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jueves, 28 de septiembre de 2017

El Foro abierto y la Asamblea general de la Federación Internacional Una Voce

El pasado sábado 16 de septiembre de 2017, en el marco de la peregrinación internacional organizada para conmemorar el décimo aniversario del motu proprio Summorum Pontificum, se celebró un Foro abierto convocado por la Federación Internacional Una Voce (FIUV). El día anterior, viernes 15, se había realizado la Asamblea general donde se eligió la nueva directiva para los próximos dos años. La Asociación Magnificat, capítulo chileno de dicha Federación desde su creación en 1966, estuvo presente en dicho encuentro en la persona de nuestro secretario, quien ha preparado el reporte que sigue. 



El Foro abierto

El Foro abierto de FIUV se realizó en el Hotel Casa Tra Noi (Via di Monte del Gallo 113, 00165 - Roma) durante la tarde del sábado 16 y fue pensado como una oportunidad para que los laicos y clérigos interesados en la forma extraordinaria del rito romano pudiesen compartir sus experiencias y conocer gente de todo el mundo que trabaja en la promoción del Usus Antiquor. La actividad fue informada a través del sitio web de FIUV y de viva voz durante el congreso del jueves 14 en la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino (Angelicum), del cual trataremos en una crónica posterior.  

El Foro contó con una asistencia cercana a las 25 personas. Entre los presentes se encontraban Felipe Alaniz (presidente de FIUV), Patrick Banken (presidente de Una Voce Francia), Jacques Dhaussy (fundador de Una Voce Francia y actual presidente honorario de FIUV), Leo Darroch (antiguo presidente de FIUV), Guillaume Ferluc (director de Paix Liturgique y organizador de la peregrinación) y representantes de los capítulos italiano, escocés, irlandés,  japonés, neerlandés, portugués, polaco, entre otros. 

La sesión comenzó a las 18.00 horas con la bienvenida de Felipe Alaniz, quien después de sus palabras iniciales anunció la aparición del libro que publicamos con ocasión de nuestro quincuagésimo aniversario (véase aquí su versión digital). También destacó el papel de nuestro presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau, como uno de los fundadores de la Federación y de nuestra asociación como uno de sus primeros integrantes. Nuestro secretario dejó algunos ejemplares físicos del libro, de modo que miembros de otras federaciones pudieran obtenerlo en caso de estar interesados, los que se agotaron enseguida.

Después vino la presentación del libro Once encuestas para la historia a cargo de Christian Marquant, de Paix Liturgique, el que contiene la relación de una serie de sondeos encargados por FIUV y la bitácora Paix Liturgique en distintos países (particularmente Francia, Italia, Reino Unido, Brasil, etcétera) a fin de analizar la aceptación o rechazo que generaría entre los fieles la hipotética coexistencia de las dos formas del rito romano en sus respectivas parroquias y, en caso de ofrecerse la celebración de la Santa Misa según el misal de 1962, si asistirían ocasionalmente a dicha ceremonia. Como explicó el presentador, el objetivo de tal estudio era contar con evidencia empírica para contrarrestar la tradicional “objeción pastoral” que se esgrime contra la implementación del Misal Romano de 1962 en las diócesis, la cual consistiría en el rechazo y la división que esta medida generaría en la feligresía. Por otro lado, el estudio comparado permitie dimensionar la pretendida “falta de interés” que presentaría entre los fieles la celebración conforme al Vetus Ordo.


Christian Marquant, de Paix Liturgique, junto a Felipe Alaniz, Presidente de FIUV, en la presentación del libro Once encuestas para la historia
(Foto: Asociación Magnificat)

Los resultados del estudio son, a juicio de Marquant, bastante alentadores. Sin entrar en los detalles del estudio, en la mayoría de las encuestas más de un 90% de los fieles contestó que no tendría problemas en que se practicara la coexistencia de ambas formas del rito romano en su parroquia, y una cifra cercana al 50% en todos los casos señaló que asistiría eventualmente a la Misa tradicional si esta alternativa fuese ofrecida en su parroquia. La asistencia a la Misa tradicional no tiene que ver, entonces, con una cuestión ritual, sino con factores como la distancia y la pertenencia. 

Marquant finalizó señalando que, pese a la seriedad de la investigación, la cual fue encargada a una empresa externa especializada en el desarrollo de este tipo de encuestas, la publicación y difusión del estudio ha resultado difícil. Una de las razones que explica esta dificultad es que los medios de comunicación no han creído conveniente publicarlo por estimar que se trata de un material “inconveniente”, acompañado del hecho de su rechazo cuando han solicitado que sea incorporado al catálogo de muchas bibliotecas especializadas en temas religiosos. Dado que nuestro secretario recibió un ejemplar en castellano del estudio, pronto les ofreceremos mayor información al respecto. 

A las 18.45 correspondió el turno a la presentación del libro intitulado Una Voce: The History of the Foederatio Internationalis Una Voce por parte de su autor, el Dr. Leo Darroch, el cual en sus cerca de 500 páginas reseña la historia de la Federación que el año pasado celebró, al igual que nuestra Asociación, sus cincuenta años de existencia (véase aquí la recensión que hemos publicado de esta obra). Leo Darroch fue electo consejero de FIUV en 1989. Dos años después se convirtió en secretario bajo la presidencia de Michael Davies (cargo que sirvió entre 1992 y 2004), desempeñándose él mismo como presidente de 2007 a 2013. Conoce bien, pues, la historia de FIUV, por haber estado vinculado a ella en cargos directivos por casi treinta años. 


El Dr. Leo Darroch presenta su libro Una Voce: The History of the Foederatio Internationalis Una Voce con la presencia del Cardenal Burke
(Foto: Asociación Magnificat)
 
En primer lugar, el Dr. Darroch señaló que su trabajo (el cual tardó más de seis años en concluir) tiene un doble propósito: por un lado, posee una lógica finalidad historiográfica, al reseñar la historia de FIUV y sus principales logros, y por otro lado, cumple una propósito de justicia. En ese último sentido, fue la intención del autor dejar plasmados los nombres de la mayor cantidad de personas que asumieron el difícil combate de preservar la liturgia latina y hacer frente a los embates sufridos durante los turbulentos años que siguieron después de la clausura del Concilio Vaticano II. Esta labor era a su juicio del todo necesaria, ya que la mayor parte de los trabajos historiográficos existentes en el ámbito tradicional se dedican a analizar los años conciliares y las discusiones de la Comisión Litúrgica, pero sin ir más allá. Aprovechó la ocasión para homenajear la crucial labor llevada a cabo por sus primeros presidentes, el Dr. Eric De Savanthem (1966-1992) y Michael Davies (1992-2004), en tiempos en que la celebración de la Santa Misa conforme a la forma antigua se entendía abrogada y era, en los hechos, perseguida. De igual forma, hizo mención a la relación existente en sus comienzos entre FIUV y monseñor Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX), la cual especificó que se aborda de manera extensiva en el libro de su autoría.

A continuación, destacó que, a su juicio, el principal logro de FIUV consiste en la publicación del motu proprio Summorum Pontificum en 2007. El Sumo Pontífice entonces reinante, mediante una ley de carácter universal, declaró que la celebración de conformidad a los libros litúrgicos de 1962 se entendía como “nunca abrogada”, otorgando además un marco jurídico claro y estable para la aplicación de la llamada desde ese entonces “forma extraordinaria” del rito romano.

A las 19.30, antes de finalizar su presentación el Dr. Darroch, llegó al hotel el Cardenal Raymond Leo Burke acompañado de su secretario, quien destacó el trabajo llevado a cabo por FIUV en sus más de 50 años de existencia y coincidió con aquél en que su principal logro se podría sintetizar tanto en la preservación de la Misa tradicional durante tantos años de incomprensión como en la publicación del motu proprio Summorum Pontificum hace ya una década. El cardenal confidenció a los presentes que la publicación de dicho texto legislativo constituyó un momento de gran alegría para Su Santidad Benedicto XVI, quien estaba consciente del tesoro litúrgico que se ponía a disposición de la grey a su cuidado, lo que contrastó con la indiferencia e incluso rechazo de una parte del colegio episcopal. Pese a ello, con el tiempo la disposición de los obispos a comenzado a cambiar, como demuestra la contabilidad que lleva Acción litúrgica (véase aquí la estadística actualizada al 21 de septiembre de 2017). 

Las referencias a la actual situación de parte del cardenal no se hicieron esperar. En primer lugar, llamó a los presentes a estar confiados en la asistencia divina y a no dejarse atormentar por una eventual derogación del motu proprio Summorum Pontificum y, en cambio, a centrar los esfuerzos en promover y difundir los tesoros de la liturgia tradicional a la mayor cantidad de fieles posibles. Consultado por uno de los asistentes acerca de cómo se podía promover la Misa de siempre en medio de una creciente actitud hostil de parte muchos eclesiásticos, indicó que había que permanecer confiados en la solidez del marco jurídico que otorga el motu proprio y la instrucción que lo desarrolla. Por otro lado, señaló que él considera esencial que se estableciesen relaciones permanentes, basadas en la buena voluntad y la cordialidad, entre los capítulos Una Voce y sus respectivos obispos diocesanos. En este sentido, destacó el caso concreto de un importante grupo de fieles adscritos a la parroquia del Inmaculado Corazón de María en Balornocky su relación con el Arzobispo de Glasgow. En tal ocasión, el Cardenal Burke colaboró en el acercamiento entre el grupo de fieles y el Ordinario del lugar a fin de que éste otorgara las facilidades necesarias para la celebración regular de la Santa Misa en dicha parroquia. Tras una serie de reuniones con el Obispo, éste se vio convencido de que estaba tratando con fieles comunes y corrientes y otorgó cuanto estuvo de su alcance para la celebración de la Santa Misa. Es así como el capítulo escocés hoy cuenta con una Misa tradicional prácticamente diaria en dicha parroquia.

El Cardenal Raymond Leo Burke celebra Misa Pontifical en la Iglesia del Corazón Inmaculado de María en Balornock, Escocia 
(Fuente: Immaculate Heart Balornock)

Finalmente, el cardenal llamó a los presentes a rezar por la persona del papa Francisco y sus asesores más cercanos, y a estar firmes en el combate tanto por la preservación del tesoro litúrgico de la Iglesia como de su doctrina, particularmente en lo que respecta al matrimonio y la familia. Después de dar su bendición a los asistentes, se dio por concluido el foro.

La Asamblea General 2017


En la jornada previa al foro abierto recién referido, tuvo lugar la reunión cerrada donde se eligieron o confirmaron los cargos que integrarán el consejo de la Federación por los próximos dos años. El resultado de la elección se encuentra publicado en el sitio de FIUV.

La conformación de la nueva directiva para el período 2017-2019 es la siguiente: 


Presidente
Felipe Alanís Suárez  (Una Voce México)

Presidente de honor
Jacques Dhaussy (Una Voce Francia)

Vicepresidentes
Patrick Banken (Una Voce Francia)
                    Jack Oostveen (Ecclesia Dei Delft, Países Bajos)

Secretario 
Joseph Shaw (Latin Mass Society, Inglaterra y Gales)

Tesorera
Monika Rheinschmitt (Pro Missa Tridentina, Alemania)

Consejeros
Oleg-Michael Martynov (Una Voce Rusia)
Jarosław Syrkiewicz (Una Voce Polonia)
Derik Castillo (Una Voce México)
Andris Amolins (Una Voce Letonia)
Eduardo Colón (Una Voce Puerto Rico)
Fabio Marino (Una Voce Italia)
Egons Morales Piña (Una Voce Casablanca, Chile)

***


Actualización [17 de julio de 2018]: Dom Alcuin Reid ha publicado una interesante reseña de la historia de la Federación Internacional Una Voce escrita por Leo Darroch y presentada el año pasado en el Foro realizado en Roma con ocasión de la peregrinación anual de acción de gracias por el motu proprio Summorum Pontificum. Ella lleva por título "Liturgia y laicado" ("Liturgy and laity"), pues muestra cómo la preservación de la Misa de siempre fue posible gracias a la labor perseverante de un grupo de católicos convencidos de la pérdida que significaba el reemplazo de esos ritos multiseculares por unos nuevos fabricados de manera racionalista. Por décadas, y pese a un sinnúmero de contratiempos, fueron esos laicos los que conservaron la liturgia tradicional y permitieron que hoy, gracias a la autorización del papa Benedicto XVI, ella vuelva a ser un fuerte impulso para una verdadera reevangelización. De dicha reseña ha dado también cuenta New Liturgical Movement

martes, 26 de septiembre de 2017

Sobre la Misa como ofrenda de la asamblea

Les ofrecemos hoy un artículo de opinión escrito por Augusto Merino Medina, asiduo colaborador de esta bitácora, referido al sentido y las consecuencias teológicas y prácticas que entraña el hecho de que la Santa Misa sea entendida como ofrenda de la asamblea a Dios. El propósito del autor es recordar la doctrina tradicional, según la cual la Santa Misa es el sacrificio perenne de la nueva ley dejado por Jesucristo a su Iglesia para ser ofrecido a Dios por mano de los sacerdotes. Ella consiste así, ante todo, en el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, que se ofrece sobre los altares bajo las especies de pan y de vino en memoria del sacrificio de la Cruz cumplido en un lugar y tiempo determinado. 

Esto último significa que el sacrificio que ella comporta es sustancialmente idéntico al ocurrido en el Calvario de una vez y para siempre, en cuanto el mismo Jesucristo que se ofreció en la Cruz es el que se ofrece por manos de los sacerdotes, sus ministros, sobre nuestros altares, quienes actúan así in Persona Christi. Sin embargo, entre uno y otro Sacrificio, el de Cristo y el de la Misa, hay una diferencia: en la cruz Jesucristo se ofreció derramando su Sangre y mereciendo por nosotros, mientras que sobre el altar se sacrifica Él mismo sin derramamiento de sangre (de ahí que la Santa Misa se defina como un sacrifico incruento) y nos aplica los frutos de su pasión y muerte, obtenidos por la Redención. Cambiar la persona del oferente del sacrificio, desplazando a Cristo y poniendo en su lugar a la asamblea, supone trastocar todo la Fe, pues no se adora ya a Dios, a quien se busca aplacar con la ofrenda, sino al hombre. 

 Augusto Merino Medina

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¿Quién ofrece a Dios la Misa?

Augusto Merino Medina

Entre los múltiples y graves errores de fe a que induce la Misa celebrada según su forma ordinaria (y sin entrar siquiera a considerar los casi infinitos abusos que durante ella se cometen y a que ella misma invita), quisiera destacar uno que, aunque no quizá el más grave, conlleva tal cambio en la comprensión de lo que la Misa es que, en la práctica, la desnaturaliza. Me refiero a la Misa como “ofrenda de la asamblea a Dios”. La carga teológica que esto conlleva es inconmensurable, e inmensa la heterodoxia de semejante concepción.

El problema comienza cuando se presenta la Misa, como ocurre casi siempre en la actualidad, en términos de una “Cena del Señor”, que se realiza como una comida multitudinaria y festiva en que se reúne la “asamblea” de los cristianos, una vez a la semana, “presidida” por un sacerdote (y algunos adláteres, como lectores, “animadores”, ministros –casi siempre ministras- de la comunión, guitarristas, etcétera) a fin de recordar la Ultima Cena del Jueves Santo y “encontrarse con el Señor”. Y como el mundo contemporáneo, especialmente el citadino, opera un particular aislamiento de los seres humanos como consecuencia del exceso de medios de comunicación (Internet, FaceBook, Whatsapp, etcétera), esta oportunidad semanal de “encuentro” de los cristianos entre sí (y con el Señor) ofrece las condiciones ideales para retomar (o iniciar), en un plano puramente humano, relaciones de amistad, vecindad o mera cercanía (todas cosas que, en sí, son muy buenas), dándole a la “reunión” el empaque y el tono de una verdadera asamblea, como la que pudiera tener lugar en un sindicato o en una Junta de Vecinos. De hecho, mientas más “animada” resulta esta asamblea dominical, más satisfecho queda su “presidente”, que ve en ello recompensados sus esfuerzos por “acercarse a la gente”, por “hablar su mismo idioma”, y otras cosas por el estilo.

Surge así, casi espontáneamente, la idea de que el protagonista de todo lo que sucede en esa “Cena” es la “asamblea de los fieles”, y de que es ella, por tanto, la que realiza el servicio de culto a Dios que la religión exige.

 Misa Novus Ordo en el momento de la consagración
(Foto: Pinterest)

Como se puede comprender, esta forma de celebrar la Misa prescinde absolutamente de la idea de un “sacrificio”, que es central en su correcta compresión teológica. De lo que se trata es, precisamente, de eso, de una “Cena”: una cena alienta la expansividad y la mutua comunicación (es decir, la conversación), la camaradería, la simpatía, la benevolencia. Un “Sacrificio”, en cambio, introduce una discordante nota trágica y astringente en esta festiva ocasión, con su recuerdo de dolor, de pasión, de muerte.

Sin embargo, en esta peculiar “Cena” es evidente que, como lo dicen las palabras mismas que –si son respetadas por el “presidente”- suelen oírse, hay algo que “se ofrece” a Dios. Y esto resulta de fácil comprensión para cualquier cristiano actual: si la asamblea se reúne, no es sólo para hacer fiesta, sino también para pedir muchísimas cosas que necesita: la “oración de los fieles”, larga y “concreta”, se encarga de que esta parte del evento no quede olvidada. Y se tiene la impresión de que es importante ofrecer a Dios algo a cambio de lo que se recibe de Él, sensación que siempre existe en casi todas las religiones del mundo.

Ahora viene la cuestión central de este comentario: ¿quién hace esta ofrenda, este “ofrecimiento”, que tiene lugar en la “Cena”? Las transformaciones de la liturgia en la forma ordinaria son tales y tantas que una de las que se ha introducido y ya se quedó entre nosotros, es la de poner el máximo de énfasis, como culminación de la plegaria eucarística, en la doxología final, que es recitada en alta voz por toda la “asamblea” junto con su “presidente”. Pero no es sólo la doxología, sino también y, sobre todo, el gesto que la acompaña: el “presidente” eleva, en ese, que se supone el momento culminante de lo que fuere que ha tenido lugar antes, la Hostia y el Cáliz hasta una gran altura, con máxima solemnidad y abertura de brazos (a veces acentuada todavía más por el correspondiente canto “presidencial”), como está mandado por las rúbricas del nuevo misal ("Toda la patena, con el pan consagrado, y el cáliz, sosteniéndolos elevados, dice [...]"). El rito de la “pequeña elevación” de la liturgia romana, que a menudo no veía nadie sino el celebrante, se ha transformado aquí en una cosa distinta, fuera de la escala en que se lo concibió y prescribió, y con un significado también totalmente diferente: es esa doxología la que, ahora, es el clímax de la reunión: es el momento en que se da gracias a Dios, en que se le alaba, en que se lo adora, en que se le ofrece dones. Y como la fórmula “Por Cristo, con Él y en Él...” es recitada por todos los asambleístas, ya no queda duda alguna de quién es el protagonista de ese “dar gracias”, de esa “eucaristía”, de ese ofrecimiento: la asamblea misma.

 Misa Novus Ordo, aparentemente nupcial
(Foto: veneremurcernui.com)

De este modo, por la corrupción del carácter de la “reunión” que realizan los fieles en cuanto a su naturaleza y propósito, y la desnaturalización de un antiguo rito conclusivo de lo que hoy se llama plegaria eucarística, hete aquí que los cristianos quedan con el convencimiento de que son ellos los que han hecho a Dios el ofrecimiento de lo que le rinde el debido culto y le da gracias (y no mencionaremos aquí los demás fines de la Misa, que son universalmente desconocidos, como el propiciatorio y el impetratorio).

Ha venido así a explotar, al cabo de unos cincuenta años, la bomba de tiempo (por emplear la expresión de Michael Davies) que plantaron cuidadosamente, en su momento, y cuando ningún vigilante estaba alerta, los expertos liturgistas que pergeñaron la ahora denominada forma ordinaria en sus comités de trabajo: sin alterar derechamente la doctrina sino que por la sola mise en scène, la Misa  ha dejado de ser entendida, en la práctica, como el Sacrificio de Jesús que Él mismo ofrece al Padre, de modo incruento, por manos del sacerdote, a fin de que Dios sea alabado, se le agradezca, se le dé satisfacción por nuestros pecados y nos conceda las gracias que le pedimos. Esta es, por cierto, la definición infalible de la Misa que nos da el Concilio de Trento. Hoy la Misa es una “Cena”, y lo que fuere que hay en ella para ofrecer, lo ofrece la “asamblea”.

Naturalmente, la doctrina católica, ya milenaria antes del Concilio Vaticano II, sostiene que los fieles cristianos pueden y deben adherir al único Sacrificio de Cristo en el altar, ofreciéndose a sí mismos de un modo espiritual.  En esto consiste la participación activa (actuosa participatio) que permite a los fieles recibir, en la medida de sus disposiciones internas, las gracias infinitas que se derraman sobre ellos desde la Cruz con cada Misa a que asisten, y que es el núcleo central, esencial, de dicho concepto. Hoy, sin embargo, se lo entiende inadecuadamente: se lo define con un criterio puramente exterior, como referido a cosas que hay que hacer en el templo, movimientos que ejecutar, responsabilidades que cumplir en el curso de la asamblea, etcétera. Desaparece toda huella de contemplación de ese Sacrificio que, ante nuestros ojos, ofrece el Señor a la Trinidad, de esa maravillosa acción divina que se desarrolla en nuestra presencia, en la presencia de estos pobres pecadores que asistimos a ella para recordar y recibir. Se tiende a olvidar la noción de que, en la Misa, es Dios quien actúa en beneficio nuestro, quien nos salva, quien nos redime.

 Misa tradicional. Ofertorio
(Foto: sspx.org)

La cuestión que aquí he presentado no es un punto menor en el conjunto de la liturgia de la Misa, y constituye una grave deformación.

Hay ciertas medidas inmediatas, fáciles, que pueden ser puestas por obra por los sacerdotes que, celebrando la forma ordinaria, no quieren ceder a las presiones de heterodoxia que el propio rito nuevo ejerce sobre ellos.

Primero, suprimir las menciones a la Misa como “Cena del Señor”. Si ella lo es, lo es analógicamente, no esencialmente; no puede caber error en esto. Además, considerando el clima protestantizante en que fue concebida la forma ordinaria, la idea de “Cena” es particularmente peligrosa y vitanda.

Segundo, no se permita que los fieles se comporten durante la Misa como si estuvieran en una reunión de Centro de Padres, para lo cual, más que procurar que hagan silencio y eviten cosas como los aplausos y otras propias de un ámbito profano, es mejor predicar con el ejemplo y adoptar una actitud respetuosa, sacral, desde que se sale de la sacristía, comenzando por revestirse con ornamentos solemnes, moverse con gravedad, adoptar gestos pausados, hacerlo todo en el altar con la máxima unción, etcétera.

 Misa de campaña. Hasta en las circunstancias más adversas es posible la celebración digna, reverente y agradable a Dios
(Foto: The Catholic Gentleman)

Tercero, no desplegar todo tipo de gestos y énfasis en el momento de la doxología final de la plegaria eucarística, porque traslada de inmediato, simbólicamente, el centro de gravedad de la Misa, desde el ofrecimiento de las Especies a Dios en el momento inmediatamente posterior a la Consagración, que es cuando tiene lugar el verdadero ofrecimiento de su Sacrificio por el propio Señor a través del sacerdote, a la conclusión de ella en dicha doxología.

Cuarto, seguir reivindicado para el sacerdote celebrante el derecho exclusivo a pronunciar las palabras de esa doxología final, como por lo demás lo ordenan las rúbricas del misal y la OGMR. Esta última dice: "Al final de la Plegaria Eucarística, el sacerdote, toma la patena con la Hostia y el cáliz, los eleva simultáneamente y pronuncia la doxología él solo: Por Cristo, con Él y en Él. Al fin el pueblo aclama: Amén. En seguida, el sacerdote coloca la patena y el cáliz sobre el corporal" (OGMR 115).

 Misa tradicional: Per Ipsum, et cum Ipsum et in Ipsum
(Foto: Germinans Germinabit)

Son acciones bien precisas y nada difíciles, como éstas, las que, con la gracia de Dios, podrían causar un cambio en la mentalidad popular en el punto que aquí se comenta.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Sobre el hábito religioso, las prendas de abrigo y los tocados clericales

Muchos consideran la capucha como una prenda privativa de los monjes. Sin embargo, la indumentaria específica de ellos era (y es) el escapulario o la cogulla. Conviene, entonces, contar algo de la historia del hábito religioso y su evolución, en especial en relación con la capucha y otros tocados clericales, además de las prendas de abrigo.

Monje benedictino (grabado de Wenceslao Hollar, S. XVII)

Como no podía ser de otra manera, el hábito religioso proviene de la vestimenta usada por la sociedad civil cristiana de los primeros siglos, compuesto de túnica, manto o capa. Reducido a la mayor sencillez, constituyó el hábito de las personas que se consagraban a la vida ascética, retirada, y aún se prescindió del manto (distintivo de los filósofos) en la vida doméstica u ordinaria. Al abrazar algunos la vida común, reunidos en monasterios ya desde el siglo IV, y, sobre todo, al establecerse con más regularidad la vida monacal bajo la regla de san Benito en el siglo VI, quedó constituido el hábito religioso o hábito regular de los monjes con las siguientes piezas:

(a) La túnica o hábito propiamente dicho, que es la vestidura talar (que llega hasta los talones) de lana derivada del antiguo traje secular. 


 Hábito cartujo (grabado de Wenceslao Hollar, S. XVII). En la ilustración se aprecian la túnica, el escapulario y la capucha como componentes del hábito

(b) El escapulario (con o sin capuchón para la cabeza), nombre con el que se denomina una prenda rectangular que cae por delante y por la espalda, hasta casi el borde de la túnica. Recuerda el paño que se solía poner sobre los hombros para llevar cargas, pues representa el yugo de Cristo. En algunas órdenes, el escapulario forma parte de la indumentaria de trabajo. 

 Escapulario cisterciense (sin capucha)

(c) La correa o cíngulo para sujetar la túnica, sobre todo en las marchas y en el trabajo, del que deriva aquel que ciñe el alba del sacerdote cuando se reviste para celebrar la Santa Misa.
 

(d) La cogulla o colobio, amplia túnica, con pliegues longitudinales y provista de grandes mangas y de capuchón que se lleva en los actos de vida comunitaria, tales como las reuniones capitulares y el rezo de la liturgia de las horas, vistiéndola sobre las demás piezas y que parece provenir de la penula viatoria o del capote de los campesinos. De estas vestimentas, el uso religioso evolucionó hacia dos direcciones. La una llevó, en parte, a la casulla litúrgica, mientras que la otra desembocó en el hábito del coro de los monjes. La cogulla es un signo de libertad que tiene el religioso respecto de la esclavitud del demonio.

Cogulla de un monje benedictino

Con el trascurso de los siglos, la Iglesia fue disciplinando la indumentaria eclesiástica. Ella quedó así dividida en tres grupos: el hábito religioso, el traje eclesiástico y los ornamentos sagrados. Los primeros son peculiares de las personas consagradas al divino servicio en los monasterios o conventos; el segundo comprende las vestiduras usuales y propias del clero secular en la sociedad, con mayor o menor grado de solemnidad, y los últimos pertenecen a éste cuando actúa como ministro del culto en sus funciones sagradas. Del traje eclesiástico y de los ornamentos hemos tratado ya en anteriores entradas.

Pero volvamos a la capucha. Ella era habitual entre las ropas de los laicos y, por tanto, fue también un elemento característico entre el clero secular. Dichos clérigos llevaban la capucha no en el hábito talar, sino en la muceta (sobre esta prenda, véase la entrada que sobre ella publicamos en su momento). La muceta sobre los hombros era una prenda de abrigo, que podía usar cualquier clérigo y solía tener una capucha. Esta costumbre de la capucha en el clero secular llegó hasta el siglo XX. De ahí que la muceta de los cardenales tuviese capucha, así como la de los Papas, y que unos y otros la llevasen aunque no pertenecieran al clero secular. Pero es verdad que, más allá de la Edad Media, muchas mucetas muestran unas capuchas exiguas que ya no hubiera sido posible ponerlas sobre la cabeza. 


 S.E.R. Mons. Ángel Suquía con una muceta con capucha

El deseo de que las vestiduras de los sacerdotes fueran enteramente clericales, trajo consigo que los sombreros tuvieran formas y hechuras propias. La forma de cubrirse la cabeza los eclesiásticos siempre había sido por antonomasia la capucha, tanto entre el clero regular como secular. Pero ya en la Edad Media se abrieron paso los gorros académicos o los civiles entre los eclesiásticos, frente a la capucha que parecía demasiado monástica y primitiva. Pero siempre se luchó por parte de las diócesis para que los gorros eclesiásticos tuvieran una hechura propia y no fueran iguales que los usados por los laicos. Aunque siempre había clérigos a los que les gustaba ponerse gorros que fueran más con la moda civil porque les parecían más elegantes. 

 Misa solemne en el rito dominicano, en el cual los ministros, en lugar de birreta, se cubren la cabeza con la capucha del hábito
(Foto: To God, about God/Latin Mass Society of San Francisco)

Los sombreros eclesiásticos evolucionaron a raíz de dos modelos diversos. Un modelo procedía de las gorras académicas, y de allí surgió la birreta, el birrete o bonete (sobre la birreta, véase lo que en su momento dijimos de ella aquí y aquí). Otro modelo procedía de tipos de sombreros más parecidos a los civiles, y de ahí surgieron diversos tipos de sombreros con ala plana, redonda o rectangular, tales como la teja o saturno y el galero (también había otros, como el tricornio o la gorra). El solideo (véase aquí la entrada respectiva) es la evolución de un gorro que cubría la cabeza desde la frente a la nuca. La función era preservar del frío, como todavía el camauro papal (caído en completo desuso luego de San Juan XXIII, pero rescatado brevemente por Benedicto XVI), pero poco a poco se hizo de él una prenda constante. Al llevarlo en toda estación, con el pasar de las generaciones, se fue haciendo más ligero para que no diera tanto calor, llevándolos de lana en invierno.

 S.S. Benedicto XVI llevando la teja o saturno

 S.S. Benedicto XVI llevando el camauro

La vestidura de abrigo por excelencia era la muceta sobre los hombros, pero si hacía más frío se llevaba la capa. Cuando los abrigos aparecieron, muchos fueron arrinconando la capa. Pero para que el abrigo no fuera igual que el de los laicos, se diseñó de forma que llegara hasta el borde de la sotana, llamándose este abrigo dulleta. Sin embargo, la capa y la dulleta coexistieron. En España, la capa daba una vuelta colocándose sobre el hombro, y podía vestirse sobre la dulleta. Esta capa más larga se designaba con el nombre de manteo, la cual se confecciona con paño fino sin forro, ruedo de circunferencia completa, sin cuello ni gancho, atado con fiador de borlas o cintas de seda, con vistas de seda o satinadas. El ferraiolo, ferraiuolo o ferraiuolone se parece mucho al manteo, aunque no es tan amplio, no lleva fiador sino cintas, y tiene un amplio cuello duro rectangular que se abate sobre la espalda. No encaja exactamente con el uso del manteo español, pues si bien ambos son prendas de etiqueta, el manteo puede vestirse también como prenda de calle.

 Sacerdote español de dulleta

 Sacerdotes españoles de manteo 

Como fuere, en España la esclavina (sobre esta prenda, véase aquí lo que sobre ella dijimos en su momento) era muy común y reemplazaba ventajosamente al manteo durante el tiempo estival. Fuera de España, por el contrario, era poco común. Los franceses llevaban una muceta corta, con botones. En Italia es desconocida, salvo para los clérigos del Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote. En los Estados Unidos se conoce como shoulder cape, más parecida a la esclavina de la zimarra y desde luego sin la amplitud, el largo, el fiador y las vueltas de raso que ennoblecen a la esclavina hispana. Aparte de ser elegante y fresca, cubría las inevitables manchas de transpiración y también ocultaba el bulto que la billetera hacía en el bolsillo del pecho y permitía llevar discretamente al cuello la bolsa con el Santísimo para visitar a los enfermos.

Sacerdote español con esclavina sobre la sotana
En toda esta evolución de los trajes eclesiásticos, la costumbre era que cuando una persona se ordenaba como clérigo, a partir de ese momento, todas sus vestiduras eran clericales. Manifestando de forma externa y visible la consagración total a Dios del propio ser, de la propia vida, de todos los pensamientos y deseos. Por eso, desde la recepción de la orden menor de la tonsura todas las vestiduras debían ser clericales, cambiando incluso la fisonomía del nuevo clérigo. La tonsura era el signo de esta mentalidad. El sacerdote no sólo llevaba ropas sacerdotales, sino que incluso sus cabellos llevaban el signo de la consagración (por ejemplo, se afeitaba la barba y el bigote).

viernes, 22 de septiembre de 2017

50 años de Magnificat: Monseñor Francisco Valdés, nuestra Asociación y la música sagrada

El Venerable Francisco Valdés Subercaseux (1908-1982) nace en el seno de una familia profundamente católica (entre sus hermanos se cuenta Gabriel, destacado político de la Democracia Cristiana chilena). Con 17 años viaja con sus padres a Europa, donde descubre  el llamado de Dios. En Roma ingresa al Pontificio Colegio Pío Latino Americano. En 1929 recibe el grado de Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Gregoriana. Al año siguiente ingresa a la orden de los Hermanos Menores Capuchinos en Baviera, convirtiéndose con su primera profesión de votos (1931) en el primer capuchino chileno. Recibe la formación en Alemania e Italia. Obtiene el grado de doctor en teología y, luego de su profesión religiosa perpetua y solemne el 2 de febrero de 1934, es ordenado sacerdote en Venecia el 17 de marzo del mismo año.

En 1935 es enviado de regreso a Chile como misionero en el Vicariato Apostólico de la Araucanía (actualmente, Diócesis de Villarrica). Fue párroco y misionero en Pucón entre los años 1943 y 1956. Solía recorrer a pie largas distancias por llanos y cordilleras, destacándose por su cercanía con el pueblo mapuche. En 1955 el papa Pío XII crea la Diócesis de Osorno, nombrando a fray Francisco como obispo de ésta, siendo consagrado obispo el 16 de septiembre de 1956 en la iglesia del Sagrado Corazón de Providencia (Santiago). Entre 1962 y 1965 participó en las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II. En 1977 inaugura la nueva Catedral de San Mateo de Osorno, que reemplazó a  la anterior destruida por el terremoto de Valdivia en 1960. 


 Mons. Francisco Valdés Subercaseaux

A los dos meses de celebrar su jubileo de 25 años de episcopado, se le detecta un cáncer incurable. Monseñor Valdés pide pasar sus últimos días con sus hermanos capuchinos en la Araucanía, donde había iniciado su trabajo misionero. Muere el 4 de enero de 1982 en el Hospital San Francisco de Pucón. En el momento de su muerte manifestó: “Ofrezco mi vida por el Papa, por la Iglesia, por la diócesis de Osorno, por los pobres, por la paz entre Chile y Argentina (en aquél tiempo en medio de un conflicto limítrofe), y por el triunfo del amor”. Sus restos reposan en la cripta de la Catedral de Osorno. En 1998 se inició su proceso de beatificación, y con fecha 7 de noviembre de 2014 ha sido declarado Venerable por el Papa Francisco.


Además de su obra como párroco en Pucón, misionero de la Araucanía y Obispo de Osorno, monseñor Valdés realizó una profunda labor en el campo de la música sagrada. Proveniente de una familia de artistas (fuera de la familia Llona Valdés, de la que enseguida se hablará, tenían parentesco político con los hermanos Sylvia y Gastón Soublette Asmusssen), y siendo él un hombre de evidentes cualidades como pintor, dibujante y músico, amante de la Iglesia y de su inmenso y profundo patrimonio musical y artístico, no escatimó esfuerzos en cultivar, enseñar y fomentar la verdadera música sagrada.

Corrían los convulsionados años de la década de 1960. Lamentablemente, la Iglesia no se vio libre de la convulsión mundial al punto que, en un dramático discurso, el beato Pablo VI llegó a decir que el humo de Satanás había entrado en ella. Monseñor Valdés participó en las cuatro etapas del Concilio Vaticano II (1962-1965). Sus más cercanos colaboradores y familiares atestiguan haberlo visto llorar en medio de tanta agitación y confusión. Su espíritu contemplativo, expresión de su amor por la paz y la belleza terrena, reflejo de la Suma Belleza, se estremecía al ver cómo se despojaba a la Iglesia, entre otras cosas, de uno de sus tesoros, bienes, ofrendas y apostolados más grandes: la música sagrada y litúrgica, siendo reemplazada por música popular, a menudo irrespetuosa y siempre inepta para la Santa Misa y otras celebraciones sagradas.

  (Foto: Iglesia.cl)

Su preocupación fue en crecida, hasta que en 1966, siendo presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia, publicó el libro Concilio y música sagrada, compendio de las enseñanzas de la Iglesia en materia de música litúrgica y guía para el correcto desempeño y desarrollo de este ministerio, el que fue prologado por su cuñado, Alfonso Letelier Llona (1912-1994), primer Presidente de nuestra Asociación. Lamentablemente, el prurito de la novedad pudo más y se hizo caso omiso de sus enseñanzas (que no eran otras que las de la Iglesia, reflejadas en los propios textos conciliares y en la contemporénea instrucción Musica Sacra de 1967). El libro nunca más se volvió a editar y ningún otro obispo ha vuelto a emprender algún trabajo similar. Tampoco se ha conocido ningún tipo de directriz o guía en esta materia por parte de la Conferencia Episcopal chilena o de algún obispo en particular, habiendo casi desaparecido la música sagrada de las iglesias. 

La historia de este obispo chileno, que pronto podría ser venerado en los altares, está estrechamente ligada con los orígenes de nuestra Asociación. Corría el año 1966 y nuestra actual Presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau, hacía esfuerzos para conseguir la celebración habitual de una Misa que conservara las antiguas formas litúrgicas de la Iglesia, cuando en ella todo parecía novedad, provocación y creatividad. Pese a los intentos, las primeras aproximaciones resultaron infructuosas. Sin embargo, ese grupo, compuesto entre otros por Carlos José Larraín, Laurence Azaïs y Patricio Garreaud, no se desanimó y comenzó a ensayar la Misa según el Kyriale VIII (conocida popularmente como de Angelis) en la casa del entonces joven historiador que era Julio Retamal. Como Dios no abandona a los que para Él trabajan, los contactos con la familia Valdés Subercaseaux fueron muy fructíferos, pues doña Margarita Valdés (1915-1999), mujer de don Alfonso Letelier, fue un gran apoyo para la naciente agrupación conformada para defender la Misa tradicional en Santiago de Chile (la que por entonces no tenía el nombre que recibió desde 1969) y logró un permiso de parte de su hermano, Monseñor Francisco Valdés, quien estaba encargado de la comisión de música sacra dentro de la Conferencia Episcopal chilena. Desde entonces, nuestra Asociación contó con una autorización oficial para celebrar la Santa Misa con cantos en latín, aunque sin precisión del rito en que ella debía oficiarse. En otro lugar ya hemos contado cómo los celebrantes poco a poco, casi sin darse cuenta, volvieron a cantar la Misa con que por siglos la Iglesia ha renovado el Santo Sacrificio de Cristo. 

Este permiso fue un elemento determinante para conseguir una iglesia y poder celebrar la primera Misa. Tras un recorrido por varios templos de la ciudad buscando uno adecuado, puesto que ya por entonces había comenzado la fiebre iconoclasta en muchos de ellos, nuestra naciente Asociación dio con la iglesia del Monasterio de las Clarisas de la Victoria, llamadas también de Nueva Fundación, en calle Bellavista, casi frente a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, comuna de Recoleta. Fue allí donde se pudo celebrar la Santa Misa el domingo 7 de agosto de 1966. Ese día fue el comienzo de las celebraciones litúrgicas de lo que hoy es Magnificat, siempre abiertas al público. Como hemos narrado en otra ocasiónesa primera Misa fue oficiada por el P. Miguel Contardo S.J, actuando dos hermanos maristas de acólitos, y nuestro grupo vocal de coro. Aquel día en la nave no había más de 10 ó 12 personas, entre los cuales se encontraba la familia Allamand Zavala, incluyendo a Andrés, actual senador por Santiago, que a la sazón era un niño de diez años.

 Monseñor Valdés Subercaseaux (3ero de izq. a der.) en 1956

Como muestra de la especial preocupación por la música litúrgica que tuvo monseñor Valdés, queremos compartir con ustedes lo que el propio obispo dejó dicho respecto de esta materia en sus cartas, reproducidas parcialmente por su hermana Margarita (familiarmente conocida como Maiga) en el libro que le dedicó hace ya más de dos décadas. 

Poco tiempo después de la última etapa del Concilio Vaticano II, monseñor Valdés escribió su libro Concilio y música sagrada. Como era un profundo conocedor de la liturgia y hombre de gran cultura musical, el episcopado nacional lo nombró presidente de la comisión de música sagrada.

Con este libro se propuso iniciar una profunda y definitiva renovación de esta importante rama de culto divino, tan descuidado últimamente en nuestro país, y además sacudir la indiferencia e ignorancia, para que las iglesias chilenas cuidaran sus órganos, instrumentos que yacen, en su mayoría, en lamentable estado de abandono y destrucción.

  (Foto: Para la mayor gloria de Dios)


En carta al presidente de la comisión episcopal de liturgia, monseñor Manuel Larraín, le dice:

“El querer introducir el folklore chileno en la iglesia como música litúrgica, es una innovación que nada tiene que ver con las indicaciones conciliares de la reforma litúrgica. En efecto, allí se habla de la adaptación de las tradiciones populares que se entiende pertenecen al campo religioso, como sucede en los pueblos primitivos. El pueblo chileno tiene formado su sentido religioso con muy distintas fuentes que el folklore popular. Nada hay de tradición indígena religiosa, a no ser las que hay en los santuarios de La Tirana y Andacollo, y alguna que otra muy localizada. Junto con el idioma español se formó en Chile la tradición religiosa traída por los misioneros españoles, que dio forma al alma popular con sus manifestaciones a través de los cánticos populares religiosos, conservados sobre todo en los campos. Son éstos los que había que fomentar, aumentar y corregir. Pero no caer en la lamentable confusión de géneros musicales pretendidos por estos innovadores tan faltos de sentido común y que se creen garantidos por la autoridad de la Iglesia  y dueños del porvenir del culto sagrado.

“No se necesita ser sociólogo ni teólogo para prever que tal clase de pastoral litúrgica, lejos de ser misionera, o de elevar el alma o de llegar a encauzar el culto con la debida seriedad y eficacia, sólo logrará, bajo el brillo fugaz propio del sensacionalismo estéril, desprestigiar a la Iglesia ante los marginados y desintegrar el edificio litúrgico para lo que han vivido en diversos niveles.

“Aunque no pertenezco a ninguna comisión litúrgica, iría contra mi conciencia si dejara de protestar ante este abuso y de advertir el peligro que se insinúa […]

“Estoy totalmente en desacuerdo con dar aprobación a esta clase de creaciones musicales para la Iglesia como estuvo San Pío X contra la música profana introducida en la Iglesia en el siglo pasado, la que prescribió con energía”.

 Encuentro de Mons. Valdés con San Juan Pablo II
(Foto: Iglesia.cl)

En carta a su hermana Maiga, de septiembre de 1963, le dice:

“He recibido una invitación para ir a Colombia, a un encuentro de musicólogos  y dirigentes de música sagrada. No voy a ir porque ya he salido mucho este año, pero van un diácono (que será ordenado sacerdote por el Papa) y un sacerdote de Osorno. Por otra parte, los programas que se han presentado para elaborar insisten en músicas autóctonas, folklóricas y populares como elementos que se han de introducir en la liturgia.

“Esto se debe, naturalmente, a las masas indígenas latinoamericanas, mayoritarias en no pocos países, que han de acercarse a la verdad cristiana por vehículos más fáciles que una forma europea.

“Naturalmente no es el caso de Chile. Les enviaré una carta para explicarles nuestra posición, y un ejemplar de mi libro”.

En otra carta a su hermana Maiga escribe:

“Yo quisiera que me ayudaras,  tal vez en octubre, a dar un pequeño curso de música sagrada en Osorno, para nuestros modestos dirigentes de parroquias y colegios, de carácter diocesano. Ojalá vinieses por dos semanas, y te servirá de descanso y variación”.

El 12 de julio de 1967 escribe a su hermana Maiga:

“A Miguel [Letelierhay que felicitarlo porque su labor está abriendo un camino muy duro y significativo. El hecho de que la Iglesia haya estado llena durante su concierto de órgano es un óptimo auspicio para que se vayan poniendo al día los órganos santiaguinos. Por mi parte mandé publicar en el Boletín Litúrgico unas normas de música sagrada, con la recomendación de enviar alumnos iniciados en música al Conservatorio Nacional.

 Miguel Letelier
(Foto: Radio U. de Chile)

“Iré a Santiago a fines de mes para una reunión episcopal y planificaremos las jornadas de música sagrada de las que te hablé.

“Entretanto estoy juntando la nómina y direcciones de los representantes diocesanos de la música en todo el país, para invitarlos. Pienso hacer estas jornadas en las “Damas Inglesas” (Englische Fräulein) en la Florida”. 

El encuentro se hizo en octubre de ese año, en el convento indicado.

Fueron tres días interesantes y muy provechosos. Se estudió el origen e historia de la música sagrada, desde la música hebrea de la sinagoga, pasando por la música gregoriana, la polifónica y la música barroca de Bach y Händel, hasta nuestros días. Profesores de canto e impostación de la voz demostraron la técnica del canto y la respiración.

El coro del director Waldo Aránguiz [1926-2007] hizo escuchar magníficas versiones de canto gregoriano y polifónico. Monseñor Valdés explicó,  por fin, los decretos del Concilio para la liturgia y la música sagrada.

Dos años más tarde, en vista de que en ese campo se está nadando en contra de la corriente, en enero de 1969 escribe a su hermana Maiga:

“Es lo mejor, y, por ahora, lo único que se puede hacer es preparar gente formada desde el principio. Con lo que ahora anda en boga no hay nada que hacer musicalmente, y la reconstrucción va a ser lenta”.

El 11 de diciembre de 1980 escribe a su cuñado el músico Alfonso Letelier:

“Me vine pensando en la carta circular que te propuse para difundir en ambientes de obispado y superiores religiosos todo lo referente al órgano. Te adjunto los textos pertinentes del Concilio. Tengo esperanza que algo se va a adelantar con una medida como ésta, firmada ojalá por una serie de organistas y por el directorio”.

 (Foto: periodistadigital.com)

Cita los párrafos 112, 114, 116 y 120 de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia

112. La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne.

En efecto, el canto sagrado ha sido ensalzado tanto por la Sagrada Escritura, como por los Santos Padres, los Romanos Pontífices, los cuales, en los últimos tiempos, empezando por San Pío X, han expuesto con mayor precisión la función ministerial de la música sacra en el servicio divino.

La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados. Además, la Iglesia aprueba y admite en el culto divino todas las formas de arte auténtico que estén adornadas de las debidas cualidades.

 Sesión del Concilio Vaticano II
(Foto: Catholic Homeschool Australia)

[...]

114. Consérvese y cultívese con sumo cuidado el tesoro de la música sacra. Foméntense diligentemente las "Scholae cantorum", sobre todo en las iglesias catedrales. Los Obispos y demás pastores de almas procuren cuidadosamente que en cualquier acción sagrada con canto, toda la comunidad de los fieles pueda aportar la participación activa que le corresponde, a tenor de los artículos 28 y 30.

116. La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas.

Los demás géneros de música sacra, y en particular la polifonía, de ninguna manera han de excluirse en la celebración de los oficios divinos, con tal que respondan al espíritu de la acción litúrgica a tenor del artículo 30.

120. Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales.

En el culto divino se pueden admitir otros instrumentos, a juicio y con el consentimiento de la autoridad eclesiástica territorial competente, a tenor de los arts. 22 § 2; 37 y 40, siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles.

Hasta aquí la transcripción de las cartas. Monseñor Valdés vivió consagrado y entregado a la voluntad de Dios sin restricciones. Amó a Dios, a la Iglesia y a sus hermanos más que a sí mismo, hasta el olvido más absoluto de su persona. En su lecho de muerte dijo: “Ofrezco mi vida por el Papa, por la Iglesia, por la diócesis de Osorno, por los pobres, por la paz entre Chile y Argentina y por el triunfo del Amor.” Encomendémonos, pues, a Monseñor Valdés para que siga intercediendo por la Iglesia, especialmente por nuestra Iglesia chilena y por el restablecimiento litúrgico y de la música sagrada. 

Nota de la Redacción: El texto aquí transcrito ha sido tomado de Valdés Subercaseaux, M., Fray Francisco Valdés Subercaseaux. Misionero de la Araucanía y Primer Obispo de Osorno, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1985, pp. 103-105. La biografía inicial es una adaptación abreviada del artículo sobre Mons. Valdés Subercaseaux en la versión castellana de Wikipedia, y las referencias sobre su fuerte vínculo con la música sagrada están tomadas, con adaptaciones, de la entrada dedicada en Música litúrgica con ocasión del centenario de su nacimiento.