jueves, 15 de abril de 2021

Domingo in Albis

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 20, 19-31):

“En aquel tiempo, aquel mismo día primero después del Sábado, siendo ya tarde y estando cerradas las puertas de la casa en donde se hallaban juntos los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y apareciéndose en medio de ellos les dijo: ¡La paz sea con vosotros! Esto dicho, mostróles manos y costado. Llenáronse de gozo los discípulos viendo al Señor. Díjoles de nuevo: ¡La paz sea con vosotros! Como mi Padre me envió, así también Yo os envío. Dichas esas palabras, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados a aquéllos a quienes los perdonareis; y quedan retenidos a los que se los retuviereis. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le dijeron: Hemos visto al Señor. Mas él les dijo: Si no viere en sus manos la hendidura de los clavos y metiere el dedo en el agujero de los clavos y metiere mi mano en su costado, no lo creeré. Y al cabo de ocho días, estaban otra vez sus discípulos dentro, y Tomás con ellos. Vino Jesús estando cerradas las puertas, y apareciéndose en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros. Y después dijo a Tomás: Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; trae tu mano, métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Díjole Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído: Bienaventurados los que, sin haber visto, han creído. Otros muchos milagros hizo Jesús ante sus discípulos, que no están escritos en este libro. Mas éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”.

 ***

Es verdaderamente querible la figura de Tomás, que nos ha hecho tanto bien. Porque su falta de fe fue ocasión para que nuestra propia fe se fortaleciera: las pruebas que él exigió para creer le fueron dadas, y con creces. Y al palpar el Cuerpo resucitado de Jesús, su fe fue ensanchada por la misericordia divina de modo tan maravilloso que ya no sólo creyó en el milagro, sino que penetrando en el misterio mucho más profundamente que otros que también creyeron en milagros del Señor, Tomás vio algo que los demás no vieron: vio ante sí a Dios. Y esa exclamación “¡Señor mío, y Dios mío!” da cuenta de que Tomás vio, instantáneamente, lo que muchos otros discípulos se demoraron todavía algún tiempo en ver. Tomás, por medio de lo visible, fue llevado en un momento a la visión de lo invisible.

Esta inicial falta de fe de Tomás dio lugar también a una bienaventuranza que nos concierne directamente a todos quienes hemos llegado a formar parte de la Iglesia a través del tiempo: “Bienaventurados los que sin haber visto, han creído”. A las alegrías de este glorioso tiempo pascual debe añadirse esta, inmensa, que la Iglesia nos hace recordar: el Señor nos ha llamado, a cada uno de nosotros, “bienaventurado”. Como si las magnificencias de la bondad de Dios hubieran sido pocas, se nos añade todavía más: este consuelo de saber que nuestra fe, por incipiente que sea, nos hace bienaventurados. ¡Dicho por Jesús mismo! ¡Es Él quien te lo dice a ti, con tu nombre y, aún más, con tu propio familiar apodo, como dice la Escritura! ¡No te dice “Juan, bienaventurado”, te dice “Juancho, bienaventurado”!

Un caso de falta de fe, de debilidad y aun de pecado de infidelidad, se transforma en manos del Señor Resucitado en ocasión de bien y de bondad, confirmándose así que Dios saca bien del mal, y permite el mal por el bien que Él sabe hacerlo producir, para frustración y furia del Maligno y para beneficio nuestro y de todo el orden magnífico de su creación. J. R. R. Tolkien escribe en El Silmarilion que, en los comienzos, todos los seres formaban una magnífica orquesta y que, cuando uno de los violines quiso destacarse del resto saliéndose de la partitura y la armonía, su soberbia y disonancia terminó siendo, al cabo, aprovechada para incrementar por contraste, integrada nuevamente en el todo por el arte consumado del Creador, la belleza de la música que Él había compuesto.

El caso de Tomás no es una bella alegoría, sin embargo, sino la realidad. Lo cual nos hace reflexionar con qué paciencia y caridad debemos tratar a quienes pecan y son infieles a la bondad del Señor. Los demás apóstoles no lo insultaron ni  maltrataron por no creer ni para conminarlo a creer: los discípulos no se dejaron tentar por ese “celo amargo” que experimentan tantos apóstoles que desconfían de la omnipotencia del Señor, quien sabe esperar, que no coacciona sino atrae con dulzura, que da “tiempo al tiempo”, siempre anhelando que el pecador se arrepienta, poniéndole al alcance todo tipo de piadosos “obstáculos” que lo hagan recapacitar, y que perdona ante el menor signo de arrepentimiento. Dios es feliz de perdonar porque quiere nuestra salvación: ésa es su voluntad, que todos nos salvemos.

En estos días en que la virtud teologal de la fe es puesta de relieve de modo tan maravilloso, tengamos presente la virtud teologal de la esperanza, que es la que nos da confianza y nos sostiene en medio de nuestras aborrecibles renuncias y debilidades. El pecador que tiene esperanza, habiendo pecado, se levanta de un salto, como impulsado por un resorte y recuerda lo que le dice el Señor: “Bienaventurado porque, sin haber visto, has creído”.

Caravaggio, La incredulidad de santo Tomás, 1602, Palacio de Sanssouci (Alemania)
(Imagen: Wikipedia)

sábado, 10 de abril de 2021

Del álbum fotográfico de nuestra Asociación

Debido al aumento de casos de COVID-19 en el país, el gobierno ha endurecido las medidas sanitarias. Entre ellas se cuenta la prohibición de celebrar Misas con más de cinco personas que asistan al sacerdote para las comunas que se encuentren en fase 1 o 2, vale decir, aquellas que están sometidas a confinamiento total o los fines de semana. Esto se suma al clima de violencia callejera que comenzó con la revuelta del viernes 18 de octubre de 2019 y que supuso la quema de varias iglesias en el país, entre ellas algunas cercanas a Nuestra Señora de la Victoria donde nuestra Asociación celebraba de forma regular desde hace una década. Por ejemplo, la Iglesia de la Veracruz en el barrio Lastarria, donde cantó su primera Misa solemne el R.P. Adolfo Hormazábal, el primer sacerdote chileno ordenado en el Instituto del Buen Pastor, fue incendiada el 12 de noviembre de 2019, casi al mismo tiempo que el gobierno anunciaba un Acuerdo Nacional por la Paz, la Justicia Social y la Nueva Constitución.  

La última Misa en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria fue cantada el domingo 15 de marzo de 2020. A partir del día siguiente, el gobierno dispuso el cierre de los establecimientos educacionales (la iglesia depende del campus Bellavista de la Universidad San Sebastián) y comenzaron a implementarse formas de trabajo remoto. Estas medidas iniciales pronto se convirtieron en confinamiento obligatorio. Cuando ha sido posible, la Misa de siempre ha vuelto a ser celebrada con asistencia de feligreses en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto, comuna de Recoleta, donde es titular nuestro capellán. Si eso no resulta posible por las restricciones sanitarias, la Misa se sigue ofreciendo de forma privada por las intenciones de todos quienes participan de nuestro apostolado. 

Como recuerdo, les dejamos algunas fotografías provenientes del álbum de nuestra Asociación, que fueron tomadas entre fines de 2019 y comienzos de 2020 en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, cuando la feligresía había disminuido debido a las constantes protestas callejeras que había en el sector, y en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto, ya en plena pandemia. 

Misas celebradas en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria entre los meses de octubre de 2019 y marzo de 2020






Misa celebrada durante la pandemia de COVID-19 en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto


jueves, 8 de abril de 2021

Domingo de Pascua de Resurrección

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mc 16, 1-7):

“En aquel tiempo, María Magdalena, y María madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para venir y embalsamar a Jesús. Y muy de mañana, el primer día después del Sábado, llegaron al sepulcro, salido ya el sol. Decían entre sí: ¿Quién nos rodará la piedra de la entrada del sepulcro? Y mirando, vieron rodada la piedra, que era muy grande. Y entrando en el sepulcro, vieron un joven sentado a la diestra, vestido de blanco, y se asustaron. Mas él les dijo: No temáis; buscáis a Jesús Nazareno, que fue crucificado; pues bien, resucitó; no está aquí; ved el lugar donde le pusieron. Y ahora id y decid a sus discípulos y a Pedro que va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como Él os lo dijo”.

***

La resurrección de Jesús ha cambiado el curso de la vida en la tierra. Y, como todos los hechos fundamentales de la realidad, como la propia creación del mundo, tan indudable como fuera del alcance de la vista y el conocimiento humanos, y como la creación de cada ser humano individual, ocultos ambos hechos por la inmensidad de la distancia en el tiempo y por la pequeñez del mundo celular, la resurrección está piadosamente envuelta en el velo de la oscuridad, puesta fuera del alcance de la concupiscencia de los ojos (I Jn 2, 16), que sólo busca saciar la curiosidad de cosas insólitas y maravillosas y superar, vanamente, el tedio de la vida.

Pero su resurrección ha alterado para siempre, por voluntad de Dios, Supremo Autor de todas las leyes que rigen la materia, las regularidades de la biología. Este domingo 4 de abril de 2021, según el calendario gregoriano, transcurre en una etapa absolutamente nueva de la historia de la vida sobre el planeta. ¡Hablar de la ciencia física cuando se habla de la resurrección de Jesús! Sí, por varios motivos. Primero, porque hay herejes que, desde su modernismo impenitente, han querido propagar la idea de que la resurrección del Señor es algo que no tiene un referente físico objetivo, que no es “real” en el sentido en que es real el nacimiento de una espiga a partir de un grano de trigo que se descompone en la tierra y permite el desarrollo del germen que encerraba, sino que es una forma simbólica de aludir a una manera de vida no física que, tras la muerte, se prolonga en el tiempo. Segundo, porque saliendo al paso del irrestricto acatamiento (paradojalmente lleno de soberbia) de las leyes científicas, el avance precisamente de la ciencia nos ha hecho posible, en el siglo XX, caer en el mayor de los asombros ante los aspectos científicamente inexplicables de la Santa Sábana de Turín, que envolvió el cuerpo de Jesús, y del Santo Sudario de Oviedo, que cubrió su cabeza: a los estudios científicos que confirman la autenticidad de ambas reliquias se añade el registro de anomalías que se produjeron en el funcionamiento de los instrumentos sensibles a las perturbaciones electromagnéticas cuando, hace cinco años, se abrió el sepulcro del Señor y quedó al descubierto la roca caliza sobre la cual yació el Cuerpo muerto.

La bondad de Dios ha permitido que, en unos tiempos de máximo descreimiento, se nos ponga delante estos hechos, cuyas verdaderas concomitancias científicas no hubieran sido cognoscibles en épocas anteriores ni hubieran podido ser adecuadamente apreciadas. No se puede menos que recordar aquellas palabras del Señor. “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 8). Es como si la misericordia del Señor hubiera querido venir, en “estos tiempos que envejecen” (San Agustín), a prestarnos un especial auxilio ante la reciedumbre de la guerra que enfrentamos y habremos de enfrentar.

Pero pareciera que la mano del Señor se hubiera quedado corta, porque ¿no le era posible, acaso, en este mundo tenebroso (“esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”, Lc 22, 53), pérfido y blasfemo que nos toca vivir, derrotar con un claro milagro visible por todos e irredargüible, las fuerzas del mal y la cohorte innumerable de incrédulos dominadas por ellas, en vez de obrar maravillas sin testigos, en la oscuridad de la noche, como fue el caso del sepulcro? No, no se ha quedado corta, sino que, por su respeto a la libertad del hombre, ha querido dar lugar todavía a que surja en éste y crezca la fe, como libre acto virtuoso cuya ejecución Él mismo ha hecho posible. Sólo la fe puede darnos acceso a la realidad de la resurrección, el mayor milagro, es decir, la mayor interrupción de la legalidad natural que el propio Dios ha impreso en su creación. Sin fe, no existe en absoluto el milagro tan inmenso que sea capaz de convencer al incrédulo: sería insuficiente para ello si la cúpula de San Pedro en Roma apareciera, de improviso, plantada en los hielos de Islandia. Ya nos lo dice el Evangelio en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se dejarán persuadir si un muerto resucita” (Lc 16, 31).

Para muchos es un escándalo “el silencio de Dios”. Pero Él sabe que cualquier conato Suyo paralizaría la frágil, quebradiza libertad humana, arruinando el orden que Él mismo ha diseñado para la creación, un orden insuperablemente perfecto y bello, que tiene a la libertad como pieza clave. Por eso, debemos nosotros afirmarnos en la fe (“bienaventurados los que sin ver creyeron”, Jn 20, 29). Y pedir en este día y todos los días de nuestra vida lo que aquel padre desesperado por la salvación de su hijo: “¡Creo! ¡Ayuda a mi incredulidad!” (Mc 9, 24).   

Piero della Francesca, La resurrección de Cristo, 1463-1465, Museo Cívico de Sansepolcro (Italia)
(Imagen: Wikipedia)

domingo, 4 de abril de 2021

Feliz Pascua de Resurección

Jesús, el crucificado, no está aquí, pues resucitó como lo dijo 
(Del Evangelio de la Vigilia Pascual, Mt 28, 1-7)

La Asociación Litúrgica Magnificat les desea a todos sus miembros, amigos y benefactores, así como a los lectores de esta bitácora, una muy feliz y santa Pascua de Resurrección. Se recuerda asimismo que la Santa Misa se celebra en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto, comuna de Recoleta, con las medidas sanitarias adoptadas por el poder civil y el Arzobispado de Santiago para las comunas en fase 1. 

Jerónimo Cósida, Noli me tangere, 1570, Museo del Prado (España)
(Imagen: Baúl del Arte)

miércoles, 31 de marzo de 2021

Domingo de Ramos

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio que se lee hoy en la Misa es la Pasión según San Mateo, continuando el resto de la Semana Santa con la lectura de la versión que ofrecen los demás Evangelistas. En el Tercer Nocturno de Maitines de este día, el texto del Evangelio, que muchos Padres han comentado, es el siguiente (Mt 21, 1-9):

“Cuando próximos ya a Jerusalén, llegaron a Betfagé, junto al Monte de los Olivos, envió Jesús a dos discípulos diciéndoles: Id a la aldea que está al frente, y luego encontraréis una borrica atada y, con ella, el pollino; soltadlos y traédmelos, y si algo os dijeren, diréis: El Señor los necesita, y al instante los dejarán. Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por el profeta: 'Decid a la hija de Sión: He aquí que tu rey viene a ti, manso y montado sobre un asno, sobre un pollino hijo de una bestia de carga'. Fueron los discípulos e hicieron como les había mandado Jesús; y trajeron la borrica y el pollino, y pusieron sobre ellos los mantos, y encima de ellos montó Jesús. Los más de entre la turba desplegaban sus mantos por el camino, mientras que otros, cortando ramos de árboles, los extendían por la calzada. La multitud que le precedía y la que le seguía gritaba, diciendo: '¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas'”.

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Dom Guéranger, en El año litúrgico, comenta así este pasaje:

“Dos discípulos aparejan al pollino con sus vestidos; Jesús entonces, viendo realizar el vaticinio del profeta, monta sobre el animal y se prepara de este modo a entrar en la ciudad. Mientras tanto en Jerusalén corre el rumor de que Jesús se aproxima. Inspirados por el Espíritu divino la turba de judíos de toda Palestina, reunidos en la ciudad para celebrar en ella la Pascua, sale a recibirle con palmas y gritos clamorosos. El cortejo que iba acompañando a Jesús desde Betania, se confunde con esta multitud ferviente de entusiasmo; unos tienden sus vestidos por el camino, otros enarbolan ramos de palmera a su paso. Resuena el grito de "Hosanna" y recorre la ciudad la noticia de que Jesús, hijo de David, entra en ella como Rey.

“Así fue cómo Dios, ejerciendo su poder sobre los corazones, preparó, en la ciudad en que pocos días después sería pedida su sangre a gritos, un triunfo para su Hijo. Este día Jesús tuvo un momento de gloria y la Iglesia quiere que renovemos cada año el recuerdo de este triunfo del Hijo del hombre. Cuando nacía el Emmanuel, vimos llegar del lejano oriente a Jerusalén a los Magos en busca del Rey de los judíos, para adorarle y ofrecerle sus presentes; hoy es la misma Jerusalén la que sale a recibirle. Ambos acontecimientos tienen un mismo fin: reconocer a Jesucristo como Rey; el primero por parte de los gentiles, el segundo por parte de los judíos. Era menester que el Hijo de Dios recibiese ambos tributos antes de su Pasión. La inscripción que Pilatos pondrá dentro de poco sobre la cabeza del Redentor: Jesús Nazareno, Rey de los judíos, será el carácter indispensable de su mesianismo. Inútiles serán los esfuerzos de los enemigos de Jesús para cambiar los términos de lo escrito; no lograrán su fin. "Lo que he escrito, escrito está", respondió el gobernador romano. Su mano confirmó, sin saberlo, las profecías. Israel proclama hoy a Jesús por su Rey; bien pronto será dispersado en castigo de su perjurio; pero ese Jesús, a quien ha proclamado, permanecerá siempre Rey. De este modo se cumplió a la letra aquel mensaje del Ángel que dijo a María anunciándole la grandeza del hijo que iba a concebir: "El Señor le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente". Jesús comienza en este día su reinado sobre la tierra; y como el primer Israel va a sustraerse de su cetro, un nuevo Israel, nacido del resto fiel del antiguo, va a nacer, formado de gentes de todas las partes del mundo, y ofrecerá a Cristo el imperio más extenso que jamás ha ambicionado un conquistador.

“Tal es el misterio glorioso de este día en medio del duelo de la Semana de Pasión. La Iglesia quiere que nuestros corazones se desahoguen en un momento de alegría en el que saludamos a Jesús como Rey. Ha organizado la liturgia de este día de tal forma que encierre en sí juntamente alegría y tristeza; la alegría al unirse a las aclamaciones con que resonó la ciudad de David; la tristeza volviendo en seguida al curso de sus gemidos por los dolores de su Esposo divino”.

Y agrega San Ambrosio, comentando esta entrada de Jesús y su subida al templo:

“Sube Jesús al templo, tras abandonar a los judíos, aquel Señor que había de habitar en los corazones de los gentiles. El verdadero templo es aquel en el cual el Señor es adorado en espíritu, que está constituido por el encadenamiento de las verdades de la fe. El Señor abandona a los judíos que le odiaban, y escoge a los gentiles que iban a amarlo. Sube el Monte de los Olivos para plantar con su virtud divina estos nuevos retoños de olivo que tienen por madre a la Jerusalén celestial. En este monte está Él, celestial agricultor, para que cuantos se hallan plantados en la casa de Dios puedan decir, con el Salmo: “Yo soy como olivo fructífero, plantado en la casa del Señor”.

“Aquel monte significa a Cristo… Él es aquel por quien subimos y hacia quien subimos. Es el camino, es la puerta que se abre y quien la abre; donde llaman los que quieren entrar, y el Dios a quien adoran los que merecen entrar”.

Hoy es un día de gloria para Jesús. Y lo es también para nosotros: siendo gentiles, hemos sido llamados para ocupar el lugar de los judíos que, habiendo sido los primeros llamados por Dios, lo abandonaron después.

Pedro de Orrente Jumilla, Entrada de Jesús en Jerusalén, 1620, Museo del Ermitage (Rusia)

viernes, 26 de marzo de 2021

Sitio web dedicado a S.E.R. Francisco Valdés Subercaseaux

Tenemos el agrado de comunicar la publicación de un sitio web dedicado a la vida y obra de S.E.R. Francisco Valdés Subercaseaux (1908-1982), cuyo proceso de canonización se encuentra en curso desde 1998. El 7 de noviembre de 2014 fueron reconocidas sus virtudes heroicas y declarado venerable.  

Monseñor Francisco Valdés fue el primer misionero capuchino chileno, párroco de Pucón y el primer obispo de Osorno. Su vida fue una manifestación de fe, amor y confianza en el Señor, marcada por un amor ardiente a la Iglesia y a los hombres según la espiritualidad franciscana. Llevó la luz del Evangelio de Cristo hasta los lugares más remotos de su amada Araucanía, y entregó sin reservas cada momento de su vida para aliviar a los que sufren cualquier tipo de miseria moral o material. Artífice de la paz entre Chile y Argentina, a su intervención se debe que ambos países sometieran al arbitraje de la Santa Sede el litigio austral que los tuvo al borde de la guerra en 1978.

El sitio está muy bien diseñado y contiene una completísima información acerca de la persona y ministerio del venerable siervo de Dios, incluyendo enlaces a textos digitalizados tanto de su autoría como de terceros. Entre ellos se cuenta "Concilio y música sagrada" (1966).

A S.E.R. Francisco Valdés Subercaseaux dedicamos en su un día una entrada en esta bitácora. Hay que recordar que en los años posteriores al Concilio Vaticano II se desempeñó como encargado del canto sagrado en la Conferencia Episcopal chilena. En esa calidad fue monseñor Valdés quien dio a nuestra naciente Asociación la primera autorización oficial para celebrar Misas con cantos en latín.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Domingo de Pasión

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 8, 46-59):

“En aquel tiempo, decía Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios. Los judíos respondieron: ¿No decimos bien que eres un Samaritano y que estás endemoniado? Jesús respondió: Yo no estoy poseído del demonio, sino que honro a mi Padre y vosotros me habéis deshonrado a Mí. Pero Yo no busco mi gloria; hay quien la promueva y la vindique. En verdad, en verdad os digo: que quien observare mi doctrina, no morirá jamás. Los judíos le dijeron: Ahora conocemos que estás poseído del algún demonio. Abraham murió y los Profetas, y tú dices: Quien observare mi doctrina no morirá eternamente. ¿Por ventura eres mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió, y que los Profetas, que también murieron? Tú ¿por quién te tienes? Jesús les respondió: Si Yo me glorifico a Mí mismo, mi gloria nada vale; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios, y no lo conocéis; mientras que Yo lo conozco. Y si dijese que no lo conozco, sería tan mentiroso como vosotros. Mas lo conozco y observo sus palabras. Abraham, vuestro Padre, deseó con ansia ver mi día; lo vio y gozó mucho. Y los judíos le dijeron: Aún no tienes cincuenta años y ¿has visto a Abraham? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo, que antes de que Abraham fuera creado, Yo soy. Tomaron entonces piedras para lanzárselas; mas Jesús se escondió y salió del Templo”.

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La liturgia de estos últimos días antes de Semana Santa nos lee especialmente el Evangelio de San Juan, que es quien nos informa de los dramáticos enfrentamientos finales de Jesús con los incrédulos judíos. La intensidad de los diálogos, la gravedad de lo que en ellos se discute, los peligros cada vez más claros y abiertos en que se va poniendo Jesús alcanzan en el presente domingo una cumbre final, después de la cual ya no se alivia la tensión y no viene otra cosa que el desenlace atroz de la Pasión y Muerte del Señor, que el diablo tendrá (“burlador burlado”) como su triunfo, cuando no será más que su definitiva derrota y condenación.

Termina el texto de hoy con la declaración solemne del Señor: “Yo soy”. Es la declaración de su identidad que Dios dio a Moisés en la zarza ardiente: “Yo soy el que soy”. Es una formulación que, considerada desde la filosofía, resulta incomprensible para la época en que se la escribió en el Antiguo Testamento, cuando faltaban muchos siglos todavía para que surgiera la gran filosofía griega. La densidad inefable de ese “Yo soy” sólo algunos grandes pensadores del siglo XX, como Heidegger, se han acercado a meramente vislumbrar, sin poder hacer más que eso. Y es ésta la declaración que Jesús hará a los judíos por última vez en el momento supremo en que van a detenerlo en el Getsemaní: “Yo soy”. También es San Juan quien nos cuenta que al oír esta declaración tremenda, los judíos retrocedieron y cayeron de espaldas, como al impulso de una fuerza irresistible, como empujados por un instante de omnipotencia divina. Los judíos reconocieron, en el texto de hoy, lo que ese “Yo soy” quería decir: “Yo soy Dios”. Y cogieron piedras para matar a quien ellos creyeron blasfemo. Y el diablo, en el Getsemaní, no habrá tampoco tenido ya más dudas; pero viendo cómo Jesús era clavado en la cruz, habrá creído asegurada su victoria, sin sospechar que quedaba sellada su derrota: “La obra de nuestra salvación ya había previsto este orden: que el arte del maligno traidor fuera vencida por el arte divina, y que el remedio nos viniese por el mismo instrumento por el que el enemigo nos había herido” (himno Pange Lingua). Por el árbol de la ciencia del bien y del mal vino nuestra perdición; por el árbol de la Cruz, vino nuestra salvación. ¡Cómo Dios sabe sacar bien del mal! ¡Cómo su sabiduría derrotó en su propia arena a la astucia del Malo!

Nuestra meditación de la Pasión del Señor, que haremos todos estos días, debiera inflamarse de horror y de gratitud al considerar Quién es la Víctima que va camino a una muerte inmerecida, para que no caigamos nosotros en la muerte merecida. “Yo soy” ha tomado sobre sí nuestro pecado y se encamina a comprarnos a ese Malo que nos tenía aprisionados entre los suyos: “Yo soy“ va a comprarnos, a re-comprarnos (que es el sentido etimológico de “redimirnos”) pagando, como precio, su propia vida humana. ¡No habría aceptado ese precio el Malo si hubiera sabido cuál iba a ser el resultado del negocio, es decir, la pérdida de los hombres que tenía en su poder! ¡No se hubiera regocijado con aquella muerte! Pero el arte divino había de vencer al arte diabólico en su propia lid: el diablo pagó con treinta monedas para que “Yo soy” cayera en sus manos; pero “Yo soy” pagó con su vida esta mercancía que somos nosotros, arrancándonos para siempre de las manos diabólicas que nos poseían.

Si bien el sentimiento de máxima humildad es lo primero que sentiremos estos días ante la grandeza de “Yo soy”, ojalá prevaleciera otro: el de la alegría de que el arte divino haya vencido al arte diabólico. Porque, al fin, cantaremos en la Vigilia de Pascua: ¡Feliz culpa, que nos mereció tan grande Re-comprador!     

Jesús y los fariseos