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viernes, 30 de abril de 2021

Silencio y parálisis

Hoy, fiesta de San Pío V según el calendario reformado, les ofrecemos la transcripción de uno de los apartados del libro de Michel O'Brien intitulado El Apocalipsis. Advertencia, esperanza y consolación, que fue publicado en castellano por Homolegens en 2019 (un año después de la edición original en inglés) y cuya lectura recomendamos. Se trata de un libro que invita a meditar con esperanza y seriedad sobre los últimos tiempos, teniendo en cuenta que la escatología forma parte esencial de la Revelación. El texto que reproducimos trata sobre el fariseísmo, una materia que también interesó de manera especial al P. Leonardo Castellani (1899-1981), y sobre el que ha vuelto en los últimos años el escritor Juan Manuel de Prada.  De hecho, el sacerdote argentino decía que "toda la biografía de Jesús de Nazareth como hombre se puede resumir en esta fórmula: 'Fue el Mesías y luchó contra los fariseos' —o quizá más brevemente todavía: ' Luchó contra los fariseos'". Giovanni Papini (1881-1956) decía de ellos que eran "hipócritas [que] ensucian las palabras de lo absoluto, roban las promesas de la eternidad, asesinan las almas". En la actualidad ese combate sigue siendo un frente abierto, como lo muestra la hostilidad hacia la Misa de siempre que se observa de parte de tantos, incluso de quienes sostienen posturas "conservadoras".

Nacido en Ottawa, Canadá, en 1948, Michel O'Brien es un conocido escritor y ensayista sobre fe y cultura de formación autodidacta, además de un reconocido artista de estilo neobizantino. Converso a los 21 años, después de una etapa de agnosticismo y de una experiencia traumática, comenzó a escribir recién a los 46 años, y es autor de una cuarentena de libros, entre los que destacan las novelas El Padre Elías y once más que han sido publicadas en catorce lenguas y ampliamente reseñadas en medios de comunicación de Estados Unidos y Europa. Sus ensayos sobre fe y cultura han aparecido en publicaciones internacionales tales como Catholic World Report, Communio, Catholic Dossier, Inside the Vatican o The Chesterton Review. Durante siete años, fue editor de la revista católica Nazareth Journal. Ha dado charlas en varias universidades de Norteamérica y Europa, y es un constante invitado a programas de televisión. Participa también en Divine Providence Press. 

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Silencio y parálisis 

Michael O'Brien

Los católicos en Norteamérica y en Europa occidental vivimos cerca de iglesias esquizoides que nos exhortan a condenar el fariseísmo, pero que descuidan la llamada al arrepentimiento y la vida [eterna]. Un gran número de diócesis, parroquias y órdenes religiosas fomentan falsas escisiones en la mente y en el corazón, postulando que la verdad y la misericordia están en conflicto entre ellas; que la justicia y la misericordia son conceptos libres y relativos desunidos desde la base, desde el Único que es la Justicia y la Misericordia en sí mismo; que la doctrina y la práctica pastoral no tienen por que ser coherentes y que el auténtico ejercicio de la autoridad espiritual es el autoritarismo. La corrupción masiva de la misión evangélica de la Iglesia causada por algunos teólogos disidentes y por aquellos a lo que han formado, tiene mucho más peso que los errores cometidos por los beatos que hay entre nosotros, que son una verdadera minoría; diría una minoría mínima, incluso proporcionadamente microscópica. 

Década tras década hemos visto cómo nuestras iglesias se han transformado siguiendo la falsa interpretación del Concilio Vaticano II, que ha convertido la liturgia en un ritual social centrado en el hombre, que ha ignorado o rechazado, o cambiado o mal aplicado, la maravillosa enseñanza de los papas anteriores. Los que vivimos a nivel comunitario en estas iglesias nacionales hemos experimentado la marginación de los fieles católicos, hemos sufrido en silencio innumerables y apasionadas homilías contra el fariseísmo, igualado a la ortodoxia, mientras al mismo tiempo recibíamos una escasa y superficial enseñanza desde los púlpitos de la mayoría de las diócesis. Aunque muchos encuentran su alimento en la vida devocional o en las lecturas espirituales, o participando en grupos laicos o grupos de estudio, la gran mayoría de los creyentes no recibe una formación en la fe y están mal alimentados espiritualmente, como ovejas sin pastor. Poco a poco, gracias a una nueva generación de obispos y sacerdotes apostólicos la situación de algunas iglesias particulares está mejorando, aunque aún queda mucho camino antes de que haya una verdadera renovación. La mayoría de los católicos sigue ofreciendo su sufrimiento por las personas que lo causaron y por la purificación definitiva y el fortalecimiento del Cuerpo de Cristo en nuestro tiempo. Luchan por vivir la veritas y la caritas como una única cosa unificada, en medio de las infidelidades internas de nuestras iglesias particulares y del ambiente social y político hostil de nuestras naciones, que hace mucho que han capitulado ante las políticas contrarias a la vida y la familia. A medida que pasan los años y las décadas, muchos fieles católicos se han sentido cada vez como una minoría perseguida, no como una "élite" santurrona. Saben que son pecadores. Saben que necesitan la misericordia. Y, por esto, saben que necesitan la plenitud de la Iglesia y los Evangelios de Cristo para tener una vida espiritual y sacramental auténtica, el culto de Dios para el cual el hombre fue creado y, así, poder tener la fuerza interior para amar al prójimo como a uno mismo, es decir, tanto a su vecino como a toda la gente de la comunidad humana global. 

Puedo contar con una mano las personas que he conocido durante mi vida que se ajustan al estereotipo del antiguo fariseo. En comparación, conozco a varios cientos de creyentes afectuosos, heroicos y sacrificados que no juzgan a los demás y que por el hecho de ser fieles al depósito de la fe son considerados una "amenaza" para la iglesia particular. Sin mediar provocación alguna, muchas veces han sido las cabezas de turco y los pararrayos de los miedos y las malas intenciones de los demás, sin contradecir. En su gran mayoría, han sido ellos los juzgados. Si a veces han protestado por que se enseñaban falsedades en la Casa de Dios, se cometían sacrilegios o se desobedecían las normas universales de culto de la Iglesia, lo han hecho de manera privada y caritativa. La Iglesia enseña que no sólo están en su derecho de hacerlo sino que es su deber hacerlo[1]. Casi siempre se han encontrado delante una ira irracional o, en el mejor de los casos, indiferencia. Muchos, tras sufrir las consecuencias negativas de su dolorosos esfuerzos, y con poca o nula mejoría de su situación, han sucumbido a la decepción y, al final, han optado por el silencio. Su sensación de inutilidad crece como un cáncer en el Cuerpo de Cristo, y fácilmente causa una especie de parálisis. Han aceptado como inevitables una de las tácticas más insidiosas y destructivas utilizadas por los nuevos fariseos para neutralizar a la oposición. A los fieles se les ha repetido una y otra vez que si defienden la verdad se encontrarán a sí mismos acusados de fariseísmo. 

Recordemos la advertencia del papa Pablo VI: 

"La cola del diablo está funcionando y está desintegrando el mundo católico. La oscuridad de Satanás ha entrado y se ha difundido en la Iglesia católica hasta la cima. La apostasía, la pérdida de la fe, se está difundiendo en todo el mundo y en los niveles más altos dentro de la Iglesia" [2].

Y: 

"Un gran signo apareció en el cielo; una mujer vestida de sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otro signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene tiene cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso de pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz" (Ap 12, 14).  

Alberto Durero, La Virgen del Apocalipsis y el dragón de siete cabezas, 1498.
(Imagen: Pinterest)

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[1] El canon 212, § 3 del Código de Derecho Canónico señala: "Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas". 

[2] Pablo VI, Discurso con ocasión del 60° aniversario de las apariciones de Fátima, 13 de octubre de 1977.

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Nota de la Redacción: El texto transcrito está tomado de O'Brien, M., El Apocalipsis. Advertencia, esperanza y consolación, trad. de Helena Faccia Serrano, Madrid, Homolegens, 2019, pp. 114-118. El libro del P. Leonardo Castellani, titulado Cristo y los fariseos, se puede descargar aquí. Una breve explicación sobre el "neoconformismo conservador", si bien aplicado a la edulcorada difusión en castellano de la obra de G. K. Chesterton por parte de ciertos grupos católicos, se puede encontrar en este ensayo de Miguel Ayuso. Recomendable es también el diccionario que ofrece The Wanderer. En uno y otro se comprueba como los movimientos conservadores encubren un espíritu antitradicional, que busca aunar el mundo con el mensaje evangélico. 

miércoles, 28 de abril de 2021

Domingo III después de Pascua

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 16, 16-22):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver; porque me voy al Padre. Entonces algunos de ellos se dijeron unos a otros: ¿Qué nos querrá decir con esto: Dentro de poco no me veréis; mas poco después me volveréis a ver; porque me voy al Padre? Y decían: ¿Qué es esto que nos dice: Un poco? No sabemos lo que quiere decir. Entendió Jesús que le querían preguntar y les dijo: Disputáis entre vosotros de esto que he dicho: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver. En verdad, en verdad os digo: Que vosotros lloraréis y gemiréis, mas el mundo se gozará; y vosotros andaréis tristes, y vuestra tristeza se transformará en gozo. La mujer, cuando pare, está triste, porque viene su hora; mas cuando ha dado a luz un niño, ya no se acuerda del apuro por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. Pues también ahora vosotros tenéis tristeza; mas otra vez os veré, y se gozará vuestro corazón; y ninguno os arrebatará vuestro gozo”.

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Muchos, al ver los aciagos tiempos que vive la Iglesia, tanto a causa del mundo hostil, recaído en el paganismo, que la rodea, como de la apostasía y los escándalos en su interior, se preguntan, como los discípulos, “¿Qué es esto de un poco?”. Son ya, a lo menos, ciento cincuenta años desde que comenzaron a abatirse sobre la Iglesia sucesivas calamidades, y ante el espectáculo de la pérdida de la fe de tantos millones de católicos y de la autodestrucción (como decía Pablo VI, sin reconocer su tremenda responsabilidad en ello) que la propia Iglesia lleva dramáticamente a cabo, esto de “un poco” parece intolerable.

Los propios cristianos de la primera generación ya padecían de impaciencia ante el “retraso” del Señor en volver, y clamaban “Maran atha” (Ap. 22, 20), “¡El Señor viene!”, como si, diciéndolo de este modo, diciendo que “ya era” lo que “todavía no era”, pudieran adelantar su regreso. Buscando señales en los sucesos históricos de la proximidad del Señor y del término de las atroces persecuciones que padecían, muchos católicos de entonces, víctimas de una patología de la esperanza, creían que estaba a la vuelta de la esquina ese “milenio”, es decir, ese feliz período de simbólicos mil años que debía preceder a la “parusía” o regreso del Señor, que se menciona en el capítulo 20 del Apocalipsis. Les parecía, en efecto, de que ya no era posible que ocurrieran mayores males a la Iglesia y que, habiendo ya bebido ésta el cáliz hasta las heces, se aproximaba la recompensa final.

Pero ya San Pedro debió salir a corregir esta esperanza desesperada o, lo que es lo mismo, esta falta de esperanza. En su segunda epístola escribe: “¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que murieron los padres, todo permanece igual desde el principio de la creación” (2 Pe 3, 4). Y responde a esta pregunta, que se hacían muchos en su época, del siguiente modo: “Carísimos, no se os oculte que delante de Dios un solo día es como mil años, y mil años como un solo día. No retrasa el Señor la promesa, como algunos creen; es que pacientemente os aguarda, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan a penitencia” (2 Pe 3, 8-9).

Sí: nuestros tiempos son terribles, seguramente los más terribles desde el principio; pero no son para nosotros un mal, sino una ocasión de penitencia y enmienda. ¡Cuánto mejor hubiera sido nacer, piensan algunos, en períodos considerados “felices” para la Iglesia, como el siglo XIII (o cualquiera otro idealizado por una imaginación impaciente)! Pero ha sido la voluntad del Señor que naciéramos cuando nacimos y tuviéramos que enfrentarnos y padecer lo que hoy nos ha tocado. Con la prueba viene la paciencia; con la paciencia, la esperanza.

Pero los horrores de aquellos primeros siglos fueron tales que muchos en la Iglesia no hicieron caso de las palabras de San Pedro, el primer papa. Y siguieron escudriñando los acontecimientos para descubrir uno que sí fuera (“¡éste sí!”) la señal de que los tiempos se acercaban a su fin. Hoy hay muchos que, retomando especulaciones teológicas erróneas de gran antigüedad, llevan a cabo el mismo escudriñamiento: la monstruosa e incomprensible presencia actual de dos papas simultáneos (a pesar de que hubo época en que tuvimos tres al mismo tiempo); la apostasía de los obispos casi en masa (no obstante que ya apostataron durante la herejía de Arrio en el siglo IV); la heterodoxia (para no decir más) de uno, al menos, de nuestros dos papas (aun cuando ya hubo papas herejes en el pasado de la Iglesia, como Honorio I, condenado como hereje por un concilio general el año 680, y como Juan XXII, aunque este último, ante las “dubia” que le presentaron los teólogos, echó pie atrás in extremis y se retractó). Y en cuanto ya no a la doctrina de la fe sino a la moral, cuya relajación es hoy alentada desde el propio Vaticano, ya hubo descarrilamientos morales del clero iguales o peores que los actuales en el siglo X y en el siglo XV y en muchos otros.

Siguiendo los pasos de San Pedro, San Agustín quitó fundamento a toda esperanza milenarista y desalentó toda esperanza desesperada: este “siglo que envejece” no será para nosotros mejor que lo que fue el suyo para el Señor; y si al Maestro lo trataron como lo hicieron, a nosotros nos tratarán igual. No vino Jesús a prometernos tiempos felices, sino que Él mismo anunció, al momento de ser apresado, que se iniciaba el “poder de las tinieblas” (Lc 22, 53).

Lo que a nosotros nos toca es ir “orando y, con el mazo, dando”. Por muchos “signos de los tiempos” que creamos ver de que ya no es posible nada peor y que viene el fin (signos que desde hace unos 60 años los falsos profetas, y con otros fines, ven por todas partes), nosotros debemos atenernos a las sobrias palabras del Señor, para sanarnos las patologías de la esperanza y crecer en la esperanza, “virtud teologal”: “No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder” (Hch 1, 7).

Gustave Doré, El triunfo de la Cristiandad sobre el paganismo, circa 1866
(Imagen: Pinterest)

sábado, 24 de abril de 2021

El padre Reese y los peligros de la Misa tradicional

Hace algunos día fue noticia, incluso en los medios en castellano (véase aquí y aquí, por ejemplo), la columna del sacerdote jesuita Thomas Reese, por años profesor de la Universidad de Georgetown y columnista de Religion News Service, donde advierte sobre los peligros de la Misa tradicional y la imperiosa necesidad de alejar de ella a los niños y jóvenes. Se trata de una reacción que tiene una base cierta: a la Misa tradicional asisten sobre todo jóvenes y familias. Les ofrecemos hoy la respuesta de Jane Stannus a dicha columna, donde explica las razones del combate contra la Misa de siempre. Detrás existe una batalla cultural y teológica, cuyo objetivo es cambiar las bases de la fe católica y los resabios de su influencia que aún quedan en la sociedad. Defender la Misa tradicional y el Catecismo Romano no son caprichos de añoranza por lo antiguo, sino combates que hay que dar por la subsistencia de la verdadera fe católica. 

Jane Stannus es periodista y traductora. Sus columnas aparecen de manera regular en The Catholic Herald de Londres, The Spectator de EE.UU., y The National Catholic ReporterEl artículo que ahora les ofrecemos fue publicado en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción. 

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El padre Reese y los peligros de la Misa tradicional

Jane Stannus

(Imagen: artículo original)

¡Piensen un poco en los progresistas! La vida no ha sido últimamente miel sobre hojuelas para quienes quisieran ver nacer una nueva Iglesia. Así, al menos, lo deja entrever el P. Thomas Reese, s.j. en su última columna sobre el futuro de la reforma católica de la liturgia en Religion News Service. Hay mucho camino que andar -sus preocupaciones se centran en torno a ocho problemas litúrgicos- y, al parecer, la cantidad de progresistas jóvenes es insuficiente para recorrerlo.

¿Qué está pasando con la nueva generación, podría uno preguntarse? Lo que está pasando -para mal del P. Reese- es que está asistiendo a la Misa tradicional, como si el Concilio Vaticano II no hubiera jamás existido. O si no es toda esa generación, es al menos una parte lo suficientemente importante como para que el P. Reese suplique al Vaticano: “¡Haced algo!”. Escribe: “La Iglesia debe tener claro que lo que desea es que la liturgia anterior a la reforma desaparezca, y que sólo se la permitirá por condescendencia pastoral con la gente mayor que no comprende la necesidad del cambio”. “No se debiera permitir que los niños y los jóvenes asistieran a esa Misa”.

Por cierto, a pesar de que en este aspecto ha habido muchos abusos en los últimos 50 años, ni el Vaticano ni los obispos tienen, técnicamente hablando, autoridad para impedir la celebración de la Misa tradicional, ni para prohibir a los laicos (de cualquier edad) asistir a ella. San Pío V otorgó a todos los sacerdotes el derecho universal y a perpetuidad de celebrar la Misa tridentina en su bula Quo Primum (1570), derecho que fue reiterado por Benedicto XVI en su motu proprio Summorum Pontificum (2007). Ningún Papa ha osado revocar formal y expresamente la Quo Primum, redactada en términos tan enérgicos que cualquier intento de hacerlo sería de dudosa validez. Pero con autoridad o sin ella, los obispos pueden hacerles la vida sumamente desagradable a los sacerdotes que insisten en celebrar la Misa tradicional y a los laicos que los apoyan. Lo que está pidiendo el P. Reese es que se reanude la persecución a este nivel primario.

Pero es una delicia ver cómo el P. Reese admite abiertamente el poder que la Misa tradicional tiene de atraer a las almas. ¡Sólo mediante el ejercicio autoritario del poder, piensa él, puede hacer que los niños y los jóvenes dejen de asistir a ella! Con todo, lo que la famosa reforma litúrgica del Concilio Vaticano II supuestamente quiso lograr fue precisamente atraer a la juventud, actualizar la Iglesia, ponerla a tono con los tiempos. Pero el asunto ha resultado ser un tan feo tiro por la culata que esa codiciada juventud está votando mediante su forma de comportarse y atestando las Misas tradicionales. Y, lo que es peor, ¡se está casando y llevando también a la Misa tradicional a su numerosa progenie! ¿Es que jamás acabará la Edad Oscura?

¡Pobres progresistas! ¿Cuáles serán sus tristes pensamientos? Quizá algo del siguiente tenor: “Los jóvenes no son capaces de apreciar las cosas buenas que nosotros, envejecidos revolucionarios, negociamos y maquinamos a su tiempo. Les trajimos diversión a las iglesias, guitarras, música pop, espontaneidad, besos de la paz. Les dimos una Misa en vernáculo para que, por primera vez en muchos siglos, pudieran tener al menos una idea de qué se trataba todo esto. Hicimos que el sacerdote se diera vuelta hacia ellos para que sintieran que la Misa era algo de ellos en vez de ser el sacrificio del Calvario. Suprimimos temas como los cambios de vida, como el pecado mortal y la Realeza Social de Cristo y nuestra misión de convertir el mundo al catolicismo. Les dimos libertad para que vivieran no según los Diez Mandamientos sino según las tendencias del día: cambio climático, inmigración, temas raciales, justicia social. Nada de andar preocupados del Reino de los Cielos en la próxima vida; se puede alcanzar la salvación aquí, construyendo hoy la utopía”.

Fieles de Saint-Germain-en-Laye, Francia, oyen Misa en la calle debido a los cierres de templos decretados por la pandemia de COVID-19
(Foto: Notiulti)

Pero la Tradición es el opio del pueblo. En vez de dedicarse alegremente a construir la utopía intramundana, se verá los domingos a esa ingrata juventud de rodillas -¡de rodillas!- contemplando a un sacerdote con casulla que se dirige a Dios en una lengua que Él entiende, pero que los progresistas naturalmente ni entienden ni quieren entender. Los jóvenes permanecen en silencio durante largos y aburridos períodos de inacción, y no dejan que sus niños hablen ni jugueteen -inquietante regreso a la áspera disciplina de tiempos ya superados-. Las exóticas melodías del canto gregoriano se alzan en medio de ellos mezcladas con incienso, esa sustancia deliberadamente retrógrada. Y cuando menos se piensa, se ponen a rezar por la conversión de los no católicos y a comprar ejemplares del Catecismo tradicional.

Lo que los tradicionalistas están haciendo pareciera ser cosa pacífica, pero los progresistas saben que se trata de algo violento: “están alejando violentamente de nuestra utopía de amor, tolerancia y bienestar el foco de la religión; están poniendo los ojos en algo ultramundano, algo que está más allá, más alto. Cada una de sus genuflexiones es un desafío al dogma que hemos tratado, con tanto cuidado, de instilar en la Iglesia: Dios está más dentro que fuera; a Dios hay que encontrarlo en nosotros mismos, en el espíritu de nuestros tiempos, en la comunidad, en la interacción con los seres humanos”. El P. Reese escribe: “Más importante que la transformación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo es la transformación de la comunidad en el cuerpo de Cristo, para que podamos hacer real la alianza que tenemos gracias a Cristo”.

¡Cuánta soberbia tienen estos reaccionarios, que creen que pueden sencillamente dejar de lado los monumentales avances teológicos de los últimos 60 años y seguir llamándose católicos! Tenemos que retocar la liturgia un poco más todavía para asegurarnos que todos comprendan la nueva teología: “Demasiadas [plegarias eucarísticas] se centran exclusivamente en la consagración del pan y del vino, ignorando el significado de la plegaria”, dice el P. Reese. La consagración del cuerpo y de la sangre de Cristo es obviamente secundaria en la plegaria eucarística, que podría referirse al Evangelio o al problema social del momento -lo que es importante es la comunidad y sus acciones, no la reactualización del sacrificio del Calvario-.

La Misa tradicional es, al mismo tiempo, peligrosamente popular y, de suyo, resistente a las mejoras litúrgicas necesarias para alcanzar nuestra brava utopía. Debe acabarse, por lo tanto. La inculturación, una de las principales preocupaciones litúrgicas de P. Reese, es un estupendo ejemplo. No se puede inculturar la Misa tradicional. Donde quiera que se le ha permitido desarrollarse, se aferra más y más al terreno, transformándose en el fundamento e inspiración para una nueva cultura local, específicamente católica. Nosotros no queremos que la liturgia sea ella misma fuente de cultura: por el contrario, queremos que sea servidora de la cultura que la precede y que la domina. Por esta razón es que nos gusta tanto la Iglesia Amazónica.

“Cada conferencia episcopal -escribe el P. Reese- necesita que se la aliente para reunir académicos, poetas, músicos, artistas y pastores que desarrollen liturgias para sus culturas propias”. Los tradicionalistas recalcitrantes dirán, sin duda, “¿Y qué hay de los académicos, poetas, músicos, artistas y pastores que, en 1971, suplicaron al papa Pablo VI que no destruyera la Misa tradicional, que había inspirado una multitud de valiosos logros en las artes, no sólo obras de místicos, sino también de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas? ¿No es eso suficiente inculturación?”.

(Foto: Connect SP)

Pero no captan la idea. Los firmantes de esta carta a Pablo VI (entre quienes estuvieron el pianista Vladimir Ashkenazy, el historiador del arte Kenneth Clark, la soprano Joan Suterland y las novelistas Agatha Christie y Nancy Mitford) no fueron artistas como es debido. Cualesquiera fueran sus creencias religiosas, su obra estaba inextricablemente unida a la cultura creada por la Europa católica (y construida sobre ella), por la Misa de todos los tiempos. Nosotros, los progresistas, queremos liturgia que esté inculturada en culturas no católicas, no en culturas católicas. Necesitamos alejarnos de lo que el P. Reese denomina “las bases europeas” del catolicismo. ¡Descolonizar (¿o descristianizar?) la liturgia!

Esto lo he escrito con algo de ironía. Pero los católicos no debieran cometer la locura de despachar columnas como la del P. Reese como insensateces. Los progresistas tiene metas bien determinadas para la Iglesia. Y cuando tienen la bondad de explicarnos sus planes, debiéramos prestarles atención y reflexionar: ¿queremos que la Iglesia termine yendo donde el P. Reese quiere que vaya? Si no, cada uno de los puntos de su programa nos indica dónde tenemos que dar la pelea.

¿Quieren inculturación? No nos hagamos a un lado, para no molestar a nadie; por el contrario, adoptemos firmemente la postura de que una cultura católica fundada en la Misa católica e inspirada por ella es la mejor cultura. ¿Quieren más ecumenismo? Consideremos cómo el ecumenismo impide a las almas recibir la gracia santificante y las confina a estar fuera de la Iglesia de Jesucristo, sin tener nada que ver con ella. ¿Quieren que la Misa tradicional desaparezca? Consideremos cuidadosamente cómo la Misa tradicional impide que alcancen sus metas, y apoyemos entonces esa Misa con perseverancia: ella es nuestra fortaleza, construida para nosotros por los Papas, santos y mártires y antecesores nuestros desde los primeros siglos. Cuando estamos con ella, entonces estamos seguros y somos auténticamente católicos.

miércoles, 21 de abril de 2021

Domingo II después de Pascua (Domingo del Buen Pastor)

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 10, 11-16):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Pero el mercenario, el que no es propio Pastor, como no son suyas las ovejas, viendo venir el lobo, desampara las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa el rebaño; el mercenario huye, porque es asalariado y no tiene interés en las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, y conozco mis ovejas, y las ovejas mías me conocen a Mí. Así como el Padre me conoce a Mí, así conozco Yo al Padre, y doy mi vida por mis ovejas. Tengo también otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales debo Yo recoger, y oirán mi voz, y se hará un solo rebaño y un solo Pastor”.

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San Agustín, en un sermón, largo por la enorme importancia del tema, habla así de los pastores de la Iglesia:

“Esto dice el Señor Dios: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan sólo a sí mismos! […] Este es el primer motivo por el que se censura a estos pastores: se apacientan a sí mismos, no a las ovejas. ¿Quiénes son los que se apacientan a sí mismos? Aquellos de quienes dice el Apóstol: Pues todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo. En nosotros, a quienes el Señor nos puso -porque así él lo quiso, no por nuestros méritos- en este puesto del que hemos de dar cuenta con gran peligro, se dan dos aspectos que hay que distinguir: uno, que somos cristianos; otro, que estamos al frente de vosotros, en atención a vosotros mismos. En el hecho de ser cristianos miramos nuestra propia utilidad; en el hecho de estar al frente de vosotros, la vuestra. Son muchos los que, siendo cristianos, sin estar al frente de otros, llegan hasta Dios, quizá caminando más ligeros, al llevar una carga menor. Nosotros, en cambio, dejando de lado el hecho de ser cristianos, razón por la que hemos de dar cuenta a Dios de nuestra vida, estamos también al frente de vosotros, razón por la que debemos dar cuenta a Dios de nuestro servicio”.

Y continúa, especificando en qué consiste ese servicio:

“Lejos, pues, de mí deciros: «Vivid como queráis, estad seguros, Dios no hace perecer a nadie; basta con que tengáis la fe cristiana. Él no hace perecer a los que redimió, a aquellos por quienes derramó su sangre. Y si queréis deleitar vuestro ánimo con los espectáculos públicos, id tranquilos. ¿Qué tienen de malo? Id, celebrad, participad en esa fiesta que se celebra en todas las ciudades en medio del regocijo de los comensales y de los que creen hallar gozo en los festines públicos, cuando en realidad se pierden. La misericordia de Dios es grande y todo lo perdona. Coronaos de rosas antes de que se marchiten. Celebrad banquetes en la casa de vuestro Dios cuando os venga en gana; llenaos de comida y de vino en compañía de los vuestros: con ese fin se nos dio esta criatura: para gozar de ella. Dios no la dio a los malvados y paganos, privándoos a vosotros de ella». Si yo hablara así, quizá congregaría mayores multitudes; y, aunque hubiera algunos que, al escucharme hablar así, pensaran que no hablo sabiamente, habría unos pocos a los que ofendería, pero me congraciaría con una muchedumbre. Si me comportara así, si no os hablara la palabra de Dios ni la de Cristo, sino la mía, sería un pastor que se apacienta a sí mismo, no a las ovejas”.

Otros pastores, “temiendo herir a aquellos a los que hablan, no sólo no les preparan para las tentaciones inminentes, sino que hasta les prometen la felicidad de este mundo, que Dios no ha prometido ni al mismo mundo. Dios predice que han de venir fatigas sobre fatigas al mundo mismo hasta el fin, ¿y tú quieres que el cristiano esté exento de ellas? Por el hecho de ser cristiano, ha de sufrir en este mundo todavía un poco más”.

Y se explaya sobre cómo hay que entender la misericordia de Dios:

“Presta atención a la Escritura que te dice: Azota a todo el que acepta como hijo. Y prepárate para ser azotado o en ningún modo pretendas ser acogido como hijo. Él -dice- azota a todo el que acoge como hijo y ¿vas a ser tú la excepción? Si quedas excluido de sufrir los azotes, quedas excluido también del número de los hijos. Es tan verdad que azota a todo hijo, que hasta azotó a su Hijo único. El Hijo único, nacido de la sustancia del Padre, igual al Padre en la condición divina, la Palabra por la que fueron hechas todas las cosas, no tenía por qué ser azotado: con este fin se revistió de carne, para no escapar al azote. Quien, pues, azota al Hijo único sin pecado, ¿dejará libre del azote al hijo adoptado y con pecado? El Apóstol dice que fuimos llamados a ser hijos de adopción. Hemos recibido la adopción de hijos para ser coherederos con su Hijo único y para ser también su herencia: “Pídeme y te daré en herencia los pueblos”. En sus sufrimientos nos propuso un ejemplo”.

Pide San Agustín en este sermón que recemos por los pastores, por la terrible responsabilidad que tienen. En estos aciagos días que vive la Iglesia, no debe pasar uno solo sin que los laicos oremos por los obispos que nos gobiernan; jamás, quizá, habían experimentado en la historia de la Iglesia tantas adversidades en el cumplimiento de su responsabilidad. Jamás la apostasía y abandono de sus deberes los había tentado como hoy. Y eso que ya San Juan Crisóstomo decía, en su tiempo, que el infierno está pavimentado con calaveras de obispos.

 Cristóbal García Salmerón, El Buen Pastor, 1660-1665, Museo del Prado (España)
(Imagen: Wikicommons)

domingo, 18 de abril de 2021

Por qué no podría volver… al Novus Ordo

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski, siempre bienvenido en esta bitácora, que aborda una cuestión compleja y no siempre fácil de concretar. Respondiendo un artículo de un sacerdote jesuita sobre por qué no hay que volver a la Misa de siempre, el autor da sus razones para no regresar a la Misa reformada. El texto es interesante porque cuenta su propia experiencia y cómo, casi por azar, acabó descubriendo la Misa tradicional. Una vez llegada a ella, cuesta volver atrás hacia un rito hecha con manos humanas. En estos tiempos en que los gobiernos han impuestos severas medidas contra los actos de culto, donde oír Misa se ha transformado en una verdadera aventura y son pocos los sacerdotes que han hecho esfuerzos por permitir que la práctica sacramental de los fieles siga viva, las palabras de Kwasniewski nos sirven de aliento para perseverar en la asistencia a la Misa de siempre. 

El artículo fue publicado en OnePeterFive y ha sido traducido por la Redacción. Las dos primeras imágenes provienen del artículo original, mientras que la tercer ha sido tomada de Escofrade

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Por qué no podría volver… al Novus Ordo

Peter Kwasniewski 


El 18 de marzo de 2012 la revista jesuita America publicó un artículo del P. Peter Schineller con el título de “La Misa tridentina: por qué no podría volver a ella”. Me he dado cuenta, desde hace varios años, de que America paga para promover este artículo en búsquedas online, para que influya en la opinión pública (evidentemente, están preocupados por la dirección que está tomando la juventud). Esto fue lo que plantó en mí la semilla del presente artículo, que se propone ser la antítesis de aquél. P.A.K.

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Durante los primeros dieciocho años de mi vida asistí exclusivamente al Novus Ordo.

Crecí en una típica parroquia suburbana de la costa Este, donde se celebraba el rito “boomer” [1]. El presbiterio estaba cubierto de alfombras y de ministros extraordinarios. Me acuerdo de los sacerdotes, todos tipos más o menos simpáticos y más o menos herejes. Uno de ellos comenzó una vez la homilía de Miércoles de Cenizas limpiándose las cenizas de la frente y diciendo que Cristo había venido a abolir “este tipo de cuestiones”. Otro dejó el sacerdocio para casarse y trabajar como psiquiatra profesional. Queriendo participar más, me hice, sucesivamente, acólito, lector, y ministro extraordinario. Tenía una fe activa pero confusa (cuán confusa era, lo dejaré para otra ocasión).

Más tarde, en la educación secundaria, ingresé a un grupo carismático de oración que me introdujo al grupo de laicos católicos comprometidos, conservadores, que tenían el coraje de apoyar la Humanae Vitae. La música tuvo un papel importante en este cambio de dirección. Escribí entonces mi única canción para guitarra. Pero, de modo absolutamente casual, según pareció, descubrí también el canto gregoriano, que empezó a ejercer su fascinación en mí. Comencé a enterarme de San Agustín, Santo Tomás de Aquino y el Padre Pío. Un amigo, cargado de medallas, me introdujo a El secreto del Rosario, de San Luis de Montfort. Luego de un duro año en la Universidad de Georgetown, comencé de nuevo en el College Santo Tomás de Aquino, en el que, durante los cuatro años, los estudiantes podían disfrutar, y disfrutan todavía, de la compañía de aquel unicornio, el Novus Ordo celebrado reverentemente, en latín, con canto llano y polifonía.

Fue en ese College que descubrí la Misa tradicional, un poco en secreto, como los perseguidos católicos de la era isabelina. A comienzos de la década de 1990, se “permitía” esta Misa sólo un domingo al mes. Teníamos un capellán que celebraba en privado la Misa antigua cada vez que lograba salirse con la suya. Los alumnos de confianza se distribuían en susurros las funciones. Primero asistí a la Misa rezada. No mucho después, a la Misa con canto. Las preguntas nos asediaban a mis amigos y a mí: “¿Por qué fue abolida?”, “¿Quién nos quitó esta Misa?”. En la escuela de posgrado tuve la primera experiencia de una Misa solemne, y unos años después, de una Misa pontifical. Cada una de ellas fue una revelación más espléndida de la gloria del culto de la Iglesia católica romana. De pronto adquirieron sentido los elementos ascético-místicos de la fe, reunidos con su origen, llegando a puerto.

En mi primer trabajo, terminado el posgrado, como profesor asistente en Austria, teníamos Misa antigua todos los días durante un período, en el horario tan cruel como contemplativo de las 6 a.m. Cuando terminó ese feliz período, mi familia y yo decidimos manejar una buena distancia en auto los domingos, a Viena o a Linz, para asistir a la Misa tradicional. Cuando nos mudamos a Wyoming, la disponibilidad [de esa Misa] era tan irregular como la señal del teléfono, y ahora estábamos a cinco minutos de la Misa de la capellanía del colegio, pero a cuatro horas en automóvil de la parroquia más cercana con Misa tradicional. Durante los períodos escolares, teníamos la bendición de disponer de tres Misas tradicionales a la semana, pero en períodos de vacaciones, cuando el capellán se iba, no teníamos casi ninguna.

Durante todos estos períodos, durante 25 o más años, “aguanté” el Novus Ordo como director de música litúrgica y director de coro (aunque siempre con acceso a la Misa tradicional también; no habría resistido sin ella). Con el íntimo conocimiento que un director de música llega a tener, gradualmente me di cuenta de la profunda ruptura que es la liturgia reformada en todos los niveles, y la perversidad de la ruptura me irritó cada vez más la mente. Se trata de una liturgia artificial, tal como es artificial el esperanto, o el aspartamo como edulcorante.

Una de las razones por las que me fui de Wyoming en 2018, por mucho que quería ese lugar por muchas otras razones, fue la urgente necesidad de una parroquia enteramente tradicional, con Misa tridentina diaria. Me había llegado el momento de hacer un cambio decisivo. Después de haber vivido en aquel remanso por casi tres años, ya no podía, honestamente, volver asistir a ninguna otro tipo de Misa.

Desde hace 33 meses he asistido una sola vez a una Misa Novus Ordo, como un favor que hice a cierta persona. Habiéndome mantenido lejos de ella durante tanto tiempo, la experiencia fue mucho más adversa que lo que me habría imaginado. Fue como si me hubieran abierto los ojos totalmente a la magnitud de la contradicción, ya no sólo diferencia, entre los dos ritos. Y son dos ritos, aunque la conveniente ficción legal de dos “formas” fue considerada necesaria para medicinar una situación esquizofrénica. Adviértase que no me refiero a “abusos”. Desde un punto de vista jurídico, no hubo abusos en esa ejecución específica de la polimórfica máquina de rezar de Pablo VI. Se “hizo lo que estaba en rojo y se dijo lo que estaba en negro”, sin niñas acólitas, ni ministros extraordinarios, ni rasgueos de guitarras. Los fieles se arrodillaron para comulgar, y el sacerdote usó incluso una casulla “guitarra”. No: de lo que se trató fue del espíritu del acto, de su Gestalt o forma global. No me sentí herido por nada en particular, sino, sencillamente, por la cosa misma.

¿Qué hubo de malo en el Novus Ordo? 

Estática y árida debido al incesante flujo de palabras -del sacerdote, del lector, de la congregación-, la liturgia se deslizó sobre la superficie de lo sagrado como una piedra plana que se lanza hábilmente para que cruce la superficie de un lago. Se evaporó absolutamente el sentido del misterio o, más bien, jamás llegó a condensarse siquiera. Sólo algún cántico le confirió un toque de sacralidad, pero fue más como la “atmósfera” que proporciona la música ambiental que como una parte integral de la acción. El canto llano sonó más como una importación extraña al rito que como una parte orgánica de un único flujo total. Sobre todo, la Misa careció de unidad: no se desenvolvió sino que más bien dio pesados trancos entre una parte determinada y la siguiente, como una secuencia programada de ejercicios. La secuencia modular de textos genéricamente piadosos privó a mi oración de oxígeno, como si la liturgia estuviera escatimándome medios ordinarios y extraordinarios de sobrevivencia. No hubo pausas para respirar, reflexionar, saborear, ser arrebatados desde este mundo terrenal hasta los confines de la patria del cielo.

Posteriormente me puse a pensar: se comprende que la Iglesia esté enfermándose y muriendo. Es justo lo que San Pablo dice en la Primera Carta a los Corintios, sobre los que asisten al Santo Sacrificio sin discernir lo que hacen ni a quién están recibiendo en medio de ellos: “Por ello es que hay entre vosotros tantos enfermos y débiles, y tantos duermen” (1 Cor. 11, 30). De algún modo, esta Misa, de entre las miles de ellas a que he asistido, cristalizó para mí y me clarificó los motivos por los cuales he sacudido el polvo de mis pies. Ya no sería capaz de renunciar jamás al bendito silencio de la Misa rezada, contemplativa, ni a los emocionantes cantos que integran el flujo total de la Misa cantada, a cambio de la verbosidad vernacular y áspera de la nueva Misa. La comunión de oración, la hermandad con la Iglesia de la tierra, la del cielo y la del purgatorio…: no quiero que eso sea reducido a astillas por la oleada de verbosidad que ha de venir a continuación.

No me interesa que el sacerdote esté permanentemente tratando de “conectarse” con nosotros, en los bancos: él está allí por una única razón, para conectarnos con Dios, para conectarse a sí mismo con Dios. Cuando se para ahí de cara a nosotros, en ese instante muere la oración y Dios se va. No quiero su contacto ocular, sus bien preparadas sonrisas, su mejor imitación de un pastoral Mr. Rogers[2] o (en el peor de los escenarios) su distribución a diestra y siniestra de felicitaciones, con erupción de aplausos.

No quiero ver al sacerdote ceder a la tentación de la "opcionitis", como un bien intencionado alcohólico que se abandona a un bien aprovisionado licorero. No quiero experimentar el shock, casi fatal, de descubrir que, esta semana, el joven sacerdote que celebra “el reverente Novus Ordo” está enfermo o de viaje o de vacaciones, y de que la Misa será dicha por un sacerdote visitante llegado de un ashram de India, o de una casa de retiros jesuita, o de un hogar para iconoclastas jubilados.

Estoy harto, para siempre, de ver a lectores laicos, no revestidos, levantarse de los bancos y subir al presbiterio, como si la Palabra de Dios no fuera en nada diferente de leer una historia del diario, como si -contra los testimonios del Antiguo Israel y de su continuación y culminación, la Iglesia católica- no se necesitara, de parte de quien osa tocar el libro y pronunciar las palabras divinas con sus labios, ni un encargo especial ni consagración alguna ni vestidura sagrada.

Estoy harto de ver -y tengan la seguridad de que ello volverá, una vez que termine el COVID-19- el ejército de viejas señoras que se acerca marchando a hacerse cargo de la distribución de la Comunión, como si fueran absolutamente dueñas del lugar y tuvieran derecho a manipular el Cuerpo y la Sangre de Dios. Siempre me ha repugnado ver a esta casta pseudo-sacerdotal tomar, sin saber bien qué hace y como si se tratara de tarjetas de bingo, aquello que ha producido temor y temblor a todos los cristianos a lo largo de los siglos, cuando los hombres creían en el Santísimo.

No quiero tener nada que ver con una paz hobbesiana de todos contra todos (he ahí una maravilla del COVID-19: el darse la mano con bonhomía desapareció).

No renunciaría a la libertad de orar, de meditar, de dejarme llevar por Cristo, mi Señor, a cambio de un vergonzoso jamboree[3] de colectiva auto-celebración, con su modo estrictamente reglamentado de “participar activamente”. Nunca me enteré de lo que era participación hasta que descubrí la Misa tradicional. Ella me enseñó, en un nivel más profundo que el de la catequesis, lo que la Misa es realmente, y cómo puedo entrar en ella mediante la adoración, la contrición, la súplica y la acción de gracias.

Ahora que he pregustado el cielo y visto un instante el culto que dan los ángeles, ahora que me he conectado de nuevo con mis predecesores de siglos, puestos de rodillas y mirando hacia arriba, al altar, envuelto en el manto de mil años de ritual, no podría jamás nunca volver atrás.

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[1] Nota de la Redacción: Boomer es un término coloquial para nombrar a un “baby boomer”, una persona nacida durante el gran aumento de la natalidad ocurrido después de la Segunda Guerra Mundial. Esa generación incluye a todos los nacidos entre 1946 y 1965 y es aquella que vio el cambio de la Misa durante su adolescencia o que tiene de ella sus primeros recuerdos. 

[2] Nota de la Redacción: Mister Rogers hace alusión a Fred Rogers (1928-2003), un presentador de televisión estadounidense, escritor, productor y ministro presbiteriano célebre por ser el creador, anfitrión y conductor de una serie de televisión llamada “El vecindario de Mr. Rogers” (Mister Rogers' Neighborhood), que se transmitió entre 1968 y 2001.

[3] Nota de la Redacción: jamboree es un gran campamento festivo de niños scouts.

jueves, 15 de abril de 2021

Domingo in Albis

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 20, 19-31):

“En aquel tiempo, aquel mismo día primero después del Sábado, siendo ya tarde y estando cerradas las puertas de la casa en donde se hallaban juntos los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y apareciéndose en medio de ellos les dijo: ¡La paz sea con vosotros! Esto dicho, mostróles manos y costado. Llenáronse de gozo los discípulos viendo al Señor. Díjoles de nuevo: ¡La paz sea con vosotros! Como mi Padre me envió, así también Yo os envío. Dichas esas palabras, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados a aquéllos a quienes los perdonareis; y quedan retenidos a los que se los retuviereis. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le dijeron: Hemos visto al Señor. Mas él les dijo: Si no viere en sus manos la hendidura de los clavos y metiere el dedo en el agujero de los clavos y metiere mi mano en su costado, no lo creeré. Y al cabo de ocho días, estaban otra vez sus discípulos dentro, y Tomás con ellos. Vino Jesús estando cerradas las puertas, y apareciéndose en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros. Y después dijo a Tomás: Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; trae tu mano, métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Díjole Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído: Bienaventurados los que, sin haber visto, han creído. Otros muchos milagros hizo Jesús ante sus discípulos, que no están escritos en este libro. Mas éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”.

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Es verdaderamente querible la figura de Tomás, que nos ha hecho tanto bien. Porque su falta de fe fue ocasión para que nuestra propia fe se fortaleciera: las pruebas que él exigió para creer le fueron dadas, y con creces. Y al palpar el Cuerpo resucitado de Jesús, su fe fue ensanchada por la misericordia divina de modo tan maravilloso que ya no sólo creyó en el milagro, sino que penetrando en el misterio mucho más profundamente que otros que también creyeron en milagros del Señor, Tomás vio algo que los demás no vieron: vio ante sí a Dios. Y esa exclamación “¡Señor mío, y Dios mío!” da cuenta de que Tomás vio, instantáneamente, lo que muchos otros discípulos se demoraron todavía algún tiempo en ver. Tomás, por medio de lo visible, fue llevado en un momento a la visión de lo invisible.

Esta inicial falta de fe de Tomás dio lugar también a una bienaventuranza que nos concierne directamente a todos quienes hemos llegado a formar parte de la Iglesia a través del tiempo: “Bienaventurados los que sin haber visto, han creído”. A las alegrías de este glorioso tiempo pascual debe añadirse esta, inmensa, que la Iglesia nos hace recordar: el Señor nos ha llamado, a cada uno de nosotros, “bienaventurado”. Como si las magnificencias de la bondad de Dios hubieran sido pocas, se nos añade todavía más: este consuelo de saber que nuestra fe, por incipiente que sea, nos hace bienaventurados. ¡Dicho por Jesús mismo! ¡Es Él quien te lo dice a ti, con tu nombre y, aún más, con tu propio familiar apodo, como dice la Escritura! ¡No te dice “Juan, bienaventurado”, te dice “Juancho, bienaventurado”!

Un caso de falta de fe, de debilidad y aun de pecado de infidelidad, se transforma en manos del Señor Resucitado en ocasión de bien y de bondad, confirmándose así que Dios saca bien del mal, y permite el mal por el bien que Él sabe hacerlo producir, para frustración y furia del Maligno y para beneficio nuestro y de todo el orden magnífico de su creación. J. R. R. Tolkien escribe en El Silmarilion que, en los comienzos, todos los seres formaban una magnífica orquesta y que, cuando uno de los violines quiso destacarse del resto saliéndose de la partitura y la armonía, su soberbia y disonancia terminó siendo, al cabo, aprovechada para incrementar por contraste, integrada nuevamente en el todo por el arte consumado del Creador, la belleza de la música que Él había compuesto.

El caso de Tomás no es una bella alegoría, sin embargo, sino la realidad. Lo cual nos hace reflexionar con qué paciencia y caridad debemos tratar a quienes pecan y son infieles a la bondad del Señor. Los demás apóstoles no lo insultaron ni  maltrataron por no creer ni para conminarlo a creer: los discípulos no se dejaron tentar por ese “celo amargo” que experimentan tantos apóstoles que desconfían de la omnipotencia del Señor, quien sabe esperar, que no coacciona sino atrae con dulzura, que da “tiempo al tiempo”, siempre anhelando que el pecador se arrepienta, poniéndole al alcance todo tipo de piadosos “obstáculos” que lo hagan recapacitar, y que perdona ante el menor signo de arrepentimiento. Dios es feliz de perdonar porque quiere nuestra salvación: ésa es su voluntad, que todos nos salvemos.

En estos días en que la virtud teologal de la fe es puesta de relieve de modo tan maravilloso, tengamos presente la virtud teologal de la esperanza, que es la que nos da confianza y nos sostiene en medio de nuestras aborrecibles renuncias y debilidades. El pecador que tiene esperanza, habiendo pecado, se levanta de un salto, como impulsado por un resorte y recuerda lo que le dice el Señor: “Bienaventurado porque, sin haber visto, has creído”.

Caravaggio, La incredulidad de santo Tomás, 1602, Palacio de Sanssouci (Alemania)
(Imagen: Wikipedia)

sábado, 10 de abril de 2021

Del álbum fotográfico de nuestra Asociación

Debido al aumento de casos de COVID-19 en el país, el gobierno ha endurecido las medidas sanitarias. Entre ellas se cuenta la prohibición de celebrar Misas con más de cinco personas que asistan al sacerdote para las comunas que se encuentren en fase 1 o 2, vale decir, aquellas que están sometidas a confinamiento total o los fines de semana. Esto se suma al clima de violencia callejera que comenzó con la revuelta del viernes 18 de octubre de 2019 y que supuso la quema de varias iglesias en el país, entre ellas algunas cercanas a Nuestra Señora de la Victoria donde nuestra Asociación celebraba de forma regular desde hace una década. Por ejemplo, la Iglesia de la Veracruz en el barrio Lastarria, donde cantó su primera Misa solemne el R.P. Adolfo Hormazábal, el primer sacerdote chileno ordenado en el Instituto del Buen Pastor, fue incendiada el 12 de noviembre de 2019, casi al mismo tiempo que el gobierno anunciaba un Acuerdo Nacional por la Paz, la Justicia Social y la Nueva Constitución.  

La última Misa en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria fue cantada el domingo 15 de marzo de 2020. A partir del día siguiente, el gobierno dispuso el cierre de los establecimientos educacionales (la iglesia depende del campus Bellavista de la Universidad San Sebastián) y comenzaron a implementarse formas de trabajo remoto. Estas medidas iniciales pronto se convirtieron en confinamiento obligatorio. Cuando ha sido posible, la Misa de siempre ha vuelto a ser celebrada con asistencia de feligreses en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto, comuna de Recoleta, donde es titular nuestro capellán. Si eso no resulta posible por las restricciones sanitarias, la Misa se sigue ofreciendo de forma privada por las intenciones de todos quienes participan de nuestro apostolado. 

Como recuerdo, les dejamos algunas fotografías provenientes del álbum de nuestra Asociación, que fueron tomadas entre fines de 2019 y comienzos de 2020 en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, cuando la feligresía había disminuido debido a las constantes protestas callejeras que había en el sector, y en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto, ya en plena pandemia. 

Misas celebradas en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria entre los meses de octubre de 2019 y marzo de 2020






Misa celebrada durante la pandemia de COVID-19 en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto


jueves, 8 de abril de 2021

Domingo de Pascua de Resurrección

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mc 16, 1-7):

“En aquel tiempo, María Magdalena, y María madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para venir y embalsamar a Jesús. Y muy de mañana, el primer día después del Sábado, llegaron al sepulcro, salido ya el sol. Decían entre sí: ¿Quién nos rodará la piedra de la entrada del sepulcro? Y mirando, vieron rodada la piedra, que era muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron un joven sentado a la diestra, vestido de blanco, y se asustaron. Mas él les dijo: No temáis; buscáis a Jesús Nazareno, que fue crucificado; pues bien, resucitó; no está aquí; ved el lugar donde le pusieron. Y ahora id y decid a sus discípulos y a Pedro que va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como Él os lo dijo”.

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La resurrección de Jesús ha cambiado el curso de la vida en la tierra. Y, como todos los hechos fundamentales de la realidad, como la propia creación del mundo, tan indudable como fuera del alcance de la vista y el conocimiento humanos, y como la creación de cada ser humano individual, ocultos ambos hechos por la inmensidad de la distancia en el tiempo y por la pequeñez del mundo celular, la resurrección está piadosamente envuelta en el velo de la oscuridad, puesta fuera del alcance de la concupiscencia de los ojos (I Jn 2, 16), que sólo busca saciar la curiosidad de cosas insólitas y maravillosas y superar, vanamente, el tedio de la vida.

Pero su resurrección ha alterado para siempre, por voluntad de Dios, Supremo Autor de todas las leyes que rigen la materia, las regularidades de la biología. Este domingo 4 de abril de 2021, según el calendario gregoriano, transcurre en una etapa absolutamente nueva de la historia de la vida sobre el planeta. ¡Hablar de la ciencia física cuando se habla de la resurrección de Jesús! Sí, por varios motivos. Primero, porque hay herejes que, desde su modernismo impenitente, han querido propagar la idea de que la resurrección del Señor es algo que no tiene un referente físico objetivo, que no es “real” en el sentido en que es real el nacimiento de una espiga a partir de un grano de trigo que se descompone en la tierra y permite el desarrollo del germen que encerraba, sino que es una forma simbólica de aludir a una manera de vida no física que, tras la muerte, se prolonga en el tiempo. Segundo, porque saliendo al paso del irrestricto acatamiento (paradojalmente lleno de soberbia) de las leyes científicas, el avance precisamente de la ciencia nos ha hecho posible, en el siglo XX, caer en el mayor de los asombros ante los aspectos científicamente inexplicables de la Santa Sábana de Turín, que envolvió el cuerpo de Jesús, y del Santo Sudario de Oviedo, que cubrió su cabeza: a los estudios científicos que confirman la autenticidad de ambas reliquias se añade el registro de anomalías que se produjeron en el funcionamiento de los instrumentos sensibles a las perturbaciones electromagnéticas cuando, hace cinco años, se abrió el sepulcro del Señor y quedó al descubierto la roca caliza sobre la cual yació el Cuerpo muerto.

La bondad de Dios ha permitido que, en unos tiempos de máximo descreimiento, se nos ponga delante estos hechos, cuyas verdaderas concomitancias científicas no hubieran sido cognoscibles en épocas anteriores ni hubieran podido ser adecuadamente apreciadas. No se puede menos que recordar aquellas palabras del Señor. “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 8). Es como si la misericordia del Señor hubiera querido venir, en “estos tiempos que envejecen” (San Agustín), a prestarnos un especial auxilio ante la reciedumbre de la guerra que enfrentamos y habremos de enfrentar.

Pero pareciera que la mano del Señor se hubiera quedado corta, porque ¿no le era posible, acaso, en este mundo tenebroso (“esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”, Lc 22, 53), pérfido y blasfemo que nos toca vivir, derrotar con un claro milagro visible por todos e irredargüible, las fuerzas del mal y la cohorte innumerable de incrédulos dominadas por ellas, en vez de obrar maravillas sin testigos, en la oscuridad de la noche, como fue el caso del sepulcro? No, no se ha quedado corta, sino que, por su respeto a la libertad del hombre, ha querido dar lugar todavía a que surja en éste y crezca la fe, como libre acto virtuoso cuya ejecución Él mismo ha hecho posible. Sólo la fe puede darnos acceso a la realidad de la resurrección, el mayor milagro, es decir, la mayor interrupción de la legalidad natural que el propio Dios ha impreso en su creación. Sin fe, no existe en absoluto el milagro tan inmenso que sea capaz de convencer al incrédulo: sería insuficiente para ello si la cúpula de San Pedro en Roma apareciera, de improviso, plantada en los hielos de Islandia. Ya nos lo dice el Evangelio en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se dejarán persuadir si un muerto resucita” (Lc 16, 31).

Para muchos es un escándalo “el silencio de Dios”. Pero Él sabe que cualquier conato Suyo paralizaría la frágil, quebradiza libertad humana, arruinando el orden que Él mismo ha diseñado para la creación, un orden insuperablemente perfecto y bello, que tiene a la libertad como pieza clave. Por eso, debemos nosotros afirmarnos en la fe (“bienaventurados los que sin ver creyeron”, Jn 20, 29). Y pedir en este día y todos los días de nuestra vida lo que aquel padre desesperado por la salvación de su hijo: “¡Creo! ¡Ayuda a mi incredulidad!” (Mc 9, 24).   

Piero della Francesca, La resurrección de Cristo, 1463-1465, Museo Cívico de Sansepolcro (Italia)
(Imagen: Wikipedia)

domingo, 4 de abril de 2021

Feliz Pascua de Resurección

Jesús, el crucificado, no está aquí, pues resucitó como lo dijo 
(Del Evangelio de la Vigilia Pascual, Mt 28, 1-7)

La Asociación Litúrgica Magnificat les desea a todos sus miembros, amigos y benefactores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Pascua de Resurrección. Se recuerda asimismo que la Santa Misa se celebra en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto, comuna de Recoleta, con las medidas sanitarias adoptadas por el poder civil y el Arzobispado de Santiago para las comunas en fase 1. 

Jerónimo Cósida, Noli me tangere, 1570, Museo del Prado (España)
(Imagen: Baúl del Arte)