domingo, 13 de junio de 2021

Domingo infraoctava del Sagrado Corazón

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 15, 1-10):

“En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los publicanos y pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas lo censuraban, diciendo: Este recibe los pecadores, y come con ellos. Mas Jesús propúsoles esta parábola: ¿Quién hay entre vosotros que, teniendo cien ovejas, y habiendo perdido una, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la perdida, hasta encontrarla? Y en hallándola la pone sobre sus hombros muy gozoso, y en llegando a su casa, llama a sus amigos y vecinos diciéndoles: Alegraos conmigo, porque he hallado a mi oveja, que se había perdido. Os digo que así también habrá más gozo en el cielo por un pecador que hiciere penitencia, que por noventa y nueve justos, que no han de ella menester. O ¿qué mujer, teniendo diez dracmas, si pierde una, no enciende luz y barre la casa,  y lo registra todo, hasta dar con ella? Y en hallándola, convoca a sus amigas y vecinas, diciendo: Regocijaos, porque he hallado la dracma que había perdido. Así os digo, que habrá gran alborozo entre los Ángeles de Dios por un pecador que haga penitencia”.

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¿Qué hemos de entender por “penitencia”, eso que causa tan gran alegría en el cielo a los Ángeles?

Sin duda, el término “penitencia” tiene “muy mala prensa” en el mundo de hoy, incluso en medios católicos de los mejor formados. Hace algún tiempo oíamos a una mujer de buena cultura católica decir que la penitencia era un exceso innecesario, considerando la gran carga de mortificación que, ya de por sí, trae la vida; y no sólo sufrimiento físicos sino, sobre todo, dolores morales: contradicciones en la existencia, preocupación por los hijos que se descarrían, inseguridad sobre el futuro, temor por las crisis del Estado y de la Iglesia… ¿No es, acaso, el echarse encima voluntariamente más dolores agregar nuevos elementos al agotamiento psicológico a que está expuesto el hombre contemporáneo, más que ningún otro hombre en la historia de la humanidad? Catástrofes naturales impensadas antiguamente, peligro real de inauditas guerras nucleares capaces de exterminar la vida misma en el planeta…

Sin embargo, no ése el significado más importante de la penitencia. Por de pronto, el Señor, ciertamente, no quiere nuestro sufrimiento sino que, a lo más, lo permite. Hay que entender adecuadamente, pues, la penitencia como lo dice su significado natural y obvio: es un sentir pena, un penar por algo que se ha hecho. Y la máxima pena que un hombre sensibilizado al dolor, como es el actual, puede sentir no puede ser sino la que causa haber ofendido a Dios, de Quien no hemos recibido sino bienes (“gracia tras gracia”, dice Jn 1, 16): darse cuenta de la propia ingratitud no puede sino provocar profunda pena en el ingrato. En otros términos, la penitencia es verdadero arrepentimiento, doloroso querer no haber hecho algo que hicimos, porque ofendió a Quien no ha hecho otra cosa que ser Bueno con nosotros.

Sabemos, sin embargo, que Dios lo perdona todo, absolutamente todo, al más leve signo de arrepentimiento: se podría decir que el Todopoderoso, cuya Inteligencia ha desplegado su inaudita belleza en el Cosmos, por cuya Voluntad subsisten las fuerzas de luz y de oscuridad que estructuran el Universo, está pendiente, a cada instante, a cada paso, del menor gesto de arrepentimiento de estas creaturas suyas tan mínimas como, en el conjunto de la Creación, somos nosotros los hombres. Y tan pronto como lo ve, perdona. El Santo Cura de Ars consolaba una vez a una viuda que se confesaba y le contaba el suicidio de su marido y el dolor que sentía por saber que se había condenado: “Se equivoca Ud., señora; porque en el mínimo lapso que transcurrió entre saltar del puente y caer a las aguas del Sena, su marido experimentó un relámpago de arrepentimiento y Dios lo tiene ahora en el cielo”.

Quizá la peor tentación con que el Diablo pretende retener entre sus lazos al hombre pecador es procurar infundirle vergüenza y temor de acercarse a Dios para pedir perdón. Algún gran santo hablaba del “demonio mudo” que le aprieta la garganta al pecador y le dificulta proferir la palabra “¡perdón!”, porque sabe el Enemigo que, ante esa palabra, no hay Omnipotencia divina que valga: Dios, que es esencialmente Amor, se rinde de un modo absolutamente sorprendente ante esa súplica, no halla cómo resistirse a ella. Y perdona, y lo perdona todo, y “con yapa”: toma a la bestia extraviada sobre sus hombros, para que no se canse, cosa que no hace por ninguna de las noventa y nueve que no pecaron, y la lleva a cuestas de vuelta al redil, y hace fiesta por ella, la ingrata que se había apartado del rebaño.

“¡Es que yo no lo merezco! ¡Yo no tengo perdón de Dios!”: la vergüenza es, a veces, mayor que el miedo a encontrarse con un rechazo por parte de Dios. A esa pobre alma hay que anunciarle la magnífica “buena nueva”: ¡Dios nos perdonó cuando estábamos todavía inmundos con nuestro pecado! ¡No esperó a que estuviéramos siquiera “presentables”!: “Apenas habrá quien muera por un justo; quizá podría haber alguien que muriera por un bueno; pero Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros. Con mayor razón, pues, justificados ahora por Su sangre, seremos por Él salvados de la ira” (Rm 5, 7-9).

La Iglesia nos hace oír este Evangelio a tres días de la fiesta del Sagrado Corazón, que es, en medio de toda la inmensidad de la creación material, el preciso lugar físico donde late, corporalmente, “la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). Ese corazón, corazón de hombre, es el refugio del pecador temeroso y avergonzado, adonde puede entrar a guarecerse por la Puerta de la Misericordia: la abertura que la lanza hizo en Su costado.

José de Páez, Alegoría del Sagrado Corazón de Jesús, 1773-1775, Museo Soumaya (México)
(Imagen: Arts and Culture)     

lunes, 7 de junio de 2021

Domingo infraoctava de Corpus Christi

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 14, 16-24):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos esta parábola: Cierto hombre dispuso una gran cena, y convidó a muchos. Y envió a la hora de cenar a su siervo para decir a los convidados que viniesen, pues ya todo estaba dispuesto. Y empezaron todos a excusarse. El primero dijo: he comprado una granja y necesito ir a verla; ruégote que me des por excusado. El segundo dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas; dame, te ruego, por excusado. Otro dijo: acabo de casarme, y así no puedo ir allá. Habiendo vuelto el criado, refirió todo esto a su amo. Irritado entonces el padre de familias, dijo a su criado: Sal luego a las plazas y barrios de la ciudad, y tráeme acá cuantos pobres, lisiados, ciegos y cojos hallares. Dijo después el criado: Señor, se ha hecho todo como mandaste, y aún sobra lugar. Respondióle el amo: Sal a los caminos y cercados, e impele a cuantos hallares a que vengan, para que se llene mi casa. Pues os aseguro, que ninguno de los que antes fueron convidados, ha de probar mi cena”.

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Lo primero que ha de advertirse en este texto es que la parábola no está dirigida a las turbas o pueblo en general, sino a los fariseos, considerados los hombres más religiosos, piadosos y cumplidores de la ley. El Señor ha pensado sin duda en ellos al hablar de los primeros convidados, que habían tenido el honor de ser invitados. Esto nos motiva a rechazar una confianza excesiva en nuestro estatus religioso o en nuestro lugar en la Iglesia, o en nuestras prácticas de piedad, como garantía de estar salvados. Nadie por ser “laico comprometido” o por pertenecer a ésta o aquella congregación o movimiento o comunidad eclesial o por haber “optado por los pobres” o por estar caminando con “la Iglesia en salida” se sienta seguro. San Pablo es muy claro en este punto: “de nada me arguye la conciencia, mas no por eso me creo justificado; quien me juzga es el Señor” (1 Cor 4, 4). El fariseo está seguro de sí; el verdadero católico sólo está seguro de la misericordia del Señor.

En segundo lugar, llama la atención la plausibilidad de las excusas que presentan los primeros convidados: uno está recién casado; otro ha comprado una propiedad agrícola; otro ha hecho una adquisición de animales que necesita inspeccionar, etcétera. Pero cuando el Señor llama, no hay excusa que valga, por más plausible que sea: el primer mandamiento nos obliga a “Amar a Dios sobre todas las cosas”. En cambio, ¡cuántas disculpas infinitamente menos importantes damos a diario al Señor para posponer sus llamadas (más que eso, sus súplicas) a cumplir su voluntad, a intimar con Él en la oración, a realizar verdaderas obras de misericordia con nuestros hermanos, no obstante las incomodidades que puedan conllevar! No hay nada que hiera tanto al Señor como la ingratitud o la indiferencia en nuestra relación con Él. Pero la verdad es que tenemos un corazón de piedra. Aún así, Él nos dice que “quitaré de su cuerpo su corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 11, 19). Porque el Señor no dejará piedra por remover, con una paciencia infinita, para que aceptemos su salvación. Recordemos aquí el soneto de Lope de Vega, de insuperable elocuencia: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno oscuras?/ […] ¡Cuántas veces el ángel me decía: /Alma, asómate ahora a la ventana,/ verás con cuánto amor llamar porfía./ Y cuántas, hermosura soberana:/ Mañana te abriremos -respondía-,/ para lo mismo responder mañana”.   

Esta infinita misericordia divina no puede excluir, sin embargo, a Su justicia. Por eso San Agustín nos advierte que si bien hoy, ahora, tenemos ese ofrecimiento inverosímil de la paciencia de Dios, puede que mañana ya no lo tengamos: hoy tenemos vida para aceptarlo, pero no sabemos si estaremos vivos mañana. Y escribe “Teme a Jesús que hoy pasa frente a ti, y que quizá ya no vuelva a pasar”. Aquí es donde adquiere su verdadera importancia aquel refrán que los paganos, antiguos y modernos, gustan de repetir en medio de sus carretes y conciertos en vivo: “Carpe diem”, “aprovecha el momento”. Pero, por piedad, ¿de qué momento estamos hablando? El momento trascendental de nuestra vida puede ser ese encuentro, hoy, inesperado, con el Señor que nos llama y nos busca y nos ofrece perdón y ayuda. Ese momento puede que se nos presente sólo hoy, y ya no mañana. ¡Es Él quien nos dice “Carpe diem”!

Y cuán consolador es lo que, a continuación, nos enseña la parábola: no es necesario pertenecer al grupo de los distinguidos, de los importantes, de los llenos de méritos. No: aunque vivamos en cualquier barrio de la ciudad, nos llega la llamada divina, aunque seamos lisiados o ciegos o vivamos en la parálisis de nuestros pecados, porque incluso si vamos pasando por casualidad por el camino, el llamado del Señor nos llega con la invitación a entrar a su cena.

“¡Es que yo no lo merezco, yo que he vivido una vida tan alejada de Él, que he sido tan malo, e ingrato, y pecador!”. Nada: por tu miseria misma has movido la misericordia del Señor. No tienes más que aceptar la invitación y acudir a la mesa. ¿Sin méritos? Podrás decir, si alguien te pregunta por ellos y te exige exhibirlos, lo que ha escrito San Bernardo en uno de sus sermones: “Mis méritos son Su misericordia”.   

Arcadia Mas y Fondevila, El Corpus Christi, hacia 1887, Museo del Prado (en depósito en otra institución)
(Imagen: Museo del Prado)

viernes, 4 de junio de 2021

Simplismo sin nobleza

Les ofrecemos hoy un artículo de Anthony Esolen, donde aborda el sentido que tiene la belleza exterior para iluminar los misterios de la fe. Desde mediados del siglo XX, y ostensiblemente tras la reforma litúrgica, la belleza ha dejado de acompañar a culto. Para recuperar la cultura cristiana, se hace imprescindible retornar al sentido de lo bello, que es uno de los trascendentales del ser junto con lo uno, lo bueno, lo verdadero, lo distinto, etcétera. Por cierto, la belleza implica una correcta proporción de las cosas que es objeto de contemplación, de suerte de que sus formas principales son la simetría, el tamaño, el orden y la delimitación. Ella no se opone a la simpleza. 

Autor de origen italiano y criado en el Canadá, Esolen (1959) se graduó en Princeton en 1981 y posteriormente siguió estudios de máster y doctorado en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, donde obtuvo ese último grado con una tesis sobre la retórica de la ironía en Edmund Spencer. Entre 1988 y 1990 enseñó en Furman University. De ahí se trasladó al Providence College de los dominicos en Rhode Island. Permaneció ahí hasta 2016, cuando sus críticas hacia la cultura de la diversidad y el lenguaje inclusivo que imperaba en el establecimiento forzaron su salida en medio de una campaña de profesores y estudiantes en su contra. En 2017 fue contratado por Thomas More College of Liberal Arts de New Hampshire, donde permaneció hasta 2019. En la actualidad es profesor residente del Magdalen College of Liberal Arts, también en New Hampshire. Además de más de medio millar de artículos (aparecidos sobre todo en Crisis Magazine, First Things, Touchstone y otras revistas católicas), ha publicado diversos libros, entre ellos dos traducidos al castellano: Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental (Ciudadela, 2009) y 10 maneras de destruir la imaginación de tu hijo (Homolegens, 2019). Esolen es conocido asimismo por haber traducido al inglés La Divina Comedia de Dante Alighieri, Sobre la naturaleza de las cosas de Lucrecio y Jerusalén liberada de Torquato Tasso. En esta bitácora habíamos publicado ya un artículo suyo sobre Dietrich von Hildebrand y la Santa Misa. A su vez, Wanderer ofrece una entrevista subtitulada entre Dereck Buikema y Anthony Esolen que recomendamos. 

El artículo fue publicado originalmente en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción. 

Anthony Esolen

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Simplismo sin nobleza

Anthony Esolen

Según la Instrucción Inter Oecumenici (1964), debía revisarse algunos de los ritos de la Misa para que las ceremonias pudieran “exhibir una noble simplicidad acorde con el espíritu de los tiempos”. La noble simplicidad exigía, aparentemente, que el llamado Último Evangelio, el tremendo prólogo del Evangelio de San Juan, dejara de leerse al final de la Misa, lo que produjo como resultado que los únicos fieles católicos que pueden escuchar esas palabras una sola vez al año son los que asisten a la Misa del día de Navidad.

Quizá ese Evangelio esté asignado también a algún otro domingo; no estoy bien seguro. En todo caso, lo seguro es que fue desplazado de su lugar de honor, de su arquitectónica centralidad. Por cierto, él se merecía ese lugar de honor. No existe en la Escritura otro texto tan completo, ninguno expresa, de modo tan conciso, lo que los cristianos creen acerca de Dios Padre y de la creación, de la Palabra Encarnada y de la salvación del hombre pecador, de la Cruz y de la Resurrección, de la gracia, de la verdad y de la luz de la fe.

Me imagino que esa “noble simplicidad acorde con el espíritu de los tiempos” fue un gesto vagamente hecho a la avidez modernista de desterrar todo ornamento, de reducir, de desnudar. No tiene sentido, de otro modo, en cuanto juicio, ya sea cultural, ya sea intelectual. ¿En qué sentido era la vida en 1964 más simple que en 1864? ¿De qué modo era más simple en 1964 que en 1864 enfrentar -sin adherir a alguna ideología, siempre reduccionista- la historia humana?

Tomemos, por tanto, las palabras del Concilio sólo como una orientación estética. ¿Qué significa simplicidad cuando se habla de obras de arte? La liturgia es más que una obra de arte, pero, al menos, es eso. Tan pronto como hacemos esta pregunta, entramos en un terreno en que, en la actualidad, muy pocos profesores de literatura, de música, de arte o de arquitectura osan aventurarse. Para qué mencionar cualquier comité diocesano de liturgia. Porque hay una diferencia entre lo simple y lo simplista, entre lo intrincado y lo caótico, entre lo complejo y lo confuso. Muchos ensayos de estudiantes secundarios son caóticos y confusos y simplistas, en tanto que la obra de Santo Tomás de Aquino es intrincada y compleja, pero profundamente simple.

(Imagen del artículo original)

Procuraré dejar que unos pocos edificios civiles iluminen este punto. Hace unos días tuve que “viajar”, mediante la vista de calles en Internet, por las calles más recorridas de la capital del condado en que nacimos tanto el actual Presidente como yo: Lackawanna, Pennsylvania. Como muchas antiguas ciudades industriales, Scranton tiene hoy la mitad de la población que antaño, aunque ha conservado algunos de los nobles edificios que adornaban sus calles. El edificio de los tribunales del condado es, según creo, tan hermoso como cualquier otro en los Estados Unidos. Su plaza arbolada está adornada con monumentos a Kosciuszko, Pulaski y al gran defensor de los mineros, John L. Lewis.

El viejo Templo Masónico, con un auditorio art déco tan amplio como para albergar, en aquellos tiempos, combates de boxeos, de lucha libre y conciertos de bandas, es actualmente un centro dedicado a las artes. Luego, enfilando hacia el norte por la Avenida Washington, uno se encuentra con una estructura de un neogótico algo tímido, construida con hermosos bloques de piedra. El frente de las piedras ha sido dejado sin pulir, por lo que conservan sus diversos colores terrosos. Las paredes altas y largas, que bordean un amplio terreno, están coronadas con granito y bronce -este último ha adquirido una bonita pátina verde pálido-. Las paredes son almenadas, lo que sugiere una fortaleza, y además hay, en las esquinas, torreones semicirculares que sobresalen de los muros. Me he encontrado con cartas postales de alrededor de 1900 que fotografían este edificio, que alberga a la Cárcel del Condado de Lackawanna.

Desde 1964 no se ha construido en Scranton nada tan hermoso como esa cárcel, cosa que se puede constatar recorriendo las calles. Lo que se encontrará será confusiones simplistas por todas partes, porque se ha construido muchas cosas nuevas, pero ninguno de esos edificios parece tener un principio organizativo coherente, aparte de semejar estanques de almacenamiento o trampas de turistas. Se parecen al nuevo edificio de tribunales y cárcel del condado -dos en uno, por cierto- que construyeron en lo que era, por entonces, mi condado de adopción, Kent, Rhode Island.

Llamar a este edificio feo es más de lo que se merece. Un sapo es feo. Para ser feo, primero hay que ser algo. Pero el Edificio de Tribunales del Condado de Kent no es cosa alguna artísticamente coherente. Es una confusión de ladrillos, vidrio, rectángulos de acero y trapezoides, sin orden alguno, con el terreno de la cárcel pegado a un costado, como una cola, o un cáncer, con mucho acero y alambre de púas. El Edificio Tribunales del Condado de Lackawanna proclama, a su modo, “Apoyamos los nobles ideales de la justicia y del orden”. La Cárcel del Condado dice más o menos lo mismo, en tono menor. El Caos del Condado de Kent no dice nada, aunque quizá diga “Este es el lugar burocrático donde hay que entregar los formularios”, un lugar que es un no-lugar, para personas reducidas a funciones.

Ciertamente deberíamos construir iglesias que sean tan hermosas como, al menos, la Cárcel del Condado de Lackawanna. Pero para poder hacerlo, necesitamos volver a pensar qué es lo que hace que algo sea bello, término que no figura en Inter Oecumenici. Lo cual ofrece tema para mil ensayos; pero hay que partir por alguna parte. Y el actual es un buen lugar para hacerlo: la belleza, en tanto cuanto es auténticamente simple, exige un principio organizador, que dé a cada cosa su lugar y que, por consiguiente, haga brillar la luz de la claridad sobre el conjunto. Nada es ad-hoc, o un aparte, o un apéndice.

Es crucial que esto se entienda correctamente. A veces, lo meramente ordenado es desnudo, chato; a veces, no, y a veces nos encontramos con lo sublime justo donde lo que había sido complejo y recovequeado se resuelve, finalmente, en simplicidad. El barroco puede ser (y lo es normalmente) ordenado, en tanto que lo modernista puede ser (y a menudo lo es) un enredo.

La Iglesia de Mézangers, Valle del Loira, Francia
(Foto: Flickr)

George Herbert es un poeta barroco en que ni una sola sílaba está mal ubicada o carece de peso. El todo está en cada una de sus partes, y cada parte deriva su sentido sólo del todo, y así el poema va progresando hacia un clímax que resulta sorprendentemente claro: “La niñez es buena salud, nunca hubo pena como la mía, algo se entiende, ay, mi Dios, no sé qué: por tanto, me senté y comí”. O escúchese el trozo polifónico de Tallis para Laudes de Pascua, “Dum transisset”: no hay órgano, sólo se oyen voces humanas en un extraordinario tejido de líneas musicales, en que se enfatiza las voces juveniles altas; sin embargo, no sé de ninguna otra obra que capture tan bien la misteriosa paz del amanecer de ese día eterno, hora en la que María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé fueron a la tumba con ungüentos para ungir el cuerpo de Jesús. En comparación con el orden y la claridad de Tallis, los Glorias que se canta comúnmente en los Estados Unidos y Canadá son hipos y gesticulaciones aquí y allá, sin coherencia melódica; son los defectos del rococó sin su encanto decorativo.

Los hombres son atraídos por la belleza en todas las épocas, aunque el espíritu de los tiempos durante mi vida la ha despreciado de un modo sorprendente. Permitamos que la Iglesia nos reconduzca a los verdes prados, en vez de llevarnos a los estacionamientos de autos y a las oficinas fiscales.

domingo, 30 de mayo de 2021

Fiesta de la Santísima Trinidad

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 28, 18-20):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto Yo os he mandado. Y mirad que Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos”.

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El sábado después de Pentecostés, al cumplirse la octava de Pentecostés (inexplicablemente suprimida, con grave perjuicio espiritual, por las supuestas “reformas” hechas después del Concilio Vaticano II), la Iglesia cierra el ciclo Pascual del año litúrgico (los cinco ciclos son el tiempo de Septuagésima, el tiempo de Cuaresma, el tiempo de Pasión, el tiempo Pascual, y el tiempo después de Pentecostés). Así pues, hoy, concluida la realización, en el tiempo histórico, de la obra de nuestra redención, la Iglesia da inicio al último de los mencionados ciclos con la Fiesta de la Santísima Trinidad.

Durante este tiempo, aunque quedan todavía importantes fiestas referidas a las Divinas Personas que van jalonando el paso de los meses hasta el comienzo de Adviento, la Iglesia resalta la celebración de los santos, que son el ejemplo vivo de la redención que el Hijo Encarnado ha obtenido para nosotros (por eso, quizá se podría llamar también a este último ciclo “el tiempo de los santos”). Los santos son el Evangelio puesto en vida, encarnado en las vidas tan disímiles entre sí de los numerosos fieles que nos han precedido en la fe. Se trata de un verdadero “Evangelio en acción”, ilustrado con los ejemplos de tantos hombres y mujeres, hermanos nuestros, que han cumplido, en plenitud, la voluntad de Dios. Porque en eso consiste la santidad: en cumplir la voluntad de Dios. No la voluntad nuestra, por muy meditada, madurada y bien aconsejada que se considere, por muy tranquila que esté nuestra conciencia con lo que hemos decidido hacer. Todo ello no sirve de nada: de nada en absoluto. Lo único que debemos hacer es la voluntad de Dios, no la nuestra. Es la voluntad de Dios la que ha definido, desde la eternidad y con su infinita sabiduría, el camino que cada uno de nosotros debe recorrer para llegar a la perfección de su ser y, llegado a ella, para gozar de la perfecta y sempiterna felicidad. Porque es la felicidad lo que Dios quiere para nosotros. Y el taimado empeño de buscarnos nuestra felicidad a nuestro modo está destinado inevitablemente al más perfecto fracaso.

Cómo habrá de ser esa felicidad perfecta que Dios nos tiene reservada es cosa que no podemos ni siquiera vislumbrar. San Pablo, que fue arrebatado en una visión a los cielos, se declara incapaz de comunicar lo que vio: “sé de un hombre en Cristo que […] fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede decir” (2 Co 12, 2-4), y agrega en otra parte “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co 2, 9). Los balbuceos teológicos (eso son incluso los del propio Santo Tomás de Aquino, el más grande de los teólogos, por propia declaración suya luego de tener, como San Pablo, una visión del cielo) nos indican que, por nuestra incorporación a la persona de Cristo (“el que come mi carne y bebe mi sangre está en Mí y Yo en él”, Jn 6, 56), somos incorporados a la vida de la Santísima Trinidad, somos “deificados”, se puede decir con toda razón (en una de las oraciones del Ofertorio, suprimido igualmente por aquellas tendenciosas “reformas”, se pide a Dios “danos […] participar de la divinidad de Jesucristo, Hijo Tuyo y Señor Nuestro, pues Él se dignó participar de nuestra humanidad”). Y así participamos de ese gran misterio, el misterio más importante y decisivo de nuestra fe, la Santísima Trinidad.

¿Qué se puede decir, con algún provecho, en un texto tan breve como éste, de ese misterio Trinitario, “Misterio tremendo” y, al mismo tiempo, “Misterio fascinante”? Siguiendo a algunos teólogos especialmente elocuentes, toda consideración sobre la Santísima Trinidad se condensa y resume diciendo que Ella es la expansión del Amor, es el despliegue eterno del Amor que une a las Tres Personas Divinas de un modo tan perfecto que son, efectivamente, una sola esencia o naturaleza divina; y cuya unión es tan absolutamente delicada que las Tres Personas Divinas no se reabsorben recíprocamente en la unidad de la naturaleza, sino que conserva cada una de Ellas su personalidad, lo que permite que haya entre Ellas un verdadero y perfecto diálogo de Amor absoluto, infinito y eterno.

San Juan, que se lanza siempre directamente al fondo abismal de la realidad, expresa esta expansión Trinitaria del Amor, que es Dios, apuntando a la esencia o naturaleza misma divina: “Dios es amor”. Y de ese Amor nosotros somos partícipes por nuestra incorporación al Cuerpo Místico de Cristo, una de las Tres Personas, infinita y perfecta y eterna y recíprocamente enamoradas.

¿Qué más se puede decir o siquiera imaginar de esto, que es la real realidad, puesto que las palabras faltan del todo? El propio San Juan, sin poder decir ya nada más, sólo atina a decirnos que nos aseguremos de amar a Dios con el propio amor con que Dios, a quien estamos incorporados en el Cuerpo Místico de Cristo, se ama: y la seguridad de estar en ese amor y de amar de ese modo es que cumplimos los mandamientos (“Sabemos que le amamos si guardamos sus mandamientos”, 1 Jn 2, 3); o sea, que hacemos la voluntad de Dios expresada en ellos. Precisamente para saber cómo se cumple de modo perfecto la voluntad de Dios es que, como decíamos, la Iglesia nos pone al frente, en este tiempo después de Pentecostés, las figuras de los santos, que los católicos celebramos con piedad, recordándonos que no se trata solamente de tomarlos como ejemplos, sino que, como amigos e intercesores, que viven ya la vida que a nosotros se nos ha prometido, nos ayudan desde el cielo, con perfecta caridad, a salvarnos. 

Jan Cornelisz Vermeyen, La Santísima Trinidad, siglo XVI, Museo del Prado
(Imagen: Museo del Prado)

sábado, 29 de mayo de 2021

Cómo las “formas” litúrgicas definen, de un modo concreto, la fe religiosa –o la corroen-

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski dedicado al sentido de las formas litúrgicas, que expresan un modo de comprender la fe. Cuando se extienden los rumores sobre una modificación o derogación del motu proprio Summorum Pontificum, que ha permitido el florecimiento y redescubrimiento de la Misa tradicional por tantas personas alrededor del mundo, conviene tener claro que no se trata sólo de formas rituales puestas en pie de igualdad: ellas son el reflejo de dos maneras distintas de aproximarse a la Divinidad. Por eso, es común decir que la Santa Misa es la catequesis más cotidiana, porque acompaña a los fieles durante toda su vida y los conduce hacia la comprensión de los misterios de la fe. Lo que ahí se aprende, es lo que modela la fe en Dios y el modo en que cada persona se acerca a su misterio insondable. Así pues, el llamado es a permanecer "fortes in fide", como decía San Pedro, defendiendo la Misa de siempre y la doctrina católica integral. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las fotografías provienen de la versión original. 

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Cómo las “formas” litúrgicas definen, de un modo concreto, la fe religiosa –o la corroen-

 Peter Kwasniewski 

Durante mil años los sacerdotes que celebraban la Misa en el rito romano cumplieron la norma de mantener unidos los dedos pulgar e índice desde el momento de la consagración hasta las abluciones (norma que, por cierto, se cumple todavía cuando se celebra la Misa tradicional). Esta costumbre es un reflejo de la profunda fe de la Iglesia en la Presencia Real de Cristo. Después de la consagración, el Señor está real, verdadera y sustancialmente presente bajo la apariencia externa de pan y de vino, lo cual significa que lo está en cada mínima partícula de la hostia. Por esta razón, el sacerdote no debe tocar descuidadamente otros objetos después de tocar la hostia, sino mantener esos dos dedos juntos, excepto cuando distribuye la comunión, hasta que los lava con las abluciones. De este modo, el sacerdote recuerda también, continuamente, el misterio tremendo que tocan sus dedos, y lo recuerdan asimismo los laicos.

Como laico, me molestaba que esta antigua y razonable costumbre hubiera desaparecido, por lo que decidí hacer una serie de preguntas a un considerable grupo de sacerdotes que celebran el usus antiquior, fundamentalmente para conocer la importancia que ellos le atribuyen a dicha costumbre. El resultado se publicó en New Liturgical Movement en cinco partes, con una conclusión final (el vínculo puede encontrarse aquí). Un sacerdote respondió el cuestionario con el siguiente relato:

“En la Misa en que se me ordenó de diácono, la Eucaristía se 'servía' desde una suerte de plato de vidrio… Yo lo purifiqué con gran cuidado después de la Comunión, en lo que empleé un considerable tiempo, que se notó, mayor que lo que el clero local y el pueblo estaban acostumbrados a ver. Después de la Misa, tanto el director de vocaciones como el obispo oficiante 'me corrigieron' en este punto: el obispo me recordó que la purificación era sólo una 'purificación ritual' y que no era necesario preocuparse mucho de ello porque el sacristán lavaba todo a continuación (posición totalmente incoherente). Esta fue mi introducción, harto lamentable, a la ausencia práctica, por parte del clero, de fe en la Presencia Real, cosa que he visto y experimentado muchas veces en los 11 años transcurridos desde entonces. Digo 'práctica' porque pocos negarían la Presencia Real y muchos la defenderían incluso con gran elocuencia. Pero la forma en que en la realidad tratan la Eucaristía delata su falta de comprensión y/o de fe (tal es especialmente el caso con el modo de tratar la Preciosa Sangre, el purificador, etcétera; pero ello es objeto de otro análisis).

“Por tanto, cuando comencé a estudiar el usus antiquior y me enteré del proceso detallado y sistemático de purificación, que en verdad no deja lugar a error alguno, y de cosas prácticas como mantener juntos los dedos que han tocado las especies consagradas hasta la purificación, se confirmó mi fe. Y aunque el conocimiento de la práctica histórica de la Iglesia me sirvió, quizá, para avivar mi conciencia de cuán mal pueden estar hoy las cosas, avivando simultáneamente mi dolor, al mismo tiempo fue para mí consolador saber que me encontraba en la posición correcta”.

Este encuestado puso el dedo en la llaga, si se me permite la expresión. La fe católica no es algo puramente abstracto que aprendemos y a lo cual asentimos, como ejercicio intelectual. Aprendemos nuestra fe y discernimos su significado mediante la práctica, a través de lo que hacemos a o con las palabras, cosas y personas que encarnan nuestra fe. Cómo hablamos al Señor o hablamos de Él; cómo tratamos los signos sacramentales y, sobre todo, su Cuerpo sacratísimo y vivificante y su preciosa Sangre; cómo tratamos a nuestros sacerdotes y cómo tratan ellos a su pueblo. He ahí donde nos damos cuenta, experimentalmente, día tras día, de cómo es la religión católica, y de si ella ha sido acaso reemplazada por un sistema rival de creencias.

Con nuestra práctica nos enseñamos a nosotros mismos; con nuestro ejemplo, enseñamos a quienes nos rodean, especialmente a los niños. Este es el punto en que la liturgia moderna ha fallado gravemente de muchas maneras y, en la práctica, por su repudio de la significación de formas vitales de expresión, de formas que comunican la esencia y propósito de la Misa. Lo que está en juego en esta escalada de tensiones entre “sensibilidades” litúrgicas diversas no es meramente la “forma” (como si se tratara de cuestiones de gusto o de arte), sino el significado inherente en la forma y expresado por ésta, es decir, la verdad. Y no sólo la verdad, sino la justicia, porque es por la virtud de la justicia que damos a Dios y a las cosas de Dios lo que con razón nos exigen, y que le debemos como creaturas suyas que de Él dependemos. Así, la diferencia entre el “rito viejo” y el “rito nuevo” es una diferencia de verdad y de justicia: se trata de dos religiones diferentes, tomando el término religión en su acepción tomista. 

Así como las formas llenas de unción y las prácticas de la liturgia tradicional indican y expresan verdades centrales de nuestra fe, las numerosas prácticas relajadas de que están llenas las liturgias Novus Ordo no son coherentes con el significado y propósitos de la Misa. Una amiga mía, una joven que efectuó el tránsito, hace algunos años, desde el Novus Ordo al rito tradicional, me ha enviado una reflexión que ilustra esta idea:

“Durante los años que asistí al Novus Ordo en parroquias muy concurridas (nada en absoluto como los Oratorianos), experimenté la sensación, muy palpable y oprimente, de algo que sólo se puede describir como dictadura de lo relajado. No es que yo no hubiera querido, desde un punto de vista personal, ver más reverencia, sino que la atmósfera misma la hubiera hecho parecer muy desubicada. Era raro sentirse ser una de las pocas personas que hacían una inclinación al rezar el Credo (a nadie se le hubiera ocurrido hacer una genuflexión). Resultaba igualmente raro mostrar un poco más de reverencia haciendo una inclinación de cabeza después de adorar la hostia en la consagración. Algunos fieles comulgaban en la lengua, pero era inusual. Si alguno se quedaba en su banco, aunque fuera por un momento, para hacer la acción de gracias después de terminada la Misa, ciertamente formaba parte de una minoría. Por cierto, había mucha charla, en presencia del Santísimo, sobre cosas como deportes, acontecimientos sociales, y toda clase de trivialidades. Era frecuente también incluir aplausos en la liturgia. Aplausos por un buen chiste en la homilía, o para quien anunciaba un picnic parroquial, o para el coro, cuando terminaba un arrebatador canto final: las ocasiones surgían con frecuencia.

“Existe una generalizada 'mala actitud' que conduce a esta oprimente dictadura de lo relajado. Para mí es un misterio qué es lo que mueve a esta fuerza insidiosa: si bien echó raíces hace muchos años, ¿qué es lo que la hace seguir vigente cuando hay mucha gente buena en esas parroquias que desea, aunque sea de un modo vago, una mayor reverencia? Por cierto, yo sé que todos debiéramos desear expresar nuestra fe en Dios abiertamente, incluso hasta la muerte. Pero sin duda hay algo que se ha descarrilado terriblemente cuando a uno le ocurre sentir furtivamente el sentimiento, casi la culpa, de expresar reverencia mediante un acto visible –'pero ¿qué te has creído, actuar tan devotita?'.

“Voy a contar algo que me viene a la memoria. Mis hermanas y yo pensábamos que usar un velo en la cabeza era bien bonito, pero recuerdo que mi argumento en contra era: 'Ya somos suficiente motivo de distracción en la iglesia allí, adelante, tocando nuestros instrumentos a la vista de todos. ¿Qué sería si además nos pusiéramos velo? Además, el velo no pega con el tipo de música que tocamos'. Ignoro si semejante razonamiento era correcto, pero ilustra la confusión en que se encuentran los fieles con hambre de reverencia, metidos en el rígido marco del Novus Ordo. Es un marco en que la piedad y la devoción a menudo se ven ridículos. Piénsese en ello: creamos una atmósfera en que se ve ridículo rendir honor al Señor en lo que se supone que es Su casa, y Su Sacrificio. Esto no es más que una descarada maldad”.

Resulta irónico que algunos partidarios del Novus Ordo critiquen a quienes adhieren a la liturgia tradicional por estar amarrados por las formas, cuando en realidad es imposible no preocuparse de las formas, puesto que no hay para nosotros, los humanos, ninguna verdad accesible que no esté revestida de formas. Toda liturgia se nos da como un determinado conjunto de formas que tienen su propio significado inherente; significado que será, o bien pleno, rico, certero y lleno de nutrientes ortodoxos, o bien banal, empobrecido, ambiguo e inadecuado a nuestras necesidades. En este sentido, todos estamos amarrados por las formas porque el lenguaje humano y la actividad espiritual son absolutamente formales. La primacía de la forma y la consiguiente prioridad de realizarla bien son inevitables; no existen en absoluto “cosas esenciales” independientes de formas que sean suficientes para nosotros.

Sin duda, el intelecto divino conoce la verdad separada de toda forma creada; pero el hombre conoce la verdad según como está expresada, de un modo determinado, por signos sensibles e inteligibles. Algunos signos están bien adaptados a la verdad que significan, y otros no. Por ejemplo, lo solemne es compatible con la noción de lo sagrado y, de hecho, es exigido por lo sagrado, en tanto que lo relajado y lo espontáneo, no.  

El libro La herejía de lo informe [The Heresy of Formlessness], de Martin Mosebach, pone de relieve la locura (y fealdad) de imponernos a nosotros mismos la fe moderna en una sociedad y en un mundo abstractos, donde las abstracciones reinan globalmente y gobiernan individualmente las relaciones, en contraste con la auténtica vitalidad espiritual que se encuentra en las cosas, en las cosas reales, y con el modo cómo las cosas y las acciones reales resuenan en el ámbito espiritual. Esta sensibilidad a la realidad material es algo que nuestra sociedad ha perdido: no sólo ha perdido la idea de que existe una realidad espiritual que abarca al mundo material, sino también la idea de que tocamos lo espiritual a través de lo que hacemos con la materia; en otras palabras, la idea de que la forma de las cosas y lo que hacemos con ellas tiene importancia para la vida del espíritu. Vemos en la reforma litúrgica el mismo desprecio cartesiano por la carne, que ha vuelto infértil el tesoro de formas que hemos heredado, a fin de ofrecer un culto tan puramente verbal y conceptual que sea concordante con una actividad humana pública.

Como lo muestra la experiencia histórica, la modernidad teme al catolicismo porque éste le recuerda -nos recuerda- que la realidad incluye lo sobrenatural, aquello que rodea y penetra lo natural con misteriosos poderes a que la razón puede acercarse, pero sólo mediante la fe y la analogía. Este acercamiento exige rendirse ante lo divino y aceptar la Tradición que la moderna epistemología, con su racionalismo y voluntarismo egocéntricos, no puede tolerar. Así como el liberalismo es, en el análisis que hace Newman, algo a medio camino entre el catolicismo y el ateísmo, así también el Novus Ordo está a medio camino entre una Tradición que tan pronto abarca como trasciende el tiempo, y una modernidad atrapada en su propia espiral de muerte.

En conclusión, los últimos cincuenta años de práctica litúrgica han cobrado un alto precio a la vida de fe de nuestras comunidades. La perspectiva del Novus Ordo se queda, erradamente, en abstracciones como la validez, y fracasa en reconocer la profunda conexión (¡humana y divina!) que hay entre forma, significado y verdad. Las consecuencias de este error son inconfundibles. Según S.E.R. Robert Barron, obispo auxiliar de Los Ángeles, por cada nuevo católico, hay seis que abandonan la Iglesia. En una encuesta entre católicos, el 80% de los menores de 50 años no cree en la Presencia Real. La pandemia no ha hecho más que acentuar las ya impactantes diferencias entre la práctica tradicional católica y su substituto moderno. La pérdida de fe, comprobada estadísticamente, es comprensible, incluso predictible, puesto que el principal catecismo para la mayoría de los católicos es la Misa. No sólo es benéfico sino necesario para la vida de nuestras iglesias un regreso general a la liturgia tradicional. Los obispos que no entiendan oportunamente esto habrán de oficiar con casulla blanca el funeral de sus diócesis cremadas.

En los ciclos históricos, incluyendo la historia de la salvación que se desarrolla para nosotros en las Escrituras, podemos ver épocas de exilio y las diversas respuestas de las personas a su condición de exiliados. Parece que vivimos en un período especial, caracterizado por un auto-exilio institucional, como si la Iglesia se hubiera transformado en su propio faraón y en su propio Pilatos. Lo cual no es excusa para dejar de hacer lo que podemos y debemos hacer como hijos de Israel, como discípulos de Cristo: por el contrario, se nos da una oportunidad perfecta para orar y buscar un regreso a la Tradición católica, cuyo corazón es una liturgia digna -y comunicadora- de la acción más importante de la Iglesia, que, por consiguiente, puede servir de fundamento a un futuro coherente. 

martes, 25 de mayo de 2021

III Congreso Summorum Pontificum México

Entre el 10 y el 13 de junio próximos se realizará el III Congreso Congreso Summorum Pontificum de México. Las actividades tendrán lugar en la ciudad de Guadalajara, estado de Jalisco y tierra de los Cristeros. 

El Congreso Summorum Pontificum es una convención de católicos que quieren conocer más la riqueza de su tradición litúrgica, artística, teológica, y espiritual. Este año la conferencia magistral será dada por Su Eminencia Raymond Cardenal Burke, miembro de la Signatura Apostólica en Roma, quien celebrará además una ordenación sacerdotal, la primera en México en muchos años. Durante el Congreso intervendrán también otros conferencistas, entre los cuales se cuentan el Dr. Peter Kwasniewski. el P. Javier Olivera Ravasi, el Dr. John Pepino y Gregory DiPippo. Habrá tres Misas pontificales y se impartirá el sacramento de la Confirmación. El Congreso Summorum Pontificum congregará católicos fieles de todo México y del extranjero para participar en este evento histórico. En el sitio web oficial se puede encontrar mayor información al respecto. 

La Misa de ordenación del Rev. Joel Pinto Rodríguez, FSSP, será celebrada por Su Eminencia el Cardenal Raymond Leo Burke el viernes 11 de junio de 2021, Fiesta del Sagrado Corazón, a las 17 horas en el Santuario de los Mártires de Cristo Rey de Guadalajara. 

domingo, 23 de mayo de 2021

Domingo de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 14, 23-31):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Todo el que me ame, guardará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él. El que no me ama, no guarda mis preceptos. Y la doctrina que habéis oído, no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Estas cosas os he dicho estando con vosotros. Pero el Consolador, el Espíritu Santo, que os enviará el Padre en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo cuanto Yo os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy Yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni tema. Habéis oído lo que os he dicho: Me voy, y vuelvo a vosotros. Si me amaseis, ciertamente os alegraríais de que me vaya al Padre; porque el Padre es mayor que Yo [en cuanto hombre]. Y ahora os lo digo antes de que suceda, para que lo creáis, cuando sucediere. Ya no hablaré mucho con vosotros, pues viene el príncipe de este mundo [Satanás]; pero en Mí no tiene parte alguna. Pero para que el mundo conozca que amo al Padre, y que como me ha mandado el Padre, así hago”.

***

Este texto, escrito por San Juan con contenida emoción, es la despedida de Jesús a sus discípulos. Y contiene tres mensajes que Él les da en este momento tan solemne, los cuales son especialmente importantes.

Primero: “Todo el que me ama, guardará mis mandamientos”. Qué fácil es decir que se ama a Dios, sin cumplir sus mandamientos. Qué fácil es decir, en ésta y muchas otras ocasiones de la vida, ya sea a Dios o a cualquier otra persona, “Te amo”. Pero esa declaración puede no ser sincera, aunque se piense que lo es: puede que sea expresión de una mera emoción, transitoria, como es lo propio de todas las emociones. Y, en el caso de Dios, la prueba de que es sincera es el cumplimiento de Su voluntad, expresada con toda claridad en sus mandamientos (¿dónde vamos a encontrarla expresada más claramente, si no?).

Por eso el mismo San Juan, que nos recuerda que “Dios es amor” (frase tan a menudo degradada en un puro sentimentalismo), insiste, en varias partes de su primera carta, en que el amor sea verdadero, y no una pura declaración romántica: “Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues éste es el amor de Dios, que cumplamos sus mandamientos” (1 Jn 5, 2-3). Poco antes ha escrito: “El que dice que lo conoce y no guarda sus mandamientos, miente” (1 Jn 2, 4).

Segundo: al que cumpla los mandamientos, “mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él”. El católico que cumple los mandamientos y que, por tanto, obedece la voluntad de Dios, es “mansión de Dios”, lugar donde Dios habita, donde Dios está en el interior más íntimo. San Agustín dice que, en nosotros, Dios es más íntimo que lo más íntimo que tenemos. Lo que nos hace reflexionar “¿cómo podría Dios tener su habitación en alguien que viola Sus mandamientos, que desprecia Su voluntad?”. El sabe, por cierto, que somos frágiles, y no tiene inconveniente en habitar en un hombre que peca venialmente, de modo no grave; Dios sabe convivir con nuestras flaquezas. Pero sabemos que hay también pecados graves que vuelven el alma inhabitable para Dios: esa alma le espeta, con su comportamiento más que con palabras, “¡Fuera, Tú! ¡No te quiero a Ti! ¡Yo quiero hacer lo que me plazca y no lo que te place a Ti!”. Ningún huésped podría dignamente seguir hospedándose en un lugar donde le dijeran esto. Tampoco Dios. Es, de nuevo, San Juan, el “apóstol del amor”, quien nos dice exactamente lo mismo, con palabras no edulcoradas: “Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte [o sea, venial], ore y alcanzará vida para los que no pecan de muerte. Hay un pecado de muerte [el pecado mortal], y no es éste por el que digo yo que se ruegue. Toda injusticia es pecado, pero hay pecado que no es de muerte” (1 Jn 5, 16-17).

Tercero:  en esta despedida, que podría ser triste como toda despedida, el Señor quiere alejar de nosotros la tristeza, y lo hace de un modo maravilloso: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy Yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni tema”. El mundo da una paz superficial, incapaz de eliminar el motivo más importante de tristeza y temor, la muerte. En nuestra época, se procura, en este aspecto, simplemente quitarnos la muerte de la vista, para que sigamos “gozando” como si ello fuera para siempre. Ya no se habla de la muerte ni de los muertos. Esta última palabra es considerada impropia, cruda, agresiva: se habla de “fallecidos”. Y la muerte es enmascarada con ingenuidades, globos, fuegos artificiales, cementerios como “parques” o “jardines”, llenos de sonrientes flores. La muerte, sin embargo, ha de llegar, y lo hará de modo terrible para quienes no están preparados, para quienes “no habían pensado en ella por ser malsano, negativo y morboso”. Pero el Señor, a quienes lo aman de verdad y lo demuestran cumpliendo sus mandamientos, les dice: “La paz os doy […] no os turbéis, no temáis”. Y podríamos agregar, parafraseando estas palabras magníficas: “No tengáis miedo de enfrentar la muerte, porque estáis en mi paz; Yo estoy con vosotros; Yo os tengo reservada una habitación en la casa de mi Padre; Yo estaré en vuestra intimidad en el momento de moriros; Yo os acompañaré y, al otro lado, seré Yo quien os reciba”. En muchísimos salmos se nos dice que Dios es “susceptor noster”, el que nos recibe, el que nos recoge, el que nos acoge.

En este día de Pentecostés, en que el Espíritu Santo viene a darnos con infinita generosidad sus dones, pidámosle la gracia de amarlo, de cumplir sus mandamientos, y de morir en su paz.

Nicolás Borrás, Pentecostés, circa 1575-1600, Museo de Bellas de Valencia