jueves, 7 de enero de 2016

La reforma litúrgica (anexo)

Para cerrar la serie sobre la reforma litúrgica preparada a partir de la conferencia impartida en julio de 2015 por el Dr. Augusto Merino en el I Congreso Summorum Pontificum celebrado en Santiago de Chile, ofrecemos a nuestros lectores un anexo a la conferencia, redactado por el mismo autor, que contiene interesante información.

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La reforma litúrgica (anexo)
La supresión de elementos en la liturgia

Prof. Dr. Augusto Merino Medina


A. Un listado no taxativo de los elementos suprimidos por la “Misa Normativa”, que dio posteriormente origen a la hoy llamada “forma ordinaria”, y de otros que se realizaron más tarde, debería incluir los siguientes:

1) De las 14 genuflexiones de la Misa anterior, sólo se conservaron 3.

2) Se suprimió la rúbrica según la cual el sacerdote debía mantener unidos el índice y el pulgar después de la consagración del pan (y también, la posterior purificación de los dedos).

 Ilustración de una revista de 1959
(Foto tomada de Adelante la Fe)

3) La distribución de la comunión ya no es hecha exclusivamente por el celebrante, sino por simples laicos, de uno u otro sexo.

4) La recepción de la comunión dejó de hacerse de rodillas y en la lengua, y se la comenzó a hacerse de pie y en la mano en virtud de un indulto que por su extendida utilización acabó siendo la regla general. 

5) Se suprimieron los tres signos de la cruz sobre o con las oblatas en la “preparación de los dones”, que reemplazó al Ofertorio.

6) De los 24 signos de la cruz sobre las oblatas que señalaba el Canon Romano, no quedó más que una en las cuatro “plegarias eucarísticas” aprobadas, incluyendo la primera.

7) Se suprimieron los 3 signos de la cruz que se hacían en la preparación del celebrante para comulgar, y se suprimieron además los signos de la cruz hechos con las especies sagradas al comulgar el celebrante y al dar la comunión a los fieles.

8) Se separó el altar del sagrario, para realzar el nuevo significado de “mesa de la cena” que se le quiso dar ahora.

9) Se suprimió la reserva a los ministros sagrados de las lecturas de la Sagrada Escritura, separando visiblemente éstas del papel que a su respecto desempeña el Magisterio de la Iglesia, representado por el celebrante (véase el artículo que publicamos aquí sobre este tema).


10) De las más de 10 veces que en el ofertorio y el canon se suplicaba a Dios que “aceptara” o “recibiera” la ofrendas del celebrante que se reconocía como “indigno”, no quedó prácticamente ninguna.

11) Del mismo modo la expresión “por nuestro Señor Jesucristo”, que abundaba anteriormente, se suprimió casi del todo en las plegarias eucarísticas.

12) Se suprimió la mayor parte de las 200 oraciones con las que el misal anterior invocaba el mérito de los santos, quedando sólo 3 de ellas en carácter obligatorias en el año litúrgico.

13) Las oraciones para ser “purificados de los pecados”, frecuentes en el misal anterior (10 veces sólo en el santoral de agosto), quedaron reducidas a unas cuantas en las misas feriales de cuaresma.

14) Al orar por los difuntos en la Misa, se suprimió toda mención de las penas que pueden estar sufriendo en el Purgatorio.

15) En relación con este mismo punto, se suprimió la secuencia Dies Irae, y el tracto y la antífona del Ofertorio de la misa de difuntos del misal tradicional.

16) Pese a la indicación de las rúbricas latinas, la Misa dejó de celebrarse “ad orientem” o “coram Deo” (véase el artículo que publicamos aquí sobre este tema).

Celebración versus populum de la Misa del Ordo de 1965
(Foto: The Saint Bede Studio Blog)

17) Aunque la autorización de reemplazar el latín por las lenguas vernáculas fue restrictiva, en la práctica el reemplazo terminó siendo la norma general, quedando el latín enteramente abandonado, mediante el expediente de dejar entregada la decisión a los obispos, quienes invariablemente han creído mejor suprimirlo.

18) La práctica acabo por reemplazar en muchos lugares los ornamentos sacerdotales sólo por un alba y una estola, sin prohibición expresa en sentido contrario.

Ahora bien, no se escribieron nuevas rúbricas que prohibieran muchos de estos elementos, sino que, al reescribirse los libros litúrgicos, simplemente no se los incluyó (como el gesto de juntar los dedos después de la consagración, o las genuflexiones), salvo algunas pocas excepciones de expresa supresión. En esto se advierte un criterio general de las reformas efectuadas: supresión, silenciamiento, omisión.

Ninguno de estos cambios carece de consecuencias, ninguno es mudo, todos ellos dicen algo. Y lo primero que dicen es que se desenfatiza la sacralidad de la Santa Misa, que es esencialmente acción de Cristo (basta pensar en la supresión de las genuflexiones, numerosas en el rito anterior). Por cierto, dicen también que la importancia de la Tradición es menor.

B. La supresión más importante, con todo, es la del Ofertorio que fue, al parecer, considerado una “duplicación” del Canon Romano, lo que lo hacía caer bajo la norma del núm. 50 de la SC. Sin embargo, un estudio de los ritos de las iglesias ortodoxas nos muestra que en ellas el rito equivalente a nuestro “Ofertorio” tiene una enorme importancia. Y no se trata, como parecen haberlo creído ciertos liturgistas asesores del Concilio, de un “pequeño Canon” que no hace más que duplicar por anticipado lo que tenía lugar, propiamente, en el Canon mismo. Se trata más bien de lo que puede llamarse “prolepsis”, una figura que consiste en dar a una cosa un nombre antes de que el nombre le pertenezca. En otros términos, se trata de un discurso –en este caso, una larga oración- que va procediendo en círculos o avanzando en espiral, con traslapo o superposición de elementos. Esto resulta realmente irritante para la ilustrada mentalidad rectilínea, propia de la modernidad, que imperó en los cambios litúrgicos del Concilio. Si pudiéramos recurrir a un símil para explicar esta idea, diríamos que la liturgia multisecular de la Iglesia fue siempre polifónica, según un esquema que está tan bien representado por Bach en la música, en tanto que la mentalidad del “siglo de las luces” sólo gusta de la claridad de una única línea melódica, según el modelo bien conocido de la música de Mozart. 

 Ofertorio de la Misa tradicional

En relación con este importantísimo tema, se sugiere leer en el sitio The New Liturgical Movement una serie de artículos que ha publicado, a partir de febrero de 2014,Gregory DiPippo, en especial los núm. 4 y 6. 

C. La Misa tridentina como tal nunca fue, en cambio, suprimida ni por el Concilio ni por Pablo VI. En la Iglesia tradicionalmente no se ha suprimido jamás rito alguno de los muchos que han coexistido en diferentes épocas (la Iglesia jamás ha exigido uniformidad en estas materias, sino unidad de contenido esencial). Y ello se explica por cuanto la mera aceptación de un rito supone la aceptación de la teología en él vaciada. No hay campo en este terreno para “corrección” de desviaciones, porque ello supondría que los ritos suprimidos eran heterodoxos, lo cual sugeriría, a su vez, que la indefectibilidad de la Iglesia no existe. Los ritos que han desaparecido lo han hecho por simple desuso. En relación con esto es importante recordar lo declarado en el núm. 4 de la SC: “Por último, el Sacrosanto Concilio, ateniéndose fielmente a la tradición, declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los Ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios”.

El verdadero encarnizamiento que, a veces, se advierte en los partidarios de la “forma ordinaria” en su intento de impedir que se celebre la “forma extraordinaria” es un fenómeno nuevo, propio de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI. No es de extrañar, pues, que el motu proprio Summorum Pontificum haya recordado que la Misa tridentina no estaba en absoluto abrogada y puede, por tanto, celebrarse.

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