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sábado, 30 de junio de 2018

Clases de Misas papales (III)

Retomamos en esta tercera y última entrada de esta breve serie el examen de los distintos tipos de Misas papales. En las dos primeras hemos hecho un recuento de la situación hasta la reforma litúrgica (véase aquí y aquí); en esta entrada nos dedicamos al período posterior al Concilio Vaticano II, el cual también significó cambios radicales para las liturgias celebradas por el Romano Pontífice.

 El Papa Francisco celebra la Misa del Domingo de Resurrección en la Plaza de San Pedro
(Foto: wbur)

Las liturgias papales luego de la reforma litúrgica posconciliar

El ceremonial completo propio de la Misa papal, descrito en la entrada anterior, dejó de observarse en la primera parte del pontificado de Pablo VI, quien abolió muchos de los ministerios necesarios para la celebración de ésta.

Poco después de su coronación, Pablo VI dejó de usar la tiara papal. Descontinuó asimismo el uso de muchos elementos tradicionales del atuendo papal, incluyendo las pantuflas papales y las quirotecas. Sin embargo, utilizó un tipo distintivo de férula papal plateada, la que luego usaron también sus sucesores. Benedicto XVI también la usó, aunque luego la cambió por otro diseño dorado, con una imagen central del Cordero de Dios. 

 Breve registro fílmico de la curiosa ceremonia de "renuncia a la tiara" de Pablo VI
(Video: Youtube)

En ciertas ocasiones, Juan Pablo II utilizó el fanón, y Benedicto XVI lo llevó con cierta frecuencia. Ocasionalmente se observa también la costumbre de que un diácono grecocatólico cante el Evangelio.

 Benedicto XVI llevando el fanón

El latín se usa para la mayoría de las Misas papales en Roma, pero la lengua vernácula del lugar se ha usado con creciente frecuencia, especialmente en los viajes al extranjero. Sin embargo, Benedicto XVI, en los últimos años de su pontificado, usó siempre el latín para la Plegaria Eucarística en los viajes internacionales, fiel a lo que él mismo había dejado dicho en la Exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007). Durante el reinado del papa Francisco, muchas Misas en la Plaza de San Pedro han sido celebradas parcial o enteramente en italiano. 

En la forma original de la Misa papal, sólo comulgaban el Papa, el diácono y el subdiácono. En las Misas papales modernas muchos comulgan, incluso de manos del Papa, aunque el Francisco no suele distribuir personalmente la comunión.

Se ha vuelto común para el Papa celebrar la Misa en estadios o en otros lugares similares en el extranjero, para así acomodar a una cantidad mayor de personas. También es habitual celebrar algunas Misas en la Plaza de San Pedro, por el mismo motivo, aunque la mayoría tienen lugar al interior de la Basílica. Estas Misas, con participantes provenientes de todos los rincones del orbe, destacan la catolicidad de la Iglesia. Las intenciones de la Oración de los Fieles se suelen formular en varios idiomas, mientras que las invocaciones se cantan en latín. Algunas de las Misas, como la Misa del Gallo en la Basílica de San Pedro o la Vigilia Pascual, son televizadas y transmitidas a todo el mundo.

 Benedicto XVI celebra una Misa en el Yankee Stadium de Nueva York durante una visita a los EE.UU. (2008)

Vista del altar montado para la Misa en el Yankee Stadium
(Foto: The Greedy Pinstripes)

Benedicto XVI revivió de igual modo otras costumbres discontinuadas además de la recuperación de algunas prendas propias del ajuar pontificio. Un ejemplo fue la interpretación del Himno Pontificio con instrumentos de bronce desde la logia del interior de la Basílica de San Pedro, para indicar la llegada del Papa, seguido del canto del himno "Tu es Petrus" por parte del Coro de la Capilla Sixtina, todo lo cual evoca la costumbre de la Guardia Noble de tocar la Sinfonía Silveri con trompetas de plata al ingresar la procesión del cortejo pontificio en la Misa papal. 

Tu es Petrus, de Palestrina
(Video: Youtube) 


Los tipos de Misas papales en la actualidad

En la actualidad los tipos de Misas papales no son muy claros.  Según el sitio Liturgia papal, después de muchos años de observación, se podría concluir que existen dos grandes clases de Misa: las privadas y las públicas. Dentro de las públicas, podrían distinguirse a su vez cuatro tipos: visita pastoral, viaje apostólico, Misa solemne en una basílica papal y capillas papales.

(a) La Misa privada

La Misa privada del Santo Padre es la que celebra cotidianamente en su capilla personal. El papa Francisco la celebra en la capilla de la Casa Santa Marta, donde reside. Se reviste con amito, alba, cíngulo, estola y casulla. Usa asimismo la cruz pectoral y el solideo. Por tanto, no viste mitra, férula, ni palio. Ayuda a la Misa algún sacerdote que concelebra con el, por ejemplo, su secretario particular.

Excepcionalmente celebra estas Misas en otro lugar, como en el altar de la Cátedra de San Pedro (para los parlamentarios italianos en marzo de 2014), o sobre la tumba de san Juan Pablo II, o en la Iglesia del Gesù, en Roma, con los jesuitas. En estas Misas lo puede asistir el maestro de ceremonias pontificias, pero viste sotana negra con sobrepelliz y no la violeta.

 Misa en la capilla de Santa Marta, residencia habitual de Francisco
(Foto: Liturgia Papal)

(b) La Misa de visita pastoral

Así se denomina la visita a una parroquia romana o a una diócesis italiana. En estos casos, el Papa sólo es asistido por el maestro de celebraciones litúrgicas, quien viste con la sotana violeta y la sobrepelliz. El Santo Padre viste con amito, alba, cíngulo, estola, casulla, palio, mitra, y cruz pectoral, y usa la férula. El papa Francisco usa su anillo episcopal de plata.

En las parroquias romanas, el primer concelebrante es el Vicario para la Diócesis de Roma, y concelebra el párroco; el servicio al altar corre a cargo de los monaguillos de la parroquia. En las diócesis italianas, el primer concelebrante es el obispo visitado, y el servicio al altar corre a cargo de seminaristas de la diócesis visitada.

 Visita de Francisco a la diócesis de Génova
(Foto: L'Osservatore Romano)

(c) La Misa de viaje apostólico

Con este nombre se designa a los viajes fuera de Italia. En estos casos, el Papa celebra asistido por dos ceremonieros pontificios (el maestro de celebraciones y otro), y un tercer ceremoniero supervisa los demás aspectos de la celebración. Todos los ceremonieros visten con la sotana violeta y la sobrepelliz. El Santo Padre  viste con amito, alba, cíngulo, estola, casulla, palio, mitra, y cruz pectoral, y usa la férula. El papa Francisco usa su anillo episcopal de plata.

Estas Misas se celebran en algún templo o, por lo general, en una explanada, plaza, aeropuerto o en un campo grande, con el objeto de que muchos fieles puedan asistir. En estos casos, se construye un presbiterio para la ocasión. 

El obispo visitado es el primer concelebrante. Si es arquidiócesis, el presidente de la conferencia de obispos es el segundo concelebrante; y si es diócesis, el metropolitano de la provincia es el segundo concelebrante. El servicio al altar corre a cargo de seminaristas de la diócesis visitada.

 Misa en la Basílica de Guadalupe, México
(Foto: L'Osservatore Romano)

(d) Las Misas solemnes en basílica papal

Son aquéllas que en determinadas ocasiones celebra el Papa con determinados grupos de fieles (Fiesta de la Presentación del Señor, Apertura del Congreso de Caritas). El papa celebra en italiano. Lo asisten todos los ceremonieros pontificios vestidos con sotana violeta y sobrepelliz. Se utilizan dos ceroferarios. El coro de la Capilla Sixtina canta. La cruz del altar y los candelabros son plateados. El altar no se viste con frontal. El Santo Padre viste con amito, alba, cíngulo, estola, casulla, palio, mitra, y cruz pectoral, y usa la férula. El papa Francisco usa su anillo episcopal de plata.

El primer concelebrante se determina por el tipo de celebración. Por ejemplo, en la Fiesta de la Presentación del Señor, que se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, el primer concelebrante es el Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. El servicio al altar corre se turna entre los distintos seminarios que están en Roma.

 Basílica de San Pedro
(Foto: L'Osservatore Romano)

(e) Las Capillas papales

Son aquéllas que el Papa celebra en las más grandes solemnidades del año litúrgico como Navidad, Semana Santa, Pascua, y en las canonizaciones. Generalmente son en la Basílica de San Pedro. El Romano Pontífice celebra en latín. Lo asisten todos los ceremonieros pontificios vestidos con sotana violeta y sobrepelliz. Se utilizan siete ceroferarios. El coro de la Capilla Sixtina canta y hay acompañamiento instrumental para algunas partes. La cruz del altar y los candelabros son dorados. El altar se viste con frontal. El Santo Padre viste con amito, alba, cíngulo, estola, casulla, palio, mitra, y cruz pectoral, y usa la férula. El papa Francisco usa el anillo del pescador.

En algunas ocasiones, el Papa celebra sin concelebrantes. Cuando hay concelebrantes, los primeros se determinan por el orden de precedencia en el Colegio Cardenalicio. El servicio al altar corre se turna entre los distintos seminarios que están en Roma. 

 Basílica de San Pedro
(Foto: L'Osservatore Romano)


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Nota de la Redacción: El copyright de las fotografías y grabaciones contenidas en esta entrada le corresponden a sus legítimos titulares, y se reproducen aquí con fines meramente ilustrativos y educacionales.

miércoles, 27 de junio de 2018

Una comparación entre tres liturgias: tradicional, reformada y bizantina

Les ofrecemos hoy un espléndido artículo del Prof. Peter Kwasniewski sobre tres liturgias de la Iglesia: la romana tradicional, la reformada (Novus Ordo) y la bizantina. El título ya es indiciario del contenido: dos son hermanas y otra es ajena a la fuente común de la cual las otras dos provienen. 

El artículo fue publicado originalmente en el sitio New Liturgical Movement y el autor nos honró enviándolo para su publicación en traducción en nuestro sitio. Por haber sido publicado previamente en castellano por Adelante la Fe, se ha tomado la traducción de ese sitio, al cual expresamos nuestro agradecimiento. La traducción ha sido revisada y corregida por la Redacción teniendo a la vista el original inglés. Las dos notas finales (aquí llamadas, respectivamente, postscriptum y, al igual que lo hace el autor, "otra nota") no fueron incluidas en la traducción ya existente, por lo que ha sido hechas directamente por la Redacción. Las fotografías están tomadas del artículo original en New Liturgical Movement.


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La liturgia bizantina, la Misa tradicional y el Novus Ordo: dos hermanas y un extraño

Peter Kwasniewski

Para mí, y yo diría que para la mayoría de los tradicionalistas, resulta obvio que la Divina Liturgia bizantina y la Misa tradicional romana están estrechamente emparentadas y que el Novus Ordo se aparta del legado común de ambas.
Pero de vez en cuando uno se encuentra con un católico bizantino quien, confundido por las similitudes entre la liturgia bizantina y el Novus Ordo (por ejemplo, que ambas se celebran generalmente en lengua vernácula rezada en voz alta) y por las evidentes diferencias entre la liturgia bizantina y el rito romano tradicional (mucho más silencio en este último que en la primera, y que los fieles parecen cumplir una función más "activa" en una que en el otro), sostiene que hay más afinidad entre la liturgia bizantina y el Novus Ordo. Por eso, cuando aquel tiene que elegir, prefiere el usus recentior romano al usus antiquor. Es más, los protagonistas y defensores de la reforma litúrgica suelen afirmar que admiran la tradición oriental, y les gusta señalar las muchas características aparentemente "orientales" de la nueva liturgia romana.
Ahora bien, de ser es cierto que la liturgia bizantina y la liturgia latina tradicional tienen mucho más en común la una con la otra que con el Novus Ordo, debería ser posible indicar con precisión cuáles son esos rasgos comunes. Sugiero verlo en los siguientes principios. Empezaré por enumerarlos, y seguidamente los desarrollaré: (i) el principio de tradición; (ii) el principio del misterio; (iii) el principio de lenguaje elevado; (iv) el principio de integridad o estabilidad ritual; (v) el principio de densidad; (vi) el principio de suficiente y reiterada preparación; (vii) el principio de veracidad; (viii) el principio de jerarquía; (ix) el principio de paralelismo; (x) el principio de separación.

1. El principio de tradición. 

Ambas liturgias son fruto del desarrollo orgánico de un antiguo núcleo de origen apostólico transmitido a lo largo de siglos de fe viva. A pesar de que tal o cual rito se atribuya a un santo célebre, como puede ser San Juan Crisóstomo o San Basilio, lo cierto es que cada uno de ellos es fruto de muchos autores cuyo nombre desconocemos. Ninguna forma de la liturgia bizantina o romana clásica es obra de una comisión de expertos de vanguardia desconectados del pueblo fiel y prisioneros de teorías populares hace mucho tiempo desmontadas. Esto lo podríamos llamar principio de tradición, de recibir algo que se ha transmitido. En resumidas cuentas: no es que un rito determinado sea bueno porque la autoridad eclesiástica así lo considere; al contrario, la Iglesia sabe que es bueno porque lo ha heredado. Así se corta de raíz ese extraño ultramontanismo occidental, que cree que la liturgia no es otra cosa que lo que ha sido promulgado por la autoridad pontificia. Como si la liturgia fuera una arcilla infinitamente moldeable cuya forma quedara en manos del capricho del artesano. Antes de Pablo VI, la autoridad pontificia promulgaba lo que ya se conocía y amaba como tradicional en la Iglesia latina[1].

2. El principio de misterio. 

Ambos ritos manifiestan un principio de misterio: la liturgia es visiblemente sagrada, una obra y una maravilla que realiza Dios en medio de nosotros, permitiéndose al hombre que participe con temor y temblor. La liturgia tradicional es una especie de nube en la que habita Dios, y a la que Moisés se atreve a acercarse. Uno no se siente como si estuviera asistiendo a una reunión de una junta directiva con su orden del día, donde se lee una serie de textos y se distribuye determinadas tareas. Nos postramos sobre suelo sagrado ante la zarza ardiente en que Dios se revela a Sí mismo.

3. El principio de lenguaje elevado. 

Las oraciones y lecturas de los ritos tradicionales de Oriente y Occidente son entonadas por cantores, diáconos, subdiáconos y coros, o rezadas en voz baja en el presbiterio por el sacerdote; jamás se recitan como quien lee las noticias en la televisión ni como cuando los niños recitan todos a la vez una lección en voz alta en clase. En parte, se hace en un lenguaje que podríamos llamar "elevado". En Oriente se hace con exquisitas composiciones poéticas; en Occidente, con venerables expresiones latinas. De hecho, el latín es, adecuadamente y sin ninguna duda, la lengua de la Iglesia Católica Romana tanto como lo son las vernáculas en las orientales [nota del autor: Algunos lectores hacen una excepción a mi aseveración de que los idiomas de lo ritos orientales debiesen ser llamados "vernáculos" sin más. Véase el postscriptum que sigue a este artículo]. Algo que ha subsistido en Occidente desde hace 1600 años no es casual, sino un principio constitutivo, como declaró nada menos que San Juan XXIII en su constitución apostólica Veterum sapientia, firmada en 1962 sobre el altar de San Pedro. Quienes asisten al usus antiquor conocen de sobra la gran eficacia que tiene en los fieles el empleo ceremonial de una lengua arcaica que con el paso del tiempo ha ido adquiriendo fuerza espiritual. El solo hecho de que dicha lengua esté especialmente diferenciada, se podría decir que consagrada para el culto público de Dios, representa de modo objetivo y efectúa subjetivamente esa separación de lo sagrado y lo profano que constituye el centro de toda religión expiatoria.





4. El principio de integridad ritual. 

Tanto en la Divina Liturgia como en la Misa tradicional, todo celebración está determinado y existe un conjunto plenamente articulado de ritos que el clero y los fieles cumplen con humilde obediencia. Las oraciones, antífonas, lecturas, gestos y cantos están prescritos y fijados. Y, ante todo, la oración más sagrada, la anáfora, es inmutable (en Occidente) o depende del calendario litúrgico (en Oriente). De ese modo, las preferencias personales del celebrante nunca influyen en lo que tiene lugar sobre el altar. A este también lo podríamos llamar principio de estabilidad, dado que la integridad del rito proporciona indefectiblemente al clero y al pueblo una base firme e inamovible que les sirve de cimiento para edificar su vida espiritual.

5. El principio de densidad. 

La liturgia tradicional romana, así como la bizantina tradicional, están repletas de contenido dogmático, moral, ascético y místico. Las oraciones son compactas, de una gran riqueza teológica. Son como un tapiz poético tejido con las Escrituras y con expresiones devotas. En comparación, el Novus Ordo destaca por su pobreza. Pensemos en los diversos tropario de la tradición bizantina, o en la riqueza de antífonas de los propios del rito romano, así como las colectas, secretas y postcomuniones, casi ninguna de las cuales ha sobrevivido a las amputaciones del acerado bisturí del Consilium[2].

6. Principio de preparación. 

Estrechamente relacionado con lo anterior está el principio de suficiente y reiterada preparación. Tanto en Oriente como en Occidente, el celebrante y sus acólitos se preparan minuciosamente para su labor antes de celebrar el rito, ya sea preparando las ofrendas en la credencia con abundantes oraciones, o recitando ante el presbiterio el Salmo 42, el Confíteor y las preces al pie del altar. Nadie se espera que salgan como si ni tal cosa de la sacristía y se dirijan tan frescamente al altar como quien va a un convite benéfico.
Catherine Pickstock ha señalado acertadamente que, en toda liturgia auténtica, la repetición de oraciones es deliberada y reviste una inmensa importancia espiritual. En el rito bizantino es frecuente que el celebrante rece en silencio de principio a fin cada vez que tiene que dar un nuevo y maravilloso paso para adentrarse en los misterios de Cristo. La liturgia romana auténtica es igual, con su rico ofertorio, las tres oraciones de preparación para la comunión, el lavabo, el Pláceat y el Último Evangelio. Conocida es la cantidad de repeticiones que se da oraciones de la Divina Liturgia y del usus antiquor romano. En la primera, las letanías de "Señor, ten piedad" o "Escúchanos, Señor"; en la segunda, las nueve invocaciones del Kyrie, las tres veces que se reza el Confíteor, el triple "Domine, non sum dignus" (repetido dos veces, para distinguir la comunión del sacerdote de la de los fieles)[3].

7. El principio de veracidad. 

La totalidad del mensaje evangélico está presente en los leccionarios tradicionales, tanto las partes difíciles como las más fáciles. En el Novus Ordo, como se sabe, las Escrituras han sido extensamente censuradas de conformidad con los prejuicios modernos[4], En un sentido más amplio, la lex orandi tradicional contiene y transmite con vigor apostólico la plena lex credendi de la Iglesia Católica; no se corta nada para no herir sensibilidades o susceptibilidades contemporáneas. Para poner un ejemplo entre muchos, la condenación de Judas y la gran posibilidad de que cualquiera de nosotros termine en el Infierno, se enseñan sin tapujos, y se utilizan ampliamente los salmos imprecatorios dirigidos contra nuestros enemigos espirituales. Todo esto ha sido eliminado o cercenado a fondo en el Novus Ordo[5]. En este sentido, el rito no cumple su misión de transmitir en su plenitud la Fe tal como aparece en las Escrituras, los Padres, los Concilios y los Doctores de la Iglesia. Fracasa en su cometido como lex orandi de la Iglesia ortodoxa.
De hecho, en las liturgias tradicionales se ven y oyen claramente muchas doctrinas de la Fe, mientras que en el contexto de la liturgia romana reformada es necesario estudiarlas y aceptarlas ciegamente, ya que el rito en sí no las hace tan evidentes. A modo de ejemplo, pensemos en la veneración debida a los santos, o en el culto de latría que se debe al Santísimo Sacramento. Quien asista al rito bizantino o al rito romano tradicional tendrá una experiencia visceral del culto que se debe rendir a los santos y la adoración debida a la Eucaristía. En cambio, el Novus Ordo ha reducido a su mínima expresión la centralidad de los santos[6] y las muestras de reverencia que se deben hacer ante los tremendos misterios de Cristo.





8. El principio de jerarquía. 

Este principio se hace patente en la clara distinción entre el cometido del sacerdote, el diácono, el subdiácono, el acólito, el cantor, etcétera. Esta diversidad de funciones que no admite intercambio queda burdamente confusa y diluida en el Novus Ordo, con sus laxas regulaciones sobre las funciones de los laicos en el presbiterio. Ni el rito bizantino ni la auténtica liturgia romana permiten que seglares no revestidos de ornamentos sagrados accedan   caprichosamente  al presbiterio y realicen funciones propias del clero, y menos que toquen con sus manos la Sagrada Eucaristía. Todo lo contrario: la identidad del sacerdote como mediador entre Dios y los hombres se respetan totalmente y se manifiestan en acción. Y la identidad de los laicos en tanto que asisten activamente al Sacrificio es de igual modo respetada y se manifiesta en la acción.
La liturgia encarna verdaderamente la eclesiología, no es una alternativa imaginaria. En el Novus Ordo sería imposible entender de forma coherente y congruente la naturaleza jerárquica del Cuerpo Místico de Cristo, mientras que en la Divina Liturgia o en la Misa tradicional resulta muy fácil. La participación, por consiguiente, se entiende de un modo fundamentalmente diferente en los ritos tradicionales y en el nuevo rito romano. La perspectiva correcta es que la participación debe ajustarse a las diversas funciones que cumplen las distintas partes del cuerpo, lo cual debe ser visible en la vestimenta, comportamiento, ubicación y tareas asignadas –y no asignadas– a quienes participan de la liturgia.

9. El principio de paralelismo. 

Este principio que se corresponde con el de jerarquía. En todo rito auténtico oriental u occidental, se observa que se dan varias acciones simultáneamente (o, dicho de modo más técnico, hay una "liturgia paralela"). El diácono se dirige a los fieles rezando una letanía mientras el celebrante recita sus oraciones propias; los fieles cantan el Sanctus mientras el sacerdote ya ha comenzado el Canon. Quienes asisten al rito bizantino o al rito latino tradicional llegan a ver la liturgia como un conjunto de acciones individuales superpuestas que convergen en una objetivo común. Desde luego, se puede decir que no es una secuencia lógica de actos separados en que sólo suceda una cosa a la vez, en que solamente se permita una acción de cada vez (como sería en una liturgia secuencia o modular, ejemplificada en el Novus Ordo)[8].

10. Principio de separación. 

Toda liturgia cristiana auténtica mantiene la teología inscrita en la arquitectura del templo de la Antigua Alianza y hace uso de ella, teología que, como enseña la Epístola a los Hebreos, se sintetiza en Cristo y se simboliza eternamente en nuestro Sacrificio Eucarístico. En Oriente, la separación del santuario de la nave es más evidente por la presencia del iconostasio, que sólo pueden traspasar determinados clérigos. En Occidente, los cortinajes fueron sustituidos por el coro alto, que en casi todas partes se redujo hasta quedar reducido al comulgatorio. En todo caso, el presbiterio estaba separado, elevado e inaccesible a los laicos. Es más, en la liturgia occidental el iconostasio visual ha dado paso a una especie de iconostasio sonoro en que el uso del latín alterna con momentos de silencio. Tanto el lenguaje hierático como el silencio envolvente cubren con un velo el santuario protegiendo a los sagrados misterios de la profanación que supondría un trato indebido de los mismos. Así pues, los ritos oriental y occidental "cubren de nuestros ojos la Presencia de Dios", cada uno a su manera, y lo hacen de un modo muy logrado, dirigiendo eficazmente la atención de los fieles a la gloria oculta de Dios.




Aparte de estos principios, que manifiestan claramente la naturaleza misma del culto divino, hay innumerables factores que no son necesariamente característicos del Novus Ordo y acompañan al 99% de sus ejemplificaciones, como la postura del celebrante versus populum. Al cabo de cincuenta años de que los sacerdotes den la cara a los fieles siempre y en casi todas partes, con reprimendas pontificias a quienes osen pensar de otro modo, ni los más ardorosos propulsores de la reforma de la reforma no pueden sostener que la postura versus populum no es típica del Novus Ordo en la intención de quienes lo diseñaron, quienes llevaron a la práctica y quienes lo ponen por obra.
El siguiente gráfico sintetiza nuestras conclusiones [Nota de la Redacción: pinchar en el enlace para visualizarlo]:
Comparado con el Novus Ordo, el rito bizantino parece un rey al lado de un mendigo, un Rembrandt junto a una caricatura, un banquete al lado de una hambruna. Mientras que si se lo compara el rito bizantino con el rito romano tradicional en todo la complejidad de su esplendor y su reglada solemnidad, ambos quedan equiparados. Cometeríamos una injusticia con la obra del Espíritu Santo en la Iglesia latina si llamáramos a la liturgia bizantina el patrón de oro para medir, cuando el rito romano en toda su plenitud –por desgracia, ¡tan raramente visto por los católicos romanos!– no le va en modo alguno a la zaga. Al contrario, es el Novus Ordo el que debe ser expulsado, porque no tiene derecho a ocupar un puesto a la mesa real de los auténticos ritos litúrgicos.
Si alguien objeta alegando que es posible celebrar el Novus Ordo de tal manera que no se pierda la continuidad con la tradición romana anterior (y por tanto, de una manera que se diferencie de la Divina Liturgia), daré una refutación muy sencilla: algunos de los diez principios arriba enumerados son totalmente ajenos al Novus Ordo –y esto es intencional (yo contaría al menos los números 1, 4, 5, 6, 7 y 9); el resto (2, 3, 8 y 10) podrían tal vez incluirse en algunos casos–; o también podrían no incluirse, dependiendo del celebrante. Esto ya demuestra de por sí el carácter hondamente anti-tradicional del Novus Ordo, que para ser coherente con la Tradición depende de las decisiones del celebrante y no del hecho de adherirse a una regla fija[9]. Así pues, el Novus Ordo podría celebrarse de una forma cuasi-tradicional, mientras que los ritos bizantino y tridentino deben celebrarse necesariamente al modo tradicional. En ellos no hay posibilidad de escoger[10].
Basta esta diferencia para ver el abismo casi insalvable que separa el rito romano actual de cualquier rito histórico de la Cristiandad, sea oriental o latino. La falta de densidad doctrinal, moral, ceremonial y en las rúbricas, su estructura modular-lineal-racionalista y su "opcionitis" lo distancian en esencia del ámbito de la cultura sacra que comparten el usus antiquor romano y la Divina Liturgia bizantina. Se podrían aplicar las palabras de Abrahán en la parábola: "Entre nosotros y vosotros un gran abismo ha sido establecido, de suerte que los que quisiesen pasar de aquí a vosotros no podrían" (Lc. 16,26).
Lo verdaderamente sorprendente, en vista de lo anterior, es cuántos católicos de rito bizantino y supuestos expertos en liturgia –el más destacado de ellos Robert Taft, SJ– son partidarios del rito romano reformado y pasan por alto las monumentales discrepancias y contradicciones que hay entre sus principios de composición y ejecución y los que son comunes a los ritos bizantino y latino tradicionales, como acabo de demostrar. No es exagerado decir que la liturgia de Pablo VI, tanto en conjunto como en sus detalles, es una deformación del rito latino que no se puede catalogar entre los ritos católicos auténticos que han existido a lo largo de la historia. Si los católicos bizantinos prefieren en Novus Ordo en razón de características secundarias o terciarias, mientras pasan por alto, toleran o incluso aprueban al parecer sus desviaciones de los principios fundamentales de la liturgia clásica, ello revela una profunda inconsistencia.




No es una mera especulación. Como sabemos, los liturgistas llevan décadas hablando de cómo se podrían reformar los ritos católicos orientales para ajustarlos a la declaración Sacrosanctum Concilium y a los proyectos de Bugnini, con su ideología propia de la Bauhaus. La combinación de un prejuicio favorable al pluralismo cultural, el conservadurismo constitutivo de Oriente y la falta de una autoridad central capaz de imponer transformaciones litúrgicas de proporciones descomunales ha salvado hasta ahora a los ritos orientales de los peores excesos de la reforma litúrgica. Pero esta frágil paz puede no ser eterna, sobre todo si las autoridades eclesiásticas siguen haciendo gala de la arrogancia y la miopía que las aquejan desde hace una cincuentena de años. Por lo tanto, es preciso que todo cristiano oriental y todo simpatizante de la Iglesia romana sea consciente de los errores que desembocaron en el rito de Pablo VI y lo impregna, y que se oponga a toda reducción, concesión o novedad en su vida litúrgica.
Volviendo a lo que decíamos al principio, a los católicos bizantinos que aprecien su tradición litúrgica les vendrá bien el contacto con la tradición litúrgica latina preservada y transmitida en el usus antiquor y –precisamente por a lo que es común a Oriente y Occidente– evitar la nueva liturgia romana con su mezcla de arqueologismo incoherente y novedades modernistas, su disonancia cognitiva y su ruptura con la tradición cristiana. No es otra cosa que una ratificación de la tradición griega y la latina que contradice verdades dogmáticas y morales milenarias que la liturgia siempre ha manifestado e inculcado a los fieles.
Para concluir, cito estas palabras de Martin Mosebach: "Todo empeño en pro del ecumenismo, por muy necesario que sea, no debe comenzar por aparatosos encuentros con jerarcas de Oriente, sino por la restauración de la liturgia latina, que representa la verdadera relación entre las iglesias latina y griega"[11].
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[1] En su libro The Banished Heart, Geoffrey Hull expone que el problema de la intromisión pontificia en la liturgia viene de muchos siglos atrás. Con todo, reconoce el abismo que media entre los papas anteriores a Pablo VI y la monstruosa ruptura introducida por Montini. Hay diferencia de especie, no de grado. Conozco a un filósofo católico que sostiene que lo único que hace válido un rito de Misa es que lo haya aprobado el Papa, y que si el Sumo Pontífice quisiera vaciar de todo contenido el rito sustituyéndolo por algo muy diferente seguiría siendo un rito católico auténtico en tanto que contuviese las palabras de la consagración.
[2] Carl Olson ha hecho esta observación: "Después de veinte años de asistir a una parroquia bizantina, encuentro interesante que, si bien en los ritos orientales no hay un silencio como en la Misa latina –de hecho, en la liturgia bizantina hay muy poco silencio–, las más profundas similaridades están en la reverencia, la trascendencia y la riqueza teológica. Francamente, muchas de las oraciones de la Misa del Novus Ordo me sacan de quicio. Dicho de otro modo, la Divina Liturgia y la Misa latina hablan al intelecto, al corazón y los sentidos de unas maneras profundas y misteriosas, que aunque hasta cierto punto sean subjetivas, están al servicio de la verdad objetiva y de la realidad divina".
[3] Soy plenamente consciente de que estas oraciones se han ido acumulando a lo largo de los tiempos, y así, por ejemplo, el Último Evangelio es un añadido relativamente tardío. Pero todos los añadidos se hicieron por una buena razón; tuvieron lugar bajo la suave influencia del Espíritu Santo. Suprimirlos después de haber sido agregados debidamente y sin romper la armonía, y de que han sido parte constante del rito durante siglos, no es otra cosa que el repudio de su contenido teológico y su función litúrgica. Sacrosanctum Concilium yerra por tanto al afirmar que la liturgia contiene "repeticiones inútiles" que deben expurgarse. En realidad, todo el que participe en actitud de oración de las repeticiones de la liturgia tradicional entiende su finalidad, la cual jamás supuso la menor dificultad para los cristianos hasta las presunciones estrechamente racionalistas y utilitarias de los tiempos modernos.
[4] Mi artículo A Tale of Two Lectionaries: Qualitative versus Quantitative Measures da más detalles de este inquietante aspecto del leccionario corregido.
[5] Con respecto a Judas, veáse mi artículo Malditas mentiras: el destino de Judas Iscariote; con relación a los Salmos, véase The Omission of ‘Difficult’ Psalms and the Spreading-thin of the Psalter.
[6] El Canon romano, al igual que la anáfora de la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, menciona una larga serie de santos. Las anáforas modernas cercenan drásticamente el homenaje e invocación a dichos santos.
[7] No obstante, en Sacrosanctum Concilium la participación adquiere un carácter ideológico, porque se la exalta por encima de los demás principios, lo cual lleva inevitablemente a crear distorsiones y suscitar confusión: "Al reformar y fomentar la sagrada liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación" (núm. 14). Confróntese con esta afirmación de San Pío X en Tra le sollecitudine: "Lo primero es proveer a la santidad y dignidad del templo". Tal vez, mejor que hablar de participación, debería hablarse de asistencia: todo miembro del cuerpo asiste a la liturgia, cada uno en el puesto que le corresponde. Tener un lugar asignado es una categoría más básica que actuar, del mismo modo que nuestra incorporación a Cristo en el bautismo es más esencial para nuestra identidad que cualquier acto que realicemos.
[8] En el Novus Ordo son muy pocos los momentos en que el sacerdote puede estar haciendo una cosa mientras los fieles o el coro hacen otra: en la oración previa al Evangelio, durante el Aleluya, en el Ofertorio, mientras se canta, o la fracción de la Hostia mientras se reza el Agnus Dei. El número de esos momentos se ha reducido enormemente y se los ha vaciado de contenido eucológico.
[9] Siempre se rompe la soga por lo más delgado, y así también, una liturgia que deja espacio a una diversidad de opciones es tan mala como la peor de dichas opciones. El criterio para juzgarla no debe ser qué pasaría si se tomasen muchas decisiones que difícilmente serían acertadas, sino qué suele pasar cuando se toman decisiones habituales.
[10] Esto no quiere decir, desde luego, que el rito romano tradicional se celebrará siempre de un modo edificante o estéticamente adecuado. Pero es que esto tampoco se puede garantizar en ningún rito, porque seguirá dependiendo de la variedad y fragilidad de los seres humanos. Me refiero, por el contrario, a las reglas y costumbres que gobiernan las ceremonias como tales.
[11] Tomado de la nueva edición corregida y ampliada de The Heresy of Formlessness, (Angelico Press, 2018, de próxima aparición), pág. 187. En otro lugar del mismo libro, Mosebach afirma: "Es un rasgo característico de este siglo que, mientras se descargaba el hacha sobre el tierno árbol de la liturgia se estaban formulando los comentarios más clarividentes sobre la liturgia, aunque no en la Iglesia católica romana sino en la bizantina. Por un lado, un Papa se atrevió a interferir en la liturgia. Por otro, la Iglesia ortodoxa, separada del Papa por el cisma, mantuvo la liturgia y la teología de la liturgia en medio de las más terribles pruebas que soportó este siglo. El católico que se niega a aceptar las conclusiones simplistas de los suspicaces se desconcierta con estas cosas. Se siente uno tentado a hablar de un misterio trágico, aunque la palabra trágico no encaja en un contexto cristiano. La Misa de San Gregorio Magno, la liturgia tradicional latina, se asocia ahora a los católicos extremistas, mientras la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo está viva y en todo su esplendor en el corazón mismo de la Iglesia ortodoxa. La idea de que tengamos algo que aprender de los ortodoxos no goza de mucha popularidad. Pero tenemos que acostumbrarnos a estudiar –y digo estudiar a fondo– lo que cree la Iglesia bizantina de las imágenes sagradas y la liturgia. Esto tiene la misma validez para el rito latino; es más, se podría decir que sólo podremos conocer el rito romano en la plenitud de su realidad impregnada por el Espíritu si lo miramos desde la perspectiva de Oriente" (57).




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Postscriptum: Acerca de las lenguas vernáculas en Oriente

Peter Kwasniewski

Movido por los comentarios a este artículo [nota de la Redacción: el autor se refiere a los formulados en el original publicado en New Liturgical Movement], ahora me estoy cuestionando la precisión de mi afirmación acerca de que el uso de la lengua vernácula es una característica tanto de los ritos orientales de la forma misma manera en que lo es en el Novus Ordo, en su vasto número de traducciones a lenguas contemporáneas. Es verdad que, en muchas esferas lingüísticas, el  vernáculo se usa para celebrar en dichos ritos (por ejemplo, cuando la Divina Liturgia es oficiada en inglés, como ocurre en todo Estados Unidos), pero existen demasiadas excepciones. 

  • Las iglesias/patriarcados de habla griega utilizan el griego litúrgico, no el vernáculo. Algunos patriarcados utilizan el árabe y otros en conjunto con el griego.
  • Las iglesias ortodoxas eslavas han usado siempre y exclusivamente el antiguo eslavo eclesiástico. Recientemente, los modernistas orientales han podido introducir el vernáculo, pero no en todos lados. Los rusos sólo usan el eslavo. Aunque los serbios, búlgaros, macedonios, bielorrusos y ucranianos utilizan bastante el vernáculo, el eslavo se sigue utilizando.
  • La Iglesia Ortodoxa rumana utilizó el eslavo eclesiástico y el griego litúrgico del siglo X al siglo XVII, cuando fue reemplazado por el rumano (el cual fue influido por el eslavo eclesiástico, haciéndolo bastante no vernáculo).
  • La Iglesia Ortodoxa georgiana usa el antiguo georgiano literario como lengua litúrgica.
  • Los ortodoxos coptos usan la lengua copta literaria como lenguaje litúrgico. Aun cuando su uso ha disminuido durante el largo dominio musulmán (reemplazándolo por el árabe), aún permanece vivo y se está re introduciendo.
  • Los ortodoxos etíopes utilizan el ge'ez como lengua litúrgica, no uno de los muchos vernáculos.
  • Los ortodoxos sirios utilizan el sirio clásico y el árabe. El uso del árabe se debe a los siglos de dominación musulmana.
  • Los armenios utilizan el armenio literario clásico.

Además, ¿qué queremos decir con "vernáculo"? Por ejemplo, el antiguo eslavo eclesiástico fue creado para que ese pueblo pudieran entender la liturgia y, al mismo tiempo, para traducir un griego litúrgico muy sofisticado. Históricamente, en la mayoría de las culturas ha habido por definición una gran brecha entre el lenguaje literario y el hablado, mucho mayor de lo que es hoy en día, dado que en la actualidad hay más personas alfabetizadas y el alto lenguaje literario ha desaparecido casi completamente.


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Otra nota

Peter Kwasniewski

Un lector me ha enviado el vídeo que puede verse en este enlace, el cual confirma muchos de los puntos que aparecen en este artículo mediante las distintas escenas tomadas de las liturgias tradicionales romanas y ortodoxas y presentadas de forma alternada. 

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Actualización [29 de octubre de 2018]: El autor vuelve en un artículo publicado en New Liturgical Movement sobre el tema tratado en esta entrada, a propósito de una discusión suscitada con ocasión de un artículo en el sitio Pray&Tell, en la que una intervención crítica del Dr. Kwasniewski fue inexplicablemente suprimida por los administradores de dicha página, pese a respetarse todos los requisitos de una discusión racional y respetuosa. Adicionalmente y a raíz de esto último, el Dr. Kwasniewski reflexiona también en esta entrada sobre la poca disposición al verdadero diálogo de parte de muchos teólogos y liturgistas "liberales".

domingo, 24 de junio de 2018

Clases de Misas papales (II)

Continuando con la serie sobre los tipos de Misas papales (aquí la primera entrada de la serie), examinaremos hoy la forma más solemne y compleja de ellas, la Misa papal o capilla papal, tal como ésta era celebrada hasta el Concilio Vaticano II, luego del cual gran parte de los ritos, ornamentos, objetos y ministerios litúrgicos aquí descritos cayeron en desuso.

 Misa papal de San Pío X
(Foto: Ceremonia y Rúbrica de la Ilgesia española)

III. La Misa papal o capilla papal

La Misa papal desplegaba toda la solemnidad del ceremonial apostólico. Corresponde a la Misa pontifical cuando es celebrada por el Romano Pontífice, pero tiene numerosas particularidades respecto de aquella Misa pontifical celebrada por un obispo.  

Esta Misa tenía lugar en las ocasiones más solemnes, como al inicio del pontificado, al pronunciarse definiciones ex cathedra, con ocasión de las canonizaciones, o en las solemnidades de Navidad o Pascua. Por regla general las capillas papales se celebraban en el altar mayor de la Basílica de San Pedro o, en su defecto, en el altar papal de alguna de las otras tres basílicas mayores, donde sólo el Papa podía celebrar. 
 
En las capillas papales un cardenal-obispo fungía como presbítero asistente. En las ocasiones más solemnes, era el Decano del Colegio Cardenalicio quien actuaba como tal. Un cardenal diácono cumplía la función de diácono, y un auditor de la Rota Romana lo hacía como subdiácono. También participaba un diácono de rito oriental como subdiácono, quien se vestía con los ornamentos propios del rito bizantino, con lo cual se manifestaba la unión de Oriente y Occidente en la Iglesia, que cuenta con dos grandes familias de ritos, el latino y el oriental. Los demás ministerios eran desempeñados por asistentes al trono pontificio, o prelados de honor de Su Santidad. 

Juan XXIII es transportado sobre la sedia gestatoria. A ambos lados, los flabelos.
(Foto: Liturgia papal
Entrada

La entrada solemne del Papa la Basílica de San Pedro se acompañaba de la la Sinfonía Silveri, una fanfarria tocada por las trompetas de plata de la Guardia Noble. La procesión de entrada la encabezaban los cardenales, obispos, prelados y todos quienes pertenecían a la capilla papal, revestidos conforme a su rango respectivo y al orden de precedencia prescrito. Un turiferario y siete acólitos acompañaban al crucífero, y el subdiácono apostólico llevaba el evangeliario. Al final de la procesión el Papa era transportado a la basílica sobre la sedia gestatoria y con los dos flabelos, uno a cada lado, acompañado de un séquito que incluía a la Guardia Suiza y a la nobleza romana en traje formal de corte. En ocasiones, el Papa era transportado bajo un palio procesional. Dos protonotarios apostólicos alzaban la parte frontal de la falda papal cuando el Papa caminaba hacia y desde la sedia, y dos chambelanes papales llevaban la cola. El decano de la Rota se hacía cargo de la mitra preciosa, y finalmente dos patriarcas o arzobispos llevaban, respectivamente, el Evangeliario y la palmatoria


El Papa era recibido en la puerta por los canónigos de la Basílica de San Pedro, encabezados por el Cardenal Arcipreste de la Basílica, y arrodillaba brevemente, apoyado en un faldistorio, para adorar al Santísimo. Ello a menudo tenía lugar en el altar de San Gregorio, situado en la mitad del costado izquierdo de la nave. En ese momento se dirigía al trono pequeño para el canto de la Hora Tercia, durante la cual recibía la obediencia de cardenales, obispos y abades. Durante el canto de los salmos de Tercia, el Santo Padre leía las oraciones de preparación para la Misa, mientras le eran puestas las cáligas y las sandalias. Luego cantaba la oración de Tercia. Luego, le eran removidos el manto papal y la estola, quedando sólo con la falda, el amito, el alba y el cíngulo. Luego de lavarse las manos, se revestía con los ornamentos para la Misa, todos los cuales hemos tratado ya en entradas previas (véanse los enlaces respectivos), en este orden: 

-el subcinctorio
-la cruz pectoral
-el fanón (ambas partes, la superior y la inferior),
-la estola
-la tunicela
-la dalmática
-la casulla
-el fanón (la parte superior, que se sacaba de abajo de los demás ornamentos y se usaba sobre la casulla y bajo el palio),
-el palio
-la mitra
-las quirotecas, y 
-el anillo pontificio.
  
El uso de la férula no estaba previsto por las rúbricas, la que era empleada entonces sólo en aquellos ritos en que tuviera un uso ceremonial, como la Apertura de la Puerta Santa. En una Misa papal su uso no hubiera tenido ningún sentido, pues el Papa era transportado sobre la sedia gestatoria. Sin embargo, luego del Concilio Vaticano II, tanto Pablo VI como Juan Pablo I combinaron la férula con la silla gestatoria.

Cuando las rúbricas requiriesen que el Papa llevara un cirio (como era el caso en la Fiesta de la Presentación del Señor, el 2 de febrero), el ajuar papal incluía también el capillo salvacera, el que prevenía que la cera derretida tuviera contacto con la mano del Santo Padre.

Una vez revestido, el Papa le daba el Ósculo de la Paz a los últimos tres cardenales presbíteros y luego se dirigía al altar mayor para celebrar la Misa.


 Muestra de los ornamentos propios de una Misa papal

 Mitras y tiaras papales
(Fotos: Life)
   
La Misa

La Misa papal se celebraba como una Misa pontifical, pero con las siguientes particularidades:

En el Confíteor, el cardenal obispo (quien fungía como presbítero asistente) se ponía de pie a la derecha del papa y el cardenal diácono a su izquierda, y los demás se ponían detrás. 

El Papa se ponía entonces el manípulo, el cual era especial en cuanto en él se entrelazaban hilos de color rojo y oro, como símbolo de la unidad de los ritos del Oriente y el Occidente católicos. Después de la primera incensación, los cardenales diáconos besaban la mejilla y el pecho del papa. Tras este gesto el Papa se iba al trono instalado bajo la Cátedra de San Pedro, que se encuentra en el ábside de la Basílica Vaticana.

El diácono (cardenal diácono), con una de las dos mitras que usaba el papa (en este momento con la mitra preciosa), se sentaba en un faldistorio frente al altar mirando al trono; el subdiácono (el auditor de la rota) y los ministros de ritos orientales se sentaban en los escalones del altar; y el obispo asistente y los diáconos asistentes permanecían junto al trono.

La epístola se cantaba dos veces: primero en  latín, por el subdiácono latino, y luego en griego, por el subdiácono de rito bizantino. Después de la Epístola, los dos subdiáconos iban juntos y besaban los pies del Papa. Del mismo modo, el Evangelio era cantado en primer lugar en latín por el cardenal-diácono y luego en griego por el diácono de rito oriental, uso que todavía se conserva. El Evangelio cantado en latín era acompañado por siete velas, mientras que el Evangelio en griego por dos. Después del Evangelio ambos evangeliarios eran llevados al Papa, quien los besaba.

Cuando se llegaba al "et incarnatus estdel Credo, el cardenal diácono y el subdiácono latino desdoblaban el strogolo sobre el altar, el que hasta ese entonces se encontraba sobre éste, doblado en paralelo a los candelabros. Se trata de un lienzo sagrado, compuesto de trece trozos de tela rectangulares unidos entre sí por sus lados mayores con encaje de hilo de oro. El strogolo no era un corporal, sino un sobremantel. Encima del strogolo se colocaba un corporal alargado y de gran tamaño llamado corporale magnum y, encima de éste, un segundo corporal más pequeño llamado corporale parvum.

 Strogolo
(Foto: Ceremonia y Rúbrica de la Iglesia española)

Por precaución contra el veneno o la materia inválida, el sacristán y el copero probaban el pan y el vino en presencia del Papa en un breve rito llamado pregustatio, el que tenía lugar tanto en el ofertorio como antes del Padrenuestro.  

En la consagración, al hacer las elevaciones, el papa giraba en medio círculo hacia ambos lados del altar, el de la Epístola y el del Evangelio. En esos momentos, mientras las trompetas de la Guardia Noble interpretaban la “Sinfonía Silveri”, ocho ministros sostenían hachones frente al altar, pero no se tocaban las campanillas en ningún momento. 

 Misa papal de Juan XXIII. Momento de la elevación de la Hostia


Comunión

Luego de dar el Ósculo de Paz al presbítero asistente y a los diáconos asistentes, el Papa se dirigía al trono, donde recibía la Comunión de pie.

El cardenal-diácono ponía el Cuerpo de Cristo en la patena y el ceremoniario lo cubría con el asterisco, objeto litúrgico utilizado en la liturgia oriental y que tiene por propósito que el velo que cubre la patena no toque las partículas de la Sagrada Forma. En el caso de la Misa papal, el asterisco tiene doce láminas en lugar de las dos habituales, cada una simbolizando a uno de los Apóstoles, y cumplía la función de evitar que el subdiácono por descuido tirara la Sagrada Forma con el velo humeral.  


Asterisco

Uso del asterisco durante una Misa (Novus Ordo) celebrada por Benedicto XVI
(Fotos: Liturgia papal)

Inmediatamente después, el cardenal-diácono elevaba la patena a la altura de su frente, para que fuera visible para el Papa y por el pueblo, y luego la entregaba al subdiácono, cuyas manos habían sido cubiertas con un paño, el llamado linteum pectorale, para que llevara la patena al trono y el Papa comulgara. Tras ello, el diácono elevaba el cáliz a la altura de la frente para que fuera visto por todos y el ceremoniario lo cubría con la palia, y el diácono lo llevaba al trono en donde el Papa sorbía un poco de la Sangre de Cristo con la fístula, una cánula o bombilla de oro que servía a dicho efecto.  Con este instrumento, hoy caído en completo desuso, primero se prevenía algún accidente que derramara sin querer el Vino consagrado (debido a las dimensiones del cáliz papal o a la edad provecta del Romano Pontífice). Segundo, porque el diácono y el subdiácono en la Misa papal, después de recibir de manos del Papa cada uno una partícula de la Hostia grande, de vuelta al altar comulgaban también del cáliz, y parecía más digno hacerlo de este modo. Además, la cánula hace imposible la sunción de la partícula que está en el cáliz desde antes del Agnus Dei para cumplir la conmixión de las especies consagradas. Ésta la consume el subdiácono apostólico directamente del cáliz, en el que se ha dejado un poco de Sanguis para ese efecto.

Después de que el Papa comulgaba,
el subdiácono le entregaba la patena al Papa, quien les daba de comulgar al diácono y al subdiácono. El diácono comulgaba de pie y el subdiácono de rodillas. Luego le besaban el anillo al Papa, quien les daba el Ósculo de Paz. Solamente estas tres personas comulgaban en las capillas papales, hasta que San Pío X dispuso que comulgaran también los demás fieles. El diácono y el subdiácono volvían luego al altar con el cáliz conteniendo el Sanguis restante y con la patena y el asterisco, ya sin la forma que se había consumido en la comunión.

 Pablo VI utilizando la fístula
(Foto: Fisheaters)

Poscomunión
 

Después de la comunión el Papa recibía el vino de purificación de otro cáliz y se purificaba sus dedos. Mientras tanto, en el altar, el diácono y el subdiácono consumían el Sanguis como sigue: el diácono sorbía por la parte superior del canuto, donde está la boquilla, y después el subdiácono sorbía las gotas restantes en la fístula por la parte inferior del canuto. Dejaba la fístula en un recipiente de cristal, sumía el resto del Vino y la partícula del cáliz, y entonces se llevaba a cabo la lavanda o purificación de los vasos sagrados. El cáliz se purificaba como de costumbre, primero sólo con vino, y luego con vino y agua que consumía el diácono. Enseguida se colocaba la copa del cáliz sobre el cuenco de cristal y se derramaba agua dentro y fuera de la copa. El asterisco y la patena se purificaban sobre el mentado recipiente de cristal, únicamente con agua. Por último, se secaba todo con dos purificadores grandes.
 
Acabadas las purificaciones, el Papa regresaba al altar para terminar la Misa. Después de la bendición el presbítero asistente anunciaba la indulgencia plenaria a todos los asistentes. Luego del Último Evangelio, leído desde el Canon Pontifical, puesto que no hay sacras, se acercaba el cardenal arcipreste de la Basílica de San Pedro junto con dos canónigos y le entregaba al Papa un saco de seda bordado en oro en el que se encontraban algunas monedas antiguas. El arcipreste le decía al papa: “Beatissime Pater, capitulum et canonici hujus sacrosanctae basilicae, Sanctitatae [sic] vestrae consuetum offerunt presbyterium pro missa bene cantata”. Es decir, le entregaba al Papa simbólicamente el estipendio por una misa bien cantada, siguiendo lo que dijo San Pablo “el que viva del altar, que coma del altar”. 

Bolsa para el estipendio del Papa con el escudo de León XIII

Una vez que recibía el estipendio, el Santo Padre dejaba el palio y el manípulo en el altar, se ponía la tiara y salía en silla gestatoria en procesión con los mismos acompañantes y en el mismo orden que en la procesión de entrada.
 

Finalmente, les dejamos dos breves registros fílmicos. El primero, de la Misa papal que celebrara Pío XII con ocasión del décimo séptimo aniversario de su ascenso al Trono de Pedro, en 1956. En él se puede ver el ingreso de Pío XII a la Basílica. El segundo, a su vez, corresponde a la coronación de Juan XXIII y recoge tanto la entrada a la Basílica como algunos momentos de la Misa papal, además de la coronación misma.





En una próxima entrada, la tercera y última de esta serie, analizaremos los distintos tipos de liturgias papales con posterioridad a la reforma litúrgica.                

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Actualización [21 de julio de 2018]: Liturgia y Tradición Católica ha publicado una entrada sobre la pregustatio del pan y el vino en las Misas papales para evitar el riesgo de envenenamiento, la cual se repetía en el ofertorio y previo al Padrenuestro. La costumbre se observaba también en algunas Misas pontificales.