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miércoles, 3 de febrero de 2021

Domingo de Septuagésima

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 20, 1-16):

“En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Semejante es el reino de Dios a un hombre, padre de familia, que salió muy de mañana a ajustar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en darle un denario por día, los envió a su viña. Y saliendo cerca de la hora de tercia, vio otros en la plaza que estaban ociosos. Y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que fuere justo. Y ello se fueron. Volvió a salir cerca de la hora de sexta y de nona, e hizo lo mismo. Salió, por fin, cerca de la hora undécima, y vio otros que estaban allí, y les dijo: ¿Qué hacéis aquí todo el día ociosos? Y ellos le respondieron: Porque ninguno nos ha contratado. Díceles: Id también vosotros a mi viña. Y al venir la noche, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: Llama a los obreros, y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta los primeros. Cuando vinieron los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada cual su denario. Al llegar los primeros, creyeron que les darían más; pero no recibió sino un denario cada uno. Y al recibirlo murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos últimos sólo han trabajado una hora, y los has igualado con nosotros, que hemos llevado el peso del día y del calor. Mas él dijo: Amigo, no te hago ningún agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo y vete; pues quiero yo dar a éste, bien que sea el último, tanto como a ti. ¿No me es lícito hacer de lo mío lo que quiera? ¿O será tu ojo malo porque yo soy bueno? Así que los últimos serán los primeros, y los primeros, postreros. Porque muchos son los llamados, y pocos los escogidos”.

 ***

Dice el papa San Gregorio Magno, en la homilía que se lee hoy en el tercer Nocturno de Maitines, que la hora undécima es la que va desde la venida del Señor hasta el fin del mundo. Vivimos, pues, en la última hora, y cada día que pasa nos acerca más a nuestra muerte y encuentro personal con el Señor, y al fin del mundo.

La crisis que vive hoy la Iglesia es la más grave de todas las que ha tenido que afrontar en sus dos mil años de historia, incluida la crisis del arrianismo, durante la cual sólo un puñado de obispos en todo el mundo permaneció fiel a la fe. Nuestra crisis y aquélla tienen en común la apostasía de casi todos los obispos, pero en el caso de la que estamos enfrentando, hay muchos otros factores, inéditos en las anteriores, que la hacen innegablemente mucho peor. Para no detenernos en esto, que no es el propósito de este comentario, mencionemos solamente la crisis del papado, que se venía preparando, silenciosamente, desde hace no menos de ciento cincuenta años, y que, so capa de fidelidad al Papa, ha acabado con el abandono de la sede de Pedro por multitudes de cristianos y, lo que es más grave, con el extravío de quienes la han ocupado en los últimos años. 

Pero si bien éstas son señales que hay que tener en cuenta, cuando se escudriña el futuro que le resta a este “siglo que envejece”, según la expresión de San Agustín -y recordemos las admoniciones del Señor en el Evangelio: “donde se juntan los buitres…”-, hay otro fin que se acerca de modo igualmente inexorable y silencioso: el de la vida de cada uno de nosotros.

Cada uno de nosotros vive en la hora undécima, cercana ya la noche. Si la primera victoria del diablo es convencernos de que él no existe, la segunda es quitar de nuestra mente toda consideración de nuestro fin, del término de nuestra existencia. No hay diablo, no hay muerte. El que es mentiroso desde el principio, ése nos ha mentido sobre los verdaderos parámetros de la realidad de nuestra vida: estamos enfrentados a un enemigo, y el tiempo que tenemos para superarlo, antes de que caiga la noche, es muy breve. Y se va volando, como todo tiempo.

Todavía nos queda vida para hacer buenas obras, por la misericordia de Dios que nos sostiene. Luego viene la noche, como nos ha prevenido el Señor, en que ya no se puede obrar. ¿Cuánto falta? Sólo Él lo sabe. Pero nos dice cuál es la actitud que nos conviene tomar: “si el dueño de casa supiera a qué hora ha de venir el ladrón…”.

Nuestra salvación es obra de Dios. Nosotros debemos esperar en ella operativamente, no sentados, sino de pie y obrando en lo que nos toca. No basta con estar bautizados ya, es decir, con haber compartido sacramentalmente la muerte y resurrección del Señor; no basta con haber comido su Carne; no basta con nuestra fidelidad actual. Ciertamente debemos confiar en la bondad de ese Dios que no ha amado tanto que entregó su Hijo por nosotros; pero la excesiva confianza, que se llama presunción, es una maligna trampa que nos tiende el diablo.

El Señor, de nuevo, nos llama a ser realistas y a esperar, con virtud teologal, no con desplantes y necedades, en su bondad. Por eso, al término del Evangelio de hoy nos dice: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. ¡No todos se salvan, como algunos encaramados en las alturas de la jerarquía proclaman por ahí, ambiguamente, como es su estilo! Por eso, en este atardecer de nuestra vida, que comienza apenas nacemos, y en este atardecer del mundo, oigamos la voz de San Agustín que nos dice: “Teme a Jesús que pasa, y que quizá no vuelva a pasar”.

La parábola de los jornaleros contratados (Domingo de Septuagésima)
(Imagen: Liturgia Latina)

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