jueves, 26 de diciembre de 2024

Feliz Navidad

La Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, desea a todos sus feligreses y bienhechores una feliz Navidad y un muy próspero y bendecido año 2025.

Aprovechamos de recordar que la Santa Misa celebrada por la Asociación todos los domingos y fiestas de precepto en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria continuará hasta el último domingo de enero, reanudándose el primero domingo de marzo, debido al cierre de la Universidad a la que pertenece dicho templo. Recomendamos seguir nuestras redes sociales y esta bitácora para estar informados de algún eventual cambio de horario y otras novedades. 

Tui sunt caeli, et tua terra est, orbem terrarum, et plenitudinem ejus tu fundasti: justitia et judicium preparatio sedis tuae. 

"Tuyos son los cielos y tuya es la tierra; la redondez de la tierra y cuanto contiene, Tú lo cimentaste; la justicia y la equidad son el apoyo de tu trono"

(Ofertorio de la Misa del día de la Natividad del Señor, tomado de Sal 88, 12 y 15).

Antón Rafael Mengs, La Adoración de los pastores, 1770, Museo del Prado (España)
(Imagen: Museo del Prado)

martes, 24 de diciembre de 2024

Aviso: cambio de horario de la Misa de la Natividad del Señor

 Se informa a todos los fieles y bienhechores que participan de la Santa Misa tradicional que organiza la Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat que habrá un pequeño cambio de horario para el día 25 de diciembre. 

De manera excepcional, la Misa de la Natividad del Señor se celebrará a las 11.30 horas. 

Los esperamos en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, situada en Bellavista 37, comuna de Recoleta. 

El Greco, Adoración de los pastores, 1612-1614, Museo del Prado (España)
(Imagen: Museo del Prado)

lunes, 9 de diciembre de 2024

Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen

El día de ayer, 8 de diciembre, la Iglesia celebró la fiesta de la Inmaculada Concepción, que en Chile es día de precepto. Coincidiendo con esta hermosa fecha, nuestra Asociación reanudó la celebración de la Santa Misa suspendida desde 2020 con ocasión de la pandemia de COVID-19. En adelante, y como fue anunciado, la Santa Misa conforme al Misal Romano de 1962 será celebrada todos los domingos y fiestas de precepto a las 12.00 horas en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria (Bellavista 37, Recoleta). 

Al mediodía, el órgano prorrumpió con el Te Deum Prelude de M.A. Charpentier, dando inicio a la Santa Misa oficiada por el Rvdo. Jorge Herrera, de la Prelatura Personal del Opus Dei y la Santa Cruz, quien revestido de un hermoso ornamento celeste, en función del privilegio hispánico para esta fiesta mariana, se dirigió al altar.

El servicio del altar estuvo a cargo de la Archicofradía de San Esteban (Capítulo de la Asunción de la Santísima Virgen María), la que colabora estrechamente con nuestra Asociación.

El canto litúrgico estuvo a cargo de la agrupación coral de la Asociación, dirigida por don Alfredo Díaz, acompañada al órgano por el maestro don Julio Garrido.

La iglesia de nuestra Señora de la Victoria estuvo bellamente ornamentada y contó con una concurrida asistencia de fieles, que llegaron desde distintos lugares. Alrededor de 200 personas hicieron sentir su emoción por la reanudación de la Santa Misa, cantando con particular fervor los himnos del gregoriano.

En el sermón, Don Jorge Herrera destacó la labor que la Asociación Magníficat ha venido prestando desde su fundación en el año 1966, en especial gracias al tenaz compromiso del Dr. Julio Retamal Favereau. Se hizo recuerdo también de los capellanes que oficiaron en estos casi 60 años de existencia del capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce. Del mismo modo, se manifestó nuestra gratitud a nuestro Arzobispo (ahora, Cardenal de la Santa Iglesia Romana), S.E.R. Fernando Chomalí, al otorgar el permiso para reanudar la celebración de la Santa Misa organizada por nuestra Asociación, en virtud de las disposiciones vigentes conforme al motu proprio Traditionis Custodes del papa Francisco. Asimismo, enfatizó la necesidad de la devoción a la Santísima Virgen en nuestros tiempos tan convulsionados y ante una sociedad descristianizada.

(Foto: Vatican News)

Hacia el final de la Santa Misa, una vez que el sacerdote hubo rezado el último Evangelio, se entonó el Te Deum, en acción de gracias por la reanudación de la celebración de la Misa organizada por nuestra Asociación, y también, por la creación cardenalicia de nuestro Arzobispo de Santiago, S.E.R. Fernando Chomalí. Posteriormente, se rezó el acto de clausura del Mes de María, que en nuestro país tiene lugar en el mes de noviembre, y que sirve como preludio a la fiesta de la Inmaculada Concepción y como una forma de ir preparando los corazones para la próxima Natividad del Señor.

Damos gracias a Dios por una celebración cantada y concurrida por una multitud de fieles que, con profundo fervor, entonaron el tradicional himno Venid y Vamos Todos, como señal de gratitud a la Santísima Virgen por tantas gracias dispensadas.

A.M.D.G.

Les dejamos algunas imágenes de la Santa Misa: 










Y también el vídeo que registra el canto del Te Deum por la creación como cardenal de S.E.R. Fernando Chomalí, arzobispo de Santiago, y por la reanudación de las Misas de nuestra Asociación. 

domingo, 1 de diciembre de 2024

Reanudación de las Misas de la Asociación Magnificat

Con mucha alegría comunicamos a todos nuestros feligreses y bienhechores que, a contar del domingo 8 de diciembre próximo, festividad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, la Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, volverá a celebrar la Santa Misa conforme al misal anterior a la reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II. 

La celebración tendrá lugar en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, el mismo templo que nos acoge desde 2010, todos los domingos y fiestas de precepto, a las 12.00 horas. La iglesia se encuentra situada en Bellavista 37, comuna de Recoleta (Metro L1 y L5 Baquedano). 

Expresamos nuestro agradecimiento a S.E.R Fernando Chomalí, arzobispo de Santiago, por su generosidad en permitir que la Santa Misa vuelva a ser celebrada en cumplimiento de las instrucciones del motu proprio Traditionis Custodes. Nos unimos en acción de gracias porque en la víspera nuestro obispo será creado cardenal por el Santo Padre en la Basílica de San Pedro del Vaticano. 

Te Deum laudamus

José Alcázar Tejedor, Los padres del celebrante después de la Misa nueva, 1887, Museo del Prado 

domingo, 2 de junio de 2024

La liturgia tradicional con los ojos de Manuel Vicent

Les ofrecemos hoy una columna del escritor y columnista valenciano Manuel Vicent sobre la conversión de Paul Claudel. Si bien sobre este último autor hemos tratado con anterioridad en esta bitácora (véase aquí), el texto resulta de interés por provenir de un autor que se declara de izquierdas y anticlerical, como se comprueba de algunas de las afirmaciones que vierte, y que escribe a propósito del restablecimiento de la liturgia antigua por parte del papa Benedicto XVI a través del motu proprio Summorum Pontificum (2007). 

Más allá de algunas alusiones provocadoras, la columna demuestra el atractivo que la liturgia tradicional despierta en las personas abiertas a la sensibilidad artística y con inquietudes culturales. Son innumerables los ejemplos a través de la historia. Quizá el más elocuente sea la carta dirigida por un grupo de intelectuales al papa Pablo VI pidiendo la conservación de la Misa de siempre, que dio lugar al llamado "indulto inglés" o "indulto Agatha Christie". Entre otras cosas, ahí se dice: "Los firmantes de este pedido [...] quieren llamar la atención de la Santa Sede sobre la apabullante responsabilidad en la que incurriría en la historia del espíritu humano si se negara a permitir la subsistencia de la Misa Tradicional".

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La cáscara

Manuel Vicent

El poeta Paul Claudel era todavía un ateo militante cuando una Nochebuena en medio de la soledad de París, bajo una intensa nevada, entró en la catedral de Notre-Dame para guarecerse. Se estaba celebrando en ese momento la misa del Gallo. El poeta acababa de ver innumerables poetas ateridos bajo los puentes del Sena, e imbuido en la propia desesperación, de pronto, fue acogido por un tibio perfume de incienso y el sonido del órgano que acompañaba el Adeste fideles cantado por un coro de infantes. En el altar brillaban los los brocados de las vestiduras de los oficiantes confundidas con las ascuas de las lámparas y los dorados del retablo. A través de aquel compacto resplandor también sonaban palabras en latín, que no comprendía. "Algo parecido a esta gloria debe ser el cielo", pensó Paul Claudel, quien trasportado por la belleza de la liturgia, olvidó las miserias de este mundo y se convirtió al catolicismo. Lutero se había llevado la nuez de la fe dejando la cáscara de la religión para la Iglesia romana, pero esta envoltura barroca y resplandeciente, sin nada adentro, acabó por adquirir la máxima profundidad estética que tienen las formas. El Concilio Vaticano II trató de recuperar la pureza de la fe limpiándola de las adherencias del teatro. En el desguace desapareció el latín, la polifonía de Palestrina fue sustituida por guitarras aflamencadas y las casullas bordadas por unos jerséis de grano gordo, tipo peruano. Los curas desde el altar tuvieron que dar la cara y hablar en la lengua nacional. Muchos fieles comenzaron a alarmarse al comprobar que lo entendían todo. "Yo soy el pastor y vosotros sois las ovejas", decía el oficiante, y algunos devotos se miraban sorprendidos. "¿Has oído eso? Nos está llamando borregos." Quedó patente que las epístolas, antífonas y salmos no transportaban sino pensamientos vulgares, mientras, a su vez, el gregoriano exquisito se transformó en canciones desafinadas, llenas de mansedumbre, cantadas por la grey. Un día, en una misa mayor de un pueblo mediterráneo, los fieles entonaban a coro una de estas plegarias al Señor, todos excepto un jornalero adusto que permanecía con la boca cerrada. "¿Por qué no cantas?", le cuchicheo el vecino de banco. El jornalero contestó como en el tute: "No cantó porque me falta el caballo". Benedicto XVI quiere recuperar la cáscara antigua y retornar a la liturgia en latín, cosa que celebran los estetas, pero, si hay que preservar la fe, lo mejor es no entender nada. 

Primera Misa solemne transmitida por televisión desde la catedral de Notre-Dame de París. Se trata de la Misa de Navidad celebrada en la medianoche del 24 de diciembre de 1948 por el cardenal Emmanuel-Célestin Suhard
(Foto: Te Igitur)

Nota de la Redacción: El texto está tomado de Vicent, M., El cuerpo y las olas, Barcelona, Alfaguara, 2007, pp. 219-220.

jueves, 30 de mayo de 2024

Nuevo comienzo

Existe un dicho popular que dice: "Hay tres jueves en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y Ascensión". Hemos elegido una de estas fiestas, dedicada a honrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para reiniciar las publicaciones de este bitácora.

La labor de la bitácora de la Asociación Litúrgica Magnificat comenzó hace casi 10 años, el 20 de agosto de 2014, y cuenta con casi 1000 publicaciones y cerca de un millón de visualizaciones. Por diversas razones, las publicaciones se interrumpieron el 2 de febrero de 2023. En este tiempo de receso han sido muchas las personas que han escrito pidiendo que las publicaciones se reanudarán. Hoy se puede hacer posible ese anhelo. 

Un nuevo equipo editorial se hace cargo de la edición de esta bitácora. Agradecemos el enorme trabajo de quienes nos han precedido y confiamos en poder estar a la altura de los contenidos y de la producción gráfica. Mantendremos, hasta donde sea posible, los mismos lineamientos editoriales que se han venido aplicando hasta ahora. Salvo casos de necesidad, publicaremos una vez a la semana.

Al correo de la Asociación (magnificatunavocechile@gmail.com) se pueden enviar colaboraciones.

Nos encomendados a sus oraciones.

Mas y Fondevila, Arcadio, El Corpus Christi, circa 1870, colección del Museo del Prado

jueves, 2 de febrero de 2023

Un intercambio epistolar entre el cardenal Ottaviani y monseñor Lefebvre

Les ofrecemos la traducción que hemos hecho respecto de un artículo escrito por John Pepino y publicado en OnePeterFive, que recoge la respuesta que monseñor Marcel Lefebvre, en calidad de Superior de la Congregación del Espíritu Santo, dio a la carta remitida por el cardenal Alfredo Ottaviani  sobre algunos criterios de interpretación del Concilio Vaticano II. Ella ayuda a fijar el punto en que se separan los caminos entre la Santa Sede y monseñor Lefebvre, cuyas consecuencias siguen presentes en el diálogo que se ha dado entre aquélla y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X.

John Pepino, doctor en griego y latín, es un erudito franco-británico interesado en el cambio y la continuidad en la historia de la Iglesia. Su obra incluye la traducción del francés al inglés de Yves Chiron, Annibale Bugnini: Reformer of the Liturgy (Angelico Press, 2018) y de The Memoirs of Louis Bouyer: From Youth and Conversion to Vatican II, the Liturgical Reform, And After (Angelico Press, 2015).

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Apenas terminado el Concilio, Lefebvre responde a Ottaviani

 John Pepino, PhD

El Concilio había terminado hacía menos de un año. Muchos católicos se sentían conmovidos y confusos. Se rumoreaba la existencia de diferentes planes de implementación, a veces contradictorios. Ya los liberales católicos trabajaban con ahínco para llevar la Iglesia en la dirección que ellos querían. ¿Qué habría de hacer Roma? Después de cincuenta y cinco años, sabemos lo que el cardenal Ottaviani, uno de los antecesores del cardenal Ratzinger como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, decidió hacer: el 24 de julio de 1966 escribió a todos los Ordinarios del mundo para dar la alarma, ya que había estado recibiendo diarias informaciones de una revuelta en contra de la sana doctrina; había algunos que apelaban ya falsamente al Concilio para diseminar sus propios errores. Y había que enfrentar tales errores.

El cardenal Ottaviani, bien conocido en los círculos litúrgicos por su intervención respecto de la Misa de Pablo VI en 1969, comienza su carta alabando los sabios documentos del Concilio sobre doctrina y disciplina. Pero rápidamente dice que su oficio ha estado recibiendo preocupantes noticias de algunas tendencias en la interpretación del Concilio. Y enumera estas tendencias -tesis que van más allá de una simple opinión y que “afectan al dogma”- y las reduce a diez puntos específicos. Produce así una especie de syllabus de errores postconciliares. Esta lista es profética: describe los ataques a la inerrancia de la Biblia, al Magisterio, a la verdad objetiva, a la cristología, a la Presencia Real y a otros aspectos esenciales de la fe. Fue contra las consecuencias de estos errores, que previó en 1966, que pidió a los obispos y superiores generales de todo el mundo que “se preocuparan de reprimir [estos errores] o de prevenirlos”.

Quizá la respuesta más famosa a esta carta, enviada sólo cinco días antes del plazo final de la Navidad de 1966, es la del arzobispo Marcel Lefebvre, Superior General de los Padres del Espíritu Santo y, por cierto, futuro fundador de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. En ese momento, el arzobispo imputaba la confusión reinante no tanto a las erróneas interpretaciones del Concilio como al Concilio mismo. En su respuesta encontramos una primera versión de algunas de sus tesis más conocidas: el Concilio significó un acomodo de la Iglesia con las ideas líderes de la Revolución Francesa; el Concilio fue un quiebre con la continuidad de la Tradición; la nueva noción de colegialidad episcopal rompe la unidad de la Iglesia, centrada en el Supremo Pontífice, etc.

En esa carta encontramos también una expresión de filial esperanza en el Papa: “Sin embargo, el Sucesor de Pedro, y sólo él, puede salvar a la Iglesia”. El arzobispo continúa con algunos consejos sobre cómo podría proceder el Papa, de los cuales el más incómodo es el reproche de que “[l]as alocuciones de los miércoles no pueden ocupar el lugar de encíclicas, de órdenes, de cartas a los obispos”. Esta respuesta, por tanto, constituye un importante documento para el estudio del desarrollo del pensamiento de monseñor Lefebvre.

El original en francés de estas dos cartas está en “Carta a nuestros hermanos sacerdotes” (29/30 de junio de 2006, pp. 8-11).

El papa Pablo VI y un grupo de cardenales durante el Concilio Vaticano II
(Foto: Alfa y Omega)

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Carta del cardenal Ottaviani a los presidentes de las conferencias episcopales

 

Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe

Prot. núm. 871/66

 

Roma, 24 de julio, 1966

Piazza del S. Uffizio, 11

Desde que el Concilio Vaticano II, que ha concluido con éxito recientemente, promulgó sapientísimos documentos en materias tanto doctrinales como disciplinarias para una eficiente promoción de la vida de la Iglesia, todo el pueblo de Dios tiene el grave deber de esforzase para implementar todo lo que ha sido solemnemente propuesto o decretado en esa gran asamblea de obispos bajo la presidencia del Supremo Pontífice.

Ahora corresponde a la jerarquía -es su derecho y su deber- supervisar, dirigir y promover el movimiento de renovación emprendido por el Concilio, de modo que los documentos y decretos de éste puedan recibir una correcta interpretación y ser implementados de acuerdo con el significado y espíritu de los documentos mismos. Porque son, en efecto, los obispos quienes deben proteger esta doctrina, ya que gozan -bajo su cabeza, Pedro- del oficio de enseñar con autoridad. Es pues digno de alabanza que muchos pastores hayan empezado a explicar el Concilio de un modo adecuado.

Sin embargo, es lamentable que, desde diversos lugares, surjan tristes noticias de abusos cada vez mayores en la interpretación de la doctrina del Concilio, así como también errabundas y osadas opiniones que se elevan aquí y allá y que distorsionan no poco la mente de los fieles. Aunque son dignos de alabanza los estudios y esfuerzos de una más profunda investigación de la verdad, distinguiendo correctamente lo que debe ser creído de lo que es materia de libre opinión, sin embargo el examen de los documentos sometidos a esta Sagrada Congregación revela que un número considerable de tesis va más allá de una simple opinión o hipótesis y, en cierto grado, parecen afectar el dogma mismo y las fundaciones de la fe. 

Es conveniente mencionar algunas de estas tesis como ejemplo, ya que se hallan en relatos de hombres expertos o en los escritos públicos de éstos.           

 1. En primer lugar, la Sagrada Revelación misma: algunos recurren a las Sagradas Escrituras dejando conscientemente a un lado a la Tradición; reducen también el ámbito y la fuerza de la inspiración bíblica y de la inerrancia, y no tienen una idea correcta del valor de los textos históricos.

2. En lo que se refiere a la doctrina de la fe, se dice que las fórmulas dogmáticas están sometidas a la evolución histórica de un modo tal que su significado objetivo mismo queda sujeto a cambios. 

3. El Magisterio ordinario de la Iglesia, especialmente el del Romano Pontífice, es a veces tan descuidado y subvalorado que se lo relega al campo de la libertad de opinión.

4. La verdad objetiva y absoluta, firme e inamovible, es casi inadmisible para ciertos individuos que someten todas las cosas a una suerte de relativismo. Y esto por la errónea idea de que toda verdad necesariamente se ajusta al ritmo de la evolución de la conciencia y de la historia.

5. La adorable Persona del mismo Jesucristo es alcanzada cuando, al tratar de cristología, se usa algunos conceptos, como persona o naturaleza, como si fueran difícilmente compatibles con las definiciones dogmáticas. Repta hacia el interior una especie de humanismo cristológico, según el cual Cristo es reducido a la condición de un mero hombre que, supuestamente, se fue haciendo gradualmente consciente de su Filiación divina. Su concepción milagrosa, sus milagros, e incluso su Resurrección, reciben una adhesión verbal, pero en realidad todo es reducido al orden puramente natural. 

6. Asimismo, en el tratamiento teológico de los sacramentos se ignora algunos elementos o no se los toma suficientemente en cuenta, especialmente en lo concerniente al Santísimo Sacramento. No escasean los que ponen en duda la verdadera presencia de Cristo en las especies de pan y de vino y favorecen un excesivo simbolismo, como si el pan y el vino no se convirtieran en el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo por la transubstanciación, sino que se operara una cierta transferencia de significado. Hay también quienes fuerzan más de lo razonable el concepto de ágape respecto de la Misa, dándole la prioridad por sobre la idea de sacrificio.

7. Algunos, que prefieren explicar el sacramento de la Penitencia como un medio de reconciliación con la Iglesia, no expresan suficientemente la reconciliación con Dios, que es el ofendido. Y sostienen que la confesión personal de los pecados no es necesaria para la celebración de este sacramento, sino que se satisfacen sólo con la función social de la reconciliación con la Iglesia.

8. Muchos subestiman la doctrina del Concilio de Trento del pecado original, o la comentan de tal modo que se oscurece el pecado original de Adán y su transmisión.

9. Hay errores no menos importantes que se difunden en el ámbito de la teología moral. De hecho hay algunos, no pocos en número, que osan rechazar la norma objetiva de la moral; otros no aceptan la ley natural y afirman la legitimidad de la ética de situación, como la llaman. Se propone perniciosas opiniones sobre la moral y la responsabilidad en cuestiones sexuales y matrimoniales.

10. A todo esto es necesario agregar una observación sobre el ecumenismo. La Sede Apostólica alaba sin reservas a quienes, en el espíritu del decreto conciliar sobre el ecumenismo, promueven iniciativas destinadas a favorecer la caridad con los hermanos separados y a atraerlos a la unidad de la Iglesia; pero deplora el hecho de que no faltan aquéllos que, interpretando a su modo el decreto conciliar, sugieren acciones ecuménicas de tal naturaleza que ofenden la verdad de la unidad de la fe y de la Iglesia, favoreciendo un peligroso irenismo y un indiferentismo, cosas que, sin duda, son ajenas al espíritu del Concilio.

Este tipo de errores y de peligros están ampliamente extendidos, pero son reunidos en esta carta en una síntesis sumaria y sometidos a los Ordinarios, para que cada uno de ellos, de acuerdo con su cargo y su oficio, pueda preocuparse de reprimirlos o de prevenirlos.

Además, este Sagrado Dicasterio insta fervientemente a los Ordinarios de regiones para que, reunidos en sus respectivas asambleas episcopales, se preocupen de ellos, los refieran oportunamente a la Santa Sede y compartan sus reflexiones, antes de la Fiesta de la Navidad de Nuestro Señor del presente año.

Que los Ordinarios y aquéllos, cualesquiera que fueren, a quienes han estimado conveniente comunicar esta carta, que una obvia prudencia prohíbe hacer pública, la guarden en el mayor secreto.

Alfredo Card. Ottaviani
Prefecto

Cardenal Alfredo Ottaviani
(Foto: Wikipedia)

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La respuesta de Mons. Lefebvre a la carta secreta del cardenal Ottaviani. 

Roma, 2 de diciembre de 1966

Eminencia Reverendísima,

Su carta de 24 de julio, sobre el cuestionamiento de algunas verdades, ha sido comunicada a todos nuestros superiores mayores.

Hemos recibido pocas respuestas. Las que nos llegaron de África no niegan que una gran confusión mental reina hoy día. Aunque esas verdades no parezcan cuestionadas, en la práctica disminuye el fervor y la regularidad en la recepción de los sacramentos, especialmente la penitencia. Ha disminuido mucho el respeto por el Santísimo Sacramento, sobre todo entre los sacerdotes; disminuyen las vocaciones sacerdotales en la misiones de lengua francesa; las misiones de lenguas inglesa y portuguesa han sido menos golpeadas por el nuevo espíritu, pero también aquí los periódicos y revistas ya difunden las más exageradas teorías.

Pareciera que la causa de esta escasa cantidad de respuestas es la dificultad de captar estos errores, que están extendidos por todas partes; hay que buscar el problema especialmente en la literatura que propaga la confusión mental, mediante descripciones ambiguas y equívocas, en las que se puede descubrir una nueva religión.

Creo que tengo el deber de expresarle muy claramente lo que surge de mis conversaciones con muchos obispos, sacerdotes y laicos de Europa y Africa, y también de mis lecturas en países de habla inglesa y francesa.

Con gusto seguiría el orden de verdades sugerido en su carta, pero me atrevo a decir que los actuales problemas me parecen mucho más graves que la negación o cuestionamiento de una verdad de nuestra fe. Ellos se manifiestan hoy en una extremada confusión de ideas, por el colapso de la Iglesia y de las instituciones religiosas, de los seminarios, de las escuelas católicas, en una palabra, de todo lo que ha sido el continuo apoyo de la Iglesia. Se trata nada menos que de la prolongación de las herejías y errores que han estado socavando la Iglesia durante los últimos siglos, especialmente en el pasado siglo del liberalismo, que ha hecho todos los esfuerzos por reconciliar a la Iglesia con las ideas que condujeron a la Revolución.

En la medida en que la Iglesia se ha opuesto a estas ideas, que van contra una sana filosofía y teología, ella ha progresado; por el contrario, todo compromiso con estas ideas subversivas ha resultado en un acomodo de la Iglesia con el derecho común, y en el riesgo de ser esclavizada por la sociedad civil. Además, cada vez que los grupos católicos se han permitido ser atraídos por estos mitos, los Papas han luchado valientemente para hacerlos volver a respetar los límites, ilustrándolos y, si era necesario, condenándolos. El catolicismo liberal fue condenado por Pío IX; el modernismo, por León XIII; Le Sillon, por San Pío X; el comunismo, por Pío XI; el neo-modernismo, por Pío XII. Gracias a esta admirable vigilancia, la Iglesia se hizo más fuerte y se desarrolló. Fueron muy numerosas las conversiones de paganos y de protestantes; se erradicó completamente la herejía, y los gobiernos aceptaron una legislación más católica.

Por otra parte, algunos grupos de religiosos, imbuidos por estas falsas nociones, lograron extenderse al interior de la “Acción católica” y en los seminarios, gracias a cierta indulgencia de parte de los obispos y a la tolerancia de algunos dicasterios romanos. Muy pronto fue de entre esos sacerdotes que se eligió a los obispos. 

Fue en ese momento que tuvo lugar el Concilio, que se había estado preparando, a través de sus Comisiones preparatorias, para proclamar la verdad frente a estos errores, a fin de hacerlos desaparecer durante mucho tiempo de en medio de la Iglesia. Hubiera sido el fin del protestantismo y el comienzo de una fértil era de la Iglesia.

Pero esa preparación fue rechazada con odiosidad para hacer lugar a la peor tragedia que jamás ha soportado la Iglesia. Hemos sido testigos del matrimonio de la Iglesia con las ideas liberales. Sería negar los hechos, taparse los ojos, no afirmar que el Concilio ha permitido que los que profesan esos errores y tendencias, condenadas por los Papas mencionados, crean legítimamente que sus doctrinas están ahora aprobadas.

Si bien el Concilio se preparaba para ser una nube luminosa en el mundo actual -si se hubiera usado los textos preconciliares, en que se podía encontrar una solemne profesión de doctrina segura sobre los problemas modernos-, se puede y, lamentablemente, se debe afirmar los siguiente: de modo casi universal, cuando el Concilio innovó, sacudió la certeza de que las verdades enseñadas por el auténtico Magisterio de la Iglesia pertenecen definitivamente al tesoro de la Tradición.

Ya sea que se hable de la transmisión de la jurisdicción a los obispos, o de las dos fuentes de la Revelación, de la inspiración bíblica, de la necesidad de la gracia para la justificación, de la necesidad del Bautismo católico, de la vida de la gracia entre los herejes, cismáticos y paganos, de los fines del matrimonio, de la libertad religiosa, de las postrimerías, etc., en todos estos puntos fundamentales, la doctrina tradicional era clara y unánimemente enseñada en las universidades católicas. Pero muchos textos conciliares sobre estas verdades les permiten ahora ponerlas en duda. Se ha sacado rápidamente las consecuencias y se las ha aplicado a la vida de la Iglesia:

- Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia y de los sacramentos engendran la desaparición de las vocaciones sacerdotales.

- Las dudas sobre la legitimidad de la autoridad y la necesidad de la obediencia, causada por la exaltación de la dignidad humana, por la autonomía de la conciencia y por la libertad, sacuden a todas las sociedades, comenzando por la Iglesia; a las comunidades religiosas, a las diócesis, a la sociedad civil, a la familia. La soberbia tiene, como consecuencia normal, todo tipo de concupiscencia de los ojos y de la carne. Una de las cosas más abrumadoras es, quizá, la degeneración moral en que han caído muchas publicaciones católicas. No hay pudor alguno al hablar de la sexualidad, de la limitación de los nacimientos por cualquier medio que sea, de la legitimidad del divorcio, de la coeducación, de los coqueteos y bailes como formas de educación cristiana, del celibato sacerdotal, etc. 

- Las dudas sobre la necesidad de la gracia para la salvación traen por consecuencia el descuido del bautismo, que es hoy pospuesto, y el abandono del sacramento de la penitencia. Todo esto constituye principalmente una postura de los sacerdotes, no de los fieles. Y lo mismo ocurre con la Presencia Real: son los sacerdotes lo que obran como si ya no creyeran en ella, escondiendo la Reserva del Sacramento, suprimiendo todas las señales de respeto hacia el Santísimo Sacramento y todas las ceremonias en su honor.

- Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia como la única fuente de la salvación y sobre la Iglesia católica como la única religión verdadera -cosas que derivan de las declaraciones sobre ecumenismo y sobre la libertad religiosa-, destruyen la autoridad del Magisterio de la Iglesia. De hecho, Roma ya no es más la única y necesaria “Magistra Veritatis”. 

Abrumados por los hechos, pues, debemos concluir que el Concilio ha fomentado la difusión de las ideas liberales de un modo inconcebible. La fe, la moral, la disciplina eclesiástica: todo ello es removido hasta en sus fundamentos, cumpliéndose así las predicciones de todos los papas.

La destrucción de la Iglesia procede a la par. Debido a una exagerada autoridad concedida a las conferencias episcopales, el Supremo Pontífice se ha hecho a sí mismo impotente. En un solo año, ¡cuantos dolorosos ejemplos! Sin embargo, el Sucesor de Pedro, y sólo él, puede salvar a la Iglesia.

Que el Santo Padre se rodee de vigorosos defensores de la fe, que los nombre en diócesis importantes. Que se digne proclamar la verdad en graves documentos, que dé caza al error sin temor a oposiciones, sin miedo de cismas, sin miedo de arrojar dudas sobre las disposiciones pastorales del Concilio.

Que el Santo Padre se digne alentar a los obispos individualmente a poner orden en la fe y la moral, como corresponde a buenos pastores; que apoye a los obispos valientes, que los incite a reformar sus seminarios, a reestablecer en ellos los estudios según Santo Tomás; que anime a los superiores generales a mantener en sus noviciados y comunidades los principios fundamentales de toda ascética cristiana, especialmente la obediencia; que apoye el desarrollo de las escuelas católicas, de una prensa doctrinalmente sana, de asociaciones cristianas de familias; por último, que reprima a aquellos que instigan al error y los reduzca al silencio. Las alocuciones de los miércoles no pueden tomar el lugar de las encíclicas, de las órdenes, de las cartas a los obispos.

Sin duda estoy siendo osado al expresarme de este modo. Pero es con ardiente amor que escribo estas líneas, con amor a la gloria de Dios, amor a Jesús, amor a María, a su Iglesia, al Sucesor de Pedro, obispo de Roma, Vicario de Jesucristo.

Que el Espíritu Santo, a quien nuestra congregación está dedicada, se digne acudir en ayuda del Pastor de la Iglesia Universal.

Acepte, su Eminencia, las seguridades de mi más respetuosa devoción en nuestro Señor.

+ Marcel Lefebvre

Obispo titular de Synnada en Phrygia

Superior General de la Congregación del Espíritu Santo

Monseñor Marcel Lefebvre
(Foto: artículo original)

*** 

Estas dos cartas revelan algunas cuestiones de importancia para la historia de la era postconciliar. Por una parte, vemos que Roma no permaneció inactiva frente al torbellino, sino que respondió adecuadamente: el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe cumplió su misión de informar del problema a todos los ordinarios; les pidió matar el error en el nido, y e informarlo de la situación local en el plazo de cinco meses. Claramente, consideró que este asunto era urgente. Sólo una mayor investigación habrá de revelar qué respuestas recibió de la mayoría de los ordinarios de aquel tiempo. La respuesta de monseñor Lefebvre en estas materias no es alentadora: parece que incluso él tuvo problemas para lograr respuestas de sus inferiores.

La respuesta del arzobispo es reveladora también de otro modo. Monseñor Lefebvre encuentra la causa de la situación en los documentos mismos del Concilio Vaticano II, y los vincula con las ideas revolucionarias del siglo XVIII. En este punto expresa su desacuerdo con el cardenal Ottaviani, que se había preocupado de exaltar la sabiduría de esos documentos en “materias tanto doctrinales como disciplinarias”. La opinión de Ottaviani debe haber sido que Roma no podía tomar el camino de revisar los textos, como lo pedía Lefebvre. Este intercambio de cartas, por tanto, marca el punto en que se separan el Vaticano y Lefebvre. Las consecuencias, cincuenta y cinco años después, pueden verse en el actual diálogo entre Roma y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X.