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jueves, 18 de noviembre de 2021

Curso sobre liturgia del profesor Augusto Merino Medina

El Centro de Estudios Ciudad Católica ha vuelto a impartir durante este año el curso, ya realizado por primera vez en 2019, sobre liturgia católica impartido por el profesor Augusto Merino Medina, conocido de los lectores de nuestro blog. En esta oportunidad, el curso ha se denomina "La Misa tradicional y su reforma" y ha sido programado con un formato virtual, a través de videos que se van subiendo a Youtube una vez que la clase se realiza. Esto permite que aumente el número de personas que pueden acceder a una documentada discusión sobre la liturgia de la Iglesia y, en especial, la reforma sufrida entre 1955 y 1970.

Augusto Merino Medina
(Foto: El Mercurio)

Además de los artículos publicados en este blog, el Profesor Augusto Merino ha sido el traductor al castellano del libro Resurgimiento en medio de la crisis: Sagrada liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia, de Peter Kwasniewski (véase aquí la reseña que publicamos). Hace pocas semanas acaba de aparecer su última traducción. Se trata de La Misa tradicional: Historia, forma y teología del rito clásico romano, de Michael Fiedrowicz, que puede ser adquirido por impresión bajo demanda en Amazon. 

En esta entrada dejaremos los videos con las clases del profesor Augusto Merino, que están alojados en el canal de Youtube del Centro de Estudios Ciudad Católica. Pronto publicaremos los textos de cada una de las clases, que también puede ser de interés. 

Clase 1


Clase 2




Clase 3




Clase 4 


Clase 5


Clase 6



Clase 7



Clase 8




Clase 9 



Clase 10


miércoles, 15 de septiembre de 2021

Conferencia del Prof. Augusto Merino Medina acerca del rito y el culto en la sociedad actual

El próximo jueves 23 de septiembre, a las 19.00 horas, a través de la plataforma Meets de Google, y gracias a la gentil acogida de la Universidad Gabriela Mistral, el Prof. Augusto Merino Medina, asiduo colaborador de esta bitácora, impartirá una conferencia intitulada "Racionalismo y cultura en el crepúsculo de la modernidad. Reflexiones en torno al rito y al culto en la sociedad actual". 

Se trata de una excelente oportunidad para profundizar en un aspecto de enorme importancia para entender la dimensión cultural que tienen los ritos y el culto, algo sobre lo que ha insistido también el filósofo Byung-Chul Han en su reciente libro La desaparición de los rituales: Una topología del presente (2019). 

sábado, 4 de enero de 2020

El desprecio de Pablo VI por los católicos que no recibieron bien la reforma litúrgica

A continuación ofrecemos una nueva traducción de un artículo el Dr. Peter Kwasniewski, colaborador habitual de esta bitácora. El autor presenta diversas citas del papa Pablo VI (1963-1978), las que dejan en evidencia la actitud del pontífice hacia los católicos que se resistían a la demolición de los ritos de la Iglesia que implicó su reforma litúrgica, la que recientemente cumplió cincuenta años.

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original.

 "Eres algo tímido, ¿no? ¡Pero no puedes escapar de la participación activa"

***

El desprecio de Pablo VI por los católicos que no recibieron bien la reforma litúrgica 

Peter Kwasniewski

En las proximidades del triste aniversario número 50 de la entrada en vigencia de la Constitución Apostólica Missale Romanum, de Pablo VI, que ordenó por primera vez que se celebrara la Misa Novus Ordo el primer domingo de Adviento de 1969 (el 30 de noviembre de ese año), vale la pena recordar cuán frecuentemente este fastidioso y fastidiado Papa sintió la necesidad de dirigirse a los “negadores” de su tiempo, que se quejaban del torrente de cambios a la liturgia romana, cada vez mayores, que se implementaron a lo largo de la década de 1960. Algunos lectores quizá estén familiarizados con las asombrosas audiencias generales de marzo de 1965 y noviembre de 1969 (sobre las cuales he escrito un detallado comentario: “A Half-Century of Novelty: Revisiting Paul VI’s Apologia for the New Mass”), pero pocos de ellos estarán conscientes de otros discursos públicos en que continuó su diatriba contra quienes no estaban entusiasmados con las reformas. Pablo VI adoptó una curiosa forma de hablar, como si una arrasadora mayoría de laicos y clérigos se hubiera avalanzado a abrazar la nueva forma de la Misa con gran celo por la participación activa, al modo que lo hubieran hecho los felices ciudadanos del Paraíso de los Trabajadores Comunistas. Las pruebas, tanto publicadas como anecdóticas sugieren, igual que la estrepitosa caída, cada vez más rápida, de la asistencia a Misa durante las décadas de 1960 y 1970, que apenas una ínfima minoría sintió las “buenas vibras” (“good vibrations”) de los Bugnini Boys[1]. El desprecio de Pablo VI estuvo dirigido, pues, no sólo a la mayoría de sus correligionarios (lo que ya hubiera sido muy poco edificante), sino que se dirigió, en realidad, a la práctica católica multisecular que, no obstante todas las falencias que pueda haber tenido, seguía asegurando la adhesión a la Iglesia y a la fe de grandes multitudes, con una piedad y seriedad que rara vez se encuentran, y no son nunca superadas, fuera del catolicismo. El consejo de Louis Bouyer de 1956 no fue escuchado: “No debiéramos tratar de producir una congregación artificial de fieles que siga una liturgia de anticuarios, sino preparar a las congregaciones reales de la Iglesia para tomar parte en la liturgia verdaderamente tradicional, rectamente entendida”[2].

En el presente artículo quisiera presentar algunas citas de Pablo VI, gracias a ese enorme bodoque llamado Documents on the Liturgy. 1963-1979 [DOL], libro que tendría un acrónimo más certero si su título fuera Documents Undermining Liturgical Life. 1963-1979 (Documentos que socavan la vida litúrgica. 1963-1979) [DULL] [Nota de la Redacción: el autor ofrece aquí un juego de palabras, por cuanto “dull” significa, en inglés, aburrido], y que revela, en toda su amplitud o, más bien, en toda su estrechez, la mente del pontífice en lo que se refiere a la participatio actuosa y a la malvada conducta de quienes se oponían tenazmente a la marcha del progreso.


Discurso a los obispos italianos, 14 de abril de 1964 (DOL 21).  

“La reforma litúrgica nos abre un camino para reeducar a nuestro pueblo en la religión, para purificar y revitalizar sus formas de culto y de devoción, para devolver dignidad, belleza, simplicidad y buen gusto a nuestras ceremonias religiosas. Sin esta renovación interior y exterior habrá pocas esperanzas de una extensa supervivencia de la vida religiosa en las cambiantes condiciones actuales […]. Promoved el canto sagrado, el cantar religioso y comunal del pueblo. Recordad que, si el pueblo canta, no abandona la Iglesia; si no abandona la Iglesia, conserva la fe y vive como viven los cristianos”.

Audiencia general, 13 de enero de 1965 (DOL 24).

“Mediante vuestro [de los laicos] esfuerzo por poner por obra exacta y vitalmente la Constitución sobre la Liturgia, demostráis tener ese conocimiento de los tiempos que Cristo recomendó tener a sus discípulos (véase Mt. 16, 4), y que hoy la Iglesia está empeñada en despertar y hacer reconocer entre los católicos adultos […]. Mostráis que comprendéis el nuevo camino de la religión, que la actual reforma litúrgica trata de restaurar […]. La solicitud de la Iglesia se hace más amplia hoy, al cambiar ciertos aspectos de la disciplina de los ritos que son actualmente inadecuados y buscar valiente, pero reflexivamente desentrañar su significado eclesial, las exigencias de la comunidad y el valor sobrenatural del culto de la Iglesia. Para comprender este programa religioso y gozar de los resultados que de él se esperan, todos debemos cambiar nuestros hábitos de pensar las sagradas ceremonias y las prácticas religiosas como cosas que no exigen más que una asistencia pasiva, distraída, y debemos tomar plena conciencia del hecho de que una nueva pedagogía espiritual ha nacido con el Concilio. Eso es lo novedoso del Concilio y no debemos retraernos de convertirnos nosotros mismos en sus primeros discípulos y, luego, en los maestros de esta escuela de oración que está actualmente en sus inicios. Puede que ocurra que las reformas afecten prácticas que nos son queridas y dignas de respeto, que nos exijan esfuerzos que, al comienzo, producen tensiones. Pero debemos ser devotos y confiados: las perspectivas religiosas y espirituales que la Constitución abre ante nosotros son estupendas en su profundidad doctrinal y en su autenticidad, en la coherencia de su lógica cristiana, en la pureza y riqueza de sus elementos culturales y estéticos, en su respuesta al carácter y necesidades del hombre moderno”.

Discurso a los párrocos y predicadores de Cuaresma, 1 de marzo de 1965 (DOL 25). 

“He aquí algunos de los temas: cambiar tantas actitudes que, desde muchos puntos de vista, son en sí mismas dignas de honor y muy queridas; remecer a muchas personas devotas y buenas presentándoles nuevas formas de orar que no van a comprender de inmediato; ganar para un involucramiento en la oración común a muchas personas acostumbradas a orar -o a no orar- en la iglesia como les plazca; intensificar la enseñanza de la oración y del culto en todas las congregaciones de fieles, o sea, introducir a éstos a los nuevos puntos de vista, gestos, prácticas, formularios y actitudes coherentes con la toma de una parte activa, a la que no están acostumbradas, en la religión. En una palabra, el tema es comprometer al pueblo de Dios en la vida litúrgica sacerdotal. Reiteremos que se trata de asuntos difíciles y delicados, pero añadamos que ello es necesario, obligatorio, providencial y renovador. Y confiamos que sea también satisfactorio”.

Audiencia general, 17 de marzo de 1965 (DOL 27).

“¿Qué piensa la gente de la reforma litúrgica? […] Primero, hay algunos que muestran algún grado de confusión y, por tanto, de intranquilidad. Hasta ahora la gente ha vivido con comodidad: podía orar donde quisiera, y todo el mundo estaba bastante familiarizado con la forma en que se celebraba la Misa. Hoy por todas partes hay cosas nuevas, cambios, sorpresas: se ha ido tan lejos que hasta se ha suprimido el toque de campanillas en el Sanctus. Luego, hay muchas oraciones que ya nadie puede encontrar en parte alguna; se recibe la comunión de pie; la Misa termina abruptamente después de la bendición. Todo el mundo pronuncia las respuestas, hay mucho movimiento por doquier, las oraciones y las lecturas se dicen en voz alta. En suma, ya no hay más paz, se entiende las cosas menos que antes, etcétera. No vamos a hacer la crítica de estas opiniones, porque tendríamos que mostrar cómo ellas revelan una pobre comprensión del significado del ceremonial religioso, y nos permiten divisar en ellas no una verdadera devoción y verdadero aprecio del significado y valor de la Misa, sino una cierta flojera espiritual que no está dispuesta a hacer un esfuerzo personal de comprensión y de participación encaminado a un mejor entendimiento y una mejor participación del más sagrado de los actos religiosos, en que se nos invita, o más bien se nos obliga, a participar”. 

(¡Imposible inventar esta parrafada!)

Homilía en una parroquia de Roma, 27 de marzo de 1966 (DOL 33).

“El Concilio adoptó la postura fundamental de que todo fiel tiene que entender lo que dice el sacerdote[3], tomar parte en la liturgia, y no ser en la Misa sólo un espectador pasivo sino un alma viviente […] Mirad el altar, dispuesto ahora para realizar un diálogo con los fieles, considerad el notable sacrificio que se ha hecho del latín, invaluable repositorio de los tesoros de la Iglesia. El repositorio ha sido abierto hoy, al convertirse la lengua propia del pueblo en parte de su oración. Los labios que a menudo han estado cerrados o sellados, comienzan al fin a moverse, cuando la asamblea de los fieles puede pronunciar su parte en el coloquio […] Ya no se da el triste fenómeno de que el pueblo converse y hable sobre cada tema humano imaginable pero permanezca en silencio y apático en la casa de Dios. ¡Qué sublime es oír, en la Misa, la recitación en común del Padrenuestro! En esta forma, la Misa dominical ya no es una mera obligación sino un placer, no un deber que hay que cumplir, sino un derecho que se tiene”.

 Posiblemente el Papa más fantástico y menos realista de la historia

Pablo VI fue profético en el tema de la contracepción, pero no en el de la liturgia.

Audiencia general en Castelgandolfo, 13 de agosto de 1969 (DOL 45).

“Luego de un intenso y prolongado movimiento religioso, la liturgia, coronada y, podría decirse, canonizada por el Concilio Vaticano II, ha cobrado nueva importancia, dignidad, accesibilidad y participación en la conciencia y en la vida espiritual del pueblo de Dios y, podemos predecirlo, ello será así todavía más en el futuro”.

Adviértase cómo, tres años después de sus lamentos de 1966, Pablo VI sigue quejándose de la resistencia a la reforma y de los vicios que ello pone en evidencia.

Audiencia general de Castelgandolfo, 20 de agosto de 1969 (DOL 46). 

“Una segunda categoría, cuyas filas se han incrementado con quienes están alterados desde la reforma conciliar de la liturgia, incluye a los suspicaces, los críticos, los descontentos. Perturbados en sus prácticas devotas, estos espíritus se resignan a regañadientes a los nuevos caminos, pero no hacen esfuerzo alguno por comprender las razones de ellos: encuentran desagradables las nuevas expresiones del culto divino; se refugian en sus lamentaciones, que les privan del antiguo sabor de los textos del pasado y les impiden gustar lo que la Iglesia, en esta segunda primavera de la liturgia, ofrece a los espíritus que se abren al significado y lenguaje de los nuevos ritos, sancionados por la sabiduría y la autoridad de la reforma posconciliar. Un esfuerzo, muy poco difícil, por aceptar y comprender podría traerles la experiencia de la dignidad, la simplicidad y la redescubierta antigüedad de las nuevas liturgias, y podría también traer, al santuario interior de cada persona, el consuelo y la fuerza dadora de vida de las celebraciones comunitarias. La vida interior podría alcanzar una mayor plenitud”.

Audiencia general, 26 de noviembre de 1969 (DOL 211).

“Un nuevo rito de la Misa: un cambio en la venerable tradición que ha durado por siglos. Esto es algo que afecta nuestro patrimonio hereditario religioso, que parecía gozar del privilegio de ser intocable y consolidado, que parecía traer a nuestros labios la oración de nuestros antepasados y de nuestros santos y darnos el consuelo de sentirnos fieles a un pasado espiritual, que manteníamos vivo para transmitirlo a las nuevas generaciones. Es en momentos como éste que logramos una mejor comprensión del valor de la tradición histórica y de la comunión de los santos. Este cambio habrá de afectar las ceremonias de la Misa. Nos daremos cuenta, quizá con un sentimiento de molestia, de que las ceremonias en el altar ya no se realizan con las mismas palabras y gestos a que estábamos acostumbrados -quizá tan acostumbrados que ya no nos dábamos cuenta de ellas-. Este cambio afecta también a los fieles, porque está hecho con el propósito de interesar a todos los asistentes, de sacarlos de sus acostumbradas devociones personales o de su habitual adormilamiento. Debemos prepararnos para estas multifacéticas incomodidades. Es el tipo de alteración causada por toda novedad que cambia nuestros hábitos. Advertiremos que las personas piadosas serán las más perturbadas, porque tienen su propio y respetable modo de oír Misa, y sentirán que se las priva ásperamente de sus pensamientos habituales y se las obliga a amoldarse al pensamiento de otros. Incluso algunos sacerdotes pueden sentirse molestos por esto. Así pues, ¿qué ha de hacerse en esta ocasión tan especial e histórica? Primero debemos prepararnos. Estas novedades no son pequeñas. No debiéramos dejarnos sorprender por la naturaleza de sus formas externas, ni incluso por su importunidad […]. Es la voluntad de Cristo, es el soplo del Espíritu Santo el que llama a la Iglesia a hacer este cambio. Es un momento profético el que está ocurriendo en el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Es un momento que está sacudiendo a la Iglesia, poniéndola de pie, obligándola a renovar el arte misterioso de su oración. Es aquí donde se advertirá la mayor de las novedades, la novedad del lenguaje. No más latín, sino que el lenguaje de la Misa será el lenguaje vernáculo. La introducción de éste será ciertamente un gran sacrificio para quienes conocen la belleza, el poder y la sacralidad expresiva del latín. Estamos abandonando el habla de siglos de cristiandad, estamos transformándonos en algo así como intrusos profanos en la reserva literaria de la expresión sagrada. Vamos a perder una gran parte de aquella realidad estupenda, incomparablemente artística y espiritual, el canto gregoriano. Tenemos motivos de lamentarnos, de hacerlo incluso con desconcierto. ¿Qué podemos poner en lugar de ese lenguaje de ángeles? Estamos renunciando a algo de valor incalculable. Pero, ¿por qué? ¿Qué es más valioso que esto, el más alto de los valores de la Iglesia? La respuesta parecerá banal, prosaica, pero es una buena respuesta, porque es humana, porque es apostólica. Entender la oración vale más que los paramentos de seda de que está vestida la realeza; la participación del pueblo vale más, especialmente la participación del pueblo moderno, tan amiga del lenguaje sencillo que se entiende fácilmente y que se convierte en habla cotidiana”. 

Audiencia general, 3 de noviembre de 1971 (DOL 53). 

“La Iglesia que ora (Ecclesia orans) ha recibido del Concilio la más espléndida idealización. No debemos olvidarlo ante la emocionante realidad de la reforma litúrgica. Esta reforma ha tenido un gran peso, incluso considerando las condiciones espirituales de hoy, debido a su propósito pastoral originario de revitalizar la oración en el pueblo de Dios. Esta ha de ser oración pura y compartida, es decir, interior y personal, pero al mismo tiempo pública y común. Su significado no es solamente el de un ritual que pertenece a la sacristía o a una erudición arcana meramente litúrgica: la oración ha de ser una afirmación religiosa, llena de fe y de vida, una escuela apostólica para todos los que buscan la verdad que da vida, un desafío espiritual para un mundo secularizado, ateo, pagano”.

***

Con la perspectiva que nos dan los cincuenta años transcurridos, al contemplar la reforma litúrgica que implosiona sobre sí misma o que va siendo lentamente desarmada por el movimiento tradicionalista, cada vez más poderoso, podemos aprovechar el conocimiento retrospectivo de lo que no hay que hacerle a nuestra preciosa herencia, y comprometernos enérgicamente a hacer todo lo contrario de lo que se hizo. Porque la gran ironía es que no es, ni nunca fue, la “nueva” liturgia la que sirvió como “una escuela apostólica para todos los que buscan la verdad que da vida, un desafío espiritual para un mundo secularizado, ateo, pagano”, sino que, al contrario, vemos cuán acertadamente esta descripción le conviene al rito romano clásico, que se levanta, como el ave fénix, de sus cenizas.

 La opción que tenemos delante de nosotros: un Misal de 1948 o...
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[1] El éxito Good Vibrations de los Beach Boys apareció en 1966, vale decir, entre el Misal provisional de 1965 y la Missa Normativa de 1967.

[2] Bouyer, L., Life and Liturgy (1956), pp. 14-15, citado por Alcuin Reid en su Introducción a la edición de Beaudin, L., Liturgy: The Life of the Church.

[3] Esta afirmación es, por supuesto, una mentira descarada por parte de Pablo VI, ya que el Consilium no tomó tal posición y, de hecho, adoptó una diferente. Se trata de una mentira que repitió en docenas de ocasiones.

domingo, 26 de mayo de 2019

Privilegios y usos litúrgicos en España e Hispanoamérica

La Iglesia española (y por extensión la de todos los países hispánicos) tiene una serie de usos propios al celebrar la Santa Misa de acuerdo al rito romano tradicional. En algunos casos se trata de privilegios expresamente concedidos por los Papas al clero de España (como ocurre con las bulas Ad hoc Nos Deus de San Pío V, fechada el 16 de diciembre de 1570, y Pastoralis officii de Gregorio XIII, de 30 de diciembre de 1623), y en otros, de costumbres inveteradas. 

Salvo manifiesta contradicción, estas tradiciones pueden usarse también con el Novus Ordo; de hecho algunas siguen presentes en diversas parroquias y otras, aunque ya en desuso, continuaron durante los años inmediatamente posteriores al Misal de Pablo VI. Algunas de estas tradiciones han sido conservadas en territorios anteriormente pertenecientes a España, como Sudamérica, Filipinas, etcétera. 

El presbítero asistente. 

El presbítero asistente, con capa pluvial, era de rigor en la primera Misa de un nuevo sacerdote; por lo demás es un privilegio prelaticio, que comparten por gracia especial los provinciales franciscanos y carmelitas (así como el canon, la palmatoria y el tronetto). Sin embargo, en España, hay un uso antiquísimo que permite que cualquier sacerdote pueda ser ayudado por un presbítero asistente en toda Misa solemne. Este uso se confirmó por un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos al Obispo de Urgel en 1883. Evidentemente el presbítero asistente, como su nombre lo indica, debe ser un sacerdote.

 Presbítero asistente (der., con capa pluvial) durante la segunda Misa de un sacerdote

Asperges por otro sacerdote que no sea el celebrante. 

En Misas solemnes o cantadas celebradas por un sacerdote constituido en dignidad, otro con sobrepelliz y estola acompañado por dos acólitos puede hacer la aspersión antes de la Misa mayor dominical.

El cáliz preparado. 

El cáliz puede estar preparado de antemano sobre el altar para las Misas rezadas, ya extendido sobre los corporales, con el misal abierto y registrado. Asimismo, se puede poner el vino y el agua inmediatamente antes de iniciar la misa. De hecho, así se hace en el rito dominicano.

El portapaz. 

Con él se da la paz en las Misas sin ministros sagrados (sobre este objeto litúrgico hemos hablado aquí y aquí). El acólito lo toma con un velo de seda blanca, se arrodilla junto al sacerdote y éste besa el altar y luego el portapaz diciendo “Pax tecum”. El acólito responde “Et cum Spiritu tuo” y lleva el portapaz al clero y al pueblo, de este al menos a las personas más importantes o los primeros de cada banco diciendo “Pax tecum” y dándolo a besar. Si hay altas autoridades presentes siempre era cortesía llevarles la paz a ellas. Incluso en el Novus Ordo puede utilizarse el portapaz para llevar la paz a las autoridades.

 El portapaz
(Ilustración: Modern Medievalism)

En el Confíteor. 

Añadir en el Confíteor el nombre del titular del altar o iglesia; por ejemplo: “...beato Ioanni Baptistae, sanctis apostolis Petro et Paulo, beato Joseph, omnibus sanctis et vobis fratres...”. Evidentemente, este privilegio no es practicable en el Novus Ordo, al haberse suprimido el nombre de los santos en el Confíteor. 

El turiferario que no sea diácono. 

Un acólito puede incensar al coro y a los ministros en la Misa solemne. Naturalmente, el diácono es quien inciensa al celebrante.

Evangelio desde el púlpito. 

El sacerdote puede leer el Evangelio desde el ambón, al igual que la Epístola, de cara al pueblo. En muchas catedrales e iglesias principales se ven aun esos hermosos ambones a ambos lados del presbiterio o del coro, a menudo con un tercer púlpito que es el propio del sermón.

La Colecta “et famulus tuos”. 

Se añadía siempre (salvo las Misas de réquiem) por única conclusión, ya sea sólo a la Colecta, ya a la Secreta y a la Postcomunión; incluso en Roma se decía en el Colegio Español y en la Iglesia de Montserrat. Este privilegio fue concedido por San Pío V y por Benedicto XIII, y confirmado por decreto de la Sagrada Congregación de Ritos de 13 de julio de 1675. En esta oración se rezaba por el Papa, el Obispo, el Rey, los familiares, el pueblo y el ejército, debiendo respetarse las palabras exactas previstas para ella. 

La hijuela o palia. 

La hijuela o palia redonda con una presilla o botoncito es uso exclusivo de España. Se cubre con ella la hostia en la patena hasta el ofertorio. Su origen puede ser el siguiente: la palia cuadrada en España era de reducidas dimensiones, a menudo sin acartonar, y se colocaba dentro del corporal doblado, de manera que al desplegarlo quedaba en el cuadrante medio derecho. Nunca salía la palia del corporal, sin duda por respeto, al haber estado en contacto con el Sangüis que tras la sunción podría haber quedado en el borde de la copa del cáliz. Siendo impensable cubrir la hostia directamente con el velo del cáliz, se ideó la hijuela para protegerla hasta el ofertorio. Es curioso que los términos hijuela y palia se usan, según las regiones, para referirse ya a la una, ya a la otra, lo que causa confusión al leer algunos manuales de ceremonias antiguos. Las hijuelas las hay acartonadas y sin acartonar.

 Hijuela

La cucharilla. 

La cucharilla se usa para añadir agua al vino en el cáliz, en España, y en algunos países sudamericanos. Rara vez en Italia y en algunos lugares en Alemania e Inglaterra. Su uso está previsto por un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos.

 Colección de cucharillas litúrgicas

El doble corporal. 

El uso del doble corporal viene mencionado por autores del siglo XIX, y en Zaragoza se estuvo usando hasta los años sesenta del siglo XX. Se trata simplemente de la práctica de desplegar no uno sino dos corporales, el "verdadero" de lino sencillo y otro un poco mayor, muy almidonado, con bordados y profusión de encajes.

La posición de las manos del sacerdote. 

Consiste en que el sacerdote puede tener las palmas de las manos vueltas hacia el altar (ad altare versas) cuando las extiende.

La palmatoria desde el Sanctus. 

La palmatoria es la versión hispana del tercer cirio o cirio del Sanctus (en México la llaman tercerilla) del que habla el misal. Incluso tras las reformas de San Juan XXIII hay una referencia a ese uso, permitiendo que continúe. En Inglaterra hay un cirio en la credencia, en Italia hay a veces un candelero adosado a la pared cerca de la credencia, o cerca del altar, o incluso en la grada del lado de la Epístola. Sólo en España se usa el cirio con palmatoria, que estrictamente es un privilegio prelaticio, aunque éste se ha extendido a todos los sacerdotes.

La palmatoria se enciende en la credencia tras sonar el Sanctus y se coloca sobre el altar del lado de la Epístola, paralela al corporal y no muy lejos de éste; se lleva para la comunión acompañando al Santísimo, a menos que haya ceroferarios; si hay dos acólitos, el de la izquierda lleva la palmatoria; si sólo asiste uno, con la derecha sostiene la patena de comunión y con la izquierda coge el mango de la palmatoria, colocando el extremo sobre el ángulo del brazo derecho. Los prelados usan palmatoria toda la Misa, al lado del misal.

El lavabo con aguamanil. 

El lavabo con aguamanil es también de uso prelaticio, pero extendido en España a todos los sacerdotes. En todos los demás países se usa la vinajera del agua y un platillo de cristal sencillo.

 Ornamentos celestes para la fiesta de la Inmaculada

Ornamentos blancos y celestes de la Inmaculada. 

Sobre el uso de estos ornamentos hubo pleito y Roma ordenó que se utilizasen mientras durasen, éstos y sus similares. Solución salomónica. Parece que este uso se originó en torno a la polémica inmaculista de 1617, que acabó con un reconocimiento pontificio favorable al misterio. El papa Pío VII por breve de 28 de noviembre de 1817 otorgó privilegio para usar el celeste en la octava de la Inmaculada en la Catedral de Sevilla, y el 19 de septiembre de 1879 la Sagrada Congregación de Ritos lo amplió a todo el Arzobispado, siempre que se celebrara la Misa de la Inmaculada, concediéndose después a todas las Iglesias que lo solicitasen a Roma (decreto núm. 4083).

El bonete español. 

El bonete español es de cuatro picos y diferente a los birretes que usan los sacerdotes del resto del mundo, pero con idéntico uso litúrgico. Se le llama indistintamente “bonete” o “birrete”.  Al extranjero, sólo birrete.

 Sacerdotes españoles circa 1940 llevando ambos el bonete español

El cíngulo fajinado. 

Ya obsoleto, es una faja con dos caídas terminadas en borlas, que lleva el celebrante como cíngulo. La faja es del mismo tejido que los ornamentos, o está bordada ricamente. Para ajustarla según la circunferencia del celebrante tiene unas cintas que se atan por detrás. Las caídas son una a la izquierda y otra a la derecha, de manera que queden simétricas con el cuerpo. Se ha usado en España, en México, etcétera. 

 Cíngulo fajinado

La muceta. 

Los párrocos españoles pueden usar muceta sobre el roquete y sotana. Salvo particular privilegio, es negra con las vueltas moradas.

 Muceta de párroco

Uso de las dalmáticas por los acólitos. 

Según información rescatada por el historiador Ramón de la Campa, en el Archivo de la Catedral de Sevilla, donde se encuentran todos los litigios que hubo entre el Cabildo Catedral y el Arzobispo Jaime de Palafox Cardona (1684-1701), conocido como "el hombre de los mil pleitos". Él pretendió abolir todos los usos particulares y privilegios de la catedral hispalense: precedencia del deán sobre el provisor eclesiástico, danzas de los seises, uso de ornamentos blancos y celestes para la Inmaculada, y el uso de dalmáticas por los ministros menores. Todos los pleitos acabaron en Roma, para ser resueltos por la Sagrada Congregación de Ritos. El que ahora interesa fue largo, y no sabemos como acabó, lo que sí es cierto que la costumbre se perpetuó. Se pidió parecer a muchas catedrales de España, y todas respondían afirmativamente, al uso de dalmáticas por ministros legos o clérigos no ordenados, como algo propio de España. Una de las soluciones sugeridas es que fueran ornamentos no bendecidos, pero esto no satisfizo. Hay grabados de los viajeros del siglo XIX que incluyen a los ceroferarios y turiferarios con dalmáticas. Incluso hay testimonios de que en el seminario de Sevilla había antiguamente dalmáticas de todos los colores para cuando el seminario asistía solemnemente a la catedral. En el trabajo “Un ejemplo de patronazgo nobiliario en la Catedral de Sevilla: la Capilla de la Concepción Grande y Don Gonzalo Núñez de Sepúlveda" (incluido en el libro El comportamiento de las Catedrales españolas. Del Barroco a los Historicismos, Murcia, 2003, pp. 425 ss.), de don Ramón de la Campa, al narrar el inventario de la dotación del ajuar y fiesta de la Inmaculada de 1656 cita un terno completo de brocado blanco de oro matizado en azul celeste, un frontal grande para el altar mayor, once frontales donde se ponen las reliquias, un paño de púlpito, una manga de cruz, etcétera, siete dalmáticas de raso azul y blanco con sus cenefas de brocatel para los ceroferarios y turiferarios, con sus albas de ruán y faldones de dicho raso, cíngulos, cordones de seda blanca y azul.

 Ejemplo contemporáneo de uso de dalmáticas por ministros legos en España

sábado, 13 de abril de 2019

Las estaciones cuaresmales

Las estaciones cuaresmales consisten en una compleja liturgia católica, de carácter estacional, que se desarrolla en los días de Cuaresma en la diócesis de Roma (si bien existen y han existido intentos, con mayor o menor éxito, de llevarla a otras diócesis, como ocurría en el antiguo rito parisino). El nombre que recibe esta liturgia procede del latín statio, vocablo militar que significa "estar en guardia, velar", para significar que este modo de proceder era una manera de recordar al cristiano la necesidad de permanecer vigilantes en estos días. Así "hacer estación" o "estar de estación" llevaba implícita la necesidad penitencial de ayunar y de velar en la fe. 

 Juan XXIII preside la cuarta estación cuaresmal (12de marzo de 1961)

En principio se trataba de reunirse en un lugar conveniente para la liturgia cuaresmal presidida por el obispo de Roma, que honraría sucesivamente con su presencia las comunidades más significativas en la que se ejercía su jurisdicción litúrgica. Con el paso del tiempo, a esta práctica se fue añadiendo la costumbre de que los fieles se reunieran en un lugar fuera de la iglesia para dirigirse luego en procesión hacia ella, llevando, donde la hubiere, la reliquia de la “Vera Cruz”. La procesión simboliza el camino penitencial de la Cuaresma como tránsito hacia la Pascua. Era costumbre que la iglesia estacional estuviera engalanada y abierta al pueblo durante todo el día en que le correspondía su turno. 

Esta práctica, que se remonta a los siglos V y VI, pero con antecedentes en otros lugares de la Cristiandad, tuvo su origen en la antigua costumbre de los Papas de celebrar la Eucaristía asistidos por todos los presbíteros de Roma en una de las 43 basílicas estacionales de la ciudad de Roma; aunque el término “estación” se aplicaba ya desde el siglo II a la reunión de la comunidad los días de ayuno y oración (miércoles y viernes). De un primer momento histórico proceden las estaciones a las basílicas principales romanas, San Pedro, San Pablo, Santa María la Mayor, San Lorenzo y Santa Cruz de Jerusalén. En estos templos tenían lugar los oficios litúrgicos los domingos y las ferias importantes de la semana (miércoles, viernes y sábado). Al surgir esta costumbre, la elección de la basílica quedaba al arbitrio del Papa, pero pronto fue regulada según un orden fijo más estable, y explicitada en los libros litúrgicos. En un momento posterior, en el siglo V, se fueron incorporando más templos para cubrir todos los días de la semana, excepto los jueves. Del siglo VIII proceden las Misas estacionales de este último día. La observancia de las estaciones sufrió con el exilio de Aviñón y con los tiempos turbulentos que lo siguieron, evitando la participación en persona de los Papas, pero la costumbre experimentó un resurgimiento luego de las reformas tridentinas.  

En cuanto al desarrollo de las estaciones, cada día se reunía la comunidad en una iglesia menor (llamada collecta). El Papa salía desde el palacio de Letrán en procesión. Lo precedían los acólitos, luego los siete diáconos de Roma junto a sus subdiáconos, y finalmente el Papa montado a caballo. No se dirigía a la iglesia estacional, sino a la iglesia menor, ya referida, en donde lo esperaba la asamblea de los fieles. Al llegar, entraba a la sacristía y se revestía con el alba, la tunicela, la dalmática, la casulla, el palio y la mitra. Ya revestido, subía al altar y saludaba al pueblo. Luego decía “Oremus”. En ese momento el diácono pedía a todos que se arrodillaran (flectamus genua) y, tras un momento de oración en silencio, pedía que se incorporaran (levate). Cuando todos se habían puesto de pie, el Papa rezaba la oración colecta estacional. 

Cuando terminaba la oración colecta, el diácono mandaba iniciar la procesión (procedamus in pace, a lo que se respondía In nomine Christi). Entonces se iniciaba una procesión hacia la iglesia estacional. El subdiácono llevaba la cruz procesional, a la que seguía la férula papal. A la usanza imperial, avanzaba un turiferario y siete acólitos con candeleros. El Papa caminaba asistido por dos diáconos. Mientras tanto se entonaban himnos penitenciales. Cerca de la iglesia estacional el subdiácono que portaba la cruz iniciaba el canto de las Letanías de los Santos.

 Juan XXIII peregrinando hacia Santa Sabina
(Foto: Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española)

Llegados a la iglesia estacional, el Santo Padre se dirigía al presbiterio y se cantaba el introito de la Misa. Al concluir, omitido el Kyrie porque ya se había cantado en las letanías, el Papa decía “Oremus”. Nuevamente el diácono pedía a los fieles arrodillarse por un momento, tras lo cual el Papa rezaba la oración colecta de la Misa. Luego la Misa continuaba como de costumbre hasta antes de la comunión.

Los sacerdotes que acudían a esta celebración recibían una partícula del pan consagrado por el Romano Pontífice. Este fragmento se llamaba fermentum. Esta partícula la llevan a sus iglesias para añadirla al pan que ellos consagraban o al cáliz (costumbre que es el origen de la partícula del Agnus Dei). Con este fermentum se significaba la unión de las demás Misas con la estación papal, y era un signo de comunión con el Santo Padre.

Como algunos fieles se retiraban de la iglesia antes de la comunión, el subdiácono anunciaba antes de dicho momento en dónde se celebraría la siguiente estación: "Crastina die veniente collecta erit in Ecclesia N., statio in Ecclesia N.", a lo que respondía la schola: "Deo gratias".

Tras la oración después de la comunión, el diácono pedía a todos los presentes que inclinaran la cabeza. Entonces el papa rezaba una oración sobre el pueblo. Luego, el diácono terminaba la celebración con el Ite Missa est.

 (Foto: Liturgia papal)

Si el Papa no podía presidir la estación, un acólito le llevaba un algodón mojado en el aceite de las lámparas de la iglesia estacional y le decía: “Hoy ha sido la estación en Santa Sabina, que te saluda”. El Santo Padre recibía el algodón y lo entregaba a su cubiculario, quien lo conservaba para rellenar la almohada fúnebre del pontífice.

Las oraciones y las lecturas hacían referencia a los santos y mártires relacionados con esos templos. A veces, la relación era sencilla de identificar; en otros casos, la referencia era muy sutil. Por ejemplo, el día en que se celebraba en la Iglesia de San Vital, que fue arrojado a una fosa, se leía la historia del patriarca José, que fue arrojado por sus hermanos a un pozo; en Santa Susana, mártir romana, se leía la historia de Susana en el libro de Daniel; en San Marcos, donde está la tumba de los santos Abdón y Senén, que llegaron a Roma desde Persia, se leía la historia de Naamán, que peregrinó desde Siria hasta Israel para encontrarse con el profeta Eliseo; en Santa Prudenciana, se leía un evangelio relacionado con san Pedro, que se alojó en su casa; etcétera. 

Al pasar de los años esta práctica fue cayendo en desuso, aunque la Iglesia de Roma siempre la conservó. Para el resto de la Iglesia (salvo intentos de revitalizar la práctica, como por ejemplo en Venecia, donde la costumbre fue introducida en 1917), progresivamente quedó  solamente como reminiscencia el hecho que en los misales se especificara la iglesia en la cual debía hacerse la estación ese determinado día de Cuaresma. Así, por ejemplo, para el Miércoles de Ceniza, cuya estación era celebrada en la Basílica de Santa Sabina, el misal decía: “Miércoles de Ceniza: Feria de primera clase. Estación en Santa Sabina”.

Las estaciones romanas se suspendieron en 1870, año en que los saboyanos insurgentes tomaron Roma y prohibieron los actos de culto fuera de los templos. Fueron restauradas, tras sesenta años, en 1931, gracias al ambiente favorable creado por los Pactos Lateranenses de 1929. Tras una fuerte decadencia en los años setenta del siglo XX, en que la mayoría del clero las consideró obsoletas, hoy se asiste en Roma a una progresiva recuperación. En 1993 el Oficio Litúrgico del Vicariato publicó nuevos textos y esquemas celebrativos. Incluso, desde 2010, en su difusión, se realizan convocatorias para colocar en los templos con fechas y horarios estacionales. En la actualidad, el Papa celebra una estación romana el Miércoles de Ceniza. Se reúnen la asamblea en la Iglesia de San Anselmo, y desde ahí parten a la Iglesia de Santa Sabina, en donde el Santo Padre celebra la Misa. En los demás días de Cuaresma, y en la Octava de Pascua, se celebran estaciones en las iglesias estacionales que corresponden a cada día. Suelen hacerse dos celebraciones al día: una en la mañana y otra en la tarde. Esta última se procura que sea presidida por el cardenal titular de la iglesia y, de no ser posible, por un obispo.

Hoy en día se está experimentando la promoción en zonas de la periferia de la urbe de iglesias estacionales vicarias, para los fieles a los que les es dificultoso por la distancia asistir a las tradicionales. De la misma manera se ha trasplantado esta costumbre fuera de Roma, por ejemplo en Chieti, por citar algún lugar de Italia, e incluso en algunas diócesis de Estados Unidos.

 (Foto: Liturgia papal)

Por último consignamos aquí el listado de estaciones cuaresmales (disponible en la página de la Santa Sede):

Miércoles de Ceniza Sta. Sabina, en el Aventino
Jueves S. Jorge al Velabro
Viernes Ss. Juan y Pablo, en el Celio
Sábado S. Agustín, en Campo Marzio
Domingo I de Cuaresma S. Juan de Letrán
Lunes S. Pedro en Cadenas, en Colle Oppio
Martes Sta. Anastasia (S. Teodoro), en el Palatino
Miércoles Sta. María la Mayor
Jueves S. Lorenzo, en Panisperna
Viernes Ss. XII Apóstoles, en el Foro de Trajano
Sábado S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Domingo II de Cuaresma Sta. María en Domenica alla Navicella
Lunes S. Clemente, junto al Coliseo
Martes Sta. Balbina, en el Aventino
Miércoles Sta. Cecilia, en Trastévere
Jueves Sta. María en Trastévere
Viernes S. Vital en Fovea (Via Nazionale)
Sábado Santos Marcelino y Pedro, en Letrán (Via Merulana)
Domingo III de Cuaresma S. Lorenzo extramuros
Lunes S. Marcos, en el Capitolio
Martes S. Prudenciana en el Viminal
Miércoles S. Sixto (Ss. Nereo y Aquiles)
Jueves Ss. Cosme y Damián in Via Sacra (Foros Imperiales)
Viernes S. Lorenzo en Lucina
Sábado Sta. Susana en las Termas de Diocleciano
Domingo IV de Cuaresma S. Cruz de Jerusalén
Lunes Los Cuatro Santos Coronados en el Celio
Martes S. Lorenzo en Dámaso
Miércoles S. Pablo Extramuros
Jueves Ss. Silvestre y Martín en el Monte
Viernes S. Eusebio en el Esquilino
Sábado S. Nicolás in Cárcere
Domingo  V de Cuaresma S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Lunes S. Crisógono en Trastevere
Martes S. Ciríaco (S. María en via Lata al Corso)
Miércoles S. Marcelo en el Corso
Jueves S. Apolinar en el Campo Marzio
Viernes S. Esteban en el Celio
Sábado S. Juan ante la Puerta Latina
Domingo de Ramos S. Juan de Letrán
Lunes Sta. Práxedes en el Esquilino
Martes Sta. Prisca all'Aventino
Miércoles Sta. María la Mayor
Jueves S. Pedro en la Ciudad del Vaticano (Misa Crismal) -S. Juan de Letrán (Misa in Coena Domini)
Viernes Sta. Cruz de Jerusalén (Liturgia de la Pasión del Señor)
Sábado S. Juan de Letrán (Vigilia Pascual)
Domingo de Pascua Sta. María la Mayor (Misa del día de Pascua de Resurrección).
Lunes del Ángel S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Martes S. Pablo extramuros
Miércoles S. Lorenzo extramuros
Jueves Ss. XII Apóstoles, en el Foro de Trajano
Viernes Sta. María de los Mártires, en Campo Marzio (Panteón)
Sábado S. Juan de Letrán
Domingo II de Pascua (in Albis) S. Pancracio

Respecto del listado anterior, cabe hacer notar que
antes de la reforma litúrgica (1969), existía un período de antecuaresma en la que ya se practicaba el rito estacional: el Tiempo de Septuagésima, tres semanas de transición entre las alegrías de la Navidad y la Epifanía y las austeridades cuaresmales. Sus iglesias estacionales indicaban una gradualidad ascendente: San Lorenzo Extramuros, San Pablo Extramuros y San Pedro del Vaticano.

Nota de la Redacción: La presente entrada ha sido preparada a partir de las siguientes fuentes de información: (i) la entrada de Wikipedia en español dedicada a las estaciones cuaresmales; (ii) la sección dedicada a la liturgia estacional romana cuaresmal en Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española; (iii) las entradas que dedica la bitácora Principios católicos a la liturgia estacional y las iglesias estacionales; (iv) la entada sobre las Misas estacionales en el sitio Liturgia papal; (v) la entrada sobre el sentido y significado de las estaciones cuaresmales en la bitácora Antorcha de Cristo.