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sábado, 25 de octubre de 2014

Festividad de Cristo Rey



Mañana, último domingo de octubre y según el calendario litúrgico de la forma extraordinaria, corresponde la celebración de la Fiesta de Cristo Rey. Tal es su importancia, que la reforma litúrgica emprendida tras el Concilio Vaticano II trasladó su celebración al último domingo del año litúrgico, como justo cierre de un ciclo temporal que quiere representar la historia de la salvación. 

Esta festividad, si bien fue instituida el año 1925 por el papa Pío XI a través de la encíclica Quas Primas al finalizar el año jubilar convocado con ocasión del XVI del I Concilio de Nicea, viene a confirmar una verdad evidente y sostenida de antaño: Cristo es Rey y soberano de todo el orbe, de las almas y de la sociedad entera. Se trata, por tanto, de un reinado no sólo interior en el alma de cada cristiano, sino de una soberanía que tiene indudables consecuencias sociales, y que pedimos venga sobre nosotros cada vez que rezamos el Padrenuestro. 

Dada la importancia de esta fiesta, queremos compartir aquí una pequeña reseña doctrinal sobre el sentido de la realeza de Cristo:

I. LA POTESTAD REGIA.

La potestad regia es la facultad suprema de dirigir a un fin común a los hombres congregados en sociedad. Esta potestad es doble: (1) temporal, pues tiene por objeto dirigir a los súbditos para obtener su bien temporal, y (2) espiritual, dado que dirige a los hombres hacia la felicidad sobrenatural.

(1) Jesucristo es Rey temporal de todo el mundo. «Erraría gravemente -dice en su hermosa Encíclica Quas Primas (11-XII-1925) el Papa Pío XI, de feliz memoria- el que arrebatase a Cristo Hombre el poder sobre todas las cosas temporales, puesto que Él ha recibido del Padre un derecho absoluto sobre todas las cosas creadas››.

Adviértase, con todo, que mientras vivió Cristo fue, como dicen los teólogos, Rey de derecho, según aquello de San Pablo a los Corintios (I, XV, 27): «Todas las cosas le están sujetas»; y se abstuvo de serlo de hecho, puesto que Él mismo dijo: «Mi reino no es de este mundo» (10, XVIII, 36), y eligió con libre voluntad una vida pobre y humilde, y aun se sometió a pagar el tributo sin estar a ello obligado. 

(2) Jesucristo es Rey espiritual, en cuanto que fundó sobre la tierra una sociedad espiritual, la Iglesia católica, cuyo verdadero señor es Él, y a la que Él mismo, con entera verdad, gobierna. Esto es indudable:

1) Porque repetidas veces es llamado Rey, así en el Antiguo como en el Nuevo Testamento;

2) Porque es Rey de los hombres:

(a) A título de herencia, en cuanto que es Hijo de Dios, de la misma sustancia del Padre, según rezamos en el Credo, y tiene de común con Él todo lo que es propio de la Divinidad, con el señorío absoluto de todas las cosas creadas. 

(b) A título de redención y por derecho de conquista, porque habiéndonos arrancado de la cautividad del demonio, nos hizo suyos a precio de su propia sangre merced a su muerte redentora «No somos, pues, nuestros, porque nos ha comprado Cristo con el más alto precio» (I Cor. 6, 20). 

(c) A título de libre elección, puesto que todos los que por el bautismo se hacen hijos de la Iglesia y reafirman después sus promesas bautismales, por el mismo hecho se sujetan libremente al imperio de Jesucristo, que es Rey Supremo de la Iglesia.

II. EL EJERCICIO DE ESTA POTESTAD 

La potestad de Cristo se ejerce: 

(a) sobre las almas, a las cuales llena de luz de suave unión y de fortaleza, y las pone bajo su propio dominio y el de su Padre.

(b) sobre la Iglesia, a la cual rige y gobierna por medio de la sagrada jerarquía que Él estableció al instituir en Pedro a su vicario.

(c) sobre la sociedad civil, especialmente entre los príncipes cristianos (a quienes se menciona en el Canon), de donde se sigue que tenga derecho a que la sociedad sea gobernada conforme a los principios cristianos. 

III. LOS CARACTERES DE LA POTESTAD REGIA. 

Ahora bien, la excelencia de la potestad regia de Jesucristo se colige de sus caracteres. Ella es:

(a) Esencial y necesaria. Todas las demás potestades, fuera de la de Cristo, son accidentales, esto es, pueden dejar de existir sin absurdo ni contradicción alguna. Pero Jesucristo en cuanto Dios, desde el momento que creó al hombre y formó la sociedad, tiene sobre esa sociedad y esos hombres un dominio, y antes dejaría de ser Dios que de ser Rey y Dueño de lo mismo que salió de sus manos.

(b) Suprema, con derecho a legislar y juzgar, por ser Él el origen y fuente de todo poder, y así tanto tiene de poder los hombres cuanto de Él participan, y nada más, según Él mismo recordó al procurador romano cuando era juzgado (Evangelio que la Iglesia precisamente recuerda en la Misa de esta fiesta). 

(c) Universal, pues se extiende a todos los lugares, a todos los tiempos y a todas las criaturas, sin que nada ni nadie se pueda escapar de su dominio.

(d) Eterna, vale decir, durará siempre y no pasará como pasan los demás reinos, imperios y dominaciones, de manera que sus derechos son imprescriptibles y eternos como Él.

(e) Ordenada a un fin sobrenatural y a la eterna bienaventuranza, según los medios más perfectos y adecuados.



Fray Luis de León (1527-1591), con varios siglos de anticipación a la institución de esta fiesta litúrgica, ya nos hablaba acerca de este reino de Cristo: “Y si permite que algunos reinos infieles crezcan en señorío y poder -como el de los turcos-, hácelo para por su medio de ellos traer a la perfección las piedras que edifican su Iglesia; y así, aun cuando éstos vencen, Él vence y vencerá siempre, que irá por esta manera de continuo añadiendo nuevas victorias, hasta que cumpliéndose el número determinado de los que tiene señalados para su reino, todo lo demás, como a desaprovechado e inútil, vencido ya y convencido por sí, lo encadene en el abismo donde no parezca sin fin; que será cuando tuviese fin este siglo, y entonces tendrá principio el segundo estado deste gran reino, del cual desechadas y olvidadas las armas, sólo se tratara de descanso y de triunfo, y los buenos serán puestos en la posesión de la tierra y del cielo, y reinará Dios en ellos solo y sin término, que será estado mucho más feliz y glorioso de lo que ni hablar ni pensar se puede" (Fray Luis de León, De los nombres de Cristo, II, 2).
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Tomado de Castillo-Sanz, Misal Completo Latino-Español, Ed. Vilamala, Barcelona 1956, pp. 1604 y ss.

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