólo de un hombre santo, sino que fue uno de los intelectuales líderes de su época, y Roger Bacon fue uno de sus alumnos. En 1253, el papa Inocencio IV ordenó que una canonjía vacante se le entregara a un sobrino suyo. El obispo Grosseteste rechazó la orden, y escribió una larga carta al nuncio papal explicando su decisión, en la que dijo lo siguiente: “Es bien sabido que soy pronto a obedecer las órdenes apostólicas con filial afecto, y con toda devoción y reverencia, pero que me opongo a aquellas cosas que se oponen a los mandatos apostólicos, por celo del honor de mi padre […] Con espíritu filial y de obediencia, desobedezco, me rehúso y me rebelo” (filialiter et obedienter non obedio, contradico et rebello)[2].

Esa última línea “Con espíritu filial y de obediencia, desobedezco, me rehúso y me rebelo” resume bien la posición R&R. Esta es filial y obediente porque adhiere a las doctrinas y prácticas de la fe que se nos han legado desde el tiempo de los Apóstoles, y reconoce al Papa como el legítimo padre que normalmente debe ser obedecido. Sin embargo, cuando el papa contraría los “mandatos apostólicos”, no se le debe obedecer y hay que rehusar hacerlo.

(En siglos recientes algunos protestantes han procurado reclamar a Grosseteste como uno de los suyos pero, como lo expresa la Catholic Encyclopedia de 1910, “Es cierto que se opuso con todo su poder a los abusos de la administración papal, pero el estudio de sus cartas y escritos hace tiempo debiera haber destruido el mito de que puso en duda la plena potestas de los Papas”).

Sin embargo, Grosseteste no es el único ejemplo histórico de semejante actitud ante el papado. El famoso décimo arzobispo de Canterbury, San Dunstán (909-988), excomulgó en cierta oportunidad a un noble, quien luego se fue a Roma a pedir que se le levantara la excomunión. Probablemente mediante una coima, la excomunión le fue levantada. Cuando el noble regresó a Inglaterra, San Dunstán simplemente ignoró el alzamiento de la excomunión por el Papa y dio la orden de que siguiera vigente. Este santo reconocía la autoridad suprema del Papa, pero resistió el ejercicio ilegítimo de la misma.

San Dunstán, arzobispo de Canterbury 
(Imagen: Look and learn)

Se podría alegar que estos ejemplos históricos no son iguales que los errores papales de hoy o sus injustos mandatos. Después de todo, ningún Papa medieval, a pesar de su corrupción, intentó jamás suprimir la Misa de todos los tiempos o erosionar la práctica eucarística perenne de la Iglesia en cuanto a quienes están en pecado mortal. Lo cual es verdad. Pero me parece que el principio sigue siendo válido. En el medioevo política y religión no eran entidades separadas: si alguien se oponía a lo que se podría llamar las órdenes “políticas” de un Papa, podía ser excomulgado, poniendo en peligro su alma inmortal. En la mente medioeval, existía una íntima fusión entre política y religión, por lo que resistir a un Papa por motivos que hoy consideraríamos políticos constituía una declaración teológica.

“Reconocer y resistir” vuelve a ser una posición necesaria hoy día, que permite a los católicos vivir fielmente en la Iglesia divinamente instituida, sin dejar que sus aspectos humanos los desvíen: no conduce a callejones espirituales sin salida que cuestionan la legitimidad de la Iglesia, ni sucumbe a un anti-intelectualismo que tiende a ver lo blanco como negro, ni a poner las cosas de cabeza.

Sí: existen riesgos en la postura R&R. Resistir al Papa puede fácilmente convertirse en rechazar al Papa, y hacerlo constituiría un protestantismo práctico. No podemos erigirnos en papas privados que determinan lo que es y lo que no es doctrina católica legítima. Pero, al mismo tiempo, por algo tenemos a la Tradición: la tenemos para poder saber qué es lo que se nos ha transmitido desde los Apóstoles. Si cualquier dirigente de la Iglesia, incluido el papa, obra o enseña de un modo contrario a la Tradición, ha sido siempre doctrina católica que tal acción o enseñanza puede y debe ser resistida.

Así pues, creo que “reconocer y resistir” es la única posición legítima para un católico en la actualidad. Pero, a nivel práctico, diría que, para la mayor parte del laicado, una posición mejor sería “reconocer e ignorar casi totalmente”. Tal fue, por lo demás, la postura de los católicos antes del advenimiento de los medios modernos de comunicación. El campesino medieval inglés ni conocía ni le importaba cuál era la posición del Papa en cada tema posible: vivía, sencillamente, su vida de trabajo, de familia, de oración y de sacramentos en el contexto de su parroquia local. Mientras para algunos es un deber trabajar para resistir públicamente cosas tales como los mandatos no apostólicos del Papa, para la mayoría de los católicos el modus operandi debiera ser vivir simplemente como fieles, sin una referencia constante a las últimas entrevistas hechas al Papa, a sus últimos discursos y acciones.


[1] Nota del Traductor: la frase aquí usada por el autor –“reconocer y resistir”- corresponde, latamente, al adagio castellano, a menudo empleado en América frente a casos de leyes injustas o inconvenientes dictadas por el Rey en Madrid, “se acata, pero no se cumple”. Con estas palabras, los súbditos americanos reconocían que el Rey tenía la facultad de dictar las leyes consideradas injustas o inconvenientes, pero no las cumplían precisamente por tener ambos defectos. Con todo, en el término “acatar” no está claramente incluida la idea -que se daba por supuesta en la época monárquica americana- de la legitimidad del Monarca. Por eso hemos preferido no referirnos en la traducción a dicho adagio, ya que con la idea de “reconocer” que usa aquí el autor se remite éste a la cuestión, debatida actualmente, de si el papa Francisco es o no legítimo Romano Pontífice. Salvado este punto, sin embargo, bien podría decirse en castellano, ante casos como el motu proprio Traditionis Custodes, que “se acata pero no se cumple”.

[2] Citado en Stephens, W.R.W., The English Church: From the Norman Conquest to the Accession of Edward I (Londres, Macmillan & Co., Londres, 1909), p. 242.

domingo, 19 de diciembre de 2021

El momento supremo de la decisión, por cortesía de la Congregación para el Culto Divino

Ayer dábamos noticia de la publicación por parte de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del documento intitulado "Responsa ad dubia sobre algunas disposiciones de la Carta Apostólica en forma de «Motu Proprio» Traditionis Custodes del Sumo Pontífice Francisco", la cual está provocando abundantes reacciones en Internet que resaltan la importa restricción que se añade a la celebración de la Misa tradicional, el carácter de concesión que tienen las nuevas normas y el propósito de que la Iglesia de rito romano sólo tenga una forma litúrgica (por ejemplo, Infocatólica, Religión en libertadInfovaticana o Specola). 

Para contribuir al análisis de ese texto, que comporta una verdadera instrucción del dicasterio romano con competencia sobre la liturgia, les ofrecemos la versión castellana de un artículo del Dr. Peter Kwasniewski aparecido en OnePeterFive, que ha sido traducido por la Redacción. Llama la atención que la instrucción Universae Ecclesiae (2011) dictada para explicar e interpretar el motu proprio Summorum Pontificum (2004) tardó cuatro años en dictarse, y el ajuste del santoral y los nuevos prefacios sólo se concretó en 2020, frente a los cinco meses que demoró esta respuesta oficial de la Santa Sede, en parte ya anticipada por la carta dirigida al cardenal Vincent Nichols, Primado del Reino Unido y Gales, por parte de monseñor Arthur Roche, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y la normativa restrictiva dictada para la Misa tradicional en la diócesis de Roma. Cumple recordar que Traditionis Custodes tiene una historia que no se condice con lo que se ha dicho al respecto, utilizando los datos de la consulta formulada a los obispos del mundo. 

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El momento supremo de la decisión, por cortesía de la Congregación para el Culto Divino

Peter Kwasniewski

El día en que se publicó el motu proprio Traditionis Custodes, comparé ese hecho con la detonación de la primera bomba atómica en Nuevo México, en igual fecha de 1945. Con la publicación el 18 de diciembre de la “Respuesta a las dubia” -que es en esencia una instrucción sobre cómo implementar el motu proprio-, salta a la imaginación una comparación análoga. Sobre Japón se dejó caer dos bombas atómicas. El motu proprio y su carta fueron Little Boy, y esta instrucción, Fat Man. 

Podemos usar otra comparación: Traditionis Custodes fue como cortar ramas y amenazar con inyectar químicos letales en las raíces; pero Responsa es como tratar de separar el árbol de sus raíces, para que no vuelva jamás a crecer. (A propósito, es simpático pensar que cuando se dirigieron dubia al papa por cuatro cardenales sobre si hay o no que cumplir los Diez Mandamientos, no recibieron respuesta alguna; pero cuando se somete a una Congregación romana un conjunto de dubia sobre cómo poner límites a la tradición litúrgica, la respuesta es rápida y seca y dice todo lo que hay que saber. En cierta forma, ello nos informa sobre todo lo que nos hace falta saber).  

1st Artists’ Rifles at Marcoing, 30 de diciembre de 1917, de John Nash
(Imagen del artículo original)

Quisiera comenzar con el momento elegido para esta bomba, porque es significativo. Los versados en teología comprenden que la autoridad surge de la necesidad de promover y cautelar el bien común, y que, por tanto, el bien común pone límites al ejercicio legítimo de la autoridad. Si una autoridad obra claramente contra el bien común, su acción o mandato o norma no tiene sustento legal, sino que es un acto de violencia. 

Se comprende que la gente quiera y necesite tener una razonable seguridad de que determinado acto es contrario al bien común antes de ignorarlo o de oponerse a él.

Incluso con anterioridad al día de hoy, no fue nunca difícil darse cuenta de que los oponentes, en el Vaticano, de los ritos litúrgicos tradicionales de la Iglesia de Roma, están movidos por una animosidad contra la Tradición totalmente incompatible con la fe católica, y por una animosidad contra los fieles que adhieren a la Tradición, que es totalmente contraria a la caridad y al muy esgrimido deseo de “unidad” y “comunión” (a pesar del tributo, que se paga de la boca para afuera, a la “diversidad” y las “periferias” y las “minorías”, lo que constituye el típico modus operandi de los hipócritas). 

Con todo, la publicación de un documento como éste -tan lleno de malicia, de pequeñez, de odio y de crueldad, y tan lleno de mentiras- exactamente una semana antes de la gran fiesta del Nacimiento de Cristo, prueba, con más elocuencia que ningún otro gesto, que nos enfrentamos a una mafia de hampones que se han alzado contra nuestro bien espiritual, nuestra vocación, nuestras familias, de una manera tal que su ataque al bien común de la Iglesia no podría quedar más claro.

Recordemos lo que nuestros antepasados en la fe dijeron de situaciones como la actual.

El Cardenal Cayetano (1469-1534): “Debéis resistir en su propia cara al Papa que está destrozando la Iglesia”.

Francisco de Vitoria (1483-1546): “Si el Papa, con sus órdenes y actos  destruye la Iglesia, se lo puede resistir e impedir que sus órdenes se cumplan”. 

San Roberto Belarmino (1542-1621): “Así como es legítimo resistir al Papa si éste asaltara a un hombre, también es legítimo resistirlo si ataca a las almas, o perturba al Estado, y mucho más si procurara destruír la Iglesia. Es legítimo, insisto, resistirlo no cumpliendo lo que manda y entorpeciendo el cumplimiento de su voluntad”. 

Silvester Prierias (1456-1523): “El [el Papa] no tiene poder para destruir; por tanto, si se prueba que eso es lo está haciendo, es lícito resistirlo. El resultado de todo esto es que si el Papa destruye la Iglesia mediante sus órdenes y acciones, puede ser resistido e impedido el cumplimiento de sus órdenes. El derecho de franca resistencia al abuso de poder de los prelados emana también de la ley natural”. 

Francisco Suárez (1548-1617): “Si el Papa dicta una ley contraria a la recta costumbre, no hay que obedecerle; si trata de hacer algo claramente opuesto a la justicia y al bien común, es lícito resistirlo; si ataca por la fuerza, puede ser repelido por la fuerza, con la moderación propia de una justa defensa”.

P. Villanueva, Misa crismal en San Juan de Letrán, comienzos del siglo XX, Roma
(Imagen: Wikipedia)

Así pues, está clara la Providencia de Dios, y considero esta instrucción como un regalo de Navidad. Al mostrarnos que sus autores odian la Tradición católica, odian la continuidad con el pasado y odian a los fieles, nos hace más fácil ver que actúan contra el bien común y merecen, por tanto, que se les resista. No sólo nos está permitido resistir, sino que estamos obligados a hacerlo, si queremos evitar pecar contra lo que sabemos que es recto, santo, verdadero y bueno.  

El contenido de la instrucción era, en cierta forma, enteramente predictible: sigue el texto ideológico de los miembros de San Anselmo, conducidos por su príncipe, Andrea Grillo. Cada una de las medidas del documento está pensada para estrangular al clero y al laicado tradicionales, entorpeciendo o eliminando su forma de vida hasta hacerla desaparecer, a fin de dar lugar a la supuesta “única expresión” del rito romano, que se le atribuye falsamente al Concilio Vaticano II. El documento está escrito en la nueva jerga bergogliana, llena de palabras como “acompañar”: todos deben ser “acompañados” hacia el “irreversible” Novus Ordo.

La instrucción pone un particular énfasis en la “unidad”, entendida como uniformidad, sin prestar atención a la compatibilidad de ello con la variedad de ritos, existente desde hace mucho tiempo, en la Iglesia de Occidente, como el ambrosiano, el mozárabe, y el de los Ordinariatos Anglicanos. La declaración siguiente es especialmente reveladora: “Es deber de los obispos, cum Petro et sub Petro, resguardar la comunión que, como nos lo recuerda el Apóstol Pablo (cfr. 1 Co 11, 17-34), es una condición necesaria para participar de la mesa eucarística”. Pero ¡qué interesante! Este deber episcopal de asegurar las condiciones necesarias para la participación en los sacramentos ¿se extiende también, por ejemplo, a los políticos pro-aborto, a los que viven públicamente en adulterio, a quienes proponen un estilo de vida LGTB, y a quienes disienten de aspectos básicos de la doctrina católica? ¿O los únicos que corren el riesgo de pecar contra las exigencias para comulgar son los que adhieren a una fe, una moral y una liturgia tradicionales? 

Una pregunta como ésta no será jamás ni formulada ni contestada por los partidarios de Traditionis Custodes porque no son honestos y no necesitan ni desean serlo. Para ellos la coherencia eucarística no ha sido jamás una preocupación grave, porque si lo hubiera sido, hubieran tomado medidas para poner fin a los abusos litúrgicos hace mucho tiempo; abusos respecto de los cuales derraman lágrimas de cocodrilo, al tiempo que afilan sus cuchillos contra los “tradis”. Tales son los matones en el poder. Por ahora.

El documento describe la reforma litúrgica del Vaticano II y sus frutos con el obligatorio optimismo y la consabida positividad que estamos acostumbrados a esperar de los documentos de la Curia; un estilo que recuerda a los informes económicos soviéticos sobre la infinita abundancia existente en el paraíso de los trabajadores. El lenguaje propagandístico sobre una “participación plena, consciente, activa” se despliega ampliamente, no obstante la embarazosa realidad de que la asistencia a los ritos del Novus Ordo y el involucramiento en ellos sufrió, en los países occidentales, una caída vertical con el comienzo mismo de la reforma, y ha experimentado desde entonces una caída aparentemente irreversible, en tanto que el único sector que exhibe un crecimiento demográfico y pastoral es el tradicionalista. La primera y más básica forma de participación activa es simplemente ir a Misa, y la segunda forma básica es saber lo que el Santo Sacrificio de la Misa realmente es, y esforzarse por estar en estado de gracia para recibir la comunión. Pero, según parece, la Congregación para el Culto Divino tiene una definición diferente, más esotérica. 

Además, la bien comprobada pérdida de fe en la Presencia Real de Nuestro Señor en la Eucaristía, junto con la pérdida de fe en el pecado mortal y en el uso de la confesión, no son, en realidad, lo que podríamos llamar un timbre de orgullo para la gran reforma, a menos que de lo que se trataba era de abolir tales supersticiones, en el espíritu de Thomas Cranmer, connacional del Arzobispo Roche. 

Esta instrucción señala el momento de la suprema decisión que debe tomar todo quien tenga algún tipo de conexión con el usus antiquior (en realidad, afecta a todo católico, por cuanto el Papa está atado por la Tradición, cosa que es constitutiva de su oficio y función en la Iglesia; pero quienes me preocupan por el momento son los que van a ser más inmediatamente afectados por este nuevo documento). 

Los obispos tendrán que decidir si aceptan o no el programa ideológico que se les presenta, basado en una mezcla de mentiras, fantasías, hipocresía, fraude psicológico y veneno. Ya recibieron un fuerte golpe en una mejilla con Traditionis Custodes que, so pretexto de devolverles autoridad en materias litúrgicas, de hecho se las limitó en numerosas formas; y ahora han sido golpeados en la otra mejilla con este documento de la Congregación para el Culto Divino, que aumenta las restricciones a su libertad de juicio, de acción y de tutela pastoral. ¿Cuánto más van a soportar ser golpeados y pateados antes de despertar y darse cuenta de que son sucesores de los apóstoles, obispos puestos en sus iglesias para servir y nutrir a su pueblo, y no meros mandos medios dirigidos por el apparatchik vaticano, destinados a danzar al ritmo del dictador peronista cuyo auténtico lema papal es “hagan lío” [en castellano en el original]?

En la práctica, los obispos que han usado con fruto el Pontifical Romano tradicional o que están dispuestos a usarlo si el bien de su grey lo pide, obrarán correctamente si ignoran este decreto de Roma y prosiguen con las confirmaciones y ordenaciones según los viejos ritos pontificales. Como el gran obispo Roberto Grosseteste (1175-1253) respondió cierta vez a un Papa que se extralimitaba: Filialiter et obedienter non obedio, contradico et rebello: “De modo filial, obediente [a Cristo], no obedezco, y os contradigo y me rebelo”. Si lo imitan, los obispos obrarán según un ya bien consolidado modelo de prelados que hacen caso omiso de todo lo que les desagrada del Vaticano -en este caso (si no en todos) con plena y total justificación-.

Imagen de Robert Grosseteste en una vidriera en la iglesia de San Pablo, Morton (Reino Unido)
(Imagen: 20minutos)

Los sacerdotes pertenecientes a los institutos “Ecclesia Dei tendrán que decidir si cumplirán o no una instrucción cuyo propósito obvio es arrasar con sus características propias, erosionar unilateralmente sus constituciones aprobadas por el papado, y poner en cuestión la legitimidad de la vocación tal como la han recibido de  Dios y la Iglesia ha reconocido solemnemente. Obedecer prescripciones que apuntan, al cabo, a obliterar el usus antiquior de la faz de la tierra, es suicidarse. Cumplir normas que contradicen la interna coherencia, ortodoxia y plausibilidad de la lex orandi y de la lex credendi católicas que se extienden a lo largo de los siglos, es incurrir en un error que vacía de contenido al catolicismo.

En resumen, se trata de un “momento Lefebvre” para la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, para el Instituto de Cristo Rey y para el Instituto del Buen Pastor y otras instituciones semejantes. La única respuesta honorable que pueden dar es: Non possumus, no podemos, en conciencia, cumplir estas normas. Aplíquennos todas las penas o castigos que quieran; los ignoraremos, porque carecen de fuerza legal. Algún papa futuro nos reivindicará, tal como lo hicieron Juan Pablo II y Benedicto XVI con los adherentes a la Tradición hace algunas décadas. 

Los sacerdotes diocesanos están en la misma encrucijada. Si han ya descubierto el tesoro de la Tradición, no renunciarán fácilmente a él, y debieran recordar que no necesitan en absoluto permiso alguno para celebrar el rito romano, para el cual se los ordenó sacerdotes. Y si el rito romano tradicional no cuenta como rito romano, entonces la Iglesia católica no es Iglesia católica ni nada es nada. 

Si algunos sacerdotes tienen la buena suerte de vivir en una diócesis cuyo obispo les es favorable y ve con claridad la maldad de las movidas del Vaticano contra el patrimonio litúrgico latino y contra el clero y fieles que lo aprecian, podrán ignorar esta instrucción como si nunca hubiera existido. Pero si están sometidos a un obispo hostil o asustadizo que limita o cancela la Tradición, tendrán que considerar la posibilidad de mudarse o de trabajar en algún otro lugar a fin de vivir plenamente su vocación sacerdotal. Pero si no hay otra salida, puede que éste sea el momento de elegir la mejor parte, es decir, la radical fidelidad a Cristo y su Iglesia, y sufrir las consecuencias de tal decisión. Descubrirán que no están abandonados, ni sin trabajo alguno que realizar. Por el contrario, los fieles tradicionales se reunirán para apoyarlos en todos los flancos, haciéndose cargo de sus necesidades materiales y abriéndoles las puertas para que realicen un fructífero apostolado. 

También los laicos tienen que tomar una decisión, y la mejor decisión será adoptar medidas que aseguren que la Tradición perdure mucho tiempo después de que los senescentes nostálgicos del Concilio Vaticano II partan a recibir su recompensa eterna. Por principio debieran asistir solamente a la liturgia tradicional, e incluso mudarse a lugares donde tengan un seguro acceso a ella; debieran celebrar gozosamente las riquezas del antiguo calendario litúrgico en sus familias y entregar la antorcha encendida de la fe a las futuras generaciones.

En la abundancia de su caridad, la Congregación para el Culto Divino explica que las liturgias de esos católicos no forman parte de la vida ordinaria de las parroquias; que las actividades de esos grupos de católicos no debieran coincidir nunca con las de la parroquia; que tales grupos debieran ser expulsados de la parroquia tan pronto como sea posible; que no se anuncie sus Misas en el horario parroquial; y que, suponemos, no debe invitarse a ellos nuevos miembros, ya que esos grupos están herméticamente sellados para evitar contaminaciones cruzadas. Luego de todo esto, Roche tiene la osadía de decir: “No existe intención alguna en estas normas de marginalizar a los fieles”…

La respuesta de un católico saludable a esta ultrajante impertinencia y a este prejuicio peor que el racista es decir: “¡Váyanse al diablo!” (porque es de ahí de donde provienen y adonde pertenecen estas ideas). “Anunciaremos nuestras Misas por todo lo alto. Seguiremos publicando nuestros libros, folletos, misales y todo tipo de parafernalia. Promocionaremos nuestras actividades e invitaremos a más gente. Promoveremos activamente la Tradición entre amigos, familiares, extraños y potenciales conversos. Canalizaremos nuestras donaciones para apoyarla. En breve, haremos todo lo que esté a nuestro alcance para asegurarnos de que vuestra injusta guerra contra la Tradición conozca la vergonzosa y poco gloriosa derrota que de sobra merece. Deus vult. No ganaréis jamás, jamás”.

¡Queremos la Misa!
(Foto: Le Monde)

Si se suprime en la diócesis de Ud. la Misa tradicional, vaya los domingos y días de precepto a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Rece en casa el rosario y el breviario tradicional. Si no tiene Ud. ninguna Misa tradicional en su vecindad, busque algún rito oriental católico o, si existe, una parroquia del Ordinariato Anglicano.

Nos hemos estado preparando para este momento. Por eso no estamos en absoluto sorprendidos. Usemos los recursos que tenemos a mano. He aquí algunos especialmente útiles:

From Benedict’s Peace to Francis’s War. Esta antología contiene TODOS los argumentos -teológicos, históricos, canónicos, pastorales- que pueden y deben oponerse a Traditionis Custodes y, mutatis mutandis, a la Responsa ad Dubia. Es un verdadero manual para nuestra causa en este momento. Consígala, estúdiela, subráyela. Nos lloverán los desafíos de parte de los hiperpapistas y oportunistas que se glorían en sus vergüenzas, suprimiendo toda razón y contradiciendo la fe. Debiéramos estar preparados para responder, como San Pedro nos exhorta a hacer (cfr. 1 Pe 3, 15). 

True Obedience in the Church: A Guide to Discernement in Challenging Times. Este libro trata de la naturaleza y límites de la obediencia y su relación con la autoridad y el bien común, usando principios teológicos tomistas, axiomas canónicos y ejemplos históricos. En particular, demuestra que el ataque a la liturgia tradicional de la Iglesia no puede sino ser un ataque a su bien común, y que merece por tanto ser resistido. También aborda el tema de la ilicitud de los castigos y prohibiciones basados en premisas falsas o antagónicas (aquí se publica un resumen relevante; el libro saldrá en febrero, pero trataré de que se publique anticipadamente en Kindle).

Reclaiming Our Roman Catholic Birthright: The Genius and Timeliness of the Traditional Latin Mass. Este libro presenta una sólida argumentación en favor de regresar en masa a la Misa tradicional y a todo lo que la acompaña. Nada de timideces, nada de medias tintas, ni de “esto/pero también lo otro”. Aquí, nada sino la verdad pura y simple. Contribuye a entender “Por qué no pude regresar… al Novus Ordo, un sentimiento que comparte la mayor parte de los tradicionalistas. 

Ministers of Christ: Recovering the Roles of Clergy and Laity in an Age of Confusion. Debemos conservar la teología tradicional y la práctica de los ministerios sagrados, que incluyen a las órdenes menores y al subdiaconado. En este libro se explica por qué debe ser así. El Pontifical Romano es uno de los grandes tesoros de la Iglesia de Roma, y su reemplazo, después del Concilio Vaticano II, fue sin duda el más grave y egregio ejemplo de abandono de una tradición ininterrumpida y de las disposiciones del Concilio mismo. Un artículo relacionado: Clandestine Ordinations Against Church Law: Lessons from Cardinal Wojtyła and Cardinal Slipyj.

El estudio detallado del obispo Athanasius Schneider sobre la concelebración, que demuestra que la práctica actual de la Iglesia católica es fundamentalmente errónea: “Eucharistic Concelebration: Theological, Historical, and Liturgical Aspects” ("Concelebración eucarística: aspectos teológicos, históricos y litúrgicos"). La insistencia de la Responsa en la concelebración contradice el derecho canónico, así como varios documentos del Magisterio: ver mi artículo "La creciente amenaza de la concelebración coercitiva".

Recomiendo también los siguientes artículos sobre Responsa (vanguardia, seguramente, de muchos otros que han de venir):

Eric Sammons, “The Spiritual Abuse Continues”.

Rvdo. Claude Barthe, “Debemos resistir las normas ilegítimas osbre el rito tradicional”.

Raymond Kowalski, “An Open Letter to Every Priest: A Reed Shaken by the Wind”.

Gregory DiPippo, “The Last Stand of the Brezhnev Papacy”.

Matthew Hazell, “A ‘Revolution of Tenderness,’ or ‘The Roche Christmas Massacre’: A Farce in Eleven Dubia”.

[Nota de la Redacción: se puede añadir también el artículo de Brian McCall intitulado "The Second Atomic Bomb Has Exploded: CDW Issues Directives Banning Traditional Confirmations and Ordinations, Decrees the End of Ecclesia Dei Communities"]. 

sábado, 18 de diciembre de 2021

A propósito de algunas declaraciones del cardenal Brandmüller sobre la liturgia

Con fecha de hoy se ha hecho público un documento emitido por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos que se intitula "Responsa ad dubia sobre algunas disposiciones de la Carta Apostólica en forma de «Motu Proprio» Traditionis Custodes del Sumo Pontífice Francisco" que está dirigido a los presidentes de las Conferencias Episcopales.  Sólo unos días antes, el cardenal Walter Brandmüller había concedido una entrevista a un medio alemán que fue publicada en castellano por Infocatólica. Les ofrecemos a continuación un comentario escrito por el profesor Augusto Merino Medina, conocido de nuestros lectores, respecto de ese texto, que parece subestimar la cuestión litúrgica que existe en la Iglesia al sostener que "la Misa de siempre nunca ha existido". 

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 A propósito de algunas declaraciones del cardenal Brandmüller sobre la liturgia

Augusto Merino Medina

Infocatólica ha publicado, con fecha 9 de diciembre de 2021, una desconcertante información sobre ciertas afirmaciones que ha hecho el cardenal alemán Walter Brandmüller, en un artículo escrito para el semanario Die Tagepost, sobre la “disputa”, al interior de la Iglesia, de “tradicionalistas” y “modernos” a propósito de la liturgia de la Santa Misa.

Hay que recordar que el cardenal Brandmüller es uno de los cuatro cardenales (Brandmüller, Cafarra, Burke y Meisner) que, luego de publicada la encíclica Amoris Laetitia, enviaron al papa Francisco una carta en que le pedían que aclarara ciertas dubia (es decir, dudas) a que dicho documento daba lugar. Como se sabe, el Papa no sólo jamás la contestó sino que no se dignó siquiera acusar recibo de dicha carta, dos de cuyos signatarios (Mons. Cafarra y Mons. Meisner) murieron esperando. Además, el cardenal Brandmüller ha salido a veces a defender la doctrina católica en diversos aspectos en que se pretende desacreditarla o tergiversarla o, derechamente, abandonarla. En una de esas oportunidades, el mentado cardenal ha defendido el verdadero sentido y la historia del celibato sacerdotal en la Iglesia de Occidente, ha puntualizado el concepto de ley eclesiástica y su validez u obligatoriedad y ha escrito sagazmente en otros temas de gran importancia, como la organización y procedimientos de los cónclaves para elegir al Papa.

Su Eminencia Reverendísima el Cardenal Walter Brandmüller
(Foto: Infovaticana)

Este defensor de la fe y de la ortodoxia desconcierta, sin embargo, hoy día con su postura frente a la cuestión, de máxima importancia, de la liturgia de la Misa y de la polémica que, desde el término del Concilio Vaticano II, se ha suscitado en torno a ella. Lo que este prelado expresa es, al menos, sumamente confuso, y en algunos aspectos, hasta contradictorio, dejando entrever que o sus asesores no le han explicado bien el quid del asunto o que no le han proporcionado adecuadamente la información histórica disponible, no obstante ser él mismo un importante historiador de la Iglesia, aunque en temas diferentes de la liturgia. Ello es profundamente lamentable por tratarse de una figura muy respetable que ha defendido en los últimos años la recta doctrina en otros aspectos centrales de la fe.

Pero la liturgia es, precisamente, un aspecto absolutamente central de la fe. El propio cardenal lo reconoce al declarar, según lo publicado por Infocatólica, que “[c]on la liturgia está en juego la propia fe”. Por eso no se entiende el resto de su planteamiento: “es hora, en lugar de discutir sobre la liturgia, de proclamar con fuerza y unidos las verdades eternas de la fe, el Evangelio, y de vivir bien”, dejando de lado “cualquier polémica” sobre este tema por ser “una grotesca contradicción con la voluntad del Señor, que hablo con tanta fuerza en la institución de la Eucaristía de la unidad de los suyos con Él y entre ellos”. La deposición de “cualquier polémica” es necesaria porque estamos “en un momento histórico, en el que la incredulidad, el odio a Dios y el burdo materialismo asaltan por doquier a la Iglesia”. Esta situación hace necesario evitar la “lucha interna de la Iglesia por la liturgia” porque ella “debilita a la Iglesia frente a estos ataques externos”: “El enemigo -una sociedad cada vez más militante/ateísta- está derribando los muros, y la discordia en la ciudad, además, le está abriendo las puertas”. 

Si la analogía de la ciudad sitiada puede ilustrarnos, habría que hacer presente a Su Eminencia que “una ciudad dividida caerá más fácilmente”. Y que si el motivo de la división no es trivial sino que lo que está en juego es la propia fe, no se ve cómo se pueda ignorar una división tan esencial para salir a defender de los enemigos exteriores… ¿qué? ¿La fe? ¿Esa misma fe que es atacada por enemigos interiores? ¿No habría primero que erradicar el enemigo del interior para luego poder presentar un frente unido al que viene de afuera?

Claro que si Su Eminencia cree que lo que se ha producido en torno a la liturgia es una “polémica cualquiera”, habrá que achacar nuevamente a sus asesores un deficiente desempeño de su tarea, porque no le han representado que existe y ha existido “una discusión seria sobre este tema”. Para darse cuenta de ello basta una somera revisión de la bibliografía actual, que es inmensa y de máxima calidad teológica. Ciertamente no se trata de discusiones sobre un “quítame allá esas pajas”, sino precisamente sobre “la fe”. La cual -eso sí Su Eminencia lo ha captado- está en juego en la actual lucha litúrgica.

Y no podría ser de otro modo, porque la liturgia de la Santa Misa que nos ha transmitido la Tradición es el vehículo por excelencia precisamente de esa misma Tradición, tan fuente de la Divina Revelación como el Evangelio que Su Eminencia llama a defender, y aún anterior a él: el Señor no nos legó textos escritos (como parecen suponer los protestantes), sino discípulos que oraban de cierta forma y con cierto contenido. Esa forma y esos contenidos son, precisamente, los que encontramos en la liturgia.

El punto de si se puede hablar de “Misa de siempre”, que Su Eminencia despacha con cierto gesto peyorativo, es accidental sólo en apariencia, lo mismo que el de si hay “un” rito o más de uno. Porque cualquiera que haya avanzado siquiera un poco en la cuestión sabe que la Misa reconoce varios ritos diferentes y, en Occidente, ha cambiado algunos aspectos de sus ritos a lo largo de los siglos, pero la lex orandi que ella pone en evidencia, que es la que establece o revela el contenido de la fe (lex credendi), ha permanecido intacta en todos los diversos ritos y en todos los tiempos. En efecto, las variaciones propias del proceso de desarrollo histórico de la liturgia no han significado jamás, hasta la pretendida “reforma” posterior al Concilio Vaticano II, una alteración del contenido teológico ni dogmático. Y eso es lo que está en juego, como sabe el cardenal: la fe misma, la lex credendi. Porque lo que ha ocurrido con posterioridad a dicho Concilio es el sutil desmontaje de la teología de la Misa mediante nuevas formas de expresión, que no son en absoluto inocentes o irrelevantes, sino de un profundo significado. El cardenal Brandmüller parece haber puesto sorprendentemente entre paréntesis cosas tan fundamentales para comprender la situación actual de la liturgia como el “Breve Examen Crítico” de sus mayores en el Colegio Cardenalicio, los Cardenales Ottaviani y Bacci.

En efecto, ambos cardenales apuntaron a la desfachatada alteración de la teología de la Misa que Bugnini y su equipo del Consilium trataron de pasar de contrabando en la primera Institutio Generalis del nuevo Misal, redactada por ellos, las que fueron posteriormente modificadas en parte, sino que también apuntaron a la modificación de los ritos. Ahora bien, tratándose de formas simbólicas, lo que ellas dicen es mucho más hondo y complejo que lo que las palabras y conceptos de los textos litúrgicos son capaces de expresar: la liturgia, en efecto, se mueve en el ámbito de lo que es, al cabo, inefable. En este sentido nadie que sea mínimamente perspicaz dejará de advertir que en el Novus Ordo hay profundos cambios de formas simbólicas. Y las nuevas, pergeñadas por los reformadores comunican un significado enteramente distinto del que a la Misa le ha atribuido “siempre” la Iglesia; significado confirmado solemnemente por el Concilio de Trento. Es en este sentido, en el del significado de la Misa -de lo que la Misa “es” en esencia-, donde sí que se puede hablar de una Misa de “siempre”, contra lo que parece pensar el cardenal Brandmüller, porque ese significado no ha cambiado jamás: aunque muchas formas y ritos de la Misa hayan cambiado con el paso del tiempo, tales cambios han sido siempre menores, o de una naturaleza accidental, de modo que no han llegado “nunca” a alterar el contenido transmitido, tanto conceptual como no verbalmente, de la acción sagrada central de la liturgia de la Iglesia. En cambio, tal alteración es, precisamente, lo que se ha producido por la reforma posterior al Concilio Vaticano II: aunque se modificó la definición herética de la Misa contenida en la antes mencionada Institutio Generalis a instancias del papa Pablo VI, no se modificó en absoluto las formas que la comunican simbólicamente. 

Si, como es claro, está en juego el significado mismo de la Misa, no se ve cómo la cuestión no puede afectar al contenido mismo de la “fe”. No estamos, pues, frente a una “polémica cualquiera” ni a “grotescas contradicciones” con la voluntad del Señor. 

Del tenor de la discusión, de inmensa hondura y seriedad teológicas, tal como ella quedó planteada (y jamás solucionada) desde el “Breve examen crítico”, se advierte que aquello que está en cuestión no es un par de rúbricas, aunque sea inmensa la importancia de éstas, sino la subsistencia de la “fe”. Todos saben que no se puede hablar de una “Misa de siempre” en el sentido de que ella no haya experimentado jamás ningún cambio, punto ocioso que el cardenal Brandmüller ha hecho -de modo sorprendente, por cierto-; pero de lo que sí se puede hablar es de la “destrucción” de la Misa católica. Basta para ello consultar la opinión de algunos expertos que colaboraron en la reforma posconciliar y que, posteriormente, quedaron horrorizados por el resultado que habían contribuído a producir.

Citaremos sólo dos de tales expertos. Uno de ellos fue el jesuita Joseph Gelineau (1920-2008), quien, habiendo sido experto del Consilium, la organización que perpetró la reforma, escribió posteriormente: “No sólo palabras, melodías y algunos gestos son diferentes. La verdad es que es otra liturgia de la Misa. Debe decirse sin ambigüedad: el rito romano como lo conocíamos ya no existe. Fue destruido. Algunas paredes del antiguo edificio cayeron, mientras que otras han cambiado su apariencia, al punto que parecen hoy una ruina o subestructura parcial de un edificio diferente” (Demain la liturgie, París, Cerf, 1976, p. 10). 

R.P. Joseph Gellineau S.J.

Del mismo modo se puede citar la opinión de uno de los teólogos del siglo XX más importantes en materias litúrgicas, Louis Bouyer (1913-2004). Este escribe: “Una vez más deberíamos hablar llanamente: hoy no hay prácticamente ninguna liturgia digna de ese nombre en la Iglesia católica” (cfr. Davies, M., La nueva Misa de Pablo VI, pp. 97-98). Y agrega en otra parte: “La liturgia católica fue abolida con el pretexto de hacerla más aceptable a las masas “secularizadas” pero, en realidad, para adecuarla a los caprichos que los religiosos lograron imponer, por las buenas o por las malas, al resto del clero. El resultado no se hizo esperar: un súbito descenso de la práctica religiosa, que varía entre un 20% y un 40% por lo que se refiere a los antiguos practicantes… y sin señal alguna, de parte de los otros, de interés por esta liturgia pseudo-misionera. Sobre todo, ni un joven de los que se vanagloriaba de haber conquistado con estas payasadas [sic]” (Bouyer, L., Religieux et clercs contre Dieu, París, Aubier Montaigne, 1975, p. 10). Y podría citarse otros textos, como aquellas duras reconvenciones que dedica a la reforma litúrgica en sus memorias, pero lo dicho basta para formarse una opinión sobre el pensamiento de Bouyer frente a los resultados de la Nueva Misa. 

No se trata, pues, como de modo incomprensible plantea el cardenal Brandmüller, de “demonizar cualquier desarrollo litúrgico posterior”, porque no estamos aquí en presencia de un “posterior desarrollo litúrgico cualquiera”, sino de uno que no es “cualquiera” pero que sí es “sin precedentes” por su gravísimo importe teológico. Si, como el Concilio lo pidió y como debiera haber sido, los cambios que se hizo a la liturgia hubieran sido el resultado de “procesos vitales en el organismo de la Iglesia” (términos del propio cardenal Brandmüller), no se hubiera producido ninguna reacción adversa de la magnitud de la expresada por los cardenales Ottaviani y Bacci y por la legión de teólogos católicos posteriores que han desglosado y analizado el documento escrito por ambos. 

Confiamos en que el texto del cardenal Brandmüller sea aclarado por Su Eminencia a la brevedad, para no dar pábulo a los enemigos de la fe que están activamente cuestionándola desde el interior no sólo de la Iglesia, sino, peor aún, desde el interior de la Curia romana.  

lunes, 13 de diciembre de 2021

Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe (12 de diciembre)

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 1, 39-47):

“En aquel tiempo, partió María presurosa por las serranías, a una ciudad de Judá; y habiendo entrado en casa de Zacarías, saludó a Isabel. Al oír Isabel el saludo de María, el niño saltó de gozo en su vientre, e Isabel se sintió llena del Espíritu Santo, y exclamando en alta voz dijo: ¡Bendita tu entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! Y ¿de dónde a mí tanto bien que venga la Madre de mi Señor a mí? Pues lo mismo fue llegar la voz de tu saludo a mis oídos, que dar saltos de júbilo la criatura en mi seno. ¡Bienaventurada tú que has creído! Porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. Y dijo María: Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu salta de gozo al pensar en Dios, Salvador mío”.

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En el estilo parco, conciso y denso de este pasaje, vemos a dos mujeres que, llenas ambas del Espíritu Santo, profetizan con palabras que la Cristiandad, maravillada, repite día tras día, y a cada hora, desde hace dos mil años.

Hoy, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América y piedra sobre la cual se edifica la fe en este continente, recordemos ese otro precioso diálogo entre la Virgen y, esta vez, el indio Juan Diego, al cual Ella se apareció en el cerro de Tepeyac, donde se edificó luego, en cumplimiento de su voluntad, el santuario que hoy existe.

“Era sábado, muy de madrugada, venía en pos de Dios y de sus mandatos. Y al llegar cerca del cerrito llamado Tepeyac ya amanecía. Oyó cantar sobre el cerrito, como el canto de muchos pájaros finos; al cesar sus voces, como que les respondía el cerro, sobremanera suaves, deleitosos, sus cantos sobrepujaban al del coyoltototl y del tzinitzcan y al de otros pájaros finos.

“Se detuvo a ver Juan Diego. Se dijo: ¿Por ventura soy digno, soy merecedor de lo que oigo? ¿Quizá nomás lo estoy soñando? ¿Quizá solamente lo veo como entre sueños? ¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento; acaso en la tierra celestial?

“Y cuando cesó de pronto el canto, cuando dejó de oírse, entonces oyó que lo llamaban, de arriba del cerrillo, le decían: “Juanito, Juan Dieguito”.

“Y cuando llegó a la cumbre del cerrillo, cuando lo vió una Doncella que allí estaba de pie, lo llamó para que fuera cerca de Ella. Y cuando llegó frente a Ella mucho admiró en qué manera sobre toda ponderación aventajaba su perfecta grandeza: su vestido relucía como el sol, como que reverberaba, y la piedra, el risco en el que estaba de pie, como que lanzaba rayos; el resplandor de Ella como preciosas piedras, como ajorca (todo lo más bello) parecía. En su presencia se postró. Escuchó su aliento, su palabra, que era extremadamente glorificadora, sumamente afable, como de quien lo atraía y estimaba mucho.

“Le dijo:

Escucha , hijo mío el menor, Juanito ¿a donde te diriges?

“Y él le contestó:

Mi Señora, Reina, Muchachita mía, allá llegaré, a tu casita de México Tlatilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan quienes son las imágenes de Nuestro Señor: nuestros Sacerdotes.

“En seguida, con esto dialoga con él, le descubre su preciosa voluntad; le dice:

“Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediación, el Dueño del cielo, el Dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levante mi casita sagrada en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto: lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación: porque yo en verdad soy vuestra Madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a Mí clamen, los que me busquen, los que confíen en Mí, porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores.

“Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del obispo de México, y le dirás como yo te envío, para que le descubras como mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído y ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por ello te enriqueceré, te glorificaré; y mucho de allí merecerás con que yo retribuya tu cansancio, tu servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío. Ya has oído, hijo mío el menor, mi aliento, mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte”.

“E inmediatamente en su presencia se postró; le dijo:

Señora mía, Niña, ya voy a realizar tu venerable aliento, tu venerable palabra; por ahora de Ti me aparto, yo, tu pobre indito.

[Juan Diego se presentó ante el obispo, quien no le dio crédito. Y volviendo por el mismo camino, se le apareció de nuevo la Virgen].

Pintura de San Juan Diego en la Básilica de Nuestra Señora de Guadalupe
(Imagen: Wikipedia)

“Y en cuanto la vio, ante Ella se postró, se arrojó por tierra, le dijo:

“Patroncita, Señora, Reina, Hija mía la más pequeña, mi Muchachita, ya fui a donde me mandaste a cumplir tu amable aliento, tu amable palabra; aunque difícilmente entré a donde es el lugar del Gobernante Sacerdote, lo vi, ante él expuse tu aliento, tu palabra, como me lo mandaste. Me recibió amablemente y lo escuchó perfectamente, pero, por lo que me respondió, como que no lo entendió, no lo tiene por cierto. Me dijo: “Otra vez vendrás; aun con calma te escucharé, bien aun desde el principio veré por lo que has venido, tu deseo, tu voluntad.” Bien en ello miré, según me respondió, que piensa que tu casa que quieres que te hagan aquí, tal vez yo nada más lo invento, o que tal vez no es de tus labios; mucho te suplico, Señora mía, Reina, Muchachita mía, que a alguno de los nobles, estimados, que sea conocido, respetado, honrado, le encargues que conduzca, que lleve tu amable aliento, tu amable palabra para que le crean. Porque en verdad yo soy un hombre del campo, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de mi andar ni de mi detenerme allá a donde me envías, Virgencita mía, Hija mía menor, Señora, Niña; por favor dispénsame: afligiré con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía.

“Le respondió la Perfecta Virgen, digna de honra y veneración:

“Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargue que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es muy necesario que tú, personalmente vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido. Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la Siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando.

“Juan Diego, por su parte, le respondió, le dijo:

”Señora mía, Reina, Muchachita mía, que no angustie yo con pena tu rostro, tu corazón; con todo gusto iré a poner por obra tu aliento, tu palabra; de ninguna manera lo dejaré de hacer, ni estimo por molesto el camino. Iré a poner en obra tu voluntad, pero tal vez no seré oído, y si fuere oído quizás no seré creído. Mañana en la tarde, cuando se meta el sol, vendré a devolver a tu palabra, a tu aliento, lo que me responda el Gobernante Sacerdote. Ya me despido de Ti respetuosamente, Hija mía la más pequeña, Jovencita, Señora, Niña mía, descansa otro poquito”.

[Ante esta insistencia de Juan Diego, el obispo le dice que comunique a la aparición que necesita una prueba de lo que manda. Y Juan Diego se encuentra de nuevo con la Virgen].

“Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del Señor Obispo; la que, oída por la Señora, le dijo:

“Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará; y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has impendido. Ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo.

[Pero Juan Diego, asustado, no volvió. Y al otro día, hizo un rodeo para no encontrarse con Ella; pero Ella le salió al encuentro].

“Le vino a salir al encuentro a un lado del cerro, le vino a atajar los pasos; le dijo:

“¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿a donde vas, a donde te diriges?

“Y él, ¿tal vez un poco se apenó, o quizá se avergonzó? ¿o tal vez de ello se espantó, se puso temeroso? En su presencia se postró, la saludó, le dijo:

“Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta; ¿cómo amaneciste? ¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía?  Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón: te hago saber, Muchachita mía, que está muy grave un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se le ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Y ahora iré de prisa a tu casita de México, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, de nuestros Sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a prepararlo, porque en realidad para ello nacimos, los que vinimos a esperar el trabajo de nuestra muerte. Mas, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu aliento, tu palabra, Señora, Jovencita mía. Te ruego me perdones, tenme todavía un poco de paciencia, porque con ello no te engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa.

“En cuanto oyó las razones de Juan Diego, le respondió la Piadosa Perfecta Virgen:

“Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad ni cosa punzante, aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿no estás bajo mi sombra y resguardo? ¿no soy yo la fuente de tu alegría? ¿no estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora: ten por cierto que ya está  bueno.

“Y la Reina Celestial luego le mandó que subiera a la cumbre del cerrillo, en donde antes la veía; y le dijo:

Sube, hijo mío el menor, a la cumbre del cerrillo, a donde me viste y te di órdenes;  allí verás que hay variadas flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas; luego baja aquí; tráelas aquí, a mi presencia.

“Y en seguida vino a bajar, vino a traerle a la Niña Celestial las diferentes flores que había ido a cortar, y cuando las vió, con sus venerables manos las tomó; luego otra vez se las vino a poner todas juntas en el hueco de su ayate, le dijo:

“Mi hijito menor, estas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que por ello realice mi querer, mi voluntad. Y tú…, tú que eres mi mensajero…, en ti absolutamente se deposita la confianza;  y mucho te mando con rigor que nada más a solas, en la presencia del obispo extiendas tu ayate, y le enseñes lo que llevas, y le contarás todo puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a cortar flores, y cada cosa que viste y admiraste, para que puedas convencer al Gobernante Sacerdote, para que luego ponga lo que está  de su parte para que se haga, se levante mi templo que le he pedido”.

[Llevo Juan Diego al obispo las flores en su ayate, y cuando lo abrió, cayeron todas al suelo ante el obispo].

“Y así como cayeron al suelo todas las variadas flores preciosas, luego allí se convirtió en señal, se apareció de repente la Amada Imagen de la Perfecta Virgen”, en el ayate donde habían ido las flores.

Es el ayate que hoy se conserva y venera en la casita que la Virgen pidió que se le edificara.

Tal es el precioso diálogo que nos transmite la leyenda, tan maravillosamente llena de enseñanzas inefables, que no hace sino prolongar y paladear lo que el Evangelio nos dice de Aquella a quien llamamos Madre de Dios todos los días y a cada hora.

La imagen de la Santísima Virgen (Nuestra Señora de Guadalupe) impresa sobre el ayate de San Juan Diego 
(Imagen: Wikicommons)

viernes, 10 de diciembre de 2021

Misa de réquiem por el Rvdo. Milan Tisma Díaz

La familia y un grupo de amigos y feligreses del Rvdo. Milan Tisma Díaz, que fuera nuestro capellán por casi 25 años, nos han pedido que informemos a todos quienes lo conocieron y quieran unirse, que mañana sábado 11 de diciembre, a las 11.30 horas, se cantará una Misa de réquiem por el descanso eterno de su alma en la Iglesia del Corazón Doloroso e Inmaculado de María (Talavera de la Reina 430, comuna de Las Condes, Metro L1 Los Dominicos). 

Rvdo. Milan Tisma Díaz
(Foto: Bensonians)