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jueves, 17 de mayo de 2018

Liturgia y obviedad

Ofrecemos a continuación a nuestros lectores un nuevo artículo de opinión del Prof. Augusto Merino Medina, en el cual el autor prosigue su reflexión crítica personal acerca de la reforma litúrgica posconciliar, en especial respecto del Novus Ordo Missae.


El autor
(Foto: pantallazo Youtube)

***

La tentación de lo obvio en la liturgia

Augusto Merino Medina

La liturgia reformada tiene sólo cincuenta años de existencia. Si se considera el conjunto de la historia de la Iglesia y la larga extensión de sus períodos de estabilidad litúrgica, parece que se trata de una realidad novísima que, por lo mismo, no ha calado todavía muy hondo. Esto podría traer algún consuelo a quienes consideramos que, más que una “reforma”, lo que se ha hecho con la liturgia católica después del Concilio Vaticano II ha sido deformarla y degradarla de un modo absolutamente inaudito, y que una vuelta atrás, una debida restauración, podría no ser tan difícil, después de todo. Pero vuelve al ánimo la zozobra cuando se piensa que el ritmo de los hechos históricos y de las transformaciones culturales se ha acelerado hoy como nunca antes en la vida humana desde que hay registros. Y ello explica que, en cincuenta años, dicha “reforma” haya penetrado profundamente en los fieles, hasta el punto de que ha pasado a constituir el sentido común litúrgico en nuestros días.

Luchar contra el sentido común es arduo, y aquí revisaremos dos ideas corrientes que, profundamente erradas como son, lo expresan y traducen. Propóngase el tema a cualquier católico, incluso medianamente educado, y se verá qué es lo que le resulta obvio en cada caso.

Veamos, primero, lo relativo al uso del vernáculo. Sería excepcionalmente raro encontrar un asistente a la Misa de Pablo VI que no piense que el uso del idioma vernáculo es una de las mayores ventajas de la “reforma”. Tal uso, sin embargo, resulta ser profundamente inconveniente, hasta el punto de constituir uno de los grandes responsables de la actual ruina litúrgica.

Porque, en efecto, la introducción del vernáculo (que el propio Concilio autorizó sólo excepcionalmente, recomendando la mantención del latín) ha facilitado la extensión de la mayor de las plagas de la “reforma”, la pérdida del sentido de lo sagrado y la secularización de la liturgia. Ambas cosas son columnas angulares del proyecto modernista de destrucción de la liturgia y, con ella, de la fe católica (la efectividad de esta secuencia ya está demostrada con creces en los últimos cincuenta años). Con el pretexto de que el pueblo de Dios debe “comprender” lo que se dice y hace en la liturgia para poder adherir a los sagrados ritos y vivirlos intensamente, se ha tirado por la borda un elemento claramente presente en todas las grandes religiones, el uso de una lengua sagrada, que es uno de los mayores baluartes de la tradición.

Pero el modernismo considera precisamente a la tradición como su mayor enemigo, y por eso apuntó, desde el primer momento, a destruirla de raíz usando un argumento -la comprensibilidad de las palabras- que parece inobjetable. La verdad, por cierto, es que el uso del vernáculo no ha aumentado ni un ápice la “comprensión” de lo que tiene lugar en la liturgia, especialmente en la Misa, sino que, por el contrario, la ha disminuido hasta el punto de que, por lo general, ni clero ni fieles tienen hoy un concepto católico de ella. Es más: para el católico corriente de hoy, el uso del vernáculo es, para usar términos que hoy son casi lo único intocable que va quedando, un “derecho humano” de los fieles. Hemos oído por ahí decir que la celebración de cara al pueblo, para que todos vean todo lo que se hace sobre el altar, y en lengua vernácula, para que nada de lo que se dice quede oculto a nadie, es lo único compatible con la democracia, actual “ídolo del foro”.

 Un obispo auxiliar norteamericano celebra una Misa versus populum en 1970

Como el valor de la democracia resulta ser “obvio” para todo el mundo, el cambio litúrgico ya está sólidamente abrochado para un largo, y aun larguísimo, futuro. Sin embargo, la necesidad más urgente de la corrupta liturgia de Pablo VI, es decir, la recuperación del sentido de lo sagrado, se ve obstaculizada gravemente por este sentido de lo “obvio”. Es esencial recobrar la idea de que la liturgia es culto de adoración que se dirige a Dios y no toda esa serie de cosas que hoy se enseña al pueblo que es: celebración de la fe, fiesta de fraternidad y de caridad, momento semanal de reencuentro con el Señor, etc. etc. Cualquiera de estas finalidades se realiza inmejorablemente en lengua vernácula; pero ninguna de ellas es finalidad esencial de la liturgia.

La segunda idea que pasa por “obvia” entre los católicos actuales (clérigos y laicos) es que la participación “activa” a que aspiraba el Concilio consiste en la realización por los laicos de una serie de actividades y funciones que antes estaban reservadas al clero -cosa que, según la actual irracional valoración de la “inclusión”, parece intolerable-. Tales actividades son todas, naturalmente, exteriores y conllevan gran cantidad de movimientos físicos y desplazamientos, los que imprimen a la celebración litúrgica una “dinámica” que parece ser el desiderátum de los párrocos. Mientras más a voz en cuello se cante, mientras más invadan los laicos el presbiterio -hasta rodear tumultuosamente el altar-, mientras más gente se levante de los bancos para acarrear esto o lo otro, o para hablar en tales o cuales momentos, o para “animar” aquello y lo de más allá, más “participativa” parece la “asamblea”.

Esta actitud olvida del todo, por cierto, que la principal actividad que tiene lugar en la Misa -para ir a lo central-, el principal acto que tiene lugar en ella, no es un acto ni del sacerdote, ni de la asamblea, ni de ente alguno racional humano o angélico. No: es un acto de Nuestro Señor Jesucristo, y no un acto suyo cualquiera, sino el acto supremo de su vida, para el cual tomó carne: el ofrecimiento de su muerte en pago por nuestros pecados. Esa es la actividad de la Misa, ése es el acto primero y primordial. Es un acto de Dios. Pero, ¿y qué pasa entonces con la “asamblea” cantante, aplaudiente y ruidosa? Pues, pasa que lo que le corresponde hacer es asistir a ese acto de Dios del modo más recogido y reverente posible, contemplarlo, adherir espiritualmente a la acción redentora de la cual esa “asamblea” es beneficiaria. O sea, lo que le corresponde “hacer” a la “asamblea” es recibir el beneficio y dar gracias espiritualmente por él. Para lo cual lo que se requiere no es que se mueva en sus asientos o bata palmas, o circule de un lado para otro en el templo, sino que comprenda interiormente -no siempre de un modo racional o discursivo- lo que está teniendo lugar ante ella, realizado no por ella, sino para ella por Él.

La viejecita o el joven que, en tiempos pre-conciliares, seguían la Misa con su misal, lleno de buenas explicaciones, llevaban la “participación activa” a su máximo humanamente posible: era su alma la que se movía, no sus miembros corporales. Ese movimiento espiritual era el movimiento propiamente “humano” más excelso que se puede realizar por un miembro de la especie. Pero, claro, no es un acto “obvio”, no se ve con los ojos, ni se oye con los oídos. ¿Será esta explicación suficiente para que al clero, y en especial a los párrocos, les vuelva el alma al cuerpo y dejen de pensar que el sosiego litúrgico es ausencia, indiferencia, desinterés causado por su falta de celo -supuesto, claro, que hayan recuperado su preconciliar actividad catequística-? ¿Dejarán con esto los sacerdotes de creer que su papel es “presidir” una “asamblea” gesticulante, movediza y clamorosa, y se convencerán de que su papel es, más bien, desaparecer, en calidad de instrumentos racionales, para ser usados, sin el estorbo de sus personalidades e idiosincrasias, por el Señor?

Quisiéramos responder a estas preguntas, con todas las fuerzas de nuestra alma, con un “obvio”. Pero será lo que el Señor quiera, y cuando lo quiera.

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