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martes, 20 de octubre de 2015

Preparación del sacerdote a la celebración de la Misa y posterior acción de gracias


Les presentamos a continuación, en la traducción de la Redacción, una nueva colaboración del Prof. Dr. Peter Kwasniewski, aparecida originalmente en el sitio New Liturgical Movement, cuyo original (en inglés) puede leerse aquí.  

En su artículo, el Prof. Kwasniewski invita a redescubrir la importancia de la preparación para la Santa Misa y la acción de gracias posterior a ella como fuentes de inmensos y abundantes frutos espirituales, materia de la cual habíamos tratado brevemente en una entrada anterior. Sus reflexiones se dirigen especialmente a sacerdotes y ministrantes, pero son también sin duda de inmenso provecho para los fieles. Todos, cada cual según su condición, estamos llamados a prepararnos para participar digna y devotamente del Sacrificio Eucarístico y a dar gracias luego de él a Nuestro Señor, quien se ofrece por nosotros cada vez sobre el altar.


Foto: New Liturgical Movement


Preparación del sacerdote a la celebración de la Misa y posterior acción de gracias

Peter Kwasniewski

Por la gracia de Dios, he sido católico toda mi vida y durante décadas he podido observar a muchos sacerdotes en el cumplimiento de sus deberes. Una de las diferencias más fascinantes que se da entre ellos es su actitud antes y después de la Misa. Me tomó mucho tiempo darme cuenta de cuán grande es el importe de tal actitud, sea para bien, sea para mal.

Tomemos como punto de partida unas maravillosas líneas del Código de Derecho Canónico. El canon 909 dice lo siguiente: “No deje el sacerdote de prepararse debidamente con la oración para celebrar el Sacrificio eucarístico, y dar gracias a Dios al terminar”.

Casi como si comentara este canon, el Obispo Marc Aillet ha escrito: “[Los ritos litúrgicos], al alejarnos del mundo profano y, por ende, de la tentación del inmanentismo, tienen la virtud de sumergirnos de improviso en el Misterio y abrirnos a lo Trascendente. En este sentido, es imposible exagerar la importancia del silencio que precede a la celebración litúrgica, ese atrio interior donde nos liberamos de las preocupaciones, por legítimas que sean, del mundo profano, para penetrar en el espacio y el tiempo sagrados en que Dios revela su Misterio. No se puede subrayar suficientemente la importancia del silencio en la liturgia a fin de abrirse el hombre más cabalmente a la acción de Dios. Ni se puede recalcar todo lo conveniente que resulta, para comprender el sentido interior de la misión que nos espera una vez vueltos al mundo, un momento de acción de gracias, esté o no integrado a la celebración”.

El espacio anterior a la Misa


Consideremos primeramente el espacio antes de la Misa. Shawn Tribe ha escrito en este sitio [Nota de la Redacción: se refiere al sitio New Liturgical Movement], hace ya varios años, un artículo que me impactó profundamente, un artículo que urgía a recuperar el espíritu de reverencia, de respeto y de quietud en la sacristía antes de la celebración de la Misa. Advertía que muchas sacristías ostentan un letrero que dice “SILENTIVM”, y recordaba la muy antigua costumbre de los sacerdotes de recitar, al revestirse con cada uno de los ornamentos, ciertas venerables plegarias en preparación para ofrecer el Santo Sacrificio [Nota de la Redacción: su texto ha sido mencionado en esta bitácora al repasar los distintos ornamentos con que se revista el sacerdote para celebrar la Santa Misa]. Antes de la Misa cantada, de la Misa Solemne o de otras funciones litúrgicas importantes, la multitud de los acólitos estará sumamente atareada, pero no hay razón alguna para que no estén silenciosamente atareados, aprendiendo a moverse, en preparación y anticipación, en una atmósfera de recogimiento, hablando en voz baja en su conversación sobre las cosas que deben preparar.

Sacerdote en la sacristía antes de la Misa
 (Foto: The Holy Mass)


Los sacerdotes más santos que he conocido (aunque la norma tiene excepciones) llegaban por lo general temprano a la sacristía, a fin de prepararse sin apresuramientos. Y he notado que recitan cuidadosamente las oraciones al revestirse y, una vez listos, esperan, a menudo con los ojos puestos en algún crucifijo en la pared, que los acólitos acaben de preparase. Cuando suena la campana, o el reloj da la hora, tales sacerdotes están listos para ponerse en movimiento con un “Procedamus in pace” en los labios. ¡Qué profunda onda expansiva”  produce en la sacristía y en todos los que trabajaban en ella, su actitud seria, calmada y recogida!


Compárese esto con el sacerdote que llega corriendo a último minuto, convertido en un torbellino: mira de un lado para otro, quizá dándole una rápida mirada al Ordo, procurando ganarle la carrera al reloj. Abre a toda prisa el armario y coge el alba y la casulla, casi sin tiempo para revestirse correctamente antes de salir caminando hacia la nave. ¿Dónde queda la “debida preparación” a que alude el canon 909 antes citado? ¿Se compenetran los acólitos de un verdadero espíritu de reverencia hacia esta acción, la más sagrada de todas las acciones? ¿Se dan verdaderamente cuenta de que el sacerdote está emprendiendo una acción divina de la que es, igual que ellos, absolutamente indigno, a la cual asistimos con temor y temblor? O piénsese en el otro caso, el del "Padre Bocina", cuya llegada advierten todos porque se lo puede oír hablando a voz en cuello en la sacristía, antes de la Misa, sobre el clima, o el fútbol, o algo que pasó en las noticias, o la tía enferma de alguien, o sobre cualquier “tema del día”. Podría ser incluso que estuviera dando órdenes sobre los preparativos de la liturgia, pero los modos de “generalísimo” son capaces de impedirle a cualquiera orar.


¿Se compenetran los acólitos de un verdadero espíritu de reverencia (...)?
(Ilustración: Servimus Unum Deum)



La verdad es bien simple: tanto el "Padre Bocina" como el "Reverendo Correcaminos" no son edificantes. Lo que necesitamos es un clero que, antes de la Misa, procure concienzudamente lograr un espíritu de recogimiento, de oración, de humildad y paz. Al fin y al cabo, ello no va en beneficio sólo de un lote desordenado y variopinto de acólitos o de fieles medio dormidos en los bancos, sino que en su propio beneficio, porque el éxito o la pérdida de su vocación se juegan en el modo como enfocan la realización del trabajo para el cual han sido elegidos. Digamos que el diablo nunca deja de prepararse para cualquier oscura tarea que se trae entre manos, y parece apuntar hacia aquéllos que se han olvidado de su propia dignidad. No debemos dejar de prepararnos para subir al monte del Señor en compañía de los ángeles.





El espacio después de la Misa

Volvámonos ahora a los momentos después de la Misa. Aunque mientras crecía en una parroquia estadounidense promedio de los años 1970 y 1980, no me tocó nunca conocer esta costumbre, comencé a fijarme, en la universidad y después, que los sacerdotes más conservadores o tradicionalistas, al volver a la sacristía, decían “Prosit” a los acólitos puestos de rodillas, y les daban la bendición. Se trata de una laudable costumbre que merece, sin duda, ser conservada donde quiera que exista, o ser recuperada si se la ha olvidado.

Pero, ¿qué debiera tener lugar a continuación? El mejor modo de responder esta pregunta es describir lo que hacía un sacerdote amigo mío, cuyo ejemplo en este aspecto fue todo lo luminoso que se puede ser. Después de dar la bendición a los acólitos, se quitaba calmadamente los paramentos (nada de bromas de sacristía y muy poco de “evaluación luego del partido”), e inmediatamente se dirigía a la iglesia, se arrodillaba a un costado, y oraba por varios minutos. A veces usaba las oraciones de acción de gracias del Missale Romanum, otras veces, no. Claramente no hacía esto para ser visto por la gente, pero la gente, a pesar de todo, lo advertía. Y así es como debiera ser. ¿Cómo podría el sacerdote que ha ofrecido el Santo Sacrificio de la Misa, el acto de adoración más sublime sobre la faz de la tierra, éxtasis de los ángeles, terror de los demonios, volver de inmediato al mundo profano, de la charla ligera, de los mensajes de texto o de voz o de los correos electrónicos, o salir a escape a hacer otras cosas (salvo el caso de una verdadera emergencia)?

 Bendición en la sacristía luego de la Misa.

El santo sacerdote a que acabo de referirme es el polo opuesto del otro que parece no poder escaparse suficientemente rápido apenas termina la Misa. Se esfuma del presbiterio o de la nave central (según haya sido la ruta de escape elegida), deja tirados los ornamentos y se escurre por la puerta antes de que uno alcance a decirle “Padre, ¿tiene un momento para confesarme?”. Para cualquier laico, esto es una experiencia desalentadora. A mí me enseñaron en la escuela primaria a quedarme un momento después de la Misa y hacer acción de gracias. ¿Por qué nuestro sacerdote, nuestro líder, no hace lo mismo? Siempre se ha dicho que el ejemplo es más elocuente que las palabras. 

Tenemos enseguida al sacerdote que piensa, obviamente, que el tiempo después de la Misa existe para hacer vida social, a veces muy larga, ya sea en el atrio o justo afuera de la puerta principal de la iglesia. No me parece que sea mala idea saludar a la gente, darle la mano y preguntarle “¿Cómo está su madre?” u otras cosas por el estilo. De hecho, los días domingo parecen ser una oportunidad especialmente apropiada para hacer ese tipo de contacto “horizontal” que debiera evitarse durante el Santo Sacrificio de la Misa. Sin embargo, cuando la bonhomía post-litúrgica adquiere tal entusiasmo y vigor que los fieles que tratan de orar en el templo pueden oír las risotadas y palmoteos que fluyen a raudales desde el atrio, o cuando la duración de la vida social impide al sacerdote hacer su acción de gracias, nos estamos enfrentando a una confusión del sentido de las prioridades.


Cuando hemos recibido al Señor en la Santa Comunión, Él está presente en nuestro interior, durante unos preciosos momentos, de modo real, verdadero, sustancial. Si estamos en estado de gracia (y no debiéramos comulgar si así no fuera), Él está siempre, espiritualmente, con nosotros. Pero no está siempre con nosotros del modo milagroso de su presencia física en la Eucaristía. Estos son momentos únicos, de una particular intimidad y amor, en que se vuelcan hacia afuera, con gran abundancia, nuestra alabanza a Dios y Sus favores, en que, sobre todo, nosotros estamos cobijados en Él y Él en nosotros. No desperdiciemos este don del Señor, y que ojalá el clero dé el ejemplo, vigoroso y sincero, de cómo regocijarnos y dar gracias. Recuerdo unas palabras atribuidas a San Pío X: “Sacerdote angelical, pueblo santo; sacerdote santo, pueblo bueno; sacerdote bueno, pueblo mediocre; sacerdote mediocre, pueblo bestial”.

Las ventajas del “Usus Antiquior

Como reflexión final, tengo cada vez más la impresión, a través de los años, de que uno de los grandes méritos del usus antiquior es que ya tiene incorporadas la preparación y la acción de gracias. Sí: es cierto que todavía hay un pequeño espacio para ambas cosas en el Novus Ordo, pero nada comparable al salmo 42, o al “Placeat” y al Ultimo Evangelio. Con ellos uno siente que ha decididamente comenzado y decididamente terminado. Hay una transición, psicológica y espiritualmente adecuada, desde el mundo profano al sagrado, y luego desde el sagrado al profano. Y, sin embargo, paradójicamente, es entre los sacerdotes que celebran según el usus antiquior que tiendo a encontrar el mayor recogimiento y espíritu de oración tanto antes como después de la Misa. Lo cual me hace pensar que es precisamente la reducción de los rituales de preparación y acción de gracias de la forma ordinaria lo que ha causado un efecto desangrante en los tiempos anteriores y posteriores a la liturgia.

 Oraciones al pie del altar.
(Foto: Introibo!)

He aquí la razón por la que debiéramos oponernos cerradamente a toda “reforma” del Missale Romanum de 1962 que tienda a abolir las oraciones al pie del altar y el Ultimo Evangelio. Aquellos que hablan del valor del Misal de 1965 –supuesta implementación de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium como si fuera la realización de la legítima reforma litúrgica, no han reflexionado con suficiente cuidado acerca de por qué, en primer lugar, estas partes introductorias y conclusivas se hicieron tan populares y por qué fueron luego, bajo la influencia del Espíritu Santo, incorporadas en la liturgia.

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