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martes, 9 de mayo de 2017

El capítulo 14 de Resurgent in the Midst of Crisis (I)

El Dr. Peter Kwasniewski, asiduo de esta bitácora, publicó en 2014 el libro intitulado Resurgent in the Midst of Crisis. Sacred Liturgy, the Traditional Latin Mass, and Renewall in the Church, donde recopila diversos artículos anteriores sobre la liturgia de siempre. La traducción al español de este libro fue hecha por el Prof. Augusto Merino Medina y ella se encuentra pronta a aparecer, patrocinada por nuestra Asociación. 

Como anticipo, y contando con la autorización del autor, les ofrecemos el capítulo 14 de esta obra, donde se aborda la triple amnesia que sufrió la Iglesia después del Concilio Vaticano II, dejando de lado la sagrada liturgia, la doctrina social y el pensamiento de Santo Tomás de Aquino. Dado su extensión, hemos dividido este capítulo en dos entradas (véase aquí la segunda). 

 El autor

***

Capítulo 14

La triple amnesia: sagrada liturgia, doctrina social y Santo Tomás

Desde hace bastante tiempo he venido elaborando esta idea, que al comienzo me pareció fantasiosa, pero que, a medida que fui ponderando las pruebas, ganó en plausibilidad. La cuestión consiste en indagar cuál es el factor que, más que ningún otro, es causa del desorden y parálisis que reina en la Iglesia católica. Mi conclusión fue que, luego del Concilio, tuvo lugar una triple amnesia -para decirlo suavemente-  que le dio una forma bien específica a la rebelión:

1. La atenuación o negación de la liturgia tradicional.

2. El descuido de la doctrina social considerada en su integridad.

3. El rechazo de Santo Tomás de Aquino como Maestro Común.

No es en absoluto evidente que estas tres cosas estén conectadas, por lo que el peso de la prueba, o sea, el mostrar cómo se vinculan, recae sobre mí.

Si mi análisis es correcto, él ha de conducir a una receta exacta para curar la enfermedad. La amnesia se cura cuando uno vuelve a introducirse en la vida que tuvo en el pasado, a fin de recobrar la memoria mediante una experiencia vital. O, para cambiar de metáfora, cuando el problema es el hambre, no hay sustituto alguno para la comida y bebida. Lo que argumentaré aquí es que la comida y la bebida que necesitamos desesperadamente es la sagrada liturgia en toda su sacralidad, la doctrina social de la Iglesia en toda su amplitud y audacia, y el magisterio del Doctor Angélico en toda su extensión y profundidad. Una verdadera y cordial adhesión a la Tradición se expresa en reverencia por los Padres y Doctores de la Iglesia, epitomizados en Santo Tomás; en reverencia por la liturgia con que ellos oraron y que nos dejaron como legado, y en reverencia por el tipo de sociedad cristiana que ellos aspiraron a construir. Suprímase cualquiera de estas tres, y desaparecen las demás.



Áreas de autodestrucción

Comenzaré señalando tres áreas de simultánea autodestrucción.

Primero, el desmantelamiento del patrimonio litúrgico latino. Se ignoró aquí las advertencias de Pío XII en sus encíclicas Mediator Dei (1947) y Humani Generis (1950)[1]. Se ignoró también, en general, el noble canto de alabanza a la cultura y la liturgia latinas del Papa Juan XXIII en Veterum Sapientia (1962)[2]. A continuación, el Papa Pablo VI permitió que el Consilium mutilara el rito romano y causara estragos en la liturgia inmemorial de la Iglesia, que había alimentado a todos sus santos y sus teólogos.  Esto fue un profundo golpe para los medios de santificación de los fieles y para la fuente de inspiración de la teología. ¿Puede acaso sorprender, entonces, que en ausencia de una liturgia capaz de moldear la mente y la imaginación, nos encontremos enfrentados, en los niveles más altos de la intelectualidad católica, ya sea a una estéril pedantería, ya sea a sistemas de pensamiento salvajes y personalistas, que una sólida vida de devoción hubiera matado en el huevo?

Exactamente en el mismo momento en que tenía lugar esta revolución litúrgica, la verdad plena de la realeza del Señor –enunciada claramente en Quas Primas (1925) de Pío XI y en innumerables otros documentos de la Santa Sede- era desplazada silenciosamente como, por ejemplo, cuando se suprimió varios versos del himno Te Saeculorum Principem[3], o cuando el Vaticano presionó para que se alterara varias Constituciones políticas nacionales y Concordatos, de modo que el catolicismo ya no fuera la religión oficial de ciertos países y se pusiera por obra con ello –así se dijo- las enseñanzas de Dignitatis Humanae[4]. El Papa Juan Pablo II escribió una carta al episcopado francés declarando que la separación de la Iglesia y del Estado en Francia no sólo no era objetable, ¡sino que era parte de la enseñanza social católica! Y esto, en una carta que conmemoraba la Ley de Separación de 1905, que Pío X juzgó fundada en una tesis “absolutamente falsa, en un pernicioso error”[5]. Seamos francos, incluso si los francos no lo son: la realeza soberana de Cristo, tanto sobre los individuos como sobre las naciones y en el orden de la naturaleza no menos que en el de la gracia, es negada casi por todos desde el Concilio, ya sea porque simplemente se la olvida, tal como se podría olvidar la mecedora de la abuela en la buhardilla, ya sea porque se la repudia como una reliquia excéntrica de una ignorante Edad Media. La realeza del Señor resulta así acotada y espiritualizada hasta el punto de irrelevancia, como si Jesucristo no hubiera venido para cambiar radicalmente nuestras vidas y nuestro mundo.

Finalmente, despreciando las instrucciones de Juan XXIII, de Pablo VI y del propio Concilio Vaticano II, se ha olvidado casi del todo a Santo Tomás de Aquino o, más bien, se lo ha arrinconado por ciertas escuelas cuyos profesores no podrían exhibir ni siquiera un átomo de la sabiduría del Doctor Angélico, ni de sus conocimientos, ni de su santidad. Lo que es peor, se ha permitido el descarte de su doctrina. En la confusión posconciliar, el Vaticano no hizo ningún esfuerzo serio para asegurarse de que los seminarios y otros institutos de educación superior siguieran efectivamente las enérgicas recomendaciones de la teología y filosofía tomistas contenidas en los decretos de todos los Papas modernos y confirmadas por el Concilio. Y esto, a pesar de lo que Juan Pablo II había declarado en 1980: "Las palabras del Concilio son claras: los Padres [conciliares] vieron que es fundamental, para la adecuada formación del clero y la juventud cristiana, que se preserve un contacto estrecho con el patrimonio cultural del pasado y, en particular, con el pensamiento de Santo Tomás, y que esto, a largo plazo, es una condición necesaria para la tan ansiada renovación de la Iglesia"[6].

Se ha puesto de moda decir que los Papas no tuvieron jamás la intención de exaltar la doctrina tomista, sino sólo de mostrar a Santo Tomás como un ejemplo de teólogo santo, que puso a Dios en primer lugar en su vida. Aparte de ser esto una lectura absolutamente falsa de lo dicho por los Papas, su misma superficialidad revela su falsedad: hay cantidad de santos que fueron teólogos santos; a Santo Tomás se lo recomienda por razones totalmente diferentes de su santidad.

En suma, los gobernantes terrenos de la Iglesia latina repudiaron, o permitieron que fuera repudiado, mucho de lo más sagrado, eficaz y sabio de la vida de la Iglesia: el rito romano clásico de la Misa, con su rica ornamentación musical y ritual; la doctrina social católica en su integridad, y también las estructuras que todavía la encarnaban en algunas naciones católicas; y el teólogo más importante de la Iglesia y su centenaria sabiduría. Estos tres bienes, tan fundamentales para la vida de la Iglesia y para el cumplimiento de su misión de venerar a Cristo y predicar su Evangelio –los bienes del culto y los sacramentos, de la conversión de la cultura, y del conocimiento humano ordenado a la contemplación divina- fueron traicionados. La Iglesia se dio la mano con el triunfante liberalismo protestante, se prosternó delante del becerro de oro de la democracia, y quemó incienso a los emperadores de la intelectualidad actual.

Esto es lo que los príncipes de la Iglesia permitieron, sin importarles lo que el Concilio dice. El Concilio dice que la liturgia es, en este mundo, el encuentro más elevado, más sagrado y más misterioso entre Dios y el hombre. Lo que tenemos ahora, en cambio, gracias al nuevo misal y a cuarenta años de fláccida descentralización, no es ni elevado ni sagrado ni misterioso, sino todo lo contrario. El Concilio dice: que el laicado sea la levadura en la masa, la sal de la tierra; es decir, que lo sea la política de los antiguos cristianos que crearon el Sagrado Imperio Romano. Lo que tenemos ahora, gracias al dialoguismo de la Congregaciones Romanas y a la tolerancia papal, es un “laicado empoderado” que distribuye la Sagrada Comunión y vota por políticos pro-aborto. El Concilio dice: que los seminaristas sean educados rigurosamente, tomando como guía a Santo Tomás. Lo que vemos ahora en general, si tenemos la suerte de vivir en una diócesis donde todavía hay vocaciones, es una cantidad de sacerdotes que no conocen ni siquiera el Catecismo y cuya sabiduría pastoral puede resumirse en un “haz lo que te parezca correcto”. ¿Y hay todavía algunos que hablan de una renovación, de una segunda primavera en la Iglesia? Esto suena como si los judíos cautivos en Babilonia se hubieran dedicado a discutir acerca del programa de sacrificios que habría de realizarse en el templo la semana siguiente. Hubo un Año Jubilar en 2000, con tres años de preparación dedicados al misterio de la Trinidad. ¡Cuán noble y bien programado! Pero tenemos una Iglesia en que la gran mayoría sería incapaz de responder a la pregunta “¿Qué es la Trinidad?” sin relapsar en el más crudo arrianismo, o modalismo, o en alguna versión, en estilo “dibujos animados”, del gnosticismo (“la Trinidad es una familia llena de amor, según el modelo de padre, madre e hijo”).

 Benozzo Gozzoli, El triunfo sobre Averroes de Santo Tomás de Aquino, Doctor Communis, entre Aristóteles y Platón (detalle, 1471, Museo del Louvre)

Muchos y profundos vínculos

Tenemos que ver ahora las conexiones intrínsecas entre estos tres bienes, liturgia, doctrina social y tomismo, porque los vínculos son muchos y profundos.

La teología exige un contexto o escenario litúrgico. Es decir, la reflexión sobre la fe exige una vida de fe orante, inflamada, tanto intelectual como afectivamente, por los misterios de la liturgia[7]. La liturgia tradicional posee la luz y el calor que se requiere para inflamar un amor extático. Así pues, se puede concluir que la verdadera teología –verdadera tanto en el sentido de ser doctrinalmente ortodoxa como en el sentido de alimentar auténticamente, evangélicamente- sólo florece en una atmósfera convenientemente litúrgica.  La sabiduría tomista y la liturgia tradicional se elevan -y caen- juntas: la sabiduría profundamente afectiva que se encuentra en los escritos de un teólogo preconciliar como Garrigou-Lagrange surge de –y adquiere sentido en relación con- la vida de oración plena y fervorosa que han vivido tanto Santo Tomás como el propio P. Garrigou-Lagrange y demás santos, hombres y mujeres, gracias al inagotable tesoro de belleza y sabiduría que se conserva y comunica por la liturgia tradicional de la Iglesia, por el Oficio Divino y la Misa.

Aunque la expresión “liturgia tradicional” se refiere aquí, con propiedad, a la liturgia romana clásica, creo importante no excluir del todo el rito romano moderno, celebrado de un modo solemne, digno, bello y reverente[8]. Una comunidad que celebrara el nuevo Ordo Missae en latín, ad orientem, con canto gregoriano, incienso y ornamentos apropiados, sería, a pesar de todos los defectos de ese misal, una comunidad en que podría florecer una auténtica teología, de la cual podría luego surgir una visión política y una correcta forma de actividad social. No hay nada que se oponga más a la mentalidad liberal de Occidente que el redescubrimiento de la sagrada liturgia y la renovación del amor a ella. No sorprende encontrar, en las mismas personas, una combinación de modernismo social[9] y de modernismo litúrgico, ni sorprende tampoco que el motu proprio del Papa Benedicto XVI sobre las dos “formas” del rito romano haya sido tan violentamente atacado por quienes son partidarios del “espíritu del Vaticano II”. 

Pero  existe otra conexión más. Tanto la liturgia como la teología son dos actos públicos, debido a lo cual son actos políticos, que no existen en el aislamiento, sino en el contexto de una sociedad, de un Estado, de una cultura. Quítesele al niño sus envolturas sociales, su pesebre cultural, su establo político, y quedará desnudo, tiritando en el suelo, expuesto a los rigores del invierno. Un niño en esas condiciones morirá. Del mismo modo, una liturgia expuesta al frío y al oscuro secularismo de la modernidad será, primero, invadida por ésta, volviéndose ella misma cada vez más fría y oscura, y, luego de una lenta agonía, terminará por sucumbir a ella. Un mundo sin gobiernos bien constituidos y sin gobernantes que procuren el bien común, es un mundo que instintivamente, de mil modos, sutiles o explícitos, socavará la liturgia o, más bien, el modo litúrgico de vivir. Y junto con socavarlo, socavará también la ciencia de la sagrada doctrina y el contemplativo saborear lo Divino, y el sufrimiento que lo Divino conlleva, formadores ambos y guías de la teología. Destrúyase el Estado católico y la cultura, y se destruirá la atmósfera litúrgica de la vida. Efectuado esto, se marginalizará y paralizará los poderes de la liturgia, se destruirá eficazmente el contexto más significativo en que puede florecer la teología, que se enraíza profundamente en la tradición viva, llena de una mística piedad abierta a la trascendencia del misterio de Dios. En Santo Tomás y su escuela se encontrará, más que en ninguna otra parte, una tendencia coherente y profunda hacia la total integración de estos elementos de tradición, ciencia y piedad, junto con la convicción de que deben ser traducidos a esa realidad indicada por el término “Cristiandad”, y encarnados en ella.

La teología, como disciplina, tiene un carácter científico, si entendemos “ciencia” tal como lo hicieron los antiguos y los medievales: conocimiento de principios objetivamente cognoscibles y de las conclusiones que de ellos derivan, en su orden y dependencia propios[10]. Esta ardua disciplina es el reflejo, en el ámbito del espíritu, de la sociedad civil bien constituida, que es el orden más evidente y formativo que pueden encontrar los seres humanos: un ordenamiento de ciudadanos en vistas de su princeps (gobernante). La polis o comunidad política es, en esencia, la imagen de la Iglesia, no su antagonista por naturaleza; es sólo en la medida en que el hombre es un ser caído que la polis, neciamente, hace la guerra a la Iglesia. La Tradición es el dominio de la liturgia en la medida en que refleja el corazón de la Iglesia: fidelidad, reverencia, gratitud, amorosa visión de su propio pasado. Pero la Tradición sólo puede sobrevivir en una sociedad tradicional, en una sociedad que respete su propio patrimonio. El Estado y la cultura son los guardianes laicos de la Sagrada Tradición y de las virtudes naturales en que, al menos en parte, se basa la vida institucional de la Iglesia. Si se puede definir la teología como una ciencia tradicional enraizada en la experiencia litúrgica y ordenada a una piadosa sabiduría, entonces el Estado y su cultura pueden ser definidos como ese marco específico de condiciones naturales y de virtudes en que esta ciencia y su forma interna, la sagrada liturgia, pueden florecer. Se podría objetar a esta idea que la Fe misma, cuando se la vive con suficiente intensidad, crea una cultura y una sociedad católicas y, eventualmente, un Estado católico[11]. Pero cuando se la vive débilmente y se la expresa de modo ambivalente, se la configura como una imagen servil de la cultura, de la sociedad y del Estado en que reside, hasta que se funde con ellos para todos los efectos prácticos.

La interconexión entre sagrada liturgia, teología tomista y orden social católico no solamente no es accidental, sino que es esencial. Los tres viven y mueren juntos, y si bien no lo hacen siempre al mismo tiempo o del mismo modo, en general, tarde o temprano sus profundas conexiones se hacen evidentes en su mutuo florecimiento y su mutua decadencia. No sorprende que en la Alta Edad Media, la liturgia, la teología y la cultura política, a pesar de las fallas que jamás los hombres pecadores pueden evitar totalmente, hayan alcanzado cumbres inimaginables de perfección. Piénsese solamente en la catedral de Chartres, las procesiones del Corpus Christi, los autos sagrados y morales, la Summa Theologiae o la realeza de San Luis IX. Ni debiera sorprendernos tampoco que en los tiempos modernos la liturgia, la teología y la cultura política hayan caído, todas ellas, en una banalidad sin precedentes, en la bancarrota, en la blasfemia.

En todas las escuelas católicas con las que he tenido relación, he notado un hecho impactante: quien no adhiere simultáneamente a estas tres cosas de modo fiel e integral, no puede, al cabo, adherir ni siquiera a una sola de ellas. Cuando alguien trata de ser fiel a Santo Tomás pero rechaza o descuida la doctrina social (que se resume en la frase “la realeza de Cristo”) o la liturgia tradicional, comienza por truncarse, o eventualmente corromperse, su tomismo. Esto se puede ver en los muchos estadounidenses que adhieren a Santo Tomás y quieren ser fieles a su maestro, pero que, al abrazar el liberalismo político, terminan simplemente abandonando la visión tomista de la realidad social y, de modo más preocupante, toda la doctrina social de la Iglesia. Se ha desarrollado una especie de gangrena, aunque puede pasar algún tiempo antes de que ésta aflore con alguna opinión decididamente perversa. Del mismo modo, quien quiere ser “tradicional” pero mira en menos o desprecia a Santo Tomás, no podrá evitar contaminar y, quizá, socavar la filosofía y la teología tradicionales, y una vez que faltan esos fundamentos, todo está perdido, incluso la encarnación social de Cristo en la cultura y la sociedad cristianas.

 Icono oriental representando a Cristo en su triple oficio de Rey, Profeta y Sumo Sacerdote



[1] Mediator Dei está llena de respuestas a los errores que recién comenzaban a surgir y que hoy se han repartido por todas partes, por ejemplo, el uso extensivo del vernáculo (núm. 60), un “arqueologismo exagerado y sin sentido” que aspiraba a reemplazar los altares por mesas, a excluir el negro como color litúrgico, a retirar las estatuas y otras imágenes, o a desechar la polifonía (núm. 61-64); una mala comprensión del sacerdocio de los fieles (núm. 82-84), etcétera. Aún más evidente que el disenso con la Mediator Dei fue el disenso con la Humani Generis, con su enseñanza sobre los orígenes de la raza humana, la verdadera distinción entre naturaleza y gracia, etcétera, como también con sus aclaraciones sobre la inherente autoridad de las encíclicas papales cuando el Papa quiere, con ellas, resolver una cuestión disputada (cfr. núm. 20).

[2] La mayoría de la gente no ha oído siquiera hablar de esta Constitución Apostólica, que fue promulgada en la víspera del Concilio Vaticano II en una ceremonia de estudiada solemnidad, cuyo solo propósito fue reafirmar la centralidad de la lengua latina en los oficios litúrgicos y en el sistema educacional de la Iglesia católica. El documento hace una revisión de las opiniones recientes en favor de descentralizar el latín, y las rechaza inequívocamente. Aunque hay en el documento muchas cosas de orden disciplinario y, por tanto, sujetas a cambios, él presenta, con todo, una argumentación doctrinal en favor de la primacía del latín, especialmente en el culto y en la instrucción teológica. La Constitución, en todo caso, no ha sido jamás abrogada, aunque casi en ninguna parte se respetan sus prescripciones.

[3] Veáse Davies, M., The Second Vatican Council and Religious Liberty (Long Prairie, MN, Neumann Press, 1992), pp. 243-251, especialmente pp. 246-248.

[4] Por cierto, algún tipo de separación es solicitada por León XIII y todos los Papas anteriores, es decir, la Iglesia y el Estado tienen sus propios ámbitos que no deben confundirse. Pero la contrapartida de esta enseñanza es que el ámbito y la autoridad de la Iglesia tienen precedencia sobre los del Estado, y éste está obligado a socorrer a la primera en cuanto lo permitan las circunstancias. Uno cosa sería admitir que el Estado moderno no está en posición de cumplir con este noble papel, pero es algo totalmente diferente decir que el Estado no tiene nada que ver con la Iglesia, ni le debe nada: esta es una independencia que conduce, en último término, a la exaltación de la soberanía secular y a la supresión de la debida visibilidad y primacía de la Iglesia.

[5] Encíclica Vehementer Nos (11 de febrero de 1906), núm. 3.

[6] “Perennial Philosophy of St. Thomas for the Youth of Our Times”, Angelicum 57 (1980), p. 139.

[7] Véase Berger, D., Thomas Aquinas and the Liturgy, trad. de Christopher Grosz (Ypsilanti, MI: Sapientia Press, 2004).

[8] Me viene a la memoria un notable ejemplo: las Misas de la forma ordinaria celebradas en conjunto con el Sacred Music Colloquium de la Church Music Association of America.

[9] Véase Pío XI, Encíclica Quadragesimo Anno, núm. 60-61.

[10] La ciencia, en este sentido antiguo del término, es deductiva en el método, y procede desde principios aprehendidos por experiencia o recibidos de una ciencia más elevada. No es ciencia en el sentido de un conjunto de hipótesis puestas a prueba por experimentos ad-hoc.

[11] Para una exposición de esta verdad, véase mi “Conversion of Culture”, Homiletic & Pastoral Review 107/9 (j2007): 26-31, 46-47.


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