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jueves, 29 de diciembre de 2016

50 años de Magnificat: la conferencia de Augusto Merino (tercera parte)

Publicamos a continuación la tercera parte de la conferencia dictada por el Profesor Augusto Merino Medina en el II Congreso Summorum Pontificum de Santiago de Chile (2016).

 Prof. Augusto Merino
(Foto: Hacer Familia)

***

              Lex orandi, lex credendi: cómo alterar la fe sin tocar la doctrina (III)

La ambigüedad en el nuevo vocabulario litúrgico

De los aspectos más exteriores y más fácilmente captables que tanto Cranmer en su tiempo como los actuales reformadores de la liturgia se empeñaron en manipular y transformar, hay uno que es importante y es el primero que queremos abordar aquí: el vocabulario de las oraciones de la Misa. El otro aspecto tiene que ver derechamente con la sensibilidad y la afectividad y opera, por tanto, de modo más indirecto y sutil: la transformación de la música que se toca en la liturgia.

1. El manejo sutil y, a veces, magistralmente ambiguo del vocabulario, el uso de sinónimos que, no obstante serlo, conllevan atmósferas espirituales diferentes, la transposición de frases iguales a un contexto en que su reverberación espiritual cambia, son estrategias que se ha usado abundantemente por los reformadores de la liturgia después del Concilio Vaticano II. Aquí me detendré sólo en el lenguaje de las oraciones colecta de la Misa. La introducción de nuevos vocablos en la vida católica en general –“ecumenismo”, “diálogo”- es un magno tema, que ya ha sido abordado por otro conferencista [nota de la Redacción: se refiere a la conferencia dada por Christopher Ferrara, que también fue publicada en esta bitácora por entregas].

Por ejemplo, la supresión del uso de la segunda persona del plural para dirigirse a Dios o a los fieles (“vosotros”, “vos”, “os”; los correspondientes imperativos como “conceded”, “orad”, etcétera), con el pretexto de que esa expresión no es usada por el pueblo en la vida corriente y dificulta, por lo tanto, la comprensión de lo que se quiere decir, conduce a un rebajamiento de la dignidad de la palabra dirigida a Dios solemnemente y a la solemnidad de la ocasión. No es que haga más comprensible lo que se dice, sino que se lo hace más prosaico o vulgar en el modo; se suprime el matiz del respeto y se añade un toque de camaradería o igualitarismo, similar al lenguaje de la calle. Por ejemplo, en las palabras de la consagración, la Conferencia Episcopal de Chile ha dispuesto últimamente que la fórmula “Tomad y comed” sea reemplazada por “Tomen y coman”, aduciendo que ello facilita a la gente la comprensión de lo que se dice. Como es obvio, ello es falso: el gran problema es que la gente comprenda realmente qué es la transubstanciación, cosa que no se le explica, y no que se le aclare que “Tomad” quiere decir en realidad “Tomen”;  pero este cambio sí produce el efecto de trivializar las palabras, creando la impresión de que no hay ni debe haber diferencia entre el lenguaje usado para dirigirse a un compañero de trabajo y el usado para dirigirse a Dios, y la de que no hay diferencia ni en cualidad ni en grado entre una acción sagrada y una profana. Kwasniewski  ha escrito elocuentemente sobre la pérdida de la solemnidad en la liturgia, una de las claves de su deterioro[1], que resulta particularmente impresionante si se compara la situación de la Iglesia latina con lo que ocurre en el rito bizantino.

 Elevación del cáliz en una Misa Novus Ordo
(Foto: Iglesia.cl)

Otro ejemplo es la sustitución de términos en algunas de las oraciones más populares y queridas por el pueblo chileno, como la del Mes de María. No hay chileno en quien no se despierte alguna emoción, siquiera débil, al oír aquel comienzo de la oración compuesta por monseñor Ramón Ángel Jara: “Oh, María, durante el bello mes que os está consagrado”. Pues bien, aquí también se ha eliminado el uso de la segunda persona del plural y se trivializa el trato con la Virgen empleando un “tú” que deroga el ímpetu de cariño unido al respeto que caracteriza a la forma original de la oración, creando una sensación de que se está en una relación de “igual a igual”, absolutamente impropia, con la Madre de Dios. Por otra parte, se ha variado, con una intención que es inevitable calificar de “ideológica”, un pasaje que decía: “y con vuestra ayuda, llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados”, reemplazando este último término, “resignados”, por “esperanzados”, como si la resignación ante la Voluntad Divina evocara actitudes de sometimiento de una clase social a otra, por lo que habría que desterrarla del nivel religioso por ser un obstáculo para una justa reivindicación en el terreno político: viene inmediatamente a la mente aquello de “religión, opio del pueblo”[2].

2. La investigadora Lauren Pristas ha escrito un libro de extraordinaria erudición y prolijidad, uno de cuyos objetivos es “descubrir si las colectas de los domingos y festividades de los diversos propios, en los misales pre y post Vaticano II, asumen la misma postura ante Dios, expresan las mismas convicciones y sentimientos respecto de Él, entienden y describen la condición humana en la misma forma, piden a Dios las mismas o parecidas gracias y, si no, identificar los modos específicos en que difieren, y hasta qué punto lo hacen”[3]. La idea que sirve de hipótesis a ese estudio es que las oraciones –y todos los demás elementos de la liturgia- tienen, como ya hemos sugerido en este texto, un gran poder formativo del alma de los fieles, moldeándolos en su visión de las cosas, desarrollando en ellos determinados sentimientos y haciéndolos experimentar ciertas sensaciones sobre su realidad de criaturas, dando lugar a un efecto acumulativo de inmensa fuerza pedagógica o, en otros términos, expresando fielmente la fe de la Iglesia.

 Dra. Lauren Pristas
(Foto: O Clarim)

Lo primero que es de notar, a propósito del estudio de Pristas, es que se haya creído necesario reemplazar o “editar” las oraciones. En muchos casos, las nuevas oraciones han sido tomadas de antiguos leccionarios de los siglos VII y VIII –antes, por lo tanto, del nacimiento de la escolástica, aborrecida por el modernismo- aunque a menudo han sido editadas en algún sentido. Es de por sí un mensaje el que se haya intervenido un conjunto de oraciones que decenas de generaciones de católicos durante muchos cientos de años consideraron que expresaban la fe perfectamente bien, y que el cambio haya sido hecho, a diferencia de muchos otros cambios en la historia de la liturgia, no por un lento y orgánico crecimiento (como pedía el Concilio[4]) sino por una subcomisión, el Consilium, que procedió mediante el sistema de votaciones, no por el de la experiencia espiritual recogida por un largo tiempo[5]. En todo caso, el reemplazo no significó siempre una novedad que justificara el cambio; pero a menudo se constata un nuevo “espíritu” o “clima” teológico que rodea a las oraciones introducidas, aun a las de origen más antiguo. En un momento veremos, brevemente, algunos casos para ilustrar esto.

Pero el estudio de Pristas permite también advertir que las nuevas oraciones confeccionadas carecen frecuentemente de esa concisión y claridad propia de las oraciones del rito romano: donde éste formula peticiones breves, puntuales y, por lo mismo, memorizables por la gente, las nuevas son más largas, llenas de cláusulas subordinadas, con peticiones complejas, de cuya audición difícilmente se puede retener una sola idea clara. Hay una nueva verbosidad que no es una contribución al enriquecimiento del culto: demasiadas palabras humanas no llenan ningún vacío espiritual, sólo son una manifestación más de esa “logificacion” de la nueva “forma mentis” que nos ha legado la Ilustración. Se ha justificado a veces el alargamiento de las oraciones por la necesidad de hacerlas menos “abstractas” o más “cercanas” a la realidad concreta del hombre actual. Ello es otra expresión de aquel espíritu pedagógico por el que tanto abogó el Mouvement liturgique, hasta el punto de desnaturalizar el espíritu esencialmente latréutico de la liturgia de la Misa.

Veamos aquí unos pocos ejemplos de manejo del lenguaje tomados del estudio de Pristas, mediante los que advertiremos que, con el cambio sutil y a menudo inaparente de las palabras, se introduce una nueva sensibilidad religiosa preparada para recibir, al cabo, una nueva teología y una nueva fe.

Misales preconciliares

Comparando las colectas de Adviento del misal de 1962 con las del misal de 1970/2002, Pristas escribe: “Las colectas de 1962 piden a Dios que actúe o que mueva, que despierte su poder y venga, que despierte nuestros corazones, oiga nuestras plegarias e ilumine nuestra mente con la gracia de su visita, que excite su poder y venga y socorra. Nuestra acción, en la única colecta de 1962 que la menciona, se ajusta a una delicada descripción de la interrelación entre el don divino y la respuesta humana. […] [En cambio,] Las colectas de 1970/2002, con excepción de la del cuarto domingo, nos presentan al ser humano como alguien que actúa y está en movimiento. En ellas se pide a Dios que fortalezca en los fieles la voluntad con que se apresuran a actuar; que les conceda no ser impedidos por hechos humanos en su avance; que les permita llegar a la fiesta de Navidad y a los gozos de la salvación. […] La situación humana es presentada de modo diferente en los dos conjuntos. En las oraciones de 1962, los seres humanos son amenazados y obstaculizados por el pecado, y sus mentes necesitan purificación e iluminación. Estas malas noticias son equilibradas, por así decirlo, por las buenas noticias: el Señor viene con su poder a levantar, a iluminar, a socorrer, proteger, librar y purificar,  y lo  hace con prisa. [Por el contrario,] En las colectas de los domingos de Adviento de 1970/2002  apenas hay conciencia de peligro, no se menciona el pecado, ni la obstinación ni la debilidad humanas”[6] .      

De nuevo, en las colectas del domingo después de Navidad “no hay mención del pecado en el conjunto [de oraciones] del [Concilio] Vaticano II. La única oración que menciona el pecado en el corpus de 1962, la colecta de la Misa de Día de Navidad, fue omitida en el misal revisado”[7]. Igualmente, “[e]n contraste con el movimiento que sugieren [dos oraciones] de 1970/2002, las colectas de 1962 imploran la acción de Dios sin decir nada sobre la nuestra: […] extiende tu mano para defendernos, consuélanos con tu gracia, mira con compasión”[8]. […] hay nueve oraciones para Navidad en el misal de 1962: cinco de ellas nos presentan no como actores, sino como receptores agradecidos del favor divino, que esperan nuevos favores”. Igualmente, “[e]n cinco de las colectas de los domingos de Cuaresma no actuamos nosotros, sino que aguardamos atentamente de Dios la protección, el consuelo, la purificación y la guía […] Sólo la colecta del primer domingo nos muestra activos: nos esforzamos por conseguir [algo] mediante nuestra abstinencia. Pero aquí también nuestra actividad es una respuesta a la acción inicial de Dios, y su fruto depende de sus dones”[9].

En conclusión de unos análisis exhaustivos y prolijos, escribe la autora: “las colectas de los dos conjuntos no se aproximan a Dios en la misma forma, ni esperan de Él las mismas cosas, ni presentan el mismo cuadro de la situación humana […] Queda claro que hay significativos cambios en los énfasis teológicos y/o espirituales de las colectas de un tiempo [litúrgico] determinado”[10].

Hemos tomado sólo unos poquísimos ejemplos de un texto que abunda extraordinariamente en ellos, pero parece que son suficientes para mostrar, sobre la base de la realidad empírica, que el sutil manejo del vocabulario litúrgico, con variaciones apenas perceptibles pero reales y profundas, se encamina a producir un cambio en la sensibilidad del fiel, en su modo de dirigirse a Dios, de pedir esto o lo otro, en la conciencia de lo que el ser humano puede hacer y otros aspectos trascendentales que, al cabo, conducen a una fe reformada, más que reformulada.

 Missale Romanum de Pablo VI (edición típica de 2002)

Para fijar mejor en la atención estos cambios, quiero agregar aquí unas cuantas estadísticas para dar una imagen más perfilada. Se ha dicho que el misal de Pablo VI conserva ¾ partes de las oraciones del misal antiguo. Pero las cifras dicen otra cosa: el misal tradicional tiene 1.182 oraciones; de éstas se suprimió totalmente 760. Se conservó más o menos un 36% de las oraciones, y de éstas más de la mitad fue intervenida o editada o cambiada parcialmente antes de incluirlas en el Misal nuevo. Por lo tanto, sólo 17% de las oraciones del antiguo misal se conservaron intactas en el nuevo[11].

Esto es quizá, como observa un autor que ha estudiado el punto, un buen ejemplo de “hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura”[12].

Finalmente, y por si todavía hubiera alguien que no se convence del punto que estamos presentando, permítaseme citar un texto, sorprendentemente candoroso, de Carlo Braga, ayudante de Bugnini en el Consilium, sobre la revisión de las oraciones colecta: “Revisar los textos preexistentes se hace más delicado cuando se enfrenta con la necesidad de poner al día el contenido o el lenguaje, y cuando esto afecta no sólo la forma sino también la realidad doctrinal […] Unos fundamentos completamente nuevos de la teología eucarística han dejado obsoletos determinadas formas de venerar o invocar a los santos […]”[13].    

 Pablo VI y Mons. Annibale Bugnini
(Fotomontaje: Pray Tell)

3. Otro cambio que parece absolutamente secundario y sin mayor importancia en las oraciones, pero que la tiene inmensa, es el que se refiere a que éstas, en el misal de Pablo VI, se dirigen siempre a Dios Padre de modo exclusivo. Con la supresión de las oraciones del ofertorio se fue el “Suscipe, Sancta Trinitas, hanc oblationem” y con la de la oración final, “Placeat tibi, Sancta Trinitas”, desapareció la otra ocasión en que la Iglesia se dirigía solemnemente a la Santísima Trinidad durante la Misa, que es el centro y raíz de la vida cristiana. Del mismo modo, el prefacio de la Santísima Trinidad, que se rezaba todos los domingos del año que no tuviesen uno propio, fue relegado a una sola ocasión en el año litúrgico (el domingo de la Santísima Trinidad). Se aleja cada vez más de los fieles la imagen de la Trinidad, corazón del dogma cristiano. Y, del mismo modo, se han suprimido prácticamente todas las oraciones del misal que se dirigían a Jesús, Segunda Persona de la Trinidad, con el pretexto de que es el Padre quien la representa, por lo que no se ve más asociadas íntimamente las imágenes de Jesús y de Dios Hijo. Podría agregarse que hay, además, viejas oraciones populares que han caído también en desuso, como aquel acto de contrición “Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero...”. De este modo, se va modificando lentamente la sensibilidad trinitaria de los cristianos y la imagen de Jesús como Dios. Lo cual tiene, por cierto, la máxima importancia. Se ha escrito mucho sobre el ambiente arriano que se advierte en la liturgia reformada, sensación que se fortalece si se toma en cuenta la orientación teológica de muchos de los participantes en el Consilium, donde se fraguó las reformas litúrgicas, y los aires nestorianos y arrianos que empiezan a soplar en ciertos círculos teológicos de importancia[14].    

4. Me he detenido sólo en el vocabulario de las oraciones colecta porque es algo a lo que, de ordinario, no se presta mucha atención, pero, obviamente, hay campos en que el manejo de las palabras y el escamoteo que hacen de ellas las traducciones, como en el Canon y en las Plegarias Eucarísticas, llega a verdaderos extremos.

El problema de las traducciones al vernáculo del texto de las ediciones típicas del misal, que se encomendó a las conferencias episcopales, alcanzó desde temprano ribetes de la máxima gravedad. El R.P Louis Bouyer C.O., uno de los principales artífices doctrinales de la reforma de la liturgia católica, narra en sus memorias cómo, en el curso una reunión de la Comisión Teológica Internacional, “el P. Lubac aprovechó de someter a la consideración de todos los miembros de lengua francesa una carta dirigida al Papa, que exponía todos los contrasentidos, evidentemente deliberados, en la versión francesa de los nuevos libros litúrgicos que, sin embargo, habían sido declarados conformes con el texto latino auténtico por Bugnini […] Todos, impresionados por el carácter escandaloso de esta tergiversación, incluso el P. Congar, tan preocupado de no oponerse a lo que llamaba “la renovación en la Iglesia”, firmaron sin dudar ese documento abrumador. Ocho días después, Bugnini era destituido por el Papa […]”[15].

 R.P. Henri de Lubac, S.J.

En lo que a nosotros respecta, citaré sólo un grave error existente en la traducción de la oración “Quam oblationem”, que precede inmediatamente a la consagración en el Canon Romano: ahí donde el texto latino dice “ut nobis Corpus et Sanguis fiat dilectisimi Filii tui Domini nostri Jesu Christi”, algunas versiones castellanas dicen: “de manera que sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor”[16]. Hay aquí un error de traducción del latín que escamotea olímpicamente el sentido de la expresión latina “Corpus et Sanguis fiat”, es decir, “que se convierta en el Cuerpo y Sangre”, expresión que se refiere a que, más allá del “nobis”, del “para nosotros”, hay un hecho exterior y objetivo que tiene efectivamente lugar, de modo que no se trata de una nueva significación para nosotros del pan y del vino, que puede entenderse como un cambio meramente subjetivo, algo que ocurre no en la realidad en sí misma sino sólo en aquello que dice referencia con nosotros. Queda así creada la ambigüedad en el corazón mismo del Canon, de modo análogo a lo que hizo Cranmer –gran maestro de ambigüedad y disimulo- en el Book of Common Prayer de 1549: en ese texto Cranmer, inmediatamente antes de la Consagración, redactó una plegaria en que se dice “que sean para nosotros (“may be unto us”) el cuerpo y la sangre del más dilecto y amado hijo Jesucristo”, fórmula plenamente satisfactoria para alguien, como Cranmer, que negaba de modo tajante que el pan y el vino consagrados fueran en realidad el Cuerpo y la Sangre del Señor, puesto que el Cuerpo de Cristo está en una sola parte, el Cielo[17]. Por cierto, la misma fórmula “que sean para nosotros”, sin referencia a “fiat” alguno, figura en la Plegaria Eucarística II, que es usada hoy casi de modo exclusivo. Aunque no hay tiempo aquí para mencionar más paralelos con el caso anglicano, es interesante añadir que el agregado en el actual Canon Romano del Novus Ordo, “que se entrega por vosotros”, dicho a continuación de la consagración del pan, fue también añadido por Cranmer, al tiempo que suprimía el “mysterium fidei” en la consagración del vino[18].

 Colecta de la edición de 1637 del Book of Common Prayer 



[1] Kwasniewski, Resurgent in the midst of crisis, cit., cap. 1.

[2] Al respecto es interesante citar a Duquoc, C./Richard, J/Groupe de Recherche de la Faculté de Théologie de Lyon, Politique et vocabulaire liturgique (París, Cerf, 1975), pp. 89-90: “il s’agit de prendre le langage liturgique à son niveau spécifique, qui est celui d’une lecture religieuse, symbolique du réel, et non de la réduire à une sorte de “superstructure” de réalités autres, politiques ou économiques. Mais on peut se démander si le fait de tenir, le dimanche, ce discours liturgique-là permet à l’homme de tenir la semaine n’importe quel discours politique ou sindical? Par exemple, le langage de la soumission –fût-ce à la volonté de Dieu Sauveur- que tient la liturgie, est-il compatible avec le langage de la libération que tient le révolutionnaire?”.

[3] Pristas, L., The Collects of the Roman Missals. A comparative Study of the Sundays in Proper seasons before and after the Second Vatican Council (Londres/Nueva Delhi/Nueva York/Sydney, Bloomsbury, 2013), cap. 8.

[4] Constitución Sacrosanctum Concilium, núm. 23.

[5] Véase, al respecto, lo que sobre la elección de nuevas lecturas escribe Kwasniewski, Resurgent in the midst of crisis, cit., p. 131.

[6] Pristas, The Collects of the Roman Missals, cit., cap. 8.

[7] Pristas, The Collects of the Roman Missals, cit., cap. 8.

[8] Pristas, The Collects of the Roman Missals, cit., cap. 8.

[9] Pristas, The Collects of the Roman Missals, cit., cap. 8.

[10] Pristas, The Collects of the Roman Missals, cit., cap. 8.

[11] Cekada, Work of human hands, cit., p. 222.

[12] Cekada, Work of human hands, cit., p. 223.

[13] Cekada, Work of human hands, cit., p. 223.

[14] Véase el comentario de Carlos Augusto Casanova a la cristología del R.P. Jorge Costadoat SJ, en el que se aprecia el ambiente herético que se ha vivido en estas materias en la Facultad de Teología de la Pontifica Universidad Católica de Chile, y que fue publicado en el sitio www.vivachile.org el 2 de abril de 2015. Véase aquí su texto. 

[15] Bouyer, Memoires, cit., p. 203-204.

[16] En los textos en castellano confeccionados por la respectiva comisión para ser usados en Chile, Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay, lo que se proponía para la oración “Quam oblationem” del Canon era lo siguiente: “de manera que sea para nuestro bien el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor”. Véase la traducción del Canon Romano hecha en el “Nuevo Misal para Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay”, disponible aquí

[17] Cfr. Davies, El ordo divino de Cranmer, cit., cap. XII.

[18] Cfr. Davies, El ordo divino de Cranmer, cit., cap. XII.

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