FIUV Position Papers

El mundo tradicional

Glosario litúrgico

Comentarios del Evangelio

Curso de Liturgia de Augusto Merino

Iglesia

Textos fundamentales

Documentos sobre la forma extraordinaria

Subsidios

Institutos tradicionales

Asociaciones Una Voce

Blogs, noticias y directorios (la Asociación no se hace responsable por su contenido)

jueves, 23 de marzo de 2017

FIUV Position Paper 7: El latín como lengua litúrgica

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers (PP) sobre el misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966.
 
En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 7 y que versa sobre el latín como lengua litúrgico, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de junio de 2012. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del resumen (Abstract) que lo precede. Como nota de la Redacción hemos indicado al final, luego de las notas al texto, algunas entradas relacionadas publicadas en esta bitácora. 


***

El latín como lengua litúrgica

Resumen

El latín es, en la Iglesia latina, el idioma normativo de la liturgia, así como también de la gran mayoría de los documentos magisteriales y administrativos de la Iglesia, y ello desde muy antiguo. Las enseñanzas de San Juan XXIII en Veterum Sapientia enfatizan el valor del latín como algo universal, inmutable y digno. El alza de la migración en las décadas recientes ha dado particular valor a la universalidad del latín. Permanece como el lenguaje esencial de la cultura y la espiritualidad de la Iglesia. Su uso en la liturgia, incluso allí donde la congregación pueda tener escaso conocimiento del idioma, puede dar lugar, como lo expresó San Juan Pablo II, a un "profundo sentido del misterio eucarístico", por cuanto puede ayudar a comunicar la grandeza y la importancia de la acción litúrgica. Particularmente en el contexto de una formación litúrgica apropiada, lejos de ser una barrera a la participación, por lo tanto, el latín puede promoverla. El papa Benedicto XVI ha pedido que a los seminaristas se les enseñe a celebrar la Misa en latín, notando que a los fieles puede enseñárseles muchos textos y cantos.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

San Jerónimo en su estudio (taller de Jan van Eyck, 1442)
(Imagen: Wikimedia Commons

Texto

Introducción

1. La relación entre la tradición litúrgica de Occidente y el latín es extremadamente estrecha. La traducción del texto normativo latino de la liturgia romana a diversas lenguas vernáculas para uso opcional, como es el caso de la forma ordinaria, es totalmente diferente del establecimiento, por ejemplo, del copto o del eslavo eclesiástico como lenguas litúrgicas propias de ciertas iglesias locales, como ocurre en algunas iglesias de Oriente [1]. El lenguaje de la liturgia de rito latino sigue siendo, en términos estrictos, el latín, incluso en la forma ordinaria [2].

2. El propósito de este artículo es explicar el valor del latín no sólo en los textos normativos de la liturgia sino también en su celebración concreta. Hay actualmente muchos católicos no familiarizados con la idea de una liturgia en latín, y los argumentos que se dan en favor de ella tienen que ser expuestos. El tema del reemplazo de las lecturas en latín por traducciones al vernáculo, que se permite en la Misa rezada (Missa lecta) en virtud de la Instrucción Universae Ecclesiae [3] , exige un tratamiento por separado. Aquí abordamos la cuestión más de fondo, relativa a la noción misma de un lenguaje litúrgico no vernáculo, el latín.

3. La liturgia latina de Occidente parece haber sido compuesta –más que traducida desde otra lengua- en una fecha temprana pero incierta [4]. El uso del latín como lengua sagrada, junto con el hebreo y el griego, ha sido relacionado con su empleo en la inscripción puesta sobre la Cruz tanto por San Hilario [5], como por Santo Tomás de Aquino [6] y muchos otros [7]. Como se comentó en el Position Paper 5 [8], la liturgia romana usó un latín cristiano con características muy propias que, al revés del latín altamente complejo de los grandes escritores paganos, no fue en absoluto el latín hablado en las calles, que ya era diverso según las diferentes partes del Imperio. No todos los habitantes del Imperio de Occidente hablaban fluidamente el latín, en especial fuera de las ciudades [9]. El latín de la Iglesia fue universal, no local, y alejado del lenguaje que era fácilmente comprensible para el pueblo. Fue con la liturgia hablada en esta lengua que San Patricio evangelizó a los irlandeses, que no hablaban latín, y lo propio hizo San Agustín de Cantorbery con los ingleses y San Bonifacio con los germanos. 

 Evangeliario de San Agustín de Cantorbery (S. VI)
(Imagen: Wikimedia Commons)


Las ventajas prácticas del latín 

4. Reflexionando sobre la tradición del uso del latín, San Juan XXIII citaba a Pío XII en un resumen de sus ventajas prácticas: “a fin de que la Iglesia abarque a todas las naciones y pueda perdurar hasta el fin de los tiempos, se requiere de un lenguaje que sea universal, inmutable y no vernáculo” [10].

Si la Iglesia usara simplemente las lenguas corrientes, vernáculas, se crearía confusión por la vastedad de los períodos de tiempo y de las áreas geográficas que la Iglesia debe abarcar, única en esto entre las instituciones humanas. Aunque el latín de la administración y de la teología se ha ido desarrollando a lo largo de los siglos, todavía los cultores actuales del latín entienden los escritos de los eclesiásticos que escribieron en dicha lengua en las diversas épocas de la vida de la Iglesia y en cada rincón del mundo. Esta universalidad no es menos valiosa en la liturgia, ya que nos permite compartir la misma liturgia, o los ritos y usos cercanos existentes dentro del rito latino, en todas las épocas y países. La forma extraordinaria se ve, por ello, libre de tener que ser re-traducida periódicamente, y sirve por ello para enfatizar la unidad del culto de la Iglesia en todos los tiempos y lugares.

5. La forma extraordinaria tiene las ventajas, descritas por San Juan XXIII, especialmente en el contexto de las emigraciones masivas, que producen tanto en los individuos como en las colectividades dificultades por el idioma oficial del país que los recibe, y también en el caso de las lenguas minoritarias: “Por su naturaleza misma el latín es máximamente apropiado para la promoción de todas las culturas entre pueblos diversos, puesto que no da origen a celos y no favorece a grupo alguno, sino que se presenta con imparcialidad, y es amable y amigable con todos” [11]. Desde este punto de vista, constituye una valla contra el peligro, advertido en la Instrucción Varietates Legitimae, de que la multiplicidad de idiomas en el culto conduzca a comunidades cristianas ensimismadas, y el de que la inculturación sea usada con fines políticos [12].

 San Juan XXIII


El latín, la cultura cristiana y las devociones

6. El papa Pablo VI fue más allá de las meras consideraciones prácticas cuando escribió del latín: “Porque esta lengua es, en la Iglesia latina, un manantial abundante de cultura cristiana y un riquísimo tesoro de devoción” [13].

7. El latín es “un manantial abundante de cultura cristiana” porque es la lengua de casi todos los textos litúrgicos de la Iglesia latina –desde el canon romano hasta los textos del canto gregoriano y las oraciones compuestas a lo largo de los siglos-, además de serlo de obras teológicas y muchas otras creaciones culturales, como las composiciones musicales, que influyeron en ellas y recibieron al mismo tiempo su influencia. Por esto la liturgia latina tiene en la cultura cristiana un valor incomparable, insustituible por ninguna traducción por buena que sea [14]

8. Es también un “riquísimo tesoro de devoción” por cuanto es, en gran medida, por la meditación de los textos latinos, escriturales y litúrgicos, y de los comentarios de éstos, que la Iglesia latina ha desarrollado su vida espiritual a través de los siglos [15]. Tampoco aquí puede una traducción sustituir las palabras propias del salterio latino o del Cantar de los Cantares, que dieron lugar a los comentarios de San Agustín de Hipona y de San Bernardo de Claraval, que tienen tanta importancia en la teología y la espiritualidad de la Iglesia latina. 

 San Bernardo de Claraval (vitral, circa 1450)


El uso del latín en la liturgia

9. Queda por resolverse el punto del valor que, el oír la liturgia en latín, puede tener para los fieles que no conocen esta lengua. Que ello tiene valor es una cuestión que ha sido sostenida de modo constante por la enseñanza y la práctica de la Iglesia. Siguiendo a San Juan XXIII en su apoyo al latín en la liturgia [16], la Constitución del Concilio Vaticano II sobre Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, expone con toda claridad: “El uso del latín deberá preservarse en los ritos latinos, salvo privilegio en contrario” [17].

Se entendió que el uso del vernáculo debía considerarse como una concesión en casos específicos, como lo dice la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos In edicendis normis [18], que siguió prontamente a Sacrosanctum Concilium [19]. El papa Benedicto XVI ha querido no sólo que los seminaristas comprendan el latín para los fines de sus estudios, sino para que sean capaces de usarlo en la liturgia una vez que se ordenen, haciendo presente que a los mismos fieles se les puede enseñar latín para las oraciones y cantos  [20].

10. En relación con esto ha de observarse, como lo indica Benedicto XVI, que la asistencia frecuente a liturgias en latín hace que los fieles se familiaricen con muchos textos, que por tanto puede comprender aun sin necesidad de una traducción simultánea. Apenas una breve catequesis es suficiente para que los fieles conozcan traducciones de textos familiares como, por ejemplo, el Gloria, y puedan meditarlos. La familiaridad con un repertorio mayor de textos litúrgicos permite a los fieles reconocer palabras y frases en latín e identificar a qué se refiere un texto, cuando se lo lee en la liturgia, y a recordar lo que puedan haber aprendido de su contenido.

11. Sacrosanctum Concilium [21] enfatiza mucho la importancia de la formación litúrgica. La forma extraordinaria está enriquecida con una gran tradición de misales individuales de los fieles y de otras ayudas para seguir y aprender la liturgia. Los comentarios sobre el año litúrgico escritos por Dom Prosper Guéranger, el beato Ildefonso Schuster y Pius Parsch, son verdaderos monumentos de la tradición, dignos de estudio por sí mismos [22].

12. Vale la pena decir también que el número relativamente limitado de textos litúrgicos en el misal de 1962 es una gran ventaja para los fieles que asisten a la Misa en latín. El tamaño limitado del leccionario, el uso frecuente de un número limitado de Comunes de los Santos y de Misas Votivas, la repetición de la Misa del domingo en los días de feria, el número limitado de Prefacios, etcétera, hacen que sea posible para los católicos corrientes adquirir un sólido conocimiento del misal.

13. Además, el uso del latín puede llegar a ser una clara ayuda para la participación en la liturgia. San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Dominicae Coenae (1980) lo hace ver en relación con la experiencia de los fieles que participan en la tradición litúrgica antigua: “Sin embargo, hay también quienes, educados en la antigua liturgia en latín, sufren la ausencia de este 'único lenguaje' que fue, en todo el mundo, la expresión de la unidad de la Iglesia y que, por su dignidad, favorecía un profundo sentido del Misterio Eucarístico” [23].

Esta dignidad y universalidad del latín, según lo hizo ver San Juan XXIII [24], son en realidad componentes esenciales de la “sacralidad” de la forma extraordinaria, indicada por Benedicto XVI [25]. La necesidad de que la liturgia use un lenguaje separado, en cierta forma, del lenguaje que se habla cotidianamente, ha sido repetidamente objeto de énfasis en las décadas recientes [26].  

14. Estamos tratando aquí de un tópico ya abordado en el Position Paper 3 [27]. La forma extraordinaria tiene muchos rasgos que pueden parecer obstáculos para su comprensión, como la complejidad ritual, lo reservado de ciertas ceremonias, el hecho de que algunos textos son leídos en silencio y, sobre todo, el uso del latín [28]. Pero éstos no son, de hecho, obstáculos para la participación, si entendemos la participación en términos del impacto de la liturgia en el fiel, de la creación de “un profundo sentido del misterio eucarístico”. Tales aparentes obstáculos son parte de un todo que comunica efectivamente, tanto de modo no verbal como verbalmente, el significado trascendente de la acción litúrgica. De todos los aspectos que la antigua tradición litúrgica latina que contribuyen a este resultado, el uso del latín parece ser el más obvio e importante.

 El Beato Ildefonso Schuster




[1] Cfr. Instrucción Varietates Legitimae (1994), núm. 36: “El proceso de inculturación no considera la creación de nuevas familias de ritos; la inculturación responde a las necesidades de una cultura específica y conduce a ciertas adaptaciones que siguen formando parte del rito romano”. El pasaje citado termina con una nota al pie que remite al discurso de San Juan Pablo II a la asamblea plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 26 de enero de 1991, núm. 3: AAS 83 (1991), p. 940 (en parte): “Ni se entiende la inculturación como creación de ritos alternativos”.

[2] Cfr. Código de Derecho Canónico, canon 928: “La celebración eucarística debe efectuarse en latín u otra lengua, siempre que los textos litúrgicos hayan sido legítimamente aprobados” (“Eucharistia celebratio peragatur lingua latina aut alia lingua, dummodo textus liturgici legitime approbati fuerint”).

[3] Pontificia Comisión Ecclesia Dei, Instrucción Universae Ecclesiae (2011), núm. 6.

[4] Ciertamente antes del término del reinado del papa Dámaso (366-384). Cfr. San Ambrosio, De Sacramentis 4.5.21 y ss.

[5] San Hilario de Poitiers (+ 366), Hil.-Pict, Tractatus super Psalmos, prol. 15 (CSEL 22.13): “el misterio de la voluntad de Dios y la esperanza del Reino bienaventurado se predica especialmente en estas tres lenguas. Esto explica la acción de Pilato, quien escribió 'Jesucristo Rey de los Judíos' en estas tres lenguas”. Cfr. Juan 19, 19-20: “Y Pilato escribió una inscripción y la puso sobre la cruz. Y lo escrito era: 'Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos'. Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde crucificaron a Jesús estaba cerca de la ciudad, y estaba escrita en hebreo, griego y latín”.

[6] Santo Tomás de Aquino, Super Sent. Lib. 4, d.q. 2, a. 4, qc 3 expos.: “Sépase que en la celebración de la Misa, en que se representa la Pasión, se usan ciertas palabras en griego… algunas en hebreo… y algunas en latín… porque en estas tres lenguas estaba escrita la inscripción sobre la cruz de Cristo”.

[7] Véase Lang, U. M., The Voice of the Church at Prayer: Reflections on Liturgy and Language (San Francisco, Ignatius Press, 2012), pp. 48-50 y 143-144.

[8] Federación Internacional Una Voce, Position Paper 5: La Vulgata y los antiguos salterios.

[9] San Agustín decía: “Es una cosa excelente que los cristianos de Cartago llamen al Bautismo nada menos que salvación, y al sacramento del Cuerpo de Cristo nada menos que vida”. (“Perdón, justas penas por los pecados y bautismo de los infantes”, 1.24.34). Cfr. San Agustín, Epístola 84 y 209.3, sobre la necesidad de clero que hable púnico.

[10] Juan XXIII, Constitución Apostólica Veterum Sapientia (1962), núm. 4: “Etenim Ecclesia, ut quae et nationes omnes complexu suo contineat, et usque ad consummationem saeculorum sit permansura…, sermonem suapte natura requirit universalem, immutabilem, non vulgarem”, cita de la Carta Apostólica de Pío XI, Officiorum Omnium (1922), 452. Cfr. Pío XII, Encíclica Mediator Dei (1947), núm. 60: “El uso del latín, acostumbrado en una considerable porción de la Iglesia, es un signo manifiesto y hermoso de unidad, como también un efectivo antídoto contra cualquier corrupción de la verdad doctrinal” (“Latinae linguae usus, ut apud magnam Ecclesiae partem viget, perspicuum est venustumque unitatis signum, ac remedium efficax adversus quaslibet germanae doctrinae corruptelas”).

[11] Juan XXIII, Veterum Sapientia, núm. 3: “Suae enim sponte naturae lingua Latina ad provehendum apud populos quoslibet omnen humanitatis cultum est peraccomodata: cum invidiam non commoveat, singulis gentibus se aequabilem praestet, nullius partibus faveat, omnibus postremo sit grata et amica”.

[12] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Varietates Legitimae (1994), núm. 49. Para el contexto de esta cita, véase Varietates Legitimae, núm. 7: “En algunos países, sin embargo, donde conviven varias culturas, especialmente como resultado de la inmigración, es necesario tomar en cuenta los problemas que esto suscita (cfr. más abajo núm. 49)”. Refiriéndose de nuevo a este problema, la Instrucción  prosigue diciendo (núm. 49): “En varios países hay diversas culturas que coexisten y a veces se influyen recíprocamente de modo tal que ello conduce gradualmente a la formación de una nueva cultura, en tanto que, a  veces, ellas procuran afirmar su propia identidad e incluso se oponen mutuamente a fin de robustecer su propia existencia. Puede ocurrir que la costumbre llegue a tener poco más que interés folclórico. La conferencia episcopal habrá de examinar cuidadosamente cada caso individual, y debiera respetar las riquezas de cada cultura y a quienes la defienden, pero no debiera ignorar o descuidar las culturas minoritarias con que no se tiene familiaridad. Debiera también sopesar el riesgo de que una comunidad cristiana se ensimisme, como también de que la inculturación sea usada para fines políticos”.

[13] Pablo VI, Instrucción Sacrificium Laudis (1968): “In Ecclesia latina christiani cultus humani fons uberrimus et locupletissimus pietatis thesaurus”.

[14] Se enfatizó este punto en la petición de 1971 de personalidades intelectuales y culturales de Inglaterra y Gales al papa Pablo VI, que condujo al [así denominado] “Indulto inglés” de 1971. Decía en parte: “El rito en cuestión, en su magnífico texto latino, ha inspirado también a una multitud de invaluables logros en las artes –no sólo obras místicas, sino también obras de poetas, filósofos, músicos, arquitectos y escultores en todos los países y épocas. De este modo, él pertenece tanto a la cultura universal como a los clérigos y cristianos propiamente tales”.

[15] Esto es así también en el contexto del latín tradicional de la liturgia romana, incluyendo la Vulgata y el antiguo salterio latino: véase Federación Internacional Una VocePosition Paper 5: La Vulgata y los antiguos salterios.

[16] Juan XXIII, Veterum Sapientia, núm. 11, 2: “En el ejercicio de su paternal cuidado [los obispos y superiores generales] deberán estar precavidos para que ninguno de los sometidos a su jurisdicción, movido por el deseo de cambios revolucionarios, escriba contra el uso del latín en la docencia de los estudios sagrados superiores o en la liturgia, o reste importancia a los deseos de la Santa Sede en este aspecto, o los interprete erróneamente” (“Paternam iidem sollicitudine caveant, ne qui e sua adicione, novarum rerum studiosi, contra linguam Latinam sive in altioribus sacris disciplinis tradendis sive in sacris habendis ritibus usurpandam scribat, neve praeiudicati opinione Apostolicae Sedis voluntatem hac in re extenuent vel perperam interpretantur”).

[17] Concilio Vaticano II, Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (1963), núm. 36, 1: “Linguae latinae usus, salvo particulari iure, in Ritibus latinis servetur”. Cf el núm. 101.1: “De acuerdo con la secular tradición del rito latino, la lengua latina ha de conservarse por los clérigos en el oficio divino. Pero en casos individuales, el ordinario tiene la potestad de conceder el uso de alguna traducción al vernáculo para aquellos clérigos a quienes el uso del latín presenta un obstáculo grave en la recitación apropiada del oficio” (“Iuxta saecularem traditionem ritus latini, in Officio divino lingua latina clericis servanda est… singulis pro casibus, iis clericis, quibus usus linguae latinae grave impedimentum est quominus Officium debite persolvant”).

[18] Congregación de Ritos, Instrucción In edicendis normis (1965), preámbulo: “Al dictar las normas que se refieren a la lengua que ha de usarse en el oficio divino en coro, en común o en privado, el Concilio Vaticano II tuvo a la vista tanto la salvaguardia de las centenarias tradiciones de la Iglesia latina como la promoción del bien espiritual de todos aquellos a quienes corresponde esta recitación o que participan de ella. Por esta razón, estimó oportuno conceder el uso de la lengua vernácula en determinadas ocasiones y respecto de un tipo bien definido de personas” (“In edicendis normis quae linguam respiciunt adhibendam in celebratio Officii in choro, in communi aut solo, sacrosanctum Concilium Oecumenicum Vaticanum secundum prae oculis habuit et saecularem Ecclesiae latinae traditionem tutandam et bonum spirituale promovendum eorum omnium qui ad hanc precationem sunt deputati vel ipsam participant. Hac de causa opportunum duxit, quibusdam in adjuncti et personarum bene determinatis ordinibus, usum linguae vernaculae concedere”). Continúa diciendo el documento en la sección 1, citando a Sacrosanctum Concilium, núm. 101, que: “Los religiosos [es decir, las comunidades] “obligadas al coro” están obligados a la celebración del Oficio Divino “en coro” en latín” (“Religiones clericales “choro adstrictae” Officium Divinum “in choro” lingua latina celebrare tenentur”), y hace una cantidad de concesiones específicas para el uso del vernáculo, por ejemplo en los países de misión, con el permiso de las autoridades competentes.

[19] La Constitución Sacrosanctum Concilium se promulgó el 4 de diciembre de 1963, y la instrucción In edicendis normis fue publicada el 23 de noviembre de 1965.

[20] Benedicto XVI, Exhortación apostólica post-sinodal Sacramentum Caritatis (2007), núm. 62:  “Pedimos a los futuros sacerdotes que, desde sus tiempos de seminario, reciban la preparación necesaria para entender y celebrar la Misa en latín, y también que usen los textos latinos y canten el canto gregoriano. Y no debemos olvidar que se puede enseñar a los fieles a recitar las oraciones más comunes en latín y a cantar en gregoriano algunas partes de la liturgia” (“In universum petimus ut futuri sacerdotes, inde a Seminarii tempore, ad Sanctam Missam Latine intelligendam et celebrandam nec non ad Latinos textus usurpandos et cantum Gregorianum adhibendum instituantur; neque neglegatur copia ipsis fidelibus facienda ut notiores in lingua Latina preces ac pariter quarundam liturgiae partium in cantu Gregoriano cantus cognoscant”). Cfr. Código de Derecho Canónico, canon 249: “El programa de formación de los sacerdotes ha de proveer que los estudiantes reciban una cuidada educación no sólo en su lengua nativa sino también que entiendan bien el latín” (“Institutionis sacerdotalis Ratione provideatur ut alumni non tantum accurate linguam patrian edoceantur, sed etiam linguam latinam bene calleant”). Cfr. también Concilio Vaticano II, Decreto Optatam totius sobre la formación sacerdotal (1965), núm. 13: en lo que se refiere a los seminaristas, “[a]demás han de adquirir un conocimiento del latín que les permita entender y usar las fuentes de tantas ciencias y de los documentos de la Iglesia. Es necesario el estudio de la lengua litúrgica propia de cada rito, y debe alentarse ampliamente un conocimiento adecuado de las lenguas de la Biblia y de la Tradición”.

[21] Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, núm. 41-46.

[22] Dom Prosper Guéranger, Abad de Solesmes: L'Année Liturgique, en francés, publicado en 15 volúmenes entre 1841 y 1844 (publicado en inglés como The liturgical year en 1949). El beato Ildefonso Schuster, Arzobispo de Milán: Liber sacramentorum, en italiano, publicado en 5 volúmenes en 1919 (publicado en inglés como The Sacramentary en 1924). Pius Parsch: Das Jahr des Heiles, publicado en 3 volúmenes en 1923 (publicado en inglés como The Church's Year of Grace en 1953). Estas obras, especialmente las de Guéranger y Parsch, fueron y están siendo hoy difundidas ampliamente. El texto de L'Année Liturgique está disponible en línea, al menos en parte, en francés (véase aquí), inglés (véase aquí) y español (véase aquí). 

[23] Carta Apostólica Dominicae Coenae de San Juan Pablo II (1980), 10: “Non tamen desunt qui, secundum veteris liturgiae Latinae rationem acriter instituti, defectum huius “unionis sermonis” percipiunt, qui in universo orbe terrarum unitatem Ecclesiae significat et índole sua dignitatis plena altum sensum Mysterii eucharistici excitavit”.

[24] San Juan XXIII, citando de nuevo a Pío XI, habla de sus “rasgos concisos, ricos, variados, majestuosos y solemnes” (“Neque hoc neglegatur oportet, in sermone Latino nobilem inesse conformationem et proprietatem; siquidem loquendi genus pressum, locuples, numerosum, maiestatis plenum et dignitatis (4) habet, quod unice et perspicuitati conducit et gravitati”). Cfr. Veterum Sapientia, núm. 3. La cita de Pío XI es Epist. Apost. Officiorum Omnium, 1 de agosto de 1922: A.A.S. 14 (1922), pp. 452-453.

[25] Carta de Benedicto XVI a los obispos, que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007).

[26] Varietates Legitimae, núm. 39: la lengua de la liturgia “debe expresar siempre, junto con las verdades de la fe, el grandeza y santidad de los misterios que se celebra”. La Instrucción Liturgiam Authenticam (2001) exige el desarrollo de “un estilo sagrado que llegue a ser reconocido como propio del lenguaje litúrgico” (núm. 27).

[27] Federación Internacional Una Voce, Position Paper 3: La piedad litúrgica y la participación, especialmente núm. 8-10.

[28] El argumento de que estos rasgos son un obstáculo para la participación, formulado en el Sínodo de Pistoya (1786), fue condenado por Pío VI en Auctorem Fidei (1794), núm. 33: “La proposición del sínodo en que se muestra ansioso de remover la causa de que, en parte, se haya inducido el olvido de los principios relativos al orden de la liturgia, 'volviéndola (a la liturgia) a una mayor simplicidad de los ritos, expresándose en la lengua vernácula, y recitando en alta voz'; como si el actual orden de la liturgia, recibido y aprobado por la Iglesia, hubiera emanado en algún momento del olvido de los principios por los que debiera regularse –áspero, ofensivo para oídos piadosos, insultante para la Iglesia, favorable a los ataques de los herejes contra ella-".

***

Nota de la Redacción: Sobre el uso del latín en la liturgia hemos tratado, por ejemplo, aquí, aquí, aquí y aquí. De mucho interés es también una reciente publicada en Wanderer (véase aquí). 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Política de comentarios: Todos los comentarios estarán sujetos a control previo y deben ser formulados de manera respetuosa. Aquellos que no cumplan con este requisito, especialmente cuando sean de índole grosera o injuriosa, no serán publicados por los administradores de esta bitácora. Quienes reincidan en esta conducta serán bloqueados definitivamente.