domingo, 2 de junio de 2024

La liturgia tradicional con los ojos de Manuel Vicent

Les ofrecemos hoy una columna del escritor y columnista valenciano Manuel Vicent sobre la conversión de Paul Claudel. Si bien sobre este último autor hemos tratado con anterioridad en esta bitácora (véase aquí), el texto resulta de interés por provenir de un autor que que se declara de izquierdas y anticlerical, como se comprueba de algunas de las afirmaciones que vierte, y que escribe a propósito del restablecimiento de la liturgia antigua por parte del papa Benedicto XVI a través del motu proprio Summorum Pontificum (2007). 

Más allá de algunas alusiones provocadoras, la columna demuestra el atractivo que la liturgia tradicional despierta en las personas abiertas a la sensibilidad artística y con inquietudes culturales. Son innumerables los ejemplos a través de la historia. Quizá el más elocuente sea la carta dirigida por un grupo de intelectuales al papa Pablo VI pidiendo la conservación de la Misa de siempre, que dio lugar al llamado "indulto inglés" o "indulto Agatha Christie". Entre otras cosas, ahí se dice: "Los firmantes de este pedido [...] quieren llamar la atención de la Santa Sede sobre la apabullante responsabilidad en la que incurriría en la historia del espíritu humano si se negara a permitir la subsistencia de la Misa Tradicional".

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La cáscara

Manuel Vicent

El poeta Paul Claudel era todavía un ateo militante cuando una Nochebuena en medio de la soledad de París, bajo una intensa nevada, entró en la catedral de Notre-Dame para guarecerse. Se estaba celebrando en ese momento la misa del Gallo. El poeta acababa de ver innumerables poetas ateridos bajo los puentes del Sena, e imbuido en la propia desesperación, de pronto, fue acogido por un tibio perfume de incienso y el sonido del órgano que acompañaba el Adeste fideles cantado por un coro de infantes. En el altar brillaban los los brocados de las vestiduras de los oficiantes confundidas con las ascuas de las lámparas y los dorados del retablo. A través de aquel compacto resplandor también sonaban palabras en latín, que no comprendía. "Algo parecido a esta gloria debe ser el cielo", pensó Paul Claudel, quien trasportado por la belleza de la liturgia, olvidó las miserias de este mundo y se convirtió al catolicismo. Lutero se había llevado la nuez de la fe dejando la cáscara de la religión para la Iglesia romana, pero esta envoltura barroca y resplandeciente, sin nada adentro, acabó por adquirir la máxima profundidad estética que tienen las formas. El Concilio Vaticano II trató de recuperar la pureza de la fe limpiándola de las adherencias del teatro. En el desguace desapareció el latín, la polifonía de Palestrina fue sustituida por guitarras aflamencadas y las casullas bordadas por unos jerséis de grano gordo, tipo peruano. Los curas desde el altar tuvieron que dar la cara y hablar en la lengua nacional. Muchos fieles comenzaron a alarmarse al comprobar que lo entendían todo. "Yo soy el pastor y vosotros sois las ovejas", decía el oficiante, y algunos devotos se miraban sorprendidos. "¿Has oído eso? Nos está llamando borregos." Quedó patente que las epístolas, antífonas y salmos no transportaban sino pensamientos vulgares, mientras, a su vez, el gregoriano exquisito se transformó en canciones desafinadas, llenas de mansedumbre, cantadas por la grey. Un día, en una misa mayor de un pueblo mediterráneo, los fieles entonaban a coro una de estas plegarias al Señor, todos excepto un jornalero adusto que permanecía con la boca cerrada. "¿Por qué no cantas?", le cuchicheo el vecino de banco. El jornalero contestó como en el tute: "No cantó porque me falta el caballo". Benedicto XVI quiere recuperar la cáscara antigua y retornar a la liturgia en latín, cosa que celebran los estetas, pero, si hay que preservar la fe, lo mejor es no entender nada. 

Primera Misa solemne transmitida por televisión desde la catedral de Notre-Dame de París. Se trata de la Misa de Navidad celebrada en la medianoche del 24 de diciembre de 1948 por el cardenal Emmanuel-Célestin Suhard
(Foto: Te Igitur)

Nota de la Redacción: El texto está tomado de Vicent, M., El cuerpo y las olas, Barcelona, Alfaguara, 2007, pp. 219-220.

jueves, 30 de mayo de 2024

Nuevo comienzo

Existe un dicho popular que dice: "Hay tres jueves en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y Ascensión". Hemos elegido una de estas fiestas, dedicada a honrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para reiniciar las publicaciones de este bitácora.

La labor de la bitácora de la Asociación Litúrgica Magnificat comenzó hace casi 10 años, el 20 de agosto de 2014, y cuenta con casi 1000 publicaciones y cerca de un millón de visualizaciones. Por diversas razones, las publicaciones se interrumpieron el 2 de febrero de 2023. En este tiempo de receso han sido muchas las personas que han escrito pidiendo que las publicaciones se reanudarán. Hoy se puede hacer posible ese anhelo. 

Un nuevo equipo editorial se hace cargo de la edición de esta bitácora. Agradecemos el enorme trabajo de quienes nos han precedido y confiamos en poder estar a la altura de los contenidos y de la producción gráfica. Mantendremos, hasta donde sea posible, los mismos lineamientos editoriales que se han venido aplicando hasta ahora. Salvo casos de necesidad, publicaremos una vez a la semana.

Al correo de la Asociación (magnificatunavocechile@gmail.com) se pueden enviar colaboraciones.

Nos encomendados a sus oraciones.

Mas y Fondevila, Arcadio, El Corpus Christi, circa 1870, colección del Museo del Prado

jueves, 2 de febrero de 2023

Un intercambio epistolar entre el cardenal Ottaviani y monseñor Lefebvre

Les ofrecemos la traducción que hemos hecho respecto de un artículo escrito por John Pepino y publicado en OnePeterFive, que recoge la respuesta que monseñor Marcel Lefebvre, en calidad de Superior de la Congregación del Espíritu Santo, dio a la carta remitida por el cardenal Alfredo Ottaviani  sobre algunos criterios de interpretación del Concilio Vaticano II. Ella ayuda a fijar el punto en que se separan los caminos entre la Santa Sede y monseñor Lefebvre, cuyas consecuencias siguen presentes en el diálogo que se ha dado entre aquélla y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X.

John Pepino, doctor en griego y latín, es un erudito franco-británico interesado en el cambio y la continuidad en la historia de la Iglesia. Su obra incluye la traducción del francés al inglés de Yves Chiron, Annibale Bugnini: Reformer of the Liturgy (Angelico Press, 2018) y de The Memoirs of Louis Bouyer: From Youth and Conversion to Vatican II, the Liturgical Reform, And After (Angelico Press, 2015).

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Apenas terminado el Concilio, Lefebvre responde a Ottaviani

 John Pepino, PhD

El Concilio había terminado hacía menos de un año. Muchos católicos se sentían conmovidos y confusos. Se rumoreaba la existencia de diferentes planes de implementación, a veces contradictorios. Ya los liberales católicos trabajaban con ahínco para llevar la Iglesia en la dirección que ellos querían. ¿Qué habría de hacer Roma? Después de cincuenta y cinco años, sabemos lo que el cardenal Ottaviani, uno de los antecesores del cardenal Ratzinger como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, decidió hacer: el 24 de julio de 1966 escribió a todos los Ordinarios del mundo para dar la alarma, ya que había estado recibiendo diarias informaciones de una revuelta en contra de la sana doctrina; había algunos que apelaban ya falsamente al Concilio para diseminar sus propios errores. Y había que enfrentar tales errores.

El cardenal Ottaviani, bien conocido en los círculos litúrgicos por su intervención respecto de la Misa de Pablo VI en 1969, comienza su carta alabando los sabios documentos del Concilio sobre doctrina y disciplina. Pero rápidamente dice que su oficio ha estado recibiendo preocupantes noticias de algunas tendencias en la interpretación del Concilio. Y enumera estas tendencias -tesis que van más allá de una simple opinión y que “afectan al dogma”- y las reduce a diez puntos específicos. Produce así una especie de syllabus de errores postconciliares. Esta lista es profética: describe los ataques a la inerrancia de la Biblia, al Magisterio, a la verdad objetiva, a la cristología, a la Presencia Real y a otros aspectos esenciales de la fe. Fue contra las consecuencias de estos errores, que previó en 1966, que pidió a los obispos y superiores generales de todo el mundo que “se preocuparan de reprimir [estos errores] o de prevenirlos”.

Quizá la respuesta más famosa a esta carta, enviada sólo cinco días antes del plazo final de la Navidad de 1966, es la del arzobispo Marcel Lefebvre, Superior General de los Padres del Espíritu Santo y, por cierto, futuro fundador de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. En ese momento, el arzobispo imputaba la confusión reinante no tanto a las erróneas interpretaciones del Concilio como al Concilio mismo. En su respuesta encontramos una primera versión de algunas de sus tesis más conocidas: el Concilio significó un acomodo de la Iglesia con las ideas líderes de la Revolución Francesa; el Concilio fue un quiebre con la continuidad de la Tradición; la nueva noción de colegialidad episcopal rompe la unidad de la Iglesia, centrada en el Supremo Pontífice, etc.

En esa carta encontramos también una expresión de filial esperanza en el Papa: “Sin embargo, el Sucesor de Pedro, y sólo él, puede salvar a la Iglesia”. El arzobispo continúa con algunos consejos sobre cómo podría proceder el Papa, de los cuales el más incómodo es el reproche de que “[l]as alocuciones de los miércoles no pueden ocupar el lugar de encíclicas, de órdenes, de cartas a los obispos”. Esta respuesta, por tanto, constituye un importante documento para el estudio del desarrollo del pensamiento de monseñor Lefebvre.

El original en francés de estas dos cartas está en “Carta a nuestros hermanos sacerdotes” (29/30 de junio de 2006, pp. 8-11).

El papa Pablo VI y un grupo de cardenales durante el Concilio Vaticano II
(Foto: Alfa y Omega)

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Carta del cardenal Ottaviani a los presidentes de las conferencias episcopales

 

Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe

Prot. núm. 871/66

 

Roma, 24 de julio, 1966

Piazza del S. Uffizio, 11

Desde que el Concilio Vaticano II, que ha concluido con éxito recientemente, promulgó sapientísimos documentos en materias tanto doctrinales como disciplinarias para una eficiente promoción de la vida de la Iglesia, todo el pueblo de Dios tiene el grave deber de esforzase para implementar todo lo que ha sido solemnemente propuesto o decretado en esa gran asamblea de obispos bajo la presidencia del Supremo Pontífice.

Ahora corresponde a la jerarquía -es su derecho y su deber- supervisar, dirigir y promover el movimiento de renovación emprendido por el Concilio, de modo que los documentos y decretos de éste puedan recibir una correcta interpretación y ser implementados de acuerdo con el significado y espíritu de los documentos mismos. Porque son, en efecto, los obispos quienes deben proteger esta doctrina, ya que gozan -bajo su cabeza, Pedro- del oficio de enseñar con autoridad. Es pues digno de alabanza que muchos pastores hayan empezado a explicar el Concilio de un modo adecuado.

Sin embargo, es lamentable que, desde diversos lugares, surjan tristes noticias de abusos cada vez mayores en la interpretación de la doctrina del Concilio, así como también errabundas y osadas opiniones que se elevan aquí y allá y que distorsionan no poco la mente de los fieles. Aunque son dignos de alabanza los estudios y esfuerzos de una más profunda investigación de la verdad, distinguiendo correctamente lo que debe ser creído de lo que es materia de libre opinión, sin embargo el examen de los documentos sometidos a esta Sagrada Congregación revela que un número considerable de tesis va más allá de una simple opinión o hipótesis y, en cierto grado, parecen afectar el dogma mismo y las fundaciones de la fe. 

Es conveniente mencionar algunas de estas tesis como ejemplo, ya que se hallan en relatos de hombres expertos o en los escritos públicos de éstos.           

 1. En primer lugar, la Sagrada Revelación misma: algunos recurren a las Sagradas Escrituras dejando conscientemente a un lado a la Tradición; reducen también el ámbito y la fuerza de la inspiración bíblica y de la inerrancia, y no tienen una idea correcta del valor de los textos históricos.

2. En lo que se refiere a la doctrina de la fe, se dice que las fórmulas dogmáticas están sometidas a la evolución histórica de un modo tal que su significado objetivo mismo queda sujeto a cambios. 

3. El Magisterio ordinario de la Iglesia, especialmente el del Romano Pontífice, es a veces tan descuidado y subvalorado que se lo relega al campo de la libertad de opinión.

4. La verdad objetiva y absoluta, firme e inamovible, es casi inadmisible para ciertos individuos que someten todas las cosas a una suerte de relativismo. Y esto por la errónea idea de que toda verdad necesariamente se ajusta al ritmo de la evolución de la conciencia y de la historia.

5. La adorable Persona del mismo Jesucristo es alcanzada cuando, al tratar de cristología, se usa algunos conceptos, como persona o naturaleza, como si fueran difícilmente compatibles con las definiciones dogmáticas. Repta hacia el interior una especie de humanismo cristológico, según el cual Cristo es reducido a la condición de un mero hombre que, supuestamente, se fue haciendo gradualmente consciente de su Filiación divina. Su concepción milagrosa, sus milagros, e incluso su Resurrección, reciben una adhesión verbal, pero en realidad todo es reducido al orden puramente natural. 

6. Asimismo, en el tratamiento teológico de los sacramentos se ignora algunos elementos o no se los toma suficientemente en cuenta, especialmente en lo concerniente al Santísimo Sacramento. No escasean los que ponen en duda la verdadera presencia de Cristo en las especies de pan y de vino y favorecen un excesivo simbolismo, como si el pan y el vino no se convirtieran en el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo por la transubstanciación, sino que se operara una cierta transferencia de significado. Hay también quienes fuerzan más de lo razonable el concepto de ágape respecto de la Misa, dándole la prioridad por sobre la idea de sacrificio.

7. Algunos, que prefieren explicar el sacramento de la Penitencia como un medio de reconciliación con la Iglesia, no expresan suficientemente la reconciliación con Dios, que es el ofendido. Y sostienen que la confesión personal de los pecados no es necesaria para la celebración de este sacramento, sino que se satisfacen sólo con la función social de la reconciliación con la Iglesia.

8. Muchos subestiman la doctrina del Concilio de Trento del pecado original, o la comentan de tal modo que se oscurece el pecado original de Adán y su transmisión.

9. Hay errores no menos importantes que se difunden en el ámbito de la teología moral. De hecho hay algunos, no pocos en número, que osan rechazar la norma objetiva de la moral; otros no aceptan la ley natural y afirman la legitimidad de la ética de situación, como la llaman. Se propone perniciosas opiniones sobre la moral y la responsabilidad en cuestiones sexuales y matrimoniales.

10. A todo esto es necesario agregar una observación sobre el ecumenismo. La Sede Apostólica alaba sin reservas a quienes, en el espíritu del decreto conciliar sobre el ecumenismo, promueven iniciativas destinadas a favorecer la caridad con los hermanos separados y a atraerlos a la unidad de la Iglesia; pero deplora el hecho de que no faltan aquéllos que, interpretando a su modo el decreto conciliar, sugieren acciones ecuménicas de tal naturaleza que ofenden la verdad de la unidad de la fe y de la Iglesia, favoreciendo un peligroso irenismo y un indiferentismo, cosas que, sin duda, son ajenas al espíritu del Concilio.

Este tipo de errores y de peligros están ampliamente extendidos, pero son reunidos en esta carta en una síntesis sumaria y sometidos a los Ordinarios, para que cada uno de ellos, de acuerdo con su cargo y su oficio, pueda preocuparse de reprimirlos o de prevenirlos.

Además, este Sagrado Dicasterio insta fervientemente a los Ordinarios de regiones para que, reunidos en sus respectivas asambleas episcopales, se preocupen de ellos, los refieran oportunamente a la Santa Sede y compartan sus reflexiones, antes de la Fiesta de la Navidad de Nuestro Señor del presente año.

Que los Ordinarios y aquéllos, cualesquiera que fueren, a quienes han estimado conveniente comunicar esta carta, que una obvia prudencia prohíbe hacer pública, la guarden en el mayor secreto.

Alfredo Card. Ottaviani
Prefecto

Cardenal Alfredo Ottaviani
(Foto: Wikipedia)

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La respuesta de Mons. Lefebvre a la carta secreta del cardenal Ottaviani. 

Roma, 2 de diciembre de 1966

Eminencia Reverendísima,

Su carta de 24 de julio, sobre el cuestionamiento de algunas verdades, ha sido comunicada a todos nuestros superiores mayores.

Hemos recibido pocas respuestas. Las que nos llegaron de África no niegan que una gran confusión mental reina hoy día. Aunque esas verdades no parezcan cuestionadas, en la práctica disminuye el fervor y la regularidad en la recepción de los sacramentos, especialmente la penitencia. Ha disminuido mucho el respeto por el Santísimo Sacramento, sobre todo entre los sacerdotes; disminuyen las vocaciones sacerdotales en la misiones de lengua francesa; las misiones de lenguas inglesa y portuguesa han sido menos golpeadas por el nuevo espíritu, pero también aquí los periódicos y revistas ya difunden las más exageradas teorías.

Pareciera que la causa de esta escasa cantidad de respuestas es la dificultad de captar estos errores, que están extendidos por todas partes; hay que buscar el problema especialmente en la literatura que propaga la confusión mental, mediante descripciones ambiguas y equívocas, en las que se puede descubrir una nueva religión.

Creo que tengo el deber de expresarle muy claramente lo que surge de mis conversaciones con muchos obispos, sacerdotes y laicos de Europa y Africa, y también de mis lecturas en países de habla inglesa y francesa.

Con gusto seguiría el orden de verdades sugerido en su carta, pero me atrevo a decir que los actuales problemas me parecen mucho más graves que la negación o cuestionamiento de una verdad de nuestra fe. Ellos se manifiestan hoy en una extremada confusión de ideas, por el colapso de la Iglesia y de las instituciones religiosas, de los seminarios, de las escuelas católicas, en una palabra, de todo lo que ha sido el continuo apoyo de la Iglesia. Se trata nada menos que de la prolongación de las herejías y errores que han estado socavando la Iglesia durante los últimos siglos, especialmente en el pasado siglo del liberalismo, que ha hecho todos los esfuerzos por reconciliar a la Iglesia con las ideas que condujeron a la Revolución.

En la medida en que la Iglesia se ha opuesto a estas ideas, que van contra una sana filosofía y teología, ella ha progresado; por el contrario, todo compromiso con estas ideas subversivas ha resultado en un acomodo de la Iglesia con el derecho común, y en el riesgo de ser esclavizada por la sociedad civil. Además, cada vez que los grupos católicos se han permitido ser atraídos por estos mitos, los Papas han luchado valientemente para hacerlos volver a respetar los límites, ilustrándolos y, si era necesario, condenándolos. El catolicismo liberal fue condenado por Pío IX; el modernismo, por León XIII; Le Sillon, por San Pío X; el comunismo, por Pío XI; el neo-modernismo, por Pío XII. Gracias a esta admirable vigilancia, la Iglesia se hizo más fuerte y se desarrolló. Fueron muy numerosas las conversiones de paganos y de protestantes; se erradicó completamente la herejía, y los gobiernos aceptaron una legislación más católica.

Por otra parte, algunos grupos de religiosos, imbuidos por estas falsas nociones, lograron extenderse al interior de la “Acción católica” y en los seminarios, gracias a cierta indulgencia de parte de los obispos y a la tolerancia de algunos dicasterios romanos. Muy pronto fue de entre esos sacerdotes que se eligió a los obispos. 

Fue en ese momento que tuvo lugar el Concilio, que se había estado preparando, a través de sus Comisiones preparatorias, para proclamar la verdad frente a estos errores, a fin de hacerlos desaparecer durante mucho tiempo de en medio de la Iglesia. Hubiera sido el fin del protestantismo y el comienzo de una fértil era de la Iglesia.

Pero esa preparación fue rechazada con odiosidad para hacer lugar a la peor tragedia que jamás ha soportado la Iglesia. Hemos sido testigos del matrimonio de la Iglesia con las ideas liberales. Sería negar los hechos, taparse los ojos, no afirmar que el Concilio ha permitido que los que profesan esos errores y tendencias, condenadas por los Papas mencionados, crean legítimamente que sus doctrinas están ahora aprobadas.

Si bien el Concilio se preparaba para ser una nube luminosa en el mundo actual -si se hubiera usado los textos preconciliares, en que se podía encontrar una solemne profesión de doctrina segura sobre los problemas modernos-, se puede y, lamentablemente, se debe afirmar los siguiente: de modo casi universal, cuando el Concilio innovó, sacudió la certeza de que las verdades enseñadas por el auténtico Magisterio de la Iglesia pertenecen definitivamente al tesoro de la Tradición.

Ya sea que se hable de la transmisión de la jurisdicción a los obispos, o de las dos fuentes de la Revelación, de la inspiración bíblica, de la necesidad de la gracia para la justificación, de la necesidad del Bautismo católico, de la vida de la gracia entre los herejes, cismáticos y paganos, de los fines del matrimonio, de la libertad religiosa, de las postrimerías, etc., en todos estos puntos fundamentales, la doctrina tradicional era clara y unánimemente enseñada en las universidades católicas. Pero muchos textos conciliares sobre estas verdades les permiten ahora ponerlas en duda. Se ha sacado rápidamente las consecuencias y se las ha aplicado a la vida de la Iglesia:

- Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia y de los sacramentos engendran la desaparición de las vocaciones sacerdotales.

- Las dudas sobre la legitimidad de la autoridad y la necesidad de la obediencia, causada por la exaltación de la dignidad humana, por la autonomía de la conciencia y por la libertad, sacuden a todas las sociedades, comenzando por la Iglesia; a las comunidades religiosas, a las diócesis, a la sociedad civil, a la familia. La soberbia tiene, como consecuencia normal, todo tipo de concupiscencia de los ojos y de la carne. Una de las cosas más abrumadoras es, quizá, la degeneración moral en que han caído muchas publicaciones católicas. No hay pudor alguno al hablar de la sexualidad, de la limitación de los nacimientos por cualquier medio que sea, de la legitimidad del divorcio, de la coeducación, de los coqueteos y bailes como formas de educación cristiana, del celibato sacerdotal, etc. 

- Las dudas sobre la necesidad de la gracia para la salvación traen por consecuencia el descuido del bautismo, que es hoy pospuesto, y el abandono del sacramento de la penitencia. Todo esto constituye principalmente una postura de los sacerdotes, no de los fieles. Y lo mismo ocurre con la Presencia Real: son los sacerdotes lo que obran como si ya no creyeran en ella, escondiendo la Reserva del Sacramento, suprimiendo todas las señales de respeto hacia el Santísimo Sacramento y todas las ceremonias en su honor.

- Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia como la única fuente de la salvación y sobre la Iglesia católica como la única religión verdadera -cosas que derivan de las declaraciones sobre ecumenismo y sobre la libertad religiosa-, destruyen la autoridad del Magisterio de la Iglesia. De hecho, Roma ya no es más la única y necesaria “Magistra Veritatis”. 

Abrumados por los hechos, pues, debemos concluir que el Concilio ha fomentado la difusión de las ideas liberales de un modo inconcebible. La fe, la moral, la disciplina eclesiástica: todo ello es removido hasta en sus fundamentos, cumpliéndose así las predicciones de todos los papas.

La destrucción de la Iglesia procede a la par. Debido a una exagerada autoridad concedida a las conferencias episcopales, el Supremo Pontífice se ha hecho a sí mismo impotente. En un solo año, ¡cuantos dolorosos ejemplos! Sin embargo, el Sucesor de Pedro, y sólo él, puede salvar a la Iglesia.

Que el Santo Padre se rodee de vigorosos defensores de la fe, que los nombre en diócesis importantes. Que se digne proclamar la verdad en graves documentos, que dé caza al error sin temor a oposiciones, sin miedo de cismas, sin miedo de arrojar dudas sobre las disposiciones pastorales del Concilio.

Que el Santo Padre se digne alentar a los obispos individualmente a poner orden en la fe y la moral, como corresponde a buenos pastores; que apoye a los obispos valientes, que los incite a reformar sus seminarios, a reestablecer en ellos los estudios según Santo Tomás; que anime a los superiores generales a mantener en sus noviciados y comunidades los principios fundamentales de toda ascética cristiana, especialmente la obediencia; que apoye el desarrollo de las escuelas católicas, de una prensa doctrinalmente sana, de asociaciones cristianas de familias; por último, que reprima a aquellos que instigan al error y los reduzca al silencio. Las alocuciones de los miércoles no pueden tomar el lugar de las encíclicas, de las órdenes, de las cartas a los obispos.

Sin duda estoy siendo osado al expresarme de este modo. Pero es con ardiente amor que escribo estas líneas, con amor a la gloria de Dios, amor a Jesús, amor a María, a su Iglesia, al Sucesor de Pedro, obispo de Roma, Vicario de Jesucristo.

Que el Espíritu Santo, a quien nuestra congregación está dedicada, se digne acudir en ayuda del Pastor de la Iglesia Universal.

Acepte, su Eminencia, las seguridades de mi más respetuosa devoción en nuestro Señor.

+ Marcel Lefebvre

Obispo titular de Synnada en Phrygia

Superior General de la Congregación del Espíritu Santo

Monseñor Marcel Lefebvre
(Foto: artículo original)

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Estas dos cartas revelan algunas cuestiones de importancia para la historia de la era postconciliar. Por una parte, vemos que Roma no permaneció inactiva frente al torbellino, sino que respondió adecuadamente: el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe cumplió su misión de informar del problema a todos los ordinarios; les pidió matar el error en el nido, y e informarlo de la situación local en el plazo de cinco meses. Claramente, consideró que este asunto era urgente. Sólo una mayor investigación habrá de revelar qué respuestas recibió de la mayoría de los ordinarios de aquel tiempo. La respuesta de monseñor Lefebvre en estas materias no es alentadora: parece que incluso él tuvo problemas para lograr respuestas de sus inferiores.

La respuesta del arzobispo es reveladora también de otro modo. Monseñor Lefebvre encuentra la causa de la situación en los documentos mismos del Concilio Vaticano II, y los vincula con las ideas revolucionarias del siglo XVIII. En este punto expresa su desacuerdo con el cardenal Ottaviani, que se había preocupado de exaltar la sabiduría de esos documentos en “materias tanto doctrinales como disciplinarias”. La opinión de Ottaviani debe haber sido que Roma no podía tomar el camino de revisar los textos, como lo pedía Lefebvre. Este intercambio de cartas, por tanto, marca el punto en que se separan el Vaticano y Lefebvre. Las consecuencias, cincuenta y cinco años después, pueden verse en el actual diálogo entre Roma y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X.

sábado, 31 de diciembre de 2022

In memoriam S.S. Benedicto XVI (Joseph Ratzinger)

El papa emérito Benedicto XVI ha muerto a las 9.34 de esta mañana en el Monasterio Mater Ecclesiae, situado al interior de la Ciudad del Vaticano, donde residía desde su renuncia al ministerio de obispo de Roma y sucesor de Pedro. Para el mundo tradicional será recordado por su deseo de preservar el rico legado litúrgico de la Iglesia latina y restablecer, en igual de condiciones y con libertad de celebración, los sacramentos vigentes hasta la reforma dispuesta por el Concilio Vaticano II mediante el motu proprio Summorum Pontificum (2007), además de buscar la paz al interior de la Iglesia militante. De hecho, al cumplirse el septuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal publicamos una entrada en esta bitácora recordando las ocasiones en que, siendo cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cantó la Misa tradicional. 

Benedicto XVI

Joseph Ratzinger nació en Marktl am Inn, diócesis de Passau (Alemania), el 16 de abril de 1927 (Sábado Santo), y fue bautizado ese mismo día. Su padre, comisario de la gendarmería, provenía de una antigua familia de agricultores de la Baja Baviera, de condiciones económicas más bien modestas. Su madre era hija de artesanos de Rimsting, en el lago Chiem, y antes de casarse trabajó de cocinera en varios hoteles.

Pasó su infancia y su adolescencia en Traunstein, una pequeña localidad cerca de la frontera con Austria, a treinta kilómetros de Salzburgo. En ese marco, que él mismo ha definido "mozartiano", recibió su formación cristiana, humana y cultural. El período de su juventud no fue fácil. La fe y la educación de su familia lo preparó para afrontar la dura experiencia de esos tiempos, en los que el régimen nazi mantenía un clima de fuerte hostilidad contra la Iglesia católica. El joven Joseph vio cómo los nazis golpeaban al párroco antes de la celebración de la Santa Misa. Precisamente en esa compleja situación, descubrió la belleza y la verdad de la fe en Cristo; para ello fue fundamental la actitud de su familia, que siempre dio un claro testimonio de bondad y esperanza, arraigada en la pertenencia consciente a la Iglesia. En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial fue enrolado en los servicios auxiliares antiaéreos.

Entre 1946 y 1951 estudió filosofía y teología en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Frisinga y en la Universidad de Múnich. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1951 junto con su hermano Georg (1924-2020). Un año después, inició su actividad de profesor en la Escuela Superior de Frisinga. En el año 1953 se doctoró en teología con la tesis intitulada Pueblo y casa de Dios en la doctrina de la Iglesia de san AgustínCuatro años más tarde, bajo la dirección del conocido profesor de teología fundamental Gottlieb Söhngen (1892-1971), obtuvo la habilitación para la enseñanza con una disertación que tuvo por título La teología de la historia de san Buenaventura.

Tras ejercer el cargo de profesor de teología dogmática y fundamental en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Frisinga, prosiguió su actividad de enseñanza en Bonn, de 1959 a 1963; en Münster, de 1963 a 1966; y en Tubinga, de 1966 a 1969. En este último año pasó a ser catedrático de dogmática e historia del dogma en la Universidad de Ratisbona, donde ocupó también el cargo de vicepresidente de la Universidad.

De 1962 a 1965 hizo una notable contribución al Concilio Vaticano II como "experto", donde acudió como consultor teológico del cardenal Joseph Frings (1887-1978), arzobispo de Colonia.

Joseph Ratzinger junto con Yves Congar O.P.
(Foto: How to Fight Poverty)

Su intensa actividad científica lo llevó a desempeñar importantes cargos al servicio de la Conferencia episcopal alemana y en la Comisión Teológica Internacional.

En 1972, juntamente con Hans Urs von Balthasar (1905-1988), Henri de Lubac (1896-1991) y otros grandes teólogos, inició la revista de teología Communio, que todavía existe.

El 25 de marzo de 1977, el papa Pablo VI lo nombró arzobispo de Múnich y Frisinga. El 28 de mayo sucesivo recibió la consagración episcopal. Fue el primer sacerdote diocesano, después de 80 años, que asumió el gobierno pastoral de la gran archidiócesis bávara. Escogió como lema episcopal: "Colaborador de la verdad". Él mismo explicó el sentido de su decisión: "Por un lado, me parecía que esa era la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. A pesar de los diferentes modos, lo que estaba en juego y seguía estándolo era seguir la Verdad, estar a su servicio. Y, por otro, escogí ese lema porque en el mundo de hoy el tema de la Verdad se omite casi totalmente, pues parece algo demasiado grande para el hombre y, sin embargo, todo se desmorona si falta la verdad".

Pablo VI lo creó cardenal, del título presbiteral de Santa María de la Consolación en Tiburtino, en el consistorio del 27 de junio de ese mismo año.

En 1978 participó en el Cónclave, celebrado del 25 al 26 de agosto, que eligió a Juan Pablo I, el cual lo nombró enviado especial suyo al III Congreso mariológico internacional, celebrado en Guayaquil (Ecuador), del 16 al 24 de septiembre. En el mes de octubre de ese mismo año participó también en el Cónclave que eligió a Juan Pablo II.

Pablo VI junto con el cardenal Joseph Ratzinger
(Foto: Yahoo Style)

Actuó de relator en la V Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, celebrada en 1980, sobre el tema: "Misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo", y presidente delegado de la VI Asamblea general ordinaria, celebrada en 1983, sobre "La reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia".

Juan Pablo II lo nombró prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional el 25 de noviembre de 1981. El 15 de febrero de 1982 renunció al gobierno pastoral de la arquidiócesis de Múnich y Frisinga. Juan Pablo II lo elevó también al orden de los obispos, asignándole la sede suburbicaria de Velletri-Segni el 5 de abril de 1993.

Fue presidente de la comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia católica, que, después de seis años de trabajo (1986-1992), presentó al Santo Padre el nuevo Catecismo. Siendo ya Papa, en 2005 le correspondió publicar un compendio de dicho catecismo. 

El Santo Padre, el 6 de noviembre de 1998, aprobó la elección del cardenal Ratzinger como vicedecano del Colegio cardenalicio, realizada por los cardenales del orden de los obispos. Y el 30 de noviembre de 2002, aprobó su elección como decano; con dicho cargo le fue asignada, además, la sede suburbicaria de Ostia.

En 1999 fue enviado especial del Papa a las celebraciones con ocasión del XII centenario de la creación de la diócesis de Paderborn, Alemania, que tuvieron lugar el 3 de enero.

En 1992 fue elegido miembro de la Academia de las Ciencias Sociales y Políticas de París. Desde el 13 de noviembre de 2000 se desempeñó como Académico honorario de la Academia Pontificia de las Ciencias.

En la Curia romana, fue miembro del Consejo de la Secretaría de Estado para las Relaciones con los Estados; de las Congregaciones para las Iglesias Orientales, para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para los Obispos, para la Evangelización de los Pueblos, para la Educación Católica, para el Clero y para las Causas de los Santos; de los Consejos Pontificios para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para la Cultura; del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica; y de las Comisiones Pontificias para América Latina, Ecclesia Dei, para la Interpretación Auténtica del Código de Derecho Canónico y para la Revisión del Código de Derecho Canónico de las Iglesias Orientales. En esos cargos le correspondió intervenir en la redacción de la Instrucción Quattuor abhinc annos (3 de octubre de 1984), que permitió por primera vez la Misa tradicional bajo el régimen de indulto, y de la Comisión de Cardenales constituida en 1986 que pretendía una liberalización mucho mayor. Como recuerda el cardenal Tarcisio Bertone, quien fuera después, siendo ya Papa, su secretario de Estado, "el Prefecto Joseph Ratzinger decía a menudo que su tarea consistía en proteger la fe de los pequeños, de los humildes que no disponen de las herramientas culturales adecuadas para contrarrestar los escollos de un mundo cada vez más descristianizado y secularizado". 


El cardenal Joseph Ratzinger dando la comunión a Juan Pablo II

Entre sus numerosas publicaciones ocupa un lugar destacado el libro Introducción al Cristianismo, recopilación de lecciones universitarias publicadas en 1968 sobre la profesión de fe apostólica; Dogma y revelación (1973), antología de ensayos, predicaciones y reflexiones, dedicadas a la pastoral, y Jesús de Nazaret, publicado en dos tomos (2007 y 2011), que se complementan con un tercer volumen sobre la infancia de Jesús (2012). Dejó también un libro de memorias, publicado en 1998, que abarca sus primeros cincuenta años de vida (entre 1927 y 1977). Su vasta obra se completa con títulos como Evangelio (1996), La fe como camino (1997), De la mano de Cristo (1998) y Verdad, valores y poder (1998), entre otros

Obtuvo gran resonancia el discurso que pronunció ante la Academia Católica Bávara sobre el tema "¿Por qué sigo aún en la Iglesia?", en el que, con su habitual claridad, afirmó: "Sólo en la Iglesia es posible ser cristiano y no al lado de la Iglesia".

La serie de sus publicaciones prosiguió abundante en el decurso de los años, constituyendo un punto de referencia para muchas personas, especialmente para los que querían profundizar en el estudio de la teología. En 1985, justo en la víspera del Sínodo extraordinario sobre la celebración, la verificación y la promoción del Concilio Vaticano II, publicó el libro-entrevista Informe sobre la fe. Después vendrían otros libros del mismo formato: La sal de la tierra (1996), Dios y el mundo (2002), Luz del mundo (2010) y Últimas conversaciones (2016). Asimismo, con ocasión de su 70° cumpleaños, se publicó el libro: En la escuela de la verdad (1997), en el que varios autores ilustran diversos aspectos de su personalidad y su obra.

El 19 de abril de 2005, con setenta y ocho años de edad, Joseph Ratzinger fue elegido Romano Pontífice. Con el nombre de Benedicto XVI sucedía a Juan Pablo II, que había fallecido el 2 de abril, después de haber ocupado el trono de San Pedro durante veintiséis años. El cónclave eligió nuevo Papa en apenas dos días, una de las decisiones más rápidas de la historia, tras las de Julio II (1503) y Clemente VIII (1592), que fueron elegidos en un solo día. Desde la logia de la Basílica de San Pedro se asomó “un humilde servidor de la viña del Señor” que se convertía en el Papa número 265, el primero elegido en el siglo XXI después de los ocho del siglo XX, y en el séptimo alemán, tras Gregorio V (996-999), Clemente II (1046-1047), Dámaso II (1048, porque falleció al cabo de un mes), León IX (1049-1054), Víctor II (1055-1057) y Adriano VI (1522-1523).

Tomó un nombre inesperado en honor de Benedicto XV (el genovés Giacomo della Chiesa, papa entre 1914 y 1922, después de haber servido como Arzobispo de Bolonia), que se distinguió por la búsqueda de la paz en la Primera Guerra Mundial y favoreció la creación del Partido Popular, embrión de la futura Democracia Cristiana. Fue este Papa quien, además, publicó el Código de Derecho Canónico de 1917.

Escudo de armas del cardenal Joseph Ratzinger
(Imagen: Wikipedia)

Benedicto XVI publicó tres encíclicas (Deus caritas est, 2006; Spes salvi, 2007; Caritatis in Veritate, 2009), cuatro exhortaciones apostólicas (Sacramentum Caritatis, 2007; Verbum Domini, 2010; Africae munus, 2011; Ecclesia in Medio Oriente, 2012), e hizo 24 viajes apostólicos fuera de Italia, visitando países de los cinco continentes. 

Con la salud debilitada, el 11 de febrero de 2013 Benedicto XVI anunció su renuncia al papado, la que se haría efectiva a partir del 28 de ese mes, bajo el argumento de que "para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado". La decisión fue considerada histórica, por datarse su más cercano precedente siete siglos atrás, cuando en 1294 Celestino V renunció para hacerse ermitaño. El 13 de marzo de 2013, el cónclave eligió como nuevo pontífice al cardenal Jorge Mario Bergoglio, por entonces Arzobispo de Buenos Aires, quien adoptó el nombre de Francisco. 

Tras su renuncia, Benedicto XVI mantuvo su nombre y ostentó el título de "Papa emérito" o "Pontífice emérito", así como obispo emérito de Roma, con el tratamiento de Su Santidad. Fijó su residencia en el monasterio Mater Ecclesiae, al interior de la Ciudad del Vaticano. En adelante mantuvo un perfil bajo, con pocas apariciones públicas. Con los años su estado de salud fue empeorando progresivamente, hasta la enfermedad final que condujo a su muerte este 31 de enero. Sus últimas palabras fueron "Jesus, ich liebe dich" ("Jesús, te amo").

La decisión del papa Francisco de revertir la liberalización de la Misa de siempre a través del motu proprio Traditionis Custodes (2022) causó mucho dolor a Benedicto XVI. En una entrevista para Die Tagespost, S.E.R. Georg Gänswein, secretario privado del Papa emérito, señaló que "la lectura del nuevo motu proprio rompió el corazón del papa Benedicto porque su intensión había sido ayudar a que todos aquellos cuyo hogar era la misa tradicional encontraran la paz interior, la paz litúrgica". De hecho, consta que envío una carta privada al Superior de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro con ocasión de las nuevas y restrictivas normas dictadas respecto de su rito propio. No hay que olvidar que Joseph Ratzinger, en una carta dirigida al profesor Wolfgang Waldstein en 1976, aseguraba: "El problema del nuevo Misal está, por el contrario, en su abandono de un proceso histórico siempre continuado, antes y después de San Pío V, y en la creación de un volumen todo nuevo, si bien compilado con material viejo, cuya publicación fue acompañada de una suerte de prohibición de lo que había estado antes, prohibición desconocida en la historia jurídica y litúrgica; puedo decir con seguridad, basándome en mi conocimiento de los debates conciliares y en la repetida lectura de los discursos de los Padres conciliares, que esto no corresponde a las intenciones del Concilio Vaticano II". 

Joseph Ratzinger hablaba diez idiomas, de los que dominó por lo menos seis: alemán, italiano, francés, latín, inglés y español. Además, leía griego antiguo y hebreo. Durante su vida recibió numerosos doctorados honoris causa por el College of St. Thomas de St. Paul (Minnesota, Estados Unidos), en 1984; por la Universidad Católica de Eichstätt, en 1985; por la Universidad Católica de Lima, en 1986; por la Universidad Católica de Lublin, en 1988; por la Universidad de Navarra (Pamplona, España), en 1998; por la Libre Universidad María Santísima Asunta (LUMSA) Roma, en 1999; por la Facultad de Teología de la Universidad de Wroclaw (Polonia) en 2000.

De momento, el cuerpo del Papa emérito permanecerá en la capilla del monasterio donde vivía. A partir del 2 de enero de 2023 por la mañana, será velado en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Sus exequias serán celebradas el jueves 5 de enero por el papa Francisco. La Santa Sede ha anunciado que su funeral será sencillo, siguiendo el deseo expresado por  Benedicto XVI. 

Cumpliendo los deseos del Papa emérito, la Santa Sede ha hecho público también su testamento espiritual. El texto puede ser leído aquí.  

La Asociación Litúrgica Magnificat ofrece sufragios por el descanso de su alma. 

Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.
Requiescat in pace.

El Papa emérito junto a su sucesor 
(Foto: Portafolio)

Nota de la Redacción: La biografía que aquí ofrecemos proviene de tres fuentes. La primera parte está tomada de aquella que tiene publicada la Santa Sede en el sitio dedicado al papa Benedicto XVI. Desde la elección como Romano Pontífice, el texto reproduce parcialmente a Fernández, T. y Tamaro, E., "Biografía de Benedicto XVI [Joseph Ratzinger]", disponible en Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en líneaAmbas versiones ha sido ajustada en cuestiones menores de estilo o redacción. Se ha empleado también como complemento la versión española de Wikipedia. 

domingo, 25 de diciembre de 2022

Feliz Pascua de Navidad

La Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, desea a todos sus feligreses y bienhechores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Pascua de Navidad. Que este día, en el cual el Salvador se hizo carne, sea una ocasión propicia para renovar nuestra conversión, pidiendo ayuda a la Santísima Virgen. 

Puer natus est nobis, et filius datus est nobis, cujus imperium super humerum ejus et vocabitur nomen ejus, magni consilii Angelus.

Un niño nos ha nacido y un Hijo nos ha sido dado, el cual lleva  sobre sus hombros el principado; y su nombre será Ángel del gran consejo.

(Is 9, 6, tomado del Introito de la tercera Misa del día de Navidad)

Sócrates Quintana, Adoración de los Reyes Magos, segundo o tercer cuarto del siglo XX, Casa de la Cultura Teodoro Cuesta (Mieres, España)

lunes, 10 de octubre de 2022

Martín de Riquer y la Misa de siempre

Martín de Riquer y Morera (1914-2013), VIII conde de Casa Dávalos,​ fue un medievalista español, doctor en Filología Románica y especialista en literatura trovadoresca, además de senador en las Cortes Generales de España por designación real, donde le cupo intervenir en la redacción y aprobación de la Constitución de 1978. Entre sus obras destaca una historia de la literatura catalana y varios trabajados dedicados a Miguel de Cervantes y sus obra. En el discurso de contestación por su ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, Dámaso Alonso caracterizó a Martín de Riquer como un "caso portentoso" entre los filólogos. La razón residía en que era "preciso y riguroso en investigaciones de último pormenor, con capacidad a la par de intuición de grandes rasgos definidores de obras, escritores o épocas; que escribe para el más aquilatado especialista cuando hay que dirigirse a él, o, adaptándose, sin perder rigor científico, al público culto en general, cuando es a éste a quien hay que hablar". 

Pero Martín de Riquer fue también un hombre de profunda fe, apegado a la liturgia tradicional de la Iglesia en la época en que ésta experimentaba una reforma radical que cambió el culto católico hasta hacerlo para muchos irreconocible. Dos recuerdos tomados de la semblanza que Jordi Llovet le dedica en Mis maestros. Un homenaje (2022) sirven para formarse una idea del sufrimiento de Riquer frente a los cambios litúrgicos y cómo defendió la Misa frente a aquellos que, fundados en una falsa obediencia, se adaptaban a los tiempos. 

Martín de Riquer

Riquer fue un hombre enormemente religioso y muy enraizado en los principios sólidos de la civilización de la baja Edad Media y del tiempo del Humanismo, que se dedicó al estudio, la investigación y la docencia como podría haberlo hecho un maestro de la Sorbona, por ejemplo, en el siglo XVI. Iba a Misa con regularidad, y siempre lamentó no solo que muy poca gente leyera ya el latín, sino, en especial, que hubiese desaparecido de la liturgia católica. Esto le parecía incomprensible si se tenía en cuenta que el latín fue la lengua de la Iglesia desde Constantino y, por añadidura, la lengua de los hombres cultos hasta bien entrado el siglo XVIII. (Si le hubiesen preguntado qué lengua debería convertirse en la lengua oficial para toda Europa, Riquer no habría propuesto nunca el inglés, lengua que sabía leer, pero por la que no sentía gran admiración debido a su sintaxis confusa y deslavada, sino el latín). El hecho de que los fieles ya no comprendiesen lo que se decía cuando iban a Misa no le molestaba porque, decía, el latín tenía las propiedades misteriosas y elevadas de las que carecen las lenguas vulgares, precisamente por ser de uso común: toda religión consistiría en el vínculo entre un fiel y un orden verdaderamente superior, el teológico, propósito para el que, a su juicio, no servirían las lenguas neolatinas, aptas para el esparcimiento, las relaciones comerciales o el trato diario entre la gente. 

No me resisto a citar el chiste que, en este sentido, me contó una vez Badia y Margarit, que era mísero, algo que no puede decirse de Riquer, aunque fuese a Misa. Dos ancianas salen de la iglesia, terminada la Misa, cuando ya habían cambiado la lengua de la liturgia, y una le dice a la otra: "¡Lo que hay que ver! ¿Qué querrá decir eso de 'El Señor esté con vosotros'?". Era la primera vez que lo oían. La otra anciana le responde: "Sí, mujer, eso significa: Dominus vobiscum". He aquí la explicación paradójica de lo que acabo de apuntar sobre el poder ritual de las lenguas desconocidas. 

En su casa tenía una colección envidiable de Biblias de todo tipo y en todas las lenguas de cultura que conocía, en un sector privilegiado del trozo de biblioteca que había en el salón, entrando a mano izquierda; y cuando, una vez, se presentaron en su casa unos testigos de Jehová con la intención de venderle una Biblia, él los hizo pasar y les enseñó las suyas. Los testigos mostraron una gran perplejidad, y Riquer los despidió de ellos educadamente. 

En cuanto a la religión, es cierto que a veces exageraba y le gustaba manifestar, según la ocasión, que él era de antes del concilio. Y puntualizaba: no de antes del Concilio Vaticano II, sino de antes del Concilio de Trento. Es posible que alguna vez dijera "de antes del Concilio de Nicea", pero no puedo asegurarlo. Si le hubiesen dicho que era un hombre de la época de los Padres de la Iglesia, lo habría celebrado —¡Atanasio de Alejandría, Basilio, Ambrosio, san Agustín, Gregorio el Grande!—, pero le habría alegrado aún más que le compararan con uno u otro humanista del siglo XV o XVI, de los que unieron la fe cristiana y el legado clásico grecorromano, como Vives o Erasmo. Una vez, reunidos en mi casa unos cuantos amigos, se explayó a gusto haciendo desmesurado de las Misas que oficiaba en París monseñor Lefebvre, que, de tan retrógradas —palabra que yo nunca usaría para referirme a Riquer—, acabó suspendido a divinis por el Vaticano. Riquer había conservado algo de los enfants terribles de los tiempos de su abuelo, y tenía cierta afición a la provocación benigna. Le gustaba mucho la conversación inteligente, y es sabido que una provocación siempre da más de sí que un tópico, de manera que ese día se puso a ensalzar hasta tal punto las Misas de monseñor Lefebvre, que la mujer de José María Valverde, que profesaba un cristianismo muy aggiornato, como su marido —uno de esos cristianismos con acompañamiento de guitarra y cantos espirituales negros, como ya se ha dicho más arriba—, se sintió obligada a salir en defensa del Concilio Vaticano II, o de las bellas almas cristianas con vocación por las causas seculares. Le espetó: "Martín, con Dios no se juega". Riquer, que era rapidísimo en materia de controversia, la miró con gran calma, se sacó la pipa de la boca y le dijo: "Eso digo yo". 

Monseñor Marcel Lefebvre oficia Misa pontifical en la iglesia de San Nicolás del Chardonnet, en París, en el mes de mayo de 1977. A su derecha, arrodillado, se aprecia a monseñor François Ducaud-Bourget
(Foto: FSSPX)

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Nota de la Redacción: El texto transcrito proviene de Llovet, J., Mis maestros. Un homenaje (trad. de Lucas Villavecchia, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2022), pp. 70-73.

sábado, 6 de agosto de 2022

Dos nuevos libros en español

Han aparecido dos libros recomendables en español durante los últimos meses. Se trata de Non nova, sed noviter: Los cuatro pilares de la Tradición, escrito por Aurelio Porfiri, y El nuevo orden mundial: El Apocalipsis en el que estamos viviendo, de S.E.R. Carlo Viganò. 

Se trata de textos breves que pueden ser comprados en Amazon (aquí y aquí, respectivamente). 

Les dejamos el texto de la contraportada de cada libro, invitándolos a su lectura. 


Ciertamente vivimos en una época en la que predomina un estilo de vida y de pensamiento antitradicional, y es por eso que los guerreros de la tradición deben desenvainar sus espadas y no encerrarse en sus propios refugios, a veces demasiado cómodos. El estilo tradicional nos remite a lo que realmente somos, nos reenfoca en nuestra identidad para hacernos disfrutar del verdadero sabor de la vida, que queremos pensar que no es solamente permitir a esa masa de células que también somos la purifique día tras día. Pero entonces debemos reflexionar sobre cuáles son los fundamentos de la tradición, los que yo llamo los “cuatro pilares de la tradición”. 



Está fuera de toda duda de que en los últimos años la figura de monseñor Carlo Maria Viganò ha emergido en la escena de la comunicación en el mundo de la Iglesia -pero no sólo en él- como una voz de denuncia y de apelación no sólo respecto a la corrupción y a la pobreza cultural y espiritual presentes en el mundo eclesial actual -a todos los niveles-, sino en la sociedad y en la política mundial. Una figura singular y un proceso de desvelamiento. Carlo Maria Viganò es un sacerdote que, luego de su ordenación en 1968 en Pavía, se orientó hacia la carrera diplomática. Nuncio en Nigeria, y luego Delegado para las Representaciones Pontificias en la Secretaría de Estado (un cargo muy delicado, bajo sus ojos pasan todos los ardientes expedientes personales de prelados y obispos); luego secretario para el Estado de la Ciudad del Vaticano, el Governatorato, y finalmente nuncio apostólico en Washington, sin duda uno de los seis destinos más prestigiosos para cualquier diplomático, con sotana o con hábito civil. Ciertamente, la nunciatura en el corazón del Imperio ofrece a su titular una perspectiva de extraordinaria amplitud y profundidad; le permite escudriñar los mecanismos del poder mundial, los resortes evidentes -y los ocultos- que están en la base de las elecciones y las decisiones. Es de este caudal de experiencia y conocimientos del cual muy pocos pueden presumir que nace la reciente presencia pública de Carlo Maria Viganò. Toda una carrera y una vida sacerdotal transcurridas en la necesaria discreción ligada a sus obligaciones profesionales y de rol se ven súbitamente trastocadas. En el verano de 2018 -no se han cumplido todavía cuatro años- monseñor Viganò tuvo el sensacional gesto de revelar las protecciones y complicidades que permitieron al entonces cardenal Theodore McCarrick llevar a cabo los abusos que finalmente le llevaron a las condenas que sufrió.