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domingo, 7 de febrero de 2021

¿Por qué el latín es la lengua correcta y apropiada de la liturgia católica?

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, bien conocido por nuestros lectores, que aborda la importancia del latín en la liturgia desde una interesante perspectiva. El autor repasa los distintos registros y usos que tiene un idioma, para desde ellos explicar la función que tiene dicha lengua en la liturgia, a la que pertenece como parte de la Tradición de la Iglesia de rito latino. A diferencia de lo que habitualmente se piensa, no se trata de un mero elemento accesorio o accidental, como si diera igual que la Misa se rece en castellano, francés o inglés; antes bien, el latín es un elemento indispensable del rito romano, con el que se encuentra ligado de modo inescindible, puesto que cumple la función de separar lo sagrado de lo profano. 

El artículo fue publicado en Life Site News y ha sido traducido por la Redacción. La imagen que acompaña esta entrada proviene de la versión original. 

Peter Kwasniewski

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¿Por qué el latín es la lengua correcta y apropiada de la liturgia católica?

Peter Kwasniewski

Se comprenderá mejor por qué el latín es la lengua correcta y adecuada a la liturgia católica si se parte de una verdad que todo el mundo conoce por experiencia propia. Cada vez que se habla una lengua, se la habla en lo que los lingüistas llaman un “registro”, es decir, en un nivel de formalidad, pulimiento o refinamiento, que va desde el extremo de un habla grosera, descuidada o una jerga, hasta, en el otro extremo, un habla poética intrincadamente elaborada. Las personas pueden usar su lengua en diversos “registros” según las circunstancias y su educación. Del mismo modo, se puede decir que las lenguas como tales se presentan en “registros” diferentes.

En un extremo encontramos la jerga y las “lenguas macarrónicas” (pidgin) (se entiende por “lengua macarrónica” o pidgin una “forma de comunicación gramaticalmente simplificada que se desarrolla entre dos o más grupos que no tienen una lengua común: en los casos típicos, su vocabulario y gramática son limitados, y a menudo derivan de varias lenguas diferentes”).

En un tramo más elevado está el vernáculo corriente. Una notable diferencia que encontramos a este nivel es que las expectativas lingüísticas son considerablemente más altas en cuanto a uso, pronunciación, estilo, etcétera. Lo que la gente se permite en la jerga, no se lo permite en el contexto cotidiano.

En un tramo todavía más elevado están las llamadas “lenguas prestigiosas”. Por cierto, éstas son, para ciertas personas, su idioma nativo, pero se las elige como segundos o terceros idiomas debido a su reputación. El francés ha sido una lengua prestigiosa por más de mil años. Durante muchos siglos el latín fue una lengua prestigiada en Europa, tal como lo fue el griego clásico para los romanos. Adviértase que, aquí, las expectativas lingüísticas son todavía más elevadas, ya que se supone que estas lenguas son señal de educación, cultura, urbanidad. Un ruso del siglo XIX hablaba francés para mostrar que pertenecía a un estrato superior y cosmopolita.

En un tramo todavía más alto, y con un más alto nivel de expectativas, están las lenguas reservadas. Los ejemplos que vienen a la mente fueron todas lenguas prestigiosas en alguna época cuyo uso, ahora, se reserva enteramente para propósitos religiosos: hebreo, griego clásico, latín, sirio, eslavo eclesiástico antiguo y, fuera del ámbito cristiano, sánscrito y árabe coránico. Se venera estas lenguas porque con ellas expresamos veneración, y se han convertido en lenguas reservadas para contextos sagrados (o se las asocia especialmente con éstos). 

Se puede también distinguir lingua franca y lengua prestigiosa. La primera es adoptada por hablantes de otras lenguas como una forma ordinaria de comunicación por motivos prácticos, como cuando un italiano y un japonés hacen negocios en inglés. En cambio, la lengua prestigiosa se estudia, además, por motivos de cultura. O sea, se puede estudiar una lengua prestigiosa aunque no exista una necesidad práctica para hacerlo. Como las lenguas reservadas pertenecen siempre al rango de las lenguas prestigiosas, no se las usa solamente por razones prácticas. En resumen: los registros más bajos de las lenguas tienden a ser más prácticos por su propia naturaleza, mientras que los registros más altos son más cultos, ceremoniales, numinosos.

Una lengua no es materia sólo de comunicación práctica, sino que es, además, la encarnación de un pensamiento o de una obra de arte, una muy alta expresión de nuestra racionalidad, espiritualidad y trascendencia. La gente no escribe poesía, por ejemplo, por motivos prácticos. Lo que hace que una lengua sea lengua prestigiosa es, en parte, la profundidad, sutileza y amplitud de expresión que hace posible debido a su rica historia, y esto es más así en el caso de las lenguas reservadas, que habiendo sido usadas para orar durante siglos o milenios, están saturadas de asociaciones sagradas. La lengua, en cierto sentido, se ha fusionado con la acción, con el rito, con su contenido, y se ha transformado en un símbolo que sirve de base y decora a otros símbolos.

Una vez que se comprende estas distinciones, podemos ver que la transición experimentada por el latín, de ser una lengua vernacular a ser una lengua prestigiosa y, finalmente, una lengua reservada, es perfectamente natural, análoga a lo que ha ocurrido con otras lenguas, fenómeno que podemos ver en todo el mundo y a lo largo de toda la historia.

Detalle de un manuscrito iluminado que contiene un fragmento del Magníficat

Ahora bien, cuando una liturgia sagrada se realiza en una lengua reservada, cualquier cambio que se haga en ésta probablemente va a ser un descenso lingüístico, quizá un gran descenso, hasta el nivel de lo que normalmente consideraríamos vernáculo, que está, por definición, en un registro más bajo.

El latín es un elemento crucial de la Tradición católica, que no se limita a acompañarla simplemente, sino que es parte integral de ella. En verdad, es el medio por el que la Tradición se transmitió al mundo occidental. Incluso si los modernos se ponen de acuerdo en que debe abolirse totalmente el latín, no dejaría por ello de ser parte de la Tradición, lo cual es un hecho irredargüíble e inamovible. Podría comparárselo con el celibato: la ley eclesiástica de que un sacerdote no puede casarse deriva de la Tradición, y hoy muchos “expertos” dicen que “saben” que el celibato es responsable del bajo número de sacerdotes que hoy existe. Junto con el sacerdocio femenino, el celibato es un blanco favorito de los modernistas, y se supone que todo católico “moderno” debe oponerse a él. Sin embargo, es parte de la Tradición, y como tal, irreversible. El latín se parece mucho al celibato en este aspecto. Aunque su uso en la liturgia no es de ley divina sino de ley eclesiástica, es, con todo, parte de la Tradición (como lo son el griego, el eslavo, el sirio, el armenio, etcétera, para las Iglesias orientales), y debería, por tanto, preservárselo, independientemente de nuestras modernas opiniones personales.  

El error que condujo a la abolición del latín fue de naturaleza neo-escolástica y cartesiana, es decir, la creencia de que el contenido de la fe católica no está incorporado o encarnado sino que, de algún modo, se lo abstrae de la materia. Y así, muchos católicos piensan que Tradición significa solamente un contenido conceptual que es transmitido, sin que importe el modo en que es transmitido. Pero eso no es verdad. El latín mismo es una de las cosas que han sido transmitidas, junto con el contenido de todo lo que está escrito o cantado en latín. Además, la Iglesia misma ha reconocido este punto en muchas ocasiones al destacar el latín como digno de especial alabanza, y al reconocer en él un eficaz signo de unidad, catolicidad, antigüedad y permanencia de la Iglesia latina.

El latín posee, pues, una función cuasi-sacramental: tal como el canto gregoriano “es el ícono musical del catolicismo” (Joseph Swain), así también el latín es su “ícono lingüístico”. Los reformadores litúrgicos, atrapados por el racionalismo, trataron el latín como un mero accidente, como si fuera la envoltura desechable de un producto, cuando, en verdad, es más como la piel de un ser humano. La piel es superficial, pero si se la saca, el resultado será horrible espectáculo.  

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