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domingo, 23 de mayo de 2021

Domingo de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 14, 23-31):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Todo el que me ame, guardará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él. El que no me ama, no guarda mis preceptos. Y la doctrina que habéis oído, no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Estas cosas os he dicho estando con vosotros. Pero el Consolador, el Espíritu Santo, que os enviará el Padre en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo cuanto Yo os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy Yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni tema. Habéis oído lo que os he dicho: Me voy, y vuelvo a vosotros. Si me amaseis, ciertamente os alegraríais de que me vaya al Padre; porque el Padre es mayor que Yo [en cuanto hombre]. Y ahora os lo digo antes de que suceda, para que lo creáis, cuando sucediere. Ya no hablaré mucho con vosotros, pues viene el príncipe de este mundo [Satanás]; pero en Mí no tiene parte alguna. Pero para que el mundo conozca que amo al Padre, y que como me ha mandado el Padre, así hago”.

***

Este texto, escrito por San Juan con contenida emoción, es la despedida de Jesús a sus discípulos. Y contiene tres mensajes que Él les da en este momento tan solemne, los cuales son especialmente importantes.

Primero: “Todo el que me ama, guardará mis mandamientos”. Qué fácil es decir que se ama a Dios, sin cumplir sus mandamientos. Qué fácil es decir, en ésta y muchas otras ocasiones de la vida, ya sea a Dios o a cualquier otra persona, “Te amo”. Pero esa declaración puede no ser sincera, aunque se piense que lo es: puede que sea expresión de una mera emoción, transitoria, como es lo propio de todas las emociones. Y, en el caso de Dios, la prueba de que es sincera es el cumplimiento de Su voluntad, expresada con toda claridad en sus mandamientos (¿dónde vamos a encontrarla expresada más claramente, si no?).

Por eso el mismo San Juan, que nos recuerda que “Dios es amor” (frase tan a menudo degradada en un puro sentimentalismo), insiste, en varias partes de su primera carta, en que el amor sea verdadero, y no una pura declaración romántica: “Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues éste es el amor de Dios, que cumplamos sus mandamientos” (1 Jn 5, 2-3). Poco antes ha escrito: “El que dice que lo conoce y no guarda sus mandamientos, miente” (1 Jn 2, 4).

Segundo: al que cumpla los mandamientos, “mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él”. El católico que cumple los mandamientos y que, por tanto, obedece la voluntad de Dios, es “mansión de Dios”, lugar donde Dios habita, donde Dios está en el interior más íntimo. San Agustín dice que, en nosotros, Dios es más íntimo que lo más íntimo que tenemos. Lo que nos hace reflexionar “¿cómo podría Dios tener su habitación en alguien que viola Sus mandamientos, que desprecia Su voluntad?”. El sabe, por cierto, que somos frágiles, y no tiene inconveniente en habitar en un hombre que peca venialmente, de modo no grave; Dios sabe convivir con nuestras flaquezas. Pero sabemos que hay también pecados graves que vuelven el alma inhabitable para Dios: esa alma le espeta, con su comportamiento más que con palabras, “¡Fuera, Tú! ¡No te quiero a Ti! ¡Yo quiero hacer lo que me plazca y no lo que te place a Ti!”. Ningún huésped podría dignamente seguir hospedándose en un lugar donde le dijeran esto. Tampoco Dios. Es, de nuevo, San Juan, el “apóstol del amor”, quien nos dice exactamente lo mismo, con palabras no edulcoradas: “Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte [o sea, venial], ore y alcanzará vida para los que no pecan de muerte. Hay un pecado de muerte [el pecado mortal], y no es éste por el que digo yo que se ruegue. Toda injusticia es pecado, pero hay pecado que no es de muerte” (1 Jn 5, 16-17).

Tercero:  en esta despedida, que podría ser triste como toda despedida, el Señor quiere alejar de nosotros la tristeza, y lo hace de un modo maravilloso: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy Yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni tema”. El mundo da una paz superficial, incapaz de eliminar el motivo más importante de tristeza y temor, la muerte. En nuestra época, se procura, en este aspecto, simplemente quitarnos la muerte de la vista, para que sigamos “gozando” como si ello fuera para siempre. Ya no se habla de la muerte ni de los muertos. Esta última palabra es considerada impropia, cruda, agresiva: se habla de “fallecidos”. Y la muerte es enmascarada con ingenuidades, globos, fuegos artificiales, cementerios como “parques” o “jardines”, llenos de sonrientes flores. La muerte, sin embargo, ha de llegar, y lo hará de modo terrible para quienes no están preparados, para quienes “no habían pensado en ella por ser malsano, negativo y morboso”. Pero el Señor, a quienes lo aman de verdad y lo demuestran cumpliendo sus mandamientos, les dice: “La paz os doy […] no os turbéis, no temáis”. Y podríamos agregar, parafraseando estas palabras magníficas: “No tengáis miedo de enfrentar la muerte, porque estáis en mi paz; Yo estoy con vosotros; Yo os tengo reservada una habitación en la casa de mi Padre; Yo estaré en vuestra intimidad en el momento de moriros; Yo os acompañaré y, al otro lado, seré Yo quien os reciba”. En muchísimos salmos se nos dice que Dios es “susceptor noster”, el que nos recibe, el que nos recoge, el que nos acoge.

En este día de Pentecostés, en que el Espíritu Santo viene a darnos con infinita generosidad sus dones, pidámosle la gracia de amarlo, de cumplir sus mandamientos, y de morir en su paz.

Nicolás Borrás, Pentecostés, circa 1575-1600, Museo de Bellas de Valencia

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