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sábado, 29 de diciembre de 2018

"Noche de paz" cumple su segundo centenario

Les presentamos una traducción de un artículo del Dr. Peter Kwasniewski sobre el bicentenario del que es probablemente el villancico más famoso de todo el orbe, Noche de Paz (Stille Nacht), conmemoración a propósito de la cual el autor nos recuerda la importancia de preservar la hermosa costumbre de cantar villancicos en el tiempo de Navidad.

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement, de donde ha sido traducido por la Redacción. 

 El Vicario Josef Mohr, autor de la letra de Noche de Paz (vitral en la capilla conmemorativa en Oberndorf)


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Feliz 200° cumpleaños para Noche de paz, y por qué es tan importante cantar villancicos


Peter Kwasniewski

Hace exactamente 200 años, el 24 de diciembre de 1818, el entrañable villancico navideño Noche de paz (Stille Nacht), con letra del Rvdo. Josef Mohr y música del organista Franz Xaver Gruber, fue interpretado por primera vez en la Iglesia parroquial de San Nicolás, en Oberndorf bei Salzburg, Austria.

Puede se una sorpresa saber que el villancico original tenía un acompañamiento de guitarra. En 2008, The Wyoming Catholic College Choir grabó esta versión (tomada del The New Oxford Book of Carols) en el CD Christmas in God's Country. En ella se percibe de inmediato el parentesco de la música con las encantadoras canciones populares de la campiña austriaca:


En parte por afecto hacia la hermosa melodía, y en parte por el deseo de darle a la pieza un aspecto algo más oscuro, hice mi propio arreglo en 2010 para un coro SATB, con un doble descenso en la segunda estrofa y un acompañamiento opcional de flauta en la tercera. Para cualquiera que esté interesado en cantarlo, he puesto la partitura (que figura en mi libro Sacred Choral Works) al pie de este artículo. La siguiente versión, cantada por el Coro del Oratorio de St. Mary bajo la dirección de Patrick Burkhart, usa el ajuste SATB para las tres estrofas, sin discanto ni flauta:



Hay un poder emocional y una fuerza espiritual en ciertos villancicos de Adviento y Navidad que nunca se desvanecen, aun cuando muchas otras cosas cambien en la Iglesia y en el mundo. Noche de paz es un ejemplo particularmente bueno: por su simplicidad e incluso, en cierto modo, por su sentimentalismo, ahí donde el villancico ha echado raíces la Navidad de alguna manera parecería incompleta sin ella. Adeste, fideles es otro de esos casos, y se podría citar muchos más.

En un libro llamado The Ministry of Catechising, que apareció originalmente en francés en 1868 (una traducción al inglés se publicó en Londres en 1890), monseñor Felix Dupanloup narraba los recuerdos de su Primera Comunión:

Quedamos encantados con los himnos. Los cantamos con todo nuestro corazón, y gradualmente, por la dulzura o la energía del canto, los pensamientos y las máximas de la fe fueron injertados en nuestras almas. A decir verdad, fue la vida del catecismo. Sin los himnos, todo hubiera sido muy frío. Para mí, fueron los himnos antes que cualquier otra cosa los que me convirtieron y me unieron para siempre con la religión.

Si bien es sabido que la Misa en sí misma no es el lugar óptimo para los himnos, que pertenecen con mayor propiedad al Oficio Divino (con la excepción del Gloria y, si uno lo considera un himno, el Sanctus), hay una importante verdad para la cual sirve de testigo Dupanloup: el valor de cantar juntos hermosas canciones religiosas vernáculas que tienen el poder de moldear los sentidos, la imaginación y la memoria, y, a través de ellos, moldear el corazón y la mente.

 Franz Xaver Gruber, organista y autor de la melodía (vitral en la capilla conmemorativa en Oberndorf)

Hemos sido bendecidos con un rico repertorio de famosos villancicos, himnos y canciones de Adviento, Navidad y Epifanía, y debemos usarlos abundantemente en nuestros hogares, grupos de jóvenes, en reuniones de oración o adoración, cuando cantemos villancicos en el vecindario, visitando un hogar de ancianos o una prisión, o cualquier otro entorno apropiado. ¡No rindamos el mundo del sonido al contenido secular, sino que llenémoslo con cantos alegres! Esto es, en más de un sentido, una obra de misericordia corporal y espiritual.

Especialmente los niños merecen tener brillantes recuerdos  de villancicos, tal y como relata Dupanloup. Esta es una predicación del Evangelio "antes de la edad de la razón", una predicación a todas las facultades del alma, no sólo al intelecto, que se ha enfatizado excesivamente en las últimas décadas. La catequesis comienza por los sentidos y la imaginación.

En sus memorias, los hermanos Ratzinger, Joseph y Georg, relatan cómo su círculo familiar a menudo estaba animado por el sonido del canto y los instrumentos, y cómo sus primeros recuerdos están relacionados con la música y las canciones cristianas. Uno de estos hombres llegó a convertirse en un eminente músico y director coral, mientras que el otro se convirtió en el papa Benedicto XVI. Si bien no puedo prometer que sus hijos tendrán carreras tan ilustres, no hay duda de que parte de la restauración de la cultura católica supone recuperar una cultura sólida de canto familiar y comunitario.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Cómo mejorar la celebración de la Misa rezada

Presentamos a continuación un interesante ensayo del Dr. Peter Kwasniewski, habitual colaborador de esta bitácora, con valiosas sugerencias para los sacerdotes y servidores del altar acerca de cómo mejorar la celebración de la Misa rezada, cuya celebración probablemente se ha hecho más frecuente en muchas partes del mundo luego del motu proprio Summorum Pontificum

Cabe destacar que el tipo de Misa rezada que el Dr. Kwasniewski trata aquí importa que las partes dialogadas tienen lugar sólo entre el sacerdote y el o los monaguillos, quienes representan a los fieles. En EE.UU., donde la influencia del Movimiento Litúrgico no se dejó sentir antes del Concilio con la fuerza que tuvo en otros países (como en Francia o Alemania), las llamadas Misas dialogadas, donde las respuestas son dichas por el pueblo al unísono, eran infrecuentes, y hasta el día de hoy existe en no pocos sectores del movimiento tradicional en dicho país cierta resistencia a ellas.

El artículo fue originalmente publicado por New Liturgical Movement y su traducción pertenece a la Redacción. Las imágenes son las mismas que acompañan al artículo original.

Aprovechamos de consignar que el Dr. Kwasniewski cuenta ahora con una página personal rica en materiales, lo que comprende tanto sus escritos y conferencias como partituras y grabaciones fruto de su labor de compositor y maestro de coros.


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Dos modestas propuestas para mejorar el recogimiento de la Misa rezada

Peter Kwasniewski

Con el aumento de las Misas dichas según el usus antiquior, hay que reconocer francamente que los fieles católicos están empezando a experimentar algunos de los mismos problemas que fueron señalados, antes del Concilio, como justificaciones de la reforma litúrgica. Aunque la lista de tales problemas es larga, ninguno de ellos justificaba, realmente, la reforma litúrgica tal y como ella se llevó a cabo. Sin embargo, es de desear que el movimiento tradicionalista aprenda de los errores del pasado y haga un especial esfuerzo para evitarlos en la tan difícil situación actual de la Iglesia. Dado que el modo en que se dice la Misa repercute inmediatamente, ya sea en la edificación y devoción del sacerdote y de los fieles, ya sea en su distracción y frustración, conviene abordar esto con toda seriedad porque, en efecto, nada puede ser más serio que la re-presentación sacramental del Sacrificio de la Cruz.

En este artículo examinaré dos de los problemas más comunes: el tono casi inaudible e inarticulado de los acólitos en la Misa rezada, y el rezo de las oraciones en latín hecho a toda velocidad por el sacerdote, como si fuera corriendo contra el tiempo.

El diálogo entre el sacerdote y los acólitos

Si bien el ideal es que en la liturgia acoliten clérigos con órdenes menores, religiosos, o seminaristas, la mayor parte del tiempo, como sabemos, se tiene que recurrir a niños que cumplan el servicio del altar. No tengo nada en contra de este uso en sí, siempre que los niños sean de estatura suficiente y adecuadamente serios como para cumplir funciones en el presbiterio.

Sin embargo, como se puede apreciar en la Misa solemne, que es el auténtico modelo que debe seguir la Misa rezada, los acólitos realizan sus respuestas en representación de todos los fieles. En la Misa solemne, todos cantamos “Et cum spiritu tuo”, y en la Misa rezada (en este artículo dejo intencionalmente al margen la Misa dialogada) los acólitos pronuncian esas mismas palabras por nosotros. Además, de acuerdo con el desarrollo del rito romano, las oraciones preparatorias, u oraciones al pie del altar, han dejado de ser oraciones privadas del sacerdote y de los ministros, y se han transformado en oraciones también de los fieles, quienes las aprecian, las siguen en su misal o de memoria, y desean oírlas en la Misa rezada. Reconociendo esto, casi todos los sacerdotes a cuyas Misas he asistido en los últimos 30 años recitan el salmo 42 y las oraciones adicionales antes del “Aufer a nobis” en un nivel de voz que puede ser oído en toda la iglesia.

Por ello resulta asimétrico e irritante que los acólitos farfullen, se traguen o susurren sus respuestas a las bien pronunciadas frases del sacerdote. Es el equivalente litúrgico de alguien que camina con una pierna normal y la otra, de palo. He aquí como llega esto a los fieles en sus bancos:

Sacerdote. IN NOMINE PATRIS, ET FILII, + ET SPIRITUS SANCTI. AMEN. INTROIBO AD ALTARE DEI.

Acólitos. Ad Deum qui laetificat iuventutem meam.

S. IUDICA ME, DEUS, ET DISCERNE CAUSAM MEAM DE GENTE NON SANCTA: AB HOMINE INIQUO ET DOLOSO ERUE ME.

A. Quia tu es, Deus, fortitudo mea: quare me repulisti, et quare tristis incedo, dum affligit me inimicus?

S. EMITTE LUCEM TUAM, ET VERITATEM TUAM: IPSA ME DEDUXERUNT ET ADDUXERUNT IN MONTEM SANCTUM TUUM ET IN TABERNACULA TUA.

A. Et introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat iuventutem meam.

S. CONFITEBOR TIBI IN CITHARA, DEUS, DEUS MEUS: QUARE TRITIS ES,  ANIMA MEA, ET QUARE CONTURBAS ME?

A. Spera in Deo, quoniam adhuc confitebor illi, salutare vultus mei, et Deus meus.

S. GLORIA PATRI, ET FILIO, ET SPIRITUI SANCTO.

A. Sicut erat in principio, et nunc, et semper, et in saecula saeculorum. Amen.

S. INTROIBO AD ALTARE DEI.

A. Ad Deum qui laetificat iuventutem meam.

S. ADIUTORIUM NOSTRUM IN NOMINE DOMINI.

A. Qui fecit caelum et terram.

Y así en toda la liturgia. El diálogo es, a veces, tan desigual, que el sacerdote podría ser el único que habla, como en una extraña conversación descompaginada, como si fuera una llamada por teléfono que alguien se pone a escuchar subrepticiamente. Si se supone que los acólitos nos representan al pie del altar, lo hacen muy mal. ¿Por qué no levantan un poco la voz, por qué no “enuncian y articulan”, como decía mi profesor de retórica en el colegio? Y téngase presente que no se trata de hablar a voz en cuello, sino de usar una voz audible normalmente, sin acelerar las palabras. Después de todo, se trata de oraciones, oraciones que vale la pena decir. El Deo gratias después de la Epístola debiera oírse como lo que quiere decir, “¡Gracias a Dios!”, y lo mismo en el caso de Laus tibi, Christe tras el Evangelio.

¿Es esto pedir demasiado a esos simpáticos y, a veces, despistados niños? No. Creo que quienes entrenan a los acólitos debieran explicarles lo que significan esas palabras, y enseñarles a enunciarlas y pronunciarlas con un volumen de voz normal, a un ritmo pausado, sin correr. No:

S. KYRIE, ELEISON.

A. Kyrie, eleison.

S. KYRIE, ELEISON.

A. Christe, eleison.

S. CHRISTE, ELEISON.

A. Christe, eleison.

S. KYRIE, ELEISON.

A. Kyrie, eleison.

S. KYRIE, ELEISON.

Sobre todo, las siguientes palabras debieran ser claras y audibles en la Misa rezada:

SUSCIPIAT DOMINUS SACRIFICIUM DE MANIBUS TUIS AD LAUDEM ET GLORIAM NOMINIS SUI, AD UTILITATEM QUOQUE NOSTRAM, TOTIUSQE ECCLESIAE SUAE SANCTAE.

Y continuando con el diálogo del Prefacio, es absolutamente inadecuado escuchar lo siguiente:

S. … PER OMNIA SAECULA SAECULORUM.

A. Amen.

S. DOMINUS VOBISCUM.

A. Et cum spiritu tuo.

S. SURSUM CORDA.

A. Habemus ad Dominum.

S. GRATIAS AGAMUS DOMINO DEO NOSTRO.

A. Dignum et iustum est.

A lo que el sacerdote nos invita, en una de las más bellas expresiones de la liturgia romana, es a que “¡Elevemos nuestros corazones!”, y la respuesta debiera ser un asertivo “¡Los tenemos levantados hacia el Señor!”. A continuación, con una frase rica de significado eucarístico “Demos gracias al Señor nuestro Dios”, a la cual la respuesta debe ser igualmente significativa, como si los acólitos fuera senadores que hablan por la república entera: “Es justo y necesario”. Estas no son frases para ser susurradas en voz baja, sino para ser públicamente proclamadas.

La imposibilidad de oír a los acólitos, la desarmonía que se produce con el sacerdote y la falta de convicción que así se muestra ante los fieles, son materias que merecen ser tomadas en serio por los adultos que enseñan a los acólitos y a los ceremonieros que dirigen a los grupos. Esto no es un problema difícil de solucionar, pero requiere tener conciencia de él, estar atentos a cómo se van dando las cosas, además animar positivamente (“Juanito, fueron estupendas tus respuestas hoy día, claramente pronunciadas. ¡Sigue así!”).


 
La prisa en la recitación clerical de los textos

Un motivo de preocupación vinculado con lo anterior es la reaparición de un clero post Summorum Pontificum que, de modo habitual, dice la Misa rezada a toda carrera. Hasta donde he podido comprobar, se trata, en la mayoría de los casos, de un clero genuinamente devoto, totalmente ajeno a una actitud irrespetuosa frente al Señor o des-edificante para el pueblo. Sin embargo, un latín tipo ametralladora

PATERNOSTERQUIESINCAELIS,SANCTIFICETURNOMENTUUM,ADVENIAT
REGNUMTUUM,FIATVOLUNTASTUASCUTINCAELOETINTERRA.PANEMNOSTRUM
QUOTIDIANUMDANOBISHODIE,ETDIMITTENOBISDEBITANOSTRASICUTETNOS
DIMITTIMUSDEBUTORIBUSNOSTRIS,ETNENOSINDUCASINTENTATIONEM.

AGNUSDEIQUITOLLISPECCATAMUNDI,MISERERENOBIS.AGNUSDEIQUITOLLIS
PECCATAMUNDI,MISERERENOBIS.AGNUSDEIQUITOLLISPECCATAMUNDI,DONA
NOBISPACEM. 

DOMINENONSUMDIGNUSutintressubtectummeum,sedtantumdicverboetsanabituranimamea.
 DOMINENONSUMDIGNUSutintressubtectummeum,sedtantumdicverboetsanabituranimamea.
 DOMINENONSUMDIGNUSutintresubtectummeum,sedtantumdicverboetsanabituranimamea.

no es capaz de convencer de que se trata de algo que se dice realmente a una Persona viva con quien uno trata de comunicarse, tal y como uno se comunica con sus amigos. Ni puede tampoco, por lo mismo, hacer crecer la devoción del que lo dice ni la de quienes lo escuchan. Por el contrario, todo esto aparece como pérdida de una oportunidad, tanto para el sacerdote como para los fieles, de intensificar los actos de adoración, de fe, de humildad, de contrición y de muchas otras virtudes. A pesar de la repetición diaria de la Misa, se podría aplicar a su celebración, muy adecuadamente, aquellas conocidas palabras del cuáquero [Stephen Grellet], que decía: “Voy a cruzar este camino una sola vez: que se me permita en este momento hacer todo el bien que sea capaz de hacer y mostrar a todo ser humano toda la bondad que esté a mi alcance; que no postergue ni descuide nada, porque no voy a volver a cruzarlo de nuevo”. Esta Misa concreta no se va a repetir nunca más, ni jamás estos mismos fieles van a asistir otra vez a ella. Y, como nos enseña la teología dogmática, la devoción subjetiva del sacerdote y de los fieles tiene un papel que desarrollar en la obtención de los frutos de la Misa.

Quizá la afirmación más a propósito en este tema es la que hace San Francisco de Sales: 

“Evitad [la prisa] porque es el enemigo mortal de la verdadera devoción, y nunca se hace bien lo que se hace con precipitación. Procedamos con lentitud, porque si con ello logramos meramente avanzar, llegaremos lejos”.

Dom Chautard, el autor de El alma de todo apostolado [L’âme de tout apostolat, 1907] -uno de los libros espirituales auténticamente esenciales escritos en el siglo pasado- tiene mucho que decir en estas materias. El autor emplea muchas páginas para explicar el significado de la oración que se dice antes del Oficio Divino, con la cual los clérigos piden recitarlo digne, attente et devote, vale decir, digna, atenta y devotamente:

DIGNE. Una postura y un porte respetuosos, pronunciación precisa de las palabras, disminuyendo la velocidad en las partes más importantes. Cuidadosa observancia de las rúbricas. Mi tono de voz, el modo cómo hago el signo de la cruz, las genuflexiones, etcétara, mi cuerpo mismo: todo ello concurre a mostrar no sólo que sé a Quien me estoy dirigiendo y qué es lo que estoy diciendo, sino también que mi corazón está en lo que hago. ¡Qué apostolado puedo hacer a veces [de este modo]!…

DEVOTE. Esto es el punto más importante. Todo se remite a la necesidad de convertir en actos de piedad nuestro Oficio y todos nuestros actos litúrgicos y, por consiguiente, en actos que provienen del corazón. “La prisa mata la devoción”. Tal es el principio enunciado por San Francisco de Sales al hablar del Breviario, que se aplica con mayor razón a la Misa. Por lo tanto, convertiré en norma habitual e inexcusable dedicar alrededor de media hora a mi Misa, a fin de asegurarme una recitación devota no sólo del Canon sino también de todas las demás partes. He de rechazar sin piedad todo pretexto para realizar apresuradamente esto, que es la acción más importante de mi día. Si tengo la costumbre de mutilar ciertas palabras o ceremonias, me corregiré para realizar estas partes lenta y cuidadosamente, incluso exagerando mi actitud por algún tiempo.

¡Llena mi corazón de odio a todo apresuramiento en aquellas cosas en que te represento, o en que obro a nombre de la Iglesia! ¡Lléname con el convencimiento de que la prisa paraliza ese gran sacramental, la liturgia, y hace imposible el espíritu de oración sin el cual yo, sacerdote, por muy lleno de celo que pueda parecer en lo exterior, sería tibio o peor aún, a tus ojos! ¡Graba a fuego en lo más íntimo de mi corazón esas palabras tan aterradoras: “Maldito sea el que realiza engañosamente la obra de Dios” (Jer 48, 10)!

Otro texto clásico, El tesoro escondido de la Misa [Il tesoro nascosto], de San Leonardo de Puerto Mauricio, aconseja al sacerdote en los siguientes términos: 

“Usa toda la diligencia posible para celebrar con la máxima modestia, recogimiento y cuidado, haciéndote tiempo para pronunciar bien y distintamente cada palabra. Cumple a la perfección cada ceremonia con toda propiedad y gravedad, porque las palabras mal pronunciadas, o dichas sin un tono de mansedumbre y temor reverencial, y las ceremonias realizadas sin decoro ni precisión, hacen que el servicio divino, en vez de ayudar a la piedad y religión, sea una fuente de angustia y escándalo. Que el sacerdote conserve al hombre interior devotamente recogido, que piense en el significado de todas las palabras que pronuncia, deteniéndose en su sentido y espíritu, y realizando todo el tiempo esfuerzos interiores para corresponder a las santas sugerencias que ellas hacen. Se producirá entonces, verdaderamente, un flujo de gran devoción que llenará a los asistentes, y él conseguirá el máximo provecho para su alma”. 

No se discute que una Misa rezada reverente puede ser dicha en 30 minutos por un sacerdote de latín fluido, extremadamente amante de las ceremonias, y que sabe de memoria muchas de las oraciones. Es cierto que, algunas veces, la Misa rezada se demora más de lo debido porque el celebrante está aprendiendo el formato y no ha “dominado” todavía la forma litúrgica. Pero, independientemente de la duración total, cualquier apariencia de correr por el texto o los gestos no resulta jamás edificante y siempre va en detrimento de la dignidad y belleza de la celebración y, por tanto, del espíritu de oración que debe inducir y de los frutos espirituales a que debe dar lugar.

Las pequeñas cosas son importantes en la vida espiritual. ¿Por qué no habría de suceder lo mismo con el mayor de los actos de culto que podemos ofrecer a Dios, el santo sacrificio de la Misa? Durante mucho tiempo los católicos han luchado para tener, simplemente, acceso a la Misa antigua, depósito inmenso de gracias, de doctrina, de piedad. No debiéramos cejar en la lucha si todavía no tenemos acceso a ella, pero ahora que ya han pasado varios años luego de que la Misa fue reintroducida a gran escala, es tiempo de corregir los malos hábitos en que, inadvertidamente, podemos haber caído.

Alguien podría preguntarse: ¿podría alguien estar preocupado de tales cosas cuando la Iglesia en la tierra parece estar derrumbándose ante nuestros ojos? Mi punto de vista es justo lo contrario: esta crisis que estamos viviendo es una crisis de mundanidad, de tibieza, de infidelidad y de apostasía. Su solución final no consiste en realizar investigaciones (aunque sean necesarias), en proclamaciones apocalípticas y angustiantes (aunque sean correctas y proporcionen alivio), o en un remolino de actividad (aunque sea tentador). La solución comienza y termina con acercarse al Padre y unirse a los ciudadanos de la Patria Celestial. Hoy es el mejor de todos los tiempos para preocuparse del servicio de Dios Omnipotente en su santuario sagrado y para hacer lo correcto porque es lo correcto, por amor a Dios y a su gloria.


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Actualización [7 de noviembre de 2019]: El Búho escrutador ha publicado la traducción castellana de una muy recomendable meditación espiritual sobre el Salmo 42 escrita por Andrew Wadsworth, quien pertenece al Oratorio de Washington DC. Dicho salmo es el que se reza al comienzo de la Misa de siempre, para preparar el corazón contrito y humillado con que el sacerdote se debe presentar al altar del Señor. 

martes, 25 de diciembre de 2018

Conciertos conmemorativos en honor de François Couperin

Al cumplirse 350 años del natalicio del insigne compositor francés François Couperin, el Maestro de Capilla de nuestra Asociación, el Dr. Luis González Catalán, dirigirá en Santiago dos conciertos conmemorativos, el 26 y 27 de diciembre. Más información en el afiche adjunto.

 
Actualización [26 de diciembre de 2018]: Se nos informa que, por motivos de fuerza mayor, los conciertos anunciados lamentablemente han debido ser cancelados.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Saludo e invitación para asistir a la Misa de Navidad

La Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, les desea una muy feliz y santa Navidad a sus miembros y benefactores, así como a todos los fieles que participan de su apostolado y a los lectores que siguen esta bitácora, y les invita cordialmente a participar de la Santa Misa de la Natividad del Señor que se celebrará en la Iglesia Nuestra Señora de la Victoria mañana martes 25 de diciembre a las 12:30 horas. Se recuerda que ese día es de precepto.

La iglesia se encuentra ubicada en Av. Bellavista 37 (entre Pío Nono y Pinto Lagarrigue; L1 y L5 Metro Baquedano) y en ella se celebra todos los domingos y fiestas de guardar la Santa Misa conforme a la forma tradicional del rito romano.

 Rogier van der Weyden, Natividad del panel central del Altar Blandelin, también conocido como Altar de Middelburg (circa 1450, Gemäldegalerie de Berlín)

sábado, 22 de diciembre de 2018

Leo Darroch: Historia de la Federación Internacional Una Voce, 1964-2003 (reseña)

Les ofrecemos hoy una reseña del libro escrito por Leo Darroch y que recoge la historia de la Federación Internacional Una Voce (FIUV), de la cual nuestra Asociación es el capítulo chileno desde su creación, entre los años 1964 y 2003. Dicha obra fue presentada en el Foro abierto organizado en 2017 en Roma conjuntamente con la peregrinación anual Summorum Pontificum, que en esa ocasión se hizo coincidir con el décimo aniversario de la entrada de vigor del motu proprio del papa Benedicto XVI al que debe su nombre (véase aquí el reporte de esas actividades, donde estuvo presente nuestra Asociación). El libro ha sido ya objeto de otras recensiones en inglés, como aquella escrita por Joseph Shaw o la debida a Dom Alcuin Reid. Esta última es especialmente importante porque destaca el papel que tuvieron los laicos en la defensa de la Misa de siempre cuando las claudicaciones aumentaban cada día y la liturgia tradicional era perseguida con tesón. 

Leo Darroch nació el 15 de octubre de 1944 en Durham, en el noreste de Inglaterra. En 1979 se unió a la Latin Mass Society of England and Wales (LMS), capítulo nacional de FIUV. En 1986 es elegido miembro del consejo nacional de la LMS, cargo en el cual se desempeñó durante décadas. En 1999 fue elegido Consejero de FIUV y en 2001 Secretario, cargo que al que debió renunciar por motivos familiares en 2004, regresando dos años después. En noviembre de 2007 fue elegido Presidente de FIUV, sucediendo a Michael Davies, cargo en el que se desempeñó hasta 2013. 

El libro puede ser adquirido a través de Amazon


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Darroch, Leo, Una Voce: The History of the Foederatio Internationalis Una Voce, 1964-2003. The Presidencies of Dr. Eric Maria de Saventhem and Michael Treharne Davies, Herefordshire, UK, Gracewing, 2017, 467 pp. 

Augusto Merino Medina

Leo Darroch, Presidente de la Federación Internacional Una Voce (FIUV) entre 2007 y 2013, ha escrito un libro que es un verdadero monumento levantado al laicado católico post Concilio Vaticano II; a ese laicado que, reaccionando contra el inverosímil retraimiento de la inmensa mayoría de los obispos frente al feroz temporal que se desató en aquella época y que arrecia hoy más que nunca, ha sido capaz de asumir la defensa de la Fe católica y de su más espléndido repositorio, el sagrado rito romano de la Misa. Fueron los laicos, no los clérigos en ninguno de sus grados jerárquicos, salva muy contadas excepciones, quienes en este período histórico, quizá nunca antes visto en la milenaria vida de la Iglesia, asumieron la tarea de defender aquel depósito que los obispos se empeñaron en dilapidar por supuestos compromisos pastorales. 

 El autor

El texto de Darroch narra, en efecto, cómo la Misa de rito romano fue objeto de una defensa perseverante, valiente, inteligente en su estrategia y en la elección de las tácticas durante un espacio de no menos de treinta años por una organización formada enteramente por laicos católicos. De no ser por la resistencia verdaderamente heroica de ese puñado de mujeres y hombres valientes, la crítica situación actual de la Iglesia sería incalculablemente peor: fueron esos laicos quienes presionaron a los papas del post Concilio (en especial Juan Pablo II y Benedicto XVI) para que, aunque débil y vacilantemente, comenzaran a reaccionar frente a los ataques de la herejía modernista que hoy triunfa con todos sus fueros, instalada en el corazón de la Iglesia. Fueron ellos quienes, tras los primeros campanazos de advertencia dados por los cardenales Ottaviani y Bacci, asumieron que, cambiado el rito tradicional de la Misa, cambiaba la Fe, cosa que hoy, ya a cincuenta años de aquella catástrofe, ha venido a quedar más que claro: la sustitución de la lex orandi ha traído por consecuencia la sustitución de la lex credendi; hoy estamos frente a una Misa nueva y ante una religión nueva. De ahí que los partidarios de la antigua Misa, codificada por San Pío V, sean objeto, por parte de la burocracia que ocupa los más altos cargos de la Curia romana, de una tan inmisericorde persecución: de ser ortodoxos, han pasado a ser odiosos herejes, cuya extirpación está siendo llevada a cabo paulatinamente y sin cuartel.

En su más lejano origen, Una Voce surge en 1964 de la iniciativa e inquietudes de una católica, la Dra. Borghild Krane, que desde los límites más lejanos del catolicismo europeo, Noruega, reunió a 146 católicos para dirigirse al obispo de Oslo pidiéndole que procediera con el mayor cuidado y respeto frente a la revisión de la liturgia que el Concilio Vaticano II había aprobado. Como es la tónica de la obra de Dios, de esos muy improbables y humildes orígenes se fue extendiendo por otros países europeos, de tradición católica mucho más antigua y poderosa, la idea de defender el rito romano de la Misa y vigilar lo que con su modificación se pretendía hacer, es decir, la sustitución de la Fe católica.

Hacia 1965 se fusionaron movimientos similares que, en algunas partes con el nombre Una Voce y en otras, con otros diversos, constituyeron la base de la Federación. Finalmente, en 1967, en una reunión de estos movimientos en Zúrich, se fundó oficialmente la institución con el nombre de Foederatio Internationalis Una Voce, que eligió como su primer Presidente al Dr. Eric Maria de Saventhem, alemán, converso al catolicismo, secundado por un grupo de católicos de otros diversos países, que incluyó a los Estados Unidos de Norteamérica y, en 1970, a la Asociación Magnificat, que se había fundado ese mismo año en Chile [Nota de la Redacción: Esto es lo que señala el libro, pues ese año se hizo un intento fallido por constituir nuestra Asociación como corporación de derecho privado, trámite que entonces era largo y engorroso y llevaba el Ministerio de Justicia, aunque en realidad el grupo estable de fieles que hoy es la Asociación Litúrgica Magnificat, erigida como corporación cultural en 2014, existía ya desde el 7 de agosto de 1966: véase  aquíaquí y aquí nuestra historia, incorporada después en el libro publicado con ocasión de nuestro quincuagésimo aniversario].

 Primera reunión formal de la Federación (Zúrich, 1967)
(Foto: FIUV)

La tarea de hacerse oír por Roma y los obispos de cada región fue descorazonadora en aquellos primeros años, en que el fervor iconoclasta estaba en su máximo ardor, no obstante la actividad incansable del Dr. Saventhem y de su mujer, igualmente comprometida con esta lucha. Nada se pudo lograr de los innumerables esfuerzos que se hicieron en Roma, gracias a los numerosos contactos personales del Presidente. Quizá estas dificultades se debieron a que, en aquellos primeros años después de la “reforma” litúrgica, y estando todavía activo en la Curia Mons. Annibale Bugnini -quien la ideó y llevó a cabo y de quien muchos sospechan su afiliación a la francmasonería-, los burócratas vaticanos tenían claro que, a lo que apuntaban, era la ortodoxia de la Fe y, a fin de cambiarla disimuladamente, cerraron filas para defender la “reforma” considerada como “pastoral”, sin cejar en nada, negando cualquier petición de concesiones de cualquier tipo. El llamado “indulto de Agatha Christie” o “indulto inglés” (así denominado porque Pablo VI, según se dice, finalmente lo otorgó cuando vio entre los peticionarios la firma de esa novelista), constituyo una temprana puerta que, apenas entreabierta, fue rápidamente cerrada a toda prisa por la burocracia vaticana.

Y así es como, a pesar de los inútiles lamentos de Pablo VI (que se limitó a lamentarse, sin poner el adecuado remedio a una situación que, quizá, no quiso pero permitió), se produjo el fenómeno que ya habían pre-diagnosticado algunos sociólogos de la religión: luego de la firmeza del puño con que Pío XII sostuvo las riendas de la Iglesia, una vez abierto un portillo por obra de Juan XXIII, lo que ocurrió fue, como en el caso de los diques, que ya no hubo cómo detener la ruina total, y toda la disciplina de la Iglesia colapsó violenta y súbitamente. La “reforma” de la Misa, que ya era un increíble abuso de Bugnini y de Pablo VI en relación con lo que había dispuesto el Concilio, fue superada, en heterodoxia y desacralización, por los indescriptibles “abusos del abuso”, que proliferaron ahora sin control alguno.

Frente a este panorama de los últimos años del pontificado de Pablo VI, Una Voce se dio cuenta de que no tenía sentido alguno seguir reclamando visiblemente a Roma o a los obispos por lo que sucedía, y advirtió que la única vía de resistencia posible era proseguir con la celebración local, casi subrepticia, de la Misa de rito romano, costase lo que costare. Toda otra acción estaba destinada al fracaso. Comenzó hacia 1972, para quienes seguían siendo católicos reconocibles como tales según los criterios tradicionales, la época de las catacumbas, y Una Voce optó por entender su cometido como el de un “apostolado litúrgico” que había que realizar de modo “molecular”, es decir, persona a persona, de molécula en molécula, al modo del apostolado cristiano de los siglos de las persecuciones.

Con todo, la directiva de Una Voce continuó realizando sus asambleas periódicas, en una de las cuales, la realizada en agosto de 1974 en Salzburgo, Dietrich von Hildebrand tuvo una participación magnífica, exponiendo, con gran sagacidad, lo que a su juicio era el diagnóstico justo de la situación: en un momento en que el vacilante Pablo VI parecía alentar las esperanzas de alguna forma de restauración litúrgica con el documento Iubilate Deo, datado precisamente ese año y referido a los cantos gregorianos más esenciales que debía preservarse, von Hildebrand sostuvo que, en su opinión, “[e]n latín, el Novus Ordo era más insidioso porque creaba la ilusión de que no era algo completamente diferente del antiguo rito. Independientemente de la cuestión de la validez, y desde un punto de vista puramente pastoral, la nueva Misa era simplemente una catástrofe. Había muchos que pensaban que criticar la nueva Misa era criticar al Santo Padre, lo que equivalía a atacar la Fe. Pero era necesario hacer una distinción entre el cargo y quien lo ocupa, y debía enseñarse al pueblo a hacer esta distinción en el caso del papado. El poder hacer esta distinción no era sólo una prueba de fe, sino una señal de fe. Una Voce debía, pues, seguir dando prioridad a la cuestión del rito por sobre la cuestión de la lengua del rito. Una Voce era el único grupo que había adoptado esta postura vitalmente importante respecto de la Misa tridentina” (p. 98).

La cuestión, para Hildebrand, era perfectamente clara, como lo fue, por lo demás, desde el comienzo, según lo atestigua la crítica de los cardenales Ottaviani y Bacci. Y esas mismas ideas eran también claras para los propios reformadores, que quizá hubieran querido que se ventilaran menos: es en la oscuridad y en la ambigüedad cómo se fraguó el Novus Ordo y cómo sigue amparado por ellas en la actualidad, aunque cada vez haya menos católicos engañados.

 Dietrich von Hildebrand

Este verdadero nudo gordiano de la reforma litúrgica, de carácter teológico, aparece constantemente en la narración de Darroch. Quizá uno de sus momentos más impactantes se dio durante los intercambios epistolares, posteriores a diversos encuentros personales, entre el Presidente Saventhem y el cardenal Giovanni Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado en 1976: éste pretendía amparar todo lo obrado por el Papa en materia de reforma litúrgica con la garantía del “carisma” que a este último le había otorgado Dios, en virtud del cual todos sus actos de gobierno y administración de la Iglesia no podían sino estar ordenados hacia el seguro y verdadero bien de ella. El Dr. Saventhem respondió a estas y otras enormidades con una carta de 26 de octubre de 1976, que es un modelo de sana doctrina católica y de excelente retórica, y Benelli replicó, a su vez, el 24 de noviembre de ese año. Saventhem respondió de nuevo el 6 de enero de 1977 y Benelli, el 3 de marzo de ese año.

De este polémico intercambio de cartas, uno de los más interesantes del libro, importa extraer algunos puntos que Darroch consigna sobre la posición de Benelli, porque ellos dan a conocer los criterios que, por entonces, se usaban en la Curia por los partidarios de la reforma y que revelan que el trasfondo de ella no fue nunca, como ya hemos sugerido, meramente pastoral sino, derechamente, teológico. Porque, en efecto, Benelli plantea que el espíritu de la reforma fue permitir que el hombre moderno pudiera “expresarse en ella”, cosa que significa, por cierto, entregar el destino de la liturgia a los cambiantes “sentimientos” modernos -o de cualquier otra época futura-, lo cual equivale a inventar un rito con autodestrucción programada, instalar en él esas "bombas de tiempo" de las que hablaba Michael Davis. Y añade Benelli a continuación, pensando que el ataque es la mejor defensa: los enemigos de la reforma han hecho de la liturgia un campo de batalla contra la “nueva eclesiología”, sosteniendo en este empeño, con su defensa del Ordo antiguo, una eclesiología pre-conciliar que, obviamente y como se sigue de su argumentación, no puede sino ser errónea. He ahí, pues, develada con imprudencia por Benelli, el meollo de la cuestión. El viejo adagio “lex orandi, lex credendi” permite advertir aquí cuál es el verdadero quid de todo el problema: se cambia la Misa para cambiar la religión. Nada de “criterios pastorales”: lo que interesa es introducir, mediante los ritos reformados, de manera solapada, una religión nueva y diferente. La defensa de la nueva Misa es la defensa de la nueva fe, esa religión del hombre a la que aludía Pablo VI en su discurso de clausura de clausura del Concilio Vaticano II. 

Con la muerte de Pablo VI y el advenimiento de Juan Pablo II, Una Voce creyó ver nuevos motivos de esperanza en su lucha por que, al menos, se reconociera al viejo rito romano igual derecho a existir en la Iglesia que el nuevo, cosa que la mayoría de los obispos de todo el mundo estaba decidida a impedir, llegando muchos de ellos a prohibir formalmente, por estar abrogado, según ellos, el rito codificado por San Pío V. Pero la batalla por ganar la voluntad del nuevo Papa, que parecía indeciso respecto del rito de la Misa, aceleró las movidas de los partidarios de la reforma litúrgica, que controlaban el manejo de las riendas del poder, tal como hoy. El cardenal James Knox, por entonces Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y reformista, dispuso que se realizara en 1980 una consulta a todos los obispos del mundo sobre cuáles eran las peticiones que habían recibido de los fieles en lo referente al uso del latín y cuáles eran los deseos de éstos en materia de liturgia de la Misa. El propósito perseguido era, naturalmente, tener una base de datos para desacreditar ante el Papa la causa de los defensores del rito romano. Y los resultados de la encuesta no dejaron de ser útiles a Knox y a quienes lo acompañaban. Una Voce no tuvo, entonces, otra opción que dedicar su trabajo, durante 1982, a analizar la mencionada consulta y a denunciar las graves fallas metodológicas que, a poco andar, fueron descubiertas y que le quitaron toda credibilidad. La “encuesta Knox” tuvo que ser descartada.

Juan Pablo II, ya sea por inseguridad personal en la materia, o por deseo de contentar a todo el mundo en su condición de nuevo Papa, se mantuvo en la indecisión hasta que, en 1984, autorizó que se enviara a los obispos, por la Congregación para el Culto Divino, la carta circular Quattuor abhinc annos, que contiene lo que se puede describir como una extensión a toda la Iglesia del citado “indulto de Agatha Christie” o “indulto inglés” de Pablo VI,  por el cual se permitía la celebración de la Misa antigua según el Misal de 1962, pero con todo tipo de restricciones, más o menos como lo había hecho el propio “Indulto”. Sin embargo, como el nuevo Papa era partidario de la teoría de la colegialidad de los obispos, se evitó cuidadosamente imponerles cosa alguna, limitándose a manifestarles los deseos o aspiraciones papales en materia litúrgica, y dejándolo todo, finalmente, en las manos de éstos. Lo cual significaba, como de hecho fue el caso, hacer que Quattuor abhinc annos fuera todo lo inoperante que podía ser.

Luego de enviada dicha carta, fue nombrado Prefecto de la Congregación para el Culto Divino el cardenal alemán Paul Augustin Mayer, el primero de los Prefectos de ella que, en todo el último cuarto del siglo XX, manifestó claramente su buena disposición en lo relativo a las aspiraciones de los católicos tradicionalistas. En este espíritu, Mons. Mayer pidió a Una Voce colaboración para mejorar las disposiciones de Quattuor abhinc annos, que había revelado ser perfectamente inútil en la práctica. Pero, como ha solido ser el caso con los enemigos de la Misa antigua en la Curia, se decidió en 1985 nombrar una Comisión de ocho cardenales para que estudiaran el asunto, cosa que, como se comprende, era el mejor modo de paralizar cualquier cambio favorable a los tradicionalistas. De hecho, nada ocurrió ni en 1986 ni en 1987, no obstante la incansable actividad del Dr de Saventhem, hasta que, en 1988, el problema de la liturgia de la Misa se complicó con la cuestión del Arzobispo Mons. Lefebvre.

 Mons. Marcel Lefebvre en 1980, durante una visita a Córdoba, Argentina 

Éste, que había sido siempre un leal aliado de la causa de Una Voce, fue finalmente, como se sabe, excomulgado por consagrar, el 30 de junio de 1988, cuatro obispos sin con una autorización papal formal. El día 2 de julio siguiente, es decir, al segundo día después de la acción de Mons. Lefebvre, Juan Pablo II publicó el motu proprio Ecclesia Dei, en que súbitamente se dan los primeros pasos efectivos, al menos en la teoría, para la liberalización de la celebración de la Misa en el rito romano, según el Misal de 1962, aprobado por Juan XXIII. Creada la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, se siguió la erección o regularización de diversas instituciones donde pudiera usarse el antiguo rito, entre las cuales cabe mencionar por su importancia el monasterio benedictino de Le Barroux, la Fraternidad de SanVicente Ferrer, instituto religioso masculino de derecho pontificio, y la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, sociedad de vida apostólica para sacerdotes.

Las vicisitudes de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei a partir de su fundación reciben, en el texto de Darroch, un tratamiento detallado e interesante. La oposición a esta Comisión y a su tarea ha sido objeto, hasta hoy, de la más encarnizada resistencia por parte de prácticamente todos los obispos del mundo, lo cual ha hecho que, en los hechos, haya tenido escaso éxito, aunque suficiente para mantener viva la esperanza.

Los destinos de Una Voce, entretanto, pasaron de manos del Dr. Saventhem, quien renunció a la Presidencia con efecto a partir del 1° de enero de 1995, a las de Michael Davies, a quien se debe una serie de importantísimos libros de la historia del Concilio Vaticano II y de la gestación de la nueva Misa de Pablo VI. Davies gobernó a institución hasta 2003, y emprendió, incansable, nuevas luchas por hacerse oír, sin muchos frutos, por el papa Juan Pablo II.

Con la presidencia de Michael Davies termina la historia de FIUV cubierta por este libro: el sucesor de Davies fue, precisamente, Leo Darroch, el autor del mismo, y es sabido que uno no puede ser buen juez en causa propia.

El lector, junto con quedar profundamente agradecido a Darroch por un texto riquísimo en información inexistente en otros lugares, queda con la tremenda insatisfacción de no haber podido leer aquí nada de los trascendentales desarrollos que en el problema de la liturgia tuvieron lugar con el motu proprio Summorum Pontificum, de Benedicto XVI [Nota de la Redacción: un análisis del autor sobre los efectos del motu proprio durante el tiempo inmediatamente posterior a su promulgación puede leerse en esta entrevista], ni el análisis de los que están teniendo lugar en el pontificado de Francisco y que, para decirlo de modo conservador, no tienen en absoluto buen pronóstico en lo que respecta a la causa de la Sagrada Tradición en la Iglesia y al destino del rito romano de la Misa. Sólo cabe esperar que, desde Una Voce, alguien emprenda la continuación de esta historia, llena de vicisitudes cada vez más graves para la causa de la Misa y de la Fe, siempre con valentía y espíritu sobrenatural. 

 El autor junto a Benedicto XVI, presentándole el informe de 2009 sobre los efectos del motu proprio

Para terminar estas breves informaciones sobre el contenido del libro de Darroch, digamos que él está escrito con un estilo envidiablemente ecuánime y desapasionado que, a lo más que llega en materia de énfasis, es a la colocación, en contadas ocasiones, de signos de exclamación frente a ciertas enormidades: ni un solo adjetivo descalificatorio o hiriente, en una historia que se presta para distribuir, a diestra y siniestra, escandalizados y bien merecidos epítetos. El temple escocés heredado por el autor de sus antepasados ha sido aquí sometido a duras pruebas y ha triunfado la mansedumbre cristiana.  

En suma, Darroch ha escrito un texto denso en información, complementado por varios apéndices que contienen documentos del máximo interés y difíciles de encontrar. Su lectura exige avanzar lentamente para tomar debida nota de los datos históricos, pero aún así resulta apasionante y llena de suspenso, no tanto por descubrir el fin de la historia, que está todavía por producirse, sino por ver cómo la mano de Dios ha venido usando, ante los escollos más formidables, a este puñado de laicos católicos empeñados, paradojalmente, en defender, de quienes tenían el encargo divino de resguardarla y difundirla, la fe católica.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Las órdenes mayores

En la Iglesia latina se hacía distinción entre órdenes mayores y menores. Las primeras correspondían a los primeros grados por los que debía pasar el seminarista en su camino hacia el sacerdocio después de haber sido incorporado al estado clerical por la tonsura: ostiario, exorcista, lector y acólito (véase aquí la entrada previa que le hemos dedicado a las ordenes menores). Después venía el subdiaconado, el diaconado y el sacerdocio, que era las llamadas órdenes mayores, o sagradas, puesto que quienes la sirven tienen inmediata referencia a lo que está consagrado (Santo Tomás de Aquino, Suplemento, q. XXXVII, a. 3). En Oriente, el subdiaconado se considera una orden menor e incluye tres de las otras órdenes menores latinas (portero, exorcista y acólito). 

 Ilustración del cursus honorum, con los distintos peldaños que van desde la tonsura al sacerdocio
(Ilustración: Modern Medievalism)

Santo Tomás decía que no hay nada tan divino como el objeto de los sacramentos del Orden y de la Eucaristía, porque ellos versan sobre el propio Jesucristo Nuestro Señor, uno aplicando a las almas los méritos de su redención en su propia persona y el otro actualizando ese sacrificio redentor hasta el final de los tiempos. De ahí que las órdenes mayores se relacionen con el ámbito de lo consagrado, vale decir, con lo que más inmediatamente se refiere al culto a Dios. El sacerdote pronuncia las palabras de la consagración para convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Está en contacto inmediato con el Cuerpo de Nuestro Señor, pues lo toca y lo da a las almas. El diácono ya se puede acercar al Santísimo Sacramento, hasta el punto de poder tocar el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. El subdiácono vela particularmente por los vasos sagrados a prudente distancia. Quienes reciben estas tres órdenes mayores tienen, por consiguiente, poderes sobre las cosas sagradas, y deben tener un grado de pureza aún mayor que los que están en las demás órdenes, por lo que su recepción obliga a la continencia perfecta.

Dentro del orden sacerdotal cabe hacer una distinción entre los presbíteros y los obispos. Estos dos últimos y el diaconado reciben el nombre de  órdenes jerárquicos, porque son de origen divino y han recibido el ejercicio de la función de gobierno (Concilio de Trento, Sesión XXIII, canon 6, y LG 28). De hecho, el Concilio de Trento definió dogmáticamente que la jerarquía del orden era de institución divina y sólo incluía los tres primeros grados de las órdenes mayores, vale decir, el episcopado, el presbiterado y el diaconado (De sacramento ordinis, IV, 6); pero también declaró que los Padres habían admitido el subdiaconado entre los órdenes mayores porque era de institución eclesiástica y coadyuvaba a las otras (De sacramento ordinis, II). 

Todos los candidatos a las órdenes mayores debían presentarse a la iglesia con tonsura y en vestimenta clerical, llevando las vestimentas propias del orden al cual serán elevados y velas encendidas. Ellos son llamados por su nombre y cada candidato contesta “adsum”, para manifestar que está pronto a cumplir el ministerio al que es promovido por la Iglesia. Cuando se realiza una ordenación general, la tonsura es dada después del Introito o del Kyrie, las órdenes menores después del Gloria, el subdiaconado después de la Colecta, el diaconado después de la Epístola y el sacerdocio después del Aleluya o Tracto. 

Los ritos que enseguida se describen son aquellos que están previstos en los libros litúrgicos vigentes en 1962, que son los que se usan en la forma extraordinaria del rito romano. Ellos se aplicaban igualmente a todos los otros ritos latinos, puesto que ninguno tiene como propio el sacramento del orden. El Concilio Vaticano II quiso que se revisasen los ritos de las ordenaciones, tanto en lo referente a las ceremonias como a los textos (SC 76), por lo que ellos son hoy diferentes, aun cuando se conserva lo esencial. 

Órdenes sagradas (del libro The Catholic Altar BoyAppleton, Wisconsin, 1922) 
(Ilustración: Wikimedia Commons)

(1) El subdiaconado

En rigor, el subdiaconado es una orden menor, pues la función principal de quien la recibía era la de leer la Epístola durante la Misa y servir en el altar, así como purificar fuera de ella los lienzos y vasos sagrados. Nunca fue considerado un verdadero sacramento, como sí aquellos que confieren alguno de los grados del orden jerárquico, sino como un sacramental, aun cuando fue ganando prestigio por los votos de castidad que emiten los candidatos al momento de su ordenación. En la Iglesia oriental es el último de los grados de las órdenes menores después del acólito y el cantor. Por el contrario, desde el siglo XII la Iglesia latina consideró al subdiaconado como la primera de las órdenes mayores, por las obligaciones que implica en conexión directa con el Santo Sacrificio de la Misa. Desde entonces, el clérigo quedaba obligado a la continencia perpetua. 

 Subdiácono sosteniendo el Evangeliario

En 1972, el motu proprio Ministeria quedam de Pablo VI modificó la disciplina eclesiástica de la Iglesia latina. Ahí se prevé que, en adelante, las funciones desempeñadas por el subdiácono quedan confiadas al lector y al acólito (ahora configurados como ministerios laicales), de suerte que deja de existir para la Iglesia latina el orden mayor del subdiaconado (IV). El mismo documento permite que, en algunos sitios y a juicio de las conferencias episcopales, el acólito pueda ser llamado también subdiácono (IV). Así ocurre, por ejemplo, en el Oratorio de Londres, en la Comunidad de San Martín y en el Real Colegio del Corpus Christi en Valencia. Esa es la razón por la cual, según las respuestas dadas al respecto por la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, los únicos subdiáconos “substitutos” que pueden participar en una Misa solemne celebrada conforme a la forma extraordinaria son los seminaristas y los acólitos instituidos (cfr. Pontificia Comisión Ecclesia Dei, Respuestas de 7 de julio de 1993, Prot. núm. 24/92; 6 de noviembre de 2012, Prot. núm. 39/2011L; 15 de abril de 2013, Prot. núm. 39/2011L; y 14 de noviembre de 2018, Prot. núm. 39/2011L-ED).

Las ceremonias para la recepción del subdiaconado tenían lugar del siguiente modo:                                                                                           
Presentación. Aquellos que, habiendo recibido las órdenes menores, sean promovidos al subdiaconado, se deben presentar revestidos con alba y cíngulo y con un cirio encendido en la mano derecho, como muestra de la pureza de su vida. Los ordenandos se postran por tierra y el obispo les da tres veces la bendición. 

 Ordenación de subdiáconos para la FSSP en Denton, Nebraska (2006)
(Foto: FSSP)

Advertencia inicial. Desde el principio de la ordenación, el obispo advierte a los subdiáconos que se les impone la castidad perpetua, y que nadie puede ser admitido a esta orden sin tener la voluntad sincera de someterse al celibato (canon 132 del Código de Derecho Canónico de 1917). Hoy, dado que la incorporación al estado clerical se produce con la ordenación diaconal (canon 266 CIC), es desde momento que existe obligación grave de guardar continente perfecta y perpetua por el Reino de los Cielos (canon 277, § 1 CIC).

Letanías de los santos. Los ordenandos se postraban en el suelo, en señal de humildad y adoración, como hacían antiguamente los patriarcas y profetas. En ese momento, en unión con todos los elegidos del Cielo, se cantaban las Letanías de los santos, oración predilecta de la Iglesia, en la que se presentan a la Santísima Trinidad todos los méritos y trabajos del Hombre-Dios. Esta postración y letanías precedían igualmente al diaconado y sacerdocio.

Admonición. El obispo enumeraba las funciones del subdiácono. En la Misa solemne, el subdiácono tiene como función presentar la patena y el cáliz al diácono, verter el agua en el cáliz y cantar la Epístola. Además, está encargado de purificar los lienzos sagrados.

Entrega de los instrumentos propio de su ministerio. En la ceremonia de recepción del subdiaconado, el aspirante debía tocar con los dedos de su mano derecha el cáliz y la patena vacíos, mientras el obispo le decía: "Mirad misericordioso a este servidor tuyo, que ha sido escogido para subdiácono, y dadle a este servidor el Espíritu Santo, para que toque dignamente los vasos litúrgicos y cumpla tu voluntad". 

Conviene tener presente que hay algunas diferencias entre un subdiácono ordenado y un subdiácono "substituto" en lo que atañe a su servicio al altar. Durante la Santa Misa, el subdiácono ordenado porta la cruz procesional y el Evangeliario, lee la Epístola o la Profecía, añade agua al vino dentro del cáliz en el Ofertorio y, durante todo el Canon, se mantiene bajo las gradas del altar teniendo delante de sí la patena velada, para mostrar que él no es digno todavía de asistir al santo misterio del altar (véase aquí la explicación de este último rito). Por su parte, el subdiácono "sustituto" no vierte el agua en el cáliz durante el Ofertorio, sino que debe dejar al diácono hacerlo; no debe tocar el cáliz infra actionem ni cubrirlo con la palia, como tampoco descubrirlo; y después de la comunión no purifica el cáliz, correspondiendo al celebrante hacerlo, después de lo cual el subdiácono "substituto" lo cubre con el velo y la bolsa del corporal y lo lleva a la credencia.

Oración por los nuevos subdiáconos. El obispo pedía para los subdiáconos la gracia de que pudiesen cumplir bien sus funciones, así como los dones del Espíritu Santo, para que fuesen guardianes vigilantes del altar durante el sacrificio.

Imposición de los ornamentos sagrados. Como era considerada una orden mayor, con el subdiconado comenzaba el uso de los ornamentos litúrgicos propios. En su caso era la tunicela, similar o prácticamente igual a la dalmática del diácono, y el manípulo. Esta última era la insignia específica de su dignidad, y significaba que el subdiácono había expresado su deseo de no rechazar la dura tarea que se le había confiado en servicio de la Iglesia (non recuso laborem).

Entrega del Leccionario. Tras tomar con su mano derecha el Leccionario, el obispo le decía al subdiácono: "Recibe el libro de las Epístolas con el poder de leerlo para los vivos y los muertos". 

 El subdiácono lee la epístola durante una Misa solemne (der.)

Para que los subdiáconos elevasen regularmente su mente a Dios, la Iglesia les mandaba el rezo del breviario (canon 135 del Código de Derecho Canónico de 1917). Su nuevo estado exigía de ellos un profundo espíritu de fe y la práctica, no sólo de la pureza del cuerpo, sino también del corazón. Debido a los cambios experimentados en la disciplina canónica y eclesiástica después del Concilio Vaticano II, en la actualidad una persona ingresa al estado clerical cuando es ordenado diácono y queda incardinado en la Iglesia particular o en la prelatura personal para cuyo servicio fue promovido (canon 266 CIC). Desde entonces, el clérigo tiene la obligación de recitar todos los días la liturgia de las horas según sus libros litúrgicos propios y aprobados (canon 276 CIC). Respecto a la tonsura, las órdenes menores y el subdiaconado, el motu proprio Summorum Pontificum no introdujo ningún cambio en la disciplina del Código de Derecho Canónico de 1983. Esto significa que, en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el profeso con votos perpetuos en un instituto religioso o incorporado definitivamente a una sociedad clerical de vida apostólica, queda incardinado como clérigo en ese instituto o sociedad al recibir el diaconado (artículo 30 de la instrucción Universae Ecclesiae). Sin embargo, está permitido que en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y en aquellos donde se mantiene el uso de los libros litúrgicos de la forma extraordinaria se use el Pontificale Romanum de 1962 para conferir las órdenes menores y mayores (artículo 31 de la instrucción Universae Ecclesiae).

La pregunta que surge respecto de este estado de cosas es desde cuándo hay obligación de rezar el breviario, admitido que los clérigos tienen la facultad de usar el Breviarium Romanum en vigor en 1962 (artículo 9, § 3 del motu proprio Summorum Pontificum), el cual se recita integralmente en lengua latina (artículo 31 de la instrucción Universae Ecclesiae). De esta materia se ocupa la respuesta a la pregunta núm. 16 hecha por el Rvdo. Dawid Pietras, de la Diócesis de Zielona Góra-Gorzów (Polonia), a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, la cual reproducíamos en la entrada respectiva y que ahora contextualizamos debidamente. Dice respectivamente esa pregunta (en negrita y cursiva) y su respuesta (en rojo y cursiva):

16. ¿Tienen los subdiáconos la obligación de recitar el breviario?
A través de la ley expresada en el Código de Derecho Canónico de 1983, se entiende bajo el concepto de clérigos a diáconos, sacerdotes y obispos (can. 1009, § 1 CIC). A la luz de la instrucción Universae Ecclesiae (núm. 27), debemos usar la disciplina contenida en el Código de Derecho Canónico de 1983. Entonces, ¿debe el asunto estar gobernado por las constituciones de una comunidad, que pueden obligar a un subdiácono a recitar el Breviarum Romanum?

Debe aplicarse el can. 1174 § 1 CIC ["La obligación de celebrar la liturgia de las horas, vincula a los clérigos según la norma del can. 276 § 2, 3; y a los miembros de los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, conforme a sus constituciones"].

El subdiaconado se conserva en las Iglesias orientales, donde se le llama hipodiácono (del griego ὑπόypo, bajo, y διάκονοςdiakonos, servidor). Su investidura litúrgica se compone del stijarion (equivalente a la tunicela) y el orarion (equivalente a la estola) en forma de cruz. Su función es asistir al obispo en el servicio litúrgico.  

 Subdiáconos alrededor de un obispo ortodoxo durante una procesión

(2) El diaconado

El diácono (del griego antiguo διάκονος, diákonos, que significa servidor) es el ministro del obispo o del sacerdote en el altar. Le corresponde cantar el Evangelio y puede ser autorizado a predicar. En algunos casos, es el ministro extraordinario del bautismo y de la comunión. El diácono debe procurar llevar una vida pura y predicar, tanto por sus ejemplos como por sus palabras, la llamada de Dios, siguiendo el ejemplo de San Esteban y San Lorenzo, ambos mártires. En un comienzo se trataba de un ministerio permanente, pero poco a poco fue evolucionando para convertirse en un estado transitorio previo al presbiterado. Hacia fines de la Edad Media, esta disciplina ya está totalmente extendida, con pocas excepciones (por ejemplo, San Francisco de Asís nunca recibió la ordenación presbiteral y permaneció como diácono hasta su muerte). 

La ordenación diaconal solía ocurrir al final del penúltimo año de estudios en el seminario, y todavía está prescrito que no se haga antes de haber completado cinco años de formación (canon 1032 CIC). Durante el último año, los seminaristas hacían sus principales preparativos para el sacerdocio: aprendían a rezar la Santa Misa, tenían clases de pastoral para conocer las dificultades de su ministerio, empezaban a predicar y llegaban incluso a administrar el sacramento del bautismo y a dar la comunión a los enfermos, además de los sacramentales. Eran los de mayor edad entre los seminaristas, y se constituían en modelo de los demás en la meta común de alcanzar la gracia de la participación en el sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo.

 Carlo Crivelli, San Esteban (1476)


La ceremonia de ordenación al diaconado era casi idéntica a la del subdiaconado, pero en ella sí hay imposición de manos por tratarse de un sacramento:    

Presentación de los candidatos. Los candidatos se presentaban revestidos con amito, alba, cíngulo, estola y manípulo, con la dalmática doblada en el brazo izquierdo y una vela en la mano derecha. El obispo preguntaba al archidiácono o arcediano, vale decir, el diácono principal de la catedral, si los que iban a ser promovidos al diaconado eran dignos para el oficio y luego invitaba al clero y al pueblo a mencionar cualquier objeción que pudiesen tener. 

 Admonición del obispo durante una ordenación diaconal tradicional en la catedral de Tolón (Francia)

Advertencia inicial. Después de una corta pausa, el obispo explicaba a los ordenandos los deberes y privilegios de un diácono, mientras ellos permanecían arrodillados.
                                                                                      
Letanías de los santos. Al terminar esa primera advertencia, los ordenandos se postraban y el obispo, junto con el clero, recitaban las Letanías de los santos y les impartía tres veces su bendición. 

Admonición a los ordenandos. Después de las letanías, se rezaban algunas otras plegarias en las que el obispo continuaba invocando la gracia de Dios para los candidatos.

Prefacio consagratorio. Venía entonces el canto de un corto prefacio, donde se expresaba la alegría de la Iglesia al ver la multiplicación de sus ministros. Éste contenía la fórmula de ordenación con la imposición de la mano derecha del obispo sobre la cabeza de cada uno de los ordenandos. Mientras que la materia consiste en la imposición de las manos, las palabras esenciales de la forma del sacramento del orden para el diácono eran: "Recibe la fortaleza del Espíritu Santo y para resistir al demonio y sus tentaciones, en el nombre del Señor". Luego, extendiendo su mano sobre todos los candidatos juntos, decía: "Te pedimos Señor, que envíes sobre ellos el Espíritu Santo con el cual sean fortalecidos para el desempeño lleno de fe de tu ministerio, por medio de la concesión de tus siete dones". 

Imposición de los ornamentos sagrados. Enseguida, el nuevo diácono recibía la dalmática como símbolo de su ministerio y la estola como insignia litúrgica, ambas acompañadas con la fórmula que expresaba su especial significado. 

 Imposición de los ornamentos sagrados durante una ordenación diaconal en Albenga (Italia)

Entrega del Evangeliario. Finalmente, el obispo hacía que todos los candidatos tocasen  el Evangeliario, diciéndoles: "Recibe el poder de leer el Evangelio en la Iglesia de Dios, a los vivos y a los muertos, en el nombre del Señor".  Vale la pena hacer notar que en el Decretum pro Armenis (1439) del papa Eugenio IV (1431-1447) la entrega del Evangeliario es mencionada como la "materia" del diaconado, puesto que se trata de un ministerio de la palabra de Cristo. 

Oración por los nuevos diáconos. Finalmente, se volvía a encomendar a Dios a los nuevos diáconos. 

En la Misa solemne, el diácono es el encargado de proclamar el Evangelio y puede predicar la homilía, dado que es por excelencia el ministro de la palabra. Durante la Misa de los fieles ayuda al preste, en particular en el Ofertorio vertiendo el vino en el cáliz y disponiendo la hostia sobre el corporal. Le corresponde comenzar el descenso del signo de la paz (él la recibe del preste, la da al subdiácono y así sucesivamente), distribuir la comunión y proclamar el envío con que concluye la Misa. 

El Concilio Vaticano II previó que se podía restablecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente de la jerarquía eclesiástica (LG 29), y ese deseo fue cumplido a través del motu proprio Sacrum Diaconatus Ordinem del papa Pablo VI, dado el 18 de junio de 1967. Para el diácono permanente, el candidato idóneo es el hombre que es considerado probo por la comunidad, y que tiene entre sus virtudes el ser caritativo, respetuoso, misericordioso y servicial, pudiendo estar incluso casado. Es determinación del obispo exigir que sea casado y, en este caso, su mujer deberá conceder por escrito al obispo la aceptación para la ordenación de su marido (canon 1031, § 2 CIC). La edad mínima es de 25 años si es soltero y de 35 años si es casado (canon 1031, § 2 CIC). Un diácono casado que enviuda no puede volver a contraer matrimonio, pero sí puede optar a ser presbítero. Quien es ordenado diácono siendo soltero se compromete al celibato permanente. Los diáconos permanentes han de rezar aquella parte de la liturgia de las horas que determine la respectiva Conferencia Episcopal (canon 276, § 2, núm. 3 CIC). Posteriormente, el mismo Pablo VI reformó en general el sagrado orden del diaconado mediante la carta apostólica Ad Pascendum, de 15 de agosto de 1972.

(3) La ordenación sacerdotal

El presbítero (del griego antiguo πρεσβύτερος, presbuteros, que significa anciano) es el ministro del culto divino y, en especial, del mayor acto del culto católico, el Sacrificio Eucarístico. Por su ordenación, el sacerdote queda investido de una serie de facultades relacionadas con la salvación de las almas (celebrar Misa, perdonar los pecados, predicar, administrar los sacramentos, dirigir y cuidar al pueblo cristiano), cuyo ejercicio está reglamentado por la ley común de la Iglesia, por la jurisdicción del obispo y por el oficio o cargo de cada sacerdote. 

 Ordenandos en la catedral de Auxerre al comienzo de la ceremonia de ordenación sacerdotal
 (Foto: FSSP/ Catholic News Live)

En términos generales, la ceremonia de la ordenación sacerdotal era parecida a la de las otras órdenes sagradas, aunque más conmovedora y solemne. 

Presentación. Después del Aleluya o Tracto de la Misa, el arcediano convocaba a todos los que iban a recibir el sacerdocio. Los candidatos, vestidos con amito, alba, cíngulo, estola y manípulo, con la casulla doblada en el brazo izquierdo y una vela en la mano derecha, pasaban al frente y se arrodillaban alrededor del obispo. 

Primera admonición. El obispo preguntaba al arcediano, quien era aquí el representante de la Iglesia, si los candidatos eran dignos de ser admitidos al sacerdocio. Éste contestaba afirmativamente y su testimonio representaba el testimonio de idoneidad que en tiempos antiguos daba el clero y la gente. El obispo se dirigía, entonces, a la congregación e insistía sobre las razones por las cuales "los Padres decretaban que la gente también debía ser consultada", señalando a los fieles que, si alguien tenía algo que decir en prejuicio de los candidatos, debía pasar al frente y declararlo. El obispo describía enseguida la función del sacerdote e invitaba a los ordenandos a practicar las virtudes necesarias para su nuevo estado, recordándoles que en adelante serían sacerdotes de Jesucristo hasta la eternidad según el orden sagrado de Melquisedec. 

 Los ordinandos se postran mientras se rezan las letanías de los santos
(Foto: FSSP)

Letanías de los santos. El obispo se arrodillaba frente al altar, los ordenandos yacían postrados sobre la alfombra, y se cantaba o recitaba las Letanías de los santos. 

Imposición de las manos. Al concluir las letanías, los candidatos se levantaban, pasaban al frente y se arrodillaban en parejas frente al obispo. Éste imponía sus manos sobre la cabeza de cada ordenando, gesto que constituye la materia del sacramento del orden. Todos los sacerdotes que asistían a la ceremonia repetían, después del obispo, el mismo gesto. Mientras que los obispos y sacerdotes mantenían su mano derecha extendida, el obispo recitaba solo una oración, invitando a todos a orar a Dios pidiendo la bendición para los candidatos. 

 Imposición de las manos
(Foto: FSSP/ Catholic News Live)

Prefacio consagratorio. Después de la imposición de las manos seguía la Colecta y entonces el obispo recitaba el Prefacio, hacia el final del cual se encuentra la oración que encierra las palabras esenciales de la forma exigida para el sacramento del orden: "Da, te rogamos, Padre omni­potente, a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus entrañas el Espíritu de santidad para que alcancen recibido de Ti, oh Dios, el cargo del segundo mérito y enseñen con el ejemplo de su conducta la reforma de las costumbres".

Imposición de los ornamentos sagrados. Enseguida, el obispo imponía a los sacerdotes recién consagrados los ornamentos sagrados que le son propios usando la fórmula apropiada: pasa la estola por detrás del cuello y la cruza sobre el pecho de cada uno (el diácono usa la estola en diagonal desde el hombro derecho) y lo viste con la casulla. Ésta se arreglaba para que colgase por delante, pero está doblada en su parte posterior (véase aquí el sentido de este rito). 

 Unción de las manos
(Foto: FSSP/ Catholic News Live)

Consagración de las manos. Luego de la imposición de los ornamentos, el obispo recitaba una oración invocando la bendición de Dios sobre los recién ordenados, y entonaba el Veni Creator, cuya primera estrofa se cantaba por todos de rodillas. Mientras este himno es cantado por el coro, aquél unge las manos de cada uno con el óleo de los catecúmenos, cubriéndose con el gremial. Después de haber sido ungidas con el Santo Crisma, las manos del nuevo sacerdote se atan con una lienzo sagrado llamada manutergio

Entrega de los instrumentos. Cada uno de los recién ordenados recibía un cáliz que contenía vino y agua, recubierto con la patena donde estaba depositada una hostia no consagrada. El obispo declaraba entonces a los nuevos sacerdotes que en adelante tenían el poder de celebrar la Santa Misa por los vivos y difuntos, uniéndose a Cristo en la actualización de su Santo Sacrificio hasta el fin de los tiempos. Comenzaba el Ofertorio. 

 Traditio instrumentorum
(Foto: FSSP/ Catholic News Live)

Parte sacrificial de la Misa. Cuando el obispo terminaba el Ofertorio de la Misa, se sentaba en el medio del presbiterio y frente al altar, donde cada uno de los ordenados le ofrecía una vela encendida. Los nuevos sacerdotes repetían la Misa con él, todos diciendo las palabras de consagración simultáneamente. En rigor, los nuevos sacerdotes ofrecían el sacrificio junto con el obispo, pero sólo éste seguía las ceremonias y pronunciaba todas las palabras en voz suficientemente audible para que los sacerdotes que concelebran con él lo pudiesen escuchar. Esta concelebración manifestaba apropiadamente la unidad del sacerdocio (recuérdese que el Concilio de Trento no señalaba al sacerdocio y el episcopado como órdenes sagrados distintos), y esa fue la razón por la cual el Concilio Vaticano II quiso ampliarla (SC 57), con los resultados que son por todos conocidos. 

Beso de la paz. Antes de la Comunión el obispo le daba el beso de la paz a uno de los recién ordenados, como símbolo de su nuevo estado. 

Poder de confesar. Después de la Comunión los sacerdotes se acercaban nuevamente al obispo y rezan el Credo de los Apóstoles. Éste les confiere el poder de confesar, usando las propias palabras con que Cristo se lo dio a sus discípulos. El obispo imponía las manos sobre cada uno de los recién ordenados y decía: "Reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados; y a quienes se los retengan, les quedan retenidos". Con todo, la facultad de confesar queda sujeta la obtención de la debida licencia por parte del ordinario de su incardinación o domicilio y que se ejerce sobre cualquier fiel, o del superior religioso respecto de los que están sujetos a él o moran en sus casas (cánones 966-976 CIC; véase aquí más detalles sobre la facultad de confesar).

Bendición consagratoria. Llegado este momento, se doblaba la casulla como símbolo de que los recién ordenados habían recibido la plenitud del sacerdocio. Los neo-sacerdotes hacían una promesa de obediencia al obispo y, habiendo recibido de éste el beso de despedida, regresaban a sus lugares. 

Al final de la Misa, los nuevos sacerdotes concedían sus primeras bendiciones. Los años de formación recibidos en el seminario alcanzaban su fin sagrado y la Iglesia de Dios ya podía contar con más ministros (siempre escasos) para su divina misión de salvar almas. Al día siguiente, el recién ordenado celebraba su primera Misa.