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jueves, 28 de abril de 2016

El manto papal, la capa coral y la capa magna

En dos entradas anteriores nos hemos ocupado de la capa pluvial y de la muceta. La primera de ellas comparte, junto con la casulla, la dalmática y la tunicela, el carácter de una vestidura litúrgica exterior. La segunda, por su parte, forma parte del traje eclesiástico y comporta una señal de dignidad. De ahí que ella haya sido tratada con el mantelete. Ahora queremos referirnos a tres vestimentas relacionadas con la capa pluvial por su forma y que representan símbolos de jurisdicción. Se trata del manto papal, la capa coral y la capa magna. 

De color rojo, el manto papal (mantum) constituía desde el siglo XI, junto con la tiara, las insignias características de la dignidad pontificia, carácter que hoy reviste el palio y el anillo de pescador. La imposición de esta capa (immantatio) tenía lugar inmediatamente después de la elección, a diferencia de los otros que se postergaban hasta su coronación. Tras la elección del nuevo papa y su aceptación del cargo, los doseles de los cardenales electores se plegaban, en signo de que a partir de ése momento el único soberano (y, por ende, el único con derecho a dosel) era el nuevo Papa, a quien se prestaba enseguida manifestación de obediencia tras su primer acto desde la Cátedra: escucha la palabra de Dios contenida en el Evangelio (Mt 16, 13-19 o Jn 21, 15-17 o Jn 21, 15-17) que proclama un cardenal diácono. De ahí la fórmula usada luego para la coronación: "Investio te de papatu romano ut praesis urbi et orbi". Ella era, entonces, una ceremonia de muchísima importancia dentro del ceremonial pontificio. Así, por ejemplo, en el cónclave de 1159, mientras el cardenal Rolando Bandinelli (Alejandro III), legítimamente elegido, dudaba sobre aceptar o no el pontificado, habiendo el cardenal Octaviano, candidato imperial, tomado por su cuenta el manto papal, el concilio de Pavía de 1160 se declaró a favor de este último precisamente por ese gesto. El manto cayó en desuso durante el destierro de Aviñón, pero volvió a ser utilizado posteriormente. 


El beato Pablo VI, revestido con manto de color rojo, se dirige a los cardenales electores tras su elección como Romano Pontífice

Con los siglos, el color del manto fue tanto blanco como rojo. Comportaba una capa amplísima, confeccionada en una tela de gran calidad y ricamente decorada, con una longitud mayor que la estatura del papa. De hecho, su amplitud hacía necesario que los cardenales diáconos sostuvieran los extremos mientras el papa se desplazaba. Su uso quedaba reservado para los casos en que el Sumo Pontífice asistía en el trono a las funciones pontificales celebradas por un cardenal, revistiéndose entonces con el manto papal rojo o blanco. La capa pluvial quedaba reservada para las ceremonias de carácter privado. 

 El Papa Pablo VI revestido con el manto papal blanco

El último que llevó el manto papal de manera habitual fue el beato Pablo VI. Al igual que otros ornamentos litúrgicos no fue abolido, pero cayó en desuso y fue reemplazada por, cuando se la usa, la capa pluvial. Aunque posteriormente ha habido algunas ocasiones que recuerdan el antiguo uso del manto papal. Por ejemplo, un manto que perteneció a San Juan XXIII fue recortado y convertido en una capa pluvial algo más amplia que las comunes, la que fue usada por Juan Pablo II para conmemorar el final del Jubileo de 1983. De ella se sirvió después Benedicto XVI con motivo de la bendición Urbi et Orbi de 25 de diciembre de 2007.


Benedicto XVI con el manto papal usado por Pablo VI y sostenido por dos diáconos

La capa coral, con capucha de color rojo o negro, se menciona desde el siglo XII como parte del hábito del clero durante los oficio de coro. Hacia el siglo XVI sufrió modificaciones que la redujeron a su forma actual. Hoy en día forma con la muceta el traje canonical para la asistencia al coro, aunque pocas veces se usa. Su empleo es alternativo, de suerte que la capa coral tiene un capirote en lugar de la muceta. 


 El Deán de la Catedral Metropolitana de Santiago de Chile despide al Presidente Arturo Alessandri luego del tradicional Te Deum del 18 de septiembre. 


Antiguamente, teniendo cola la capa indicaba jurisdicción: el que la vestía era canónigo o de corpore capituli por la jurisdicción que a éste compete. Por esta razón carecía de ese apéndice o era del todo redonda la de los racioneros y prebendados que no tenían canongía, ni, por tanto, voto en el cabildo de canónigos. Por eso, tal vez, cuando en algunas catedrales se ha concedido asiento en el coro a los capellanes o beneficiados asistentes, permitiéndoseles el uso del traje coral, se les ha dado siempre capa redonda. En la actualidad carece de cola. 

S.E.R. François Gayot, Arzobispo emérito de Cabo Haitiano, celebrando una Misa pontifical con ocasión de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia de San Juan Bautista de Manhattan (2010). El caudatario lleva capa coral.


La capa magna es una prenda a la que se hace mención por primera vez en el siglo XV. Es una suerte de capa coral magnificada, muy amplia, redonda, provista de una ancha capucha y con una larga cola (cauda), que desde 1952 es de 7 metros para los cardenales y de 3,5 para los obispos. Debido a su extensión, esta capa necesita de  un clérigo llamado caudatario, encargado de sostenerla (en presencia de un cardenal, sin embargo, los obispos la recogían en el brazo). En Roma, los cardenales llevaban la capa magna siempre recogida en el brazo, sin caudatario, por respeto a la jurisdicción universal del Papa, representada por su manto. Sólo se extendía el día en que los cardenales prestaban pleitesía al Romano Pontífice o cuando eran investidos de la púrpura cardenalicia, momento en que se cubrían además la cabeza con la capucha para recibir el galero.  


Un cardenal presta obediencia al Papa Pablo VI tras su elección, con capa magna desplegada y caudatorio. 

De la última costumbre descrita surge la capa magna recogida, también denominada cappa parva o cappa praelatitia reflexa, que no es más que la capa magna con la cola recogida, trenzada y atada bajo el brazo izquierdo, usada en las capillas papales por los obispos y los miembros de la prelatura romana que asistían en el coro sin ornamentos. También la usaban los miembros de algunos cabildos privilegiados con esa concesión, como ocurría con los de la Catedral de Westminster en Londres. 


Capa magna recogida

El uso de la capa magna era extralitúrgico, de suerte que el obispo la llevaba puesta al dirigirse a la catedral para funciones pontificales y al regresar, o cuando asistía al coro sin celebrar. Si la procesión era de carácter penitencial, quien la usaba debía cubrirse la cabeza con su capucha. Era de color rojo para los cardenales, y violeta para los obispos y arzobispos. El Papa también usaba capa magna, siempre de color rojo. Su uso quedaba reservado para los Maitines de Navidad y los Oficios de Difuntos y Tinieblas: en el primer caso era de terciopelo, y de sarga en los dos últimos. Ella dejó de usarse en el siglo XIX. 


S. Em. Rev. el Cardenal Raymond Leo Burke hace su ingreso a la Oratorio de San Francisco de Sales de la ciudad de San Luis (Estados Unidos de América)

Por considerarse un signo de jurisdicción, no se podía usar fuera del lugar donde ella se ejercía. Esto significaba que los obispos (salvo los auxiliares) podían usarla en su diócesis, los arzobispos en su provincia; los nuncios y legados apostólicos en los territorios de su legación; los administradores apostólicos, prelados y abades nullius y asimilados en sus iglesias exentas, y los cardenales y el Papa en cualquier sitio. Cuando el ordinario permitía por cortesía que un obispo visitante usase el trono (la sede episcopal) para una ceremonia, automáticamente le concedía para la ocasión el uso de la capa magna y de los diáconos de honor, aunque no la asistencia canonical.


 S.E.R Paul Cremona OP, Arzobispo de Malta, durante la procesión de la fiesta del Naufragio de San Pablo (2009).

Históricamente, existían dos clases de capa magna, una de verano y otra de invierno. La primera estaba confeccionada en lana para los obispos y en seda o muaré para los cardenales y nuncios papales, pero rematada siempre con una vuelta de seda en la parte superior. La capa de invierno estaba cubierta por una esclavina de armiño blanco que sustituía la vuelta de seda. En el caso de clero regular, la piel y la seda correspondían al color del hábito de la orden respectiva. 


S. Em. R. el Cardenal Raúl Silva Henríquez, Arzobispo de Santiago de Chile, con capa magna de muaré y esclavina de armiño

En la actualidad, la instrucción Ut sive sollicite (1969) prevé que la capa magna sin armiño para los cardenales ya no es obligatoria, pero puede utilizarse; la única restricción es que se use fuera de Roma y para fiestas muy solemnes (núm. 12). La misma regla se aplica para los obispos (núm. 15). De forma excepcional y por privilegio propio derivado del Statu quo de 1852, el Patriarca Latino de Jerusalén puede usar capa magna con armiño.  


S. B. Michel Sabbah, Patriarca Latino de Jerusalén, después de la visita a la Tumba de Jesús, si dirige a la Capilla de la Aparición desde donde partirá la procesión de Semana Santa (2003)

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