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jueves, 15 de abril de 2021

Domingo in Albis

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 20, 19-31):

“En aquel tiempo, aquel mismo día primero después del Sábado, siendo ya tarde y estando cerradas las puertas de la casa en donde se hallaban juntos los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y apareciéndose en medio de ellos les dijo: ¡La paz sea con vosotros! Esto dicho, mostróles manos y costado. Llenáronse de gozo los discípulos viendo al Señor. Díjoles de nuevo: ¡La paz sea con vosotros! Como mi Padre me envió, así también Yo os envío. Dichas esas palabras, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados a aquéllos a quienes los perdonareis; y quedan retenidos a los que se los retuviereis. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le dijeron: Hemos visto al Señor. Mas él les dijo: Si no viere en sus manos la hendidura de los clavos y metiere el dedo en el agujero de los clavos y metiere mi mano en su costado, no lo creeré. Y al cabo de ocho días, estaban otra vez sus discípulos dentro, y Tomás con ellos. Vino Jesús estando cerradas las puertas, y apareciéndose en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros. Y después dijo a Tomás: Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; trae tu mano, métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Díjole Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído: Bienaventurados los que, sin haber visto, han creído. Otros muchos milagros hizo Jesús ante sus discípulos, que no están escritos en este libro. Mas éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”.

 ***

Es verdaderamente querible la figura de Tomás, que nos ha hecho tanto bien. Porque su falta de fe fue ocasión para que nuestra propia fe se fortaleciera: las pruebas que él exigió para creer le fueron dadas, y con creces. Y al palpar el Cuerpo resucitado de Jesús, su fe fue ensanchada por la misericordia divina de modo tan maravilloso que ya no sólo creyó en el milagro, sino que penetrando en el misterio mucho más profundamente que otros que también creyeron en milagros del Señor, Tomás vio algo que los demás no vieron: vio ante sí a Dios. Y esa exclamación “¡Señor mío, y Dios mío!” da cuenta de que Tomás vio, instantáneamente, lo que muchos otros discípulos se demoraron todavía algún tiempo en ver. Tomás, por medio de lo visible, fue llevado en un momento a la visión de lo invisible.

Esta inicial falta de fe de Tomás dio lugar también a una bienaventuranza que nos concierne directamente a todos quienes hemos llegado a formar parte de la Iglesia a través del tiempo: “Bienaventurados los que sin haber visto, han creído”. A las alegrías de este glorioso tiempo pascual debe añadirse esta, inmensa, que la Iglesia nos hace recordar: el Señor nos ha llamado, a cada uno de nosotros, “bienaventurado”. Como si las magnificencias de la bondad de Dios hubieran sido pocas, se nos añade todavía más: este consuelo de saber que nuestra fe, por incipiente que sea, nos hace bienaventurados. ¡Dicho por Jesús mismo! ¡Es Él quien te lo dice a ti, con tu nombre y, aún más, con tu propio familiar apodo, como dice la Escritura! ¡No te dice “Juan, bienaventurado”, te dice “Juancho, bienaventurado”!

Un caso de falta de fe, de debilidad y aun de pecado de infidelidad, se transforma en manos del Señor Resucitado en ocasión de bien y de bondad, confirmándose así que Dios saca bien del mal, y permite el mal por el bien que Él sabe hacerlo producir, para frustración y furia del Maligno y para beneficio nuestro y de todo el orden magnífico de su creación. J. R. R. Tolkien escribe en El Silmarilion que, en los comienzos, todos los seres formaban una magnífica orquesta y que, cuando uno de los violines quiso destacarse del resto saliéndose de la partitura y la armonía, su soberbia y disonancia terminó siendo, al cabo, aprovechada para incrementar por contraste, integrada nuevamente en el todo por el arte consumado del Creador, la belleza de la música que Él había compuesto.

El caso de Tomás no es una bella alegoría, sin embargo, sino la realidad. Lo cual nos hace reflexionar con qué paciencia y caridad debemos tratar a quienes pecan y son infieles a la bondad del Señor. Los demás apóstoles no lo insultaron ni  maltrataron por no creer ni para conminarlo a creer: los discípulos no se dejaron tentar por ese “celo amargo” que experimentan tantos apóstoles que desconfían de la omnipotencia del Señor, quien sabe esperar, que no coacciona sino atrae con dulzura, que da “tiempo al tiempo”, siempre anhelando que el pecador se arrepienta, poniéndole al alcance todo tipo de piadosos “obstáculos” que lo hagan recapacitar, y que perdona ante el menor signo de arrepentimiento. Dios es feliz de perdonar porque quiere nuestra salvación: ésa es su voluntad, que todos nos salvemos.

En estos días en que la virtud teologal de la fe es puesta de relieve de modo tan maravilloso, tengamos presente la virtud teologal de la esperanza, que es la que nos da confianza y nos sostiene en medio de nuestras aborrecibles renuncias y debilidades. El pecador que tiene esperanza, habiendo pecado, se levanta de un salto, como impulsado por un resorte y recuerda lo que le dice el Señor: “Bienaventurado porque, sin haber visto, has creído”.

Caravaggio, La incredulidad de santo Tomás, 1602, Palacio de Sanssouci (Alemania)
(Imagen: Wikipedia)

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