domingo, 23 de enero de 2022

La Iglesia del “ucase” papal

Les ofrecemos hoy un artículo escrito por John Monaco sobre un fenómeno que se viene discutiendo bastante en los sitios católicos ligados al mundo tradicional. Se trata del correcto sentido que tiene el primado del Romano Pontífice y la potestad suprema, plena, inmediata y universal que posee sobre la Iglesia, que puede siempre ejercer libremente. Dicha potestad, considerando su ministerio, está concedida al Papa en cuanto Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra, lo que significa que tiene como límites la Revelación y el bien común sobrenatural. Sin embargo, esta verdad acaba eclipsada por la comprensión que se ha impuesto desde el Concilio Vaticano I, que ha exacerbado las tendencias ultramontanas que siempre han estado presentes en la Iglesia. 

John Monaco es estudiante de doctorado en teología en la Universidad Duquesne (Pittsburgh, EE.UU.) e investigador visitante del Veritas Center for Ethics in Public Life de la Universidad Franciscana de Steubenville.

El artículo fue publicado originalmente en Crisis Magazine el pasado 20 enero y ha sido traducido por la Redacción. 

Quien desee profundizar en este tema, puede leer este artículo de "Un padre de familia" y esta reseña sobre un libro de Roberto De Mattei, ambas publicadas en esta bitácora. También recomendamos esta entrada publicada por Caminante Wanderer

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La Iglesia del “ucase” papal*

John Monaco 

En la locura mediática que rodeó la visita del papa Francisco a los Estados Unidos en 2015, un detalle menor se transformó en un tema mayor de comentarios: el minúsculo automóvil del Papa. El Santo Padre fue alabado por su humildad al elegir ser transportado en un Fiat 500L gris oscuro, y hubo hasta alguien que sugirió que esta elección de automóvil era un mensaje medioambientalista.

Sin embargo, en los últimos años, las opiniones del Papa sobre los modelos de automóviles no tiene nada que ver con la preocupación que ha surgido de que la Iglesia católica está siendo reducida a un mero “fiat” papal. Lo que se teme es que, hoy, la Iglesia de Cristo sea la expresión de la voluntad del Santo Padre, moldeada como arcilla por el Papa ceramista, y basada sólo en la persona del Papa. Y luego de las últimas restricciones del rito romano tradicional, el temor no carece de fundamento, ni tampoco de antecedentes.

(Foto: artículo original)

Hay muchos que saben que el Primer Concilio Vaticano (1869-1870) fue el Concilio en que la Iglesia definió la infalibilidad papal, como se dice en la Constitución Pastor Aeternus. Los católicos que han recibido una catequesis básica saben que, según el Concilio Vaticano I, el Papa posee el carisma de la infalibilidad cuando, hablando ex cathedra (“desde la cátedra”), define una doctrina de fe o de moral que debe ser definitivamente creída por toda la Iglesia. El Concilio afirmó, también, que el Papa posee jurisdicción “plena, inmediata y universal” sobre la Iglesia, confirmando que la Iglesia no es una democracia y que los obispos -individual o colectivamente- no tienen poder sobre el Papa.

El Concilio fue un ejercitarse los músculos papales frente a un mundo cada vez más secularizado, y muchas de las afirmaciones del Vaticano I constituyeron una reacción contra los movimientos que desafiaban la autoridad católica y papal.

Hoy, igual que durante el Primer Concilio Vaticano, existe una variedad de opiniones católicas sobre el papado. Existen los hiper-papalistas maximalistas, que creen que el Papa no puede errar jamás, incluso en su magisterio ordinario. La distinción entre la infalibilidad papal y la autoridad papal es materia de confusión hasta el punto de que se dice que cada palabra, entrevista aérea o audiencia de los miércoles, goza de la divina protección del Espíritu Santo.

Estos hiper-papalistas maximalistas son los hijos espirituales de los laicos ultramontanos del siglo XIX, como Louis Veuillot y William G. Ward, de los cuales este último creía que la infalibilidad papal se extiende no sólo a las definiciones doctrinales, concretas, formales, sino a todos los documentos papales, a las instrucciones disciplinares, y a los decretos de las Congregaciones Romanas que lleven la firma del Papa o hayan sido aprobadas por él. Seguramente el cardenal Henry Edward Manning, un converso del anglicanismo, fue uno de los ultramontanos más influyentes en el Concilio. Aunque con más matices que Veuillot o Ward, Manning creía, sin embargo, que se requería una definición en lo concerniente a las “verdades de la ciencia, de la historia, o a hechos dogmáticos [por ejemplo, canonizaciones] y censuras menores”, a las cuales la infalibilidad se aplicaba también.

Hoy existen asimismo, aunque en menor número, los minimalistas papales. Hasta el presente papado, estos teólogos normalmente oponían resistencia al magisterio papal, y preferían insistir en una errónea comprensión de “el sentir de los fieles”. La vociferante reacción contra la Humanae Vitae de Pablo VI es un excelente ejemplo de esto (irónicamente, los que cuestionaban la autoridad docente en tiempos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI se han vuelto decididamente menos minimalistas con el papa Francisco).

En el Vaticano I, los minimalistas papales, que se oponían a la definición de la infalibilidad papal por motivos doctrinales o pastorales, constituyeron una posición minoritaria. Johann Joseph Ignaz von Döllinger, profesor alemán de historia de la Universidad de Múnich, fue uno de los miembros más locuaces de este grupo minoritario. Originario de un grupo ultramontano, luego de una visita a Roma y de una entrevista con el Papa en 1857, abandonó el ultramontanismo al darse cuenta de que Pío IX se consideraba a sí mismo como suprema autoridad en todas las cosas. Como historiador, Döllinger sabía muy bien que en la Iglesia primitiva el Papa ciertamente tenía la primacía, pero no se lo consideraba padre hasta el punto de que todos los demás patriarcas y obispos fueran sus hijos.

El obispo Edward Fitzgerald, de Little Rock, Arkansas, fue uno de los únicos dos que votaron contra Pastor Aeternus. Fitzgerald creía en la primacía papal, pero pensaba que la definición iba a ser un tropiezo para la conversión de los protestantes estadounidenses a la fe católica. En los tiempos actuales, el más notable de los minimalistas papales fue el recientemente fallecido teólogo suizo Hans Küng, quien rechazaba por principio la infalibilidad papal, y creía que las declaraciones de la Iglesia sobre la fe podían de hecho contener errores. Aunque su caso es extremo, las ideas de Küng han encontrado tierra fértil en círculos protestantes e incluso ortodoxos.

(Imagen: Infovaticana)

Así pues, ¿dónde encontrar la verdadera enseñanza sobre el papado? En realidad, ni entre los maximalistas papales ni entre los minimalistas. Si echamos mano del justo medio de Aristóteles como instrumento, podemos decir que la virtud está entre los dos extremos y que, por tanto, ahí está la verdad. El Papa tiene una primacía que no es puramente honorífica, sino que tiene, en verdad, responsabilidades jurisdiccionales y magisteriales.

Constituye un crimen contra la sana teología tratar al Papa como un “super obispo” que sería el único miembro necesario de la Iglesia militante. El Papa no es un mero obispo entre los demás obispos; es verdaderamente el sucesor de San Pedro y el principal custodio a quien está confiada la Iglesia. Pero, una vez afirmado esto, la debida relación entre el Papa y los demás obispos es ser el hermano mayor que media en las disputas, no el padre que mira a los demás obispos como sus hijos. 

El papado no es objeto de la fe de la Iglesia pero, de algún modo, se puede hablar de “verdadera devoción a la Cátedra de San Pedro” sin incurrir en papolatría. Como incluso algunos estudiosos ortodoxos lo admiten, existe una auténtica necesidad de primacía como la que encontramos en la Iglesia católica, e incluso la infaliblidad “no es ofensiva” cuando se la entiende correctamente. El papado es un elemento esencial para la Iglesia, fue divinamente instituido y no puede ser eliminado como un mero accidente histórico. Los maximalistas papales se equivocan cuando exaltan el papado hasta alturas idolátricas, y los minimalistas papales yerran cuando disminuyen la significación del oficio petrino.

El papado de Francisco está, en muchas maneras, caracterizado por las contradicciones. Se ha hablado mucho de la “sinodalidad” y de la “descentralización” de la Iglesia, y mucho se ha hecho para centralizar el poder del Vaticano sobre los obispos locales. Francisco ha hecho llamados en pro de una Iglesia más “universal” y más global, pero en la Basílica de San Pedro se ha puesto en general fuera de la ley el latín en la liturgia (tanto en el usus antiquior como en el usus recentior), suprimiendo todo sentido a una lengua “universal” en la Iglesia más icónica del catolicismo. 

Francisco clama por una “Iglesia pobre para los pobres”, pero continúa con la moda de viajes papales multimillonarios, cuyo costo cae en gran parte sobre las diócesis que visita, cualesquiera sean ellas. Incluso llega hasta el punto de predicar sobre lo malo que es juzgar a los demás, pero se queja en sus encíclicas de los “neopelagianos prometeicos centrados en sí mismos”; lamenta la basa tasa de nacimientos en Italia y Europa en general, pero critica a las mujeres que tienen ocho hijos o más

Y, por cierto, la contradicción mayor del pontificado de Francisco es la siguiente: el Papa que se ha hecho famoso por hablar de la necesidad de “misericordia” y de “acompañamiento”, no muestra ninguna de ambas cosas a los católicos que adhieren a la Misa tradicional. El mismo Papa que es conocido por llamar a la Iglesia “hospital de campaña”, apoya la “ghettoización” de los católicos que asisten a dicha Misa, y los excluye incluso de la familia parroquial. Y éstas son sólo unas pocas de las contradicciones.  

El papa Francisco ha revisado el Catecismo para cambiar la enseñanza de la Iglesia sobre la pena capital, y las únicas notas al pie que se agregó provienen de sus propios escritos. El papa Francisco revisó también la enseñanza de la Iglesia para que los adúlteros públicos puedan recibir la Comunión, y no obstante conflictos en las interpretaciones de Amoris Laetitia, el Santo Padre declaró “correcta” la interpretación hecha por los obispos de Buenos Aires, incluyéndola en las Acta Apostolicae Sedis. También declaró que vacunarse contra el COVID-19 es “un acto de amor” y sugirió que es “una obligación moral”. Por tanto, las universidades católicas no dan a los estudiantes católicos una eximición religiosa de la vacunación, porque el Papa mismo se vacunó y promueve hacerlo. El papa Francisco apoya las uniones civiles de parejas del mismo sexo, a pesar de que la Congregación para la Doctrina de la Fe, en carta de 2003, rechazó la idea. Y la lista continúa.

Para el ojo poco acostumbrado, pareciera que la Iglesia católica no es más que un “fiat” papal: lo que el Papa manda, es ley, y a medida que habla, el Papa crea la verdad. Esto, por cierto, es un error; pero en una Iglesia centrada en el Papa, en que cada palabra suya es difundida a billones de personas cada día, la eclesiología padece de distorsiones. La imagen del papa Francisco está en los sitios web de todas las parroquias, muchos de los cuales ni siquiera mencionan al obispo local. No es para sorprenderse, pues, que la Iglesia que considera al Papa como un oráculo divino abandone, de un día para otro, todo lo que en la Iglesia tuvo lugar con anterioridad al Papa en ejercicio, si éste lo desea así. Basta con que éste diga “hágase”, para que los funcionarios burocráticos de la Iglesia se encarguen de que así sea.

Sesión inaugural del Concilio Vaticano Primero (8 de diciembre de 1869) 
(Imagen: Wikicommons)

La “Iglesia del ucase papal” es un fraude y una falsa Iglesia. Una que gira en torno a una noción enferma y destructiva del Papa y de su misión. ¿Cuál es la respuesta correcta a un papado controversial? Me imagino que se podría simplemente ignorar al Papa, aunque semejante cosa sería mucho más fácil en un mundo no globalizado, no digital. Se podría dedicar un proyecto completo a defender cada palabra pronunciada por el Papa, desde entrevistas aéreas a encíclicas, pero, sin contar con que ello sería agotador, plantearía sus propios problemas. Por ejemplo, ¿qué ocurrirá si un futuro papa contradice a Francisco? ¿Hasta dónde se puede estirar la “hermenéutica de la continuidad” antes de que se corte? Con todo, otra respuesta podría ser la disminución del papado y de su importancia en la vida de la Iglesia, como lo tienden a hacer los ortodoxos y los protestantes.

Pero el problema en la Iglesia no es el papado en sí mismo, sino los graves errores que inciden en la comprensión popular del mismo. No es necesario que los católicos abandonen el papado a fin de lograr paz en la actual crisis pontifical. Todo lo que se requiere es una “conversión del papado”, que abandone la concepción idolátrica del mismo y se aproxime a la comprensión del papa como un servidor de la tradición, y no su creador.

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* Nota de la Redacción: Un ucase (en ruso, указ, ukaz, a veces transliterado como ukaz, ukás o ukase) en la Rusia imperial era una proclamación del zar, del gobierno o de un líder religioso (patriarca) que tenía fuerza de ley. En la terminología de derecho romano, ucase equivaldría a un "edicto o decreto" del emperador (fuente: Wikipedia).

jueves, 20 de enero de 2022

La Misa de siempre: baluarte de la ortodoxia

Les ofrecemos la traducción de un artículo publicado en Corrispondenza Romana que aborda el sentido que tiene la defensa de la Misa tradicional frente al asedio que sufre para que deje de existir. No se trata sólo de defender unas formas litúrgicas por el deseo de preservar algo histórico, sino de salvaguardar el baluarte de la fe católica. La tarea que tenemos por delante nos debe hacer comprender que el fundamento de la Iglesia residente en Cristo y su Revelación: es a Él a quien se ha de seguir y obedecer, porque es el Camino, la Verdad y la Vida. 

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La Misa de siempre: baluarte de la ortodoxia

Cristiana de Magistris 

El motu proprio Traditionis Custodesde 16 de julio de 2021, y la respuesta a las recientes dubia (formuladas por no se sabe quién), de fecha 18 de diciembre, han desencadenado una seria resistencia, sobre todo desde el punto de vista jurídico, ya que ambos documentos presentan anomalías canónicas que no son en absoluto despreciables.

Pero, cuando debe interpretarse un texto legislativo, la regla de oro es recurrir a la mens legislatoris, el espíritu del legislador. Ahora bien, leídos ambos documentos objetivamente, la mente del legislador queda clarísima: la Misa reformada de Pablo VI es la única expresión del rito romano, y la llamada Misa “tradicional” debe desaparecer, lenta pero inexorablemente.

Por doloroso que sea, esto no representa ninguna sorpresa, ya que es perfectamente coherente con otras intervenciones magisteriales de este pontificado y, en parte, con los anteriores.

La liturgia es el dogma rezado. En otros términos, es la ortodoxia de la fe católica expresada en la oración oficial de la Iglesia. Cuando San Pío V restauró (no reformó) el Misal Romano de 1570, quiso no solamente recuperar la unidad litúrgica fragmentada por muchas indebidas novedades, sino erigirlo en baluarte de la fe católica frente a la desenfrenada herejía protestante, puesto que la Misa romana tradicional contenía aquellos elementos propios del dogma católico que los protestantes consideraban intolerables. En otras palabras, San Pío V sabía que, participando en aquella Misa, el pueblo habría de conservar la fe católica.

Misa de Navidad celebrada a la intemperie en Saint-Germain en Laye, en la diócesis francesa de Versalles, por la prohibición de usar la iglesia 

A partir del Concilio Vaticano II, pero con una enorme aceleración en este pontificado, hemos asistido a un desmantelamiento sistemático del dogma católico. Pensamos -entre otros documentos y acontecimientos más recientes- en Amoris laetitia, que abre la comunión a los divorciados vueltos a casar, atentando evidentemente contra tres sacramentos: Matrimonio Confesión, Eucaristía. Pensamos en la introducción de la Pachamama en el Vaticano, con el que se socava el Primer Mandamiento. Pensamos en la desenfrenada mentalidad homosexual, promovida lamentablemente desde el vértice mismo de los hombres de Iglesia, violando el más elemental derecho natural. Pensamos en las declaraciones ecuménicas e interreligiosas que desde hace 50 años equiparan todas las religiones, con evidente insulto a Dios y consiguiente confusión de los fieles…

¿Cuál es la finalidad de esto? Lo señalaba en el siglo pasado aquel gran hijo de Santo Domingo y defensor de la fe que fue el padre Roger-Thomas Calmelcuando escribía: “Descaminados por la quimera de querer descubrir los medios practicables e infalibles de realizar finalmente la unidad religiosa del género humano, algunos prelados que ocupan algunos de los cargos más importantes trabajan en inventar una Iglesia sin fronteras, en la que todos los hombres, dispensados por anticipado de renunciar al mundo y a Satanás, no tardarían en encontrarse en libertad y fraternidad. Dogmas, ritos, jerarquía, incluso ascesis (si cupiera), todo lo de la Iglesia anterior subsistiría, pero todo desprovisto de la debida protección querida por el Señor y proporcionada por la Tradición y, por lo mismo, todo privado de la linfa católica, es decir, de la gracia y de la santidad”.

Aquí podríamos preguntarnos: ¿no bastaba con desmantelar el dogma para alcanzar el quimérico objetivo de una “unidad religiosa del género humano” y una “Iglesia sin fronteras”? La respuesta es NO. No basta con desmantelar el dogma a golpe de documentos, mensajes, gestos, sugerencias y entrevistas. Todo eso no bastará mientras no se destruya la liturgia, porque es la liturgia la que custodia el dogma. Lutero lo comprendió muy bien, y por eso alimentaba contra la Misa papista un odio implacable, debido a que -decía- “es sobre la Misa, como sobre una roca, que se eleva todo el sistema papal, con sus monasterios, sus obispados, sus iglesias, sus altares, sus ministros, su doctrina, y todo lo demás. Todo eso caerá en ruinas una vez que sea destruida la sacrílega y abominable Misa (católica)”.

La reforma litúrgica de Pablo VI, como lo han explicado ilustres estudiosos, ha debilitado enormemente, si no demolido, el baluarte puesto por la liturgia para la defensa del dogma. Desde entonces los errores y los horrores han entrado en el recinto de la Iglesia. Pero la Misa tradicional ha continuado siempre, y así se ha conservado la fe, aunque sea en unos pocos.

Es evidente, pues, que para conseguir un total desmantelamiento del dogma, era necesario abatir el último y más importante baluarte: la Misa católica de siempre. De ahí los dos recientes y confusos documentos que se unen para convertir en rito romano una liturgia inventada a la carrera hace 50 años, que podrá en el futuro, verosímilmente, ser cancelada de un plumazo, como las liturgias con menos de 200 años eliminadas por San Pío V. 

En relación con esto, hay que advertir también que el célebre liturgista Klaus Gamber, a la pregunta de si un Papa puede modificar un rito, responde negativamente, porque el Papa es custodio y garante de la liturgia (como también del dogma), no su dueño. “Ningún documento de la Iglesia -escribe-, ni siquiera el Código de Derecho Canónico, dice expresamente que el Papa, en cuanto Supremo Pastor de la Iglesia, tiene el derecho de abolir el rito tradicional. La plena et suprema potestas del Papa tiene, claramente, límites […] Más de un autor (Gaetano, Suárez) expresa la opinión que no está entre los poderes del Papa la abolición del rito tradicional […] Ciertamente no es competencia de la Sede Apostólica destruir un rito de Tradición apostólica, sino que su deber es mantenerlo y transmitirlo”. Gamber afirma, también, que el Novus Ordo no puede de ningún modo ser definido como rito romano, sino, a lo más, como ritus modernus: “Nosotros hablamos, más bien, de ritus romanus y lo contraponemos al ritus modernus”.

Fray Roger-Thomas Calmel O.P.

Frente a la última batalla modernista contra la liturgia de siempre, el padre Calmel, con su luminosa inteligencia, nos advierte: “El modernismo no ataca abiertamente, sino sutil y disimuladamente, introduciendo el equívoco por doquier. Por eso confesar la Fe frente a una autoridad modernista significa rechazar todo equívoco, sea en los ritos, sea en la doctrina. Significa atenerse a la Tradición porque ella, tanto en las definiciones dogmáticas como en el ordenamiento ritual, es precisa, leal e irreprensible”. Y como visión profética de lo que habría de venir y que hoy está ante nuestros ojos, escribe: “Frente a las autoridades que quieren imponer la mentira en su peor versión -la versión modernista- y en medio de un pueblo cristiano desconcertado por esta impostura sin precedente, nos damos súbitamente cuenta de que confesar plenamente la fe en la Iglesia, custodio de la verdadera Misa, significa, ante todo, continuar celebrando la Misa de siempre. Si es cierto que ello no ocurre sin sufrimientos, no es menos cierto que la Iglesia, cuya verdadera Misa celebramos, nos da, precisamente a causa de ello, la fuerza para soportar esta pena con coraje y activamente”.  

Es propio de la celebración de la Misa tradicional -a la que se quiere hacer morir- que los sacerdotes saquen de ella el coraje y la fuerza para resistir las leyes injustas y verosímilmente inválidas. Y podemos estar ciertos de que, mientras quede una sola Misa tradicional celebrada en un remoto rincón de la tierra, el dogma católico será preservado, será conservada la fe, aunque con inmenso dolor, como la Virgen santa que, en el Calvario, único altar del mundo, custodió la fe de toda la Iglesia.

martes, 18 de enero de 2022

La comunión en la mano: ¿consagración de la desobediencia?

Los defensores del motu proprio Traditionis Custodes plantean, actualmente, que la actitud que corresponde a los fieles de la Iglesia es la de obedecer lo dispuesto por el Romano Pontífice. Que los partidarios de dicho motu proprio apelen hoy a la obediencia a los mandatos del Papa no deja de ser, al menos, paradójico, y es, en todo caso, incoherente con la actitud que, en otras destacadas ocasiones, han asumido frente a normas litúrgicas dispuestas por el Sumo Pontífice. La actitud que revelan dichos partidarios es la siguiente: obedezco cuando estoy de acuerdo con lo mandado y, cuando no, no. En consecuencia, difícilmente están en condiciones de exigir obediencia a quienes no están de acuerdo con lo dispuesto en el mencionado motu proprio, que se opone al derecho y deber de los fieles de dar a Dios culto en espíritu y verdad. La carta núm. 843 (17 de enero de 2022) de Paix Liturgique, que traducimos aquí, aborda este tema.

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La comunión en la mano: ¿consagración de la desobediencia?

El presente comentario es a propósito de lo que monseñor Nicola Bux escribe con ocasión del primer aniversario de la muerte de monseñor Juan Rodolfo Laise, el único obispo argentino que obedeció lo mandado por Pablo VI en orden a mantener la prohibición de dar la comunión en la mano.

Poniéndolos a la claridad de la luz, monseñor Bux aborda ciertos temas que están vinculados a la historia reciente del modo de distribuir la comunión. Esos temas son, en general, mal conocidos o interpretados equivocadamente, a veces en oposición, incluso, a la verdad de los hechos.

En efecto, a menudo se oye decir que la comunión en la mano habría “sido autorizada por Pablo VI, en 1969, mediante la instrucción Memoriale Domini, y que este uso habría sido confirmado por Juan Pablo II y aceptado luego, sin problema alguno, por el papa Benedicto XVI, como una de las dos maneras normales de recibir la comunión”. Existirían actualmente, por tanto, dos posibilidades ofrecidas por la Iglesia para la recepción del sacramento: en la lengua o en la mano, tal como hay dos posturas corporales igualmente posibles: de rodillas o de pie.

Sin embargo, monseñor Bux, apoyándose en dos obras monográficas publicadas sobre este tema -el libro del obispo argentino Juan Rodolfo Laise y la tesis doctoral del sacerdote italiano don Federico Bortoli-, muestra cómo Pablo VI, lejos de autorizar, y mucho menos de introducir, el uso de la comunión en la mano, confirmó formalmente su prohibición, exhortando a los obispos, sacerdotes y fieles a “someterse escrupulosamente a esta ley, de nuevo confirmada”.

El papa Pablo VI distribuye la comunión durante la Misa de consagración episcopal celebrada en la Basílica de San Pedro el 29 de junio de 1973 con ocasión del décimo aniversario de su pontificado 

Con todo -y nos enfrentamos aquí a uno de los puntos de mayor confusión, de los mencionados antes-, previendo que determinados sectores no estaban dispuestos a obedecer esta ley, Pablo VI estableció un mecanismo jurídico que habría de permitir a los obispos, cuyas diócesis se enfrentaran a una resistencia masiva e inflexible a la prohibición papal, de otorgar -si así lo consideraban según su conciencia y su prudencia- un indulto a los desobedientes. Esta posibilidad -dentro de límites claramente fijados en el texto de Memoriale Domini- fue otorgada por el Papa no sin grandes reticencias y aprehensiones, ya que temía que recibir la comunión en la mano contribuyese a debilitar la fe de los fieles en la Presencia Real.

Algunos años más tarde, hacia el final de su vida, la confirmación de este temor llevó a Pablo VI a tratar de poner término al uso abusivo que se estaba dando al indulto, y ordenó que se pusieran en vigor medidas para suspender el otorgamiento de nuevos indultos, añadiendo incluso que, en aquellos lugares donde ya se lo había concedido, se debía desalentar la comunión en la mano. Sin embargo, esta orden no fue en absoluto obedecida por las autoridades de la Curia que tenían la obligación de hacerla aplicar.

Algunos meses más tarde, el Papa recientemente elegido, Juan Pablo II, confirmó la decisión de su predecesor, ordenando que no se autorizara más el uso de la comunión en la mano en ningún país; suspensión que duró largo tiempo y que le valió numerosas presiones e incluso algunas expresiones sumamente impertinentes de parte de ciertos obispos.

En fin, el papa Benedicto XVI dispuso que, en las Misas que él celebrara, los fieles no recibieran la comunión sino en la lengua. Acto seguido explicó el porqué de esta decisión: “Al mandar que la comunión fuera recibida de rodillas y en la lengua, he querido dar una señal de profundo respeto y de agregar un signo de exclamación al tema de la Presencia Real. […] He querido dar una señal fuerte, que debía ser claramente afirmada: ¡se trata aquí de algo especial!”.

Monseñor Bux cita una cantidad de textos importantes de los colaboradores que fueron testigos de la posición del papa Benedicto, a los cuales deberíamos añadir aquellos del mismo autor de esta exposición, monseñor Bux. Este, en efecto, ha mantenido una larga relación personal con el cardenal Ratzinger, a quien le debe el haber sido nombrado consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y experto para los trabajos preparatorios del Sínodo mundial de obispos sobre la Eucaristía. Al comienzo de éste, ya convertido en Papa, Benedicto XVI lo nombró adiutor secretarii specialis de dicho Sínodo. Posteriormente, lo nombró consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice y de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Esta prolongada colaboración pone a monseñor Bux entre los testigos más privilegiados del pensamiento litúrgico de Benedicto XVI.

Todos estos elementos, presentados en el texto que comentamos, no hacen más que confirmar, en su conjunto, la conclusión a que llega monseñor Laise en su libro: “Por todas estas razones, podemos afirmar que la introducción y la difusión en todo el mundo de la práctica de la comunión en la mano constituye la más grave desobediencia de los últimos tiempos a la autoridad papal”.

En conclusión, permítasenos subrayar que es asombroso, por lo menos, que este uso, alentado por una actitud de clara desobediencia y de frontal desafío al mandato pontifical en la década de 1960 -actitud que es muy similar a la que tienen hoy los obispos alemanes ante el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la bendición de las parejas homosexuales- pretenda ser ahora impuesto a los fieles que, desde hace más de cincuenta años, han cumplido fielmente con los deseos y las órdenes de Pablo VI, de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, cuya confirmación fue reiterada por el prefecto del Culto Divino que el papa Francisco nombró a poco de asumir sus funciones, el cardenal Sarah, jubilado hace poco por haber alcanzado la edad límite.

El papa Pablo VI distribuye la comunión a los fieles durante la Misa celebrada en la Parroquia romana de Todos los Santos el 7 de marzo de 1965
(Foto: Rorate Coeli)

No es una paradoja menor que esos fieles sean hoy acusados nada menos que de desobedecer precisamente por no querer adoptar un uso que no sólo ha sido desaconsejado permanentemente por los papas, sino que sólo es tolerado en virtud de un indulto otorgado a quienes han abiertamente desobedecido la autoridad papal. La actual actitud pareciera indicar que ha triunfado, finalmente, la desobediencia. Sin embargo, confirmar este triunfo con medidas draconianas tomadas en contra de quienes no han desobedecido, los transforma, de pronto, en “desobedientes”, lo cual es el colmo de la paradoja y contiene un mensaje implícito y muy peligroso: la desobediencia es el camino que hay que tomar, a condición de que ella sea inflexible.

Para quien le interese, el texto completo del artículo de monseñor Nicola Bux puede ser leído aquí (en francés). 

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Dorothy Day y la liturgia

Dorothy Day (1897-1980) fue una periodista, activista social y oblata benedictina. Si bien es conocida gracias a sus campañas por la justicia social y en defensa de los pobres en los Estados Unidos, no siempre se menciona que era una fiel y devota católica de profunda vida interior, cuya acción en el mundo estuvo siempre inspirada por la Doctrina social de la Iglesia reflejada en la enseñanza de las Sagradas Escrituras y el Magisterio. Fue este ímpetu el que la llevó a fundar, junto con Peter Maurin (1877-1949), el Movimiento del Trabajador Católico en 1933, que todavía existe y está basado en los principios del distribucionismo. Así lo recordó el papa Francisco en su discurso pronunciado ante el Congreso de los Estados Unidos el 24 de septiembre de 2015: "Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos”. La vida de Dorothy Day sirve de recordatorio que la verdadera transformación del mundo según la ley del amor requiere previamente una conversión personal y una profunda vida sacramental y de oración. La acción de los laicos en medio del mundo debe estar inspirada por la gracia que actúa en sus almas, recordando que Cristo pidió al Padre no que quitase a sus discipulos del mundo, sino que los perservase del mal que ahí campea (Jn 17, 15). Sólo de este modo resulta posible trabajar con eficacia por un orden social cristiano. El 16 de marzo de 2000, el papa Juan Pablo II autorizó al Arquidiócesis de Nueva York para iniciar el proceso de promover su causa para la canonización. Desde entonces, Dorothy Day es sierva de Dios.  

Su vida es un buen ejemplo de la transformación radical que provoca la conversión de un alma que se vuelve a Cristo. Dorothy Day fue una mujer divorciada que abortó por miedo a ser abandonada por su amante. Trabajó como periodista de la izquierda estadounidense, defendiendo con ardor los derechos de las mujeres, el amor libre y el aborto. Pero estos pecados no le impidieron lograr una sincera conversión, la cual fue un estímulo para tratar de contagiar el Evangelio en la sociedad y así ser ejemplo de santidad en medio de lo cotidiano. Conocida es su respuesta a un periodista: "No me llame santa. No quiero que me despache tan fácilmente", recordando que la santidad no es un estado permanente, sino un camino largo y estrecho donde el alma debe identificarse con la voluntad de Dios, venciéndose a sí misma. Por eso, en una catequesis sobre la conversión hacia el final de su pontificado, Benedicto XVI elogiaba su "capacidad de oponerse a las lisonjas ideológicas de su tiempo para elegir la búsqueda de la verdad y abrirse al descubrimiento de la fe".  

Dorothy Day oyendo Misa (1973)

Dorothy Day dejó escrito el testimonio de su vida en dos libros: el primero de ellos se intitula Mi conversión. De Union Square a Roma y fue publicado en 1938 como una suerte de diálogo a su hermano menor, seducido por las ideas del marxismo, a quien está dedicado; el segundo es el más conocido, lleva por título La larga soledad y fue publicado en 1952. Ambos han sido traducidos a diversos idiomas, entre ellos el castellano. 

En el relato de su conversión, Day deja claro cómo la liturgia fue influyendo de manera paulatina en su encuentro definitivo con Dios. Como recuerdan Mark y Louise Zwick, "el catolicismo era para Dorothy el centro de su existencia. Su nervio vital [...] Participaba en la Misa diaria, visitaba al Santísimo Sacramento diariamente, rezaba la liturgia de las horas, rezaba el rosario y se confesaba semanalmente". Para llegar a esa vida de piedad, donde tampoco faltaba la lectura espiritual, primero tuvo que sortear diversos obstáculos y ser dócil a la gracia. 

Pero dejemos que sea la propia Dorothy Day quien cuente la influencia que tuvieron los ritos de la Iglesia católica en su camino hacia ella: 

Tal vez te sorprenda saber que, muchas mañanas, después de pasar la noche sentada en una taberna o al volver de bailar en Webster Hall, entaba en St. Joseph para oír la primera Misa. La iglesia estaba a la vuelta de la esquina de mi casa y me llamba la atención ver entrar a la gente a primera hora para la Misa diaria. ¿Qué encontraban allí? Era como si palpara la fe de quienes me rodeaban y tuviera ansias de ella. Por eso, solía entrar y quedarme arrodillada en el último banco de St. Joseph y es posible que incluso suplicara: "Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador". 

Interior de la Parroquia Saint Joseph (Yorkville, Manhattan) en la época en que Dorothy Day asistía a ella

Se trabajaba mucho [en el hospital], pero la alegría y el entusiasmo de la señorita Adams resultaban contagiosos. Era católica y durante el año siguiente llegamos a mantener una relación tan estrecha que acabé admirándola mucho, y atribuía su bondad natural y su competencia a la fe que profesaba. Sólo asistía a Misa una vez a la semana y nunca hablaba de religión. En su habitación no había libros católicos, a excepción de un devocionario, que utilizaba en contadas ocasiones. Pertenecía a esa clase de católicos cuya fe forma parte de su vida de un modo tan sólido que no necesitaba hablar de ella. Yo percibía la salud de su alma. La notaba fuerte y vigorosa, pero la señorita Adams no hablaba de ello porque más de lo que lo hacía de su salud física. Empecé a acompañarla a Misa los domingos por la mañana, aunque eso significara privarse de una pocas horas de descanso muy necesario. La Misa se celebraba a las cinco o cinco y media. Nosotras trabajábamos de siete de la mañana a siete de la tarde y librábamos medio día de domingo y otro medio día entre semana. Se suponía que por las tardes teníamos dos horas libres, pero en realidad las dedicábamos a las clases. 

[En Nueva Orleans] Vivíamos en St. Peter Street, enfrente del Cabildo y de la Catedral. Yo encontré trabajo en un periódico matutino, The Item, y ese invierno me dediqué exclusivamente al periodismo, escribiendo entrevistas y reportajes de interés humano. Muchas tardes tenía trabajo que hacer, pero, cuando no era así y oía las campanas de la catedral llamando a algún acto vespertino [Nota de la Redacción: las Misas vespertinas sólo fueron autorizadas por el papa Pío XII en 1957], solía entrar en el templo. Fue la primera vez que asistí a una Bendición y me causó una profunda impresión. Solamente la devoción que reflejaba la postura corporal de quienes estaban allí me hacía me hacía inclinar la cabeza. ¿Percibía tal vez una presencia? No lo sé. Pero sí recordaba estas palabras de la Imitación [de Cristo] [del que en otra parte del libro dice: "es un libro que me ha acompañado toda la vida"]: "¿Quién, llegando humildemente a la fuente de la suavidad, no vuelve con algo de dulzura? ¿O quién está cerca de algún gran fuego, que no reciba algún calor?" (Libro IV, Capítulo IV). 

Quería saber qué decían los himnos de la Bendición y compré un librito de oraciones en una tienda de objetos religiosos de esa misma calle, un poco más abajo. Leía la Misa. Por las mañanas tenía que estar en el trabajo en torno a las siete y los domingos estaba demasiado cansada para levantarme temprano. Pero ese librito me enseñó muchas cosas. No conocía a ningún católico en Nueva Orleans. Si alguno de mis conocidos lo era, siquiera de nombre, no me lo dijo. Nadie me habló de ese tema. Pero mi pieda era sincera y continué haciendo "visitas".

El arzobispo Marcelino Olaechea imparte la bendición con el Santísimo Sacramento en la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, de Valencia (1961)

Ahora voy a Misa todos los domingos por la mañana [Nota de la Redacción: se refiere al período en que vivía en la Isla Staten, en el estado de Nueva York, sin haber sido todavía recibida formalmente en la Iglesia católica]. 

Mi hija [Teresa] nació en marzo [de 1926], al final de un crudo invierno. En diciembre tuve que dejar el campo y alquilar un pequeño departamento en la ciudad [de Nueva York]. Se estaba bien allí, cerca de los amigos, cerca de una iglesia en la que poder detenerme a rezar. Leía mucho la Imitación de Cristo. Sabía que iba a bautizar a mi hija en la Iglesia católica, por alto que fuera el precio. Sabía que no la iba a dejar dando tumbos durante años, como me había ocurrido a mí, entre dudas y vacilaciones, sin disciplina y sin moral. Creía que era lo mejor que me podía hacer por un hijo. En cuanto a mí, pedí el don de la fe. Estaba y no estaba segura. Y posponía mi decisión. 

Finalmente, llegó el gran día y pasó. [En julio de 1927] Teresa recibió el bautismo y se convirtió en miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Yo no sabía nada del Cuerpo Místico: de otro modo, tal vez me habría inquietado separarme de ella. 

Por fin, precipitadamente y llena de dudas derivadas de esa prisa indecorosa, tomé la decisión de acabar con mis titubeos y me bauticé. 

Fue un día tristísimo de diciembre de 1927 [el 28 de ese mes, fiesta de los Santos Inocentes, que hoy también sirve para conmemorar a los niños abortados], y el viaje desde la ciudad hasta Tottenville, en Staten Island, se me hizo largo. Mientras cruzaba la brumosa bahía en el ferry, no me abandonó la lúgubre idea de que estaba actuando con demasiada precipitación. No me sentía en paz, ni alegre, ni siquiera convencida de que estaba en lo correcto. Simplemente, era algo que tenía que hacer, una tarea que cumplir. Cuando me permitía pensar, dudaba de mí misma. Me odiaba por ser débil e indecisa. Me consumía la inquietud y no hacía más que caminar de aquí para allá en la cubierta del ferry; mi angustiado espíritu casi me hacía gemir. Quizá el demonio estuviera en el barco. 

Allí me estaba esperando la hermana Aloysa [que pertenecía a las Hermanas de la Caridad] para actuar de madrina. Ni siquiera sé si hubo padrino. El padre Hyland, amablemente y con discreción, sin expresar ninguna emoción, me oyó en confesión y me bautizó. 

Por fin era católica, aunque nunca he sentido menos la paz, la alegría y el consuelo que posteriores experiencias me han demostrado que la religión es capaz de aportar. 

Al año, celebré llena de gozó mi confirmación y nunca pasa Pentecostés sin un renovado sentimiento de felicidad y agradecimiento por mi parte. Fue entonces cuando me abandonó la incertidumbre para -¡gracias a Dios!- no regresar jamás. 

Dorothy Day recogida durante la Misa (1973)

A comienzo de la década de 1940, Dorothy Day comenzó a participar de la espiritualidad benedictina. En 1955 profesó como oblata de la Abadía de San Procopio, de Lisle, Illinois. Los cambios litúrgicos que trajo consigo el Concilio Vaticano II no fueron indiferentes para Dorothy Day. En una columna publicada en The Catholic Worker en de marzo de 1966 escribió: "Me temo que soy un tradicionalista, porque no me gusta ver la Misa ofrecida con una gran taza de café como cáliz". También es conocida la reconvención que hizo al R.P. Daniel Berrigan, S.J., cuando éste iba a decir la Santa Misa en una de las granjas de trabajadores católicos que había en Nueva York. Berrigan estaba a punto de salir de la sacristía revestido sólo con la estola, como empezó a ser costumbre por aquellos años. Day lo detuvo y le insistió en que se pusiera las vestimentas adecuadas antes de comenzar la Misa. Cuando Berrigan se quejó de estos escrúpulos respecto del vestuario litúrgico que contrariaban los signos de los tiempos, ella le respondió: "En esta granja obedecemos las leyes de la Iglesia". El sacerdote volvió atrás, se revistió correctamente y volvió a salir para rezar la Santa Misa con los ornamentos que manda la Iglesia.

Sin embargo, no todos los cambios de aquellos años le desagradaban, puesto que consideraba que la nueva liturgia ayudaba a acercar a los fieles al misterio. También le gustaban los cantos de los salmos según las composiciones del R.P. Joseph Gellineau, S.J. Siguió asistiendo devotamente a Misa todos los días, pues señalaba que necesitaba del alimento espiritual tanto como del corporal. 

Dorothy Day concluye su libro La larga soledad casi de la misma manera como acaba la Divina Comedia de Dante: "La palabra final es amor. […] No podemos amar a Dios, si no nos amamos unos a otros, y para amar tenemos que conocernos unos a otros. A Él le conocemos en el acto de partir el pan, y unos a otros nos conocemos en el acto de partir el pan y ya nunca estamos solos. El cielo es un banquete y la vida es también un banquete, aun con un mendrugo de pan, allí donde hay comunidad. Todos hemos conocido la larga soledad y todos hemos aprendido que la única solución es el amor y que el amor llega con la comunidad". Todo converge hacia el Amor, aquel que mueve el sol y todas las demás estrellas, aquel en que en el otoño de nuestras vidas seremos juzgados, aquel que es constitutivo formal de Dios, aquel que es el contenido del libro que el Ángel entrega al profeta en el Apocalipsis. Ese Amor es "el corazón de la fe cristiana", porque refleja "la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino", como enseña el papa Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est (2005). 

El amor de Cristo por el mundo, al cual amó hasta el extremo, Dorothy Day lo veía reflejado sobre todo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, hoy tan menospreciado

La pregunta es: ¿por qué instituyó Cristo este sacramento de su Cuerpo y su Sangre? La respuesta es muy sencilla: porque nos amaba y deseaba estar con nosotros. "Mis delicias son estar con los hijos de los hombres". Él nos ha creado y nos ama. Su presencia en el Santísimo Sacramento es la gran prueba de ese amor. 

En su ejemplar del libro Piedad litúrgica, de su contemporáneo el R.P. Louis Bouyer, C.O., Dorothy Day había subrayado un pasaje sobre el sentido que tiene el tomar la propia cruz para el cristiano. Bouyer decía en ese texto que uno “no puede evitar sobrellevar la carga de su dolor sobre sí mismo. Pero este hecho e también es lo que permite que el cristiano ame al mundo con el amor de Aquel que 'tanto amó al mundo que dio Su Hijo Unigénito'". El amor cristiano nace del sacrificio de Cristo en la cruz, el cual se renueva diariamente sobre el altar en la Santa Misa. Se comprueba así cuán cierta es esa triple amnesia que sufrió la Iglesia después del Concilio Vaticano II y que denunciaba el Dr. Peter Kwasniewski, consistente en haber dejado de lado la sagrada liturgia, la doctrina social y el pensamiento de Santo Tomás de Aquino como tres elementos que deben estar unidos (véase aquí y aquí el capítulo 14 de su libro Resurgimiento en medio de la crisis: Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia).

Dorothy Day en Misa. La foto fue tomada en 1973

Nota de la Redacción: Las referencias sobre la importancia de la liturgia en su conversión y sobre el significado de la presencia de Jesús bajo las especies eucarísticas están tomadas de Day, D., Mi conversión. De Union Square a Roma (trad. de Gloria Esteban, Madrid, Rialp, 2014), pp. 93-94, 98, 110-111, 123, 128, 137, 140-141 y 158. La cita de La larga soledad procede del artículo de Jaime Nubiola publicado en Omnes. Las anécdotas relativas a la Misa reformada provienen de un artículo publicado en The ISM Yale Review y de Wikipedia. Para los datos biografías de Dorothy Day se ha acudido a Wikipedia (en castellano y en inglés), Aciprensa y Encuentra, además del prólogo y el epílogo del libro Mi conversión (pp. 11-14 y 169-174, respectivamente). Los créditos de las fotografías se indican al pie de cada una de ellas. 

lunes, 27 de diciembre de 2021

Domingo de la infraoctava de Navidad

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 2, 33-40):

“En aquel tiempo, José y María, madre de Jesús, estaban maravillados de lo que oían decir de Él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, su madre: Sábete que Éste ha sido puesto para ruina y para resurrección de muchos en Israel y como signo de contradicción; y una espada traspasará tu alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones. Había allí una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser; ésta era ya muy anciana y había vivido siete años con su marido desde su virginidad. Y esta viuda, que tenía 84 años, no se apartaba del Templo, sirviendo en él día y noche con ayunos y oraciones. Ésta, pues, sobreviniendo a la misma hora, alababa al Señor, y hablaba de Él a todos los que esperaban la redención de Israel. Y cuando hubieron cumplido todas las cosas conforme a la Ley del Señor, volviéronse a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y el Niño crecía y se robustecía, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba en Él”.

 ***

Después de la dulzura de la Navidad, que el mundo actual ha transformado en abominable azucaramiento desprovisto de todo sentido, la Iglesia nos recuerda, de inmediato, que el Niño que ha nacido no es sólo motivo de arrobamiento y gratitud a Dios por la inefable bondad que ha tenido con nosotros al entregar a su Hijo por nuestra salvación. Por el contrario, inmediatamente nos hace presente la otra cara de la medalla, ésa que los pastores modernistas actuales le escamotean escandalosamente al Pueblo de Dios poniendo en terrible peligro precisamente esa salvación que el Niño nos trae: porque, en efecto, no es cierto que ya estamos todos salvados y que nos encontramos ya en la otra orilla, la orilla segura, de la cual nada ni nadie podrá arrancarnos. No. Estamos todavía en la lucha cotidiana, que sostenemos merced a la gracia salvadora que nos trae Jesús recién nacido. Y aunque sea una batalla cuya victoria se nos asegura si somos fieles, podemos no serlo y perder esta guerra: como dice San Pablo, “no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires” (Ef 6, 12). Y si perdemos la batalla, ese Niño, esa misma Divina creaturita que yace hoy en el pesebre, será el Juez que nos ha de juzgar en el momento siguiente a nuestra muerte, dándonos en pago la ruina si no hemos sabido aprovecharnos de su bondad. Todo bondad hasta que morimos. Todo severidad desde que morimos.

Porque tal es la realidad que nos revela el Evangelio de hoy. Ese Jesús accesible con sólo desearlo, esa fuente infinita de bondad y misericordia que ha de manar para nosotros hasta el último instante de nuestra vida, se transformará, en el primer instante que sigue a esta vida terrena, en un abrir y cerrar de ojos, en el juez riguroso y severo, que no dejará céntimo sin cobrar (cf. Mt 5, 26) y que, llegado el caso de merecerlo, nos enviará al lugar de la oscuridad donde rechinan los dientes, “donde el gusano no muere ni el fuego se apaga” (Mc 9, 48), sin que haya ya una muerte segunda que nos libre de ambos. “Terrible cosa es caer en las manos del Dios vivo” (Hb 10, 31), “el que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, y cierra y nadie abre” (Ap 3, 7).

“Ah”, dicen los modernistas, “religión del castigo y del miedo; religión de un Dios veterotestamentario y cruel, que no atrae a la salvación, que, por el contrario, repele y atemoriza y hace huir a quienes lo miran”. Como si hubiera dos dioses: el del Antiguo Testamento, y el del Nuevo Testamento. Como si el del Nuevo Testamento fuera absolutamente Otro, que no condena, que no castiga, que no amenaza, que no es “ruina […] para muchos en Israel”, como dice el Evangelio de hoy.

Tal es la predicación mentirosa y peor, herética, que muchos pastores realizan hoy, dando la salvación individual como un hecho, negando el castigo eterno (“sería una crueldad inaceptable en un Dios”), y reemplazándolo, a lo más, por una aniquilación que reduce al hombre a la nada y le evita tener que sufrir por el mal que, en vida, se deleitó haciendo. Ni el agnóstico de Kant concibió tamaña injusticia: para este filósofo, la existencia de Dios venía exigida por la aplicación de la justicia, en otra existencia, a los malos que no han recibido su castigo en esta vida. Pero esos pastores no se rinden ni ante el mensaje expreso del Evangelio ni ante la especulación de la filosofía. Así se han endurecido en su error y así hacen errar a sus ovejas.

El Evangelio de hoy nos ofrece, pues, la posibilidad de contemplar algo tan maravilloso como realista: ese mismo Jesús que, hasta que exhalemos nuestro último suspiro es un Dios que derrocha misericordia y perdón a quien meramente se lo pide, es también un Juez insobornable que, por amor a la Justicia, no perdona ni la ofensa más insignificante.

La presentación de Jesús en el Templo, con la profetiza Ana de rodillas ante el Mesías al que comienza a anunciar

sábado, 25 de diciembre de 2021

Feliz Pascua de Navidad

La Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, desea a todos sus feligreses y bienhechores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Pascua de Navidad. Que este día, en el cual el Salvador se hizo carne, sea una ocasión propicia para renovar nuestra conversión, pidiendo ayuda a la Santísima Virgen. 

Exsulta satis, filia Sion; iubila, filia Ierusalem. Ecce rex tuus venit tibi iustus et salvator ipse

Regocígate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén. Mira que tu rey viene a ti, el Santo, el Salvador del mundo

(Zach 9, 9, tomado de la Comunión de la Misa de la Aurora del día de Navidad)

Federico Barocci, La Natividad, 1597, Museo del Prado (Madrid, España) 
(Imagen: Museo del Prado)

jueves, 23 de diciembre de 2021

¿Quién niega la validez del Novus Ordo? Prepárate para una sorpresa

Compartimos con ustedes un breve, pero sugerente artículo de Phil Lawler que aborda un punto que hasta ahora no se ha cuestionado demasiado en torno a las medidas restrictivas impuestas por la Sede Apostólica respecto de la Misa de siempre. Se trata de la obligación de los obispos de comprobar que los grupos tradicionalistas "no excluyan la validez y la legitimidad de la reforma litúrgica, de los dictados del Concilio Vaticano II y del Magisterio de los Sumos Pontífices". La validez se refiere al hecho de que no se niegue que, a través del rito reformado, se produce el sacramento de la Eucaristía, vale decir, que se dan las cuatro condiciones para que tal exista: materia, forma, ministro e intención. Por su parte, el término "legitimidad" alude a aquello que ha sido establecido según el derecho. Ninguna de las dos condiciones es puesta en entredicho por los grupos que participan de la Misa tradicional celebrada conforme al derogado motu proprio Summorum Pontificum y la instrucción Universae Ecclesiae que lo desarrolaba. Distinto es el aspecto de la licitud, relacionado con la observancia de las rúbricas y normas canónicas que rigen la celebración del rito, que depende de cada Misa en concreto. Ahí el juicio no se puede efectuar en abstracto, sino viendo cómo el sacerdote está celebrando esa Misa, si sigue o no las indicaciones contenidos en los libros litúrgicos o, siguiendo su creatividad, se aparta de ellas e improvisa oraciones, gestos, palabras, etcétera. 

Ahora bien, se supone que todo católico debe aceptar que la Misa es aquello que define el Catecismo de la Iglesia Católica, porque en eso consiste la fe católica. Ahí se dice: "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (CCE 1323). Pues, ¿y qué sucede con aquellos católicos que niegan que la Misa sea un sacrificio o que "en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están 'contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero'" (CCE 1374)?

Lamentablemente, esto ocurre y con mucha frecuencia. Por ejemplo, hoy Infocatólica informa sobre una homilía pronunciada por S.E.R. Carlos Gustavo Castillo Mattasoglio, arzobispo de Lima, donde niega que la muerte de Jesús en la cruz fuese un sacrificio propiciatorio (CCE 1367). En sus palabras: "Jesús no muere haciendo un sacrificio de un holocausto. Jesús muere como un laico asesinado, que él decide no responder con venganza y que acepta la cruz para darnos signo de vida. Y muere como un laico que da esperanza a la humanidad. Muere como un ser humano como todos ustedes que están aquí presentes". De esto se sigue que la Santa Misa, que el mismo sacrificio redentor actualizado de manera incruenta sobre el altar, tampoco puede tener ese carácter. Otro caso que ilustra lo que se viene diciendo. Hace dos años, Infovaticana reproducía los resultados de una encuesta hecha a los católicos estadounidenses. El resultado fue que el 50% de ellos cree que la Sagrada Eucaristía es un "símbolo" y niega que se trate de la Presencia Real de Cristo bajo las especies de pan y vino. En otras palabras, niegan que la Santa Misa sea un misterio sacramental, que en ella se produzca la transustanciación y que ahí, sobre el altar, bajo la apariencia de los accidentes del pan y el vino, está verdadera, real y sustancialmente presente Jesucristo, que se entregó a la muerte (y muerte de cruz) por el redención del género humano.

Por lo demás, la situación actual coincide con la revelación particular que la beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824) dejó por escrito y en que se refiere a la profranación de Jesús Sacramentado y la Santa Misa: "Los sacerdotes dejaban que se hiciera cualquier cosa y decían la Misa con mucha irreverencia. Vi pocos que tuvieran todavía piedad y juzgasen sanamente las cosas. [...] Vi muy a menudo a Jesús mismo cruelmente inmolado sobre el altar por la celebración indigna y criminal de los santos misterios. Vi ante los sacerdotes sacrílegos la Santa Hostia reposar sobre un altar como un Niño Jesús vivo que ellos cortaban en trozos con la patena y que martirizaban horriblemente. Su Misa, aunque realizando realmente el Santo sacrificio, me parecía como un horrible asesinato. [...] la devoción al Santísimo Sacramento caería completamente en decadencia y el sacramento mismo en el olvido. [...] Veo los enemigos del Santísimo Sacramento que cierran las Iglesias e impiden que se le adore, acercarse a un terrible castigo. [... Veo] que se mina y se asfixia la religión tan hábilmente que no queda a penas más que un pequeño número de sacerdotes que no estén seducidos". 

El artículo que ahora compartimos fue publicado por Catholic Culture y ha sido traducido por la Redacción. Phil Lawler ha sido periodista especializado en temas católicos por más de 30 años. Ha editado varias revistas católicas y escrito ocho libros. Fundador de Catholic World News, es el director periodístico y analista principal de Catholic Culture

Phil Lawler

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¿Quién niega la validez del Novus Ordo? Prepárate para una sorpresa

Phil Lawler

En su nuevo y sorprendente documento, que aumenta las restricciones respecto de la Misa  tradicional, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos acusa a muchos católicos tradicionalistas de no reconocer la validez de la liturgia del Novus Ordo. De ahí que, se nos dice, la adhesión a la liturgia tradicional representa una seria amenaza para la unidad de la Iglesia.

La Congregación para el Culto Divino no ofrece evidencia que apoye esta acusación contra los tradicionalistas, al igual que, en Traditionis Custodes, el papa Francisco no prueba que la consulta mundial hecha a los obispos demostrase una preocupación generalizada sobre la fricción supuestamente causada por el movimiento tradicionalista. Los conocedores del Vaticano informan que, de hecho, en sus respuestas a la encuesta (si es que se tomaron el tiempo para responder), la mayoría de los obispos no denunciaron dificultades con los grupos tradicionalistas. Además, los católicos familiarizados con el movimiento tradicionalista rara vez o nunca se encuentran con fanáticos que niegan la validez de la liturgia posconciliar. Pero incluso si la denuncia de la Congregación para el Culto Divino fuese cierto, la respuesta del la Santa Sede sería desproporcionada. Dejadme que me explique.

Los católicos que asisten a la Misa tradicional constituyen regularmente solo alrededor del 1% de la población católica total del mundo. Si el 1% de esos tradicionalistas rechazara el Novus Ordo (y creo que esa estimación resulta demasiado alta), entonces el problema se limita a una minoría apenas visible.

Sin embargo, entre los católicos que asisten a Misa con frecuencia en las parroquias ordinarias, ¡una abrumadora mayoría rechaza la validez de la liturgia del Novus OrdoEncuesta tras encuesta muestra que más del 70% de los católicos no creen que Jesucristo se haga verdaderamente presente —con Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad— en la Misa. Pero si Jesús no está presente —si la Eucaristía no se confecciona — entonces la Misa no es válida. Por lo tanto, la mayoría de los fieles de una parroquia católica común creen que la Misa a la que están asistiendo no es válida. Q.E.D.

Ahora bien, muy pocos de esos católicos "ordinarios" dirían que la Misa es inválida, porque no reconocerían el poder del silogismo en el párrafo anterior. Generaciones de catequesis miserables han dejado a millones de laicos sólo con una vaga idea de lo que es la Eucaristía, lo que logra la Misa. Aun así, el hecho es que la mayoría de los católicos rechazan, o tal vez de manera más exacta, son indiferentes a este dogma fundamental de la fe. Si son indiferentes, con mayor razón pueden alejarse de la Iglesia. Si rechazan la enseñanza católica, socavan la unidad de los fieles.

Afortunadamente, la mayoría incrédula está equivocada, al igual que cualquier tradicionalista que niega la validez de la liturgia posconciliar. El Novus Ordo es válido; la Eucaristía es la Presencia Real de Jesucristo. Pero en aras de la unidad dentro de la Iglesia, sin mencionar la claridad de la doctrina, el hecho de que más del 70% de los fieles nieguen efectivamente la enseñanza de la Iglesia sobre la Eucaristía, la "fuente y cumbre de la vida cristiana", es sin duda una preocupación más urgente que la afirmación de que el 0,01% niega la validez de la nueva liturgia.

Las nuevas restricciones del Vaticano requieren que los obispos se aseguren de que las comunidades tradicionalistas restantes acepten la validez del Concilio Vaticano II y las reformas posconciliares. La coherencia sugiere que se deben aplicar los mismos estándares a todas las parroquias católicas. Se debe alentar a los obispos a asegurarse de que sus pastores instruyan adecuadamente a la gente sobre la realidad de la Eucaristía.

El hecho de que la Congregación para el Culto Divino vea las cosas de otra manera, y quiera tomar medidas enérgicas primero contra los focos de resistencia tradicionalista, sugiere que hay algo más en cuestión aquí: no se trata solamente de un simple deseo de unidad de la Iglesia. Mañana, en este espacio, exploraré algunas otras explicaciones para las extrañas prioridades del Vaticano.

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Nota bene: Detrás de las normas dictadas para la Misa tradicional, subyace una comprensión voluntarista de los sacramentos, como ha dicho Caminante Wanderer. Ellos son un acto de poder de la jerarquía eclesiática, que se dan o quitan a los fieles a discreción, diluyendo la función salvífica que tienen. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña, siguiendo al Concilio Vaticano II, que "la Eucaristía es 'fuente y culmen de toda la vida cristiana'", de manera que todos "los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua" (1324).  La misión fundamental de la Iglesia es buscar la salvación de las almas y, por tanto, resulta contrario a esa finalidad quitar a los fieles la Santa Misa, que es la renovación incruenta del mismo Sacrificio redentor de Cristo. No hay que olvidar que "los fieles tienen derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia principalmente la palabra de Dios y los sacramentos" (canon 213 CIC), y que pueden "tributar culto a Dios según las normas del propio rito aprobado por los legítimos Pastores de la Iglesia, y a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia" (canon 214 CIC). Según la inmortal definición de Ulpiano, "la justicia consiste en la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo", vale decir, atribuir a cada persona aquello a lo que tiene derecho. Las disposiciones actuales sobre la Misa de siempre no son justas y desconocen los derechos fundamentales de los fieles (véase aquí y aquí dos comentarios canónicos a las Responsa sobre el motu proprio Traditionis Custodes).