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miércoles, 29 de abril de 2020

A propósito de las Misas por streaming

Les ofrecemos un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski donde aborda algunas de las consecuencias absurdas que tiene la celebración de la Misa reformada en tiempos en que, por la pandemia de COVID-19 que asola el mundo, no hay feligresía presente. Aún así, muchos sacerdotes siguen celebrando la Misa de cara a un pueblo inexistente, el que a veces reemplazan por fotografías puestas en los bancos. Todo esto tiene, por cierto, un trasfondo teologócio sobre el sentido que tiene la participación en el Santo Sacrificio. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original. 

***

Lo absurdo del “versus populum” y el recogimiento de ad orientem” en la transmisión en vivo por Internet

Ahora que miles de parroquias, oratorios y catedrales en todo el orbe están transmitiendo Misas en vivo por Internet, ya sea semanales o diarias, es posible experimentar, mejor que nunca, la bancarrota de esa innovación postconciliar que monseñor Gamber consideraba, específicamente, el peor cambio litúrgico de todos los producidos en la Iglesia católica: la postura del celebrante de cara al pueblo durante la Misa.

New Liturgical Movement ha publicado en forma destacada muchos artículos, a lo largo de los años, que critican el “versus populum” desde puntos de vista teológicos, litúrgicos y psicológicos. Véase, al respecto, Mass ‘Facing the People’ as Counter-Catechesis and Irreligion” [“La Misa de cara al pueblo como contra-catequesis e irreligiosidad”]; “How Contrary Orientations Signify Contradictory Theologies” [“La diversidad de orientaciones expresan teologías contrarias”] y, como ejemplo especialmente pertinente, a la luz del memorándum publicado por cierto obispo en el American Mountain WestThe Normativity of Ad Orientem Worship According to the Ordinary Form’s Rubrics [“La obligatoriedad del culto “ad orientem” según las rúbricas de la forma ordinaria”] (este memorándum fue objeto de una extensa crítica aquí).

Con la transmisión en vivo a través de Internet el problema se centuplica porque el celebrante está de pie no frente a una congregación, como al centro de un círculo y rodeado por ella -situación en que hay, al menos, algo de símbolo humano, aunque no el que se requiere para el Santo Sacrificio de la Misa- sino frente a una cámara, como el conductor de un show televisivo de conversación o un cocinero durante una demostración culinaria.



Joseph Sciambra comenta en su bitácora

“La crisis del COVID-19 ha revelado también, claramente, otro punto de polarización en la Iglesia: el Novus Ordo y la Misa tradicional. Uno está centrado en el sacerdote y se adapta bien a esta época de medios de comunicación --de acomoda a la transmisión en vivo por Internet, con el foco en la personalidad de quien preside-; de ahí que muchas parroquias celebran un culto a la personalidad centrado en un sacerdote carismático, conocido fundamentalmente por hacerse amigo de todos. Recuerdo este tipo de sacerdote debido a sus paramentos con los colores del arcoiris, por las estúpidas bromas que intercala en sus homilías y por su interminable paseo por la nave, abrazando a todo el mundo en el “beso de la paz”. Durante muchos años he asistido a innumerables Misas tradicionales celebradas por muchísimos sacerdotes, de los cuales no recuerdo a ninguno muy bien, pero sí recuerdo que Cristo estaba allí presente”.

La existencia de gran confusión sobre la esencia misma de la Misa y el significado del sacerdocio ministerial puede apreciarse en los artículos periodísticos en que se entrevista asacerdotes, que andan ahora con mucho tiempo libre debido a que no tienen una feligresía que los absorba. Luego de haber definido el sacerdocio como una relación con el pueblo, cuando en realidad es una relación con Cristo primeramente y sobre todo, dichos sacerdotes buscan en vano, o al menos con grandes dificultades, dar un sentido intrínseco y trascendente a la realización del debido culto a la Santísima Trinidad, como el que durante siglos animó a las llamadas “Misas privadas”, y que el Magisterio de la Iglesia alentó hasta Benedicto XVI (véase mi artículo “The Church encourages priests to say Masses, even without the faithful” [“La Iglesia anima a los sacerdotes a celebrar Misa, aun sin fieles”]).

Dan Millette advierte que, durante medio siglo, se ha entrenado a los sacerdotes para “decir Misa para el pueblo”, lo que ha redundado en que muchos de ellos desarrollaran el hábito de pensar la Misa única o principalmente en términos de ver a la congregación e interactuar con ella, “tocándola” mediante el contacto visual, con determinado tono de voz, y con un ars celebrandi estilo barrio residencial:

“[La transmisión en vivo] plantea la cuestión, causada por el paradigma versus populum, de la necesidad de que el sacerdote tenga una audiencia, y plantea asimismo la idea de que la celebración de la Misa en solitario es, de algún modo, insatisfactoria e incluso esperpéntica. Así, se instala una cámara, a menudo sobre el mismo altar, a pocos centímetros de distancia del rostro del sacerdote, y los bien entrenados gestos y voz litúrgicos logran la audiencia deseada. En esta línea, recuerdo una historia que ocurrió en la crisis Covid-19 en Italia: un sacerdote solitario, con prohibición de decir Misa pública, decidió instalar selfies de todos sus feligreses en los bancos de la iglesia. Esta acción, prontamente imitada por otros sacerdotes, posiblemente le nació del corazón, pero se trata de un sentimentalismo que revela ausencia de verdadera comprensión litúrgica. Esto no es un tópico de transmisión en vivo per se, pero confluye con la necesidad de los sacerdotes de decir Misa en presencia de público”.

He aquí el registro del innovador uso de fotosimpresas a que a alude Millette:





Lo anterior representa una reductio ad absurdum de la postura versus populum, y constituye el producto final que resulta de la mentalidad “círculo cerrado”. Si la iglesia en que está ese sacerdote tuviera un tabernáculo detrás del altar, la inversión sería total: un sacerdote celebrando de cara a pedazos de papel con rostros impresos, en vez de orar hacia Dios que vive con su pueblo en calidad de Cabeza, de Rey, de Pastor; Dios en Persona, el Hijo de Dios cuyo sacrificio cruento en la cruz, que se representa sacramentalmente sobre el altar, es la única razón por la que se dice Misa, para beneficio de los vivos y de los muertos, donde quiera que ocurra que estén.

Quizá, sin embargo, esta foto de un obispo que dice Misa a una cámara es igualmente efectiva como reductio ad absurdum.

Más ejemplos de esto pueden verse en un artículo enviado a PrayTell, que incluye una foto de un individuo que proclama la Palabra a una iglesia vacía:


Ver esta foto me hizo apreciar nuevamente la sabiduría de la tradición de cantar la Epístola mirando al oriente y el Evangelio mirando al norte: con ello la posición del lector es determinada por ideas teológicas y simbólicas que no implican ninguna excentricidad cuando se está en una iglesia vacía, al revés del escenario ilustrado más arriba.

La riqueza actual de transmisiones en vivo ha traído, con todo, un cambio para mejor: la gran cantidad de Misas ad orientem (casi siempre según el usus antiquior) que están disponibles ahora en los medios sociales, equiparable a las opciones versus populum. Por lo que se sabe, esas Misas de cara al oriente no fueron ni de lejos tan abundantes o visibles a los ojos de los católicos como lo son hoy. Ojalá dispusiéramos de estadísticas acerca del número de espectadores, pero así como no hay duda de que se están diciendo más Misas tradicionales (privadas) que nunca antes desde 1969, se puede colegir que el número de católicos que hoy ven Misas dichas ad orientem desde sus casas es significativamente mayor que el de quienes ya asistían a Misas ad orientem en persona cada semana. La rápida decisión de los obispos de cerrar el culto público, haya sido o no exigida por las autoridades civiles, puede convertírseles en un sorprendente tiro por la culata.

El católico que desee empaparse más devotamente de los sagrados misterios puede, en cambio, contemplar liturgias como éstas:




Adviértase que, en la tercera de estas imágenes, se ve a la izquierda a un obispo que sigue la Misa desde el coro (fue él quien predicó la homilía).

Se ha comenzado incluso a ver unos pocos casos en que la jerarquía de la Iglesia reconoce el valor de la postura tradicional y alienta las transmisiones:


Con un número tan grande de Misas que se pueden ver, debemos recordar, una y otra vez, el hecho central de que los misterios más importantes de nuestra fe no se pueden ver: ninguna cámara puede capturarlos, no hay ojo humano que los pueda ver, ninguna cantidad de información proporcionada por los sentidos puede suplir a la falta de fe sobrenatural. La Trinidad es invisible, los ángeles son invisibles, el momento de la Encarnación, bisagra de toda la realidad material y espiritual, fue invisible; la divinidad de Cristo fue invisible durante toda su vida mortal (“no es la carne ni la sangre quien te lo ha revelado, sino mi Padre celestial”); la Redención que el Señor nos ganó en la cruz con su muerte, fue invisible, y no por ello menos universal y definitiva.

Las Misas transmitidas en vivo nos dan la oportunidad de preguntar una vez más: ¿Qué es lo que pensamos que vemos en la Misa? ¿Por qué necesitaría yo ver la cara visible del sacerdote cuando lo que busco es la cara escondida del Señor, cubierta por los velos sacramentales? ¿Por qué habría de ser distraído por una cabeza parlante cuando puedo entrar en el silencio con la imagen del Sumo Sacerdote y penetrar, por la fe, en el santuario no hecho por manos humanas? ¿En qué me beneficiaría ver una mesa con pan y vino cuando lo que necesito es un altar del sacrificio sobre el cual ofrecerme yo a mí mismo y a todos los que amo en unión con la Víctima que salva al mundo del pecado, de la muerte y del infierno? ¿Por qué habría de mirar el invisible milagro de la transubstanciación cuando para mí es muchísimo mejor asir, en mi mente, el borde del manto de Cristo, al mismo tiempo que el acólito sostiene el borde de la casulla, y pedirle Su poder sanador?

En el último boletín de los monjes benedictinos de Nursia leo estas emocionantes palabras:

“Durante siglos no fue posible ver de cerca los misterios del altar. En algunas épocas, se corrían las cortinas en los momentos más importantes de la Misa. Todavía hoy las solemnes oraciones de la consagración se dicen en los tonos más bajos -en susurros-, a medida que se despliega el drama de la liturgia. El ocultamiento, intrínseco a la Misa (con el iconostasio en el rito bizantino), fue común a todos, de algún modo, durante muchos siglos, y evocó una atmósfera de misterio. En nuestra época, que exige ver para creer, Dios nos ofrece una oportunidad de redescubrir el misterio, el misterio de la invisible eficacia de la Misa (2 Cor. 4, 18). Debemos confiar, para nuestra salvación, en un remedio invisible frente a esta invisible amenaza”.

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