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sábado, 11 de abril de 2020

Meditación de Sábado Santo con San John Henry Newman

Con ocasión de este Sábado Santo, cuando esperamos con ansias la Resurrección de Nuestro Señor, les ofrecemos la traducción de un extracto del Discurso 16, intitulado "Nadie podía soportar ese peso, sino Dios", de San John Henry Newman (1801-1890), conocido cardenal y escritor inglés converso desde el anglicanismo. El texto fue publicado en inglés por The Catholic Thing y ha sido traducido por la Redacción. La imagen de la crucifixión está tomada de dicho artículo. 

***

Nadie podía soportar ese peso, sino Dios

John Henry Newman

Cristo, queridos hermanos, tenía que llevar el peso del pecado, de vuestros pecados, de los pecados de todo el mundo. El pecado es algo fácil para nosotros: creemos que es poca cosa, y no entendemos cómo es que Dios puede considerarlo tan grave. Nos cuesta forzar nuestra imaginación a creer que el pecado merece un castigo y, cuando incluso en este mundo es castigado, encontramos para ello una explicación acomodaticia o simplemente dejamos de pensar en el tema.

Pero meditemos en qué es el pecado en sí mismo: es una rebelión contra Dios, es la acción de un traidor que aspira a derrocar y matar a su soberano; es algo que -para decirlo violentamente- sería suficiente para que el Rector del mundo dejara de serlo, si tal cosa fuera posible.

El pecado es el enemigo mortal del que es todo Santo, por lo que Él y el pecado no pueden coexistir. Y así como el que es todo Santo expulsa al pecado de su presencia y lo arroja a la oscuridad exterior, así, si Dios pudiera dejar de ser Dios, es el pecado el que sería capaz de producir semejante efecto. Observad aquí, hermanos, que cuando el Amor Todopoderoso tomó carne y entró en el sistema de lo creado y se sometió a sus leyes, inmediatamente el pecado, antagonista del bien y de la verdad, aprovechándose de la oportunidad, voló a esa carne que Él había tomado y se pegó a ella y fue la muerte de ella.

La envidia de los fariseos, la traición de Judas y el enloquecimiento del pueblo no fueron sino el instrumento o la expresión de la enemistad que el pecado sintió por la Pureza Eterna tan pronto como ésta, en su infinita misericordia con los hombres, se puso al alcance. El pecado no podía tocar la majestad Divina, pero sí podía asaltarla del modo en que Ella permitió ser asaltada, es decir, mediante su humanidad. Y aquí, en la muerte de Dios encarnado, se nos enseña, hermanos míos, qué cosa es el pecado en sí mismo, y qué es lo que, entonces, en su momento y según su fuerza, le ocurrió a su naturaleza humana, a la que Él le permitió llenarse de horror y rechazo con sólo pensar en lo que le esperaba.

San John Henry Newman
(Imagen: Citas)

Entonces, ahí, en aquella hora, la más horrible de todas, cayó de rodillas el Salvador del mundo, despojándose de las defensas de su Divinidad, despachando a sus ángeles renuentes que, en miríadas, estaban listos para acudir a su llamado. Y abriendo los brazos, desnudando el pecho, sin pecado como era, se ofreció al ataque de su enemigo, de un enemigo cuyo aliento es pestilente y cuyo abrazo es agonía. Helo allí, arrodillado, paralizado, inmóvil, mientras el vil y horrible enemigo envolvía su Espíritu con un manto empapado en todo lo que hay de odioso y horrible en los crímenes humanos, que le apretaron el Corazón, y le llenaron la Mente, y se le introdujeron por cada sentido y por cada poro del alma, y lo cubrieron con lepra moral hasta que casi sintió que Él mismo era aquello que jamás podría ser, y que el enemigo hubiera querido que fuera.

¡Ah, qué horror cuando Él se miró y no se reconoció, y se sintió como un pecador sucio y aborrecible, sintiendo vívidamente esa masa de corrupción que le chorreaba desde la cabeza y le bajaba hasta el borde mismo de sus ropas! ¡Oh, qué confusión cuando sintió como que sus manos, y pies y miembros y corazón eran los del Malo, y no los de Dios!

[...]

¿Son éstas las manos del Inmaculado Cordero de Dios, antes inocente, pero ahora enrojecido por miles de bárbaros hechos de sangre? ¿Son éstos sus labios, que no pronuncian oraciones y alabanzas y bendiciones, sino que están ahora como desfigurados por maldiciones, y blasfemias y doctrinas de demonios? ¿Son éstos sus ojos, profanados por todas las perversas visiones y las fascinaciones idolátricas por las que los hombres han abandonado a su adorable Creador? Y en sus oídos suenan ruidos de rebelión y de lucha, y su corazón está congelado por la avaricia y la crueldad y la increencia, y hasta su memoria está cargada con todos los pecados que se han cometido desde la caída original en todas las regiones del mundo, y con la soberbia de los antiguos gigantes, y con la lujuria de las cinco ciudades, y con la pertinacia de Egipto y con la ambición de Babel, y con la ingratitud y burla de Israel.

Ah, ¿quién no conoce la miseria de ser acosado por un pensamiento que vuelve una y otra vez, a pesar del rechazo, y que perturba, cuando no seduce; o la de una imaginación odiosa y enferma, claramente no nuestra sino hecha entrar en nosotros a la fuerza desde el exterior; o del conocimiento depravado, adquirido por propia culpa o sin ella, del que el hombre pagaría caro para verse libre de inmediato y de una vez para siempre? Y son adversarios como éstos, Señor bendito, los que ahora se agolpan a tu alrededor por millones, y llegan en números mayores que los de langostas o de gusanos devoradores, o son como el granizo, y las moscas y las ranas que fueran enviadas al Faraón.

He aquí todos los pecados, los de los vivos y los muertos y los aún no nacidos, los de quienes se salvan y quienes se condenan, los de tu Pueblo y los de los gentiles, los de los pecadores y los de los santos. Se cuentan aquí a los más queridos por Ti, tus santos y tus escogidos, tus tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, que no están aquí como consuelo sino como acusadores, como los amigos de Job “arrojando ceniza al cielo” y amontonando maldiciones sobre tu Cabeza. Todos están aquí, con una sola excepción, una sola, porque ella, la única que podía consolarte, no está aquí, porque no tiene parte con el pecado. Ella, que estará cerca de Ti en la cruz, está lejos de ti en el huerto. Ella ha sido tu compañera y tu confidente toda tu vida, ella ha intercambiado contigo pensamientos puros y santas meditaciones durante treinta años. Pero sus oídos virginales no pueden dar crédito ni su inmaculado corazón concebir la visión que en este momento se te ha puesto delante de los ojos.

Nadie puede soportar este peso, sino Dios. A veces, has hecho presente, a algunos de tus santos, la visión de un solo pecado, tal como aparece a la luz de tu presencia, o la de pecados veniales, no mortales;  y esos santos nos han referido que semejante vista casi los hizo morir o, más bien, los hubiera hecho morir si no se les hubiera quitado de los ojos.


La Madre de Dios, con toda su santidad o, precisamente por ella, no podría haber concebido ni uno solo de los que forman la innumerable progenie de Satán que ahora te rodea. Es la larga historia del mundo, y Dios es el único que puede resistir su peso. Esperanzas arruinadas, votos quebrados, iluminaciones sofocadas, advertencias despreciadas, oportunidades perdidas; inocentes traicionados, jóvenes obstinados, penitentes que recaen, justos derrotados, viejos que flaquean; la sofística de falsas creencias, la violencia de la pasión, la pertinacia de la soberbia, la tiranía del hábito, el gusano del remordimiento, la agotadora fiebre de los cuidados, la angustia de la vergüenza, el dolor del desengaño, la enfermedad de la desesperanza; todas estos espectáculos crueles, lastimosos, todas las escenas descorazonadoras, asquerosas, detestables, enloquecedoras; y más todavía: los rostros macilentos, los labios convulsos, las mejillas enrojecidas, el duro entrecejo de los esclavos voluntarios del mal, todo, todo esto está ahora delante de Él, sobre Él, en Él. Está con Él en vez de esa inefable paz que ha habitado su alma desde el momento de su concepción. Está sobre Él, es casi suyo; y grita al Padre como si É fuera el criminal, no la víctima; y su agonía toma la forma de la culpa y la compunción. Él se arrepiente, Él confiesa, Él ejerce la contrición con una realidad y una virtud infinitamente más grandes que la de todos los santos y penitentes juntos, porque Él es la única víctima por todos nosotros, la única Satisfacción, el verdadero Arrepentido, casi el verdadero pecador…

Todavía no ha bebido hasta el fin ese cáliz, del cual la debilidad de su naturaleza quiso alejarse. La detención y las acusaciones, y las bofetadas, y la prisión, y el juicio, y las burlas, y el ser acarreado de un lado para otro, y los azotes, y la corona de espinas, y la lenta marcha al Calvario, y la crucifixión: todo eso está todavía por venir. Un día y una noche, hora tras hora, todo pasa lentamente antes de que llegue el fin y se complete la satisfacción.

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