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miércoles, 11 de julio de 2018

¿Se puede cuestionar la reforma litúrgica?

A continuación ofrecemos a nuestros lectores la traducción de un artículo del Dr. Peter Kwasniewski en forma de diálogo, referido a la reforma litúrgica y la correcta comprensión por parte de los fieles de lo que significa la autoridad magisterial del Romano Pontífice y de cuáles son sus límites.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive. La traducción ha sido hecha por la Redacción. Existe también otra traducción al castellano hecha por Adelante la fe

 El desastre del LZ 129 Hinderburg (1937)
(Foto: OnePeterFive)

***

¿Puede un católico fiel cuestionar la reforma litúrgica? 
Un diálogo

Peter Kwasniewski

William: Querido amigo, simplemente no puedo aceptar tu postura de que el Novus Ordo es intrínsecamente defectuoso. Jamás un Papa promulgaría una liturgia que fuere dañina para los fieles.

Terence: ¡Me sorprendes, Bill! ¿Qué es lo que te impide ver algo que a mí y a tantos otros católicos nos parece obvio? ¡Por cierto que un Papa puede hacer semejante cosa, puesto que Pablo VI lo hizo abiertamente, y aquí estamos, hundidos hasta las pantorrillas en el desastre! Un desastre que nos rodea por todas partes en las innumerables liturgias aburridoras y banales, cuando no irreverentes y sacrílegas, que se celebran día tras día. 

W.: Eso ocurre solamente por el modo cómo la gente ha decidido celebrar esa liturgia, Terry. No hay nada en ella intrínsecamente malo, ni podría haberlo. ¡Echale la culpa al chófer, no al automóvil!

T.: Retrocedamos los dos un paso. Tus vacilaciones proceden, si no me equivoco, de una soterrada ansiedad acerca de las consecuencias que tendría el aceptar que fue un error de Pablo VI promulgar un nuevo Ordo para la Misa (y para casi todo lo que cayó en sus manos). En efecto, ¿qué consecuencias tendría para la vida y los deberes de los católicos el creer que la nueva liturgia es una desviación, un camino sin salida, y que la liturgia tradicional que la precedió fue fundamentalmente sana y adecuada para responder a las necesidades del “hombre moderno”, por lo que debiéramos, con todas nuestra fuerzas, adoptarla de nuevo? 

W.: Ese es, precisamente, el punto. Y puesto que lo has expresado, creo que las consecuencias serían considerables. Me parece que no podríamos confiar en el Papa para nada, si no fuera posible confiar en él respecto de la liturgia. Y eso podría socavar todo el sistema católico de creencias y prácticas.

T.: Te sorprenderá saber que a mí no me parece que habría ninguna consecuencia de importancia. No obstante lo que pienso sobre la reforma litúrgica, sigo profesando el Credo y aceptando todos los dogmas y enseñanzas morales claramente enseñados por la Iglesia. Sigo luchando por vivir imitando la vida del Señor, de su Madre y de todos los santos. Acepto y enseño la enseñanza contenida en los catecismos autorizados. Adoro a Dios según la tradición apostólica que la Iglesia nos ha transmitido incólume, en cuanto que es la fuente primera de su santidad. En realidad, la única diferencia entre yo y un católico de hace un siglo es que para él era más fácil acceder a todas estas cosas, en tanto que yo debo buscarlas con gran esfuerzo, arrostrando la ignorancia, el error, la hostilidad y la indiferencia tanto del clero como de los laicos.

W.: Tu modo de expresarte es un poco exaltado, pero me imagino que en esto no te diferencias mucho de un católico sincero de los tiempos de la Reforma, que vivía en medio de la corrupción eclesiástica y la confusión doctrinal, esforzándose duramente por conocer su fe y vivir de acuerdo con ella. 

T.: Así es. ¿Quiere ello decir que voy camino a repudiar el oficio papal o su autoridad suprema para definir o juzgar en materias de fe y de moral? ¡Estoy lejos de tal cosa!  

W.: Entonces, ¿cómo explicas la tremenda caída de la prudencia papal que tus puntos de vista suponen? ¿Acaso no se minaría la reverencia que debemos al Papa y la confianza que depositamos en él?

T.: Apuntas aquí al corazón del problema. El oficio papal no excluye por principio graves caídas en el orden de la prudencia y en cuestiones magisteriales no definitivas. Tales caídas pueden incluir la aprobación imprudente de un rito litúrgico o sacramental defectuoso en sus aspectos secundarios (es decir, no en su materia y forma), capaces de producir una comprensión inadecuada o errónea de los misterios a que se refiere. Ni las Escrituras ni la Tradición ni el Magisterio han dicho jamás que tal cosa sea imposible, ni es algo que queda excluído por la doctrina de la infalibilidad papal definida por el Concilio Vaticano I. Por lo tanto, es perfectamente posible.

W.: Tendría que estudiar más a fondo el Vaticano I para evaluar tu argumentación.

T.: Además de lo que el mismo Magisterio dice sobre sus propias condiciones y limitaciones, se supone que también tenemos que tomar en serio las pruebas de nuestra razón, de nuestros sentidos, de nuestro ingenio. Dios es autor tanto de la naturaleza como de lo sobrenatural. En presencia de un desastre, tenemos que aceptarlo como el desastre que es, y reaccionar en consecuencia. 

W.: Yo me mantengo en mi posición de siempre: si un laico o clérigo deriva de la nueva liturgia algún error en materia de fe o de moral, es por su propia culpa, ya que no se le ha exigido entender mal cosa alguna, como ocurre en el caso de una liturgia explícitamente herética, como la de los calvinistas.

T.: Eso no me convence, porque es deber de la autoridad competente proporcionar todos los apoyos que requiera la naturaleza humana para comprender correctamente y, en la medida de lo posible, para evitar todo lo que pudiera fácilmente sugerir un error. Si hay muchos que comprenden mal lo que se les entrega, el problema está en aquello que se les entrega, y la culpa la tiene claramente quien lo entrega.

W.: Ten paciencia conmigo, porque todavía estoy enterándome de las diversas posturas de este debate. ¿Podrías ilustrarme con algunos ejemplos?

T.: El Novus Ordo suprime los tradicionales apoyos para comprender y realizar correctamente el culto. Después de todo, es esto lo que significa ortodoxia: recta doctrina y recto culto, ambas cosas inseparables. E introduce tanto algunos elementos propios de anticuarios como otros noveles que sugieren una comprensión falsa de la Misa. Por ejemplo, el regresar, anacronísticamente, a algunas antiguas prácticas eucarísticas que, resucitadas luego del desarrollo de la piedad medieval, cuyos efectos se prolongaron hasta el mundo moderno, no podían sino tener una inflexión modernista, con el resultado de debilitar la fe en la Presencia Real. Además, están bien documentadas las opiniones modernistas, ya sean vagas o explícitas, de los compiladores de la nueva liturgia, lo cual prueba que precisamente aquéllos que la armaron, tenían el propósito de suprimir algunos de aquellos apoyos y de introducir novedades.

W.: Cosa sumamente condenable, si es que es verdad.

T.: El punto está bien documentado precisamente por los mismos que revisaron la liturgia en las décadas sesenta y setenta.

W.: De acuerdo, vas a tener que mostrarme algunas de esas fuentes más adelante. Pero, supongamos que estás en lo correcto acerca de lo que los reformadores pretendieron hacer. ¿De qué modo involucra esto al Papa?

T.: ¿Crees posible salir del paso diciendo que un Papa que sanciona semejante resultado -producto de teorías discutibles, de sospechosas innovaciones y de claras desviaciones del consenso general de los Padres Conciliares, tal como está expuesto en Sacrosanctum Concilium- y que, a continuación, lo promulga para la Iglesia de rito latino, no es responsable, en un sentido real, de los efectos deletéreos que esta nueva liturgia ha producido en los fieles? ¿Podemos decir que no es, de modo alguno, responsable de sus defectos?

W.: No veo cómo podría no serlo. 

T.: La respuesta, tanto de la razón natural como del juicio de la fe, sería un clamoroso “no”. Ese Papa, de apellido Montini, es responsable del mal de la ruptura, y debe responder por todos y cada uno de los innumerables abusos del rito que promulgó, porque tanto en el modo como está redactado como en el modo cómo de hecho existe y opera, se aleja de la vía segura de la tradición y abre la vía a una falsa inculturación, a un pluralismo sin límites, a un individualismo en la celebración, a un egoísmo, a un narcisismo.

W.: Me siento incómodo con el rumbo que llevas, pero me resulta difícil negarlo. El Papa es responsable de lo que promulga, y si los errores están en la construcción misma, por decirlo así, es tan autor de ellos como Bugnini o cualquier otro miembro del Consilium. O, más bien, es más autor todavía, porque adopta formalmente el trabajo como suyo propio en el momento en que lo presenta, con toda su autoridad, firmado con su nombre.

T.: Exactamente.

W.: Pero, ¿por qué estás tan seguro de que los resultados han sido invariablemente malos?

T.: No digo totalmente malos, sino malos en su mayor parte. ¿Podría alguien poner seriamente en duda que la nueva liturgia ha tenido los efectos más destructivos desde que fue introducida a la fuerza hace más de medio siglo? Aparte de las estadísticas sobre la rápida y devastadora caída en la asistencia a Misa en todo el mundo católico (tendencia que comenzó con el primer fervor de la experimentación litúrgica de la década de 1960 y continúa hasta hoy día, como nos lo recuerda el continuo cierre de iglesias), existe una confusión masiva acerca de lo que la Misa es, y acerca de si el Señor está realmente presente en la Eucaristía, y acerca de cómo se diferencia del laico el sacerdote que está en el altar, y acerca de otros temas básicos (¡básicos!) de la Fe católica. Y ello incluso entre los católicos que todavía van a Misa, a quienes las encuestas les hacen preguntas tan fáciles que cualquier niño de primera comunión en la década de 1950 hubiera respondido con toda facilidad. Sobre todo, uno ni se atreve a preguntar a los católicos si la Misa es un sacrificio: casi los únicos que responderán que “sí” y que podrán dar una explicación sencilla de su respuesta son los que asisten a las Misas de las comunidades Ecclesia Dei, de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y de las pocas decenas de parroquias en todo el orbe que tienen una vida litúrgica saludable.

W.: ¿No provendrá la mayor parte de estos problemas de una descuidada puesta en práctica, de una mala predicación, de ausencia de buenas escuelas católicas?

T.: Me parece que estás evitando, cuidadosa y convenientemente, referirte al hecho de que la nueva Misa fue ella misma percibida como algo que invitaba y aun requería una ejecución alejada de la tradición e improvisadora, con una prédica de estilo narrativo, y jamás se hizo nada verdaderamente importante para evitar todo esto.

W.: Pero ha habido tantos documentos del Vaticano…

T.: Ah, no empieces con eso… La cantidad incalculable de documentos sin mordida y la montaña de palabrería ineficaz son un testimonio del total fracaso de un verdadero gobierno pastoral. Irónico, en una época que ha adoptado la palabra “pastoral” como su más especial descriptor. Si existiera un genuino deseo de restaurar la sacralidad, la reverencia, la belleza la solemnidad, la seriedad, la buena música, etcétera, en la liturgia, ello hubiera ocurrido hace ya mucho tiempo. Pero no hay tal deseo ni jamás lo habrá porque el Novus Ordo no está comprometido fundamentalmente, inflexiblemente, dogmáticamente, con la visión tradicional del culto, ni tampoco lo están ni los Papas ni los obispos que lo apoyan.

W.: ¿De modo que piensas que el Novus Ordo está sentenciado a fracasar, que no puede ser corregido?

T.: No hay motivo alguno para andarse con rodeos. El simple hecho de haber echado por la borda la liturgia heredada, amada durante siglos y en todo el orbe, y la imposición de una inmensamente diferente neoliturgia a un conjunto de fieles que no pedían tal cambio, explica más que adecuadamente por qué ella no fue bendecida por Dios con la fecundidad característica de la única verdadera Iglesia o con la universal aceptación que se espera de un acto del Papa.

W.: Explícate más, por favor.

T.: Sus malos frutos fueron evidentes de inmediato, o su falta de aceptación por miembros del laicado y del clero fue un agudo indicio de que algo andaba gravemente mal: y esta señal no ha disminuido sino crecido en las décadas posteriores, hasta llegar al presente. Con la excepción de algunos lugares que tenían desde antiguo un rito propio y se adhirieron a él porfiadamente, la liturgia tridentina fue siempre aceptada con unanimidad por el mundo católico. En severo contraste, el nuevo rito de Pablo VI dio origen a controversias desde el principio. Se lo cuestionó y se lo resistió por un número no despreciable de católicos, famosos y no famosos, en diversas partes del mundo, y nunca triunfó entre aquellos a quienes estaba dirigido. Con cada año que pasa, hay más católicos en todo el mundo que rechazan efectivamente esta desastrada reforma en su totalidad, al tiempo que buscan regresar a esa bendición que es el culto tradicional. Esto no había sucedido jamás en toda la historia de la Iglesia. Lo cual debiera hacernos entender los límites de cualquier persona -sea el líder indiscutido del mundo nuevo o el poderoso Papa de Roma- para dictar cómo debe ser la realidad.

 El Prof. Kwasniewski ofrece una conferencia (2015) en la Universidad Franciscana de Steubenville (EE.UU.)
(Foto: Rorate Caeli)

W.: Evidentemente no compartes la opinión de algunos bloggers que creen que el tradicionalismo es un fuego fatuo, destinado a seguir los pasos de la irrelevancia amish…

T.: Sin entrar en la cuestión fascinante de cuán irrelevantes son los amish cuando se los compara con los últimos resuellos del protestantismo central, sí: no comparto esas visiones excesivamente optimistas. A pesar de los vanos deseos de sus fabricantes, la Misa Novus Ordo no podrá jamás establecerse como la única forma del rito romano. Las comunidades que se constituyen en torno a la Misa tradicional producen una cosecha desproporcionadamente grande de vocaciones sacerdotales y religiosas[1], resultado de familias sólidamente extensas y bien catequizadas. 

W.: Tendrás que admitir, sin embargo, que el papa Francisco y sus partidarios en todo el mundo están haciendo sus mejores esfuerzos para suprimir a los tradicionalistas.

T.: Cuando se persigue a los tradicionalistas, como se lo ha hecho durante este pontificado, ellos no se rinden ni huyen. Si la sangre de los mártires es la semilla del cristianismo, algo análogo sucede con el desbancamiento de los tradicionalistas, lo que no hace más que incrementar su intenso trabajo y su oración por la verdadera reforma de la Iglesia, y confirma su diagnóstico de la orientación fundamentalmente modernista de sus enemigos, la cual no es, en todo caso, difícil de comprobar. 

W.: ¿No crees que existe el peligro de que los tradicionalistas desarrollen un complejo de mártires, y piensen que son mejores o que están más en lo cierto porque experimentan problemas?

T.: El hecho de que los tradicionalistas sean vistos y tratados como peores que otros herejes o cismáticos debido a que creen y transmiten lo que todo católico creyó durante siglos, es una señal resplandeciente de que están en el camino correcto, en la senda estrecha que conduce a la renovación. La renovación proviene siempre de un absoluto convencimiento, de un compromiso total con la verdad de la revelación divina en la Iglesia. Si consideramos los movimientos de reforma, podemos ver que son siempre el trabajo de unos pocos, no de la mayoría. La mayoría está demasiado cómoda en su posición de poder o en su idea de “cómo son las cosas”. Los pocos ven las cosas de otro modo, imaginan algo mejor Es un privilegio sufrir como católicos los ataques de otros católicos. Es un privilegio sufrir por Jesucristo y por la Fe de nuestros padres en vez de rendirse a los remedos propuestos por el “club de los camaradas”.

W.: Parece que nos hemos alejado bastante de nuestra cuestión inicial. ¿Te importaría que volviéramos a ella?

T.: No, en absoluto.

W.: Lo que estoy decidido a mantener a toda costa es que el Papa, cuando promulga una liturgia, no puede promulgar una liturgia sacramentalmente inválida o una que contiene decididamente errores en Fe o moral.

T.: ¿A eso se reduce tu posición? Entonces, no existe desacuerdo entre nosotros.

W.: Explícate mejor, Terry. No me dejes en suspenso.

T.: No sé si llamarlo una cuestión de fe o una conclusión deducible de una cuestión de fe, pero estoy convencido -y creo que los tradicionalistas concordarían en general con esto- que el Papa no puede promulgar una liturgia inválida o una que contenga claros errores de Fe o moral. Dicho en sencillo, esto significa que todo rito sacramental promulgado por un Papa contendrá, por lo menos, la forma y la materia que se requiere para que ese sacramento sea completo, y que no sería posible establecer que expresamente niega un artículo de Fe o hace afirmaciones que sólo podrían ser calificadas de heréticas. 

W.: Hasta aquí vamos bien.

T.: De ello no se sigue, sin embargo, que todo el contenido de la Fe católica debería poder ser encontrado en un rito promulgado por el Papa. No hay razón por la que no pudiera dar una expresión gravemente inadecuada a ciertas doctrinas, o no pudiera contener ambigüedades susceptibles de interpretación herética. Por el contrario, un rito válido podría ser defectuoso en la expresión del contenido dogmático o moral de la Fe, y ser lo suficientemente superficial o ambiguo como para hacer que una interpretación herética sea no sólo posible sino probable. Y podría, además, permitir o fomentar una falta de la devoción debida, o una reverencia insuficiente o incluso un sacrilegio.

W.: Otra vez aquí ayudarían mucho los ejemplos. ¿A qué clase de defectos te refieres?

T.: Un ejemplo sería la omisión deliberada[2], a través de todo el Novus Ordo, de I Corintios 11, 27-29, donde se advierte severamente sobre la comunión eucarística indigna. ¡Esto no es un punto menor de doctrina, dado que tanto la Escritura como la liturgia conectan la recepción indigna con la condenación eterna del alma!

W.: Veo el punto, y te lo concedo.

T.: Algunos ultramontanos postulan mucho más de lo que tú y yo postulamos. Por ejemplo, dicen que una liturgia promulgada por el Papa está necesariamente bien ordenada; que necesariamente promueve el bien de la Iglesia como un todo; que es incapaz de producir efectos deletéreos en el cuerpo de fieles debido a omisiones, ambigüedades, adiciones u otras modificaciones. Lamento tener que reventar sus lindos globos, pero no existe forma alguna de probar tales puntos de vista, para no decir nada de las dificultades de sostenerlos en vista de las montañas de pruebas en contrario. Las alegaciones de este tipo están absurdamente infladas y son una burla de la doctrina católica y del papado mismo.

W.: Déjame resumir, para estar seguro de haberte entendido. El tradicionalista católico no afirma que el Novus Ordo Missae encarna claros errores de Fe o de moral. Sostiene, sin embargo, que no está en continuidad con la tradición del rito romano, y que esta discontinuidad ha producido efectos catastróficos en la vida real de la Iglesia. La práctica de la fe ha, de hecho, declinado debido a lo que se ha hecho a la liturgia, y las creencias ortodoxas y la moral han sufrido de hecho debido a las omisiones, ambigüedades, modificaciones y abusos tolerados en la nueva liturgia.

T.: El resumen está perfecto.

W.: Con todo, Terry, sigo creyendo que no eres justo con el Novus Ordo, y supones que siempre se lo ejecutará de un modo erróneo -como se lo ejecuta frecuentemente-. Pero, en teoría, sin embargo, deberíamos suponer que el Novus Ordo es según Pablo VI lo promulgó y lo quiso.

T.: Es totalmente artificial hablar de un Novus Ordo prístino que sirve de medida a todos los demás, al modo como lo es el metro diseñado en la Ilustración Francesa. Si se espera encontrar la nueva liturgia celebrada con total cumplimiento de la Instrucción General del Misal Romano y de acuerdo con la hermenéutica ratzingeriana de la continuidad, es decir, en latín las partes invariables (como lo pidió el Vaticano II), con canto gregoriano (como lo pidió el Vaticano II), ad orientem (como lo suponen las rúbricas mismas del Ordo Missae[3]), sin ministros de la comunión laicos, etcétera, habría que planear una peregrinación al Oratorio de Londres, de Oxford, o de Toronto. Pero no se encontrará esta rara ave en el aviario de cualquier barrio.

W.: Pero ¿no es así como se supone que debe ser?

T.: Este es el punto en que, mi querido amigo, estás equivocado. Si Pablo VI hubiera dado a la Iglesia una cosa definitiva, podríamos en tal caso aceptar tu propuesta. Pero si nos dio algo que es intencionalmente maleable, sometido a la inculturación, adaptación y variación, con los prácticamente incontables abusos que se tolera por todas partes, ¿podemos comenzar siquiera a hablar sobre si la “nueva liturgia” es buena o mala? ¿De qué estamos, al cabo, hablando? El hecho mismo de que sea tan indefinida, indeterminada e intratable es un golpe sin atenuantes contra ella, una señal de que o algo está mal con la forma misma, o de que la jerarquía (incluyendo los Papas) ha sido culpable de grave abandono de su responsabilidad de vigilar la liturgia y de asegurarse de que los fieles puedan acceder a ella en toda su plenitud integral. En cualquiera de estas dos situaciones, no hay más que hablar.

W.: A lo que me refiero es a lo que Pablo VI mismo pensó y deseó.

T.: A menos que tengas el don de leer las mentes con extraordinaria facilidad, te deseo buena suerte al leer la mente de Montini, quien parece haber cambiado de opinión según fuere la última persona que le hablaba. Además, ¿vamos a decir en serio que no importa qué tipo de teología modernista hayan sostenido los compiladores del Novus Ordo como si, una vez promulgada por Pablo VI, todos los errores que contenía se evaporaron y el resultado se saneó súbitamente, por una especie de milagro papal? ¿Cómo si la supresión del tiempo de Septuagésima, contraria a la antigua tradición y a la psicología humana, no importara en absoluto porque, una vez promulgado por Pablo VI el calendario empobrecido de 1969, es culpa de los fieles el no obtener del flamante calendario nuevo lo que sus antecesores obtenían del antiguo?

W.: Pones siempre demasiado énfasis en cosas secundarias.

T.: ¿Acaso la estética, los signos exteriores del culto[4] no tienen impacto alguno en la creencia subjetiva? ¿O vamos a repetir, una y otra vez, que toda falla de parte de los fieles en obtener lo que debieran de la Misa es exclusivamente culpa de ellos, no culpa de una liturgia despojada precisamente de esos elementos semióticos y de esas prácticas ascéticas que transmitían y reforzaban las verdades morales y dogmáticas?

W.: Está bien.

T.: Si ventilamos más esta lógica fascinante, tendríamos también que argumentar que la cesación de las obras penitenciales por parte de la mayoría de los fieles católicos, a pesar de que las primeras palabras del Señor fueron “haced penitencia y creed en el Evangelio”, no tiene nada que ver con la supresión de la abstinencia obligatoria los viernes y con el ayuno diario durante Cuaresma. Todo no es más que culpa de los fieles flojos, que debieran haber dado con penitencias creativas, en reemplazo de lo que sus padres hicieron durante siglos. 

W.: Me temo que habría que ser idiota para creer eso.

T.: A fin de cuentas, los defensores ultramontanos del Novus Ordo suenan cada vez más ingenuos, superficiales, poco convincentes, desconectado de la realidad. Sus argumentos en favor de la monumental ruptura son un insulto a Dios que creó la razón y la elevó mediante su gracia, que modeló nuestra liturgia católica a través de los siglos por el soplo de Su Espíritu, que puso sobre nuestros hombros el suave yugo de la obediencia a sus mandamientos y la leve carga de la sumisión a su Providencia.

W.: ¡Espero que no me estés incluyendo a mí entre tales defensores!

T.: No. Tú tiene mucho sentido común, que te ha sido muy útil en estos tiempos horribles.

W.: ¿Qué piensas, entonces, que debieran hacer los católicos?

T.: Por el amor de Dios (lo digo en serio), acabemos con la forzada apologética de la reforma litúrgica, miremos con franqueza el admirable desastre que fue, y busquemos la sanación en un regreso a los venerables ritos santificados por siglos de Fe y de devoción. En la realidad, tales ritos nunca murieron, y hoy están echando raíces en cada vez más lugares, como alimento verdadero para una grey culpablemente abandonada.

W.: ¿Y cuáles son las implicancias para el Papa? Después de todo, fue con el papado que comenzó esta conversación…

T.: Cuando Jesús dijo solemnemente a Pedro: “Apacienta mis ovejas… apacienta mis corderos”, le estaba pidiendo que tomara sobre sí esa tarea. No le dijo “Apacentarás mis ovejas y corderos” como si Pedro lo fuera a hacer automáticamente, quisiéralo o no. Cada Papa -en realidad, cada pastor espiritual- debe consiguientemente prestar oídos al Señor y escoger libremente seguirlo, apacentando amantemente las ovejas y corderos que Él compró con su sangre preciosa. Ojalá nuestros pastores despierten, si no lo han hecho ya, a la necesidad urgente de restaurar el culto tradicional de la Iglesia a su pleno honor y magnificencia, el cual jamás debiera haber sido despreciado y dejado de lado.

W.: Cualesquiera sean nuestras diferencias, Terry, en eso concordamos decididamente.

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[3] Véase mi artículo “La obligatoriedad del culto ad orientem según las rúbricas de la forma ordinaria”. [Nota de la Redacción: hay traducción castellana en esta bitácora]

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