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viernes, 11 de mayo de 2018

Un cura que desaparece

Compartimos a continuación con nuestros lectores un valioso artículo de un cura párroco barcelonés (de quien previamente habíamos publicado un artículo sobre el enriquecimiento de la vida litúrgica de una parroquia popular), publicado originalmente en el excelente sitio Germinans Germinabit. En él, el sacerdote aboga por el rescate de la figura tradicional del párroco, que puede resumirse en su "presencia habitual, cotidiana y disponible en la parroquia", especialmente en lo que atañe a la vida litúrgica y devocional de ésta y en la disposición para administrar los sacramentos.

Desgraciadamente, hoy en día muchos párrocos mantienen una comprensión errada de lo que significa la participación de los laicos en la vida de la Iglesia, renunciando inexplicablemente a lo propio de su ministerio sacerdotal, delegándolo en toda clase de "ministerios laicales", especialmente en la tan abusada institución de los "ministros extraordinarios de la Eucaristía", que poco tienen de extraordinario en las parroquias de hoy, asumiendo de modo habitual la distribución de la Eucaristía en la Misa parroquial y el encargo de llevar el viático a los enfermos y ancianos. Esta situación sólo se ve agravada por la creciente burocratización de las diócesis, lo que aparta todavía más a muchos párrocos de su tarea primordial, que no es otra que la de estar disponible para el servicio espiritual de su parroquia.


***

Era el tipo de sacerdote que desde el Concilio de Trento (Sesión XXIII de julio de 1563), quiso consolidar la doctrina del sacerdocio católico y extirpar todos los desarreglos, excesos y desviaciones arraigadas a lo largo del Medioevo, queriéndolo extender por toda la Iglesia. El Concilio Vaticano II reiteró la teología del sacerdocio del tridentino, como no podía ser de otra manera, y presentó ante el mundo y la Iglesia contemporánea la grandeza y sublimidad del sacerdocio católico. 

En el orden práctico y desde una mirada simple, a ras de suelo, la primera característica de ese modelo de sacerdocio es la presencia habitual, cotidiana y disponible en su parroquia. Presencia que desde el celo por las almas comienza por su intima unión con el templo parroquial. El sacerdote es el responsable último del decoro, belleza y accesibilidad a su iglesia parroquial. Con especial centralidad, comprende que el Tabernáculo con la reserva eucarística sea el centro devocional de la vida de oración de sus feligreses. Importancia que comparte con el confesionario, estando siempre disponible para ese ministerio, por encima de otra ocupación. Esa importancia sacramental nace de su conciencia de ser el ministro por excelencia del culto. Culto que debe cuidar y engrandecer en la preparación litúrgica de las celebraciones. Es posible que, habiéndose sobredimensionado la colaboración de monitores, lectores, cantores, acólitos, ministros de la comunión, en faltando estos (cosa que ocurre cada vez con más frecuencia), tenga la impresión de que las celebraciones no sean hermosas y cuidadas. 

El sacerdote debe ejercitarse por tanto en el ejercicio subsidiario de estos servicios. Sin cantores, no debe sentirse fuera de lugar: debe ser capaz de entonar y cantar algunos cantos básicos en las celebraciones, al menos en las dominicales (para ello hace falta interés y delicadeza). Tampoco ha de considerar un menoscabo de la solemnidad si él mismo debe hacer las lecturas. Ni debe agobiarse si por ausencia de ministros de la eucaristía, la comunión distribuida por él solo dura más tiempo de lo habitual; o si a falta de monaguillos, debe acomodar a su alcance los objetos litúrgicos que normalmente le acercarían los acólitos bajo otra responsabilidad. 

Si la reforma litúrgica conciliar expresó la necesidad del cuidado de la homilía, ésta debería ser habitual de manera cotidiana (aunque sea una brevísima reflexión) y muy preparada para los días festivos. Es desalentador constatar como muchos sacerdotes sustituyen el esfuerzo de preparación homilética, por la lectura monótona y estereotipada de homilías prefabricadas que aburren hasta a las ovejas y no conectan con la peculiaridad e idiosincrasia de su feligresía. 

En diverso orden debe preocuparse por el acompañamiento y fruto espiritual de los demás sacramentos: velar por la pronta recepción del bautismo de los recién nacidos, por la preparación catequética de los padres y por el celo en animar a los jóvenes a contraer el santo matrimonio, a los niños a hacer la primera Comunión, y a los adolescentes a recibir el sacramento de la Confirmación, previas las respectivas y específicas preparaciones catequéticas.

Ha de tener un celo especial en la visita a los enfermos, que de ningún modo ha de admitir que quede reducida a la que ofrecen las instituciones a regañadientes en los hospitales, servidos habitualmente por capellanes ad hoc; sino que ha de asumir la responsabilidad de visitar en sus domicilios a los enfermos de su parroquia. Se trata de procurar a los impedidos, que ya no pueden acudir a la Misa parroquial, la asistencia espiritual y sacramental necesaria. Y animarles, a una recepción consciente y serena de la unción de enfermos, especialmente a los más graves. 

Y si todo esto es trascendental, cómo no lo será la preparación catequética de los niños y niñas para la primera comunión. Catequistas y formadores (habitualmente, formadoras) de buena doctrina y ejemplaridad cristiana, textos de doctrina recta y correctos para cada edad y tipología infantil. Cuidado personal en iniciarlos en la oración y el trato íntimo con el Señor, en la adoración y la acción de gracias especialmente. Y predicar e insistir sobre la sublimidad del sacramento de la Confirmación, para que cada año sean muchos jóvenes los que lo reciban y les sea de provecho. 

Para todo ello, no debe cesar el sacerdote de poner todos los medios sustanciales y accidentales. Desde ilusionar a los niños y jóvenes con la hermosa tradición de los belenes y las representaciones navideñas, hasta las sesiones de villancicos, pasando por la participación en las celebraciones tanto litúrgicas como populares de Semana Santa y Pascua. En todo ello, el sacerdote a la cabeza. 


Misa en el Camarín de Montserrat

Cuán edificante es ver al párroco presidiendo los Vía Crucis los viernes de Cuaresma por el interior del templo. Y atraer a sus feligreses hacia esa práctica devocional que tanto fruto reporta a las almas. Qué hermoso verle coordinando todos los actos populares de la Semana Santa con entusiasmo y esmero: la procesión de Ramos, el Monumento de Jueves Santo y su Vigilia de Adoración, el Vía Crucis por las calles de su pueblo o barrio. Los actos pascuales… Toda la liturgia del Triduo Pascual, centro y culmen de todas las celebraciones litúrgicas de la Iglesia.

¡Qué importante un sacerdote mariano! Presente (aunque sea salteado: porque ése es un momento excelente para estar en el confesionario) en el rezo comunitario del Rosario, en el mes de María, en las procesiones de la Virgen, en la novena de la Inmaculada de tanta tradición en toda España… 

Qué bello ver a un párroco formar espiritualmente y ocuparse de sus monaguillos: si puede ser, con la colaboración de algún catequista o ex-monaguillo. Salir con ellos de tanto en tanto sea de romería o a ver una peli buena en el cine. Organizar juegos con ellos, atraer a otros chicos hacia el amor al altar y al celo por el culto. Crear una auténtica escuela de monaguillos para darle esplendor al culto. 

Y se me quedan en el tintero decenas de actividades y detalles, de misiones y empeños en los que un sacerdote debe singularizarse. El despacho parroquial, por ejemplo, que muchos convierten en una burocrática oficina administrativa. ¡Cómo agradecen los fieles poder encontrar al párroco allí para intercambiar cuatro palabras con un sacerdote que les conoce y se interesa por sus cosas, alegrías y penas! Un párroco no encerrado en su iglesia y sacristía, en su despacho o en su casa. Un sacerdote que se patee el barrio, que esté dispuesto a recibir a todos, a hablar con todos, a escuchar a todos, sin excepción: son vecinos de su barrio o pueblo. Se debe a ellos: son ovejas aunque no vengan a Misa o ni siquiera sean católicos. 

Qué tristeza me producen las Cáritas parroquiales, tan vivas y auténticas antaño, que van apagándose y desapareciendo en virtud de convenios con Cruz Roja o Ayuntamientos, sin la presencia de las voluntarias parroquiales (¡cuánto valen las mujeres para esto, y qué dispuestas siempre!) y también del párroco que cela, repito cela, por el bienestar de sus hijos e hijas. Porque sí, sus feligreses y todos los vecinos de la jurisdicción parroquial son sus hijos e hijas. Con amor de padre debe quererlos, rezar y sacrificarse por ellos. Y acompañarlos en el tránsito y traspaso a la casa del Padre. Y acompañar a la familia en ese momento, y en las exequias y funerales. Nunca pude imaginar que mis años de capellanía en el Tanatorio de Santa Coloma llegaran a ser tan provechosos para mi experiencia sacerdotal y para las familias. ¡Y ya van veintidós años! 

Pero este modelo de cura está en vías de extinción: parece que ha entrado en vía muerta, porque son más las defunciones que los nacimientos. Y los curas que se están gestando en nuestros seminarios no están siendo preparados para ser el tipo de cura que he descrito, el que ha formado parte de nuestras vidas. Son muy pocos y están siendo preparados para un futuro cuyo parecido con nuestro presente y con nuestra feliz memoria del sacerdote, será puramente accidental. 


 Mn. Francesc M. Espinar Comas

Estos son los pensamientos que me ha inspirado la llegada del Jueves Santo y con él, la renovación íntima y sincera de mis promesas sacerdotales. No quería dejar de compartirlas con todos vosotros, lectores habituales de mis glosas dominicales, de mis artículos litúrgicos y de mis relatos históricos (centrados este año en la egregia figura de Pablo VI, cuya canonización viviremos, Dios mediante, este próximo otoño). Gracias a todos los que de una u otra manera hacéis real y concreto mi ministerio. 



Mn. Francesc M. Espinar Comas

Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

Crédito de las fotos: todas las imágenes acompañan al artículo original.

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