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jueves, 31 de marzo de 2016

El Oficio Divino en las parroquias

Ofrecemos a continuación un texto preparado por D. Augusto Merino Medina, miembro de nuestro equipo de Redacción, sobre el oficio divino en las parroquias, que complementa sus reflexiones ofrecidas en una entrada anterior (véase ella aquí). 

 Vísperas solemnes en la parroquia católica de San Jaime (Spanish Place, Londres)
 
*** 

El Oficio Divino en las parroquias

Prof. Augusto Merino Medina

En una de las novelas que integran La Comédie Humaine y que tiene por título La maison du Chat-qui-pelote, Balzac narra las costumbres de una familia de burgueses parisienses y devotos, cuyo programa dominical contemplaba, en la mañana, Misa parroquial y, en las tardes, oficio de Vísperas en la parroquia. 



Esto ocurre en el primer tercio del siglo XIX, cuando todavía quedaban en Europa restos de antiguos usos litúrgicos que sobrevivieron a la gran crisis de la oración pública de la Iglesia, u “Oficio Divino”, provocada, entre otras causas, por el vendaval de la “Ilustración Católica” de fines del siglo XVIII, cuando algunos gobernantes bienintencionados decidieron suprimir abusos eclesiásticos, como el exceso de frailes y monjas que, sin vocación real, atestaban inmensos conventos sólo por la sopa. Con la consiguiente clausura de centenares de iglesias monásticas, disminuyó hasta casi desaparecer la celebración de la hora de Vísperas con asistencia, el domingo, del pueblo fiel. De ahí en adelante, la oración del pueblo en la Iglesia quedó reducida, prácticamente, a la Misa dominical.

Hasta hoy, en cambio, la iglesia anglicana celebra los domingos en la tarde la hora canónica de Vísperas, con maravillosos corales y gran boato, con la presencia de numerosos fieles. La calidad de la música es tal que, a menudo, este oficio es transmitido por las radios locales.  A quienes hemos tenido la suerte de asistir a ese Evensong anglicano se nos parte el corazón al recordar la pobreza casi abyecta de nuestras celebraciones litúrgicas dominicales. Porque, aparte de la Misa, dicha según el Novus Ordo, de por sí deslucido, y sin casi ninguna preocupación por la calidad litúrgica de la misma (piénsese sólo en la “amenización” de estas Misas, que corre enteramente por cuenta de algunos jóvenes musicantes provistos de guitarras pero desprovistos de toda formación), ¿qué ocasión de oración pública ofrecen las parroquias a sus feligreses en nuestro medio, sea domingo o día de semana?

 Servicio de Evensong anglicano
(Foto: BBC)

Podría mencionarse, quizá, el rezo vespertino del Santo Rosario, a cargo de algunas señoras piadosas, sin intervención alguna del cura. En general, esto se hace antes de la única Misa diaria, dicha a la caída de la tarde, cuando la mayoría de las personas, cansadas por el peso de la jornada diaria, no está de ánimo para asistir a ella. Podría agregarse alguna novena a algún santo popular, o algún “ciclo” de oraciones por determinadas intenciones o con motivo de algunas actividades parroquiales, como encuentros, conferencias, “semanas de” esto o lo otro, y otras cosas análogas. Últimamente, sin embargo, ha comenzado a retomarse la felicísima práctica de la Bendición con el Santísimo, por lo general en algunas tardes de días de semana, porque en la tarde del domingo se suele poner la segunda Misa dominical (la otra es en la mañana). Hay un rasgo común a todas estas celebraciones: no hay en ellas sermón del cura que exponga y explique la Palabra de Dios (en el rito de la Bendición con el Santísimo se ha incorporado, afortunadamente, la costumbre de leer un trozo de los Evangelios relativo a la Eucaristía). 

¿Qué efectos tuvo y sigue teniendo la desaparición del rezo público de Vísperas dominicales en las parroquias, o la Bendición con el Santísimo, o el rezo del Santo Rosario, prácticas todas dificultadas hoy por la necesidad de poner una Misa vespertina los sábados y domingos?

Como se sabe, la Liturgia de la Iglesia no comienza ni termina con la celebración de la Santa Misa, sino que es precedida y continuada por la celebración del Oficio Divino. Existe la opinión de que éste es algo que corresponde o interesa o beneficia sólo a los religiosos,  vivan o no en conventos, especialmente a aquéllos, como los benedictinos, cuya existencia misma gira en torno a la oración continua realizada en dicho Oficio. Pero se trata de una pérdida de perspectiva o de sentido que el paso del tiempo ha ido solidificando lamentablemente. Como decíamos hace un momento, para los laicos de hace doscientos años atrás era claro que el rezo de, al menos, las Vísperas, era algo que correspondía a todos los católicos, laicos o religiosos. Y la Misa y ese entorno de oración pública tiene una estructuración tal que es fácil advertir, por quien los analice o viva, la unidad de motivos que se ofrece al fiel cada día del año para la meditación y, al cabo, para alimento de su vida espiritual. Todavía en el Misal Diario y Vesperal de Gaspar Lefevbre OSB, de uso corriente entre los fieles hacia mediados del siglo XX, los comentarios de los días litúrgicos, al menos los especiales, hacen ver la conexión entre, por ejemplo, las lecciones de los nocturnos que se leen en Maitines y las oraciones u otras partes de la Misa del día (Gradual, Tracto, Aleluya, etcétera). Tanto la profundización en las ideas centrales de la oración pública de la Iglesia, Misa y Oficio Divino, como la piedad litúrgica, se hacen mucho más fáciles por la reiteración de aquellas ideas en diversos momentos del día. 


Una de las consecuencias de esta estructura diaria de la oración de la Iglesia –Santa Misa y Oficio Divino- es que se descarga a la Misa de parte del peso pedagógico indebido e innecesario que se le ha echado encima desde el Concilio Vaticano II. Como se sabe, ya desde los tiempos del “Mouvement Liturgique” francés anterior al Concilio y de otros movimientos análogos, se ha insistido en la función “pedagógica” de la Misa, entendiendo por tal sólo lo que podríamos llamar su “dimensión lógica”, constituida por la transmisión oral de enseñanzas mediante palabras, es decir, conceptos: es mediante éstos, se piensa, que se transmite la Palabra, el Logos, cosa que se concentra en la homilía. Este énfasis lógico quedó consagrado en el Novus Ordo en detrimento de la “dimensión sacrificial” de la Misa, en que el lenguaje no es tanto, o no sólo, lógico sino, fundamentalmente, concreto: el lenguaje concreto aspira a comunicar una realidad inefable, y recurre a cosas materiales como el aroma del incienso, los colores de los ornamentos, el sonido de la música, los gestos, etcétera. Con las innovaciones posconciliares se alteró la proporción que había existido entre estos dos elementos o partes de la Misa hasta antes del Novus Ordo: por cierto, en el Vetus Ordo sí existe una dimensión pedagógico-lógica, en la llamada “Misa de catecúmenos” (quienes originalmente asistían sólo a ella y precisamente para instruirse), pero ella cede el paso a la “dimensión sacrificial”, que comienza con el Ofertorio, que es la que expresa la esencia misma, lo central de esta Acción Sagrada, y que tiene, por lo tanto, mayor peso, dignidad y extensión. El cambio introducido en el posconcilio es, ciertamente, coherente con algunos de los aspectos del trasfondo de la innovación litúrgica posconciliar, en cuanto que hace que la Misa se acerque más a la concepción protestante de una reunión de oración y lectura de la Sagrada Escritura en que no hay propiamente un “sacrificio” sino una mera “conmemoración” situada en el marco de una “cena”. La ausencia en nuestros días de otras oportunidades de oración pública en la Iglesia redunda en que la entrega de “información” sagrada a los fieles, es decir, de los conceptos, de la Palabra, tiende a concentrarse en la Misa, a falta de otra oportunidad litúrgica o sagrada. Y así la Misa resulta, en este sentido, desequilibrada, para decirlo suavemente. Todo esto se ha hecho, hay que advertirlo, so capa de dar mayor importancia a la lectura de las Sagradas Escrituras, creándose el concepto, nuevo en la historia de la liturgia, de “liturgia de la Palabra” o incluso “mesa de la Palabra”; pero los reformadores litúrgicos no han perdido de vista aquel propósito “ecuménico” que guió a todas las reformas litúrgicas posconciliares.


Los seis observadores protestantes que participaron en la elaboración del misal reformado son recibidos en audiencia por el Beato Pablo VI. De izquierda a derecha: A. Raymond George (metodista), Ronald CD Jasper (anglicano), Massey Shepherd (episcopaliano), Friedrich-Wilhelm Künneth (calvinista), Dr. Smith (luterano), y Max Thurian (Comunidad Thaizé).

En la concepción y en la antigua práctica católica, sin embargo, aunque existe naturalmente el propósito de transmitir y explicar la Palabra de Dios, esta actividad se realiza no sólo en la Santa Misa, como ya hemos dicho, sino también en otras manifestaciones de la liturgia, como las lecturas propias de los nocturnos de Maitines y otras múltiples ocasiones, de las cuales hemos mencionado algunas. Esto evita que se confunda la Misa con una especie de “escuela bíblica” dominical, oportunidad para la pedagogía bíblica que el pueblo de Dios necesita, y que quede así desfigurada. Con ello, de paso, se deja de lado la función tradicional de la catequesis, ahora sólo reservada a la recepción de los sacramentos. 

Resulta claro que descargar a la Misa de este indebido énfasis pedagógico que ha puesto en ella el Novus Ordo, que distorsiona e incluso oculta el carácter esencialmente latréutico y sacrificial que ella tiene, sólo se puede realizar si la liturgia actual encuentra otras oportunidades adicionales para realizar la “actividad docente”. El Oficio Divino es una de esas oportunidades, en la medida en que, parte de él, es llevado a cabo con la presencia de los fieles. Otras oportunidades especialmente favorables para la enseñanza de la doctrina son, como sugeríamos antes, la Bendición con el Santísimo, el rezo del Santo Rosario de un modo mejor concebido y ejecutado que el que es usual hoy, la práctica de ciertas devociones como novenas, triduos, etcétera, realizados en horarios diferentes del de la Misa y, ojalá, en día domingo, y acompañados de homilías breves, sustanciosas y, sobre todo, bien preparadas (cosa que, hay que decirlo con pena, es rara en la actualidad). 

 Oficio de vísperas en una parroquia de los EE.UU.

Seguramente la puesta por obra de estas ideas encontrará algunas dificultades prácticas. En efecto, en muchas parroquias donde sólo hay dos oportunidades para decir la Misa dominical, la mañana y la tarde, muchos curas optarán por celebrar una Misa en la tarde para quienes no pueden asistir en la mañana, y preferirán esta segunda Misa al rezo de las Vísperas. Curiosamente, la flexibilidad otorgada por la Iglesia para celebrar Misas vespertinas, que pareciera no tener más que buenas consecuencias, las tiene también inconvenientes, como creemos haber dejado en claro aquí, en la medida en que ella resta posibilidades de que los feligreses se encuentren con la Palabra de Dios y con la oración en contextos diversos de la Misa, tal como siempre fue el caso en el pasado, favoreciendo así la oración comunitaria. 

Queda, por cierto, entregado a la experiencia de los sacerdotes y a su inventiva el volver a integrar a la vida de la parroquia esos contextos diversos. Se podría sugerir que se introduzca, ad experimentum, el rezo de Vísperas después de la Misa dominical de la tarde, como se ha visto hacer en algunas iglesias en Santiago de Chile, o rezar Vísperas en la tarde del sábado, dejando la Misa sabatina para ser celebrada en la mañana o a mediodía. Esto último tendría la enorme ventaja adicional de evitar que se escamotee del calendario litúrgico los textos de la Misa del sábado: hasta ahora, los sábados en la mañana no se dice Misa, sino que se la dice en la tarde, pero entonces lo que se celebra es la Misa del domingo anticipada. El sábado queda, así, sin celebración propia de ningún tipo: es un día en blanco, un “no día” litúrgico. Y, recuérdese, este es el día que la Iglesia destina tradicionalmente a honrar la memoria de la Santísima Virgen. 

martes, 29 de marzo de 2016

El nombre de Dios es misericordia

El papa Francisco convocó un Año jubilar de la misericordia entre el 8 de diciembre de 2015 y el 20 de noviembre de 2016 a través de la bula Misericordiae Vultus. Su objetivo es profundizar en la correcta implantación del Concilio Vaticano II y situar en un lugar central la Divina Misericordia, con el fortalecimiento de la confesión. Además, para favorecer el encuentro de los fieles con la misericordia de Dios dio una larga entrevista a Andrea Tornielli, periodista del diario La Stampa, que fue recogida en forma de libro y traducido a veinte idiomas. Éste lleva por título El nombre de Dios es misericordia. Para animarlos a su lectura, deseando que este Año Santo sea de inmenso provecho espiritual para todo el Pueblo de Dios, reproducimos algunos pasajes seleccionados por nuestro equipo de Redacción de la edición española comercializada por la Editorial Planeta y desde enero pasado disponible en librerías. Más información sobre el Jubileo en esta entrada




***

El nombre de Dios es misericordia
Una conversación con Andrea Tornielli

Francisco P.P.


¿Qué es para usted la misericordia?

Etimológicamente, misericordia significa abrir el corazón al miserable. Y enseguida vamos al Señor: misericordia es la actitud divina que abraza, es la entrega de Dios que acoge, que se presta a perdonar. Jesús ha dicho que no vino para justos, sino para los pecadores. No vino para los sanos, que no necesitan médico, sino para los pecadores. No vino para los sanos, que no necesitan médico, sino para los enfermos. Por eso se puede decir que la misericordia es el carné de identidad de nuestro Dios, Dios de misericordia. Dios misericordioso. Para mí, éste es realmente el carnet de identidad de nuestro Dios. Siempre me ha impresionado leer la historia de Israel como se cuenta en la Biblia, en el capítulo 16 del Libro de Ezequiel. La historia compara Israel con una niña a la que no le cortó el cordón umbilical, sino que fue dejada en medio de la sangre, abandonada. Dios la vio debatirse en la sangre, la limpió, la untó, la vistió y, cuando creció, la adornó con sede y joyas. Pero ella, enamorada de su propia belleza, se prostituyó, no dejando que le pagaran, sino pagando ella misma a sus amantes.  Pero Dios no olvidará su alianza y la pondrá por encima de sus hermanas mayores, para que Israel se acuerde y se avergüence (Ezequiel 16, 63), cuando le sea perdonado lo que ha hecho.

El papa Francisco posternado durante su primer Oficio de Viernes Santo (2013)
(Foto: Euronews)

Ésta para mí es una de las mayores revelaciones: seguirás siendo el pueblo elegido, te serán perdonados todos tus pecados. Eso es: la misericordia está profundamente unidad a la fidelidad de Dios. El Señor es fiel porque no puede renegar de sí mismo. Lo explica bien San Pablo en la Segunda Carta a Timoteo (2, 13): «Si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede renegar de sí mismo». Tú puedes renegar de Dios, tú puedes pecar contra Él, pero Dios no puede renegar de sí mismo, Él permanece fiel.

¿Qué lugar y qué significado tienen en su corazón, en su vida e historia persona, la misericordia? ¿Recuerda cuándo tuvo, de niño, la primera experiencia de la misericordia?

Puedo leer mi vida a través del capítulo 16 del Libro del profeta Ezequiel. Leo estas páginas y me digo: «Pero esto parece escrito expresamente para mí». El profeta habla de la vergüenza, y la vergüenza es una gracia: cuando uno sienta la misericordia de Dios, experimenta una gran vergüenza de sí mismo, de su propio pecado. Hay un bonito ensayo de un gran estudio de la espiritualidad, el padre Gaston Fessard, dedicado a la vergüenza en su libro La Dialectique des exercises spirituels de Saint Ignace de Loyola (París, Aubier, 1956). La vergüenza es una de las gracias que san Ignacio hace pedir en la confesión de los pecados frente a Cristo crucificado. Ese texto de Ezequiel nos enseña a avergonzarnos, nos permite avergonzarnos: con toda tu historia de miseria y de pecado, Dios te sigue siendo fiel y te levantada. Eso es lo que yo siento. No tengo recuerdos concretos de cuando era niño. Pero sí de muchacho. Pienso en el padre Carlos Duarte Ibarra, el confesor que vi en mi parroquia ese 21 de septiembre de 1953, el día en que la Iglesia celebra a san Mateo apóstol y evangelista. Tenía diecisiete años. Me sentí acogido por la misericordia de Dios confesándome con él.  Ese sacerdote era originario de Corrientes, pero estaba en Buenos Aires curándose de una leucemia. Murió al año siguiente. Recuerdo aún que después de su funeral y de su entierro, al regresar a casa, me sentí como su me hubieran abandonado. Y lloré mucho aquella noche, mucho, oculto en mi habitación. ¿Por qué? Porque había perdido a una persona que me hacía sentir la misericordia de Dios, ese miserando atque eligendo, una expresión que entonces no conocía y que después elegí como lema episcopal [nota de la Redacción: véase aquí su explicación]. La reencontraría a continuación, en las homilías del monje inglés san Beda el Venerable, quien, describiendo la vocación de san Mateo, escribe: «Jesús vio a un publicano y, como lo miró con sentimiento de amir y lo eligió, le dijo: “Sígueme”». Esta es la traducción que comúnmente se ofrece de san Beda. A mí me gusta traducir miserando, con un gerundio que no existe, misericordiando, regalándole misericordia. Así pues, misericordiándolo y escogiéndolo, para describir la mirada de Jesús que da misericordia y elige, se lleva consigo.



Escudo del papa Francisco
(Fuente: Santa Sede)

[…]

En su opinión, ¿por qué este tipo tiempo nuestro y esta humanidad nuestra tienen tanta necesidad de misericordia?

Porque es una humanidad herida, una humanidad que arrastra heridas profundas. No sé cómo curarlas o cree que no es posible curarlas. Y no se trata tan solo de enfermedades sociales y de las personas heridas por la pobreza, por la exclusión social, por las esclavitudes del tercer milenio. También el relativismo hiere mucho a las personas: todo parece igual, todo parece lo mismo. Esta humanidad necesita misericordia. Pío XII, hace más de medio siglo, dijo que el drama de nuestra época era haber extraviado el sentido del pecado, la conciencia del pecado. A esto se suma hoy el drama de considerar nuestro mal, nuestro pecado, como incurable, como algo que no puede ser curado y perdonado. Falta la experiencia concreta de la misericordia. La fragilidad de los tiempos en que vivimos es también esta: creer que no existe posibilidad alguna de rescate, una mano que te levanta, un abrazo que te salva, que te perdona, te inunda de un amor infinito, paciente, indulgente; te vuelve a poner en camino. Necesitamos misericordia. Debemos preguntarnos por qué tantas personas, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos de cualquier extracción social, recurren hoy a los magos y quiromantes. El cardenal Giacomo Biffi [nota de la Redacción: de quien hemos hablado en esta entrada] solía citar estas palabras del escritor inglés Gilbert Keith Chesterton: «Quien no crea en Dios no es cierto que no crea en nada, pues empieza a creer en todo». Una vez le oír decir a una persona: «En la época de mi abuela bastaba el confesor, hoy mucha gente confía en los quiromantes…». Hoy se busca la salvación donde se puede.

Pero estos fenómenos a los que usted alude, como los magos y los quiromantes, siempre han existido en la historia de la humanidad.

Sí, verdad, siempre ha habido adivinos, magos, quiromantes. Pero no había tanta gente buscando en ellos salud y consejo espiritual. Las personas buscan sobre todo a alguien que las escuche. Alguien dispuesto a dar su propio tiempo para escuchar sus dramas y sus dificultades. Es lo que yo llamo «el apostolado de la oreja», y es importante. Muy importante. Me oigo decir a los confesores: «Hablen, escuchen con paciencia y sobre todo díganle a las personas que Dios las quiere bien. Y si el confesor no puede absolver, que explique por qué, pero que dé de todos modos una bendición, aunque sea sin absolución sacramental. El amor de Dios también existe para quien no está en la disposición de recibir el sacramento: también ese hombre o esa mujer, ese joven o esa chica son amados por Dios, son buscados por Dios, están necesitados de bendición. Sed tiernos con esas personas. No las alejéis. La gente sufre. Ser confesor es una gran responsabilidad. Los confesores tienen frente a ellos a sus ovejas descarriadas que Dios tanto ama; si no les dejamos advertir su amor y la misericordia de Dios, se alejan y quizá no vuelvan más. Así pues, abrácenlas y sean misericordiosos, aunque no puedan absolverlas. Denles de todos modos una bendición». Yo tengo una sobrina que se ha casado civilmente con un hombre antes de que este obtuviera la nulidad matrimonial. Querían casarse, se amaban, querían hijos y han tenido tres. El tribunal le había asignado también a él la custodia de los hijos que tuvo en su primer matrimonio. Este hombre era tan religioso que todos los domingos, yendo a misa, iba al confesionario y le decía al sacerdote: «Sé que usted no me puede absolver, pero he pecado en esto y en aquello otro, deme una bendición». Esto es un hombre formado religiosamente.

El papa Francisco confesando a un penitente durante la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro
(Foto: Dagorret)

¿Por qué es tan importante confesarse? Usted fue el primer papa en hacerlo públicamente, durante las liturgias penitenciales de Cuaresma, en San Pedro… Pero ¿no bastaría, en el fondo, con arrepentirse y pedir perdón solos, enfrentarse solos con Dios?

Fue Jesús quien les dijo a sus apóstoles: «Aquellos a quienes perdonen los pecados, serán perdonados; aquellos a quienes no se los perdonen, no serán perdonados» (Evangelio de san Juan 20, 19-23). Así pues, los apóstoles y sus sucesores —los obispos y los sacerdotes que son sus colaboradores— se convierten en instrumentos de la misericordia de Dios. Actúan in persona Christi. Esto es muy hermoso. Tiene un profundo significado, pues somos seres sociales. Si tú no eres capaz de hablar de tus errores con tu hermano, ten por seguro que no serás capaz de hablar tampoco con Dios y que acabarás confesándote con el espejo, frente a ti mismo. Somos seres sociales y el perdón tiene un aspecto social, pues también la humanidad, mis hermanos y hermanas, la sociedad, son heridos por mi pecado. Confesarme con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. Es una manera de ser concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no a uno mismo reflejado en un espejo. San Ignacio, antes de cambiar de vida y entender que tenía que convertirse en soldado de Cristo, había combatido en la batalla de Pamplona. Formaba parte del ejército del rey de España, Carlos V de Habsburgo, y se enfrentaba al ejército francés. Fue herid gravemente y creyó que iba a morir. En aquel momento no había ningún cura en el campo de batalla. Y entonces llamó a un conmilitón suyo y se confesó con él, le dijo a él sus pecados. El compañero no podía absolverlo, era un laico, pero la exigencia de estar frente a otro en el momento de la confesión era tan sincera que decidió hacerlo así. Es una bonita lección. Es cierto que puedo hablar con el Señor, pedirle enseguida perdón a Él, implorárselo. Y el Señor perdona, enseguida. Pero es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarse frente al sacerdote, que en ese momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura. Siempre me ha conmovido ese gesto de la tradición de las Iglesias orientales, cuando el confesor acoge al penitente poniéndola la estola en la cabeza y un brazo sobre los hombres, como en un abrazo. Es una representación plástica de la bienvenida y de la misericordia. Recordemos que no estamos allí en primer lugar para ser juzgados. Es cierto que hay un juicio en la confesión, pero hay algo más grande que el juicio que entra en juego. Es estar frente a otro que actúa in persona Christi para acogerte y perdonarte. Es el encuentro con la misericordia.



Nota de la Redacción: El texto aquí reproducido está tomado de Francisco, El nombre de Dios es misericordia. Una conversación con Andrea Tornielli, trad. de M.ª  Ángeles Cabré, Santiago, Planeta, 2016, pp. 29-32 y 36-39.  

Actualización [9 de enero de 2017]: Hace algunos días fue ordenado sacerdote Philip Johnson, diácono de la diócesis de Raleigh, Carolina del Norte (Estados Unidos de América). Su historia ha sido difundida por muchos sitios estadounidenses, pues se trata de un antiguo marino que a los 24 años fue diagnóstico de un cáncer incurable. El tratamiento aplicado ayudó a detener el avance del tumor y Johnson fue aceptado en el seminario. El tumor quedó detenido y así ha estado por más de diez años, lo que ha permitido que Johnson sea ordenado y que, Dios mediante, pueda servir por muchos años a la Iglesia. Un bonito milagro debido a la misericordia de Dios, que sabe que los obreros de su mies son pocos. Véase aquí la noticia de su ordenación sacerdotal publicada por The New Liturgical Movement

domingo, 27 de marzo de 2016

Pascua 2016

 Exultet iam angelica turba caelorum:
exultent divina mysteria:
et pro tanti Regis victoria tuba insonet salutaris.
(1)


La Asociación Litúrgica Magnificat les desea a todos sus miembros, amigos y benefactores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Pascua.



Resurrexit, sicut dixit, alleluia.



(1)     Exulten por fin los coros de los ángeles,
          Exulten las jerarquías del cielo,
          y por la victoria de rey tan poderoso
          que las trompetas anuncien la salvación.
                                   (primera estrofa del Pregón pascual)

sábado, 26 de marzo de 2016

Simón de Cirene

"Me llamo Simón y nací en Cirene, una antigua ciudad griega del norte de África. Soy jardinero, y esa tarde venía del campo junto a mis hijos Alejandro y Rufo cuando me encontré con una multitud y soldados romanos que llevaban a tres hombres para ser crucificados, uno de ellos en un estado tan lamentable que apenas se mantenía en pie. La espalda se le veía en carne viva, y una corona de espinas le clavaba la frente, de la cual brotaban surcos de sangre. De pronto no resistió más y se desplomó exhausto. Entonces los soldados, viendo mis vestimentas sencillas, me obligaron a llevar la cruz". 


"Al principio me rehusé, ya que venía cansado y no quería involucrarme en un suceso tan triste. Sin embargo, tuve que ceder a la fuerza. Así, cargué la pesada cruz, y nos dirigimos hacia la colina llamada Gólgota. Como detrás venían mujeres que lloraban, en un momento el hombre se volvió hacia ellas y con gran tranquilidad les dijo estas extrañas palabras: "No lloren por mí, lloren por ustedes mismas y por sus hijos". Al llegar, me dirigió una mirada agradecida por haberlo aliviado del peso del madero. Y a pesar de la angustia y el sufrimiento, mostraba un amor tan grande por todos nosotros, que me estremecí y sentí que estaba frente a un ser misterioso y divino. Y este encuentro casual con un pobre condenado, cuya cruz al principio me rehusé a cargar, me cambió de tal forma, que la volví gozosamente a mis hombros y así lo seguí por todo el resto de mi vida".

Nota de la Redacción: Esta entrada está tomada de la sección "Día a día" escrita por R. Rigoter para la edición del periódico El Mercurio (Santiago de Chile) del 26 de marzo de 2016. Véase aquí el texto original.

viernes, 25 de marzo de 2016

El Viernes Santo y la Cruz


"Cristo agónico en el Calvario simboliza también la tribulación de todo sufriente, pues en la hora del dolor cualquier hombre está como clavado en un madero; inmóvil y perturbado no solo por una grave aflicción, sino además violentado por la tentación del sinsentido y de la desesperanza. Los clavos y las llagas de Jesús representan, entonces, las penurias y las heridas de todo padeciente, de aquel que vive la hondura de una desolación que no lo deja en paz y la perplejidad de la interrogación que se cuestiona acerca de por qué siente sobre sus hombros las punzadas del pesar y de la angustia."



El Papa Francisco celebra el Oficio de Viernes Santo en la Basílica de San Pedro del Vaticano (2015)
(Foto: Panorama)


"Ante la oscura realidad del desconsuelo, el Viernes Santo, por tanto, parece erguirse no como una respuesta, sino más bien como un día con dos derrotas: la del bien frente al mal y la de la esperanza ante la tristeza. Sin embargo, para un cristiano esta capitulación es solo aparente, no porque no existan la desgracia y la agonía; no porque a veces él mismo no se adentre en un abismo existencial, sino porque todo revés al pie de la cruz no es el descenso del ser humano en una noche interminable, sino una llave para entrar en el alba de un domingo tan glorioso como definitivo."


Nota de la Redacción: Esta entrada está tomada de la sección "Día a día" escrita por Rodericus para la edición del periódico El Mercurio (Santiago de Chile) del 25 de marzo de 2016. Véase aquí el texto original.  

El Oficio de tinieblas

El Oficio de Tinieblas (Tenebrae) es el nombre que recibe la ceremonia litúrgica que se lleva a cabo los días Miércoles, Jueves y Viernes Santos al caer la tarde. Se trata del rezo de maitines y laudes según el breviario romano tradicional, que en Semana Santa se adelantaban a la tarde de la víspera con tal de no interferir en los oficios solemnes que correspondían al Triduo Pascual, dado que la recitación íntegra del breviario era obligatoria so pena de pecado. De esta manera, este servicio se anticipaba y cantaba poco después de completas, es decir, alrededor de las 15.00 de la víspera del día al cual pertenecía, pudiendo postergarse hasta las 16.00 ó 17.00 para facilitar la asistencia de los fieles que debía apresurarse a concurrir a él después de acabadas sus ocupaciones. Al celebrarlo al declinar el día en el hemisferio norte, tenía la peculiaridad de hacerse en la oscuridad, en medio de las "tinieblas" de comienzos de primavera, de donde proviene su nombre. 


 (Foto: Charles Cole)

En este oficio se dispone de un candelabro especial de forma triangular, llamado tenebrario, que desde la reforma de San Pío X tiene obligatoriamente quince velas o cirios amarillos que representan a los once apóstoles que permanecieron fieles tras la traición de Judas Iscariote, a las tres Marías (María Salomé, María de Cleofás y María Magdalena) y a la Santísima Virgen, esta última a través de un cirio más destacado que los otros. Tanto las luces del templo como los cirios se van apagando uno tras otro tras el canto de los salmos, para que al final quedase encendido sólo el cirio que más destaca (aquel que representa a la Santísima Virgen) al acercarse la muerte del Redentor (los apóstoles lo fueron abandonando y el templo, como símbolo de la Iglesia, va quedando en tinieblas). Al llegar al último cirio, se canta el Miserere [Salmo 50 (51)] en perdón por las faltas cometidas y el cirio se sitúa en la parte posterior al altar ocultándolo de la vista, como símbolo de la entrada de Jesús en la sepultura y la permanencia de la Iglesia en espera de la Luz de Cristo que surgirá en la Vigilia Pascual, volviendo a iluminar paulatinamente las iglesias. Terminado el Miserere, el clero y los fieles producen un ruido de carracas y matracas (las mismas que se usan en la Misa del Jueves Santo), que cesa dramáticamente al aparecer la luz del cirio oculto detrás del altar, para simular las convulsiones y trastornos naturales ("la tierra tembló, y se partieron las piedras”, dice Mt 27,51) que sobrevinieron al ocurrir la muerte de Jesucristo en la cruz elevada sobre el Gólgota. Este ruido final tuvo su origen en la señal dada por el maestro de ceremonias (generalmente con la mano y sobre una de las gradas del altar o sobre algún banco cercano) para el regreso de los ministros a la sacristía.

 Tenebrario colonial (S. XVIII), Museo del Carmen, Maipú

La descripción del rito sugiere que el oficio divino de estos tres días era tratado como una especie de servicio funerario, que conmemoraba la muerte de Jesucristo ocurrida el Viernes Santo. Puesto que Cristo permaneció tres días y tres noches en la tumba de José de Arimatea antes de su Resurrección gloriosa, es también natural que estas exequias debiesen haber venido al final de la semana, para ser celebradas en cada una de las tres ocasiones distintas con las mismas manifestaciones de duelo. Tal sentido es que el explica el tono del oficio, que parece apenas haber variado durante los siglos del que se escuchaba en las iglesias hasta la reforma litúrgica, caracterizado por ser notablemente luctuoso. Basta ver la ya referida oscuridad del templo, los salmos, antífonas y responsorios fúnebres, las lecciones extraídas de las Lamentaciones de Jeremías, la omisión de todo himno o doxología (como ocurre con el Gloria Patri o el Te Deum), la presencia de un altar desnudo y de las imágenes cubiertas, la ausencia de música y aun del tintinar de las campanillas (reemplazas por carracas y matracas) y la inexistencia de bendición o rito de despedida. Esta estructura sugiere un servicio afín a la Vigiliæ Mortuorum: al igual que la brillante iluminación de la víspera de Pascua hablaba de triunfo y de alegría, así la oscuridad de los servicios de las noches anteriores parece haber sido elegida a propósito para marcar la desolación de la Iglesia por la muerte de Cristo. En cualquier caso, cabe destacar que los reformadores litúrgicos trataron el oficio de estos tres días con escrupuloso respeto, al punto que las lecturas de Jeremías en el primer nocturno, de los Comentarios de San Agustín sobre los Salmos en el segundo y de las Epístolas de San Pablo en el tercero permanecieron hasta la reforma postconciliar tal y como fueron oídas por primera vez en el siglo VIII.


Rezo del Oficio de Tinieblas en la iglesia de San Eugenio y Santa Cecilia de París

Tras el paréntesis de la Misa de la Cena del Señor, donde el templo vuelve a iluminarse y el altar a cubrirse para rememorar la institución del sacerdocio y de la Eucaristía, aunque permaneciendo veladas las imágenes, la iglesia retorna a las tinieblas y el altar a ser desnudado tras la traslación del Santísimo Sacramento al monumento. De esta forma, del apagado progresivo de las luces hasta la plena oscuridad que caracteriza el Oficio de Tinieblas viene que en la Vigilia Pascual el templo se encuentre en completas tinieblas al empezar la celebración, oscuridad que se romperá con la bendición del nuevo fuego y la posterior procesión hacia el altar portando la Luz de Cristo resucitado, como canta la liturgia de esa noche (Lumen Chisti glorióse resurgéntis/Dissipet ténebras cordis et mentis), hasta iluminar por completo la iglesia para el pregón pascual.

Hoy en día, tras la reforma del breviario, este oficio ha desaparecido en las iglesias donde se utiliza la forma ordinaria del rito romano: no existe un oficio distinto al de los otros días del año para la Semana Santa, como ya comentamos en otra entrada. Sin embargo, dada la singularidad de este Oficio de Tinieblas, se tiende a adaptar las antiguas peculiaridades del rito al ordo de la reforma, con el uso del tenebrario, el apagado progresivo de las luces, etcétera, añadiendo el canto de las lamentaciones que permite la liturgia actual. Sin embargo, ya no se omiten ni doxologías ni himnos, no hay cantos lúgubres en gregoriano ni se unen todas las horas en una, puesto que las horas que coinciden con las celebraciones de la Semana Santa pueden omitirse derechamente: las vísperas de Jueves y Viernes Santo y el Oficio de Lectura y las Completas entre el Sábado y el Domingo. A pesar de no tener la carga expresiva de antaño, la Iglesia sigue recomendando vivamente el rezo comunitario de este oficio, según el modo actual, pues la inclusión de los elementos del antiguo ordo ayudan a ver el simbolismo de la luz en la noche de Pascua.

 Oficio de tinieblas en el oratorio del Wyoming Catholic College

Como es evidente, las congregaciones y parroquias, así como las comunidades que celebran bajo la liturgia de 1962, al amparo del motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, siguen celebrando el Oficio de Tinieblas y lo preservan como uno de los signo distintivo de la Semana Santa. El oficio, con algunas adaptaciones, también existe en algunas iglesias protestantes. 

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Actualización [4 de abril de 2016]: El sitio New Liturgical Movement ha publicado una interesante selección fotográfica sobre los Oficios de Tinieblas celebrados la pasada Semana Santa. También el sitio Acción litúrgica ofrece unas fotografías de esta Oficio en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en Ciudad del Este (Paraguay).

Actualización [5 de marzo de 2018]: Encontrándonos en el tiempo cuaresmal y aproximándose la Semana Santa, el sitio Rorate Caeli ha publicado un interesante video preparado por alumnos del Wyoming Catholic College (EE.UU.) que explica el oficio tradicional de Tinieblas. Los estudiantes forman parte de una schola dirigida por el Prof. Peter Kwasniewski, viejo amigo de esta bitácora, que ha estado cantando dichos oficios por ya diez años.

Actualización [13 de abril de 2018]: New Liturgical Movement ha publicado una galería fotográfica de varios Oficios de Tinieblas celebrados en el mundo durante la pasada Semana Santa. En ella también es posible escuchar los registro de audio de algunos de esos oficios.

jueves, 24 de marzo de 2016

Domingo de Ramos en Magnificat

Ofrecemos aquí una selección de fotografías de la tradicional procesión y Misa de Domingo de Ramos, que tuvo lugar en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria de Bellavista el pasado 20 de marzo.

Bendición y Procesión de Ramos








Misa II de Pasión o de Ramos










martes, 22 de marzo de 2016

Los cambios en la traducción oficial del Novus Ordo Missae

En virtud de un nuevo cambio en la traducción castellana de la fórmula de consagración del pan y del vino que se usará en Chile a partir del próximo 15 de mayo, queremos compartir con nuestros lectores un texto preparado por uno de los miembros de nuestro equipo de Redacción hace ya algún tiempo en respuesta de una consulta formulada por un sacerdote español.  A fin de dar coherencia a dicho texto, insertándolo en el ámbito bajo el cual fue redactado, hemos efectuado la adaptación necesaria, dividiendo el relato en tres momentos: la disposición inicial de la Santa Sede, relativa a la traducción vernácula de la fórmula de consagración del vino (I), la nueva traducción del misal reformado aprobado por la Conferencia Episcopal de Chile y en vigor desde 2009 (II) y el nuevo texto para la consagración del pan y del vino según la conjugación al uso en el continente (III).

I. La adecuación de la traducción vernácula de la fórmula de consagración del vino (2006).

Por decreto de 17 de octubre 2006, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos dispuso la adecuación de las traducciones vernáculas de la expresión «pro multis» en la fórmula para la consagración de la Preciosísima Sangre durante la celebración de la Santa Misa (véase aquí su texto). Evidentemente, este cambio no afectaba la validez de las Misas celebradas utilizando la fórmula por entonces en uso ("por todos los hombres"), sino que buscaba una traducción más fiel de la fórmula tradicional y al relato bíblico de la institución de la Eucaristía (cfr. Lc. 13, 41).  Se preveía, en fin, que las distintas traducciones vernáculas estuviesen concluidas antes de dos años, vale decir, del 17 de octubre de 2008.


El papa Benedicto XVI eleva el cáliz con la Sangre de Cristo 

En el caso de Chile y algunos otros países del cono sur americano (Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia), y en fiel obediencia a la Santa Sede, se cumplió con el plazo establecido y se entregó la nueva edición del misal para su aprobación por la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, la dispuso su uso. En general, los plazos de vacancia para aplicar el cambio fueron de dos años, de manera que hacia la Cuaresma de 2010 ya estuviese en uso la traducción "por muchos" en reemplazo de "por todos". 

III. El nuevo misal de la Conferencia Episcopal Chilena y su puesta en vigor (2009-2010).

Entre las mejoras introducidas por el nuevo misal cabe mencionar:

(1) El aspecto propio del misal que, si bien no es fundamental, ha presentado un cambio substancial en el diseño que le hace ganar en sobriedad. En este sentido son dos los aspectos esenciales que merecen ser destacados: 

(a) La presentación del misal mejoró en su encuadernación, que ahora presenta unas tapas de un color rojo sangre, de un grosor considerable y muy dignas. De igual forma, el diseño impreso en las portadas ha variado, y va desde una silueta dibujada muy poco agradable hasta un sencillo anagrama de Cristo (el clásico Chi-Rho), junto con el nombre "Misal Romano" en dorado.


Portada de la nueva edición del misal romano para la forma ordinaria

(b) Los marcadores de páginas (comúnmente llamados "lengüetas") y las cintas han sido rediseñadas, adoptando algunas formas características de la edición de 1962 del misal romano. Las lengüetas son de mayor tamaño, más estilizadas, y con mejor aspecto. Las cintas son de tela de diversos colores, y de muy buen aspecto. Todo esto contrasta con la deficiente presentación del antiguo misal reformado, que tenía cintas plásticas, o bien cintas angostas y en poca cantidad, así como lengüetas de escaso tamaño y muy frágiles.


Vista del nuevo misal abierto, donde se observan los marcadores y cintas

(c) La inclusión de algunas pinturas de muy buena calidad para adornar las diversas partes del misal, como el inicio de cada tiempo litúrgico, y del canon romano. Esta idea viene a rememorar la usanza que corresponde al misal romano de la forma extraordinaria, que utiliza imágenes en partes centrales de la liturgia de la Santa Misa.


Ilustraciones interiores, en este caso la que acompaña la plegaria eucarística I

(2) Asimismo, el nuevo misal contiene la traducción correcta del "pro multis", ahora presentado como "por muchos" (y ya no "por todos los hombres"), en la fórmula consecratoria del vino. Junto con ello, y para gran alegría nuestra, la Conferencia Episcopal de Chile quiso mantener la correcta traducción de "tomad y comed", "tomad y bebed", y el vosotros en las fórmulas consecratorias de la oblata, que se pone en contraste con la decisión de las otras conferencias episcopales hispanoamericanas, que han decidido migrar a la traducción menos correcta ("ustedes" y sus derivados) como concesión al habla común del pueblo. Sí se adoptó el cambio de conjugación para todas las partes de la Santa Misa. 

(3) Finalmente, entre otras muchas cosas, cumple agradecer dos cambios importantes en torno a las plegarias eucarísticas:

(a) Se ha colocado, al inicio de cada plegaria, en la hoja inmediatamente anterior, la rúbrica referida a la forma litúrgica de realizar esa plegaria, indicando el momento de juntar las manos, de rezar con manos extendidas, entre otros gestos litúrgicos propios del sacerdote. Esto es fundamental para que muchos sacerdotes puedan revisar fácilmente la manera correcta de rezar las plegarias eucarísticas, dando de esta manera menos cabida a abusos litúrgicos accidentales, desde que ya no cabe argumentar desconocimiento.


El papa Francisco durante la consagración del vino

(b) Se han suprimido las plegarias para las Misas con niños, que son tan poco litúrgicas, las que han sido reemplazadas por plegarias para diversas circunstancias (al parecer, corresponderían a las formar alternativas de las plegarias Va, Vb, Vc y Vd, que ahora se llaman D1, D2, D3 y D4 respectivamente). Esto comporta un gran avance en la materia, eliminando las plegarias que carecen de un contenido digno para ser incluidas en el Ordo Missae celebrado por la mayor parte del Pueblo de Dios. 

En su oportunidad hacíamos votos para que, en poco tiempo más, el uso de este misal fuese masivo y pudiésemos tener una liturgia más correcta en nuestras catedrales, parroquias y capillas.

Sobre la vigencia del nuevo misal, la Conferencia Episcopal de Chile estableció plazos muy específicos. Decía el decreto respectivo: "En virtud de sus atribuciones, el Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile estableció como fecha de inicio para el uso de esta nueva versión el Primer Domingo de Adviento del Año Litúrgico 2009-2010, que corresponde al fin de semana del 28 y 29 de noviembre". Excepcionalmente, y como período de transición, el decreto establecía que hasta el último día del año litúrgico 2009-2010 se permitía el uso simultáneo de esta nueva edición y de las traducciones al castellano de la tercera edición típica latina de 1975. A partir de la I Domínica de Adviento del Año Litúrgico 2010-2011, el uso del nuevo misal debía de ser tenido como el oficial para la celebración lícita del Santo Sacrificio de Cristo en todo el territorio de la República de Chile. Sin embargo, precisaba el decreto, "las palabras 'por muchos' en la consagración de la Sangre del Señor debían comenzar a utilizarse sin excepción a partir del Primer Domingo de Adviento de 2009 cualesquiera sea el Misal que se use".


El cardenal Ricardo Ezzati levanta el cáliz con la Sangre de Cristo

El texto no dejaba lugar a dudas: oficiar la Santa Misa sin la correspondiente edición del misal romano, o bien, sin el cambio correspondiente en la fórmula consecratoria del vino, hace que la Santa Misa, aunque válida, sea ilícita.

III. El cambio de la fórmula de consagración para adaptarla a la conjugación en uso (2016)

La fórmula de consagración en castellano para la Santa Misa según la forma ordinaria deberá cambiar en Chile del “vosotros” al “ustedes” a contar del próximo domingo 15 de mayo, Solemnidad de Pentecostés. 

Dicho cambio fue autorizado por la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, mediante decreto de 8 de enero de 2016. En la sesión conjunta del Comité Permanente del Episcopado en Chile y Comisión Pastoral celebrada el pasado martes 15 de marzo, se ha aprobado, por unanimidad, iniciar el uso de la nueva forma a contar de la fecha señalada, sin período previo de adaptación.

Aquí los textos referidos: 






Actualización [12  y 13 de junio de 2016]: El día 10 del presente mes se ha hecho pública la voluntad del Santo Padre de elevar a la categoría de fiesta la hasta ahora memoria obligatoria de Santa María Magdalena, que se celebra el 22 de julio tanto en el calendario tradicional como reformado, dándole así un tratamiento litúrgico equivalente al que tienen las celebraciones de los demás apóstoles. Pues bien, en la Santa Misa y en el oficio divino que se celebrarán a partir de de este año durante ese día, se utilizarán los textos habituales del Misal Romano y de la Liturgia de las Horas, pero la celebración de la Misa contará con un prefacio proprio intitulado “De apostolorum apostola” (Apóstola [sic] de los apóstoles). De esta forma de referirse a Santa María Magdalena existen antecedentes en códices medievales y en Oriente (véase aquí y aquí), donde no tiene empero por propósito igualar a María Magdalena con el colegio de los Apóstoles, sino simplemente destacar el hecho de haber creído primero en la Resurrección y haberla anunciado a éstos. Será tarea de los obispos, previa aprobación de la Santa Sede, hacer accesible el nuevo prefacio a la brevedad en las diversas lenguas vernáculas. La información oficial, así como el texto en latín del nuevo prefacio, pueden ser revisados aquí. Cabe hacer presente, con todo, que esta reforma sólo es aplicable a la llamada Forma Ordinaria, vale decir, a las celebraciones conforme a la tercera edición típica del Misal Romano, aprobada en 2002, y al breviario que lo acompaña. La razón es que en el misal y en calendario litúrgico anterior a la reforma de 1970 las fiestas se clasifican en de primera, segunda y tercera clase, de acuerdo con la reforma del Calendario General Romano emprendida por el Papa Juan XXIII. Para la Forma Extraordinaria, por tanto, permanece Santa María Magdalena, penitente, como una fiesta de tercera clase. 

Actualización [17 de octubre de 2016]: el sitio Religión en Libertad informa que la Conferencia Episcopal Española ha presentado la Tercera Edición del Misal Romano en castellano para España. Dicha edición incluye la adaptación de la traducción vernácula de la fórmula de la consagración del vino, según lo mandado por la Congregación para el Culto Divino hace ya diez años (2006), y que ahora traduce la expresión "pro multis" más fielmente como "por muchos" y no "por todos", como ocurría antes, no solamente en castellano, sino también en otros idiomas (sobre el sentido de esta traducción puede verse aquí). Cabe señalar que la Conferencia Episcopal de Chile ya había adoptado esta traducción en la última edición del Misal en castellano aprobada por ésta y por la Santa Sede para nuestro país (2009-2010). Esperemos que aquellas conferencias episcopales que se resisten todavía a este cambio muestren la disposición debida para obedecer la voluntad en su momento expresada por S.S. Benedicto XVI por intermedio del respectivo decreto de la Congregación para el Culto Divino.