jueves, 20 de septiembre de 2018

El Te Deum de Fiestas Patrias

El así llamado Tedeum Ecuménico de Fiestas Patrias es una liturgia de acción de gracias realizada en la arquidiócesis de Santiago (Chile) cada 18 de septiembre (habitualmente a las 11.00 horas) en la Catedral Metropolitana, con ocasión de la conmemoración de la constitución de la Primera Junta de Gobierno y de las Glorias del Ejército. En él participan las máximas autoridades chilenas, encabezadas por el Presidente de la República. De igual modo, ceremonias análogas tienen lugar con ocasión de la asunción de un nuevo Presidente de la República (cuando se celebra la llamada "Oración ecuménica por Chile y su nuevo gobierno"), o coincidiendo con conmemoraciones históricas (como el Bicentenario del Congreso Nacional) o con ciertos acontecimientos de relevancia en la vida nacional (la entrada en vigencia de la Constitución de 1980, el 11 de marzo de 1981).

 El Presidente Jorge Alessandri Rodríguez ingresando a la Catedral Metropolitana para el Tedeum de Fiestas Patrias

 Tedeum de Fiestas Patrias del año 1969, presidido por el Presidente Eduardo Frei Montalva

La ceremonia lleva este nombre porque se solía cantar en ella el Te Deum, el antiguo himno latino que comienza con  dichas palabras ("A Ti, Dios..."), el cual tiene una función de acción de gracias. Históricamente se le conoce también como Himno Ambrosiano, pues la tradición se lo atribuye a San Ambrosio de Milán y a San Agustín de Hipona, aunque estudios recientes se lo atribuyen a San Aniceto de Remesiana (siglo IV).


El Tedeum se celebra tradicionalmente en Chile desde 1811, año en que el General José Miguel Carrera pidió a la autoridad eclesiástica de la época que celebrara una Santa Misa de Acción de Gracias para conmemorar el primer aniversario de la Primera Junta Nacional de Gobierno, el día 18 de septiembre. Sin embargo, antes ya se celebraron algunos de carácter local.

En sus primeros años el himno del Te Deum formaba parte de la Santa Misa, cantándose al final de esta. Sólo a partir de 1870, siendo Arzobispo de Santiago Mons. Rafael Valentín Valdivieso y a petición del entonces ministro Miguel Luis Amunátegui, el Tedeum se celebró sin Eucaristía, reemplazándose ésta por una hora canónica del Oficio Divino o, luego de la reforma litúrgica, por una paraliturgia especialmente destinada al efecto, lo que se ve reflejado en el hábito que viste el arzobispo de Santiago para la ocasión. 

 Te Deum de Fiestas Patrias de comienzos del siglo XX. Vista parcial del atrio de la Catedral Metropolitana

Desde el año 1971, el Tedeum es "ecuménico", perdiendo su carácter específicamente católico. Ese año, el entonces Arzobispo de Santiago, el Cardenal Raúl Silva Henríquez, invitó a ministros acatólicos a participar con sus oraciones en esta ceremonia, accediendo así a una solicitud del entonces Presidente de la República, Salvador Allende, quien al asumir el cargo, en noviembre de 1970, pidió a la autoridad eclesiástica que la ceremonia tuviera dicho carácter. 

 El Cardenal Raúl Silva Henríquez. A la izq. su sucesor, el futuro Cardenal Juan Francisco Fresno

En cuanto al lugar en el cual tiene lugar, el Tedeum siempre se ha celebrado en la Catedral Metropolitana de Santiago, excepto el que se realizó el día 18 de septiembre de 1973, el que tuvo lugar una semana después del derrocamiento de Salvador Allende y del gobierno de la Unidad Popular por parte de las Fuerzas Armadas y de Orden. La recién asumida Junta Militar solicitó al Cardenal Raúl Silva Henríquez que el Tedeum se celebrara en otro lugar, por motivos de seguridad. El Cardenal ofreció celebrarlo en la Iglesia de la Gratitud Nacional (Santuario de María Auxiliadora), perteneciente a su propia orden religiosa, los Padres Salesianos, en la Alameda. 


Tedeum de 2010. Interior de la Catedral Metropolitana de Santiago
(Foto: Wikimedia Commons)

Por un largo período, la interpretación del Te Deum estuvo a cargo del coro del Seminario Pontificio Mayor de los Santos Ángeles Custodios y se cantaba en latín el texto tradicional. Esta forma de oficiarlo duró prácticamente un siglo, hasta mediados de los años 1960. Coincidiendo con los cambios radicales que tuvieron lugar en la liturgia católica en todo el orbe y también en Chile, lamentablemente se terminó sustituyendo el texto tradicional latino por diversas paráfrasis en vernácula, mientras que la música tomó un cariz cada vez más popular o derechamente profano, abandonándose la melodía gregoriana tradicional que acompaña al texto del Himno Ambrosiano. En 1968, se pidió al coro dirigido por el maestro Vicente Bianchi que interpretara el Te Deum. Es así como en 1970 se estrenó una nueva versión de esta Acción de Gracias, con la letra del padre Felipe Lázaro y la música de Vicente Bianchi. Esta versión se interpretó hasta el año 2000. En 2001, se estrenó una nueva versión del cántico del Te Deum, cuya música pertenece a Fernando Carrasco, compositor chileno y académico de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, cuyo texto pertenece al padre Joaquín Alliende Luco, conocido por su sensibilidad poética y artística (véase la entrevista publicada en la Revista Universitaria, núm. 150, pp. 26-31, disponible aquí). A partir de ese año es interpretado por una orquesta formada por músicos de la Orquesta Filarmónica de Santiago y por un coro integrado por diversas agrupaciones musicales de parroquias de la arquidiócesis de Santiago.

Desde 1923, esta Ceremonia es transmitida por Cadena Nacional de Radioemisoras, siendo únicamente esa forma de emisión hasta 1959, año en que se suma la televisión, la cual tuvo en un primer momento un alcance muy restringido, masificándose durante la década de 1960. La excepción fue el año 1979, cuando esta ceremonia no fue emitida ni por radio ni por televisión, debido a fricciones entre la Junta de Gobierno y la Conferencia Episcopal. Desde ese año se ha transmitido ininterrumpidamente hasta ahora, anunciándose recientemente que este año no será transmitido por ningún canal de televisión debido a problemas de costos.  La ceremonia se empezó a transmitir por Internet desde 2003, tanto en emisión para audio, como para video, sumándose las redes sociales Facebook y Twitter en 2008 y, al año siguiente, los canales de noticias por cable. 

 El deán de la Catedral de Santiago despide al Presidente Arturo Alessandri Palma a la salida del Tedeum

 A la salida del Tedeum de Fiestas Patrias de 1953

Según se adelantó, además del Tedeum del 18 de septiembre, es tradicional celebrar una celebración análoga con ocasión de la asunción de un nuevo presidente de la República, la hoy así llamada "Oración ecuménica por Chile y su nuevo gobierno", ceremonia a la que el presidente electo es invitado por el arzobispo de Santiago. Hasta antes de 1970, esta oración se llevaba a cabo con clérigos católicos en la catedral Metropolitana de Santiago el mismo día en que asumía el nuevo presidente de la República. Su carácter ecuménico comienza en 1970, cuando Salvador Allende asumió la presidencia. Esta ceremonia no tuvo lugar durante el régimen militar, reanudándose en 1990. Ceremonias similares se realizan en regiones en otras diócesis al momento de asumir sus investiduras los intendentes regionales y gobernadores provinciales

En las catedrales de las 22 diócesis y 4 arquidiócesis restantes de Chile, habitualmente el mismo 18 de septiembre se celebra también un Tedeum, presidido por los obispos o arzobispos respectivos, contando con la presencia de las autoridades regionales. En la mayoría de estos sólo intervienen clérigos católicos, a excepción de algunas diócesis, donde también tienen un carácter ecuménico. En algunas ciudades de Chile se celebra de igual modo el Tedeum en el aniversario de la fundación de las mismas. 

Finalmente, el sitio de Internet del Museo Histórico Nacional cuenta con una interesante galería de fotografías históricas sobre el Tedeum de Fiestas Patrias, el que puede ser visto aquí.

viernes, 14 de septiembre de 2018

El valor de recitar el Oficio Divino según el Beato Ildefonso Schuster

El sitio New Liturgical Movement ha recordado el pasado 30 de agosto, mismo día de su entrada en la gloria eterna, una hermosa meditación del Beato Ildefonso Schuster (1880-1954), benedictino, teologo, liturgista, arzobispo de Milán durante 25 años (1929-1954) y cardenal, además de caballero de la Orden del Santo Sepulcro y gran promotor en su arquidiócesis de la música sacra y de la liturgia ambrosiana. 

En este breve pasaje, el beato Schuster se refiere con gran lirismo al valor y al sentido de la recitación del Oficio Divino, mostrándonos que la oración pública de la Iglesia une nuestras voces y nuestros corazones a toda la Iglesia militante, purgante y triunfante. Por su pertinencia, hemos querido traducir este pasaje desde el original italiano, que también se transcribe en la entrada de New Liturgical Movement, el que también les ofrecemos al final de la entrada:


“Cierro los ojos y, mientras los labios murmuran las palabras del Breviario que conozco de memoria, abandono su sentido literal para sentirme en la llanura interminable por donde pasa la Iglesia peregrina y militante, en camino hacia la patria prometida. Respiro con la Iglesia bajo su misma luz, de día, y en sus mismas tinieblas, de noche; distingo por todas partes las fuerzas del mal que la asechan o la asaltan; me encuentro en medio de sus batallas y de sus victorias, en sus plegarias de angustia y en sus cantos triunfales, en medio de la opresión de los prisioneros, de los gemidos de los moribundos, de los ejércitos exultantes y los capitanes victoriosos. Me encuentro en el medio de todo, pero no como un espectador pasivo, sino como un partícipe cuya actitud vigilante, destreza, fuerza y coraje pueden tener un peso decisivo en el desenlace de la lucha entre el Bien y el Mal y en los destinos eternos de los individuos y de la multitud.  

“Chiudo gli occhi, e mentre le labbra mormorano le parole del breviario che conosco a memoria, io abbandono il loro significato letterale, per sentirmi nella landa sterminata per dove passa la Chiesa pellegrina e militante, in cammino verso la patria promessa. Respiro con la Chiesa nella stessa sua luce, di giorno, nelle sue stesse tenebre, di notte; scorgo da ogni parte le schiere del male che l'insidiano o l'assaltano; mi trovo in mezzo alle sue battaglie e alle sue vittorie, alle sue preghiere d'angoscia e ai suoi canti trionfali, all'oppressione dei prigionieri, ai gemiti dei moribondi, alle esultanze degli eserciti e dei capitani vittoriosi. Mi trovo in mezzo: ma non come spettatore passivo, bensì come attore la cui vigilanza, destrezza, forza e coraggio possono avere un peso decisivo sulle sorti della lotta tra il bene e il male e sui destini eterni dei singoli e della moltitudine.”

martes, 11 de septiembre de 2018

La liturgia: la explanada donde se decidirá la batalla

El sitio italiano Messa in latino (MiL) publicó recientemente un testimonio de un usuario italiano de una red social de Internet, el cual ha tenido gran difusión. La breve reflexión del autor hace patente lo que hemos dicho muchas veces en esta bitácora: los seres humanos somos seres sensibles y el esplendor de la liturgia y la hermosura de la música sacra y de las vestimentas sagradas, además de su fin primordial de rendir culto digno y agradable a Dios, pueden ejercer una poderosa acción edificante, incluso en aquella gente que no tiene fe; lo hermoso puede elevar el espíritu y ser el pórtico por el cual el hombre vaya al encuentro de su Creador. Tristemente, comprobamos a diario en muchas partes del mundo (de modo particularmente intenso en Chile) que la regla en todas las iglesias parece ser el culto a lo feo, a la vulgaridad y a la improvisación.

En estos tiempos aciagos para la Iglesia, les decimos también a quienes desde hace cincuenta años creen, quizá de buena fe, que es posible defender la roca de la doctrina, asediada por las fuerzas del Mal, abandonando la explanada ubicada delante de ella, que es la liturgia, que están muy equivocados: es en la explanada de la liturgia donde se decidirá la batalla.

La traducción desde el original italiano, con leves adaptaciones de formato, es de la Redacción. 

 Un sacerdote recorre la catedral católica de San Jorge (Southwark, Inglaterra) en 1942, gravemente dañada por un bombardeo alemán el año anterior.

***


"Ayer en Salzburgo fui a Misa a las nueve de la mañana en la iglesia de los franciscanos. Para mí fue todo un suceso, porque en materia religiosa soy agnóstico. Se ejecutaba la Missa brevis en do mayor K258 de Mozart, aquella que antes se llamaba Spaur-Messe y ahora se conoce como Misa Piccolomini. Pero no es de esto que quiero hablaros, sino del efecto que tuvo en mí la celebración.

Mientras tanto, una iglesia bien mantenida, limpia, ordenada, sin carteles horrendos, notas manuscritas, dibujos infantiles ni otras tonterías. Franciscanos vestidos de franciscanos. Liturgia ordenada, bellas decoraciones, hermosos ornamentos. Las naves repletas, sin ninguno que charlara por teléfono, llegara tarde o hablara en voz alta. Una asamblea compuesta que canta con el himnario en mano y perfectamente al unísono. También Mozart dignamente ejecutado (el organista quizás un poco exuberante). En general, mucha belleza: en el arte, en la liturgia y en la música. 

Ad maiorem Dei gloriam, ciertamente, pero también para el alivio de los presentes. También quien no es religioso e incluso aquel que no tiene gran simpatía por la Iglesia católica debe reconocerle un mérito histórico: siempre ha defendido, acrecentado y divulgado lo bello (Destacado de MiL). En beneficio de todos, también de quienes no pertencen a su grey, considerando precisamente que aquello que es bello a menudo es también bueno y, en cualquier caso, acerca más a lo bueno que lo feo. 

Por eso me pregunto por qué insensato motivo en los últimos decenios la Iglesia en general y la italiana en particular (pero tampoco en Francia se están con bromas) ha desarrollado una estética de lo feo que me parece contraproducente: iglesias incalificables, decoraciones horrendas, liturgia entre asamblea de condominio y reunión de célula partidaria, música atroz, celebrantes andrajosos. A mí no me entran jamás ganas de ir a Misa en Italia, sabiendo lo que me espera en términos de contaminación acústica y visual.

Y ahora me pregunto y sobre todo os pregunto, porque no tengo respuesta: ¿desde cuándo para la Iglesia la fealdad se ha tornado pedagógica? ¿Por qué lo feo se ha vuelto bello?"

sábado, 8 de septiembre de 2018

La corrupción es mucho peor de lo que usted pueda imaginar




Ofrecemos a continuación a nuestros lectores una traducción de un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, en la que expresa su opinión acerca de la crisis eclesial desencadenada a partir de los numerosos escándalos surgidos en varios países relacionados con los delitos y graves pecados cometidos por clérigos, especialmente en Estados Unidos y Chile. 

El artículo fue publicado originalmente en el sitio OnePeterFive y la traducción es de la Redacción.

(Foto: OnePeterFive)

***

La corrupción es mucho peor de lo que es posible imaginar

Peter Kwasniewski

Un observador de larga data del panorama eclesiástico moderno me ha escrito para darme a conocer su punto de vista sobre el significado, puesto en una perspectiva más amplia, del escándalo McCarrick. Le he pedido permiso para reproducir aquí sus reflexiones, que han sido ligeramente editadas para esta publicación.

La mayoría de los comentaristas no aciertan a comprender la verdadera naturaleza del problema.

El criminal círculo de “Nancy Boys” [Nota de la Redacción: "nancy" es un término coloquial en inglés para referirse a un hombre homosexual o afeminado] es el mismo que ha estado trabajando incansablemente, durante décadas, para zapar la integridad de la doctrina, la moral, los sacramentos y la liturgia de la Iglesia. Esos hombres -McCarrick, McElroy, Wuerl, O’Malley, Mahony, Cupich, Tobin, Farrell, Lynch, Weakland, Paglia, Madariaga, su adorable portavoz James Martin, Thomas Rosica y una excesivamente larga lista de otros, que incluye algunos que ya partieron a enfrentar su destino eterno, como Lyons, Boland, Brom-, son los mismos que han desestabilizado y adulterado la catequesis, la teología, la liturgia y especialmente, por cierto, la adhesión de la Iglesia a la inalterable ley moral, como pudimos ver en la debacle de Amoris Laetitia y todo lo que la rodeó y vino después. Tenemos que proceder, como en aquellos dibujos, a unir los puntos con un lápiz y no hacer como que nos escandalizamos cuando vemos, por ejemplo, los actuales intentos por “re-interpretar” Humanae Vitae que echan mano de una falsa enseñanza sobre la conciencia, o por terminar con el celibato de los clérigos, o por introducir mujeres diáconos.

Considerar los pecados de este círculo de conspiradores como solamente un recrudecimiento de los escándalos sexuales del pasado significaría perder de vista su verdadera enormidad. No se trata aquí sólo de hombres inmorales: se trata de apóstatas, que están tratando de rehacer la Iglesia para ajustarla a la imagen de su propia apostasía. La Iglesia ha sido masacrada en cámara lenta, frente a nuestros ojos, durante décadas, y hay pocos que tienen la capacidad de comenzar, siquiera, a admitir que tenemos ante nuestra vista a una Iglesia hecha añicos. Los “Nancy Boys” han llevado a cabo su campaña de demolición con un influjo imperial. No se trata de que en la Iglesia se hayan corrompido este aspecto o aquel: la putrefacción está hoy en todas partes. Es una corrupción de la que se alimenta el Círculo McCarrick, como gusanos dándose un festín con un cadáver. Por eso es que oír a gente de buena voluntad que dice que Bergoglio debiera nombrar una comisión que investigue para corregir las cosas es un desatino digno de Alicia en el País de las Maravillas. Es como poner a Núremberg bajo la supervisión de Himmler.

No nos hace falta que los obispos se entreguen a hacer pública penitencia (aunque ello sería una buena idea por el bien de sus almas, y debieran haberlo hecho hace tiempo); no necesitamos investigaciones episcopales; no nos hacen falta nuevos procedimientos y nuevas políticas. Todas estas cosas no son más que formas de quitarse la culpa de encima. Los problemas no se solucionan con que los obispos se golpeen el pecho y luego vuelvan a su acostumbrado no hacer nada frente a la evidente apostasía que existe en el corazón mismo de la Iglesia. Necesitamos identificar a los apóstatas, denunciarlos y deponerlos. Necesitamos reafirmar la fe Una, Santa, Católica y Apostólica. Para limpiar esta inmundicia hay que limpiar mucho más que el escándalo de la homosexualidad, con todos los horrores que lo acompañan: lo que debemos hacer es denunciar y rechazar la apostasía que han ido introduciendo en la Iglesia, durante décadas, los homosexuales y sus amigos.

Tómese un ejemplo, entre muchos: el de Rembert Weakland. Este individuo, que pagó medio millón de dólares a un ex-amante masculino en un juicio; que dijo que los reporteros de abusos sexuales “alaraqueaban”; que quiso desvirtuar las informaciones sobre tales abusos y pretendió convencer, en su autobiografía, que ignoraba que el abuso de niños fuera un crimen, este individuo es el mismo que trabajó en contra de la música sagrada tradicional (gregoriano y polifonía), pidiendo estilos modernos y bailes litúrgicos; que, según una fuente que residía en Roma en aquellos años, indujo al hesitante Pablo VI a promover el Novus Ordo Missae; que criticó el documento de la Sagrada Congregación de la Fe Dominus Iesus en que se reafirma el dogma católico de la necesidad de la fe en Cristo y de la pertenencia a la Iglesia para salvarse, y que devastó totalmente la histórica catedral de St. John the Evangelist en Milwaukee con una “ruinovación” (“wreckovation”) que no se puede describir sino como satánica. 

Es que se trata de un paquete redondo es lo que que la gente necesita, por sobre todas las cosas, comenzar a ver: la depravación moral, la herejía doctrinal, la devastación litúrgica. Todo va junto. Si alguien tiene el coraje de seguir cada una de estas pistas, se va a encontrar con que el ataque a una parte de la Iglesia, a un aspecto de su vida, a un componente de su tradición, está o estará muy pronto amarrado a ataques también a otros sectores. La verdadera “túnica inconsútil”[*] es el catolicismo tomado en conjunto: o se lo tiene entero, o no se lo tiene.

Vivir un vida devota -la vida de la gracia procurada por Cristo- no es una mera “opción” para el fiel católico, y mucho menos para el clero católico. Una vida devota es una solemne obligación que se tiene ante el Altísimo, ante la Iglesia, ante la propia conciencia. Quienes rechazan esa vida o la travisten, necesariamente han de caer en la apostasía. Y caer en ella es algo que nos ocurrirá a todos, no sólo a los homosexuales. 

La diferencia con los clérigos sodomitas es que éstos se convierten en apóstatas profesionales, para quienes no es suficiente no creer ellos mismos en los sacramentos, sino que tienen que impedir también que otros crean, y no dejarán de confundir y mutilar a la Iglesia sino cuando ésta les bendiga ese pecado suyo y muchos otros también. Para alcanzar esa finalidad, tienen que provocar el caos en cada uno de los aspectos de la Iglesia. Esto es lo que los fieles tienen que detener: olvidarse de la despreciable burocracia de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, con sus bien entrenados abogados y sus hábiles propagandistas. Comenzaremos a detener el desastre cuando llamemos por su nombre a lo que lo causa. McCarrick no sólo es un sodomita depredador, sino que es un apóstata. Y también son apóstatas todos sus “hermanos obispos” que sabían de su doble vida, no obstante lo cual se tomaban fotografías con él, riéndose con las vendas que echaban sobre los ojos de la gente: todos ésos que ahora filman vídeos sobre lo desafortunado que resulta todo esto, que es un desastre, que, saben qué, no es tan grande como se lo imagina la gente. Todos ellos son gerentes que usan autos de la empresa y que conducen, en una larga fila, hacia sus propias tumbas en el cementerio ecuménico.

Caspar David Friedrich, Abadía en el robledal (c. 1809, Alte Nationalgalerie, Berlín)

Uno se imaginaría que los obispos colaboracionistas habrían de pensarlo dos veces antes de salir de sus búnkers. Sin embargo, como lo demuestran los últimos tweets y vídeos, son curiosamente cínicos, lo que prueba que no han calibrado bien hasta qué punto sus “narrativas” (tal como las presentan) ya no convencen a nadie, y ya no son ni siquiera relevantes. La marea se está volviendo en contra de la privilegiada élite clerical y de sus lujosos estilos de vida color rosa.

No queda sino asombrarse de la impostada tenacidad de tantas disculpas en tantas partes, y de la ridícula extensión de sus intentos de escamotear problemas evidentes. ¿Tan ilusos se han vuelto los católicos, tan resistentes a la realidad, que aceptan cualquier cosa en vez de abrir los ojos para ver la ruina que tienen al frente? ¿Por qué a tantos de nosotros nos resulta difícil llamar las cosas por su nombre? La única solución será que rueden cabezas, que rueden largamente muchas cabezas. Hay que permitir que la mugre salga a la superficie, para permitir que entren el aire fresco y la luz.

La Iglesia católica está siendo remecida hasta en sus mismos fundamentos por el escándalo modernista de una apostasía de asombrosas proporciones. Estamos en territorio donde “2+2=5”, y el apologista “conservador” carece de respuestas, y de ahí el porqué de su insistencia en tratar el tema McCarrick como un escándalo sexual: semejante apologista se preocupa más de un episcopado mendaz, caótico e irresponsable que del diario asalto al depósito de la fe, según un patrón que existe desde que los obispos progresistas del Concilio Vaticano II, sembrando ambigüedades y verdades a medias en sus documentos y controlando su puesta por obra, especialmente en el ámbito litúrgico, nos han conducido derechamente al abismo de iniquidad y de herejía en el cual nos estamos cocinando. 

Sí: tenemos entre manos un problema colosal, pero no insuperable. El análisis aquí hecho parece no dar lugar a la esperanza, pero no soy, en lo personal, de aquellos que creen que la ruina final de la Iglesia está a la vuelta de la esquina. El papado puede ser reencauzado por un Papa digno. El episcopado puede ser fortalecido por ese Papa digno si emprende acciones para deponer y despojar obispos por todo el mundo y reemplazarlos por hombres que merezcan esos cargos. Se puede reformar los seminarios. Se puede restaurar la Misa de todos los tiempos. Se puede revivificar la educación católica. Se puede regenerar la catequesis (pero no, obviamente, con la última versión del Catecismo).

Se me podrá decir: “Todo ello, o cualquier aspecto de ello, sería un milagro, una montaña de milagros”. Yo respondo: Sí, así es. Los milagros sí ocurren, y los necesitamos hoy más que nunca antes. Para los hombres, es imposible; para Dios, nada es imposible, ni siquiera la reforma del papado, del episcopado, del colegio de cardenales.

La reforma comienza en el mismo lugar de siempre en la historia de la Iglesia a través de los siglos: con un laicado fiel, con sacerdotes y diáconos fieles, con fieles religiosos y religiosas, con fieles obispos, con hombres y mujeres absolutamente dedicados al Señor y a la Fe católica que Él nos ha entregado, en toda su integridad doctrinal, en su fuerza moral, en su plenitud litúrgica.

Yo quiero ser parte de la solución, no parte del problema. Y así debiera quererlo usted, y todo laico, religioso y clérigo a quien Dios, en su Providencia, haya puesto en este mundo precisamente en estos tiempos a fin de que seamos parte de la solución. Nadie necesita encerrarse en una oposición permanente o en un inmóvil desafío. Es hora de orar, como nunca antes, pidiendo la intervención divina y de trabajar con todas las fuerzas para preparar la venida del Señor. 

***

[*] Nota de la Redacción: La tesis de la "túnica inconsútil" (seamless garment) fue avanzada en 1983 por el cardenal norteamericano Joseph Bernardin (1928-1996), quien sostenía que la protección de la vida humana en todas sus aristas no puede separarse en diversas causas y que la vida humana debía ser protegida como un todo "éticamente consistente", incluyendo en esa defensa única no sólo la lucha contra el aborto o la eutanasia, sino cuestiones relativas a la guerra moderna, la justicia social o la oposición de los católicos liberales a la pena de muerte. Esta tesis fue considerada por muchos católicos, tanto tradicionales como del espectro conservador, como una relativización de la lucha en contra del aborto, además de minar la doctrina tradicional de la Iglesia sobre la pena capital, al equipararla al aborto.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

El fetichismo africano

Presentamos a continuación a nuestros lectores un nuevo ensayo enviado por un padre de familia, quien ya se ha vuelto un colaborador habitual de nuestra bitácora. En esta entrada, el autor vuelve sobre la correcta comprensión del papado y su naturaleza, haciéndose cargo de algunas objeciones habituales sobre la materia.  



***

El fetichismo africano

Un padre de familia

Las obras de los hombres 
no sobrevivirán, Gimli
(J.R.R. Tolkien, El señor de los anillos)

Debo agradecer a la Asociación Magnificat no sólo que se digne a publicar las tonterías que emborrono, sino también remitirme los comentarios que algunos lectores escriben a la Redacción sobre ellas. Ellos ayudan a forjar un diálogo sincero y argumentado, que sirve de oasis en medio de un mundo que se ha dejado arrastrar por un espiral de intolerancia y donde la pasión desplaza a la razón. 

Me veo en la necesidad de volver sobre el tema que abordé en mi penúltima colaboración y que decía relación con el sentido del ministerio que cumple el Romano Pontífice en la Iglesia católica. Como más de un lector avisado se habrá dado cuenta, el título que he puesto a este texto de recapitulación proviene de la conocida afirmación del Padre Leonardo Castellani (1899-1981). Decía éste: "Existen entre nosotros fulanos que piensan es devoción al Sumo Pontificado decir que el Papa 'gloriosamente reinante' en cualquier tiempo 'es un santo y un sabio', 'ese santazo que tenemos de Papa', aunque no sepan un comino de su persona. Eso es fetichismo africano, es mentir sencillamente a veces, es ridículo; y nos vuelve la irrisión de los infieles. Lo que cumple es obedecer lo que manda el Papa (como estos no siempre hacen) y respetarlo en cualquier caso, como Pontífice; y amarlo como persona, cuando merece ser amado" (Las parábolas de Cristo, pp. 130-131). 

La razón por la que vuelvo a este tema proviene de dos de los comentarios suscitados por mi anterior entrada dedicada a este tema. Un lector escribía que, sosteniendo una postura como la que yo defendía, el resultado era un ataque a la unidad de la Iglesia y a la propia función que Cristo había asignado a Pedro y sus sucesores, todo desde una supuesta atalaya de ortodoxia que yo me arrojaba. Ante todo, a su juicio, había que cuidar la unidad. Otro decía que un sacerdote le había dicho que no tenía que preocuparse demasiado por el cambio en la redacción del Catecismo acerca de la pena de muerte, porque existían en paralelo muchas opiniones, todas ellas también católicas y de confianza, que la avalaban. Siento disentir de estas opiniones, pero nada de esto es verdad y menos doctrina católica: la primera opinión está más cerca del fetichismo africano contra el que nos prevenía el cura argentino y la segunda simplemente niega la razón, esa que diferencia al catolicismo de otros credos como insistía Chesterton. Claro que esto no lo digo yo, sino que es la enseñanza invariable de la Iglesia, asentada en las Escrituras y la Tradición, y recogida en la Magisterio. Por lo demás, en esta misma bitácora se reseñaba hace algún tiempo un libro del Prof. Roberto de Mattei dedicado a esta materia. 

 El P. Leonardo Castellani
(Foto: Erick Adouard)

Comencemos por la unidad. Ella se predica de la Iglesia como una de sus notas características y es de orden jurídico, pues supone la congregación de todos los fieles en una sola Iglesia cuya cabeza es Cristo y la consiguiente subordinación de cada uno de ellos a la misma jerarquía y al mismo magisterio docente. De ahí que los vínculos visibles de esa unidad sean tres: (i) la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles, que puede vivirse de modo propio según el estado y los carismas recibidos; (ii) la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos, con reconocimiento de las tradiciones propias que pueda tener cada iglesia particular; y (iii) la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios en el reconocimiento de un primado basal del Romano Pontífice (CCE 815). 

Esto significa que la nota de unidad queda suficientemente garantizada en la medida que se reconozca el primado del Papa y el hecho de ser la Iglesia católica aquella fundada por Cristo, donde reside la plenitud de los medios necesarios para alcanzar la salvación. Por eso, el Catecismo enseña que las heridas a la unidad son las comunidades escindidas (núm. 817), en algunas de las cuales encuentran "muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica" (cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Respuesta a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia, 2007, tercera pregunta). En mi artículo anterior sólo decía que el Papa no es impermeable a la crítica, pues un católico debe obedecer ante todo a su conciencia rectamente formada: el seguimiento es a Cristo y no a los hombres que constituyen su Iglesia, por importantes que sean. Esto significa que la enseñanza pontificia hay que obedecerla con fe católica cuando se refiere a materias de fe y de moral y se compromete en su enseñanza la infalibilidad o ella se relaciona con lo que siempre ha enseñado la Iglesia. Porque el poder supremo que posee el Papa sobre cuestiones pertinentes a la fe y la moral, y al gobierno y disciplina de la Iglesia, no se ejerce de igual modo en uno u otro ámbito y la obediencia no es idéntica en tales casos, ya que ella difiere si se trata de una materia doctrinal o disciplinaria. 

En lo que atañe a la institución de Simón como la Roca que sostenía la Iglesia, de las palabras de Cristo no se sigue que aquel y sus sucesores estén exentos de la posibilidad de errar siempre y en todo caso. De hecho, las propias Escrituras muestran conductas de Pedro que el mismo Cristo reprendió, incluso con fórmulas tan fuertes como aquel "apártate de mí, Satanás". El dogma de la infalibilidad no se refiere más que a la promesa de que la enseñanza doctrinal del Papa y de los obispos en comunión con él queda preservada de todo error por especial asistencia del Espíritu Santo, pero sólo cuando se refiere a materias de fe y moral y concurren ciertas condiciones particulares. En otras palabras, ella entraña que el Papa no se puede equivocar cuando enseña aquello que la Iglesia siempre ha dicho, pero sí cuando se aparta del depósito sagrado de la fe que ha recibido para custodiarlo y exponerlo con fidelidad de acuerdo a la revelación transmitida por los apóstoles. 

Un ejemplo puede ayudar a comprender lo que quiero decir. Después del bombardeo atómico a las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki con el que finalizó la Segunda Guerra Mundial se abrió un debate sobre la legitimidad moral de esta acción. Siete destacados teólogos morales alemanes hicieron una declaración pública apoyando la guerra nuclear, la cual era respaldada por el parecer de todos los obispos de ese país, salvo monseñor Paulus Rusch (1903-1986), de Innsbruck. Esta opinión recibió el apoyo del jesuita Gustav Gundlach (1892-1963), el más cercano consejero que Pío XII tenía en materia de sociopolítica, quien publicó un artículo en la revista Hochland (una revista católica publicada entre 1903 y 1941 y después entre 1946 y 1971) donde glosaba las opiniones del propio Papa sobre la materia. En su trabajo justificaba el uso de armas nucleares por una cuestión de ponderación de los bienes en juego: dentro de la jerarquía de ellos, la libertad está por encima de cualquier otro bien humano, por lo que su defensa justifica el empleo de dicha arma. ¿Significa esto que los católicos habían de convertirse en unos furiosos defensores de la bomba atómica, porque tal era supuestamente la opinión del Papa explicitada por un oficioso intérprete? Ciertamente, una conclusión así es absurda: lo que se exige de cada fiel es, desde la enseñanza de la Iglesia y el ejercicio de la propia conciencia rectamente formada, extraer una conclusión que sea acorde a la Escritura y la Revelación. Las opiniones del Papa son respetables como las de cualquier doctor, pero no dejan de ser opiniones personales cuando no involucra en ellas la garantía de infalibilidad y más cuando aborda campos donde el Santo Padre no es experto. De lo contrario, la figura del Romano Pontífice se acerca a la de un santón que da consejos para la vida personal como si fuese un oráculo, muy cercanos a esos predicadores estilo New Age. Parafraseando a Gatti, uno se modela un dios al que se aferra y conforme a esto ordena su vida. Lástima que esto difiera de la enseñanza de Cristo, quien no eliminó la libertad humana y sólo vino a perfeccionarla mediante la gracia. 

San Pedro con las llaves a las puertas de la Basílica Vaticana


Un católico debe creer en la Iglesia católica, como dicen los dos Credos usados en la Misa, y lo hace porque ella fue creada por Cristo para distribuir su gracia a través de la historia y conservar su predicación hasta su regreso triunfal. De ahí que palabras como las de monseñor Thomas Rosica, responsable de la sección inglesa de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, hagan recordar ese fetichismo africano contra el que prevenía Castellani: “El Papa Francisco rompe las tradiciones católicas cada vez que le da la gana, porque está libre de apegos desordenados [...] De hecho, nuestra Iglesia ha entrado en una nueva fase: con la llegada del primer Papa jesuita, está abiertamente gobernada por un individuo más que por la autoridad de la Escritura solo o incluso por los dictados de la tradición más la Escritura”. Una conclusión como ésta, además de estar movida por un lealtad rastrera, un personalismo propio de una secta y una exaltación del voluntarismo jesuítico casi enfermizo, no es católica: el Papa es siervo de los siervos de Dios, porque tiene sobre sí el ministerio de confirmar a los fieles respecto de la fe de Jesucristo. El suyo es, por tanto, una función de servicio al Pueblo de Dios, para cuyo cumplimiento goza de la plenitud de Magisterio, Sacerdocio y Pastoral. Lo que el Santo Padre haga o piense fuera de estos contornos no debería importar demasiado, pero la civilización del espectáculo ha acabado desvirtuado el recto horizonte de comprensión de la fe, y las pantallas lo muestran como alguien omnipresente la vida cotidiana.  Pero esto no siempre fue así, como muestra la práctica seguida por algunos obispos durante el Cisma de Occidente: suspendieron el juicio sobre quién era en realidad el Romano Pontífice, cuestión más propia de eruditos en teología o derecho canónico, y en la Santa Misa se limitaron a rezar "por quien sea el verdadero Papa" ("pro illo qui est verus Papa").

La siguiente pregunta a dilucidar es si caben opiniones divergentes sobre la doctrina expresada en el Catecismo que sean ellas a su vez igualmente católicas.  El Catecismo de la Iglesia Católica fue publicado inicialmente en francés el año 1992 por San Juan Pablo II y cinco años después apareció la edición típica en latín. El texto legislativo que lo fija es la Constitución apostólica Fidei depositumpor la que "se promulga y establece, después del Concilio Vaticano II, y con carácter de instrumento de derecho público, el Catecismo de la Iglesia Católica". Respecto del valor del nuevo compendio doctrinal, ahí se dice: "El Catecismo de la Iglesia católica que aprobé el 25 de junio pasado, y cuya  publicación ordeno hoy en virtud de la autoridad apostólica, es la exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas e iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio de la Iglesia. Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial. Dios quiera que sirva para la renovación a la que el Espíritu Santo llama sin cesar a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en peregrinación a la luz sin sombra del Reino" (núm. 4). 

Esto significa que el Catecismo de la Iglesia Católica contiene una presentación sistemática de la fe de la Iglesia, tal y como ella debe ser creída por los fieles, pues condensa la Revelación debidamente explicada por la autoridad de la Iglesia. Su valor reside, entonces, no en la pura sanción pontificia al texto en su conjunto, que convierte por una suerte de arte de birlibirloque lo que toca en doctrina auténtica, sino en la correspondencia de cada una de sus enseñanzas con el anterior Magisterio invariable de la Iglesia, que resulta de la facultad docente que tiene la Iglesia para explicar (con absoluta fidelidad a ellas) la Escritura y la Tradición. De ahí que no sea posible sostener que existen otras opiniones católicas sobre un tema que el Catecismo zanja de una determina manera, pues lo mismo cabría decir de cualquier materia (ponga usted aquí la que quiera: aborto, matrimonio entre personas de un mismo sexo, eutanasia, homosexualidad, ordenación de mujeres, transexualidad, etcétera). También sobre muchas otras cuestiones morales se podría decir que ese documento contiene una de las múltiples opiniones católicas que son posibles, pero eso implica caer en el relativismo. Es el consabido argumento del cura que alguien siempre dice conocer y que le dijo que tal o cual cosa se podía hacer sin entrañar ningún problema moral. Ante esta postura, ahora sí que cabe sostener que se producen problemas sobre la unidad de la Iglesia, porque ella exige que todos crean esencialmente lo mismo.  

La cuestión no está, por tanto, en si la pena de muerte es sostenible moralmente con argumentos más o menos convincentes, sino en el hecho de que la enseñanza moral basada en la ley natural pueda evolucionar, de suerte que lo que ayer no era pecado hoy lo sea debido a una supuesta madurez en nuestro juicio. La nueva redacción dada al Catecismo por el papa Francisco dice que aquella es "es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona" (núm. 2267). Si dejamos de lado el voluntarismo, cualquier forma de realismo mágico o los artilugios retóricos propios de un neoconservador, hay sólo dos maneras de interpretar este texto. La primera consiste en entender que, puesto que la naturaleza humana es inmutable, la pena de muerte siempre ha significado un atentado contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona. Es imposible que lo que hoy es contrario a la naturaleza humana, antes haya sido compatible con ella, con independencia de la percepción que la gente tenga al respecto. Siendo así, de esto se sigue que la Iglesia enseñó por dos mil años algo equivocado, no siendo capaz de discernir lo correcto y lo incorrecto desde la Revelación y la naturaleza del hombre. Una Iglesia concebida de esta manera no puede ser maestra de nada y la nota de unidad cae por su propio peso debido al principio de no contradicción que el propio Cristo predicó: todo reino dividido contra sí mismo será asolado (Mt 12, 25; Mc 3, 24; Lc 11, 17). La segunda manera de interpretar el cambio del Catecismo es decir o que la enseñanza doctrinal de la Iglesia está sujeta a evolución o bien que la naturaleza del hombre cambia, puesto que resulta evidente que algo debe variar para salvar la contradicción que se produce en la enseñanza moral que se extrae de esas premisas. 


Ernst James Pace, El descenso de los modernistas hacia el ateísmo (1922)
(Imagen: Wikipedia)

En cualquier de estas situaciones, el inconveniente es que un católico debe creer, porque así lo exige la nota de unidad de la Iglesia antes mencionada, en la enseñanza proveniente de la Revelación, la que quedó establecida para siempre con los apóstoles y respecto de la cual ni el Papa ni poder humano alguno puede cambiar. Aceptar que haya diversas opiniones, todas ellas ciertas, significa negar que la Iglesia puede definir la doctrina y que no sólo la vida, sino la materia y el pensamiento están también involucrados en el proceso de la evolución, que es lo que sostenía Teilhard de Chardin (1881-1955) y que la Carta circular a los Presidentes de las Conferencias episcopales acerca de algunas sentencias y errores sobre la interpretación de los decretos del Concilio Vaticano II (1967) repudiaba como uno de los errores modernistas reavivados en esos años de deriva. El privilegio de la infalibilidad no hace que la Iglesia descubra o enseñe nuevas verdades, sino que le asegura que, gracias a la asistencia divina, no puede errar y, por tanto, inducir a error a los fieles en materia de fe y de moral. De ahí que el cambio en la redacción del Catecismo sobre la moralidad de la pena de muerta, más allá de las casi inexistentes repercusiones prácticas que pueda tener, entraña consecuencias por lo que el hecho en sí significa: que la doctrina puede cambiar y que donde antes decía Diego ahora dice digo, y todo por un mero acto de voluntad humana, sin correspondencia con el depósito de la fe.  

No hay que olvidar que la pena de muerte es una de las tantas conclusiones que cae extraer del hecho de que un castigo sea inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona. Por ejemplo, a mí me parece que el presidio perpetúo también tiene esos efectos, sobre todo si se admite la posibilidad de acumular penas y ellas sobrepasan la más alentadora esperanza de vida que la ciencia moderna pueda prodigar. Pero hay más todavía: con el cambio de redacción que se ha hecho en el Catecismo se compromete la potestad de un Estado de aplicar penas, pese a que ella se funda en que el bien común es siempre un bien más perfecto que todos los bienes individuales que ahí convergen. Con esto se rebate, aunque sea desde una dimensión sociológica, la propia concepción católica del poder político. Porque cuando Cristo discutió con Pilatos en el pretorio, quien le preguntó si no sabía acaso que podía condenarlo a muerte o absolverlo (Jn 19, 10), su respuesta no estuvo dirigida a objetar la pena que se le impondría, sino a reforzar la legitimidad de la autoridad civil para imponerla: "Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto" (Jn 19, 11). La cuestión última reside así en las causas y su legitimidad, y no en las consecuencias prácticas que de ellas se siguen. 

Alguna vez leí por ahí un dicho que resume lo que he querido transmitir y que creo es la doctrina católica: cuando el Papa habla de fe, lo escucho de rodillas; cuando predica de moral, lo escucho de pie; pero cuando habla sobre las cosas del mundo, me siento para oírlo. Al Santo Padre hay que obedecerlo en lo que se refiere a la fe y la moral cuando habla como custodio del depósito de la fe de la Iglesia, respetarlo por ser "el dulce Cristo en la tierra", como decía Santa Catalina de Siena, y rezar mucho por él, para que Dios lo asista en su ministerio. Nada más, ni nada menos. Todo lo demás es fetichismo africano. 

Para acabar, una anécdota que recordaba el Padre Castellani en San Agustín y nosotros puede servir para ilustrar las ideas que aquí se han comentado: "Los romanos que son muy religiosos y veneran mucho al Papa, también son muy inteligentes, inventaron una anécdota sobre la infalibilidad que se la colgaron a Pío XI. Contaban que el Papa se dormía por la mañana porque trabajaba de noche; y que buscó un viejito del Asilo San Michele para que le hiciera de sereno y lo despertara por la mañana a las ocho. Así que el primer día el viejito abrió la puerta y dijo: 'Santísimo Padre, son las ocho y hay buen tiempo'. Y el Papa contesta 'Giá lo sapevo', y se levantó. Al otro día lo mismo:'Son las ocho y hay buen tiempo'. 'Giá lo sapevo'. El tercer día ocurrió que el viejito mismo se durmió, se levantó muy apurado y fue corriendo a despertar al Papa; y con el apuro y la costumbre le dijo la misma fórmula: 'Santísimo Padre, son las ocho y hay buen tiempo'. Y el Papa dijo: 'Giá lo sapevo'. Y entonces el viejo le dijo: '¡Non lo sapevate un corno: sono le dieci e piove a finimondo!'".