jueves, 26 de agosto de 2021

Fiesta del Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 19, 25-27):

“En aquel tiempo, estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver, pues, Jesús a su Madre y al discípulo amado que estaba en pie, dice a su Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre”. Y desde aquella hora recibióla el discípulo en su casa”.

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En la iconografía cristiana se pinta a menudo a la Madre de Jesús postrada a los pies de la cruz, o recostada en brazos de las otras mujeres, desfalleciente, agotada por el sufrimiento. Pero el Evangelio nos dice otra cosa: la Virgen “stabat iuxta crucem”, es decir, estaba de pie y erguida junto a la cruz, en la posición que adoptaban los soldados que hacían la “statio”, la guardia, diurna o nocturna, de la ciudad. Una posición firme, igual que la del discípulo amado.

Son muchas las consideraciones que esta información que nos da el Evangelio sugiere, en esta fiesta del Corazón Inmaculado de María. Porque el símbolo del Corazón de la Virgen se refiere a lo más íntimo, lo más secreto, de su ser, donde tiene su asiento el amor -tal es el simbolismo del corazón- de María.

En muchas ocasiones la Iglesia reúne ambos Sagrados Corazones, el de Jesús y el de María, y en las imágenes se rodea el Corazón de Jesús con una corona de espinas, y el de María, con una de rosas. Pero la verdad es que la fiesta de hoy nos remite a ese corazón inmaculado y doloroso, que a falta de corona de espinas fue traspasado por una espada, como se lo había predicho Simeón (Lc 2, 34-35),  sufriendo de esta otra forma el suplicio a que estaba sometido su Hijo.

Y ese suplicio la Virgen lo sobrelleva de pie, en posición firme. ¡Cuando uno podría, dejándose llevar por la sensibilidad normal, contemplar un corazón tierno y doliente, se encuentra, por el contrario, con el de una mujer que soporta de pie el intenso dolor a que está sometida!

No es que falten en la figura de la Virgen maravillosas notas de blandura femenina, de ternura, de calor maternal: nadie es más Madre que la que ha dado luz al Hijo; ella es la Madre por excelencia, y su regazo es, como el de toda mujer que vive la maternidad, el mejor hogar del hombre: su mismo cuerpo es el primer domicilio del ser humano, y el más seguro.

Pero esta Virgen Madre no es de alfeñique, sino que es la Virgen poderosa que recordamos en las letanías lauretanas, cuya boca resume el espíritu fuerte de todas las grandes mujeres de la historia de Israel: en el Magnificat, la Virgen habla con la fortaleza, e incluso el rigor, de quien reconoce la realidad y no se arredra ante ella. “Desplegó el poder de su brazo y dispersó a los soberbios; derribó de su trono a los poderosos, y exaltó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada” (Lc 1, 46-55). 

Y, como Madre que es, la Virgen Santísima es la primera y más fiera defensora de sus hijos, que somos todos nosotros, representados, en aquella escena maravillosa, por San Juan. Ella es la gran guerrera que nos defiende, que vigila constantemente la casa común, la Iglesia, siempre asediada por el Enemigo, la mujer que no descansa procurando el bien de sus hijos, como aquella matrona admirable que describe la Escritura: “Ella busca lana y vino, y trabaja con la destreza de sus manos. Es como nave de mercader, que desde lejos trae su pan. Se levanta antes de que amanezca, para distribuir la comida a su casa, y la tarea a sus criadas. […] Se ciñe de fortaleza y arma de fuerza sus brazos. Ve gustosa sus ricas ganancias, y ni de noche apaga su lámpara. Aplica sus manos a la rueca y sus dedos manejan el huso. Abre su mano al pobre, y la alarga al mendigo. No teme su familia a causa de la nieve, pues todos los de su casa tienen vestidos forrados. Labra ella alfombras de fino lino, y púrpura es su vestido […] Fortaleza y gracia forman su traje, y está alegre ante el porvenir. Abre su boca con sabiduría, y la ley del amor gobierna su lengua. Vela sobre la conducta de su familia, y no come ociosa el pan. Alzanse sus hijos y la llaman bendita […] Muchas hijas obraron proezas, pero tú las superas a todas” (Prov 31, 13-29).

Por esto no extraña que la Iglesia, en la primera antífona del tercer nocturno de Maitines, cante: “Alégrate, María, tú sola has destruido todas las herejías en el orbe entero”. Y este pensamiento cobra en la Iglesia de hoy, asediada por herejes ya no en su alrededor sino desde adentro, una renovada vigencia, y nos llena de alegría y seguridad, si nos acogemos al manto protector de esta Madre Virgen cuyo Corazón celebramos.

Repitamos, pues, la antiquísima oración que la Iglesia le dirige: “Ora por el pueblo, intervén por el clero, intercede por el devoto sexo femenino; que experimenten tu auxilio todos cuantos celebran tu santa festividad” (responsorio del tercer nocturno de Maitines de hoy).

(Imagen: Cope)

viernes, 20 de agosto de 2021

Comentarios del Evangelio según el año litúrgico

"En el tiempo de la Iglesia, situado entre la Pascua de Cristo, ya realizada una vez por todas, y su consumación en el Reino de Dios, la liturgia celebrada en días fijos está toda ella impregnada por la novedad del Misterio de Cristo" (CCE 1164). "El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual" (CCE 1171), de suerte que no sigue la cronología del año civil: comienza el primer Domingo de Adviento y concluye el sábado siguiente al Último Domingo de Pentecostés (Domingo XXIV después de Pentecostés). Se compone de estaciones o Tiempos litúrgicos, llamados Ciclo Temporal o Propio de su tiempo. Su objetivo es mostrarnos a nuestro Señor en el marco tradicional de los grandes misterios de nuestra fe. Simultáneamente con este Ciclo se desenvuelve otro secundario, denominado Ciclo Santoral o Propio de lo Santos, que se compone de todas las fiestas de las almas santas que Dios asocia a Jesús en su obra salvífica, comenzando por su Santísima Madre, ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la Encarnación y de la Redención. 

El Ciclo Temporal está dividido en dos partes: el Ciclo de Navidad y el Ciclo Pascual. Cada uno de ellos se subdivide a su vez en un Tiempo antes, durante y después de esta dos grandes fiestas centrales de la fe cristiana, los que tienen por finalidad preparar al alma, hacérselas celebrar solemnemente y prolongarlas durante varias semanas.

El Ciclo Santoral "venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo" (CCE 1172) y "hace memoria de los mártires y los demás santos" (CCE 1173) que cantan la gloria de Dios. Durante este tiempo se celebran las fiestas de la Santísima Virgen María, de los Santos Ángeles y de los demás santos, donde comparecen San Juan Bautista, precursor del Mesías, San José, San Pedro y San Pablo, los demás Apóstoles y todos aquellas personas cuya santidad ha sido declarada por la Iglesia durante los siglos, con indicación de una fecha concreta en la que se celebra su fiesta o memoria. Las distintas fiestas de este Ciclo tienen una jerarquía establecida. 

Para cada uno de los domingos y fiestas señalados a continuación hemos publicado en esta bitácora un comentario con el Evangelio del día, que esperamos sea de provecho espiritual para nuestros lectores. Los propios del año pueden ser descargados desde este sitio

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CICLO DE NAVIDAD (MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN)


El Ciclo de Navidad celebra el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y se extiende entre el Primer Domingo de Adviento y el Domingo de Septuagésima. Se compone de un tiempo de preparación (Tiempo de Adviento), un tiempo de celebración (Navidad y Epifanía) y un tiempo de prolongación (Tiempo después de Epifanía). Sus colores son, respectivamente, el morado, el banco y el verde. 

Tiempo de Adviento

Domingo I de Adviento

Domingo II de Adviento

Domingo III de Adviento (Gaudete)

Domingo IV de Adviento

Tiempo de Navidad

Natividad del Señor (25 de diciembre)

Domingo en la Infraoctava de Navidad

Circuncisión del Señor (1° de enero)

Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús (domingo después de la Circuncisión o 2 de enero)

Tiempo de Epifanía

Epifanía del Señor (6 de enero)

Fiesta de la Sagrada Familia (Domingo I de Epifanía)

Conmemoración del Bautismo de Nuestro Señor

Domingo II de Epifanía

Domingo III de Epifanía

Domingo IV de Epifanía

Domingo V de Epifanía

Domingo VI de Epifanía

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CICLO DE PASCUA (MISTERIO DE LA REDENCIÓN)

El Ciclo de Pascua celebra el Misterio de la Encarnación y se extiende entre el Domingo de Septuagésima y el Primer Domingo de Adviento. Se compone de un tiempo de preparación, que se divide a su vez en tres tiempos menores: preparación remota (Tiempo de Septuagésima), preparación próxima (Tiempo de Cuaresma) y preparación inmediata (Tiempo de Pasión); un tiempo de celebración (Pascua, Ascensión y Pentecostés) y un tiempo de prolongación (Tiempo después de Pentecostés). Sus colores son, respectivamente, el morado, el blanco y el rojo, y el verde. 

Tiempo de Septuagésima

Domingo de Septuagésima

Domingo de Sexagésima

Domingo de Quincuagésima

Tiempo de Cuaresma

Miércoles de Ceniza

Domingo I de Cuaresma

Domingo II de Cuaresma

Domingo III de Cuaresma 

Domingo IV de Cuaresma (Laetare) 

Tiempo de Pasión 

Domingo I de Pasión

Domingo II de Pasión (Domingo de Ramos)

Jueves Santo

Viernes Santo 

Vigilia Pascual

Tiempo Pascual

Domingo de Resurrección

Domingo de la Octava de Pascua (Domingo in Albis)

Domingo II después de Pascua (Domingo del Buen Pastor)

Domingo III después de Pascua

Domingo IV después de Pascua

Domingo V después de Pascua

Tiempo de la Ascensión

Ascensión de Nuestro Señor

Domingo después de la Ascensión

Tiempo de Pentecostés

Domingo de Pentecostés

Tiempo después de Pentecostés

Fiesta de la Santísima Trinidad (Domingo I después de Pentecostés)

Fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo (Corpus Christi)

Domingo de la infraoctava del Santísimo Cuerpo de Cristo

Domingo II después de Pentecostés

Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús

Domingo de la infraoctava del Sagrado Corazón

Domingo III después de Pentecostés

Domingo IV después de Pentecostés

Domingo V después de Pentecostés

Domingo VI después de Pentecostés

Domingo VII después de Pentecostés

Domingo VIII después de Pentecostés

Domingo IX después de Pentecostés

Domingo X después de Pentecostés

Domingo XI después de Pentecostés

Domingo XI después de Pentecostés

Domingo XII después de Pentecostés

Domingo XIII después de Pentecostés

Domingo XIV después de Pentecostés

Domingo XV después de Pentecostés

Domingo XVI después de Pentecostés

Domingo XVII después de Pentecostés

Domingo XVIII después de Pentecostés

Domingo XIX después de Pentecostés

Domingo XX después de Pentecostés

Domingo de Cristo Rey (último domingo de octubre)

Domingo XXI después de Pentecostés

Domingo XXII después de Pentecostés

Domingo XXIII después de Pentecostés

Último Domingo (Domingo XXIV después de Pentecostés)

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CICLO SANTORAL 

El Ciclo Santoral presenta diferencias entre el calendario de la Iglesia universal y el de las distintas diócesis, así como entre países o familias espirituales. Revisar las distintas fiestas y memorias de esta Ciclo resulta casi imposible. Hemos hecho una selección de algunas de ellas basada en aquellas que menciona el Catecismo de San Pío X. Los propios de los santos pueden ser descargados desde este sitio

Fiestas de la Santísima Virgen María

Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre)

Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América (12 de diciembre)

Purificación de María (21 de febrero)

Anunciación de María (25 de marzo)

María Reina (31 de mayo)

Visitación de Santa María (2 de julio)

Nuestra Señora del Carmen (16 de julio)

Asunción de María (15 de agosto)

Inmaculado Corazón de María (22 de agosto)

Natividad de María (8 de septiembre)

Santísimo Nombre de María (12 de septiembre)

Siete Dolores de María (15 de septiembre)

Maternidad de la Bienaventurada Virgen María (11 de octubre)

Presentación de María (21 de noviembre)

Fiestas de los Santos Ángeles

San Gabriel Arcángel (24 de marzo)

San Miguel Arcángel (29 de septiembre)

San Rafael Arcángel (24 de octubre)

Santos Ángeles Custodios (2 de octubre)

Fiestas de los Santos

San Esteban, protomártir (26 de diciembre)

San Juan, Evangelista (27 de diciembre)

Santos Inocentes (28 de diciembre)

San José (19 de marzo)

San Juan Bautista (24 de junio)

San Pedro y San Pablo (29 de junio)

Santiago el Mayor (25 de julio)

Dedicación de la Catedral 

San Mateo, Evangelista (21 de septiembre)

San Marcos, Evangelista (25 de abril)

San Lucas, Evangelista (18 de octubre)

Todos los Santos (1° de noviembre)

Todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

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Nota de la Redacción: El texto que sirve de introducción a esta entrada ha sido tomado de Misal diario y Vesperal de Dom Gaspar Lefebvre (trad. de Dom Germán Prado, Brujas Desclée de Brouwer y Cía, 1946, pp. 10-11), con algunas adaptaciones de estilo y la inclusión de algunas citas del Catecismo de la Iglesia Católica. El listado de las fiestas del temporal reproduce aquel que se ofrece en el Missel quotidien complet pour la forme extraordinaire du rite romain (Le Barroux, Éditions Sainte-Madeleine, 2016, p. 2). Los créditos de las imágenes utilizadas en esta entrada son los siguientes: el calendario litúrgico proviene de Et maintenant une histoire!mientras que los grabados de la Adoración de los Magos, la Crucifixión y la Santísima Virgen se encuentran publicados en Pinterest (aquíaquí y aquí, respectivamente). 

martes, 17 de agosto de 2021

Domingo XII después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto de Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 10, 23-37):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron. Levantóse en esto un doctor de la Ley, y le dijo por tentarle: Maestro, ¿qué haré para poseer la vida eterna? Y él le dijo: ¿Qué es lo que se halla escrito en la Ley? ¿qué es lo que en ella lees? Respondió él: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y todas tus fuerzas y todo tu entendimiento; y a tu prójimo como a ti mismo. Bien has respondido, díjole Jesús, haz esto y vivirás. Mas él, queriendo pasar por justo, dijo a Jesús: Y ¿quién es mi prójimo? Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones, los cuales le despojaron, y después de haberlo herido, lo dejaron medio muerto, y se fueron. Llegó a pasar por el mismo camino un sacerdote; y aunque lo vio, pasó de largo. Asimismo un levita, y llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó también de largo. Mas un viajero samaritano se llegó cerca de él, y cuando le vio, movióse a compasión. Y acercándose, le vendó las heridas, echando en ellas aceite y vino, y montándolo en su jumento, lo llevó a una venta, y lo cuidó. Y al día siguiente sacó dos denarios y diólos al posadero, diciéndole: Cuídamelo, y cuanto gastares de más, yo te lo abonaré cuando vuelva. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquél que cayó en manos de los ladrones? Respondió el doctor: El que usó con él de misericordia. Díjole Jesús: Pues vete, y haz tú otro tanto”.

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El comentario que Dom Prosper Guéranger hace de este texto en El año litúrgico, es el siguiente:

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y todas tus fuerzas y todo tu entendimiento; y a tu prójimo como a ti mismo”. La Iglesia, en la Homilía sobre el texto sagrado que hoy presenta a sus fieles, como de costumbre, en el tercer Nocturno de Maitines, no extiende su interpretación más allá de la pregunta de aquel doctor de la Ley: basta con demostrar que, según su modo de pensar, la última parte del Evangelio, aunque más larga, no es sino una conclusión práctica de la primera, según esta expresión del Apóstol: La fe obra por medio de la caridad (Gal 5, 6). Y, efectivamente, la parábola del buen samaritano, que por otro lado, tiene tantas aplicaciones del más elevado simbolismo, no fue expuesta por los labios del Señor, en su sentido literal, sino para destruir perentoriamente las restricciones que habían hecho los judíos en el gran precepto del amor.

“Si toda perfección se halla condensada en el amor, si ninguna virtud produce sin él su fruto para la vida eterna, el amor mismo no es perfecto si no se extiende también al prójimo; y en este último sentido, sobre todo, dice San Pablo que el amor es el cumplimiento de la ley (Rom 13, 8) y que es la plenitud de toda ella (Rom 13, 10). Porque la mayoría de los preceptos del Decálogo, se refieren directamente al prójimo, y la caridad debida a Dios, no es perfecta sino cuando se ama juntamente con Dios a lo que Él ama, es decir, aquello que hizo a su imagen y semejanza. De suerte que el Apóstol, no distingue, como lo hace el Evangelio, entre los dos preceptos del amor, pues osa decir: 'Toda la ley está contenida en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo' (Gal 5, 14).

“Pero cuanto mayor es la importancia de este amor, tanto mayor es también la necesidad de no equivocarse acerca del significado y extensión de la palabra prójimo. Los judíos no consideraban como tales sino a los de su raza, siguiendo en ello las costumbres de las naciones paganas, para quienes los extranjeros eran enemigos. Mas he aquí que interrogado por un representante de esta Ley mutilada, el Verbo divino, autor de la Ley, la restablece por entero. Pone en escena a un hombre que sale de la ciudad santa, y a un samaritano, el más despreciado de los extranjeros enemigos y el más odioso para un habitante de Jerusalén. Y, con todo eso, por la confesión del doctor que le interroga, como indudablemente de todos los que le escuchan, el prójimo, para el desdichado caído en manos de los ladrones, no lo es tanto en este caso el sacerdote o el levita de su raza, como el extranjero samaritano, que, olvidando los resentimientos nacionales, ante su miseria, no ve en él sino a su semejante. Convenía decir que ninguna excepción podía prevalecer contra la ley suprema del amor, tanto aquí abajo como en el cielo; y que todo hombre es nuestro prójimo, a quien podemos hacer o desear el bien, y que es nuestro prójimo todo aquél que practica la misericordia, aunque sea samaritano”.

 Eugène Delacroix, El buen samaritano, 1849
(Imagen: Arts Dot)

jueves, 12 de agosto de 2021

Nostalgia del Credo

Hemos dicho muchas veces que la liturgia cautiva también a través de los sentidos, incluso a aquellos que no han recibido el don de la fe. Una muestra de este fenómeno es la reciente carta de Michel Onfray, un filósofo ateo que se ha declarado un "nietzscheano iconoclasta", escrita a propósito de la promulgación del motu proprio Custodes Traditionis, que restringe fuertemente la celebración de la Misa de siempre. La carta es dura y contrasta dos formas de entender la fe. Dice, por ejemplo, el autor francés: "El acto más importante del papa Francisco ha sido, en mi opinión, hacerse una foto delante de un crucifijo en el que Jesús lleva el chaleco salvavidas naranja de los migrantes. Este es el icono triunfante del Vaticano II, que descarta toda sacralidad y trascendencia en favor de una moralina extendida por todo el mundo como una capa dulce de un scout". A su juicio, la Misa tradicional es algo que la cultura occidental no puede echar por la borda: "La Misa en latín es el patrimonio genealógico de nuestra civilización. Heredera histórica y espiritualmente de un largo linaje sagrado de rituales, celebraciones y oraciones, todo ello cristalizado en una forma que ofrece un espectáculo total [...]". 

En esta misma línea, les ofrecemos hoy un fragmento de los diarios de Ignacio Peyró, actual director del Instituto Cervantes de Londres, donde cuenta su añoranza por el Credo definido en los Concilios de Nicea y Constantinopla, que es el que se reza en la Misa tradicional: 

Es una pena que ya no se rece el credo niceno-constantinopolitano. Fue el primero que aprendí. No creo que a nadie con un gusto por la poesía deje de resultarle fascinante: "Dios de Dios, Luz de Luz"..."de todo lo visible y lo invisible"..."que por nosotros los hombres y nuestra salvación"..."padeció bajo el poder de Poncio Pilato"...."y la vida del mundo futuro". Su majestuosidad conceptual encuentra -según mi buen entender, tan modesto en estas alturas teológicas- una plasmación verbal de categoría y empaque. Siempre pensé que me habría gustado, hombre al fin y al cabo no ajeno a las tentaciones de la escenografía, por esa tramoya magnificente: solo ahora entiendo que lo amo porque, por muy vacilante que sea mi fe, todavía representa algo así como un catálogo de dulzuras. 

Credo, Litografía Leblanc/Secretariado Nacional Catequístico
(Imagen: Surdoc)

Nota de la Redacción: El texto está tomado de Peyró, I., Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011), Madrid, Libros del Asteroide, 2020, pp. 194-195.

domingo, 8 de agosto de 2021

Domingo XI después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mc 7, 31-37):

“En aquel tiempo, saliendo Jesús de tierras de Tiro, se fue por Sidón hacia el mar de Galilea, atravesando por mitad de la Decápolis. Y le trajeron un sordomudo, suplicándole pusiese la mano sobre él para curarle. Y apartándose del tropel de la gente, metió los dedos en sus oídos y con la saliva le tocó la lengua; y alzando los ojos al cielo, suspiró y díjole: “¡Efeta!”, que quiere decir “abríos”. Y a punto se le abrieron los oídos y se le soltó el impedimento de su lengua, y hablaba correctamente. Y les mandó que a nadie lo dijesen. Pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo divulgaban, y más crecía su pasmo, y decían: Todo lo ha hecho bien; ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos”.

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Frente a estos pobres miserables que Jesús sana, nosotros nos sentimos aliviados y al mismo tiempo agradecidos de estar libres de aquellos males que el Señor cura.

Pero debemos recordar que los signos, como éste, que el Señor hace, tienen no sólo la intención inmediata de hacer el bien a quienes se lo piden (“Todo lo hizo bien”), sino que están dirigidos principalmente a nuestra enseñanza espiritual. Y si miramos la escena de hoy desde una perspectiva espiritual, advertiremos que nosotros también somos enfermos de sordera y de mudez y necesitamos que el Señor nos sane.

Jesús introduce sus dedos en los oídos del enfermo. Esos dedos son el Espíritu Santo, a quien la Iglesia designa como “Dedo de Dios” en el himno Veni Creator Spiritus. Y la gracia del Espíritu Santo obra el primero de los dos milagros que el Señor hace con este enfermo: le abre los oídos, es decir, lo hace capaz de oír la palabra de Dios, de conocer lo que el Señor se ha dignado revelarnos mediante esas dos vías que el catolicismo reconoce desde sus mismos comienzos: la Sagrada Tradición y, luego, la Sagrada Escritura.

Pero no sólo abre el Señor los oídos de aquel hombre para que oiga la palabra divina que le llega por la Tradición y la Escritura, sino que, además, Jesús le toca la lengua, y el hombre aquel empieza a “hablar correctamente”. Sí, es por gracia de Dios que podemos hablar correctamente; si no es por gracia divina ni siquiera podemos decir “¡Jesús, Señor!” (1 Cor 12, 3).

Dios nos hace primero capaces de oír la palabra, y luego nos habilita para hablar de ella y pregonarla y hacer de nuestra vida misma, de toda ella, un verdadero pregón (“que hable la voz, que hable la vida, que hablen las obras”). Si bien no todos recibimos la misión de salir a predicar sermones a nuestros hermanos, todos tenemos la misión de hablarles con nuestras buenas obras: “Así ha de lucir vuestra luz antes los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 16). Todas las maravillas que, a lo largo de los siglos, Dios ha realizado en favor de su pueblo escogido, que en el Antiguo Testamento es Israel y, en el Nuevo, la Iglesia, tienen por finalidad que esos hombres que Él ha escogido uno a uno, a quienes conoce individual e íntimamente (Is 43, 1: “No temas, porque yo te he rescatado, yo te llamé por tu nombre”), “guarden sus preceptos y observen sus leyes” (Sal 104, 45, Vulg) y las den a conocer a los demás hombres: “Lo que hemos oído y sabemos, lo que nos contaron nuestros padres, no lo encubriremos a sus hijos, contando a las generaciones futuras las glorias de Yavé y su poderío y los prodigios que ha obrado. Pues dio una norma en Jacob y estableció una ley en Israel: que mandó a nuestros padres enseñar a sus hijos, para que las conociese la generación venidera y los hijos que habían de nacer se las contasen a sus propios hijos, para que éstos pusieran en Dios su confianza y no olvidaran las gestas de Dios y guardasen sus mandatos” (Sal 77, 3-7 Vulg).

Para transmitir lo que oímos es que el Señor nos abre los oídos, de modo que, a continuación, hablando correctamente, lo difundamos a nuestros hijos y a las generaciones futuras. Pero para eso es necesario, primero oír la palabra de Dios, aprender la doctrina, estudiar, estudiar, estudiar. Siempre a la medida de nuestras posibilidades; pero no transmitiremos palabra alguna si no oímos palabra alguna. Y fijémonos bien que en este milagro, el Señor primero abre los oídos y sólo después desata la lengua para que aquel hombre “hable correctamente”.

En estos aciagos tiempos que vive la Iglesia, es deber nuestro gravísimo -¡gravísimo!- aprender la doctrina de la fe para hablarla a nuestros hijos y a nuestro alrededor. Con todo, más elocuente que el mejor de los discursos o sermones o lecciones sobre la palabra de Dios que podamos dar a nuestros hijos y a nuestros semejantes, es el ejemplo. Un buen ejemplo de vida vale más que mil sermones. Eso es algo que saben los padres de familia. Y de ellos debemos aprender. “Que hable la voz, que hable la vida, que hablen las obras”.            

Léonard Gaultier, La curación del sordomudo, 1579
(Imagen: Ciudad nueva)

viernes, 6 de agosto de 2021

Documental sobre la Misa tradicional (próximo estreno)

Este 15 de agosto, festividad de la Asunción de la Santísima Virgen, se estrenará un hermoso documental sobre la Santa Misa tradicional. Es una excelente oportunidad de conocer este tesoro espiritual de la Iglesia y la humanidad, en su espiritualidad, teología, hermosura, riqueza artística e historia, y para compartirlo con quienes todavía conocen poco de esta Misa. 

El documental es el resultado de un proyecto que se viene desarrollando hace varios años. Ha sido hecho por un grupo de cineastas católicos, inspirados en las enseñanzas del papa Benedicto XVI al respecto, quien promulgó el motu propio que por 14 años permitió la concordia litúrgica en la Iglesia y el redescubrimiento del tesoro de la Misa de siempre por aquellas generaciones que no habían podido conocerla.  

Por su sinopsis, este documental promete ser una maravillosa oportunidad de conocer esta forma suprema del culto católico, como se ha practicado por siglos.

Será emitida gratuitamente y quienes quieran verla pueden inscribirse aquí.


martes, 3 de agosto de 2021

Domingo X después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 18, 9-14):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a ciertos hombres que presumían de justos, y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al Templo para orar: uno fariseo y otro publicano. El fariseo, en pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Dios, gracias te doy porque yo no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana; pago los diezmos de cuanto poseo!” El publicano, al contrario, puesto allá lejos, ni se atrevía a levantar los ojos al cielo; sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Dios mío, te misericordia de mí, que soy un pecador!” Os digo que éste es el que volvió justificado a su casa, mas no el otro; porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

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Hoy es frecuente ver, en la prensa, a grandes sinvergüenzas que declaran, con toda la tranquilidad del mundo y con gran sonrisa, segura de sí: “¡Tengo mi conciencia muy tranquila; no me reprocha nada!”. Pero no sólo los grandes sinvergüenzas adoptan esta actitud apologética de sí mismos, sino que ella ha llegado a ser lo normal en todo tipo de personas: sus conciencias no les reprochan nada; ellos actúan como quieren, por cierto; pero sus conciencias todo lo aprueban.

En un mundo que se hunde en la corrupción del relativismo, en el que cada cual declara ser su supremo legislador y decide, por tanto, qué es lo bueno y qué es lo malo; un mundo en que la moral objetiva es rechazada con escándalo, por querer imponer a todos los mismos “gustos“ (léase “valores”) en materia de comportamiento (creen que “sobre gustos no hay nada escrito”); en un mundo como éste, las palabras de Jesús nos condenarían a todos por fariseos.

No hay empleado ni esclavo ni siervo más sumiso, obediente y obsecuente que la conciencia propia, que parece tener una función más de tranquilizarnos interiormente que la de recriminarnos. Las técnicas para acallar la conciencia son muchas y todas muy de moda: es “malsano”, dicen, culparse a sí mismo de algo, es síntoma de una “enfermedad” psicológica denominada “complejo de culpa”; es también señal de un patológico odio de sí mismo, que es efecto de algún trauma interior que proviene de la remota infancia, y que se aloja en lugares que asumen, a veces, rasgos auténticamente míticos, como el “subconsciente” o cosas semejantes. Siempre hay algún pasaje de Freud que nos ayuda a hacer lo que queremos sin escrúpulo alguno. Los jóvenes parisienses que en mayo de 1968 escribían en las paredes de París “sólo queremos que nos dejen gozar en paz”, eran discípulos de discípulos de Freud, que habían mezclado, con las ideas de éste, algunas provenientes del marxismo cultural decadente, cuyo propósito era demoler la moral cristiana desde dentro y permitir con ello el desplome de la Iglesia. ¡Ah cuán engañoso resultó ser todo ello, cuán seductor y mentiroso, cuántas falsas promesas jamás cumplidas! ¿En qué terminaron todos esos goces y gozadores?

El mundo del cristiano es, en cambio, el mundo de la verdad. Y por eso el cristianismo valora la humildad, la cual, según la famosa definición de Santa Teresa de Ávila, consiste en “caminar en la verdad”. La humildad no es andar el hombre acusándose, neuróticamente, de cosas inexistentes, o inventándose pecados; no: se trata, sencillamente, de la verdad. En virtud de ella, el cristiano puede y debe reconocer, agradecidamente, las cosas buenas que hay en sí mismo, porque sabe que no provienen de sí sino que son un don de Dios, un regalo, una gracia: no se es bueno por fuerza propia, sino por gracia de Dios. Por gracia de Dios somos buenos y hacemos méritos, y verdaderos méritos, que, a continuación, Dios premia en su bondad. De Él, al cabo, proviene toda bondad: “Todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba” (Sant 1, 17).

Si al cristiano la luz de la verdad lo ilumina interiormente no podrá sino darse cuenta de que hay en él todavía muchas imperfecciones que lo alejan de la santidad que Dios nos manda alcanzar (recordemos que el llamado a ser santos no es una mera invitación del bondadoso Jesús, sino un mandato perentorio de ese mismo Jesús bondadoso). Esa luz de la verdad, esa humildad, no es algo espontáneo sino algo que hay que cultivar pacientemente: es como un rayo de luz que, de a poco,  vamos haciendo crecer para iluminar un cuarto obscuro, donde comienza a revelar cosas, objetos y rincones que todavía permanecen en la semisombra. Ese cuarto obscuro es nuestra naturaleza caída, donde ha reinado el diablo, del cual nos ha librado la muerte del Señor. Pero la morada donde ha reinado el diablo es una morada inmunda, que hay limpiar continuamente con la ayuda de la gracia sacramental. Y debe ser una limpieza continua y frecuente, porque tan pronto como limpiamos este rincón de aquí, ensuciamos de nuevo el de allá, o aparece a la luz un tercer rincón en el que no nos habíamos fijado antes.

Este rayo de luz verídica tiene traspasar la más densa de las oscuridades de nuestro espíritu, la soberbia, que nos impide ver y que es responsable de esas alegres y mentirosas declaraciones de que “mi conciencia no me reprocha nada”. Por eso el Salmo 18 pide a Dios que nos libre de “los pecados que se nos ocultan” para quedar liberados también del gran pecado, la soberbia, el más grave de todos, la fuente de todos los demás: “Límpiame de los que se me ocultan, y retrae a tu siervo de la soberbia; entonces seré irreprochable y purificado del gran pecado” (Sal 18 Vg, 13-14). No hay que olvidar que "también los demonios creen, y tiemblan" (Sant 2, 19).

(Imagen: Zhyty-Slovom)

domingo, 1 de agosto de 2021

Un paralelo entre la domesticación de la yuca o mandioca y el desarrollo litúrgico

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, bien conocido de nuestros lectores. A partir de un texto de divulgación científica, que explica cómo la tradición cultural de un pueblo originario fue aprendido sobre el mejor modo de procesar la yuca o mandioca para evitar sus consecuencias adversas, el autor resalta la importancia que tiene la Tradición en la formación de los ritos litúrgicos. La razón proviene de que las comunidades humanas, como consecuencia del pecado original que es semilla de discordia y disgregación, tienden a la entropía, vale decir, hacia el caos. La Torre de Babel es un reflejo de lo que hace una comunidad que, viviendo bajo las reglas del mundo, busca el particularismo y la diferencia hasta el extremo que la convivencia resulta imposible. La paz sólo es posible, decía San Agustín, cuando hay tranquilidad en el orden, de suerte que la tendencia centrífuga del ser humano tiene que domeñarse mediante un principio organizativo. Para la Iglesia ese principio se encuentra en la gracia y se manifiesta en la Tradición, que ha soportado la criba de los siglos. Ella es la que transmite a las generaciones futuras lo vivo útil que conviene conservar. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original. 

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Un paralelo entre la domesticación de la yuca o mandioca y el desarrollo litúrgico

Peter Kwasniewski 

Raíces de yuca (mandioca)

Un amigo mío, que estaba leyendo cierto libro, me envió un pasaje del mismo, con una críptica nota: “Temas relevantes de tu interés”. El libro, de Joseph Henrich, es The Secret of Our Success: How Culture Is Driving Human Evolution, Domesticating Our Species, and Making Us Smarter [El secreto de nuestro éxito: cómo la cultura lidera a la evolución humana, domestica nuestras especies y nos hace más inteligentes], publicado por Princeton University Press en 2017. Hay otro bitácora, The Scholar’s Stage, que ha resumido el planteamiento de Henrich del siguiente modo (¡les aseguro que esta entrada tendrá en algún momento una aplicación litúrgica!).

“Henrich propone la idea de que la capacidad del cerebro no es, por sí sola, capaz de explicar por qué los humanos constituyen una especie tan exitosa. Su argumento es que los humanos no son en absoluto tan inteligentes como creemos que son. Príveselos de la cultura y del medioambiente en que han aprendido a actuar, y fracasan rápidamente. El ejemplo favorito del autor en este punto es el de los exploradores europeos, que mueren en medio de los desiertos, selvas o despoblados árticos a pesar de que cientos de generaciones de cazadores-recolectores han sido capaces de sobrevivir y multiplicarse en esos mismos lugares. Si el éxito humano se debiera a nuestra capacidad de solucionar problemas, de analizarlos y de desarrollar racionalmente nuevas soluciones para nuevos desafíos, los exploradores hubieran salido adelante. Pero su espantoso fin sugiere que la racionalidad puede no ser la única clave de la supervivencia humana.

“Si el pensamiento racional no es la clave de nuestro éxito, ¿cuál es ella?

“Para responder a esta pregunta, dice Henrich, deberíamos considerar la yuca o mandioca. La yuca, o mandioca, es uno de los alimentos básicos más populares en el mundo. Pero tiene una trampa: si no se la prepara correctamente, la yuca envenena lentamente. Con todo, algunas poblaciones la comen sin ningún problema. ¿Cómo es esto?

Citemos ahora al propio Henrich:

“En las Américas, donde por primera vez se domesticó la yuca, las sociedades que han consumido sus variedades amargas durante miles de años no muestran evidencia alguna de envenenamiento crónico por cianuro. En el Amazonas colombiano, por ejemplo, los indios tukanoanos emplean una técnica de procesamiento de varias etapas, que dura varios días, que incluye un mondado, un rallado y, finalmente, un cocimiento de las raíces a fin de separar la fibra del almidón y del líquido. Una vez que éstos se han separado, el líquido es hervido y se lo toma como bebida, en tanto que la fibra y el almidón deben reposar dos días más, al cabo de los cuales puede asárselos y comérselos…

“Estas técnicas de procesamiento son cruciales para la vida en muchas partes de la Amazonia, donde es difícil cultivar otros alimentos y donde, a menudo, ellos son poco rendidores. Sin embargo, a pesar de su utilidad, una persona, en soledad, tendría problemas para imaginarse cuál es la técnica desintoxicante. Piénsese en la situación de los niños y adolescentes que aprenden esas técnicas. Rara vez habrán visto producirse un envenenamiento por cianuro, porque las técnicas funcionan. E incluso si el procedimiento fuera ineficaz, de modo que los cuellos hinchados o los problemas neurológicos fueran frecuentes, sería difícil reconocer el vínculo entre estos problemas de salud y el consumo de yuca. La mayor parte de la gente ha comido yuca durante años sin efectos aparentes. Las variedades bajas en cianuro son normalmente hervidas, pero hervirlas es insuficiente para evitar enfermedades crónicas en el caso de las variedades amargas. El hervido, con todo, elimina o reduce el sabor amargo y evita los síntomas agudos (por ejemplo, diarrea, problemas estomacales y vómitos).

 “Así pues, si un individuo hiciera lo que dicta el sentido común y sólo hirviera la yuca con alto contenido de cianuro, las cosas parecerían estar bien hechas. Debido a que la tarea de procesar la yuca tiene varias etapas y es larga, ardua y aburridora, cumplirlas es, ciertamente, algo no intuitivo. Las mujeres tukanoanas emplean cerca de una cuarta parte del día en quitar lo tóxico a la yuca, por lo que esta técnica es, a corto plazo, costosa. Ahora, piénsese en el caso de una madre tukanoana, segura de sí misma, que decidiera abandonar algunos pasos aparentemente innecesarios del procesamiento de la yuca amarga. Podría ser el caso que ella viera con ojos críticos el procedimiento que le ha sido transmitido por las generaciones antiguas y concluyera que la finalidad de todo el procedimiento es eliminar el sabor amargo. Y luego podría experimentar con otros procedimientos alternativos, evitando uno o más pasos de mucho trabajo y de mucho consumo de tiempo. Seguramente se convencería de que con un procedimiento más breve y menos laborioso se puede eliminar el sabor margo. Si adoptara este protocolo más fácil, tendría más tiempo para otras actividades, como cuidar a sus hijos. Naturalmente, algunos años o décadas más tarde, su familia comenzaría a evidenciar síntomas de envenenamiento crónico con cianuro.

“Y así, la negativa de esta madre a dar fe a las prácticas que ha heredado de generaciones anteriores daría como resultado la enfermedad y la muerte prematura de los miembros de su familia. El aprendizaje individual no paga aquí, y las intuiciones son engañosas. El problema es que las etapas en este procedimiento son causalmente opacas, y un individuo no puede fácilmente inferir sus funciones, interrelaciones o importancia. La opacidad causal de muchas adaptaciones culturales ha producido un gran impacto en nuestra psicología.

Preparación tradicional de la yuca

“¡Cuidado! Puede que me equivoque en esto del procesamiento de la yuca. Después de todo, ¿no será fácil, quizá, que un individuo descubra los pasos para desintoxicar la yuca? Afortunadamente, la historia nos proporciona aquí un caso control. Hacia comienzos del siglo XVII, los portugueses llevaron por primera vez la yuca desde Sudamérica al África Occidental. Pero no llevaron consigo los antiguos procedimientos indígenas ni el compromiso subyacente de usar esas técnicas. Debido a que la yuca es fácil de plantar y es de un alto rendimiento en áreas de sequía, ella se expandió rápidamente por toda África y se convirtió en el alimento básico de muchas poblaciones. Las técnicas de procesamiento, sin embargo, no se regeneraron fácil ni coherentemente. Incluso después de cientos de años, el envenenamiento crónico por cianuro sigue siendo un grave problema de salud en África. Hay estudios detallados de las técnicas locales de preparación que demuestran que los niveles de cianuro siguen siendo altos, y que en muchos individuos que portan niveles bajos de cianuro en su sangre o en su orina, todavía no se han manifestado los síntomas. En algunas partes no se realiza procesamiento alguno, y en otras el procesamiento en realidad aumenta el contenido de cianuro. Desde el lado positivo, algunos grupos africanos han desarrollado culturalmente algunas técnicas eficaces de procesamiento, pero éstas se difunden muy lentamente.

“Aquí el punto es que la evolución cultural resulta, a menudo, mucho más inteligente que nosotros: como tiene lugar con el sucederse de las generaciones, a medida que los individuos inconscientemente escuchan a, y aprenden de, los miembros más saludables, más exitosos y más prestigiados de sus comunidades, este proceso evolutivo genera adaptaciones culturales. Aunque estos complejos repertorios parecen bien diseñados para solucionar los desafíos locales, no son en sí mismos el producto de determinados individuos que aplican modelos causales, o pensamiento racional, o análisis de costo/beneficio. A menudo, todos los individuos -o la mayoría de ellos- expertos en el desarrollo de estas prácticas adaptativas no entienden cómo o por qué ellas operan, y ni siquiera saben si ellas “hacen” algo en absoluto. Adaptaciones tan complejas como éstas pueden surgir, precisamente, porque la selección natural ha favorecido a quienes con frecuencia ponen su fe más en su patrimonio cultural, en la sabiduría acumulada que está implícita en sus prácticas y en sus creencias, derivadas de sus antepasados, que en sus propias intuiciones y en sus experiencias personales”.

Hasta aquí Henrich. Es difícil leer algo como esto y no pensar -mutatis mutandis- en la experiencia de la Iglesia católica en el siglo XX. La aplicación de esto al patrimonio cultural de la liturgia tradicional latina es obvia, así como también lo son las limitaciones de la aplicación de la pura razón a la cultura y el ritual, de los cuales no puede dar cuenta enteramente, pero de los cuales no puede prescindir. Véase la siguiente creativa reescritura de lo que escribe Henrich:

“En la Iglesia católica, que es donde se realizó primero la Misa, los creyentes que han dependido durante siglos del patrimonio tradicional no muestran señal alguna de envenenamiento herético ni contrario a la religión. La Misa Solemne, por ejemplo, es un proceso complejo, de muchas etapas, que toma muchas horas en llevarse a cabo. A pesar de la belleza y del contenido doctrinal que ella contiene, un individuo experimentaría dificultades para descubrir por qué las cosas se hacen como se hacen, y ciertamente ninguna persona aislada, ni ningún comité de personas, podría llegar a producirla (o a producir algo mejor que ella). Los niños que crecen con este patrimonio aprenden, sencillamente, asistiendo a ella, observando, orando y, en muchos casos, acolitando o cantando o participando en una procesión, con la ayuda en sus casas de algunas prácticas de apoyo. Rara vez verán que alguien se envenene con herejías o irreligiosidad, porque las prácticas funcionan. Aunque en algunas ocasiones las prácticas puedan ser de calidad inferior, sería raro el caso de un envenenamiento, ya que la forma de orar elimina o reduce los males y evita los síntomas agudos.

“Así, si las personas hicieran lo que es de sentido común y simplemente cumplieran con las costumbres que han heredado, todo estaría bien. Debido a que la tarea, compuesta de muchas etapas, de la liturgia católica es larga, ardua y a veces repetitiva, apegarse a ella podría parecer contra intuitivo. El clero emplea cerca de una cuarta parte del día diciendo Misa y leyendo el breviario, por lo que esta técnica es costosa, a corto plazo. Ahora, piénsese cuál podría ser el resultado si un sacerdote seguro de sí, o un obispo, o un papa, decidieran suprimir, de su tiempo diario de oración, cualquier etapa que pareciera innecesaria: podría quizá examinar críticamente las prácticas que le han sido transmitidas desde las generaciones pasadas y concluir que la finalidad del procedimiento es lograr que todos se involucren activamente en algún quehacer comunitario; podría experimentar, enseguida, algunas prácticas alternativas, eliminando algunas de las etapas más laboriosas o más largas: descubriría que con un proceso más corto y menos trabajoso se podría conseguir una apariencia de actividad religiosa. Si adoptara este protocolo, tendría más tiempo para otras actividades, como el acompañamiento, la justicia social, las excursiones culturales y el golf. Naturalmente, algunos años o décadas más tarde, su grey desarrollaría síntomas de envenenamiento crónico herético o irreligioso.

“Así pues, la renuencia de este padre a dar fe a las prácticas que se le ha transmitido por las generaciones pasadas redundaría en enfermedad y muerte prematura de los miembros de su grey. El aprendizaje individual no paga aquí, y las intuiciones personales son engañosas. El problema es que los elementos de las prácticas tradicionales son causalmente opacos: el individuo no puede fácilmente identificar sus funciones, interrelaciones e importancia.

“Pero, un momento. ¿Podría ser un error mío el aceptar las prácticas que nos han sido transmitidas? ¿Podría ser en realidad fácil imaginarse las etapas correctas de la oración litúrgica, de modo que cada comunidad pudiera redescubrirlas por sí mismas?  Afortunadamente, la historia nos proporciona un caso de prueba. Después de que la forma compleja de la liturgia fue abandonada por el Papa, la nueva forma se extendió por el mundo. Pero lo que no se exportó con ella fueron las antiquísimas rúbricas, ni el compromiso subyacente de seguir la tradición romana. Debido a que la nueva liturgia era fácil de poner en práctica, se expandió rápidamente y se convirtió en el alimento básico de muchas comunidades. Los rendimientos espirituales, sin embargo, no fueron abundantes, e incluso después de muchas décadas, el envenenamiento crónico herético o irreligioso sigue siendo un gran problema de salud espiritual en la Iglesia católica en todos los continentes. Existen estudios detallados sobre Iglesias particulares (como las de la India) que revelan altos niveles de sincretismo religioso, de eclecticismo, y de indiferentismo, de los que muchos individuos son portadores en sus mentes. Desde el lado positivo, algunos pocos grupos han, de hecho, desarrollado técnicas efectivas de oración (llamadas “reforma de la reforma”), pero ellas se difunden muy lentamente.

Aquí el punto es que el desarrollo litúrgico es, a menudo, mucho más inteligente que nosotros, en cuanto individuos aislados o agrupados en comités. Este proceso, que se lleva a cabo a lo largo de las generaciones, a medida que los individuos asisten a, y aprenden de, Iglesias locales más exitosas, prestigiadas y más sanas, especialmente la Iglesia de Roma, genera adaptaciones culturales y relacionamientos (como la conexión entre el respeto y el arrodillarse para recibir la Eucaristía en la boca). Aunque estos complejos repertorios parecen, cuando se los mira de cerca, bien diseñados para responder a los desafíos locales, no son primariamente resultado de algunos individuos que recurren a modelos causales, pensamiento racional o análisis de costo/beneficio. Con frecuencia quienes valoran y llevan a cabo estas prácticas adaptativas no entienden cómo o por qué funcionan. Estas adaptaciones complejas surgen precisamente porque la Divina Providencia guía a los individuos que ponen su fe más en el patrimonio cultural de la Iglesia, en la sabiduría acumulada implícita en las prácticas y creencias que provienen de los antepasados, que en sus propias ideas y en sus experiencias personales”.