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jueves, 21 de julio de 2016

50 años de Magnificat: la carta de nuestro Presidente con ocasión de la promulgación de Summorum Pontificum

El jueves 12 de julio de 2007, con ocasión de la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum, por el cual el papa Benedicto XVI concedió la posibilidad de celebrar la Santa Misa conforme a los libros litúrgicos vigentes en 1962, el Presidente de la Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, publicó una carta en el diario El Mercurio de Santiago explicando el significado y la alegría que la restauración de la Misa tradicional debía tener para todo católico. En este período de celebraciones por nuestro quincuagésimo aniversario, compartimos el texto de esa carta con nuestros lectores, renovando una vez más nuestro agradecimiento hacia la Santa Sede por un documento que han dado tantos frutos en estos casi diez años de vigencia. 

***



Restauración de la Misa tradicional católica 

Manifestamos nuestra más profunda complacencia y gratitud hacia S.S. Benedicto XVI, quien satisfizo nuestra esperanza, nos confirmó en la fe y nos hizo un acto de enorme caridad.

Hace unos días S.S. el Papa Benedicto XVI publicó un "Motu Proprio" titulado "Summorum Pontificum", mediante el cual autoriza el libre uso del misal tradicional, codificado por varios papas, desde Gregorio el Grande hasta Juan XXIII. Cuando Paulo VI promulgó, en 1969, el misal nuevo, fuimos muchos los que pensamos que se podía continuar usando el misal antiguo en forma paralela con el nuevo, ya que aquél no fue jamás abolido ni prohibido: ni por el Concilio Vaticano II ni por el Papa. Sin embargo, en nombre de un supuesto "espíritu del concilio", se impuso la nueva misa de manera obligatoria en todo el mundo. Eso comprendió la celebración en las lenguas vulgares o vernáculas y el volver los altares para que el celebrante mirase al pueblo. Además, se suprimieron ritos y gestos sagrados, se introdujeron músicas y melodías profanas y, con el tiempo, cada celebrante agregó por su cuenta interrupciones, abreviaciones, comentarios, posiciones e innovaciones, hasta el punto de que en ocasiones el fiel no reconocía en la misa la expresión de su carácter sagrado y ceremonial.

Como dice el Motu Proprio, los papas han procurado siempre que el culto divino sea de alabanza y gloria del nombre de Dios y, a la vez, que se atenga a las fórmulas consagradas por el magisterio supremo. Cabe señalar que siempre se ha estimado que la misa tiene un cuádruple carácter, a saber: latréutico (de adoración), impetratorio (de súplica), propiciatorio (de satisfacción) y eucarístico (de acción de gracias). Pero, por sobre todo, la misa es la renovación incruenta del sacrificio del Señor que el sacerdote, actuando "in persona Christi", ofrece al Padre en nombre propio, de los presentes y de todos los fieles, vivos y difuntos.

A muchos nos pareció que estas características esenciales de toda celebración a menudo se desdibujaban en el nuevo culto y no se expresaban tan clara y reverentemente como en el antiguo. En particular, la supresión del Ofertorio y la cuasi supresión del Canon Romano tradicional -en uso a lo menos desde el siglo IV- nos causaron graves zozobras espirituales. Además, consideramos que se "descentraba" la ceremonia al sacar al Santísimo de su lugar central sobre el altar mayor y el celebrante se volvía al pueblo, que no es el punto de referencia adecuado. En la misa tradicional, sacerdote, acólitos y fieles miran en la misma dirección, ya que el primero conduce a los demás hacia el sacrificio del altar. Esa dirección fue ancestralmente el Oriente, que representaba a Jerusalén, lugar donde vivió, murió y resucitó N.S. Jesucristo. En esto no hacíamos más que actuar como todas las religiones antiguas; por ejemplo, judaísmo e islam, cuyos fieles oran mirando a Jerusalén o La Meca. Y también como todas las iglesias cristianas antiguas: ortodoxos, armenios, coptos, etiópicos, siríacos, etcétera. Incluso la mayoría de las iglesias anglicanas y luteranas no han dado vuelta los altares.

Nos parecía también que la mantención de los ritos sagrados, de la lengua sagrada, de la música sagrada, del espacio sagrado (presbiterio), de las vestiduras sagradas, de los silencios sagrados (Canon en voz baja) elevaba más fácilmente al fiel hacia Dios y lo predisponía mejor al milagro de la transubstanciación. En resumen, mantenían mejor la sacralidad, la belleza, la tradición apostólica, el misterio y el respeto, a la vez que lo sacaban del tráfago de la vida actual.

No obstante, jamás negamos el valor de la nueva misa y nos mantuvimos en paciente (y a veces, impaciente) esperanza de ver restablecida la liturgia que iluminó a miles de santos, convirtió a millones de fieles y elevó a los místicos al encuentro íntimo con Dios. Así y todo, durante más de 40 años muchos nos miraron con sospecha, molestia y rechazo al interior de la iglesia.

Hoy, manifestamos nuestra más profunda complacencia y gratitud hacia S.S. Benedicto XVI, quien satisfizo nuestra esperanza, nos confirmó en la fe y nos hizo un acto de enorme caridad. Somos más numerosos de lo que aparece a primera vista y lo único que deseamos es continuar viviendo nuestro cristianismo dentro de la fidelidad a Cristo, a la Iglesia y a la tradición litúrgica.

Julio Retamal Favereau

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