sábado, 21 de julio de 2018

In memoriam Monseñor Camille Perl

El día de hoy ha fallecido, en su apartamento de la Ciudad del Vaticano, monseñor Camille Perl, canónico y censor de la Basílica de San Pedro del Vaticano y primer secretario de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, quien durante su vida trabajó de forma entusiasta por el restablecimiento de la tradición litúrgica.  

Monseñor Perl nació el 13 de octubre de 1938 en Mamer, Luxemburgo. Ingresó en la Orden de San Benito y estudió liturgia en el Pontificio Ateneo San Anselmo, para posteriormente ser ordenado sacerdote en la Arquidiócesis de Luxemburgo el 5 de julio de 1964. Durante dos décadas sirvió las parroquias de Neudorf y Clausen en Ciudad de Luxemburgo. Debido a su sensibilidad tradicional, con permiso de su obispo se trasladó en 1985 a Roma para trabajar junto con el Cardenal Paul Augustin Mayer OSB (1911-2010), antiguo rector de su alma mater, nombrado el año anterior Prefecto de la Congregación para la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Como parte de su trabajo estuvo la preparación del indulto de 1984, que permitió la celebración de la Misa tradicional con autorización del respectivo obispo diocesano. 

Monseñor Camille Perl y el Cardenal Castrillón Hoyos

En 1988 le correspondió intervenir en las conversaciones para regularizar canónicamente la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, las cuales quedaron interrumpidas debido a las consagraciones episcopales llevadas a cabo por S.E.R. Marcel Lefebvre (1905-1991), asistido por S.E.R. Antônio de Castro Mayer (1904-1991), en el Seminario de Écône el 30 de junio de ese año. 

Enseguida, San Juan Pablo II creó la Pontificia Comisión Ecclesia Dei con el objetivo de resolver la situación canónica de diversas comunidades religiosas tradicionales ya existentes, favorecer la integración eclesial para no pocos sacerdotes hasta entonces sin incardinar, y colaborar con los obispos locales para satisfacer a numerosos grupos de fieles unidos a la tradición litúrgica latina que solicitaban la celebración regular de la Santa Misa según el rito romano de siempre. El Cardenal Paul Augustin Mayer fue designado como su primer Presidente, dejando las funciones que cumplía en la Congregación para el Culto Divino, y monseñor Perl como su secretario. Sirvió dicho cargo por casi veinte años, junto con los cardenales Antonio Innocenti (1915-2008), Angelo Felici (1919-2007) y Darío Castrillón Hoyos (1929-2018), hasta que el 13 de marzo de 2008 fue nombrado Vicepresidente de dicha Comisión por un período de cinco años. De hecho, el cargo fue creado expresamente para él en razón de sus méritos en la causa de la defensa de la Tradición, probablemente para compensar su frustrada designación como Arzobispo de Luxemburgo. Sin embargo, y debido a la reforma acometida por el papa Benedicto XVI, que puso a la Pontificia Comisión Ecclesa Dei bajo la dependencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 2 de julio de 2009 cesaron completamente sus funciones. Fue sucedido por monseñor Joseph Augustine Di Noia OP, correspondiendo el cargo de secretario a monseñor Guido Pozzo. 

Monseñor Perl celebra la Santa Misa en la Iglesia de Trinidad de los Peregrinos con ocasión del primer aniversario del motu proprio Summorum Pontificum

En su cargo, monseñor Perl buscó activamente la reconciliación y normalización canónica de la Fraternidad Sacerdote de San Pío X. Fruto de ese trabajo, de la mano del Cardenal Castrillón Hoyos, también recientemente fallecido (véase aquí el obituario que le dedicamos en esta bitácora), fue el motu proprio Summorum Pontificum (2007) que liberalizó la celebración de los sacramentos conforme a los libros litúrgicos vigentes en 1962, además de la erección de la Abadía de Santa María Magdalena del Barroux (1989), la Administración apostólica personal San Juan María Vianney (2002) y el Instituto del Buen Pastor (2006). Colaboró también en la preparación del borrador del texto que después se convirtió en la instrucción Universae Ecclesiae (2011).

Desde 2009, monseñor Perl era canónico y censor del Capítulo de la Basílica de San Pedro del Vaticano. 

Las exequias de monseñor Perl tendrán lugar el próximo lunes 23 de julio a las 11.00 horas en la Basílica de San Pedro en el Vaticano. La Asociación Litúrgica Magnificat ofrece sufragios por el descanso de su alma. 

Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.
Requiescat in pace.

miércoles, 18 de julio de 2018

En torno al purismo, el elitismo y el rubricismo

Publicamos a continuación una traducción de un artículo del Dr. Peter Kwasniewski, en el cual responde a quienes, como reacción a un artículo previo del mismo Dr. Kwasniewski (cuya traducción también publicamos en esta bitácora), dicen que criticar las libertades que se toman algunos sacerdotes que celebran la Misa tradicional respecto de las rúbricas sería un acto de "purismo", "elitismo" o "rubricismo".

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement. La traducción pertenece a la Redacción.


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Desubicadas acusaciones de purismo, elitismo y rubricismo

Dr. Peter Kwasniewski


Durante más de mil quinientos años la Iglesia de Occidente cantó las lecturas de la Misa en latín, con un canto que creció con los textos mismos y los revistió a la perfección. Desde hace ya mucho tipo, se ha hecho la lectura e la Epístola cara al Oriente y la del Evangelio cara al Norte, ofreciéndolos como parte del solemne sacrificio sacerdotal de la Misa, para gloria de Dios y no meramente para instrucción del pueblo (como los protestantes dirían más adelante que debía ser el caso). Cuando se estimó conveniente leer las lecturas también en vernáculo, la Santa Madre Iglesia, imitando a la Virgen, “guardaba estas cosas y las ponderaba en su corazón”: no abolió el canto en latín, pero autorizó que, a continuación de él, se leyeran en alta voz en vernáculo desde el ambón o púlpito. No hay absolutamente razón alguna para alterar la práctica de leer la Epístola y el Evangelio en latín; por el contrario, hay mil razones para conservarla a causa del patrimonio teológico y espiritual que ella transmite.

Cuando el 11 de junio pasado publiqué mi artículo “Clero tradicional: por favor dejen de hacer 'adaptaciones pastorales'” (véase aquí la traducción publicada esta semana), en protesta contra el modo cómo la última Misa pontifical de la peregrinación a Chartres violentó el rito romano en lo relativo a las lecturas, no me imaginé qué avispero estaba agitando. Algunas bitácoras en francés y en alemán reprodujeron el artículo (por ejemplo, aquí, aquí, aquí y aquí). Fue un consuelo constatar que muchos sacerdotes que me escribieron estuvieron de acuerdo con que las rúbricas deben respetarse y que aquella costumbre franco-alemana es una aberración que merece definitivo destierro. 

Con todo, hubo algunas voces que se elevaron para defender tales irregularidades litúrgicas. Para sorpresa y desaliento mío, una de ellas es la del Rvdo. Engelbert Recktenwald, FSSP, quien el 28 de junio publicó una columna en el principal diario católico alemán, Die Tagespost, con el título “Zeit, “danke” zu sagen” (“Tiempo de decir gracias”; desgraciadamente el artículo no está disponible gratis en línea), en el que expresa con elocuencia su confianza en el acierto que fue la fundación de la Fraternidad de San Pedro en 1988 y su pacífico papel dentro de la Iglesia, virando luego hacia un ataque a cierta categoría de tradicionalistas. Sus párrafos son dignos de leerse en su totalidad (la traducción es mía):

En lo personal, mientras tanto, advierto un inesperado peligro para el movimiento tradicional en otros sectores de la Iglesia, es decir, un movimiento de hiperliturgización [Hyperliturgisierung]. A pesar de toda la estrechez teológica de que se podría acusar al Arzobispo Lefebvre, tuvo el celo de un auténtico pastor preocupado por la salvación de las almas. Para él, la preservación de la liturgia no tenía un objetivo intrínsecamente estético. Lejos de ello, consideró la crisis litúrgica como parte de una crisis de la fe que ponía en peligro la salvación de muchas almas. Su intención fue eminentemente pastoral en el más pleno sentido católico de la expresión. Su preocupación no eran las rúbricas, es decir, la letra de las normas litúrgicas, sino el espíritu de ellas. No se opuso absolutamente a las reformas, sino sólo a las reformas que oscurecen el espíritu de la liturgia.

Durante mi primer año como sacerdote de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, celebré en una capilla donde se alternaba, semana por medio, canto gregoriano y Misas de Schubert [es decir, paráfrasis de Misas en alemán]. Lo cual no llamó la atención a nadie. El fenómeno del purismo litúrgico que desprecia los cantos en alemán en la liturgia, que rechaza la lectura directa de la Epístola y del Evangelio en vernáculo [o sea, sin leerlos o cantarlos en latín], y que cultiva un rubricismo excesivo hasta el punto de transformarlo en un tropiezo inventado y autoimpuesto, es algo que se cruzó en mi camino mucho después, especialmente en ambientes laicos. Con esto se ofrece un nuevo blanco a los críticos que atacan [desde afuera] la liturgia tradicional, en tanto que se hace más difíciles los comienzos a quienes llegan a ella. Se emprende así un camino oblicuo, en cuyo punto de llegada la liturgia parece el hobby de un exclusivo club de exóticos estetas.

Agradezco al Cardenal Sarah quien, en la Misa final de la peregrinación a Chartres, hizo sonar una voz de alerta y recordó cuál es la correcta medida de la forma de una celebración: “noble simplicidad, sin adiciones inútiles, sin falso esteticismo ni teatralidad, pero con un sentido de lo sagrado que es, por sobre todo lo demás, lo que más gloria da a Dios”[1].

Hay mucho que criticar en los párrafos reproducidos más arriba, pero quisiera retroceder un paso y advertir la aterradora similaridad en el modo cómo Recktenwald argumenta hoy día y el modo en que Annibale Bugnini y sus camaradas liturgistas argumentaron acerca de la “urgente necesidad” de modificar la antigua Misa. 

La magistral biografía de Bugnini escrita por Yves Chiron detalla precisamente cuán deseosos de experimentar con la liturgia estaban los “expertos” liturgistas de 1940, 1950 y 1960, como si ella hubiera sido de su personal propiedad. No los detuvo ninguna rúbrica establecida, a pesar de las constantes advertencias y reprobaciones de los Papas, de la Congregación de Ritos y de otras autoridades de la Curia. La actitud parece haber sido: “Si tenemos motivos suficientes para violar las rúbricas y ensayar algo nuevo que nos parece ser una mejora pastoral, ello nos servirá de suficiente justificación”. Esta actitud fue, a poco andar, el ácido que disolvió toda noción de ritos recibidos y heredados, de los que somos humildes súbditos y por los cuales debiéramos dejarnos moldear y guiar.

Una vez que esta equivocada actitud se afirmó, resultó relativamente fácil desechar todos los ritos en pro de otros fabricados. ¿Por qué no? Todo es cuestión de qué cosa queremos hacer. El Novus Ordo fue simplemente la coronación de décadas de experimentación litúrgica enraizada en el racionalismo, el voluntarismo y el pastoralismo. En cierto modo, fue la expresión arquetípica de un Concilio que proclamó no ser dogmático sino pastoral, que se satisfizo con textos erráticos que van de un lado para otro como una nave que trata de captar los vientos, en contraste con el llamado rito tridentino, que con su majestuosa solidez y estabilidad, es la expresión perfecta de la genuina preocupación pastoral y la luminosa enseñanza dogmática del Concilio de Trento, válido para todos los tiempos, lugares y culturas.

En su miopía, los partidarios de la última fase del Movimiento Litúrgico  pensaron que eran ellos, y no la Tradición providencialmente desarrollada de la Iglesia, quienes mejor sabían lo que el Hombre Moderno necesitaba. Para ellos, resultaba evidente que el Hombre Moderno necesitaba tanta vernacularización como fuera posible. Es por eso que el latín fue expulsado por la ventana. Pensaron también que necesitábamos simplificar, buscando una simplificación cada vez mayor en todos los ámbitos, ya sea en ornamentos (fuera el amito y el manípulo y la birreta), y en implementos (fuera los seis candelabros, el frontal y los turíbulos), en los textos de la Misa (fuera los Propios, las segundas y terceras oraciones, el salmo 42, el prólogo de San Juan, las oraciones leoninas), en sus ceremonias  (fuera ósculos, signos de la cruz, genuflexiones, ad orientem) y en su música (fuera el antiguo gregoriano).

Una Misa televisiva versus populum, para el Hombre moderno.

Parece que jamás se le ocurrió al Movimiento Litúrgico que, posiblemente, lo que una época cada vez más secularizada y materialista necesitaba era, precisamente, un movimiento en la dirección contraria, vale decir, hacia un mayor simbolismo litúrgico, un ritual más espléndido, una más profunda inmersión en el canto gregoriano y su incomparable espiritualidad, etcétera[2]. Lo que el hombre moderno necesitaba era, sobre todo, ser rescatado de la prisión que él mismo había fabricado, o sea, el antropocentrismo racionalista que es lo que define la modernidad y que, para vergüenza nuestra, se instaló en la Iglesia Católica a través de la reforma litúrgica, con todas sus consecuencias deseadas y no deseadas. En este sentido, la cura propuesta resultó ser más de la misma enfermedad, lo cual explica, como era de esperarse, que ha hecho empeorar y no mejorar al paciente.

Es, pues, irónica la acusación de “hiperliturgización” que formula el Rvdo. Recktenwald. Los sacerdotes que defienden el abandono de las rúbricas -abandonos a menudo nacionalistas, que se apartan de la universalista tradición romana- son los que se consideran a sí mismos competentes para introducir mejoras o ajustes en la liturgia. Son ellos los hiperliturgistas. No son hiperliturgistas quienes desean asistir a una Misa romana que, por lo menos en lo relativo a lo que está ordenado en los libros litúrgicos, sea la misma en todo el mundo, aunque sea la misma la fe católica; ni siquiera son liturgistas: son simplemente fieles católicos; católicos que creen que lo que la secular tradición de la Iglesia les ofrece, como la proclamación cantada de las lecturas en latín, es superior a cualquier “adaptación” o “inculturación” que este o aquel sacerdote o grupo de sacerdotes pueda pensar que es mejor. Estamos llamados a habitar en la casa de la liturgia como huéspedes agradecidos; no estamos llamados a refaccionarla como si fuéramos ejecutivos de proyectos.

Aquellos que hacen cambios de este tipo en la liturgia lo hacen, sin duda, de buena fe. Pero no actúan confiando humildemente en el hecho de que siempre hay muchos niveles de significación en la liturgia, que escapan de lo que podríamos pensar que es el propósito de determinada ceremonia o texto o música u ornamento. En otras palabras, actúan según sus propias luces. Pero lo que debemos hacer nosotros, especialmente hoy día, es actuar a la luz de la Tradición católica, hasta que volvamos a aprender, como niños en una escuela primaria, por qué ella, a fin de cuentas, se desarrolló. Necesitamos aprender de nuevo el abecé antes de osar efectuar nuestras propias contribuciones, cualesquiera sean ellas (y que Dios nos preserve de la “creatividad”).

 Una reliquia del pasado, un peligro en el presente

Hay quienes, curiosamente, me han acusado de “rubricismo” en estas materias, imputación que, como hemos visto, repite el Rvdo. Recktenwald. La razón por la que digo “curiosamente” es porque resulta perfectamente obvio que no soy un rubricista. El fenómeno del rubricismo tiene lugar cuando la racionalidad litúrgica o teológica para determinada práctica cae en el olvido, y lo único en que uno puede afirmarse es la rúbrica misma, que es una prescripción positiva de la ley humana. Si no se puede decir por qué determinada práctica es correcta y adecuada sino que sencillamente se grita “¡Así es la rúbrica y hay que respetarla!”, o si se empieza a sudar frío a las 3 de la mañana porque uno se da cuenta de que hay tres manuales que no concuerdan sobre cuántos centímetros debe haber entre los objetos puestos en la credencia, en tales casos uno podría quizá ser llamado rubricista. Pero si se mira lo que he escrito sobre por qué habría que evitar los abusos de Chartres, se verá que hay en ello una racionalidad litúrgico-teológica, además de una alegación de que las rúbricas los prohíben.

La razón por la que las rúbricas son buenas es que las prácticas que ellas garantizan son en sí mismas buenas y adecuadas. No es al revés, vale decir, no es que algo es bueno porque las rúbricas lo mandan. Eso sería positivismo jurídico. No. La Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, aprende cuál es la mejor forma de llevar algo a cabo -mejor tanto en términos prácticos, como por razones teológico/espirituales, o por ambos motivos-, y la formula a continuación como rúbrica y manda que sea obedecida. Por ejemplo, la costumbre de mantener el pulgar y el índice unidos surgió como un uso, se extendió rápidamente y finalmente fue recogida en las rúbricas y mandada observar por todos[3]. Tal es el modo cómo normalmente se desarrollan estas cosas. Un gran problema del catolicismo del siglo XX fue que las rúbricas se habían transformado en una producción artesanal. La Congregación de Ritos, seguida después por el Consilium, comenzó a imaginar nuevas rúbricas año tras año, dando lugar al cansancio y al desagrado con esta tarea en su conjunto: se olvidó el significado teológico y espiritual de las rúbricas, o sea, del motivo por el cual, a fin de cuentas, se desarrollaban.

Esta es la razón por qué un tradicionalista es coherente al decir que hay que respetar las rúbricas, y también que hay unas que son mejores que otras debido a lo que exigen y a por qué lo exigen. En realidad, algunas rúbricas son malas, como la del Novus Ordo de que, durante la Misa, nadie debe hace una genuflexión ante nuestro Dios y Señor, Jesucristo, realmente presente en el tabernáculo, cuando meramente se pasa frente a él. No andemos con rodeos: esa rúbrica es estúpida y mala. Está “en el libro”, pero del mismo modo cómo en los libros hay muchas malas leyes[4].

Un rubricista es quien insiste en las rúbricas por sí mismas. Un tradicionalista insiste en las rúbricas precisamente porque protegen y promueven algo que es importante, algo que, primero, hay que entender teológica y espiritualmente, luego de lo cual la rúbrica se ve como correcta. Las rúbricas tienen fuerza legal porque están promulgadas por la autoridad legítima, pero tienen su fuerza intrínseca por la naturaleza de la cosa misma a que se refieren.


Los sacerdotes “pastorales” que ignoran o contradicen las buenas rúbricas del misal antiguo demuestran no una “flexibilidad ante las normas”, sino una mentalidad antinómica que es típica de la época moderna, con su hábito de desafiar las tradiciones y de dar primacía a consideraciones utilitarias y pragmáticas. Cuando un sacerdote mira una rúbrica tradicional no como guardián de una verdad teológica o espiritual, sino como un mandato arbitrario de la ley, se sentirá tanto más inclinado a violarla cada vez que piense que tiene una idea mejor.

Este punto de cómo hay que llevar a cabo las lecturas es más importante que lo que parece, porque no se trata de algo aislado. Es uno entre los varios caballos de Troya con los cuales los reformistas intrépidos e incansables pueden introducirse en el movimiento tradicional y transformarlo -al menos en ciertos sectores geográficos- en una recapitulación del descenso del Consilium hacia una insaciable manipulación, modificación, expurgación, reinvención, arqueologización y, al cabo, total transformación de la liturgia, todo ello en nombre de “mejoras pastorales”. Esto, y no el cuidado amoroso de ars celebrandi, es la auto-obstaculización que hay que evitar. 
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[1] Texto en el alemán original: 

Ich persönlich sehe inzwischen eine unvermutete Gefahr für die traditionelle Bewegung in der Kirche ganz woanders, nämlich in einer Hyperliturgisierung. Bei aller theologischen Engführung, die man Erzbischof Lefebvre vorwerfen mag: Er hatte den Eifer eines wahren Hirten, dem es um das Heil der Seelen geht. Die Bewahrung der Liturgie war für ihn kein ästhetischer Selbstzweck. Vielmehr sah er ihre Krise als einen Teil der Glaubenskrise, die das Heil vieler Seelen gefährdet. Sein Anliegen war ein höchst pastorales im vollen katholischen Sinne des Wortes. Es ging ihm nicht um Rubriken, also um den Buchstaben liturgischer Vorschriften, sondern um den Geist. Er war nicht gegen Reformen überhaupt, sondern gegen Reformen, die den Geist der Liturgie vernebeln.

In meinem ersten Priesterjahr in der Piusbruderschaft versorgte ich sonntäglich eine Kapelle, in der abwechselnd an einem Sonntag Gregorianischer Choral, am anderen die Schubertmesse gesungen wurde. Kein Mensch hatte sich etwas dabei gedacht. Das Phänomen eines liturgischen Purismus, der deutsche Lieder in der Liturgie verachtet, den direkten Vortrag von Lesung und Evangelium in der Landessprache ablehnt, einen exzessiven Rubrizismus bin hin zur missionarischen Selbstknebelung pflegt, ist mir erst viel später begegnet, vor allem in Laienkreisen. So wird Kritikern der traditionellen Liturgie eine willkommene Angriffsfläche geboten, Neulingen der Zugang zu ihr erschwert. Man hat eine schiefe Bahn betreten, an deren Ende Liturgie als Liebhaberei eines exklusiven Clubs exotischer Ästheten erscheint.

Ich bin Kardinal Sarah dankbar, dass er beim Abschlusshochamt der Chartreswallfahrt ein Zeichen gesetzt und das richtige Maß für die Weise angemahnt hat, wie man zelebrieren soll: “mit edler Schlichtheit, ohne unnötige Überladungen, falschen Ästhetizismus oder Theatralik, aber mit einem Sinn für das Heilige, der Gott zuerst die Ehre gibt.”

[2] Esta es una de las intuiciones que hicieron famosa a Catherine Pickstock, y reconozco con alegría la deuda que tengo con ella.

[3] Véase la última entrega de mi serie sobre mantener juntos el pulgar y el índice.

[4] El Rvdo. Zuhlsdorf ha analizado esta desafortunada rúbrica muchas veces. El Rvdo. Ray Blake la menciona aquí como parte de su observación de que el Novus Ordo no parece preocuparse mucho con la latría, excepto en las palabras (algunas veces). Esto, por cierto, es propio de la tendencia a ver las lecturas como algo que tiene sólo un valor didáctico, sin una función específicamente latréutica en la liturgia. 

lunes, 16 de julio de 2018

Sobre las adaptaciones "pastorales" a la forma extraordinaria

Publicamos a continuación un excelente artículo del Dr. Peter Kwasniewski en el que se pronuncia en contra de la inquietante tendencia de algunos sacerdotes que celebran la Misa tradicional de introducir cambios a la liturgia que no están previstos en las rúbricas ni en la legislación canónica vigente. El Dr. Kwasniewski es un estudioso tomista independiente y maestro de coro, autor de varios libros y colaborador habitual de numerosos sitios católicos.

Originalmente, el artículo fue publicado en New Liturgical Movement. La traducción ha sido preparada por la Redacción.

El Evangelio siendo leído en francés, versus populum, en una Misa solemne

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Al clero tradicional: por favor no sigan haciendo “adaptaciones pastorales”

Peter Kwasniewski

Desde hace 25 años he asistido a la Misa tradicional en muchos lugares y países. Lo que he visto ha sido muy edificante: un clero que ama la liturgia, que la celebra según el espíritu romano y de acuerdo con las rúbricas apropiadas, y unos fieles que agradecen tener acceso a este motor de santidad.

Pero hay también algunas sombras.

Un amigo me envió el vídeo de la tradicional Misa pontifical celebrada por el Cardenal Robert Sarah en la catedral de Chartres. Todo iba a pedir de boca, como podía esperarse de esta magna joya de la liturgia latina, hasta que llegamos a la Epístola y el Evangelio (puede encontrarse la Epístola en el marcador 1:08:50 del vídeo, y el Evangelio en 1:17:40). En ese momento, el subdiácono, mirando a los fieles y no al oriente, cantó en latín sólo el título de la lectura, y siguió leyéndola en alta voz en francés. No se hizo el canto de la lectura de cara al oriente, en su antiguo y emocionante tono. Luego vino el diácono, y en vez de cantar el Evangelio de cara al norte, se dio vuelta hacia los fieles y, después de cantar el título, procedió a leer el Evangelio en francés.  

"Cómo usar una brújula"
Esta práctica es contraria tanto al espíritu como a las rúbricas de la antigua liturgia romana que disciplinan la celebración. Más recientemente, en 2011, la Instrucción Universae Ecclesiae de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei dispone:

26. Tal como se prevee en el artículo 6 del motu proprio Summorum Pontificum, las lecturas de la santa Misa del misal de 1962 pueden ser proclamadas sólo en latín, o en latín seguido por el vernáculo o, en las Misas rezadas, solamente en vernáculo.

Por tanto, sólo en la Misa rezada se permite sustituír el latín por el vernáculo -y adviértase que sólo se lo permite, no se lo exige ni recomienda-. De hecho, siempre es mejor leer las lecturas en latín primero y luego leerlas en vernáculo desde el púlpito, si se lo considera pastoralmente prudente. Pero en la Misa cantada, y más todavía en la Misa cantada solemne y, sobre todo, en la Misa pontifical, las lecturas han de cantarse siempre en latín, con el ceremonial y la orientación adecuados. Lo que vimos en la Misa de Chartres es un abuso litúrgico, en nada diferente de la multitud de abusos que son la plaga del Novus Ordo.

Esta violación de las rúbricas se entendió, sin duda, como una adaptación o acomodo “pastoral”. Sin embargo, es un exacto ejemplo de lo que debemos evitar cuidadosamente. Muchas de las peores aberraciones y desviaciones de la década de 1960, cuando la antigua Misa fue objeto de torturas y desmembramientos y, después, el misal de Pablo VI, surgieron basados precisamente en “consideraciones pastorales”. El P. Louis Bouyer, que trabajó en el matadero de Bugnini para luego arrepentirse de su complicidad, captó, ya en la década de 1950, el olor de este extraño pastoralismo. Para Bouyer, la liturgia es, primero que nada, algo que se nos da, algo que nos da la Tradición. Desde un punto de vista material es un objeto circunscrito con precisión: el todo compuesto por ritos y ceremonias, de lecturas y oraciones contenidas en libros que llamamos misal, breviario y ritual. Se trata de algo que podríamos querer enriquecer, tal cómo cada generación cristiana enriquece la espiritualidad, la moral, incluso el dogma; pero es algo que, primero, hay que recibir, y recibirlo de la Iglesia[1].

Una diferencia importante entre la teología del clásico rito romano y la del rito moderno de Pablo VI es la diferencia en cómo se entiende las lecturas. Las lecturas de la Misa no son meramente instructivas o didácticas, sino que son parte integral de una acción unitaria de adoración que se ofrece a Dios en el Santo Sacrificio. El clero canta las palabras divinas en presencia de su Autor como parte de una logike latreia, de un culto racional, que debemos rendir a nuestro Creador y Redentor. Esas palabras son un hacer presente la alianza con Dios, una actualización de su significado en el contexto sacramental para el cual fueron dispuestas, una recitación agradecida y humilde, en presencia de Dios, de las verdades que Él ha pronunciado y de los bienes que Él ha prometido (según la manera de orar a Dios que nos muestran las Escrituras: “Recuerda, Señor, las promesas que nos has hecho”), y una forma de incienso verbal con el cual elevamos nuestras manos hacia sus Mandamientos, como lo expresa ese gran canto de ofrecimiento: “Meditabor in mandatis tuis, quae dilexi valde: et levabo manus meas ad mandata tua, quae dilexi”.

La lectura cantada en latín es una expresión de amor de adoración dirigida a Dios, antes que ser una comunicación de conocimiento a los fieles, y la forma en que se lleva a cabo debiera reflejar esta primacía. En la antigua liturgia, Dios goza de primacía siempre y en todas partes. Nada se hace “simplemente” en pro del pueblo. La Sagrada Comunión, que claramente beneficia al pueblo, es tratada con adoración, reverencia, cuidado y amorosa atención; se la distribuye exclusivamente por las manos ungidas de los ordenados, en la lengua de los fieles arrodillados, con una patena debajo y, quizá, un mantel de tela protector. Todos los ojos deben estar fijos en el Señor Eucaristía, dándole la primacía que se le debe. Lo mismo debiera ocurrir con la proclamación de las palabras divinas, en las que encontramos una encarnación simbólica de la Palabra de Dios que alimenta nuestras almas en preparación para el banquete divino del Santísimo Sacramento[2].

La vernacularización y recitación de las lecturas en la Misa solemne deja entrever el racionalismo y utilitarianismo del Sínodo de Pistoya. El canto de la Palabra de Dios no es sólo para la instrucción, sino una acción cuasi-sacramental en y por sí misma (como lo ha expuesto Martín Mosebach en relación con el uso de incienso, de cirios y de la oración “Per evangelica dicta, deleantur nostra delicta”)[3]. Es una parte de la actividad cultual y, como las demás oraciones de la Misa, debieran ser distinguidas con un registro sacro, santificado por la Tradición. Nadie se quejará si este canto litúrgico formal, que en todo caso toma sólo unos pocos minutos, es seguido por una recitación de los textos en vernáculo antes de la homilía. Pero la recitación no debería jamás reemplazar al canto. 

He sabido de sacerdotes en Francia y Alemania que, de acuerdo con esta irresponsable actitud pastoral, dicen también el “Ecce Agnus Dei” y el “Domine non sum dignus” en vernáculo. Hablemos en serio: ¿ha sido jamás causa de dificultad para los fieles entender lo que estas frases, repetidas en cada Misa, significan? Adicionalmente, algunos clérigos en Alemania, que parecen no haber aprendido nada de estos últimos cincuenta años, insisten en reciclar las viejas y edulcoradas Misas de Schubert y otras paráfrasis alemanas, que tratan de hacer pasar por liebres al pueblo, en vez de hacerlo compartir las riquezas del canto gregoriano, como todos y cada uno de los Papas ha urgido a hacer, desde 1903 a 2013[4].


Hay, además, cuestiones prácticas, esas porfiadas pequeñeces conocidas como “hechos”. Los fieles que asisten hoy al usus antiquior incluyen a personas de diversas lenguas porque en muchos lugares hay sólo una Misa en latín, y todo el pueblo de los alrededores se reúne para ella. Hace poco estuve de visita en la iglesia de San Clemente, en Ottawa, en la cual el 40% de los fieles es francófono y 60% anglófono. El latín es la lengua litúrgica común que los une. En los Estados Unidos, cuando los católicos hispanos asisten a la Misa tradicional, el latín resulta más afín a su lengua materna que el inglés. En la parroquia de otra ciudad que conozco, hay familias que hablan inglés, rumano, polaco, ruso, checo, italiano y castellano. Además de la fidelidad a las rúbricas, situaciones como ésa ofrecen una genuina razón “pastoral” para el uso del latín.

En este sentido, la Misa de Chartres evidenció una espectacular falta de sentido común pastoral: la peregrinación es internacional, compuesta por personas para quienes, con toda seguridad, el francés no es la lengua común. Leer las lecturas en francés revela una actitud nacionalista, regionalista y culturalmente imperialista. Como lo dijo Juan XXIII en Veterum Sapientia, sólo el uso de la venerable y universal lengua latina está libre de tales problemas. 

Sería oportuno que la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, así como las congregaciones religiosas y sociedades de vida apostólica que utilizan el usus antiquior, monitoreen estos abusos litúrgicos y los corrijan antes de que se extiendan. ¿Cómo podría el clero esperar que los fieles sean obedientes a sus padres en Cristo si estos mismos padres no son fieles a la liturgia heredada? ¿Será mucho pedir que los sacerdotes respeten el espíritu y la letra del rito romano tal como nos ha sido legado, sin introducir las desviaciones y adaptaciones creativas del Movimiento Litúrgico? Ya sabemos adonde conducen tales cosas: al Novus Ordo.

Los fieles merecen y tienen derecho a una Misa tradicional celebrada de acuerdo con el sabio dicho “Diga lo que está en negro, haga lo que está en rojo”. Después de décadas de confusión, se está dando a la Iglesia una oportunidad sin igual de restaurar la celebración de la liturgia según una actitud y una práctica correctas. Si en esta ocasión lo enredamos todo con miopes adaptaciones pastorales, no tendremos a nadie a quien culpar sino a nosotros mismos cuando estemos cayendo en una segunda reforma litúrgica, de la cual puede que la Divina Providencia ya no nos rescate.
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[1] Bouyer, L., “Après les journées de Vanves. Quelques mises au point sur le sense et le rôle de la Liturgie”, en Etudes de pastorale (París, Cerf, 1944, y Lyon, Abeille, 1944), p. 383, citado en Pepino, J., Cassandra´s curse: Louis Bouyer, the Liturgical Movement and the Post-Conciliar Reforme of the Mass”, Antiphon 18/3 (2014), pp. 254-300, especialmente p. 270. 

[2] Para un desarrollo más extenso de este punto, ver mi artículo “In Defense of Preserving Readings in Latin”.

[3] Otra confirmación de esta tesis se encuentra en el rito tradicional para la ordenación de los diáconos, como comentario a la nota del P. Zuhlsdorf (aquí cito): "Después de que el obispo reviste al nuevo diácono con la estola y la dalmática, le entrega el Evangeliario y le dice: “Accipe potestatem legendi Evangelium in Ecclesia Dei, tam pro vivis quam pro defunctis. In nomine Domini” (“Recibe la potestad de leer el Evangelio en la Iglesia de Dios, tanto por los vivos como por los difuntos. En nombre del Señor”). Aquello de leer el Evangelio por los difuntos carecería de sentido si la lectura fuera meramente una instrucción práctica para aquellos miembros de la Iglesia Militante que están presentes en una determinada Misa (el rito de los subdiáconos tiene una fórmula semejante para la lectura de la Epístola, referida a la potestad de leerla tanto por los vivos como por los difuntos)".

[4] Yo no objetaría necesariamente el que se cantara himnos en vernáculo en la Misa cantada, siempre que el ordinario en gregoriano y los propios se cantaran primero, y que el himno sirviera como una especie de motete popular. Pero suplantar lo que es litúrgico con lo que no lo es, es protestante, no católico ni ortodoxo. 

sábado, 14 de julio de 2018

Los libros litúrgicos (VII): el Evangeliario

Ya en los Hechos de los Apóstoles se narra cómo los primeros cristianos se reunían el primer día de la semana para celebrar la fracción del plan tras escuchar la palabra de los Apóstoles (20, 7). La llamada "liturgia de la palabra" (Misa de los catecúmenos) y la "liturgia eucarística" (Misa de los fieles) estuvieron así siempre ligadas de modo indisoluble. Con el tiempo, y al haberse fijado por escrito el mensaje de Cristo y de los Apóstoles, ese sermón fue reemplazado por la lectura de la Buena Nueva según los libros canónicamente aceptados. Desde el siglo II, se impuso la elección de lecturas determinadas para ser leídas durante la celebración de la Misa, descartando una lectura continua del Nuevo Testamento. Se trataba de favorecer que la asamblea retuviera, mediante la repetición anual de unas mismas lecturas, los principales acontecimientos de la vida de Cristo y del cumplimiento de su ministerio redentor. 

De esta manera nació el evangeliario, que es el libro destinado a recoger los textos de las lecturas de los cuatro Evangelios relativas a cada uno de los días del año dispuestas según el orden de los tiempos litúrgicos. 

El papa Benedicto XVI bendice a los fieles con el Evangeliario

De ordinario, las perícopas evangélicas que habían sido seleccionadas para ser leídas en la Santa Misa se incluían en los leccionarios, donde se encontraban todas las lecturas que serían usadas en ellas y, en alguna casos, también aquellas propias de maitines. Pero no era extraño que, por su importancia, los fragmentos evangélicos estuviesen coleccionados en un códice distinto. De ahí que el evangeliario no sólo designase el libro que contenía el texto de los cuatro Evangelios (reconocidos como canónicos por el Tercer Concilio de Cartago en 397), sino también aquel que contenía las perícopas evangélicas que debían leerse durante la Misa, cuyo elenco se solía poner al comienzo o al final del volumen. Esta última recopilación se conocía originalmente con el nombre de capitulare evangeliorum. Los más antiguos de que se tienen noticia datan de los siglos VII y VIII y están añadidos a dos evangeliarios célebres: el Evangeliario de San Cutberto y el Evangeliario de Burchard. 

El Evangeliario de San Cutberto es libro europeo más antiguo que se ha encontrado intacto. Data del siglo VII y es una copia manuscrita y en latín del Evangelio según San Juan. Mide 96 milímetros por 136 milímetros, por lo que cabe en una mano, y va provisto de una cubierta de cuero rojo profusamente decorada. Fue descubierto en la tumba de San Cutberto (634-687) en la Catedral de Durham, cuando fue abierta en 1104, donde su ataúd había siso trasladado de la isla de Lindisfarne, ubicada a 330 millas al norte de Londres, para proteger los restos de los invasores vikingos. Sin embargo, como el santo murió hacia fines del siglo VII, el volumen hubo de ser compuesto en ese siglo y quizá antes. De hecho, se trata de la transcripción de un evangeliario en uso en la iglesia de Nápoles, aunque los especialistas dudan si la copia fue realizada directamente en Lindisfarne hacia 668 o diez años antes en Nápoles. Como fuere, este volumen es algo anterior a los Evangelios de Lindisfarne, que contienen a los cuatro evangelistas. El libro se conserva hoy en el Museo Británico.​

Detalles del Evangeliario de San Cutberto

El Evangeliario de Burchard recibe ese nombre porque la tradición lo hace proceder de San Burchard, monje inglés y luego obispo de Würzburgo entre 741 y 753. Es muy semejante al precedente y actualmente se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Würzburgo. 

Estos dos capitulares no contienen una tabla precisa de las diversas perícopas evangélicas dispuestas según el año litúrgico, sino que se limitan a poner sobre cada uno de los textos recogidos un listado de los días en los cuales se usaba el mismo evangelio, seguido de una sumaria indicación de la correspondiente lectio divina. Ellos representan de modo muy verosímil el uso romano de los tiempos de San Gregorio Magno (590-604), aunque el escaso número de fiestas de santos de las que dan cuenta hace pensar en un origen incluso anterior. 

En los siglos siguientes, los capitulares y los evangeliarios propiamente tales se multiplicaron de modo extraordinario. En las bibliotecas europeas se conservan un número considerable de ellos. 

Capitulare evangeliorum (1r-16v). Evangelia quattuor (16v-275r) (Evangelario de Carlos IX)
(850-900)
(Foto: Pinterest)

El evangeliario fue siempre considerado en la Iglesia como un símbolo de Cristo y, por tanto, objeto de especial honor religioso y litúrgico. Esto se debe al hecho de que, siendo siempre el anuncio evangélico la cima de la liturgia de la palabra, las dos tradiciones litúrgicas, la occidental y la oriental, han mantenido una diferencia entre el Evangelio y las demás lecturas, lo que se manifiesta en la forma habitual de proclamarlas (en el rito romano, la Epístola se canta hacia el oriente y el Evangelio se proclama hacia el norte). Esto explica que, desde el siglo V, el evangeliario se coloque sobre el altar, junto con la Eucaristía, se lea en la Misa entre candelas, se perfume con incienso, sea honrado por toda la asamblea de pie, besado, usado en la consagración de los obispos, y llevado en procesión como símbolo del anuncio de Cristo al mundo. 

No menor fue la preeminencia de honor atribuida al evangeliario en el campo litúrgico. En los Concilios de Efeso (431) y Calcedonia (451) se leyó la profesión de fe en presencia del evangeliario. El Concilio de Roma (1001) comenzó con la lectura del Santo Evangelio, y en el de Florencia (1438) fue expuesto el evangeliario sobre las cabezas de los obispos congregados. Durante el Constantinopolitano III (680-681), el Niceno II (787), el Constantipolitano IV (869-870) y los dos Concilios Vaticanos (1869-1870 y 1962-1965), el evangeliario fue solemnemente entronizado y colocado, junto con una reliquia de la cruz, al centro de la asamblea sinodal. De esta manera, los pastores de la Iglesia hacían una manifestación pública de la necesidad de caminar juntos en el camino trazado por Cristo, reconociendo en la Palabra revelada la lámpara para nuestros pasos, la luz para nuestros senderos (cfr. Sal 119, 105). Por eso, un trono con el Santo Evangelio pasó a ser la representación plástica de un Concilio. Así hizo representar los seis primeros concilios en el atrio de San Pedro el papa Constantino (708-715), y así fueron exhibidos también en Constantinopla. San Cirilo de Alejandría (370-444) resume bellamente el significado del Evangelio en los concilios, escribiendo acerca de Éfeso, al emperador Teodosio: "El Sínodo, congregado en la Iglesia de Santa María, constituyó a Cristo por cabeza, pues el venerable libro de los Evangelios fue colocado en el trono santo, para inculcar a los santos prelados que juzgaran rectamente y dirimieran el litigio entre el Evangelio y Nestorio" (el santo se refiere a quien fuera Patriarca de Constantinopla y autor de la herejía que separa totalmente la divinidad y la humanidad de Cristo).

El papa Francisco sostiene un Evangeliario para la veneración de los fieles
(Foto: @EmisorasUnidas)

La importancia ceremonial dada al libro que contenían los Evangelios explica también que éste fuese elaborado con gran cuidado, se adornase y se venerase más que cualquier otro leccionario. Los códices que contenían los textos evangélicos se quería que estuviesen escritos con caracteres unciales de oro y plata, sobre finísimos pergaminos de púrpura, suntuosamente encuadernados y guardados en cajas preciosas. Aunque hay muestras anteriores, el momento de gloria de los evangeliarios comenzó bajo Carlomagno (742-814). En esa época, una serie de calígrafos, especialmente en los escritorios de los monasterios, trabajo de manera infatigable y con habilidad sin igual, escribiendo libros litúrgicos, sobre todo los evangeliarios, que el rey los grandes señores deseaban poseer y regalar a las iglesias. Esta admirable actividad no se agotó en los siglos siguientes, sino que desde el siglo XII se vio beneficiada con el arte de la iluminación, que embelleció con miniaturas maravillosas todos los libros sagrados. Con todo, a partir del siglo XI, comenzaron  a insertarse las lecturas en los misales para facilitar la celebración. El misal acabó siendo, entonces, plenario, pues en él se contenían todos los textos necesarios para poder rezar o cantar la Santa Misa. Aún así, los evangeliarios se siguieron editando, aunque su uso quedó reservado a las iglesias catedrales, colegiatas, abaciales y otras de mayor importancia. 

Después de la reforma litúrgica acometida tras el Concilio Vaticano II y teniendo en cuenta el mayor realce que se quiso dar en ella a la lectura de los textos bíblicos, se comenzaron a imprimir nuevamente leccionarios y evangeliarios de acuerdo con las nuevas lecturas aprobadas (dos ciclos para los días de semana y tres para los domingos), de manera que pudieran ser usados en procesión al inicio de la Santa Misa. De hecho, el Ordo Lectionun Missae (editado por primera vez en 1969 y después nuevamente en 1981) señala que "es muy conveniente que también en nuestros días, en las catedrales y en las parroquias e iglesias más grandes y más concurridas, se tenga un Evangeliario, hermosamente adornado y diferente del libro de las demás lecturas" (núm. 36).


El Evangeliario llevado en procesión al comienzo de una Misa pontifical
(Foto: Cleansingfire)

Actualmente, el evangeliario se saca momentos antes de la celebración litúrgica y se recoge un vez que ella ha finalizado. Antes del comienzo de la Misa se lleva en procesión por un diácono u otro ministro sagrado y se deja todavía cerrado sobre el centro del altar. Entonces, el celebrante besa el altar y el evangeliario antes de dirigirse a su sede. Al momento de proclamar el Evangelio, el libro es llevado al ambón y abierto. En algunos momentos, la presencia del evangeliario es particularmente significativa. Así ocurre: 

(a) En una de las etapas del itinerario catecumenal, junto con la entrega del Símbolo y del Padrenuestro. 

(b) En la ordenación de diáconos y en la consagración de obispos: "Este es el libro que es entregado al diácono en su ordenación, y en la ordenación episcopal es colocado y sostenido sobre la cabeza del elegido" (Ordo Lectionun Missae, núm. 36).

(c) En el entrega que se hace al párroco, como uno de los signos de su ministerio pastoral. 

(d) En la colocación sobre el féretro durante el rito de exequias. 

(e) En el momento de gran solemnidad dentro de un sínodo o concilio, cuando el evangeliario es entronizado al comienzo de cada congregación general.  

(f) Sobre él, todavía hoy, como ya ocurría en tiempos de Justiniano, se presta juramento. 


Cubiertas de un Evangeliario de la Colegiata de Santa María de Roncesvalles (segundo cuarto del siglo XIII) sobre el que juraban los priores y, en ocasiones, los reyes navarros

miércoles, 11 de julio de 2018

¿Se puede cuestionar la reforma litúrgica?

A continuación ofrecemos a nuestros lectores la traducción de un artículo del Dr. Peter Kwasniewski en forma de diálogo, referido a la reforma litúrgica y la correcta comprensión por parte de los fieles de lo que significa la autoridad magisterial del Romano Pontífice y de cuáles son sus límites.

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive. La traducción ha sido hecha por la Redacción. Existe también otra traducción al castellano hecha por Adelante la fe

 El desastre del LZ 129 Hinderburg (1937)
(Foto: OnePeterFive)

***

¿Puede un católico fiel cuestionar la reforma litúrgica? 
Un diálogo

Peter Kwasniewski

William: Querido amigo, simplemente no puedo aceptar tu postura de que el Novus Ordo es intrínsecamente defectuoso. Jamás un Papa promulgaría una liturgia que fuere dañina para los fieles.

Terence: ¡Me sorprendes, Bill! ¿Qué es lo que te impide ver algo que a mí y a tantos otros católicos nos parece obvio? ¡Por cierto que un Papa puede hacer semejante cosa, puesto que Pablo VI lo hizo abiertamente, y aquí estamos, hundidos hasta las pantorrillas en el desastre! Un desastre que nos rodea por todas partes en las innumerables liturgias aburridoras y banales, cuando no irreverentes y sacrílegas, que se celebran día tras día. 

W.: Eso ocurre solamente por el modo cómo la gente ha decidido celebrar esa liturgia, Terry. No hay nada en ella intrínsecamente malo, ni podría haberlo. ¡Echale la culpa al chófer, no al automóvil!

T.: Retrocedamos los dos un paso. Tus vacilaciones proceden, si no me equivoco, de una soterrada ansiedad acerca de las consecuencias que tendría el aceptar que fue un error de Pablo VI promulgar un nuevo Ordo para la Misa (y para casi todo lo que cayó en sus manos). En efecto, ¿qué consecuencias tendría para la vida y los deberes de los católicos el creer que la nueva liturgia es una desviación, un camino sin salida, y que la liturgia tradicional que la precedió fue fundamentalmente sana y adecuada para responder a las necesidades del “hombre moderno”, por lo que debiéramos, con todas nuestra fuerzas, adoptarla de nuevo? 

W.: Ese es, precisamente, el punto. Y puesto que lo has expresado, creo que las consecuencias serían considerables. Me parece que no podríamos confiar en el Papa para nada, si no fuera posible confiar en él respecto de la liturgia. Y eso podría socavar todo el sistema católico de creencias y prácticas.

T.: Te sorprenderá saber que a mí no me parece que habría ninguna consecuencia de importancia. No obstante lo que pienso sobre la reforma litúrgica, sigo profesando el Credo y aceptando todos los dogmas y enseñanzas morales claramente enseñados por la Iglesia. Sigo luchando por vivir imitando la vida del Señor, de su Madre y de todos los santos. Acepto y enseño la enseñanza contenida en los catecismos autorizados. Adoro a Dios según la tradición apostólica que la Iglesia nos ha transmitido incólume, en cuanto que es la fuente primera de su santidad. En realidad, la única diferencia entre yo y un católico de hace un siglo es que para él era más fácil acceder a todas estas cosas, en tanto que yo debo buscarlas con gran esfuerzo, arrostrando la ignorancia, el error, la hostilidad y la indiferencia tanto del clero como de los laicos.

W.: Tu modo de expresarte es un poco exaltado, pero me imagino que en esto no te diferencias mucho de un católico sincero de los tiempos de la Reforma, que vivía en medio de la corrupción eclesiástica y la confusión doctrinal, esforzándose duramente por conocer su fe y vivir de acuerdo con ella. 

T.: Así es. ¿Quiere ello decir que voy camino a repudiar el oficio papal o su autoridad suprema para definir o juzgar en materias de fe y de moral? ¡Estoy lejos de tal cosa!  

W.: Entonces, ¿cómo explicas la tremenda caída de la prudencia papal que tus puntos de vista suponen? ¿Acaso no se minaría la reverencia que debemos al Papa y la confianza que depositamos en él?

T.: Apuntas aquí al corazón del problema. El oficio papal no excluye por principio graves caídas en el orden de la prudencia y en cuestiones magisteriales no definitivas. Tales caídas pueden incluir la aprobación imprudente de un rito litúrgico o sacramental defectuoso en sus aspectos secundarios (es decir, no en su materia y forma), capaces de producir una comprensión inadecuada o errónea de los misterios a que se refiere. Ni las Escrituras ni la Tradición ni el Magisterio han dicho jamás que tal cosa sea imposible, ni es algo que queda excluído por la doctrina de la infalibilidad papal definida por el Concilio Vaticano I. Por lo tanto, es perfectamente posible.

W.: Tendría que estudiar más a fondo el Vaticano I para evaluar tu argumentación.

T.: Además de lo que el mismo Magisterio dice sobre sus propias condiciones y limitaciones, se supone que también tenemos que tomar en serio las pruebas de nuestra razón, de nuestros sentidos, de nuestro ingenio. Dios es autor tanto de la naturaleza como de lo sobrenatural. En presencia de un desastre, tenemos que aceptarlo como el desastre que es, y reaccionar en consecuencia. 

W.: Yo me mantengo en mi posición de siempre: si un laico o clérigo deriva de la nueva liturgia algún error en materia de fe o de moral, es por su propia culpa, ya que no se le ha exigido entender mal cosa alguna, como ocurre en el caso de una liturgia explícitamente herética, como la de los calvinistas.

T.: Eso no me convence, porque es deber de la autoridad competente proporcionar todos los apoyos que requiera la naturaleza humana para comprender correctamente y, en la medida de lo posible, para evitar todo lo que pudiera fácilmente sugerir un error. Si hay muchos que comprenden mal lo que se les entrega, el problema está en aquello que se les entrega, y la culpa la tiene claramente quien lo entrega.

W.: Ten paciencia conmigo, porque todavía estoy enterándome de las diversas posturas de este debate. ¿Podrías ilustrarme con algunos ejemplos?

T.: El Novus Ordo suprime los tradicionales apoyos para comprender y realizar correctamente el culto. Después de todo, es esto lo que significa ortodoxia: recta doctrina y recto culto, ambas cosas inseparables. E introduce tanto algunos elementos propios de anticuarios como otros noveles que sugieren una comprensión falsa de la Misa. Por ejemplo, el regresar, anacronísticamente, a algunas antiguas prácticas eucarísticas que, resucitadas luego del desarrollo de la piedad medieval, cuyos efectos se prolongaron hasta el mundo moderno, no podían sino tener una inflexión modernista, con el resultado de debilitar la fe en la Presencia Real. Además, están bien documentadas las opiniones modernistas, ya sean vagas o explícitas, de los compiladores de la nueva liturgia, lo cual prueba que precisamente aquéllos que la armaron, tenían el propósito de suprimir algunos de aquellos apoyos y de introducir novedades.

W.: Cosa sumamente condenable, si es que es verdad.

T.: El punto está bien documentado precisamente por los mismos que revisaron la liturgia en las décadas sesenta y setenta.

W.: De acuerdo, vas a tener que mostrarme algunas de esas fuentes más adelante. Pero, supongamos que estás en lo correcto acerca de lo que los reformadores pretendieron hacer. ¿De qué modo involucra esto al Papa?

T.: ¿Crees posible salir del paso diciendo que un Papa que sanciona semejante resultado -producto de teorías discutibles, de sospechosas innovaciones y de claras desviaciones del consenso general de los Padres Conciliares, tal como está expuesto en Sacrosanctum Concilium- y que, a continuación, lo promulga para la Iglesia de rito latino, no es responsable, en un sentido real, de los efectos deletéreos que esta nueva liturgia ha producido en los fieles? ¿Podemos decir que no es, de modo alguno, responsable de sus defectos?

W.: No veo cómo podría no serlo. 

T.: La respuesta, tanto de la razón natural como del juicio de la fe, sería un clamoroso “no”. Ese Papa, de apellido Montini, es responsable del mal de la ruptura, y debe responder por todos y cada uno de los innumerables abusos del rito que promulgó, porque tanto en el modo como está redactado como en el modo cómo de hecho existe y opera, se aleja de la vía segura de la tradición y abre la vía a una falsa inculturación, a un pluralismo sin límites, a un individualismo en la celebración, a un egoísmo, a un narcisismo.

W.: Me siento incómodo con el rumbo que llevas, pero me resulta difícil negarlo. El Papa es responsable de lo que promulga, y si los errores están en la construcción misma, por decirlo así, es tan autor de ellos como Bugnini o cualquier otro miembro del Consilium. O, más bien, es más autor todavía, porque adopta formalmente el trabajo como suyo propio en el momento en que lo presenta, con toda su autoridad, firmado con su nombre.

T.: Exactamente.

W.: Pero, ¿por qué estás tan seguro de que los resultados han sido invariablemente malos?

T.: No digo totalmente malos, sino malos en su mayor parte. ¿Podría alguien poner seriamente en duda que la nueva liturgia ha tenido los efectos más destructivos desde que fue introducida a la fuerza hace más de medio siglo? Aparte de las estadísticas sobre la rápida y devastadora caída en la asistencia a Misa en todo el mundo católico (tendencia que comenzó con el primer fervor de la experimentación litúrgica de la década de 1960 y continúa hasta hoy día, como nos lo recuerda el continuo cierre de iglesias), existe una confusión masiva acerca de lo que la Misa es, y acerca de si el Señor está realmente presente en la Eucaristía, y acerca de cómo se diferencia del laico el sacerdote que está en el altar, y acerca de otros temas básicos (¡básicos!) de la Fe católica. Y ello incluso entre los católicos que todavía van a Misa, a quienes las encuestas les hacen preguntas tan fáciles que cualquier niño de primera comunión en la década de 1950 hubiera respondido con toda facilidad. Sobre todo, uno ni se atreve a preguntar a los católicos si la Misa es un sacrificio: casi los únicos que responderán que “sí” y que podrán dar una explicación sencilla de su respuesta son los que asisten a las Misas de las comunidades Ecclesia Dei, de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y de las pocas decenas de parroquias en todo el orbe que tienen una vida litúrgica saludable.

W.: ¿No provendrá la mayor parte de estos problemas de una descuidada puesta en práctica, de una mala predicación, de ausencia de buenas escuelas católicas?

T.: Me parece que estás evitando, cuidadosa y convenientemente, referirte al hecho de que la nueva Misa fue ella misma percibida como algo que invitaba y aun requería una ejecución alejada de la tradición e improvisadora, con una prédica de estilo narrativo, y jamás se hizo nada verdaderamente importante para evitar todo esto.

W.: Pero ha habido tantos documentos del Vaticano…

T.: Ah, no empieces con eso… La cantidad incalculable de documentos sin mordida y la montaña de palabrería ineficaz son un testimonio del total fracaso de un verdadero gobierno pastoral. Irónico, en una época que ha adoptado la palabra “pastoral” como su más especial descriptor. Si existiera un genuino deseo de restaurar la sacralidad, la reverencia, la belleza la solemnidad, la seriedad, la buena música, etcétera, en la liturgia, ello hubiera ocurrido hace ya mucho tiempo. Pero no hay tal deseo ni jamás lo habrá porque el Novus Ordo no está comprometido fundamentalmente, inflexiblemente, dogmáticamente, con la visión tradicional del culto, ni tampoco lo están ni los Papas ni los obispos que lo apoyan.

W.: ¿De modo que piensas que el Novus Ordo está sentenciado a fracasar, que no puede ser corregido?

T.: No hay motivo alguno para andarse con rodeos. El simple hecho de haber echado por la borda la liturgia heredada, amada durante siglos y en todo el orbe, y la imposición de una inmensamente diferente neoliturgia a un conjunto de fieles que no pedían tal cambio, explica más que adecuadamente por qué ella no fue bendecida por Dios con la fecundidad característica de la única verdadera Iglesia o con la universal aceptación que se espera de un acto del Papa.

W.: Explícate más, por favor.

T.: Sus malos frutos fueron evidentes de inmediato, o su falta de aceptación por miembros del laicado y del clero fue un agudo indicio de que algo andaba gravemente mal: y esta señal no ha disminuido sino crecido en las décadas posteriores, hasta llegar al presente. Con la excepción de algunos lugares que tenían desde antiguo un rito propio y se adhirieron a él porfiadamente, la liturgia tridentina fue siempre aceptada con unanimidad por el mundo católico. En severo contraste, el nuevo rito de Pablo VI dio origen a controversias desde el principio. Se lo cuestionó y se lo resistió por un número no despreciable de católicos, famosos y no famosos, en diversas partes del mundo, y nunca triunfó entre aquellos a quienes estaba dirigido. Con cada año que pasa, hay más católicos en todo el mundo que rechazan efectivamente esta desastrada reforma en su totalidad, al tiempo que buscan regresar a esa bendición que es el culto tradicional. Esto no había sucedido jamás en toda la historia de la Iglesia. Lo cual debiera hacernos entender los límites de cualquier persona -sea el líder indiscutido del mundo nuevo o el poderoso Papa de Roma- para dictar cómo debe ser la realidad.

 El Prof. Kwasniewski ofrece una conferencia (2015) en la Universidad Franciscana de Steubenville (EE.UU.)
(Foto: Rorate Caeli)

W.: Evidentemente no compartes la opinión de algunos bloggers que creen que el tradicionalismo es un fuego fatuo, destinado a seguir los pasos de la irrelevancia amish…

T.: Sin entrar en la cuestión fascinante de cuán irrelevantes son los amish cuando se los compara con los últimos resuellos del protestantismo central, sí: no comparto esas visiones excesivamente optimistas. A pesar de los vanos deseos de sus fabricantes, la Misa Novus Ordo no podrá jamás establecerse como la única forma del rito romano. Las comunidades que se constituyen en torno a la Misa tradicional producen una cosecha desproporcionadamente grande de vocaciones sacerdotales y religiosas[1], resultado de familias sólidamente extensas y bien catequizadas. 

W.: Tendrás que admitir, sin embargo, que el papa Francisco y sus partidarios en todo el mundo están haciendo sus mejores esfuerzos para suprimir a los tradicionalistas.

T.: Cuando se persigue a los tradicionalistas, como se lo ha hecho durante este pontificado, ellos no se rinden ni huyen. Si la sangre de los mártires es la semilla del cristianismo, algo análogo sucede con el desbancamiento de los tradicionalistas, lo que no hace más que incrementar su intenso trabajo y su oración por la verdadera reforma de la Iglesia, y confirma su diagnóstico de la orientación fundamentalmente modernista de sus enemigos, la cual no es, en todo caso, difícil de comprobar. 

W.: ¿No crees que existe el peligro de que los tradicionalistas desarrollen un complejo de mártires, y piensen que son mejores o que están más en lo cierto porque experimentan problemas?

T.: El hecho de que los tradicionalistas sean vistos y tratados como peores que otros herejes o cismáticos debido a que creen y transmiten lo que todo católico creyó durante siglos, es una señal resplandeciente de que están en el camino correcto, en la senda estrecha que conduce a la renovación. La renovación proviene siempre de un absoluto convencimiento, de un compromiso total con la verdad de la revelación divina en la Iglesia. Si consideramos los movimientos de reforma, podemos ver que son siempre el trabajo de unos pocos, no de la mayoría. La mayoría está demasiado cómoda en su posición de poder o en su idea de “cómo son las cosas”. Los pocos ven las cosas de otro modo, imaginan algo mejor Es un privilegio sufrir como católicos los ataques de otros católicos. Es un privilegio sufrir por Jesucristo y por la Fe de nuestros padres en vez de rendirse a los remedos propuestos por el “club de los camaradas”.

W.: Parece que nos hemos alejado bastante de nuestra cuestión inicial. ¿Te importaría que volviéramos a ella?

T.: No, en absoluto.

W.: Lo que estoy decidido a mantener a toda costa es que el Papa, cuando promulga una liturgia, no puede promulgar una liturgia sacramentalmente inválida o una que contiene decididamente errores en Fe o moral.

T.: ¿A eso se reduce tu posición? Entonces, no existe desacuerdo entre nosotros.

W.: Explícate mejor, Terry. No me dejes en suspenso.

T.: No sé si llamarlo una cuestión de fe o una conclusión deducible de una cuestión de fe, pero estoy convencido -y creo que los tradicionalistas concordarían en general con esto- que el Papa no puede promulgar una liturgia inválida o una que contenga claros errores de Fe o moral. Dicho en sencillo, esto significa que todo rito sacramental promulgado por un Papa contendrá, por lo menos, la forma y la materia que se requiere para que ese sacramento sea completo, y que no sería posible establecer que expresamente niega un artículo de Fe o hace afirmaciones que sólo podrían ser calificadas de heréticas. 

W.: Hasta aquí vamos bien.

T.: De ello no se sigue, sin embargo, que todo el contenido de la Fe católica debería poder ser encontrado en un rito promulgado por el Papa. No hay razón por la que no pudiera dar una expresión gravemente inadecuada a ciertas doctrinas, o no pudiera contener ambigüedades susceptibles de interpretación herética. Por el contrario, un rito válido podría ser defectuoso en la expresión del contenido dogmático o moral de la Fe, y ser lo suficientemente superficial o ambiguo como para hacer que una interpretación herética sea no sólo posible sino probable. Y podría, además, permitir o fomentar una falta de la devoción debida, o una reverencia insuficiente o incluso un sacrilegio.

W.: Otra vez aquí ayudarían mucho los ejemplos. ¿A qué clase de defectos te refieres?

T.: Un ejemplo sería la omisión deliberada[2], a través de todo el Novus Ordo, de I Corintios 11, 27-29, donde se advierte severamente sobre la comunión eucarística indigna. ¡Esto no es un punto menor de doctrina, dado que tanto la Escritura como la liturgia conectan la recepción indigna con la condenación eterna del alma!

W.: Veo el punto, y te lo concedo.

T.: Algunos ultramontanos postulan mucho más de lo que tú y yo postulamos. Por ejemplo, dicen que una liturgia promulgada por el Papa está necesariamente bien ordenada; que necesariamente promueve el bien de la Iglesia como un todo; que es incapaz de producir efectos deletéreos en el cuerpo de fieles debido a omisiones, ambigüedades, adiciones u otras modificaciones. Lamento tener que reventar sus lindos globos, pero no existe forma alguna de probar tales puntos de vista, para no decir nada de las dificultades de sostenerlos en vista de las montañas de pruebas en contrario. Las alegaciones de este tipo están absurdamente infladas y son una burla de la doctrina católica y del papado mismo.

W.: Déjame resumir, para estar seguro de haberte entendido. El tradicionalista católico no afirma que el Novus Ordo Missae encarna claros errores de Fe o de moral. Sostiene, sin embargo, que no está en continuidad con la tradición del rito romano, y que esta discontinuidad ha producido efectos catastróficos en la vida real de la Iglesia. La práctica de la fe ha, de hecho, declinado debido a lo que se ha hecho a la liturgia, y las creencias ortodoxas y la moral han sufrido de hecho debido a las omisiones, ambigüedades, modificaciones y abusos tolerados en la nueva liturgia.

T.: El resumen está perfecto.

W.: Con todo, Terry, sigo creyendo que no eres justo con el Novus Ordo, y supones que siempre se lo ejecutará de un modo erróneo -como se lo ejecuta frecuentemente-. Pero, en teoría, sin embargo, deberíamos suponer que el Novus Ordo es según Pablo VI lo promulgó y lo quiso.

T.: Es totalmente artificial hablar de un Novus Ordo prístino que sirve de medida a todos los demás, al modo como lo es el metro diseñado en la Ilustración Francesa. Si se espera encontrar la nueva liturgia celebrada con total cumplimiento de la Instrucción General del Misal Romano y de acuerdo con la hermenéutica ratzingeriana de la continuidad, es decir, en latín las partes invariables (como lo pidió el Vaticano II), con canto gregoriano (como lo pidió el Vaticano II), ad orientem (como lo suponen las rúbricas mismas del Ordo Missae[3]), sin ministros de la comunión laicos, etcétera, habría que planear una peregrinación al Oratorio de Londres, de Oxford, o de Toronto. Pero no se encontrará esta rara ave en el aviario de cualquier barrio.

W.: Pero ¿no es así como se supone que debe ser?

T.: Este es el punto en que, mi querido amigo, estás equivocado. Si Pablo VI hubiera dado a la Iglesia una cosa definitiva, podríamos en tal caso aceptar tu propuesta. Pero si nos dio algo que es intencionalmente maleable, sometido a la inculturación, adaptación y variación, con los prácticamente incontables abusos que se tolera por todas partes, ¿podemos comenzar siquiera a hablar sobre si la “nueva liturgia” es buena o mala? ¿De qué estamos, al cabo, hablando? El hecho mismo de que sea tan indefinida, indeterminada e intratable es un golpe sin atenuantes contra ella, una señal de que o algo está mal con la forma misma, o de que la jerarquía (incluyendo los Papas) ha sido culpable de grave abandono de su responsabilidad de vigilar la liturgia y de asegurarse de que los fieles puedan acceder a ella en toda su plenitud integral. En cualquiera de estas dos situaciones, no hay más que hablar.

W.: A lo que me refiero es a lo que Pablo VI mismo pensó y deseó.

T.: A menos que tengas el don de leer las mentes con extraordinaria facilidad, te deseo buena suerte al leer la mente de Montini, quien parece haber cambiado de opinión según fuere la última persona que le hablaba. Además, ¿vamos a decir en serio que no importa qué tipo de teología modernista hayan sostenido los compiladores del Novus Ordo como si, una vez promulgada por Pablo VI, todos los errores que contenía se evaporaron y el resultado se saneó súbitamente, por una especie de milagro papal? ¿Cómo si la supresión del tiempo de Septuagésima, contraria a la antigua tradición y a la psicología humana, no importara en absoluto porque, una vez promulgado por Pablo VI el calendario empobrecido de 1969, es culpa de los fieles el no obtener del flamante calendario nuevo lo que sus antecesores obtenían del antiguo?

W.: Pones siempre demasiado énfasis en cosas secundarias.

T.: ¿Acaso la estética, los signos exteriores del culto[4] no tienen impacto alguno en la creencia subjetiva? ¿O vamos a repetir, una y otra vez, que toda falla de parte de los fieles en obtener lo que debieran de la Misa es exclusivamente culpa de ellos, no culpa de una liturgia despojada precisamente de esos elementos semióticos y de esas prácticas ascéticas que transmitían y reforzaban las verdades morales y dogmáticas?

W.: Está bien.

T.: Si ventilamos más esta lógica fascinante, tendríamos también que argumentar que la cesación de las obras penitenciales por parte de la mayoría de los fieles católicos, a pesar de que las primeras palabras del Señor fueron “haced penitencia y creed en el Evangelio”, no tiene nada que ver con la supresión de la abstinencia obligatoria los viernes y con el ayuno diario durante Cuaresma. Todo no es más que culpa de los fieles flojos, que debieran haber dado con penitencias creativas, en reemplazo de lo que sus padres hicieron durante siglos. 

W.: Me temo que habría que ser idiota para creer eso.

T.: A fin de cuentas, los defensores ultramontanos del Novus Ordo suenan cada vez más ingenuos, superficiales, poco convincentes, desconectado de la realidad. Sus argumentos en favor de la monumental ruptura son un insulto a Dios que creó la razón y la elevó mediante su gracia, que modeló nuestra liturgia católica a través de los siglos por el soplo de Su Espíritu, que puso sobre nuestros hombros el suave yugo de la obediencia a sus mandamientos y la leve carga de la sumisión a su Providencia.

W.: ¡Espero que no me estés incluyendo a mí entre tales defensores!

T.: No. Tú tiene mucho sentido común, que te ha sido muy útil en estos tiempos horribles.

W.: ¿Qué piensas, entonces, que debieran hacer los católicos?

T.: Por el amor de Dios (lo digo en serio), acabemos con la forzada apologética de la reforma litúrgica, miremos con franqueza el admirable desastre que fue, y busquemos la sanación en un regreso a los venerables ritos santificados por siglos de Fe y de devoción. En la realidad, tales ritos nunca murieron, y hoy están echando raíces en cada vez más lugares, como alimento verdadero para una grey culpablemente abandonada.

W.: ¿Y cuáles son las implicancias para el Papa? Después de todo, fue con el papado que comenzó esta conversación…

T.: Cuando Jesús dijo solemnemente a Pedro: “Apacienta mis ovejas… apacienta mis corderos”, le estaba pidiendo que tomara sobre sí esa tarea. No le dijo “Apacentarás mis ovejas y corderos” como si Pedro lo fuera a hacer automáticamente, quisiéralo o no. Cada Papa -en realidad, cada pastor espiritual- debe consiguientemente prestar oídos al Señor y escoger libremente seguirlo, apacentando amantemente las ovejas y corderos que Él compró con su sangre preciosa. Ojalá nuestros pastores despierten, si no lo han hecho ya, a la necesidad urgente de restaurar el culto tradicional de la Iglesia a su pleno honor y magnificencia, el cual jamás debiera haber sido despreciado y dejado de lado.

W.: Cualesquiera sean nuestras diferencias, Terry, en eso concordamos decididamente.

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[3] Véase mi artículo “La obligatoriedad del culto ad orientem según las rúbricas de la forma ordinaria”. [Nota de la Redacción: hay traducción castellana en esta bitácora]