miércoles, 29 de diciembre de 2021

Dorothy Day y la liturgia

Dorothy Day (1897-1980) fue una periodista, activista social y oblata benedictina. Si bien es conocida gracias a sus campañas por la justicia social y en defensa de los pobres en los Estados Unidos, no siempre se menciona que era una fiel y devota católica de profunda vida interior, cuya acción en el mundo estuvo siempre inspirada por la Doctrina social de la Iglesia reflejada en la enseñanza de las Sagradas Escrituras y el Magisterio. Fue este ímpetu el que la llevó a fundar, junto con Peter Maurin (1877-1949), el Movimiento del Trabajador Católico en 1933, que todavía existe y está basado en los principios del distribucionismo. Así lo recordó el papa Francisco en su discurso pronunciado ante el Congreso de los Estados Unidos el 24 de septiembre de 2015: "Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos”. La vida de Dorothy Day sirve de recordatorio que la verdadera transformación del mundo según la ley del amor requiere previamente una conversión personal y una profunda vida sacramental y de oración. La acción de los laicos en medio del mundo debe estar inspirada por la gracia que actúa en sus almas, recordando que Cristo pidió al Padre no que quitase a sus discipulos del mundo, sino que los perservase del mal que ahí campea (Jn 17, 15). Sólo de este modo resulta posible trabajar con eficacia por un orden social cristiano. El 16 de marzo de 2000, el papa Juan Pablo II autorizó al Arquidiócesis de Nueva York para iniciar el proceso de promover su causa para la canonización. Desde entonces, Dorothy Day es sierva de Dios.  

Su vida es un buen ejemplo de la transformación radical que provoca la conversión de un alma que se vuelve a Cristo. Dorothy Day fue una mujer divorciada que abortó por miedo a ser abandonada por su amante. Trabajó como periodista de la izquierda estadounidense, defendiendo con ardor los derechos de las mujeres, el amor libre y el aborto. Pero estos pecados no le impidieron lograr una sincera conversión, la cual fue un estímulo para tratar de contagiar el Evangelio en la sociedad y así ser ejemplo de santidad en medio de lo cotidiano. Conocida es su respuesta a un periodista: "No me llame santa. No quiero que me despache tan fácilmente", recordando que la santidad no es un estado permanente, sino un camino largo y estrecho donde el alma debe identificarse con la voluntad de Dios, venciéndose a sí misma. Por eso, en una catequesis sobre la conversión hacia el final de su pontificado, Benedicto XVI elogiaba su "capacidad de oponerse a las lisonjas ideológicas de su tiempo para elegir la búsqueda de la verdad y abrirse al descubrimiento de la fe".  

Dorothy Day oyendo Misa (1973)

Dorothy Day dejó escrito el testimonio de su vida en dos libros: el primero de ellos se intitula Mi conversión. De Union Square a Roma y fue publicado en 1938 como una suerte de diálogo a su hermano menor, seducido por las ideas del marxismo, a quien está dedicado; el segundo es el más conocido, lleva por título La larga soledad y fue publicado en 1952. Ambos han sido traducidos a diversos idiomas, entre ellos el castellano. 

En el relato de su conversión, Day deja claro cómo la liturgia fue influyendo de manera paulatina en su encuentro definitivo con Dios. Como recuerdan Mark y Louise Zwick, "el catolicismo era para Dorothy el centro de su existencia. Su nervio vital [...] Participaba en la Misa diaria, visitaba al Santísimo Sacramento diariamente, rezaba la liturgia de las horas, rezaba el rosario y se confesaba semanalmente". Para llegar a esa vida de piedad, donde tampoco faltaba la lectura espiritual, primero tuvo que sortear diversos obstáculos y ser dócil a la gracia. 

Pero dejemos que sea ella quien cuente la influencia que tuvieron los ritos de la Iglesia católica en su camino hacia ella: 

Tal vez te sorprenda saber que, muchas mañanas, después de pasar la noche sentada en una taberna o al volver de bailar en Webster Hall, entaba en St. Joseph para oír la primera Misa. La iglesia estaba a la vuelta de la esquina de mi casa y me llamba la atención ver entrar a la gente a primera hora para la Misa diaria. ¿Qué encontraban allí? Era como si palpara la fe de quienes me rodeaban y tuviera ansias de ella. Por eso, solía entrar y quedarme arrodillada en el último banco de St. Joseph y es posible que incluso suplicara: "Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador". 

Interior de la Parroquia Saint Joseph (Yorkville, Manhattan) en la época en que Dorothy Day asistía a ella

Se trabajaba mucho [en el hospital], pero la alegría y el entusiamo de la señorita Adms resultaban contagiosos. Era católica y durante el año siguiente llegamos a mantener una relación tan estrecha que acabé admirándola mucho, y atribuía su bondad natural y su competencia a la fe que profesaba. Sólo asistía a Misa una vez a la semana y nunca hablaba de religión. En su habitación no había libros católicos, a excepción de un devocionario, que utilizaba en contadas ocasiones. Pertenecía a esa clase de católicos cuya fe forma parte de su vida de un modo tan sólido que no necesitaba hablar de ella. Yo percibía la salud de su alma. La notaba fuerte y vigorosa, pero la señorita Adams no hablaba de ello porque más de lo que lo hacía de su salud física. Empecé a acompañarla a Misa los domingos por la mañana, aunque eso significara privarse de una pocas horas de descanso muy necesario. La Misa se celebraba a las cinco o cinco y media. Nosotras trabajábamos de siete de la mañana a siete de la tarde y librábamos medio día de domingo y otro medio día entre semana. Se suponía que por las tardes teníamos dos horas libres, pero en realidad las dedicábamos a las clases. 

[En Nueva Orleans] Vivíamos en St. Peter Street, enfrente del Cabildo y de la Catedral. Yo encontré trabajo en un periódico matutino, The Item, y ese invierno me dediqué exclusivamente al periodismo, escribiendo entrevistas y reportajes de interés humano. Muchas tardes tenía trabajo que hacer, pero, cuando no era así y oía las campanas de la catedral llamando a algún acto vespertino [Nota de la Redacción: las Misas vespertinas sólo fueron autorizadas por el papa Pío XII en 1957], solía entrar en el templo. Fue la primera vez que asistí a una Bendición y me causó una profunda impresión. Solamente la devoción que reflejaba la postura corporal de quienes estaban allí me hacía me hacía inclinar la cabeza. ¿Percibía tal vez una presencia? No lo sé. Pero sí recordaba estas palabras de la Imitación [de Cristo] [del que en otra parte del libro dice: "es un libro que me ha acompañado toda la vida"]: "¿Quién, llegando humildemente a la fuente de la suavidad, no vuelve con algo de dulzura? ¿O quién está cerca de algún gran fuego, que no reciba algún calor?" (Libro IV, Capítulo IV). 

Quería saber qué decían los himnos de la Bendición y compré un librito de oraciones en una tienda de objetos religiosos de esa misma calle, un poco más abajo. Leía la Misa. Por las mañanas tenía que estar en el trabajo en torno a las siete y los domingos estaba demasiado cansada para levantarme temprano. Pero ese librito me enseñó muchas cosas. No conocía a ningún católico en Nueva Orleans. Si alguno de mis conocidos lo era, siquiera de nombre, no me lo dijo. Nadie me habló de ese tema. Pero mi pieda era sincera y continué haciendo "visitas".

El arzobispo Marcelino Olaechea imparte la bendición con el Santísimo Sacramento en la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, de Valencia (1961)

Ahora voy a Misa todos los domingos por la mañana [Nota de la Redacción: se refiere al período en que vivía en la Isla Staten, en el estado de Nueva York, sin haber sido todavía recibida formalmente en la Iglesia católica]. 

Mi hija [Teresa] nació en marzo [de 1926], al final de un crudo invierno. En diciembre tuve que dejar el campo y alquilar un pequeño departamento en la ciudad [de Nueva York]. Se estaba bien allí, cerca de los amigos, cerca de una iglesia en la que poder detenerme a rezar. Leía mucho la Imitación de Cristo. Sabía que iba a bautizar a mi hija en la Iglesia católica, por alto que fuera el precio. Sabía que no la iba a dejar dando tumbos durante años, como me había ocurrido a mí, entre dudas y vacilaciones, sin disciplina y sin moral. Creía que era lo mejor que me podía hacer por un hijo. En cuanto a mí, pedí el don de la fe. Estaba y no estaba segura. Y posponía mi decisión. 

Finalmente, llegó el gran día y pasó. [En julio de 1927] Teresa recibió el bautismo y se convirtió en miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Yo no sabía nada del Cuerpo Místico: de otro modo, tal vez me habría inquietado separarme de ella. 

Por fin, precipitadamente y llena de dudas derivadas de esa prisa indecorosa, tomé la decisión de acabar con mis titubeos y me bauticé. 

Fue un día tristísimo de diciembre de 1927 [el 28 de ese mes, fiesta de los Santos Inocentes, que hoy también sirve para conmemorar a los niños abortados], y el viaje desde la ciudad hasta Tottenville, en Staten Island, se me hizo largo. Mientras cruzaba la brumosa bahía en el ferry, no me abandonó la lúgubre idea de que estaba actuando con demasiada precipitación. No me sentía en paz, ni alegre, ni siquiera convencida de que estaba en lo correcto. Simplemente, era algo que tenía que hacer, una tarea que cumplir. Cuando me permitía pensar, dudaba de mí misma. Me odiaba por ser débil e indecisa. Me consumía la inquietud y no hacía más que caminar de aquí para allá en la cubierta del ferry; mi angustiado espíritu casi me hacía gemir. Quizá el demonio estuviera en el barco. 

Allí me estaba esperando la hermana Aloysa [que pertenecía a las Hermanas de la Caridad] para actuar de madrina. Ni siquiera sé si hubo padrino. El padre Hyland, amablemente y con discresión, sin expresar ninguna emoción, me oyó en confesión y me bautizó. 

Por fin era católica, aunque nunca he sentido menos la paz, la alegría y el consuelo que posteriores experiencias me han demostrado que la religión es capaz de aportar. 

Al año, celebré llena de gozó mi confirmación y nunca pasa Pentecostés sin un renovado sentimiento de felicidad y agradecimiento por mi parte. Fue entonces cuando me abandonó la incertidumbre para -¡gracias a Dios!- no regresar jamás. 

Dorothy Day recogida durante la Misa (1973)

A comienzo de la década de 1940, Dorothy Day comenzó a participar de la espiritualidad benedictina. En 1955 profesó como oblata de la Abadía de San Procopio, de Lisle, Illinois. Los cambios litúrgicos que trajo consigo el Concilio Vaticano II no fueron indiferentes para Dorothy Day. En una columna publicada en The Catholic Worker en de marzo de 1966 escribió: "Me temo que soy un tradicionalista, porque no me gusta ver la Misa ofrecida con una gran taza de café como cáliz". También es conocida la reconvención que hizo al R.P. Daniel Berrigan, S.J., cuando éste iba a decir la Santa Misa en una de las granjas de trabajadores católicos que había en Nueva York. Berrigan estaba a punto de salir de la sacristía revestido sólo con la estola, como empezó a ser costumbre por aquellos años. Day lo detuvo y le insistió en que se pusiera las vestimentas adecuadas antes de comenzar la Misa. Cuando Berrigan se quejó de estos escrúpulos respecto del vestuario litúrgico que contrariaban los signos de los tiempos, ella le respondió: "En esta granja obedecemos las leyes de la Iglesia". El sacerdote volvió atrás, se revistió correctamente y volvió a salir para rezar la Santa Misa con los ornamentos que manda la Iglesia.

Sin embargo, no todos los cambios de aquellos años le desagradaban, puesto que consideraba que la nueva liturgia ayudaba a acercar a los fieles al misterio. También le gustaban los cantos de los salmos según las composiciones del R.P. Joseph Gellineau, S.J. Siguió asistiendo devotamente a Misa todos los días, pues señalaba que necesitaba del alimento espiritual tanto como del corporal. 

Dorothy Day concluye su libro La larga soledad casi de la misma manera como acaba la Divina Comedia de Dante: "La palabra final es amor. […] No podemos amar a Dios, si no nos amamos unos a otros, y para amar tenemos que conocernos unos a otros. A Él le conocemos en el acto de partir el pan, y unos a otros nos conocemos en el acto de partir el pan y ya nunca estamos solos. El cielo es un banquete y la vida es también un banquete, aun con un mendrugo de pan, allí donde hay comunidad. Todos hemos conocido la larga soledad y todos hemos aprendido que la única solución es el amor y que el amor llega con la comunidad". El Amor, aquel que mueve el sol y todas las demás estrellas, aquel en que en el otoño de nuestras vidas seremos juzgados, aquel que es constitutivo formal de Dios, aquel que es el contenido del libro que el Ángel entrega al profeta en el Apocalipsis. Ese Amor es "el corazón de la fe cristiana", porque refleja "la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino", como enseñaba el papa Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est (2005). 

El amor de Cristo por el mundo, al cual amó hasta el extremo, Dorothy Day lo veía reflejado sobre todo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, hoy tan menospreciado

La pregunta es: ¿por qué intituyó Cristo este sacramento de su Cuerpo y su Sangre? La respuesta es muy sencilla: porque nos amaba y deseaba estar con nosotros. "Mis delicias son estar con los hijos de los hombres". Él nos ha creado y nos ama. Su presencia en el Santísimo Sacramento es la gran prueba de ese amor. 

En su ejemplar del libro Piedad litúrgica, de su contemporáneo el R.P. Louis Bouyer, C.O., Dorothy Day había subrayado un pasaje sobre el sentido que tiene el tomar la propia cruz para el cristiano. Bouyer decía en ese texto que uno “no puede evitar sobrellevar la carga de su dolor sobre sí mismo. Pero este hecho e también es lo que permite que el cristiano ame al mundo con el amor de Aquel que 'tanto amó al mundo que dio Su Hijo Unigénito'". El amor cristiano nace del sacrificio de Cristo en la cruz, el cual se renueva diariamente sobre el altar en la Santa Misa. Se comprueba así cuán cierta es esa triple amnesia que sufrió la Iglesia después del Concilio Vaticano II y que denunciaba el Dr. Peter Kwasniewski, consistente en haber dejado de lado la sagrada liturgia, la doctrina social y el pensamiento de Santo Tomás de Aquino como tres elementos que deben estar unidos (véase aquí y aquí el capítulo 14 de su libro Resurgimiento en medio de la crisis: Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia).

Dorothy Day en Misa. La foto fue tomada en 1973

Nota de la Redacción: Las referencias sobre la importancia de la liturgia en su conversión y sobre el significado de la presencia de Jesús bajo las especies eucarísticas están tomadas de Day, D., Mi conversión. De Union Square a Roma (trad. de Gloria Esteban, Madrid, Rialp, 2014), pp. 93-94, 98, 110-111, 123, 128, 137, 140-141 y 158. La cita de La larga soledad procede del artículo de Jaime Nubiola publicado en Omnes. Las anécdotas relativas a la Misa reformada provienen de un artículo publicado en The ISM Yale Review y de Wikipedia. Para los datos biografías de Dorothy Day se ha acudido a Wikipedia (en castellano y en inglés), Aciprensa y Encuentra, además del prólogo y el epíologo del libro Mi conversión (pp. 11-14 y 169-174, respectivamente). Los créditos de las fotografías se indican al pie de cada una de ellas. 

lunes, 27 de diciembre de 2021

Domingo de la infraoctava de Navidad

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 2, 33-40):

“En aquel tiempo, José y María, madre de Jesús, estaban maravillados de lo que oían decir de Él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, su madre: Sábete que Éste ha sido puesto para ruina y para resurrección de muchos en Israel y como signo de contradicción; y una espada traspasará tu alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones. Había allí una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser; ésta era ya muy anciana y había vivido siete años con su marido desde su virginidad. Y esta viuda, que tenía 84 años, no se apartaba del Templo, sirviendo en él día y noche con ayunos y oraciones. Ésta, pues, sobreviniendo a la misma hora, alababa al Señor, y hablaba de Él a todos los que esperaban la redención de Israel. Y cuando hubieron cumplido todas las cosas conforme a la Ley del Señor, volviéronse a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y el Niño crecía y se robustecía, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba en Él”.

 ***

Después de la dulzura de la Navidad, que el mundo actual ha transformado en abominable azucaramiento desprovisto de todo sentido, la Iglesia nos recuerda, de inmediato, que el Niño que ha nacido no es sólo motivo de arrobamiento y gratitud a Dios por la inefable bondad que ha tenido con nosotros al entregar a su Hijo por nuestra salvación. Por el contrario, inmediatamente nos hace presente la otra cara de la medalla, ésa que los pastores modernistas actuales le escamotean escandalosamente al Pueblo de Dios poniendo en terrible peligro precisamente esa salvación que el Niño nos trae: porque, en efecto, no es cierto que ya estamos todos salvados y que nos encontramos ya en la otra orilla, la orilla segura, de la cual nada ni nadie podrá arrancarnos. No. Estamos todavía en la lucha cotidiana, que sostenemos merced a la gracia salvadora que nos trae Jesús recién nacido. Y aunque sea una batalla cuya victoria se nos asegura si somos fieles, podemos no serlo y perder esta guerra: como dice San Pablo, “no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires” (Ef 6, 12). Y si perdemos la batalla, ese Niño, esa misma Divina creaturita que yace hoy en el pesebre, será el Juez que nos ha de juzgar en el momento siguiente a nuestra muerte, dándonos en pago la ruina si no hemos sabido aprovecharnos de su bondad. Todo bondad hasta que morimos. Todo severidad desde que morimos.

Porque tal es la realidad que nos revela el Evangelio de hoy. Ese Jesús accesible con sólo desearlo, esa fuente infinita de bondad y misericordia que ha de manar para nosotros hasta el último instante de nuestra vida, se transformará, en el primer instante que sigue a esta vida terrena, en un abrir y cerrar de ojos, en el juez riguroso y severo, que no dejará céntimo sin cobrar (cf. Mt 5, 26) y que, llegado el caso de merecerlo, nos enviará al lugar de la oscuridad donde rechinan los dientes, “donde el gusano no muere ni el fuego se apaga” (Mc 9, 48), sin que haya ya una muerte segunda que nos libre de ambos. “Terrible cosa es caer en las manos del Dios vivo” (Hb 10, 31), “el que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, y cierra y nadie abre” (Ap 3, 7).

“Ah”, dicen los modernistas, “religión del castigo y del miedo; religión de un Dios veterotestamentario y cruel, que no atrae a la salvación, que, por el contrario, repele y atemoriza y hace huir a quienes lo miran”. Como si hubiera dos dioses: el del Antiguo Testamento, y el del Nuevo Testamento. Como si el del Nuevo Testamento fuera absolutamente Otro, que no condena, que no castiga, que no amenaza, que no es “ruina […] para muchos en Israel”, como dice el Evangelio de hoy.

Tal es la predicación mentirosa y peor, herética, que muchos pastores realizan hoy, dando la salvación individual como un hecho, negando el castigo eterno (“sería una crueldad inaceptable en un Dios”), y reemplazándolo, a lo más, por una aniquilación que reduce al hombre a la nada y le evita tener que sufrir por el mal que, en vida, se deleitó haciendo. Ni el agnóstico de Kant concibió tamaña injusticia: para este filósofo, la existencia de Dios venía exigida por la aplicación de la justicia, en otra existencia, a los malos que no han recibido su castigo en esta vida. Pero esos pastores no se rinden ni ante el mensaje expreso del Evangelio ni ante la especulación de la filosofía. Así se han endurecido en su error y así hacen errar a sus ovejas.

El Evangelio de hoy nos ofrece, pues, la posibilidad de contemplar algo tan maravilloso como realista: ese mismo Jesús que, hasta que exhalemos nuestro último suspiro es un Dios que derrocha misericordia y perdón a quien meramente se lo pide, es también un Juez insobornable que, por amor a la Justicia, no perdona ni la ofensa más insignificante.

La presentación de Jesús en el Templo, con la profetiza Ana de rodillas ante el Mesías al que comienza a anunciar

sábado, 25 de diciembre de 2021

Feliz Pascua de Navidad

La Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, desea a todos sus feligreses y bienhechores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Pascua de Navidad. Que este día, en el cual el Salvador se hizo carne, sea una ocasión propicia para renovar nuestra conversión, pidiendo ayuda a la Santísima Virgen. 

Exsulta satis, filia Sion; iubila, filia Ierusalem. Ecce rex tuus venit tibi iustus et salvator ipse

Regocígate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén. Mira que tu rey viene a ti, el Santo, el Salvador del mundo

(Zach 9, 9, tomado de la Comunión de la Misa de la Aurora del día de Navidad)

Federico Barocci, La Natividad, 1597, Museo del Prado (Madrid, España) 
(Imagen: Museo del Prado)

jueves, 23 de diciembre de 2021

¿Quién niega la validez del Novus Ordo? Prepárate para una sorpresa

Compartimos con ustedes un breve, pero sugerente artículo de Phil Lawler que aborda un punto que hasta ahora no se ha cuestionado demasiado en torno a las medidas restrictivas impuestas por la Sede Apostólica respecto de la Misa de siempre. Se trata de la obligación de los obispos de comprobar que los grupos tradicionalistas "no excluyan la validez y la legitimidad de la reforma litúrgica, de los dictados del Concilio Vaticano II y del Magisterio de los Sumos Pontífices". La validez se refiere al hecho de que no se niegue que, a través del rito reformado, se produce el sacramento de la Eucaristía, vale decir, que se dan las cuatro condiciones para que tal exista: materia, forma, ministro e intención. Por su parte, el término "legitimidad" alude a aquello que ha sido establecido según el derecho. Ninguna de las dos condiciones es puesta en entredicho por los grupos que participan de la Misa tradicional celebrada conforme al derogado motu proprio Summorum Pontificum y la instrucción Universae Ecclesiae que lo desarrolaba. Distinto es el aspecto de la licitud, relacionado con la observancia de las rúbricas y normas canónicas que rigen la celebración del rito, que depende de cada Misa en concreto. Ahí el juicio no se puede efectuar en abstracto, sino viendo cómo el sacerdote está celebrando esa Misa, si sigue o no las indicaciones contenidos en los libros litúrgicos o, siguiendo su creatividad, se aparta de ellas e improvisa oraciones, gestos, palabras, etcétera. 

Ahora bien, se supone que todo católico debe aceptar que la Misa es aquello que define el Catecismo de la Iglesia Católica, porque en eso consiste la fe católica. Ahí se dice: "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (CCE 1323). Pues, ¿y qué sucede con aquellos católicos que niegan que la Misa sea un sacrificio o que "en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están 'contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero'" (CCE 1374)?

Lamentablemente, esto ocurre y con mucha frecuencia. Por ejemplo, hoy Infocatólica informa sobre una homilía pronunciada por S.E.R. Carlos Gustavo Castillo Mattasoglio, arzobispo de Lima, donde niega que la muerte de Jesús en la cruz fuese un sacrificio propiciatorio (CCE 1367). En sus palabras: "Jesús no muere haciendo un sacrificio de un holocausto. Jesús muere como un laico asesinado, que él decide no responder con venganza y que acepta la cruz para darnos signo de vida. Y muere como un laico que da esperanza a la humanidad. Muere como un ser humano como todos ustedes que están aquí presentes". De esto se sigue que la Santa Misa, que el mismo sacrificio redentor actualizado de manera incruenta sobre el altar, tampoco puede tener ese carácter. Otro caso que ilustra lo que se viene diciendo. Hace dos años, Infovaticana reproducía los resultados de una encuesta hecha a los católicos estadounidenses. El resultado fue que el 50% de ellos cree que la Sagrada Eucaristía es un "símbolo" y niega que se trate de la Presencia Real de Cristo bajo las especies de pan y vino. En otras palabras, niegan que la Santa Misa sea un misterio sacramental, que en ella se produzca la transustanciación y que ahí, sobre el altar, bajo la apariencia de los accidentes del pan y el vino, está verdadera, real y sustancialmente presente Jesucristo, que se entregó a la muerte (y muerte de cruz) por el redención del género humano.

Por lo demás, la situación actual coincide con la revelación particular que la beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824) dejó por escrito y en que se refiere a la profranación de Jesús Sacramentado y la Santa Misa: "Los sacerdotes dejaban que se hiciera cualquier cosa y decían la Misa con mucha irreverencia. Vi pocos que tuvieran todavía piedad y juzgasen sanamente las cosas. [...] Vi muy a menudo a Jesús mismo cruelmente inmolado sobre el altar por la celebración indigna y criminal de los santos misterios. Vi ante los sacerdotes sacrílegos la Santa Hostia reposar sobre un altar como un Niño Jesús vivo que ellos cortaban en trozos con la patena y que martirizaban horriblemente. Su Misa, aunque realizando realmente el Santo sacrificio, me parecía como un horrible asesinato. [...] la devoción al Santísimo Sacramento caería completamente en decadencia y el sacramento mismo en el olvido. [...] Veo los enemigos del Santísimo Sacramento que cierran las Iglesias e impiden que se le adore, acercarse a un terrible castigo. [... Veo] que se mina y se asfixia la religión tan hábilmente que no queda a penas más que un pequeño número de sacerdotes que no estén seducidos". 

El artículo que ahora compartimos fue publicado por Catholic Culture y ha sido traducido por la Redacción. Phil Lawler ha sido periodista especializado en temas católicos por más de 30 años. Ha editado varias revistas católicas y escrito ocho libros. Fundador de Catholic World News, es el director periodístico y analista principal de Catholic Culture

Phil Lawler

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¿Quién niega la validez del Novus Ordo? Prepárate para una sorpresa

Phil Lawler

En su nuevo y sorprendente documento, que aumenta las restricciones respecto de la Misa  tradicional, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos acusa a muchos católicos tradicionalistas de no reconocer la validez de la liturgia del Novus Ordo. De ahí que, se nos dice, la adhesión a la liturgia tradicional representa una seria amenaza para la unidad de la Iglesia.

La Congregación para el Culto Divino no ofrece evidencia que apoye esta acusación contra los tradicionalistas, al igual que, en Traditionis Custodes, el papa Francisco no prueba que la consulta mundial hecha a los obispos demostrase una preocupación generalizada sobre la fricción supuestamente causada por el movimiento tradicionalista. Los conocedores del Vaticano informan que, de hecho, en sus respuestas a la encuesta (si es que se tomaron el tiempo para responder), la mayoría de los obispos no denunciaron dificultades con los grupos tradicionalistas. Además, los católicos familiarizados con el movimiento tradicionalista rara vez o nunca se encuentran con fanáticos que niegan la validez de la liturgia posconciliar. Pero incluso si la denuncia de la Congregación para el Culto Divino fuese cierto, la respuesta del la Santa Sede sería desproporcionada. Dejadme que me explique.

Los católicos que asisten a la Misa tradicional constituyen regularmente solo alrededor del 1% de la población católica total del mundo. Si el 1% de esos tradicionalistas rechazara el Novus Ordo (y creo que esa estimación resulta demasiado alta), entonces el problema se limita a una minoría apenas visible.

Sin embargo, entre los católicos que asisten a Misa con frecuencia en las parroquias ordinarias, ¡una abrumadora mayoría rechaza la validez de la liturgia del Novus OrdoEncuesta tras encuesta muestra que más del 70% de los católicos no creen que Jesucristo se haga verdaderamente presente —con Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad— en la Misa. Pero si Jesús no está presente —si la Eucaristía no se confecciona — entonces la Misa no es válida. Por lo tanto, la mayoría de los fieles de una parroquia católica común creen que la Misa a la que están asistiendo no es válida. Q.E.D.

Ahora bien, muy pocos de esos católicos "ordinarios" dirían que la Misa es inválida, porque no reconocerían el poder del silogismo en el párrafo anterior. Generaciones de catequesis miserables han dejado a millones de laicos sólo con una vaga idea de lo que es la Eucaristía, lo que logra la Misa. Aun así, el hecho es que la mayoría de los católicos rechazan, o tal vez de manera más exacta, son indiferentes a este dogma fundamental de la fe. Si son indiferentes, con mayor razón pueden alejarse de la Iglesia. Si rechazan la enseñanza católica, socavan la unidad de los fieles.

Afortunadamente, la mayoría incrédula está equivocada, al igual que cualquier tradicionalista que niega la validez de la liturgia posconciliar. El Novus Ordo es válido; la Eucaristía es la Presencia Real de Jesucristo. Pero en aras de la unidad dentro de la Iglesia, sin mencionar la claridad de la doctrina, el hecho de que más del 70% de los fieles nieguen efectivamente la enseñanza de la Iglesia sobre la Eucaristía, la "fuente y cumbre de la vida cristiana", es sin duda una preocupación más urgente que la afirmación de que el 0,01% niega la validez de la nueva liturgia.

Las nuevas restricciones del Vaticano requieren que los obispos se aseguren de que las comunidades tradicionalistas restantes acepten la validez del Concilio Vaticano II y las reformas posconciliares. La coherencia sugiere que se deben aplicar los mismos estándares a todas las parroquias católicas. Se debe alentar a los obispos a asegurarse de que sus pastores instruyan adecuadamente a la gente sobre la realidad de la Eucaristía.

El hecho de que la Congregación para el Culto Divino vea las cosas de otra manera, y quiera tomar medidas enérgicas primero contra los focos de resistencia tradicionalista, sugiere que hay algo más en cuestión aquí: no se trata solamente de un simple deseo de unidad de la Iglesia. Mañana, en este espacio, exploraré algunas otras explicaciones para las extrañas prioridades del Vaticano.

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Nota bene: Detrás de las normas dictadas para la Misa tradicional, subyace una comprensión voluntarista de los sacramentos, como ha dicho Caminante Wanderer. Ellos son un acto de poder de la jerarquía eclesiática, que se dan o quitan a los fieles a discreción, diluyendo la función salvífica que tienen. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña, siguiendo al Concilio Vaticano II, que "la Eucaristía es 'fuente y culmen de toda la vida cristiana'", de manera que todos "los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua" (1324).  La misión fundamental de la Iglesia es buscar la salvación de las almas y, por tanto, resulta contrario a esa finalidad quitar a los fieles la Santa Misa, que es la renovación incruenta del mismo Sacrificio redentor de Cristo. No hay que olvidar que "los fieles tienen derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia principalmente la palabra de Dios y los sacramentos" (canon 213 CIC), y que pueden "tributar culto a Dios según las normas del propio rito aprobado por los legítimos Pastores de la Iglesia, y a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia" (canon 214 CIC). Según la inmortal definición de Ulpiano, "la justicia consiste en la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo", vale decir, atribuir a cada persona aquello a lo que tiene derecho. Las disposiciones actuales sobre la Misa de siempre no son justas y desconocen los derechos fundamentales de los fieles (véase aquí y aquí dos comentarios canónicos a las Responsa sobre el motu proprio Traditionis Custodes). 

martes, 21 de diciembre de 2021

¿Pueden los católicos “reconocer y resistir”?

Siguiendo con el artículo publicado el domingo del Dr. Peter Kwasniewski , les ofrecemos hoy otro de Eric Sammons sobre la resistencia ante medidas que se consideran injustas. El autor se pregunta si se puede, en verdad, reconocer y resistir en situaciones como éstas, concluyendo que los católicos han visto siempre al Romano Pontfice como un hombre imperfecto que ocupa un puesto importante y necesario, pues fue instituido por Cristo para regir su Iglesia en la tierra, sin excluirlo de la debida sujeción a la Revelación. De esta manera, no se ha producido nunca el dilema entre ese reconocimiento de su augusta posición y el tener que resistirlo si actuaba contra la tradición aceptada.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive y ha sido traducido por la Redacción. Eric Sammons es el director ejecutivo de Crisis Publications, además de autor de ocho libros, entre los cuales se incluye Deadly Indifference: How the Church Lost Her Mission, adn How We Can Reclaim It.

El argumento de Sammons ha sido también repetido en varias ocasiones por Caminante Wanders. Les recomendamos igualmente la lectura de esta entrada del Padre de familia y la reseña del libro del Prof. Roberto De Mattei sobre el Vicario de Cristo, ambas publicadas en esta misma bitácora. 

Eric Sammons

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¿Pueden los católicos “reconocer y resistir”?[1]

Eric Sammons

“Con filial espíritu filial de obediencia, desobedezco, me rehúso, y me rebelo”. Aunque pronunciadas estas palabras por un obispo inglés del siglo XIII, ellas, dirigidas de forma osada y paradojal al Papa, representan bien la tensión que encontramos en el movimiento contemporáneo “Reconozco y resisto” existente en la Iglesia católica. Reconocemos que Francisco es el legítimo Papa y que, en cuanto tal, es nuestro Santo Padre, que merece nuestra obediencia. Pero, al mismo tiempo, resistimos aquellos aspectos de su obra que son contrarios a la tradición apostólica.

¿Es verdaderamente católica esta postura de “reconocer y resistir” (R&R), fundada claramente en una paradoja (algunos dirían “contradicción”)?

Aclaremos, en primer lugar, los términos que usamos. La primera “r”, “reconocer”, es sencilla: quiere decir que quienes están en esta postura reconocen que Jorge Mario Bergoglio es actualmente el legítimo Romano Pontífice, que reina como papa Francisco, y como tal, tiene autoridad legítima sobre la Iglesia, definida específicamente según el Concilio Vaticano I.

Lo anterior diferencia R&R de tres otros grupos que también se oponen a la obra de Francisco: (1) aquéllos que creen que no hay actualmente un Papa legítimo (sedevacantistas); (2) aquéllos que creen que Francisco ocupa materialmente, pero no formalmente el cargo de papa (sedeprivacionistas), y (3) aquéllos que creen que el papa Benedicto XVI es todavía el legítimo papa (beneplenistas).

La otra “r”, “resistir” puede ser definida más latamente. Hay muchos católicos conservadores que asisten al Novus Ordo y que, a veces, critican al Papa, a quienes se podría aplicar la etiqueta R&R. Con todo, la etiqueta se destina normalmente a los tradicionalistas que formulan críticas más fuertes y constantes al papa Francisco.

En esencia, “resistir” quiere decir oponerse al programa global del papa Francisco, que incluye la narrativa dominante de las élites culturales sobre temas como el cambio climático y el covid-19, y procura marginalizar la liturgia y la teología católica tradicionales. No se trata, simplemente, de una que otra crítica, sino de un rechazo de la visión que Francisco tiene de la Iglesia.

Pablo reprende al arrepentido Pedro, de Guido Reni
(Imagen: artículo original)

Aclarado el significado de “reconocer y resistir”, surge una cuestión más importante: ¿es ésta una postura legítima que un católico, especialmente uno tradicionalista, pueda adoptar? Porque, después de todo, uno de los fundamentos del catolicismo es el papado, por lo que ¿cómo podría ser tradicional el “resistir” al hombre que uno reconoce que ocupa ese cargo?

Como adherente al ámbito R&R, reconozco esta paradójica tensión. Cuando hace casi 30 años me convertí al catolicismo, no me habría jamás imaginado que dedicaría tiempo a alegar, en muchas ocasiones, que el Papa está equivocado en temas católicos fundamentales, como la finalidad de la liturgia o la moralidad de la pena de muerte. Aunque algunos amigos católicos en aquella época me argumentaban que los católicos no adoran al Papa y que éste puede equivocarse, jamás me imaginé que podía equivocarse tanto.

Así pues, todo católico que se goza o se consuela con que el Papa conduzca a la gente al error, no es muy buen católico. “Reconocer y resistir” es vivir el Viernes Santo, no el Domingo de Resurrección.

Sin embargo, hay católicos que sostienen que R&R es intrínsecamente anti-tradicional, puesto que parece contradecir los escritos de los pontífices, especialmente los de la última parte del siglo XIX y los del siglo XX, sobre el papel del Papa en la vida de un católico. Ser católico, según esto, significa aceptar devotamente todas las opiniones del Papa reinante (y si sus opiniones contradicen la enseñanza y la práctica católicas anteriores, hay que concluir que, o bien dichas enseñanzas previa son hoy erróneas, o bien que el Papa no es Papa).

Sin embargo, esta concepción no abarca la totalidad de los 2 mil años de tradición. Las generaciones anteriores de católicos no vieron al Papa como la versión católica del Oráculo de Delfos, sino que lo vieron como un hombre imperfecto que ocupa un puesto importante y necesario. Para ellos no era problema resistirlo si actuaba contra la tradición aceptada, incluso reconociendo su augusta posición.

Naturalmente, el fundamento de la postura R&R está en la Sagrada Escritura. En la Epístola a los Gálatas, San Pablo nos dice que cuando San Pedro, nuestro primer Papa, se apartó equivocadamente de la compañía de los creyentes no circuncidados, “en su misma cara le resistí, porque se había hecho reprensible” (2, 11). El Apóstol de los Gentiles no rechazó la autoridad del príncipe de los Apóstoles, pero lo resistió cuando Pedro actuó contra el Evangelio.

Otro ejemplo histórico de R&R lo da la vida de Roberto Grosseteste, un obispo de Lincoln, Inglaterra, del siglo XIII. Grosseteste fue un gigante en su tiempo, y aunque nunca se lo canonizó, hubo muchos que lo veneraron como santo, por los muchos milagros que se atribuyeron a su intercesión en el cielo. Pero no se trató sólo de un hombre santo, sino que fue uno de los intelectuales líderes de su época, y Roger Bacon fue uno de sus alumnos. En 1253, el papa Inocencio IV ordenó que una canonjía vacante se le entregara a un sobrino suyo. El obispo Grosseteste rechazó la orden, y escribió una larga carta al nuncio papal explicando su decisión, en la que dijo lo siguiente: “Es bien sabido que soy pronto a obedecer las órdenes apostólicas con filial afecto, y con toda devoción y reverencia, pero que me opongo a aquellas cosas que se oponen a los mandatos apostólicos, por celo del honor de mi padre […] Con espíritu filial y de obediencia, desobedezco, me rehúso y me rebelo” (filialiter et obedienter non obedio, contradico et rebello)[2].

Esa última línea “Con espíritu filial y de obediencia, desobedezco, me rehúso y me rebelo” resume bien la posición R&R. Esta es filial y obediente porque adhiere a las doctrinas y prácticas de la fe que se nos han legado desde el tiempo de los Apóstoles, y reconoce al Papa como el legítimo padre que normalmente debe ser obedecido. Sin embargo, cuando el papa contraría los “mandatos apostólicos”, no se le debe obedecer y hay que rehusar hacerlo.

(En siglos recientes algunos protestantes han procurado reclamar a Grosseteste como uno de los suyos pero, como lo expresa la Catholic Encyclopedia de 1910, “Es cierto que se opuso con todo su poder a los abusos de la administración papal, pero el estudio de sus cartas y escritos hace tiempo debiera haber destruido el mito de que puso en duda la plena potestas de los Papas”).

Sin embargo, Grosseteste no es el único ejemplo histórico de semejante actitud ante el papado. El famoso décimo arzobispo de Canterbury, San Dunstán (909-988), excomulgó en cierta oportunidad a un noble, quien luego se fue a Roma a pedir que se le levantara la excomunión. Probablemente mediante una coima, la excomunión le fue levantada. Cuando el noble regresó a Inglaterra, San Dunstán simplemente ignoró el alzamiento de la excomunión por el Papa y dio la orden de que siguiera vigente. Este santo reconocía la autoridad suprema del Papa, pero resistió el ejercicio ilegítimo de la misma.

San Dunstán, arzobispo de Canterbury 
(Imagen: Look and learn)

Se podría alegar que estos ejemplos históricos no son iguales que los errores papales de hoy o sus injustos mandatos. Después de todo, ningún Papa medieval, a pesar de su corrupción, intentó jamás suprimir la Misa de todos los tiempos o erosionar la práctica eucarística perenne de la Iglesia en cuanto a quienes están en pecado mortal. Lo cual es verdad. Pero me parece que el principio sigue siendo válido. En el medioevo política y religión no eran entidades separadas: si alguien se oponía a lo que se podría llamar las órdenes “políticas” de un Papa, podía ser excomulgado, poniendo en peligro su alma inmortal. En la mente medioeval, existía una íntima fusión entre política y religión, por lo que resistir a un Papa por motivos que hoy consideraríamos políticos constituía una declaración teológica.

“Reconocer y resistir” vuelve a ser una posición necesaria hoy día, que permite a los católicos vivir fielmente en la Iglesia divinamente instituida, sin dejar que sus aspectos humanos los desvíen: no conduce a callejones espirituales sin salida que cuestionan la legitimidad de la Iglesia, ni sucumbe a un anti-intelectualismo que tiende a ver lo blanco como negro, ni a poner las cosas de cabeza.

Sí: existen riesgos en la postura R&R. Resistir al Papa puede fácilmente convertirse en rechazar al Papa, y hacerlo constituiría un protestantismo práctico. No podemos erigirnos en papas privados que determinan lo que es y lo que no es doctrina católica legítima. Pero, al mismo tiempo, por algo tenemos a la Tradición: la tenemos para poder saber qué es lo que se nos ha transmitido desde los Apóstoles. Si cualquier dirigente de la Iglesia, incluido el papa, obra o enseña de un modo contrario a la Tradición, ha sido siempre doctrina católica que tal acción o enseñanza puede y debe ser resistida.

Así pues, creo que “reconocer y resistir” es la única posición legítima para un católico en la actualidad. Pero, a nivel práctico, diría que, para la mayor parte del laicado, una posición mejor sería “reconocer e ignorar casi totalmente”. Tal fue, por lo demás, la postura de los católicos antes del advenimiento de los medios modernos de comunicación. El campesino medieval inglés ni conocía ni le importaba cuál era la posición del Papa en cada tema posible: vivía, sencillamente, su vida de trabajo, de familia, de oración y de sacramentos en el contexto de su parroquia local. Mientras para algunos es un deber trabajar para resistir públicamente cosas tales como los mandatos no apostólicos del Papa, para la mayoría de los católicos el modus operandi debiera ser vivir simplemente como fieles, sin una referencia constante a las últimas entrevistas hechas al Papa, a sus últimos discursos y acciones.


[1] Nota del Traductor: la frase aquí usada por el autor –“reconocer y resistir”- corresponde, latamente, al adagio castellano, a menudo empleado en América frente a casos de leyes injustas o inconvenientes dictadas por el Rey en Madrid, “se acata, pero no se cumple”. Con estas palabras, los súbditos americanos reconocían que el Rey tenía la facultad de dictar las leyes consideradas injustas o inconvenientes, pero no las cumplían precisamente por tener ambos defectos. Con todo, en el término “acatar” no está claramente incluida la idea -que se daba por supuesta en la época monárquica americana- de la legitimidad del Monarca. Por eso hemos preferido no referirnos en la traducción a dicho adagio, ya que con la idea de “reconocer” que usa aquí el autor se remite éste a la cuestión, debatida actualmente, de si el papa Francisco es o no legítimo Romano Pontífice. Salvado este punto, sin embargo, bien podría decirse en castellano, ante casos como el motu proprio Traditionis Custodes, que “se acata pero no se cumple”.

[2] Citado en Stephens, W.R.W., The English Church: From the Norman Conquest to the Accession of Edward I (Londres, Macmillan & Co., Londres, 1909), p. 242.

domingo, 19 de diciembre de 2021

El momento supremo de la decisión, por cortesía de la Congregación para el Culto Divino

Ayer dábamos noticia de la publicación por parte de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del documento intitulado "Responsa ad dubia sobre algunas disposiciones de la Carta Apostólica en forma de «Motu Proprio» Traditionis Custodes del Sumo Pontífice Francisco", la cual está provocando abundantes reacciones en Internet que resaltan la importa restricción que se añade a la celebración de la Misa tradicional, el carácter de concesión que tienen las nuevas normas y el propósito de que la Iglesia de rito romano sólo tenga una forma litúrgica (por ejemplo, Infocatólica, Religión en libertadInfovaticana o Specola). 

Para contribuir al análisis de ese texto, que comporta una verdadera instrucción del dicasterio romano con competencia sobre la liturgia, les ofrecemos la versión castellana de un artículo del Dr. Peter Kwasniewski aparecido en OnePeterFive, que ha sido traducido por la Redacción. Llama la atención que la instrucción Universae Ecclesiae (2011) dictada para explicar e interpretar el motu proprio Summorum Pontificum (2004) tardó cuatro años en dictarse, y el ajuste del santoral y los nuevos prefacios sólo se concretó en 2020, frente a los cinco meses que demoró esta respuesta oficial de la Santa Sede, en parte ya anticipada por la carta dirigida al cardenal Vincent Nichols, Primado del Reino Unido y Gales, por parte de monseñor Arthur Roche, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y la normativa restrictiva dictada para la Misa tradicional en la diócesis de Roma. Cumple recordar que Traditionis Custodes tiene una historia que no se condice con lo que se ha dicho al respecto, utilizando los datos de la consulta formulada a los obispos del mundo. 

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El momento supremo de la decisión, por cortesía de la Congregación para el Culto Divino

Peter Kwasniewski

El día en que se publicó el motu proprio Traditionis Custodes, comparé ese hecho con la detonación de la primera bomba atómica en Nuevo México, en igual fecha de 1945. Con la publicación el 18 de diciembre de la “Respuesta a las dubia” -que es en esencia una instrucción sobre cómo implementar el motu proprio-, salta a la imaginación una comparación análoga. Sobre Japón se dejó caer dos bombas atómicas. El motu proprio y su carta fueron Little Boy, y esta instrucción, Fat Man. 

Podemos usar otra comparación: Traditionis Custodes fue como cortar ramas y amenazar con inyectar químicos letales en las raíces; pero Responsa es como tratar de separar el árbol de sus raíces, para que no vuelva jamás a crecer. (A propósito, es simpático pensar que cuando se dirigieron dubia al papa por cuatro cardenales sobre si hay o no que cumplir los Diez Mandamientos, no recibieron respuesta alguna; pero cuando se somete a una Congregación romana un conjunto de dubia sobre cómo poner límites a la tradición litúrgica, la respuesta es rápida y seca y dice todo lo que hay que saber. En cierta forma, ello nos informa sobre todo lo que nos hace falta saber).  

1st Artists’ Rifles at Marcoing, 30 de diciembre de 1917, de John Nash
(Imagen del artículo original)

Quisiera comenzar con el momento elegido para esta bomba, porque es significativo. Los versados en teología comprenden que la autoridad surge de la necesidad de promover y cautelar el bien común, y que, por tanto, el bien común pone límites al ejercicio legítimo de la autoridad. Si una autoridad obra claramente contra el bien común, su acción o mandato o norma no tiene sustento legal, sino que es un acto de violencia. 

Se comprende que la gente quiera y necesite tener una razonable seguridad de que determinado acto es contrario al bien común antes de ignorarlo o de oponerse a él.

Incluso con anterioridad al día de hoy, no fue nunca difícil darse cuenta de que los oponentes, en el Vaticano, de los ritos litúrgicos tradicionales de la Iglesia de Roma, están movidos por una animosidad contra la Tradición totalmente incompatible con la fe católica, y por una animosidad contra los fieles que adhieren a la Tradición, que es totalmente contraria a la caridad y al muy esgrimido deseo de “unidad” y “comunión” (a pesar del tributo, que se paga de la boca para afuera, a la “diversidad” y las “periferias” y las “minorías”, lo que constituye el típico modus operandi de los hipócritas). 

Con todo, la publicación de un documento como éste -tan lleno de malicia, de pequeñez, de odio y de crueldad, y tan lleno de mentiras- exactamente una semana antes de la gran fiesta del Nacimiento de Cristo, prueba, con más elocuencia que ningún otro gesto, que nos enfrentamos a una mafia de hampones que se han alzado contra nuestro bien espiritual, nuestra vocación, nuestras familias, de una manera tal que su ataque al bien común de la Iglesia no podría quedar más claro.

Recordemos lo que nuestros antepasados en la fe dijeron de situaciones como la actual.

El Cardenal Cayetano (1469-1534): “Debéis resistir en su propia cara al Papa que está destrozando la Iglesia”.

Francisco de Vitoria (1483-1546): “Si el Papa, con sus órdenes y actos  destruye la Iglesia, se lo puede resistir e impedir que sus órdenes se cumplan”. 

San Roberto Belarmino (1542-1621): “Así como es legítimo resistir al Papa si éste asaltara a un hombre, también es legítimo resistirlo si ataca a las almas, o perturba al Estado, y mucho más si procurara destruír la Iglesia. Es legítimo, insisto, resistirlo no cumpliendo lo que manda y entorpeciendo el cumplimiento de su voluntad”. 

Silvester Prierias (1456-1523): “El [el Papa] no tiene poder para destruir; por tanto, si se prueba que eso es lo está haciendo, es lícito resistirlo. El resultado de todo esto es que si el Papa destruye la Iglesia mediante sus órdenes y acciones, puede ser resistido e impedido el cumplimiento de sus órdenes. El derecho de franca resistencia al abuso de poder de los prelados emana también de la ley natural”. 

Francisco Suárez (1548-1617): “Si el Papa dicta una ley contraria a la recta costumbre, no hay que obedecerle; si trata de hacer algo claramente opuesto a la justicia y al bien común, es lícito resistirlo; si ataca por la fuerza, puede ser repelido por la fuerza, con la moderación propia de una justa defensa”.

P. Villanueva, Misa crismal en San Juan de Letrán, comienzos del siglo XX, Roma
(Imagen: Wikipedia)

Así pues, está clara la Providencia de Dios, y considero esta instrucción como un regalo de Navidad. Al mostrarnos que sus autores odian la Tradición católica, odian la continuidad con el pasado y odian a los fieles, nos hace más fácil ver que actúan contra el bien común y merecen, por tanto, que se les resista. No sólo nos está permitido resistir, sino que estamos obligados a hacerlo, si queremos evitar pecar contra lo que sabemos que es recto, santo, verdadero y bueno.  

El contenido de la instrucción era, en cierta forma, enteramente predictible: sigue el texto ideológico de los miembros de San Anselmo, conducidos por su príncipe, Andrea Grillo. Cada una de las medidas del documento está pensada para estrangular al clero y al laicado tradicionales, entorpeciendo o eliminando su forma de vida hasta hacerla desaparecer, a fin de dar lugar a la supuesta “única expresión” del rito romano, que se le atribuye falsamente al Concilio Vaticano II. El documento está escrito en la nueva jerga bergogliana, llena de palabras como “acompañar”: todos deben ser “acompañados” hacia el “irreversible” Novus Ordo.

La instrucción pone un particular énfasis en la “unidad”, entendida como uniformidad, sin prestar atención a la compatibilidad de ello con la variedad de ritos, existente desde hace mucho tiempo, en la Iglesia de Occidente, como el ambrosiano, el mozárabe, y el de los Ordinariatos Anglicanos. La declaración siguiente es especialmente reveladora: “Es deber de los obispos, cum Petro et sub Petro, resguardar la comunión que, como nos lo recuerda el Apóstol Pablo (cfr. 1 Co 11, 17-34), es una condición necesaria para participar de la mesa eucarística”. Pero ¡qué interesante! Este deber episcopal de asegurar las condiciones necesarias para la participación en los sacramentos ¿se extiende también, por ejemplo, a los políticos pro-aborto, a los que viven públicamente en adulterio, a quienes proponen un estilo de vida LGTB, y a quienes disienten de aspectos básicos de la doctrina católica? ¿O los únicos que corren el riesgo de pecar contra las exigencias para comulgar son los que adhieren a una fe, una moral y una liturgia tradicionales? 

Una pregunta como ésta no será jamás ni formulada ni contestada por los partidarios de Traditionis Custodes porque no son honestos y no necesitan ni desean serlo. Para ellos la coherencia eucarística no ha sido jamás una preocupación grave, porque si lo hubiera sido, hubieran tomado medidas para poner fin a los abusos litúrgicos hace mucho tiempo; abusos respecto de los cuales derraman lágrimas de cocodrilo, al tiempo que afilan sus cuchillos contra los “tradis”. Tales son los matones en el poder. Por ahora.

El documento describe la reforma litúrgica del Vaticano II y sus frutos con el obligatorio optimismo y la consabida positividad que estamos acostumbrados a esperar de los documentos de la Curia; un estilo que recuerda a los informes económicos soviéticos sobre la infinita abundancia existente en el paraíso de los trabajadores. El lenguaje propagandístico sobre una “participación plena, consciente, activa” se despliega ampliamente, no obstante la embarazosa realidad de que la asistencia a los ritos del Novus Ordo y el involucramiento en ellos sufrió, en los países occidentales, una caída vertical con el comienzo mismo de la reforma, y ha experimentado desde entonces una caída aparentemente irreversible, en tanto que el único sector que exhibe un crecimiento demográfico y pastoral es el tradicionalista. La primera y más básica forma de participación activa es simplemente ir a Misa, y la segunda forma básica es saber lo que el Santo Sacrificio de la Misa realmente es, y esforzarse por estar en estado de gracia para recibir la comunión. Pero, según parece, la Congregación para el Culto Divino tiene una definición diferente, más esotérica. 

Además, la bien comprobada pérdida de fe en la Presencia Real de Nuestro Señor en la Eucaristía, junto con la pérdida de fe en el pecado mortal y en el uso de la confesión, no son, en realidad, lo que podríamos llamar un timbre de orgullo para la gran reforma, a menos que de lo que se trataba era de abolir tales supersticiones, en el espíritu de Thomas Cranmer, connacional del Arzobispo Roche. 

Esta instrucción señala el momento de la suprema decisión que debe tomar todo quien tenga algún tipo de conexión con el usus antiquior (en realidad, afecta a todo católico, por cuanto el Papa está atado por la Tradición, cosa que es constitutiva de su oficio y función en la Iglesia; pero quienes me preocupan por el momento son los que van a ser más inmediatamente afectados por este nuevo documento). 

Los obispos tendrán que decidir si aceptan o no el programa ideológico que se les presenta, basado en una mezcla de mentiras, fantasías, hipocresía, fraude psicológico y veneno. Ya recibieron un fuerte golpe en una mejilla con Traditionis Custodes que, so pretexto de devolverles autoridad en materias litúrgicas, de hecho se las limitó en numerosas formas; y ahora han sido golpeados en la otra mejilla con este documento de la Congregación para el Culto Divino, que aumenta las restricciones a su libertad de juicio, de acción y de tutela pastoral. ¿Cuánto más van a soportar ser golpeados y pateados antes de despertar y darse cuenta de que son sucesores de los apóstoles, obispos puestos en sus iglesias para servir y nutrir a su pueblo, y no meros mandos medios dirigidos por el apparatchik vaticano, destinados a danzar al ritmo del dictador peronista cuyo auténtico lema papal es “hagan lío” [en castellano en el original]?

En la práctica, los obispos que han usado con fruto el Pontifical Romano tradicional o que están dispuestos a usarlo si el bien de su grey lo pide, obrarán correctamente si ignoran este decreto de Roma y prosiguen con las confirmaciones y ordenaciones según los viejos ritos pontificales. Como el gran obispo Roberto Grosseteste (1175-1253) respondió cierta vez a un Papa que se extralimitaba: Filialiter et obedienter non obedio, contradico et rebello: “De modo filial, obediente [a Cristo], no obedezco, y os contradigo y me rebelo”. Si lo imitan, los obispos obrarán según un ya bien consolidado modelo de prelados que hacen caso omiso de todo lo que les desagrada del Vaticano -en este caso (si no en todos) con plena y total justificación-.

Imagen de Robert Grosseteste en una vidriera en la iglesia de San Pablo, Morton (Reino Unido)
(Imagen: 20minutos)

Los sacerdotes pertenecientes a los institutos “Ecclesia Dei tendrán que decidir si cumplirán o no una instrucción cuyo propósito obvio es arrasar con sus características propias, erosionar unilateralmente sus constituciones aprobadas por el papado, y poner en cuestión la legitimidad de la vocación tal como la han recibido de  Dios y la Iglesia ha reconocido solemnemente. Obedecer prescripciones que apuntan, al cabo, a obliterar el usus antiquior de la faz de la tierra, es suicidarse. Cumplir normas que contradicen la interna coherencia, ortodoxia y plausibilidad de la lex orandi y de la lex credendi católicas que se extienden a lo largo de los siglos, es incurrir en un error que vacía de contenido al catolicismo.

En resumen, se trata de un “momento Lefebvre” para la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, para el Instituto de Cristo Rey y para el Instituto del Buen Pastor y otras instituciones semejantes. La única respuesta honorable que pueden dar es: Non possumus, no podemos, en conciencia, cumplir estas normas. Aplíquennos todas las penas o castigos que quieran; los ignoraremos, porque carecen de fuerza legal. Algún papa futuro nos reivindicará, tal como lo hicieron Juan Pablo II y Benedicto XVI con los adherentes a la Tradición hace algunas décadas. 

Los sacerdotes diocesanos están en la misma encrucijada. Si han ya descubierto el tesoro de la Tradición, no renunciarán fácilmente a él, y debieran recordar que no necesitan en absoluto permiso alguno para celebrar el rito romano, para el cual se los ordenó sacerdotes. Y si el rito romano tradicional no cuenta como rito romano, entonces la Iglesia católica no es Iglesia católica ni nada es nada. 

Si algunos sacerdotes tienen la buena suerte de vivir en una diócesis cuyo obispo les es favorable y ve con claridad la maldad de las movidas del Vaticano contra el patrimonio litúrgico latino y contra el clero y fieles que lo aprecian, podrán ignorar esta instrucción como si nunca hubiera existido. Pero si están sometidos a un obispo hostil o asustadizo que limita o cancela la Tradición, tendrán que considerar la posibilidad de mudarse o de trabajar en algún otro lugar a fin de vivir plenamente su vocación sacerdotal. Pero si no hay otra salida, puede que éste sea el momento de elegir la mejor parte, es decir, la radical fidelidad a Cristo y su Iglesia, y sufrir las consecuencias de tal decisión. Descubrirán que no están abandonados, ni sin trabajo alguno que realizar. Por el contrario, los fieles tradicionales se reunirán para apoyarlos en todos los flancos, haciéndose cargo de sus necesidades materiales y abriéndoles las puertas para que realicen un fructífero apostolado. 

También los laicos tienen que tomar una decisión, y la mejor decisión será adoptar medidas que aseguren que la Tradición perdure mucho tiempo después de que los senescentes nostálgicos del Concilio Vaticano II partan a recibir su recompensa eterna. Por principio debieran asistir solamente a la liturgia tradicional, e incluso mudarse a lugares donde tengan un seguro acceso a ella; debieran celebrar gozosamente las riquezas del antiguo calendario litúrgico en sus familias y entregar la antorcha encendida de la fe a las futuras generaciones.

En la abundancia de su caridad, la Congregación para el Culto Divino explica que las liturgias de esos católicos no forman parte de la vida ordinaria de las parroquias; que las actividades de esos grupos de católicos no debieran coincidir nunca con las de la parroquia; que tales grupos debieran ser expulsados de la parroquia tan pronto como sea posible; que no se anuncie sus Misas en el horario parroquial; y que, suponemos, no debe invitarse a ellos nuevos miembros, ya que esos grupos están herméticamente sellados para evitar contaminaciones cruzadas. Luego de todo esto, Roche tiene la osadía de decir: “No existe intención alguna en estas normas de marginalizar a los fieles”…

La respuesta de un católico saludable a esta ultrajante impertinencia y a este prejuicio peor que el racista es decir: “¡Váyanse al diablo!” (porque es de ahí de donde provienen y adonde pertenecen estas ideas). “Anunciaremos nuestras Misas por todo lo alto. Seguiremos publicando nuestros libros, folletos, misales y todo tipo de parafernalia. Promocionaremos nuestras actividades e invitaremos a más gente. Promoveremos activamente la Tradición entre amigos, familiares, extraños y potenciales conversos. Canalizaremos nuestras donaciones para apoyarla. En breve, haremos todo lo que esté a nuestro alcance para asegurarnos de que vuestra injusta guerra contra la Tradición conozca la vergonzosa y poco gloriosa derrota que de sobra merece. Deus vult. No ganaréis jamás, jamás”.

¡Queremos la Misa!
(Foto: Le Monde)

Si se suprime en la diócesis de Ud. la Misa tradicional, vaya los domingos y días de precepto a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Rece en casa el rosario y el breviario tradicional. Si no tiene Ud. ninguna Misa tradicional en su vecindad, busque algún rito oriental católico o, si existe, una parroquia del Ordinariato Anglicano.

Nos hemos estado preparando para este momento. Por eso no estamos en absoluto sorprendidos. Usemos los recursos que tenemos a mano. He aquí algunos especialmente útiles:

From Benedict’s Peace to Francis’s War. Esta antología contiene TODOS los argumentos -teológicos, históricos, canónicos, pastorales- que pueden y deben oponerse a Traditionis Custodes y, mutatis mutandis, a la Responsa ad Dubia. Es un verdadero manual para nuestra causa en este momento. Consígala, estúdiela, subráyela. Nos lloverán los desafíos de parte de los hiperpapistas y oportunistas que se glorían en sus vergüenzas, suprimiendo toda razón y contradiciendo la fe. Debiéramos estar preparados para responder, como San Pedro nos exhorta a hacer (cfr. 1 Pe 3, 15). 

True Obedience in the Church: A Guide to Discernement in Challenging Times. Este libro trata de la naturaleza y límites de la obediencia y su relación con la autoridad y el bien común, usando principios teológicos tomistas, axiomas canónicos y ejemplos históricos. En particular, demuestra que el ataque a la liturgia tradicional de la Iglesia no puede sino ser un ataque a su bien común, y que merece por tanto ser resistido. También aborda el tema de la ilicitud de los castigos y prohibiciones basados en premisas falsas o antagónicas (aquí se publica un resumen relevante; el libro saldrá en febrero, pero trataré de que se publique anticipadamente en Kindle).

Reclaiming Our Roman Catholic Birthright: The Genius and Timeliness of the Traditional Latin Mass. Este libro presenta una sólida argumentación en favor de regresar en masa a la Misa tradicional y a todo lo que la acompaña. Nada de timideces, nada de medias tintas, ni de “esto/pero también lo otro”. Aquí, nada sino la verdad pura y simple. Contribuye a entender “Por qué no pude regresar… al Novus Ordo, un sentimiento que comparte la mayor parte de los tradicionalistas. 

Ministers of Christ: Recovering the Roles of Clergy and Laity in an Age of Confusion. Debemos conservar la teología tradicional y la práctica de los ministerios sagrados, que incluyen a las órdenes menores y al subdiaconado. En este libro se explica por qué debe ser así. El Pontifical Romano es uno de los grandes tesoros de la Iglesia de Roma, y su reemplazo, después del Concilio Vaticano II, fue sin duda el más grave y egregio ejemplo de abandono de una tradición ininterrumpida y de las disposiciones del Concilio mismo. Un artículo relacionado: Clandestine Ordinations Against Church Law: Lessons from Cardinal Wojtyła and Cardinal Slipyj.

El estudio detallado del obispo Athanasius Schneider sobre la concelebración, que demuestra que la práctica actual de la Iglesia católica es fundamentalmente errónea: “Eucharistic Concelebration: Theological, Historical, and Liturgical Aspects” ("Concelebración eucarística: aspectos teológicos, históricos y litúrgicos"). La insistencia de la Responsa en la concelebración contradice el derecho canónico, así como varios documentos del Magisterio: ver mi artículo "La creciente amenaza de la concelebración coercitiva".

Recomiendo también los siguientes artículos sobre Responsa (vanguardia, seguramente, de muchos otros que han de venir):

Eric Sammons, “The Spiritual Abuse Continues”.

Rvdo. Claude Barthe, “Debemos resistir las normas ilegítimas osbre el rito tradicional”.

Raymond Kowalski, “An Open Letter to Every Priest: A Reed Shaken by the Wind”.

Gregory DiPippo, “The Last Stand of the Brezhnev Papacy”.

Matthew Hazell, “A ‘Revolution of Tenderness,’ or ‘The Roche Christmas Massacre’: A Farce in Eleven Dubia”.

[Nota de la Redacción: se puede añadir también el artículo de Brian McCall intitulado "The Second Atomic Bomb Has Exploded: CDW Issues Directives Banning Traditional Confirmations and Ordinations, Decrees the End of Ecclesia Dei Communities"].