martes, 3 de agosto de 2021

Domingo X después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 18, 9-14):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a ciertos hombres que presumían de justos, y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al Templo para orar: uno fariseo y otro publicano. El fariseo, en pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Dios, gracias te doy porque yo no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana; pago los diezmos de cuanto poseo!” El publicano, al contrario, puesto allá lejos, ni se atrevía a levantar los ojos al cielo; sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Dios mío, te misericordia de mí, que soy un pecador!” Os digo que éste es el que volvió justificado a su casa, mas no el otro; porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

*** 

Hoy es frecuente ver, en la prensa, a grandes sinvergüenzas que declaran, con toda la tranquilidad del mundo y con gran sonrisa, segura de sí: “¡Tengo mi conciencia muy tranquila; no me reprocha nada!”. Pero no sólo los grandes sinvergüenzas adoptan esta actitud apologética de sí mismos, sino que ella ha llegado a ser lo normal en todo tipo de personas: sus conciencias no les reprochan nada; ellos actúan como quieren, por cierto; pero sus conciencias todo lo aprueban.

En un mundo que se hunde en la corrupción del relativismo, en el que cada cual declara ser su supremo legislador y decide, por tanto, qué es lo bueno y qué es lo malo; un mundo en que la moral objetiva es rechazada con escándalo, por querer imponer a todos los mismos “gustos“ (léase “valores”) en materia de comportamiento (creen que “sobre gustos no hay nada escrito”); en un mundo como éste, las palabras de Jesús nos condenarían a todos por fariseos.

No hay empleado ni esclavo ni siervo más sumiso, obediente y obsecuente que la conciencia propia, que parece tener una función más de tranquilizarnos interiormente que la de recriminarnos. Las técnicas para acallar la conciencia son muchas y todas muy de moda: es “malsano”, dicen, culparse a sí mismo de algo, es síntoma de una “enfermedad” psicológica denominada “complejo de culpa”; es también señal de un patológico odio de sí mismo, que es efecto de algún trauma interior que proviene de la remota infancia, y que se aloja en lugares que asumen, a veces, rasgos auténticamente míticos, como el “subconsciente” o cosas semejantes. Siempre hay algún pasaje de Freud que nos ayuda a hacer lo que queremos sin escrúpulo alguno. Los jóvenes parisienses que en mayo de 1968 escribían en las paredes de París “sólo queremos que nos dejen gozar en paz”, eran discípulos de discípulos de Freud, que habían mezclado, con las ideas de éste, algunas provenientes del marxismo cultural decadente, cuyo propósito era demoler la moral cristiana desde dentro y permitir con ello el desplome de la Iglesia. ¡Ah cuán engañoso resultó ser todo ello, cuán seductor y mentiroso, cuántas falsas promesas jamás cumplidas! ¿En qué terminaron todos esos goces y gozadores?

El mundo del cristiano es, en cambio, el mundo de la verdad. Y por eso el cristianismo valora la humildad, la cual, según la famosa definición de Santa Teresa de Ávila, consiste en “caminar en la verdad”. La humildad no es andar el hombre acusándose, neuróticamente, de cosas inexistentes, o inventándose pecados; no: se trata, sencillamente, de la verdad. En virtud de ella, el cristiano puede y debe reconocer, agradecidamente, las cosas buenas que hay en sí mismo, porque sabe que no provienen de sí sino que son un don de Dios, un regalo, una gracia: no se es bueno por fuerza propia, sino por gracia de Dios. Por gracia de Dios somos buenos y hacemos méritos, y verdaderos méritos, que, a continuación, Dios premia en su bondad. De Él, al cabo, proviene toda bondad: “Todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba” (Sant 1, 17).

Si al cristiano la luz de la verdad lo ilumina interiormente no podrá sino darse cuenta de que hay en él todavía muchas imperfecciones que lo alejan de la santidad que Dios nos manda alcanzar (recordemos que el llamado a ser santos no es una mera invitación del bondadoso Jesús, sino un mandato perentorio de ese mismo Jesús bondadoso). Esa luz de la verdad, esa humildad, no es algo espontáneo sino algo que hay que cultivar pacientemente: es como un rayo de luz que, de a poco,  vamos haciendo crecer para iluminar un cuarto obscuro, donde comienza a revelar cosas, objetos y rincones que todavía permanecen en la semisombra. Ese cuarto obscuro es nuestra naturaleza caída, donde ha reinado el diablo, del cual nos ha librado la muerte del Señor. Pero la morada donde ha reinado el diablo es una morada inmunda, que hay limpiar continuamente con la ayuda de la gracia sacramental. Y debe ser una limpieza continua y frecuente, porque tan pronto como limpiamos este rincón de aquí, ensuciamos de nuevo el de allá, o aparece a la luz un tercer rincón en el que no nos habíamos fijado antes.

Este rayo de luz verídica tiene traspasar la más densa de las oscuridades de nuestro espíritu, la soberbia, que nos impide ver y que es responsable de esas alegres y mentirosas declaraciones de que “mi conciencia no me reprocha nada”. Por eso el Salmo 18 pide a Dios que nos libre de “los pecados que se nos ocultan” para quedar liberados también del gran pecado, la soberbia, el más grave de todos, la fuente de todos los demás: “Límpiame de los que se me ocultan, y retrae a tu siervo de la soberbia; entonces seré irreprochable y purificado del gran pecado” (Sal 18 Vg, 13-14). No hay que olvidar que "también los demonios creen, y tiemblan" (Sant 2, 19).

(Imagen: Zhyty-Slovom)

domingo, 1 de agosto de 2021

Un paralelo entre la domesticación de la yuca o mandioca y el desarrollo litúrgico

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, bien conocido de nuestros lectores. A partir de un texto de divulgación científica, que explica cómo la tradición cultural de un pueblo originario fue aprendido sobre el mejor modo de procesar la yuca o mandioca para evitar sus consecuencias adversas, el autor resalta la importancia que tiene la Tradición en la formación de los ritos litúrgicos. La razón proviene de que las comunidades humanas, como consecuencia del pecado original que es semilla de discordia y disgregación, tienden a la entropía, vale decir, hacia el caos. La Torre de Babel es un reflejo de lo que hace una comunidad que, viviendo bajo las reglas del mundo, busca el particularismo y la diferencia hasta el extremo que la convivencia resulta imposible. La paz sólo es posible, decía San Agustín, cuando hay tranquilidad en el orden, de suerte que la tendencia centrífuga del ser humano tiene que domeñarse mediante un principio organizativo. Para la Iglesia ese principio se encuentra en la gracia y se manifiesta en la Tradición, que ha soportado la criba de los siglos. Ella es la que transmite a las generaciones futuras lo vivo útil que conviene conservar. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan al artículo original. 

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Un paralelo entre la domesticación de la yuca o mandioca y el desarrollo litúrgico

Peter Kwasniewski 

Raíces de yuca (mandioca)

Un amigo mío, que estaba leyendo cierto libro, me envió un pasaje del mismo, con una críptica nota: “Temas relevantes de tu interés”. El libro, de Joseph Henrich, es The Secret of Our Success: How Culture Is Driving Human Evolution, Domesticating Our Species, and Making Us Smarter [El secreto de nuestro éxito: cómo la cultura lidera a la evolución humana, domestica nuestras especies y nos hace más inteligentes], publicado por Princeton University Press en 2017. Hay otro bitácora, The Scholar’s Stage, que ha resumido el planteamiento de Henrich del siguiente modo (¡les aseguro que esta entrada tendrá en algún momento una aplicación litúrgica!).

“Henrich propone la idea de que la capacidad del cerebro no es, por sí sola, capaz de explicar por qué los humanos constituyen una especie tan exitosa. Su argumento es que los humanos no son en absoluto tan inteligentes como creemos que son. Príveselos de la cultura y del medioambiente en que han aprendido a actuar, y fracasan rápidamente. El ejemplo favorito del autor en este punto es el de los exploradores europeos, que mueren en medio de los desiertos, selvas o despoblados árticos a pesar de que cientos de generaciones de cazadores-recolectores han sido capaces de sobrevivir y multiplicarse en esos mismos lugares. Si el éxito humano se debiera a nuestra capacidad de solucionar problemas, de analizarlos y de desarrollar racionalmente nuevas soluciones para nuevos desafíos, los exploradores hubieran salido adelante. Pero su espantoso fin sugiere que la racionalidad puede no ser la única clave de la supervivencia humana.

“Si el pensamiento racional no es la clave de nuestro éxito, ¿cuál es ella?

“Para responder a esta pregunta, dice Henrich, deberíamos considerar la yuca o mandioca. La yuca, o mandioca, es uno de los alimentos básicos más populares en el mundo. Pero tiene una trampa: si no se la prepara correctamente, la yuca envenena lentamente. Con todo, algunas poblaciones la comen sin ningún problema. ¿Cómo es esto?

Citemos ahora al propio Henrich:

“En las Américas, donde por primera vez se domesticó la yuca, las sociedades que han consumido sus variedades amargas durante miles de años no muestran evidencia alguna de envenenamiento crónico por cianuro. En el Amazonas colombiano, por ejemplo, los indios tukanoanos emplean una técnica de procesamiento de varias etapas, que dura varios días, que incluye un mondado, un rallado y, finalmente, un cocimiento de las raíces a fin de separar la fibra del almidón y del líquido. Una vez que éstos se han separado, el líquido es hervido y se lo toma como bebida, en tanto que la fibra y el almidón deben reposar dos días más, al cabo de los cuales puede asárselos y comérselos…

“Estas técnicas de procesamiento son cruciales para la vida en muchas partes de la Amazonia, donde es difícil cultivar otros alimentos y donde, a menudo, ellos son poco rendidores. Sin embargo, a pesar de su utilidad, una persona, en soledad, tendría problemas para imaginarse cuál es la técnica desintoxicante. Piénsese en la situación de los niños y adolescentes que aprenden esas técnicas. Rara vez habrán visto producirse un envenenamiento por cianuro, porque las técnicas funcionan. E incluso si el procedimiento fuera ineficaz, de modo que los cuellos hinchados o los problemas neurológicos fueran frecuentes, sería difícil reconocer el vínculo entre estos problemas de salud y el consumo de yuca. La mayor parte de la gente ha comido yuca durante años sin efectos aparentes. Las variedades bajas en cianuro son normalmente hervidas, pero hervirlas es insuficiente para evitar enfermedades crónicas en el caso de las variedades amargas. El hervido, con todo, elimina o reduce el sabor amargo y evita los síntomas agudos (por ejemplo, diarrea, problemas estomacales y vómitos).

 “Así pues, si un individuo hiciera lo que dicta el sentido común y sólo hirviera la yuca con alto contenido de cianuro, las cosas parecerían estar bien hechas. Debido a que la tarea de procesar la yuca tiene varias etapas y es larga, ardua y aburridora, cumplirlas es, ciertamente, algo no intuitivo. Las mujeres tukanoanas emplean cerca de una cuarta parte del día en quitar lo tóxico a la yuca, por lo que esta técnica es, a corto plazo, costosa. Ahora, piénsese en el caso de una madre tukanoana, segura de sí misma, que decidiera abandonar algunos pasos aparentemente innecesarios del procesamiento de la yuca amarga. Podría ser el caso que ella viera con ojos críticos el procedimiento que le ha sido transmitido por las generaciones antiguas y concluyera que la finalidad de todo el procedimiento es eliminar el sabor amargo. Y luego podría experimentar con otros procedimientos alternativos, evitando uno o más pasos de mucho trabajo y de mucho consumo de tiempo. Seguramente se convencería de que con un procedimiento más breve y menos laborioso se puede eliminar el sabor margo. Si adoptara este protocolo más fácil, tendría más tiempo para otras actividades, como cuidar a sus hijos. Naturalmente, algunos años o décadas más tarde, su familia comenzaría a evidenciar síntomas de envenenamiento crónico con cianuro.

“Y así, la negativa de esta madre a dar fe a las prácticas que ha heredado de generaciones anteriores daría como resultado la enfermedad y la muerte prematura de los miembros de su familia. El aprendizaje individual no paga aquí, y las intuiciones son engañosas. El problema es que las etapas en este procedimiento son causalmente opacas, y un individuo no puede fácilmente inferir sus funciones, interrelaciones o importancia. La opacidad causal de muchas adaptaciones culturales ha producido un gran impacto en nuestra psicología.

Preparación tradicional de la yuca

“¡Cuidado! Puede que me equivoque en esto del procesamiento de la yuca. Después de todo, ¿no será fácil, quizá, que un individuo descubra los pasos para desintoxicar la yuca? Afortunadamente, la historia nos proporciona aquí un caso control. Hacia comienzos del siglo XVII, los portugueses llevaron por primera vez la yuca desde Sudamérica al África Occidental. Pero no llevaron consigo los antiguos procedimientos indígenas ni el compromiso subyacente de usar esas técnicas. Debido a que la yuca es fácil de plantar y es de un alto rendimiento en áreas de sequía, ella se expandió rápidamente por toda África y se convirtió en el alimento básico de muchas poblaciones. Las técnicas de procesamiento, sin embargo, no se regeneraron fácil ni coherentemente. Incluso después de cientos de años, el envenenamiento crónico por cianuro sigue siendo un grave problema de salud en África. Hay estudios detallados de las técnicas locales de preparación que demuestran que los niveles de cianuro siguen siendo altos, y que en muchos individuos que portan niveles bajos de cianuro en su sangre o en su orina, todavía no se han manifestado los síntomas. En algunas partes no se realiza procesamiento alguno, y en otras el procesamiento en realidad aumenta el contenido de cianuro. Desde el lado positivo, algunos grupos africanos han desarrollado culturalmente algunas técnicas eficaces de procesamiento, pero éstas se difunden muy lentamente.

“Aquí el punto es que la evolución cultural resulta, a menudo, mucho más inteligente que nosotros: como tiene lugar con el sucederse de las generaciones, a medida que los individuos inconscientemente escuchan a, y aprenden de, los miembros más saludables, más exitosos y más prestigiados de sus comunidades, este proceso evolutivo genera adaptaciones culturales. Aunque estos complejos repertorios parecen bien diseñados para solucionar los desafíos locales, no son en sí mismos el producto de determinados individuos que aplican modelos causales, o pensamiento racional, o análisis de costo/beneficio. A menudo, todos los individuos -o la mayoría de ellos- expertos en el desarrollo de estas prácticas adaptativas no entienden cómo o por qué ellas operan, y ni siquiera saben si ellas “hacen” algo en absoluto. Adaptaciones tan complejas como éstas pueden surgir, precisamente, porque la selección natural ha favorecido a quienes con frecuencia ponen su fe más en su patrimonio cultural, en la sabiduría acumulada que está implícita en sus prácticas y en sus creencias, derivadas de sus antepasados, que en sus propias intuiciones y en sus experiencias personales”.

Hasta aquí Henrich. Es difícil leer algo como esto y no pensar -mutatis mutandis- en la experiencia de la Iglesia católica en el siglo XX. La aplicación de esto al patrimonio cultural de la liturgia tradicional latina es obvia, así como también lo son las limitaciones de la aplicación de la pura razón a la cultura y el ritual, de los cuales no puede dar cuenta enteramente, pero de los cuales no puede prescindir. Véase la siguiente creativa reescritura de lo que escribe Henrich:

“En la Iglesia católica, que es donde se realizó primero la Misa, los creyentes que han dependido durante siglos del patrimonio tradicional no muestran señal alguna de envenenamiento herético ni contrario a la religión. La Misa Solemne, por ejemplo, es un proceso complejo, de muchas etapas, que toma muchas horas en llevarse a cabo. A pesar de la belleza y del contenido doctrinal que ella contiene, un individuo experimentaría dificultades para descubrir por qué las cosas se hacen como se hacen, y ciertamente ninguna persona aislada, ni ningún comité de personas, podría llegar a producirla (o a producir algo mejor que ella). Los niños que crecen con este patrimonio aprenden, sencillamente, asistiendo a ella, observando, orando y, en muchos casos, acolitando o cantando o participando en una procesión, con la ayuda en sus casas de algunas prácticas de apoyo. Rara vez verán que alguien se envenene con herejías o irreligiosidad, porque las prácticas funcionan. Aunque en algunas ocasiones las prácticas puedan ser de calidad inferior, sería raro el caso de un envenenamiento, ya que la forma de orar elimina o reduce los males y evita los síntomas agudos.

“Así, si las personas hicieran lo que es de sentido común y simplemente cumplieran con las costumbres que han heredado, todo estaría bien. Debido a que la tarea, compuesta de muchas etapas, de la liturgia católica es larga, ardua y a veces repetitiva, apegarse a ella podría parecer contra intuitivo. El clero emplea cerca de una cuarta parte del día diciendo Misa y leyendo el breviario, por lo que esta técnica es costosa, a corto plazo. Ahora, piénsese cuál podría ser el resultado si un sacerdote seguro de sí, o un obispo, o un papa, decidieran suprimir, de su tiempo diario de oración, cualquier etapa que pareciera innecesaria: podría quizá examinar críticamente las prácticas que le han sido transmitidas desde las generaciones pasadas y concluir que la finalidad del procedimiento es lograr que todos se involucren activamente en algún quehacer comunitario; podría experimentar, enseguida, algunas prácticas alternativas, eliminando algunas de las etapas más laboriosas o más largas: descubriría que con un proceso más corto y menos trabajoso se podría conseguir una apariencia de actividad religiosa. Si adoptara este protocolo, tendría más tiempo para otras actividades, como el acompañamiento, la justicia social, las excursiones culturales y el golf. Naturalmente, algunos años o décadas más tarde, su grey desarrollaría síntomas de envenenamiento crónico herético o irreligioso.

“Así pues, la renuencia de este padre a dar fe a las prácticas que se le ha transmitido por las generaciones pasadas redundaría en enfermedad y muerte prematura de los miembros de su grey. El aprendizaje individual no paga aquí, y las intuiciones personales son engañosas. El problema es que los elementos de las prácticas tradicionales son causalmente opacos: el individuo no puede fácilmente identificar sus funciones, interrelaciones e importancia.

“Pero, un momento. ¿Podría ser un error mío el aceptar las prácticas que nos han sido transmitidas? ¿Podría ser en realidad fácil imaginarse las etapas correctas de la oración litúrgica, de modo que cada comunidad pudiera redescubrirlas por sí mismas?  Afortunadamente, la historia nos proporciona un caso de prueba. Después de que la forma compleja de la liturgia fue abandonada por el Papa, la nueva forma se extendió por el mundo. Pero lo que no se exportó con ella fueron las antiquísimas rúbricas, ni el compromiso subyacente de seguir la tradición romana. Debido a que la nueva liturgia era fácil de poner en práctica, se expandió rápidamente y se convirtió en el alimento básico de muchas comunidades. Los rendimientos espirituales, sin embargo, no fueron abundantes, e incluso después de muchas décadas, el envenenamiento crónico herético o irreligioso sigue siendo un gran problema de salud espiritual en la Iglesia católica en todos los continentes. Existen estudios detallados sobre Iglesias particulares (como las de la India) que revelan altos niveles de sincretismo religioso, de eclecticismo, y de indiferentismo, de los que muchos individuos son portadores en sus mentes. Desde el lado positivo, algunos pocos grupos han, de hecho, desarrollado técnicas efectivas de oración (llamadas “reforma de la reforma”), pero ellas se difunden muy lentamente.

Aquí el punto es que el desarrollo litúrgico es, a menudo, mucho más inteligente que nosotros, en cuanto individuos aislados o agrupados en comités. Este proceso, que se lleva a cabo a lo largo de las generaciones, a medida que los individuos asisten a, y aprenden de, Iglesias locales más exitosas, prestigiadas y más sanas, especialmente la Iglesia de Roma, genera adaptaciones culturales y relacionamientos (como la conexión entre el respeto y el arrodillarse para recibir la Eucaristía en la boca). Aunque estos complejos repertorios parecen, cuando se los mira de cerca, bien diseñados para responder a los desafíos locales, no son primariamente resultado de algunos individuos que recurren a modelos causales, pensamiento racional o análisis de costo/beneficio. Con frecuencia quienes valoran y llevan a cabo estas prácticas adaptativas no entienden cómo o por qué funcionan. Estas adaptaciones complejas surgen precisamente porque la Divina Providencia guía a los individuos que ponen su fe más en el patrimonio cultural de la Iglesia, en la sabiduría acumulada implícita en las prácticas y creencias que provienen de los antepasados, que en sus propias ideas y en sus experiencias personales”.

miércoles, 28 de julio de 2021

Domingo IX después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 19, 41-47):

“En aquel tiempo, al llegar Jesús cerca de Jerusalén, mirando a la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Ah! ¡Si conocieses también tú, por lo menos en este día que se te ha dado, lo que puede atraerte la paz! Mas ¡ahora está todo oculto a tus ojos! Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te circunvalarán, y te rodearán, y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán con tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra; por no haber conocido el tiempo en que Dios te ha visitado. Y habiendo entrado en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en él, diciéndoles: Escrito está: ¡Mi casa es casa de oración, y vosotros la tenéis convertida en cueva de ladrones! Y enseñaba todos los días en el Templo”.

***

Al leer este texto es fácil acordarse de la situación actual de la Iglesia, que ignora qué es lo que puede atraerle, finalmente y después del Concilio Vaticano II, la paz; un Papa a cuyos ojos el verdadero bien de la Iglesia está oculto, por la propia mirada ideológica y la de quienes lo rodean; el templo transformado en una cueva de ladrones de la más alta jerarquía cardenalicia (esta semana que comienza va a ser sometido a juicio a un cardenal por gravísimos delitos económicos, y los prelados de todo el orbe que han cometido delitos sexuales son multitud); una turbamulta de feroces enemigos, capitaneados por la masonería, que no sólo la circunvalan y rodean y estrechan por todas partes, sino que ya han logrado traspasar los muros y atrincherarse en su interior, desde donde la carcomen con astucia. Si Jesús, que no lloraba con frecuencia, según los Evangelios, lloró sobre aquella Jerusalén de la que no había de quedar piedra sobre piedra, ¡cómo llorará sobre esta Ciudad suya, salida de su costado abierto por la lanza, viéndola en una situación tan atroz, enfrentada -según lo decía, paradojalmente, el Papa que fue uno de los demoledores- a un proceso de auto demolición (discurso de Pablo VI de 7 de diciembre de 1968; discurso de 29 de junio de 1972) en que no va quedando piedra sobre piedra! 

Pero esta es una lectura, por decirlo así, exterior: aunque somos parte de Ella, la Iglesia está ahí, afuera de nosotros mismos, y si bien está también en nuestras manos, vela sobre Ella, finalmente, la decisiva y paternal Providencia de Dios que, al final, impedirá que la derrote el enemigo. Debemos, con todo, leer este texto como profético también de nuestra vida personal: tal como las profecías describen una situación que remite a otra, más grave y de carácter espiritual, así esta profecía sobre Jerusalén y, luego sobre la Iglesia, nos remite a nuestro interior.

Porque nosotros somos, como dice la Escritura, templos vivos de Dios (1 Cor 6, 19), en cuyo sagrado recinto hemos permitido que se instale el pecado y la corrupción. Si por ventura luchamos y limpiamos este templo, nos descuidamos luego de modo catastrófico por la “concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida” (1 Jn 2, 16); y los demonios, que habíamos expulsado por nuestro efímero arrepentimiento, se dan cuenta de que su antigua morada está ahora limpia y ordenada, y vuelven a ella, a nuestra alma, con más número y fuerza que antes, y quedamos en un estado peor que el primero (Mt 12, 45).  

Estos son demonios que, según dice Jesús, sólo se expulsa mediante la oración y la penitencia (Mt 17, 21). Cosas ambas que escasean en nuestras vidas: la necesidad de orar “sin cesar” (1 Ts 5, 17) es algo que ha desaparecido de nuestra mente, engañada por una supuesta necesidad de actuar continuamente y de ser eficientes en ello. Y hacer penitencia (negarse a sí mismo en las sensualidades y otros pecados, mortificarse, que no es otra cosa que lograr matar a nuestro enemigo interior y tomar control de nosotros mismos) es, contra lo que dice Jesús (Lc 13, 3: “si no hacéis penitencia, todos por igual pereceréis”), considerado patológico, antinatural. Tanto se oculta la realidad a nuestros ojos, igual que sucedió con Jerusalén, que no vemos lo que ha de traernos la paz, ni vemos tampoco cuál es el tiempo que se nos ha dado. Vivimos esta vida como si hubiera de durar para siempre, como los necios mientras Noé construía el arca, o como los escribas y sacerdotes de Jerusalén a apenas unas cuantas décadas de la destrucción de la ciudad. ¿Cuántos católicos que hoy andan en los 30 ó 40 años se han dado cuenta (indicios al respecto les sobran) de que no ha de quedar de ellos piedra sobre piedra?

Fijémonos un poco más en eso que dice el Señor: “¡Si conocieses […] lo que ha de atraerte la paz!”. La paz es consecuencia de la justicia, y la justicia es producto del orden. Y el orden es el reinado de la ley de Dios: de esa ley que Él, el Creador, ha benignamente impuesto a toda la realidad, la visible y la invisible, para que sea armoniosa y produzca, como una orquesta cósmica, una espléndida música, una música perfecta porque está siempre sometida a orden y medida, que son la esencia misma de la música. Está a nuestra vista y a nuestro alcance el goce de la paz, sin el cual ningún otro goce es cabal, completo. Pero sólo si la buscamos. En la Creación, el mayor experto en goces es Dios, que la ha creado y ha creado los goces, para cuya preservación ha impuesta en ella la ley del orden y de la medida.

¡Qué menoscabado es el goce sin paz, sin sujeción a la ley del Creador, que sabe cuál es el goce perfecto que Él mismo ha concebido para cada una de sus creaturas! ¡Qué menoscabado, qué mezquino es el goce en el desorden del pecado, goce sin paz porque viola la ley musical de Dios Bondadoso! El animal goza en paz consigo mismo. Pero a nosotros, que somos libres, la paz no se nos da automáticamente, y se nos dice “Busca la paz y ve tras ella” (Sal 34, Vulg. 33, 15). Jerusalén no se dio cuenta del momento en que la visitaba Dios, del tiempo que se le había dado, y no supo atraerse la paz sometiéndose al orden querido por Dios. Y terminó destruida hasta el punto de que, al cabo de pocos años (tan pocos como el de una vida normal) no quedó de ella piedra sobre piedra.

La oración de hoy expresa magníficamente estas verdades: “Ábranse, Señor, los oídos de tu misericordia a las súplicas de los que te imploran, y para que les concedas lo que desean, haz que te pidan lo que te es grato conceder”. 

Doménikos Theotokópoulos (El Greco), La expulsión de los mercaderes, 1571-1576, Instituto de Arte de Minneapolis (EE.UU.)
(Imagen: Wikipedia)

jueves, 22 de julio de 2021

Suspensión indefinida de la Santa Misa dominical

Con hondo pensar, la Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat comunica a todos sus feligreses y bienhechores la suspensión indefinida de la Santa Misa celebrada conforme con los libros litúrgicos anteriores a la reforma de 1970. 

Como es sabido, el pasado 16 de julio, mientras el país celebraba la fiesta de su patrona la Virgen del Carmen, fue promulgado el motu proprio Custodes Traditionis, que restringe la celebración de la Misa tradicional según las indicaciones que prevea al efecto el Ordinario del lugar. Dicho documento entró de vigor de inmediato y en él se establece que es necesario que el Obispo designe un delegado que se encargue de la celebración de la Santa Misa y de la atención pastoral de aquellos grupos de fieles que viven su fe según los antiguos libros litúrgicos. Esa celebración no puede tener lugar en iglesias parroquiales, como lo venía haciendo nuestra Asociación desde que las medidas sanitarias decretadas por la pandemia de COVID-19 permitieron la reanudación del culto litúrgico. 

Para cumplir con la nueva normativa, realizaremos las gestiones correspondientes con el fin de poder volver a celebrar la Santa Misa como se ha hecho de forma ininterrumpida desde 1966. Mientras tanto, pedimos a todos quienes participan de nuestra Asociación que tengan en sus oraciones este propósito. 

Les informaremos a través de esta bitácora y de nuestras redes sociales cuando reanudemos la celebración de la Santa Misa.  Quien desee asistir a Misa de siempre puede hacerlo en alguno de los otros lugares donde ella se reza cada domingo. En esta entrada hicimos un directorio de Misas tradicionales en Chile, aunque desconocemos si en esos lugares se sigue diciendo la Misa en los horarios señalados. 

Esta bitácora continuará actualizándose de la manera acostumbrada. 

Pedro Subercaseaux, La primera Misa celebrada en Chile, 1904, Museo Nacional de Bellas Artes (Chile)
(Imagen: Wikipedia)

martes, 20 de julio de 2021

Domingo VIII después de Pentecostés

 


Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 16, 1-9):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Erase un hombre muy rico, que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como dilapidador de sus bienes. Llamóle, pues, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo de ti? Rinde cuenta de tu administración, porque en adelante ya no podrás ser mi mayordomo. Entonces el mayordomo se dijo: ¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración de sus bienes? Para cavar no valgo, el mendigar me causa vergüenza. Mas ya sé lo que he de hacer, para que, cuando fuere removido de mi mayordomía, halle quienes me reciban en su casa. Llamó, pues, a cada uno de los deudores de su amo, y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Y éste le respondió: cien barriles de aceite. Díjole: toma tu escritura, siéntate luego y haz otra de cincuenta. Después dijo a otro: ¿Y tú cuánto debes? Y él respondió: cien cargas de trigo. Díjole: toma tu obligación y escribe otra de ochenta. El amo alabó a este mayordomo infiel por su previsión, porque los hijos de este siglo son en sus negocios más sagaces que los hijos de la luz. Así os digo Yo a vosotros: Haceos amigos con las riquezas, instrumentos de pecado, para que cuando falleciereis, seáis recibidos en las eternas moradas”.

***   

Hay católicos necios que, cuando se les menciona la muerte, comentan “para qué hablar de cosas tristes; no seas pesimista; olvídate de eso y piensa en positivo”. ¡Pensar en positivo llaman a no tomar en cuenta el dato más sólido de la vida, más cierto en su ocurrencia, y más inesperado en su cuándo, la muerte!

El Señor alaba en este texto no la malvada astucia del mayordomo, que roba a su amo confirmando, precisamente, su fama de ladrón, sino su previsión, su preparación para lo que ha de sobrevenirle con toda seguridad: la pérdida de la mayordomía.

Lo que cada uno de nosotros ha de perder, de modo inevitable, con certeza absoluta y absoluta ignorancia del momento decisivo, es nada menos que la vida, no este cargo o aquél, no es este bien o el otro; lo perderá todo. Y la muerte será el momento en que tendremos que presentarnos a rendir cuenta de cómo hemos administrado el tiempo que se nos dio, es decir, de cómo hemos vivido; porque el tiempo de que disponemos es vida; nuestra vida es nuestro tiempo, nuestro tiempo es nuestra vida; y es un tiempo tal que cada día que pasa es un día menos de vida que tenemos, no un día más. Un cumpleaños no es un año más de vida; es un año menos. Los años no aumentan, sino que disminuyen. La vida es un plazo. Y, como dice el adagio popular, “no hay deuda que no se pague, ni plazo que no se cumpla”.

¿Cómo es posible tanta necedad como es necesaria para procurar olvidarse de esto? No es que se trate de un simple olvido; es que hay un esfuerzo por no acordarse de esta realidad. El mundo moderno huye de esta realidad (y, al cabo, de toda realidad) por todos los medios posibles, y procura quitarla de la vista: ya no se habla de “muertos” sino de “fallecidos”; en las exequias fúnebres los curas modernos ya no usan el negro, sino el blanco, color de alegría; ya no se ora por el muerto porque ¿para qué, si ya está gozando “en la casa del Padre”? Se piensa, por lo visto, en un Padre que no pide cuentas, que se deja burlar…

El Evangelio es, de este modo, silenciado en lo que nos enseña de esta verdad, tal como es silenciado por la modernidad en tantos otros aspectos: el Padre, con ser el mejor de todos los Padres y el más misericordioso, hace expulsar de la sala del banquete al invitado (no se trata de alguien que se ha “colado” a la fiesta, sino que de un “invitado, nada menos) que se presenta con la ropa sucia o inadecuada. De Dios nadie se ríe. Nadie debe reírse de un padre bueno, sino procurar no irritarlo ni enfadarlo, sino, por el contrario, intentando hacer lo que a él le gusta, precisamente porque es tan bueno.

¿Cómo puede un católico que siente y piensa de este modo tan necio recitar aquella parte del Padrenuestro que dice “venga a nosotros tu reino”? ¿No se da por enterado de que la llegada de ese reino es el fin de nuestro tiempo, el momento decisivo del encuentro con nuestro Amo y Señor? ¡Y Jesús no sólo nos anima a no olvidarlo, sino a pedir que venga!

¿Qué medidas tomar para encontrarnos en buen pie el día de nuestra muerte? ¿Qué preparación hemos de hacer? Lo primero, y quizá lo único importante, es lavar nuestro traje de fiesta para presentarnos al banquete. Es decir, arrepentirnos de nuestros pecados. Nos dice San Agustín en su sermón 20: “si quieres que Él te perdone [tus pecados], tú reconócelos. El pecado no puede quedar sin castigo: no sería lo propio, no correspondería, no sería justo. Por ello, ya que el pecado no puede quedar sin castigo, castígalo tú mismo, para no ser castigado a causa de él. Que tu pecado encuentre en ti a su juez, no a su defensor. En el tribunal de tu alma procede tú contra ti mismo, y acúsate como reo ante ti mismo. No te escondas detrás de ti, para que Dios no te ponga frente a Sí. Y por eso, a fin de encontrar más fácilmente piedad, dice el salmista: "Porque yo reconozco mi iniquidad, y tengo siempre ante mí mi pecado" (Sal 50). Que es como decir: "ya que mi pecado está ante mí, no esté ante Ti, y ya que yo lo reconozco, tú ignóralo".

La oración de la Misa de hoy es un tesoro de densidad, concisión y elegancia: “Largire, Domine, quaesumus, Semper spiritum cogitandi quae recta sunt, propitius et agendi: ut, qui sine te esse non possumus, secundum te vivere valeamus”: Concédenos siempre, propicio Señor, el espíritu de pensar lo que es bueno y de obrarlo, para que quienes no podemos existir sin Ti, podamos vivir de acuerdo contigo”.

Marinus van Reymeswale, Parábola del mayordomo infiel, circa 1540, Museo de Historia del Artes de Viena (Austria)
(Imagen: Wikipedia)

lunes, 19 de julio de 2021

Declaración oficial de la Federación Internacional Una Voce sobre el motu proprio «Traditionis Custodes»


Declaración oficial de la Federación Internacional Una Voce sobre el motu proprio «Traditionis Custodes»

La Federación Internacional Una Voce (FIUV) es la organización mundial de fieles laicos adheridos a la celebración de la Misa conforme la Editio Typica 1962 del Misal Romano, conocido hasta ahora como la forma extraordinaria del rito romano, usus antiquior, o simplemente como Misa tradicional.

Desde su fundación en 1965, la Federación ha desarrollado sus actividades en obediencia y en armonía con la Santa Sede, donde ha sido recibida siempre con cordialidad y apertura.

El 16 de julio de 2021, e l Papa Francisco publicó la carta apostólica en forma de motu proprio Traditionis Custodes, que establece fuertes restricciones y limitaciones a la celebración de la Misa tradicional.

La Federación no puede dejar de notar que la motivación para la nueva carta apostólica, según lo declarado en la carta del Pontífice reinante que la acompaña, deriva de supuestas actitudes y palabras de aquellos de nosotros que escogemos la Misa tradicional, según lo reportado por algunos obispos a la Santa Sede, que suponen un «rechazo a la Iglesia y sus instituciones en el nombre de lo que ellos consideran la verdadera iglesia».

Adicionalmente a un «uso instrumental del Missale Romanun de 1962, que se caracteriza cada vez mas por un rechazo creciente no sólo de la reforma litúrgica, sino del Concilio Vaticano II con la afirmación in fundada e insostenible de que ha traicionado a la Tradición y a la verdadera Iglesia»

Tanto la caracterización de los católicos adheridos a la Misa tradicional, como el áspero tono de las nuevas restricciones, nos entristecen sobremanera. En nuestra experiencia como representantes de diversos grupos de fieles, lo que primeramente atrae a la gente a la espiritualidad de la Misa tradicional, no son discusiones teológicas o pastorales del pasado, sino el respeto por lo sagrado y el sentido de continuidad de la Tradición, la cual no permanece como una mera aspiración, sino que se vive diariamente en la forma en que la liturgia es celebrada, conforme al venerable rito que se ha desarrollado lentamente durante siglos y que nunca ha sido abrogado.

Ciertamente, como con otros grupos de fieles, no existe una homogeneidad absoluta en las opiniones y actitudes de quienes se adhieren al Misal anterior. Pero es precisamente en el deseo de asistir a esta Misa en el ámbito de sus Diócesis o parroquias, que estos católicos expresan implícitamente su reconocimiento a la verdadera Iglesia, cum Petro et sub Petro.

Finalmente, hijos de la Iglesia, queremos expresar nuestra tristeza por las nuevas restricciones para poder continuar alimentando nuestra vida espiritual utilizando las iglesias parroquiales como cualquier católico lo desearía.

Si hay algo que deseamos fervientemente es el poder vivir una vida normal sin ser forzados a usar espacios escondidos o inaccesibles. Creemos que los hermosos frutos espirituales de este Misal deben de ser compartidos, y rezamos para que podamos ser instrumentos de Dios dentro y fuera de la Iglesia.

La Federación está profundamente agradecida con cada uno de los Obispos que proveen la atención a los fieles adheridos a la antigua Misa en sus diócesis y a los sacerdotes a quienes se les ha confiado el cuidado de sus almas. En todo el mundo, los grupos Una Voce se unen en oración, como siempre, con sus obispos y con el Papa.

Muchos fieles nos buscan para dar a conocer sus deseos, particularmente en Roma, en una forma que combina un sincero respeto por la Iglesia Universal y por el Santo Padre, con un amor a las tradiciones que son fundamentalmente inseparables de ellos. Estamos comprometidos con esta tarea, la cual nosotros y nuestros predecesores hemos realizado durante más de medio siglo.


Felipe Alanís Suárez
Presidente
www.fiuv.org
Twitter @UnaVoceOfficial

Nota de la Redacción: El texto original fue publicado en inglés en la página de la Federación Internacional Una Voce. La traducción proviene de la versión que fue distribuida a los capítulos hispanoparlantes, con algunas correcciones de estilo. 

sábado, 17 de julio de 2021

Primeras reacciones ante el motu proprio Custodis Traditionis

Conmoción ha causado la promulgación del motu proprio Custodis Traditionis, por el cual el papa Francisco ha decidido que la Misa tradicional regrese a un estado similar o peor al que tenía antes del régimen de indulto de 1984. La situación ha provocado un inmenso sufrimiento a muchísimos católicos que siguen viviendo su fe de acuerdo con la enseñanza de Cristo explicada por la Iglesia en su Magisterio multisecular, frecuentando los sacramentos y en comunión jerárquica con el Sucesor de Pedro y los Obispos. Algunos vivieron los años de persecución, cuando la Misa tradicional estaba en la práctica prohibida y era perseguida en tantos lugares, incluso con actitudes que hoy parecen grotescas o surrealistas. La Asociación Litúrgica Magníficat es un ejemplo de esa preservación de lo sagrado, pues desde 1966 ha mantenido la celebración de la Santa Misa según los libros litúrgicos vigentes en 1962. Otras personas sólo han conocido la libertad y los frutos que trajo consigo el motu proprio Summorum Pontificum ahora derogado por el papa Francisco, que permitió que en estos últimos 14 años tanta gente conociera y se beneficiara de la Misa tradicional y que surgiesen institutos tradicionales en continuo crecimiento. Esta es la realidad de la gran mayoría de católicos, si se considera que los primeros cambios en la liturgia comenzaron en 1965 y el rito reformado entró en vigor en 1970. Sólo personas que hoy superan los 70 años tienen recuerdo de cómo era la Misa antes del Concilio Vaticano II; en su gran mayoría la feligresía de la Misa tradicional llegó a ella desde la liturgia reformada, buscando mayor piedad, sacralidad y misterio. Así lo demuestran las parroquias personales dedicadas a la Misa tradicional erigidas desde 2007 y los 468 obispos y cardenales que han celebrado públicamente con esos libros litúrgicos

La gravedad del documento publicado ayer tiene múltiples dimensiones que requieren análisis más detenidos. Las consecuencias más importantes inciden sobre el plano jurídico y el teológico. Desde el punto de vista del derecho, Custodis Traditionis confirma la visión posmoderna sobre lo jurídico. El derecho es un acto de poder que se ordena a reconfigurar las relaciones sociales conforme a los equilibrios que exige un difuso concepto de justicia social. La misma cosa justa (ipsa res iusta), que debe ser descubierta a través de la razón, no interesa porque los fines son ideológicos. En el plano teológico, el motu proprio reafirma la idea que las doctrinas de la Iglesia están sujetas a cambio y pueden sufrir alteraciones sustanciales por un acto de voluntad, pues el propósito es ajustar el dogma al espíritu del tiempo. Algo similar comentaba en esta bitácora Un padre de familia a propósito de la modificación del Catecismo de la Iglesia Católica respecto de la pena de muerte. Mientras hasta el 15 de julio de 2020, el rito romano tenía dos maneras de manifestación y en ambas se expresaban el culto en Espíritu y Verdad que Cristo le pidió a la Iglesia celebrar hasta su regreso, desde el día siguiente sólo existe una lex orandi para el rito romano: la liturgia reformada. Todo el desarrollo litúrgico anterior, que fue fruto de una evolución orgánica de siglos, ya no expresa (o quizá desde 1970 dejó de expresar) una forma legítima de manifiesta la fe de la Iglesia latina. Se trata de la negación de aquella constatación que hacía Benedicto XVI en la carta con que presentó a los Obispos el motu proprio Summorum Pontificum: "Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser  improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial". El nuevo texto pontificio demuestra que sí puede suceder que lo que tantas generaciones tuvieron como sagrado deje de serlo y se trasforme en perjudicial, bastando para ello una arbitraria declaración de voluntad. 

Las reacciones ante Custodes Traditionis se acrecientan con el paso de las horas, sobre todo porque la decisión del Papa se produce en medio de una pandemia que ha provocado que un sinnúmero de iglesias alrededor del mundo continúan sin atención sacramental de los fieles. En Chile, por ejemplo, somos muchos los fieles que hemos tenido que oír Misa desde la calle, detrás de una reja, y confesarnos entre los transeúntes que caminan por la acera. Y hemos sido afortunados, porque hay varias iglesias que continúan cerradas. Mientras el Papa impide una forma de celebración litúrgica en crecimiento, como lo ha mostrado la encuesta realizada por la Federación Internacional Una Voce, en una localidad de Bélgica, una de las cunas del Movimiento Litúrgico que impulsó la reforma de 1970 que se quiere reforzar, se ha anunciado la demolición del 40% de las iglesias católicas existentes

"Los libros litúrgicos promulgados por los Santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, de conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del rito romano"

Felipe Alanis, presidente de la Federación Internacional Una Voce, llama a trabajar más duro y hablar más fuerte sobre las razones por las que no hay que rendirse en defensa de la Tradición de la Iglesia, haciendo al mismo tiempo oración por ella y por el Papa. Caminante Wanderer llama a seguir celebrando la Misa tradicional como hasta ahora, y con más frecuencia y cantidad si cabe. Hay que demostrar que el árbol de la Tradición está vivo y, aunque haya sufrido una feroz mutilación, seguirá creciendo y dando frutos porque la naturaleza de las cosas (especialmente cuando son santas) puede más que los actos humanos. El P. Santiago Marín, que es un sacerdote que no podríamos calificar de un "rígido tradicionalista", destaca la dureza con unos y la pasividad con otros que muestra la Sede Apostólica, olvidando la misericordia que debe siempre combinarse con la justicia. Carmelo López-Arias lamenta que en Custodis Traditionis y la carta a los obispos que lo acompaña se "incluyan elementos que no parecen esenciales a su objeto y sin embargo resultan innecesariamente hirientes para sus destinatarios". También Infovaticana llama la atención sobre la dureza con el Santo Padre se expresa respecto de las formas litúrgicas previas a la reforma conciliar y a los fieles que quieren vivir su fe católica de acuerdo con ellas, contrariando su llamada a vivir una "revolución de la ternura" dentro y desde la Iglesia. Gregory DiPippo pedía oraciones por el Papa, cuyo pontificado quedará manchado "para el resto de la historia, junto con el propio trono de San Pedro, por este inédito y acto absolutamente gratuito de crueldad pastoral". Daño y descrédito son igualmente las dos consecuencias que Ex Orbe asigna al reciente documento pontificio. Acción Litúrgica, que ha vuelto a la actividad, considera que el motu proprio no parece "la carta de un Padre a sus hijos" ni tiene un efecto "en absoluto sanador"; su redacción evidencia que que "hay miles de católicos que a Roma no le gustan y que, probablemente, está más que dispuesta a que desaparezcan de la Iglesia, de una Iglesia en la que al parecer ya no son, ya no somos, bienvenidos".

Por su parte, los institutos tradicionales y los algunos obispos oscilan entre el desconcierto y las llamadas a la unidad en torno a la fe católica. Miguel Ángel Yáñez recuerda que el problema que hay detrás, y que el nuevo documento confirma, es mucho más profundo: se trata de dos formas distintas de concebir la Iglesia de Cristo. También lo dice Specola: "No estamos ante un problema de ritos, sino ante un problema de fe, y cuando se pierde entramos en una espiral de locura". Como decía Chesterton, "cuando se elige algo, se rechaza todo lo demás". Por lo demás, y en respuesta a un artículo de S.E.R. Arthur Roche, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Mattew Hazell demostraba cuánto hay en el Misal reformado de aquel que lo precedió: sólo el 48,3% de las oraciones del Misal de 1962 están de alguna manera contenidas en el Misal de 1970, lo que demuestra que no existe unidad entre ambas expresiones rituales. Infovaticana expone las razones por las cuales el motu proprio del papa Francisco debe ser resistido, dado que se trata de una ley injusta que contraría el bien común de las almas. Rorate Caeli llama a ignorar el odioso y vengativo ataque a la Misa tradicional que supone Custodes TraditionisRiposte Catholique subraya las contradicciones de un texto que hace retroceder 40 ó 50 años la concordia litúrgica en la Iglesia, abriendo heridas que poco a poco iban cicatrizando. En sentido similar, Leo Darroch denuncia las mentiras que hay en la argumentación que señala que San Juan Pablo II sólo quiso beneficiar a los grupos por entonces existentes y no a otros. Paix Liturgique señala a Andrea Grillo como unos de los impulsores de la decisión de derogar Summorum Pontificum y de devolver la Misa tradicional a las catacumbas. Sabido es que para el profesor del Pontificio Ateneo San Anselmo los sacramentos son formas de educar a los fieles. Finalmente, Stefano Fontana señala que las nuevas normas son el réquiem para la hermenéutica de la continuidad que intentó impulsar Benedicto XVI desde su célebre discurso a la Curia para la Navidad de 2005; desde hoy se entroniza la hermenéutica de la ruptura, con el Concilio Vaticano II como hito de diferenciación entre dos épocas. 

Con el fin de proporcionar material para la reflexión, compartimos con nuestros lectores dos textos breves sobre el nuevo texto pontificio escritos por el Dr. Joseph Shaw (Latin Mass Society) y el Dr. Peter Kwasniewski, que han sido traducidos por la Redacción. El primero de esos textos también ha sido traducido por Una Voce España

 "Se cuidará de no autorizar la constitución de nuevos grupos"
(Foto: Le Parisien)

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Algunos comentarios a la carta apostólica Custodis Traditionis

Joseph Shaw

A la luz de la publicación de la carta apostólica en forma de motu proprio Custodis Traditionis hoy en la mañana, quisiéramos comentar este documento y explicar a nuestros seguidores, en términos simples, lo que él significa en realidad.

Dicho documento habrá de ser una gran desilusión para los muchos sacerdotes y laicos católicos que respondieron a las palabras de los papas San Juan Pablo II y Benedicto XVI con las que ambos alentaron el uso de la tradición litúrgica anterior llamándola “justa aspiración” y “riquezas” de la Iglesia, respectivamente. Estos católicos han trabajado duramente durante muchos años, especialmente desde 2007, para construir la unidad de la Iglesia que, como lo declaró el Concilio Vaticano II, no depende de la uniformidad litúrgica, sino de la unidad de la fe bajo la autoridad del papa (Sacrosanctum Concilium 37; Orientalium Ecclesiarum 2).

La disposición de que la forma extraordinaria no se celebre en las iglesias parroquiales parece enteramente impracticable, en el contexto de las cuidadosas medidas que han tomado muchos obispos, desde hace mucho tiempo, en todo el mundo. 

El juicio negativo sobre la forma extraordinaria y sobre las comunidades que asisten a ellas parece absolutamente sin fundamento, y desafiamos a cualquier apologista de este documento a que aporte pruebas de que la forma extraordinaria ha debilitado la unidad de la Iglesia si se la compara con la celebración de los ritos orientales en occidente, las celebraciones litúrgicas especiales del movimiento neocatecumenal, o la gran variedad de estilos litúrgicos que uno encuentra en el contexto de la forma ordinaria del rito romano. 

Consideremos en detalle las normas de este documento:

Art. 1. Este parece refutar el argumento del papa Benedicto XVI de que se puede considerar que el rito romano tiene dos “formas”, la ordinaria y la extraordinaria. El documento adopta la terminología de “el Misal de 1962”.

Art. 2. Esto echa por tierra la presunción de autorización del Misal de 1962 creada por Summorum Pontificum en 2007. Sin embargo, esa presunción se basa en el hecho de que el Misal anterior nunca ha sido abrogado. Y puesto que el documento que comentamos no lo abroga formalmente, se crea una anomalía legal. 

Art. 3.1. La insistencia en que los grupos que asisten a la forma extraordinaria acepten, en algún sentido, la “validez y legitimidad” de la Misa reformada recuerda documentos anteriores (por ejemplo, el Indulto de 1984). Esto parece no ser más que un gesto inútil, ya que actualmente, tal como en aquella época, es imposible saber cómo los obispos podrían proceder a forzar dicha aceptación. 

Art. 3.2. En la práctica, hay obispos de todo el mundo que, ya sea por iniciativa propia o por la aprobación de iniciativas de sus sacerdotes, han señalado lugares en que la Misa antigua puede ser celebrada. La insistencia de que estos lugares no sean las iglesias parroquiales y de que no se erijan nuevas parroquias personales, parecería crear a los obispos un problema innecesario.

Muchas parroquias tienen “capillas adicionales”, oratorios de comunidades religiosas y otros lugares de culto, además de las iglesias parroquiales propiamente tales; pero no está claro qué ventaja se podría lograr, desde ningún punto de vista, si se transfirieran las celebraciones del Misal de 1962 a dichos lugares. 

Art. 3.3. Del mismo modo, ya hay obispos que, en la práctica, han determinado cuándo se puede celebrar el Misal de 1962, puesto que saben de la celebración pública de la Misa en sus diócesis y las permiten, al menos implícitamente. Debe advertirse que la Epístola y el Evangelio se leen por lo general en vernáculo en las celebraciones de 1962, y el actual documento no prohíbe que se las proclame también en latín, como ocurre en la actualidad. 

Art. 3.4, Art. 5. Estos artículos reestablecen el sistema vigente antes de 2007, cuando los obispos tenían que autorizar a los sacerdotes celebrar con el Misal de 1962. Sin embargo, hay que decir que los obispos conocen, e implícitamente permiten, a sus sacerdotes proceder de ese modo, ya que teniendo este conocimiento los nombran para desarrollar el ministerio parroquial u otras tareas. Esperar que los sacerdotes nuevamente soliciten este permiso (Art. 5) será, para muchos sacerdotes y obispos, una inútil actividad burocrática.

Art. 3.5. Los obispos siempre han tenido el poder de normar y, cuando hay razones suficientes, poner término a determinadas actividades pastorales en sus diócesis. Lo que las disposiciones del documento actual parecen establecer es una hermenéutica de la sospecha del Misal de 1962 y de quienes lo celebran o asisten a él, hasta el punto de que casi hay que considerados culpables mientras no demuestren su inocencia.   

Art. 3.6, Art. 4. Quitar a los obispos el poder de establecer nuevos grupos y de permitir a los sacerdotes que se ordenen en adelante la celebración de la Misa de 1962 parece estar en contradicción con la insistencia del documento en la autoridad y discreción de los obispos.

Arts. 6 y 7. Ambos declaran efectivamente abolida la autoridad de la Congregación de la Doctrina de la Fe en materias relacionadas con el Misal de 1962, la cual había sido reafirmada hace poco tiempo, cuando el papa Francisco amalgamó la Pontificia Comisión Ecclesia Dei con la Congregación para la Doctrina de la Fe. 

Si este documento es aplicado rigurosamente, entorpecerá gravemente la celebración, establecida desde hace ya mucho tiempo, del antiguo Misal, y conducirá a muchos fieles católicos, que no desean otra cosa que asistir a la antigua Misa en comunión con los obispos y el Santo Padre, a asistir a las celebraciones que están fuera de las estructuras de la Iglesia, sobre todo las de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. 

Corresponde al obispo "indicar uno o más lugares donde los fieles adheridos a estos grupos pueden reunirse para la celebración eucarística (pero no en las iglesias parroquiales y sin erigir nuevas parroquias personales)"
(Fotos: Rorate Caeli)

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Primeras preguntas 

Peter Kwasniewski

¿Es tan malo como parece el motu proprio Custodes Traditionis?

Sí, al menos si lo tomamos en serio y creemos y actuamos como si fuera obligatorio para nosotros. En cambio, si reconocemos que es intrínsecamente anti-católico y que ningún Papa tiene el derecho de pisotear a los miembros de la Iglesia como Francisco está tratando de hacer, lo veremos, más bien, como una carga exterior, como una plaga, o una guerra, o una hambruna, o un gobierno perverso que hay que derrocar o tolerar hasta que se acabe.

¿Tiene el Papa potestad para emitir semejante diktat? No. Ese diktat vale menos incluso que el papel en que está escrito.

Quienes aman la liturgia tradicional y reconocen en ella el punto focal del patrimonio de la Iglesia van a seguir adelante del mejor modo posible: no van a pedir permiso para celebrar la Misa de siempre; no van a leer las lecturas en vernáculo, tomadas de las “ediciones aprobadas” (¿alguien está por la Nueva Biblia Americana?); preferirían morir como mártires antes que morir en la ignominia de la retractación.

Cualquier obispo del mundo que tenga alguna idea de lo que es el incontenible amor por la Tradición que experimentan los jóvenes y de su poder para revitalizar la Iglesia, hará tranquilamente a un lado este doloroso documento como si nada hubiera cambiado o, más bien, procederá con la certeza de que, como lo ha dicho Rorate Coeli en Twitter, “Francisco morirá, y la Misa tradicional seguirá viva”. 

"Las indicaciones sobre cómo proceder en las diócesis están dictadas principalmente por dos principios: por un lado, prever el bien de aquellos que están arraigados en la forma de celebración anterior y necesitan tiempo para volver al rito romano promulgado por los santos Pablo VI y Juan Pablo II; por otro lado, interrumpir la erección de nuevas parroquias personales, vinculadas más al deseo y la voluntad de los sacerdotes individuales que a la necesidad real del «santo pueblo fiel de Dios"
(Foto: 78Actu)

viernes, 16 de julio de 2021

El motu proprio Custodis Traditionis, que restringe la celebración de los sacramentos con los libros previos a la reforma de 1970

Hoy, fiesta de la Santísima Virgen del Carmen, el papa Francisco ha promulgado una nueva regulación para la Misa de siempre, que declara la liturgia reformada como la única lex orandi del rito romano, elimina la libertad de celebración para los sacerdotes, confía al obispo las autorizaciones según su criterio pastoral y la evaluación de que se conserven las parroquias personales existentes, impide la creación de nuevos grupos de fieles, traspasa la supervisión de los institutos tradicionales a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y entrega la resolución de los asuntos litúrgicos a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. El nuevo motu proprio lleva por nombre Traditionis Custodes y supone una derogación expresa del motu proprio Summorum Pontificum promulgado en 2007 por el hoy papa emérito Benedicto XVI, así como de la instrucción Universae Ecclesiae (2011) que lo desarrolla y de cualquier otra norma legal o consuetudinaria preexistente sobre la liturgia tradicional. Al igual que aquel motu proprio, el nuevo documento está acompañado de una carta del Santo Padre a los obispos donde explica que su decisión se funda en el deseo de favorecer la unidad de la Iglesia en torno a un único rito romano. Con esta nueva disciplina, la Misa tradicional regresa a una situación similar a aquella en la que se encontraba antes de la instrucción Quattuor abhinc annos (1984), olvidando los esfuerzos de concordia y caridad tendidos por los Papas anteriores.  

Compartimos con nuestros lectores ambos textos dados a conocer hoy por la Sede Apostólica. La traducción está tomada de Infovaticana y Adelante la fe, con algunas correcciones menores de estilo hechas a partir del texto latino e italiano ofrecido por el Bolletino quotidiano de la Santa Sede.  

(Foto: Sputnik)

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CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU «PROPRIO»
DEL SUMO PONTÍFICE FRANCISCO

«CUSTODIAS TRADITIONIS»

SOBRE EL USO DE LA LITURGIA ROMANA ANTES DE LA REFORMA DE 1970

Guardianes de la Tradición, los obispos, en comunión con el obispo de Roma, constituyen el principio visible y el fundamento de la unidad en sus Iglesias particulares[1]. Bajo la guía del Espíritu Santo, mediante el anuncio del Evangelio y la celebración de la Eucaristía, gobiernan las Iglesias particulares que les han sido confiadas[2].

Promover la armonía y la unidad de la Iglesia, con solicitud paternal hacia quienes en algunas regiones se adhirieron a las formas litúrgicas anteriores a la reforma deseada por el Concilio Vaticano II, mis Venerados Predecesores, San Juan Pablo II y Benedicto XVI, concedieron y regularon la facultad de utilizar el Misal Romano publicado por San Juan XXIII en el año 1962[3]. De esta manera pretendían «facilitar la comunión eclesial a aquellos católicos que se sienten ligados a unas formas litúrgicas anteriores» y no a otros[4]

Siguiendo la iniciativa de mi Venerable Predecesor Benedicto XVI de invitar a los obispos a verificar la aplicación del motu proprio Summorum Pontificum tres años después de su publicación, la Congregación para la Doctrina de la Fe llevó a cabo una amplia consulta a los obispos en 2020, cuyos resultados se han examinado detenidamente a la luz de la experiencia adquirida en los últimos años.

Ahora, habiendo considerado los deseos formulados por el episcopado y habiendo escuchado la opinión de la Congregación para la Doctrina de la Fe, deseo, con esta Carta Apostólica, continuar aún más en la búsqueda constante de la comunión eclesial. Por lo tanto, me ha parecido apropiado establecer lo siguiente:

Art. 1. Los libros litúrgicos promulgados por los Santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, de conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del rito romano.

Art. 2. El obispo diocesano, como moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica en la Iglesia particular que le ha sido confiada[5], es responsable de regular las celebraciones litúrgicas en su propia diócesis[6]. Por tanto, es de su exclusiva competencia autorizar el uso del Missale Romanum de 1962 en la diócesis, siguiendo las directrices de la Sede Apostólica.

Art. 3. El obispo, en las diócesis en las que hasta ahora haya presencia de uno o más grupos celebrando según el Misal anterior a la reforma de 1970:

§ 1. Velar por que tales grupos no excluyan la validez y legitimidad de la reforma litúrgica, de los dictados del Concilio Vaticano II y del Magisterio de los Supremos Pontífices;

§ 2. Indicar uno o más lugares donde los fieles adheridos a estos grupos pueden reunirse para la celebración eucarística (pero no en las iglesias parroquiales y sin erigir nuevas parroquias personales);

§ 3. Establecer en el lugar indicado los días en que se permiten las celebraciones eucarísticas con el uso del Misal Romano promulgado por San Juan XXIII en 1962[7]. En estas celebraciones las lecturas se deben proclamar en lengua vernácula, utilizando las traducciones de la Sagrada Escritura para uso litúrgico que han sido aprobadas por las respectivas Conferencias Episcopales;

§ 4. Nombrar un sacerdote que, como delegado del obispo, se encargue de las celebraciones y de la pastoral de dichos grupos de fieles. El sacerdote que sea apto para este oficio, es competente para utilizar el Missale Romanum antes de la reforma de 1970, y debe tener un conocimiento de la lengua latina que le permita comprender plenamente las rúbricas y los textos litúrgicos, y estar animado por una viva caridad pastoral y un sentido de comunión eclesial. De hecho, es necesario que el sacerdote encargado se preocupe no sólo por la celebración digna de la liturgia, sino también por la atención pastoral y espiritual de los fieles.

§ 5. En las parroquias personales erigidas canónicamente en beneficio de estos fieles, efectuará una evaluación adecuada de su utilidad real para el crecimiento espiritual, y evaluará si las mantiene o no.

§ 6. Se cuidará de no autorizar la constitución de nuevos grupos.

Art. 4. Los sacerdotes ordenados después de la publicación de este motu proprio, que pretendan celebrar con el Missale Romanum de 1962, deberán presentar una solicitud formal al Obispo diocesano, quien consultará a la Sede Apostólica antes de otorgar la autorización.

Art. 5. Los sacerdotes que ya celebran según el Missale Romanum de 1962 pedirán autorización al obispo diocesano para seguir haciendo uso de la facultad.

Art. 6. Los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, erigidos entonces por la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, son de competencia de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

Art. 7. La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, para los asuntos de su competencia, ejercerán la autoridad de la Santa Sede, supervisando el cumplimiento de estas disposiciones. 

Art. 8. Se derogan las normas, instrucciones, concesiones y costumbres precedentes que no cumplan con lo dispuesto en este motu proprio.

Todo lo que he deliberado con esta Carta Apostólica en forma de motu proprio, ordeno que sea observado en todas sus partes, a pesar de cualquier disposición en contrario, incluso si existe mención particular, y establezco que sea promulgado mediante publicación en el periódico L’Osservatore Romano, que entre inmediatamente en vigor y posteriormente se publique en el Boletín Oficial de la Santa Sede, Acta Apostolicae Sedis.

Dado en Roma, junto a San Juan de Letrán, el 16 de julio de 2021, memoria litúrgica de Nuestra Señora del Carmen, noveno año de uestro Pontificado.



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[1] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, 21 de noviembre de 1964, n. 23: AAS 57 (1965) 27.

[2] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, 21 de noviembre de 1964, n. 27: AAS 57 (1965) 32; CONC. ECUM. VAT. II, Decreto sobre la misión pastoral de los obispos en la Iglesia «Christus Dominus», 28 de octubre de 1965, n. 11: AAS 58 (1966) 677-678; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 833.

[3] Véase JUAN PABLO II, Litt. Ap. Motu proprio datae «Ecclesia Dei», 2 de julio de 1988: AAS 80 (1998) 1495-1498; BENEDICTO XVI, Litt. Ap. Motu proprio datae “Summorum Pontificum”, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 777-781; Litt. Ap. Motu proprio datae “Ecclesiae unitatem”, 2 de julio de 2009: AAS 101 (2009) 710-711.

[4] JUAN PABLO II, Litt. Ap. Motu proprio datae “Ecclesia Dei”, 2 de julio de 1988, n. 5: AAS 80 (1988) 1498.

[5] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 4 de diciembre de 1963, n. 41: AAS 56 (1964) 111; Caeremoniale Episcoporum, n. 9; CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Instrucción sobre algunas cosas que deben observarse y evitarse con respecto a la Santísima Eucaristía “Redemptionis Sacramentum”, 25 de marzo de 2004, nn. 19-25: AAS 96 (2004) 555-557.

[6] Cfr. CIC , can. 375, § 1; can. 392.

[7] Véase CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Decreto «Quo magis» sobre la aprobación de siete nuevos prefacios para la forma extraordinaria del rito romano, 22 de febrero de 2020, y el Decreto «Cum sanctissima» sobre la celebración litúrgica en honor de los santos en la forma extraordinaria del rito romano, 22 de febrero de 2020: L’Osservatore Romano , 26 de marzo de 2020, p. 6.

Procesión de la ceremonia de clausura del IX Congreso Eucarístico Nacional (Chile, 1980)

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Carta del Santo Padre Francisco a los obispos de todo el mundo para presentar el motu proprio Custodis Traditionis sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma de 1970

Roma, 16 de julio de 2021.

Queridos hermanos en el episcopado:

Como hizo mi predecesor Benedicto XVI con Summorum Pontificum, yo también pretendo acompañar el motu proprio Traditionis custodes con una carta, para ilustrar las razones que me llevaron a esta decisión. Me dirijo a ustedes con confianza y parresía, en nombre de esa participación en «la preocupación por toda la Iglesia, que contribuye de manera suprema al bien de la Iglesia universal», como nos recuerda el Concilio Vaticano II[1].

Son evidentes para todos las razones que movieron a San Juan Pablo II y Benedicto XVI a conceder la posibilidad de utilizar el Misal Romano promulgado por San Pío V, publicado por San Juan XXIII en 1962, para la celebración del sacrificio eucarístico. La facultad, otorgada por indulto de la Congregación para el Culto Divino en 1984[2] y confirmado por San Juan Pablo II en el motu proprio Ecclesia Dei de 1988[3], fue motivada sobre todo por el deseo de favorecer la recomposición del cisma derivado del movimiento liderado por el arzobispo Lefebvre. La petición, dirigida a los obispos, de acoger con generosidad las «justas aspiraciones» de los fieles que pedían el uso de ese Misal, tenía por tanto una razón eclesial para recomponer la unidad de la Iglesia.

Esa facultad fue interpretada por muchos dentro de la Iglesia como la posibilidad de utilizar libremente el Misal Romano promulgado por San Pío V, determinando un uso paralelo al Misal Romano promulgado por San Pablo VI. Para regular esta situación, Benedicto XVI intervino muchos años después sobre la cuestión, regulando un hecho dentro de la Iglesia, que consistió en que muchos sacerdotes y comunidades habían «aprovechado con gratitud la posibilidad que ofrece el motu proprio» de San Juan Pablo II. Subrayando cómo este desarrollo no era previsible en 1988, el motu proprio Summorum Pontificum de 2007 pretendía introducir «una regulación legal más clara»[4]. Se trataba de facilitar el acceso a aquellos, incluidos los jóvenes, «que descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran allí una forma particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía»[5]. Benedicto XVI declaró «el Misal promulgado por San Pío V y reeditado por el Beato Juan XXIII como una expresión extraordinaria de la misma lex orandi», otorgando una «posibilidad más amplia de utilizar el Misal de 1962»[6].

Apoyando su elección estaba la convicción de que esta disposición no pondría en duda una de las decisiones esenciales del Concilio Vaticano II, socavando así su autoridad: el motu proprio reconoció plenamente que «el Misal promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la lex orandi de la Iglesia Católica de rito latino «[7] . El reconocimiento del Misal promulgado por San Pío V «como una expresión extraordinaria de la propia lex orandi» no quiso en modo alguno desconocer la reforma litúrgica, sino que fue dictado por el deseo de responder a las «insistentes oraciones de estos fieles», permitiéndoles «celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el Beato Juan XXIII en 1962 y nunca abrogado, como forma extraordinaria de la liturgia de la Iglesia»[8]. Respaldaba su discernimiento en el hecho de que quienes deseaban «encontrar la forma, querida por ellos, de la sagrada liturgia», «aceptaban claramente el carácter vinculante del Concilio Vaticano II y eran fieles al Papa y a los Obispos»[9] . También declaró infundado el miedo a las escisiones en las comunidades parroquiales, porque «las dos formas de uso del rito romano podrían haberse enriquecido»[10]. Por ello invitó a los obispos a superar las dudas y los miedos y a recibir las normas, «haciendo que todo transcurra en paz y serenidad», con la promesa de que «se podrían buscar caminos para encontrar un remedio», en caso de que «aparecieran graves dificultades» en la aplicación de la legislación después de «la entrada en vigor del motu proprio»[11] .

Trece años más tarde he encargado a la Congregación para la Doctrina de la Fe que les envíe un cuestionario sobre la aplicación del motu proprio Summorum Pontificum. Las respuestas recibidas revelaron una situación que me duele y me preocupa, confirmando la necesidad de intervenir. Lamentablemente, la intención pastoral de mis predecesores, que habían pretendido «esforzarse al máximo para que todos aquellos que verdaderamente desean la unidad puedan permanecer en esta unidad o encontrarla de nuevo»[12], a menudo se ha descuidado seriamente. Una posibilidad ofrecida por san Juan Pablo II y con mayor magnanimidad aún por Benedicto XVI para recomponer la unidad del cuerpo eclesial en relación con las diversas sensibilidades litúrgicas sirvió para aumentar distancias, endurecer diferencias, construir contrastes que hieren a la Iglesia y obstaculizan su avance, exponiéndola al riesgo de divisiones.

Estoy igualmente afligido por los abusos de un lado y del otro en la celebración de la liturgia. Como Benedicto XVI, también yo estigmatizo que «en muchos lugares las prescripciones del nuevo Misal no se celebran fielmente, pero incluso se entiende como una autorización o incluso como una obligación a la creatividad, lo que a menudo conduce a distorsiones hasta el límite de lo que es soportable» [13]. Sin embargo, me entristece un uso instrumental del Missale Romanum de 1962, cada vez más caracterizado por un creciente rechazo no solo a la reforma litúrgica, sino al Concilio Vaticano II, con la afirmación infundada e insostenible de que ha traicionado la Tradición y la «verdad Iglesia». Si es cierto que el camino de la Iglesia debe entenderse en el dinamismo de la Tradición, «que nace de los Apóstoles y que avanza en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo» (DV 8), el Concilio Vaticano II constituye el etapa más importante de este dinamismo, recientemente, en la que el episcopado católico escuchó para discernir el camino que el Espíritu indicaba a la Iglesia. Dudar del Concilio significa dudar de las intenciones mismas de los Padres conciliares[14] y, en definitiva, dudar del mismo Espíritu Santo que guía a la Iglesia.

El mismo Concilio Vaticano II ilumina el significado de la opción de revisar la concesión permitida por mis predecesores. Entre los votos que los obispos han indicado con más insistencia, se destaca el de la participación plena, consciente y activa de todo el Pueblo de Dios en la liturgia[15], en línea con lo que ya afirmaba Pío XII en la encíclica Mediator Dei sobre la renovación de la liturgia[16]. La constitución Sacrosanctum Concilium confirmó esta petición, deliberando sobre «la reforma y aumento de la liturgia»[17], indicando los principios que debían orientar la reforma[18]. En particular, estableció que esos principios se referían al rito romano, mientras que para los demás ritos legítimamente reconocidos, pidió que sean «prudentemente revisados ​​de manera integral en el espíritu de la sana tradición y dándoles un nuevo vigor según las circunstancias y necesidades de el tiempo»[19]. Sobre la base de estos principios se llevó a cabo la reforma litúrgica, que tiene su máxima expresión en el Misal Romano, publicado en editio typica por San Pablo VI[20] y revisado por San Juan Pablo II[21]. Por tanto, hay que suponer que el rito romano, adaptado varias veces a lo largo de los siglos a las necesidades de la época, no sólo se ha conservado, sino que se ha renovado «en el fiel respeto de la Tradición»[22]. Quien desee celebrar con devoción según la forma litúrgica precedente, no tendrá dificultad en encontrar en el Misal Romano reformado según la mente del Concilio Vaticano II todos los elementos del rito romano, en particular el Canon romano, que constituye uno de los los elementos más característicos.

Hay una última razón que quiero añadir al fundamento de mi elección: la estrecha relación entre la elección de las celebraciones según los libros litúrgicos anteriores al Concilio Vaticano II y el rechazo de la Iglesia y sus instituciones es cada vez más evidente en las palabras y actitudes de muchos que se consideran la «verdadera Iglesia». Este es un comportamiento que contradice la comunión, alimentando ese impulso a la división –«Yo soy de Pablo; Yo, en cambio, pertenezco a Apolo; Yo soy de Cefas; Yo soy de Cristo»- contra el cual el apóstol Pablo reaccionó firmemente[23]. Es para defender la unidad del Cuerpo de Cristo que me veo obligado a revocar la facultad otorgada por mis Predecesores. El uso distorsionado que se ha hecho de ellos es contrario a las razones que les llevaron a conceder la libertad de celebrar la Misa con el Missale Romanum de 1962. Ya que «las celebraciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es sacramento de unidad»[24] , y deben hacerse en comunión con la Iglesia. El Concilio Vaticano II, reafirmando los lazos externos de incorporación a la Iglesia -profesión de fe, de los sacramentos, de comunión-, afirmó con san Agustín que es condición para la salvación permanecer en la Iglesia no sólo «con el cuerpo, sino también» con el corazón [25] .

Queridos hermanos en el episcopado, Sacrosanctum Concilium explicó que la Iglesia «sacramento de la unidad» es tal porque es un «Pueblo Santo reunido y ordenado bajo la autoridad de los Obispos»[26]. Lumen gentium, al tiempo que recuerda al obispo de Roma ser «principio perpetuo y visible y fundamento de unidad tanto de los obispos como de la multitud de fieles», dice que vosotros sois «principio visible y fundamento de unidad en sus Iglesias locales, en el que y a partir del cual existe la única Iglesia Católica»[27].

Respondiendo a sus solicitudes, tomo la firme decisión de derogar todas las normas, instrucciones, concesiones y costumbres anteriores a este motu proprio, y de conservar los libros litúrgicos promulgados por los Santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, de conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, como única expresión de la lex orandi del rito romano. Me reconforta esta decisión el hecho de que, después del Concilio de Trento, San Pío V también derogó todos los ritos que no podían presumir de una antigüedad probada, estableciendo un único Missale Romanum para toda la Iglesia latina. Durante cuatro siglos, este Missale Romanum promulgado por San Pío V fue así la principal expresión de la lex orandi del rito romano, cumpliendo una función unificadora en la Iglesia. Para no contradecir la dignidad y grandeza de ese rito, los obispos reunidos en concilio ecuménico pidieron su reforma; su intención era que «los fieles no asistan al misterio de la fe como extraños o como espectadores silenciosos, sino que, con plena comprensión de los ritos y oraciones, participen en la acción sagrada de forma consciente, piadosa y activa»[28]. San Pablo VI, recordando que el trabajo de adecuación del Misal Romano ya había sido iniciado por Pío XII, declaró que la revisión del Misal Romano, realizada a la luz de las fuentes litúrgicas más antiguas, tenía como finalidad permitir a la Iglesia elevar, en la variedad de idiomas, «una y la misma oración» expresando su unidad[29]. Tengo la intención de restablecer esta unidad en toda la Iglesia de rito romano.

El Concilio Vaticano II, al describir la catolicidad del Pueblo de Dios, recuerda que «en la comunión eclesial hay Iglesias particulares, que gozan de sus propias tradiciones, sin perjuicio del primado de la cátedra de Pedro que preside la comunión universal de la caridad, garantiza las diversidades legítimas y al mismo tiempo asegura que lo particular no solo no dañe la unidad, sino que la sirva»[30]. Si bien, en el ejercicio de mi ministerio al servicio de la unidad, tomo la decisión de suspender la facultad otorgada por mis predecesores, les pido que compartan conmigo este peso como una forma de participación en la preocupación por toda la Iglesia. En el motu proprio quise afirmar que corresponde al Obispo, como moderador, promotor y guardián de la vida litúrgica en la Iglesia de la que es principio de unidad, regular las celebraciones litúrgicas. Por tanto, os corresponde autorizar en vuestras Iglesias, como Ordinarios locales, el uso del Misal Romano de 1962, aplicando las normas de este motu proprio. Sobre todo, corresponde a vosotros trabajar para volver a una forma de celebración unitaria, comprobando caso por caso la realidad de los grupos que celebran con este Missale Romanum.

Las indicaciones sobre cómo proceder en las diócesis están dictadas principalmente por dos principios: por un lado, prever el bien de aquellos que están arraigados en la forma de celebración anterior y necesitan tiempo para volver al rito romano promulgado por los santos Pablo VI y Juan Pablo II; por otro lado, interrumpir la erección de nuevas parroquias personales, vinculadas más al deseo y la voluntad de los sacerdotes individuales que a la necesidad real del «santo pueblo fiel de Dios». Al mismo tiempo, les pido que se aseguren de que toda liturgia se celebre con decoro y fidelidad a los libros litúrgicos promulgados después del Concilio Vaticano II, sin excentricidades que degeneren fácilmente en abusos. En esta fidelidad a las prescripciones del Misal y a los libros litúrgicos, que reflejan la reforma litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, deben ser educados los seminaristas y nuevos presbíteros. 

Por vosotros invoco al Espíritu del Señor Resucitado, para que os haga fuertes y firmes en el servicio al Pueblo que el Señor os ha confiado, para que por vuestro cuidado y vigilancia exprese la comunión incluso en la unidad de un solo rito, en el que se encuentra una gran riqueza de la tradición litúrgica romana. Rezo por vosotros. Rezad vosotros por mí. 



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[1] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium», 21 de noviembre de 1964, n. 23: AAS 57 (1965) 27.

[2] Véase CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales “Quattuor abhinc annos”, 3 de octubre de 1984: AAS 76 (1984) 1088-1089.

[3] JUAN PABLO II, Litt. Ap. Motu proprio datae «Ecclesia Dei», 2 de julio de 1988: AAS 80 (1998) 1495-1498.

[4] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 796.

[5] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 796.

[6] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 797.

[7] BENEDICTO XVI, Litt. Ap. Motu proprio datae “Summorum Pontificum”, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 779.

[8] BENEDICTO XVI, Litt. Ap. Motu proprio datae “Summorum Pontificum”, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 779.

[9] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 796.

[10] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 797.

[11] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 798.

[12] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 797-798.

[13] BENEDICTO XVI, Epistula Episcopos Catholicae Ecclesiae Ritus Romani, 7 de julio de 2007: AAS 99 (2007) 796.

[14] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium» 21 de noviembre de 1964, n. 23: AAS 57 (1965) 27.

[15] Véase ACTA ET DOCUMENTA CONSEJO OECUMENICO VATICANO II APPARANDO, Serie I, Volumen II, 1960.

[16] Pío XII, Litt. Encyc. «Mediator Dei et hominum», 20 de noviembre de 1947: AAS 39 (1949) 521-595.

[17] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 4 de diciembre de 1963, nn. 1, 14: AAS 56 (1964) 97.104.

[18] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 4 de diciembre de 1963, n. 3: AAS 56 (1964) 98.

[19] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 4 de diciembre de 1963, n. 4: AAS 56 (1964) 98.

[20] MISSALE ROMANUM ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum auctoritate Pauli PP. VI promulgatum, editio typica, 1970.

[21] MISSALE ROMANUM ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilios Vaticani II instauratum auctoritate Pauli PP. VI promulgatum Ioannis Pauli PP. II cura recognitum, editio typica altera, 1975; editio typica tertia, 2002 (reimpressio emendata, 2008).

[22] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 3 de diciembre de 1963, n. 3: AAS 56 (1964) 98.

[23] 1 Co 1, 12-13.

[24] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 3 de diciembre de 1963, n. 26: AAS 56 (1964) 107.

[25] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium» 21 de noviembre de 1964, n. 14: AAS 57 (1965) 19.

[26] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 3 de diciembre de 1963, n. 6: AAS 56 (1964) 100.

[27] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium» 21 de noviembre de 1964, n. 23: AAS 57 (1965) 27.

[28] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, 3 de diciembre de 1963, n. 48: AAS 56 (1964) 113.

[29] PABLO VI, Constitución Apostólica Missale Romanum (3 de abril de 1969), AAS 61 (1969) 222.

[30] Véase CONC. ECUM. VAT. II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia «Lumen gentium», 21 de noviembre de 1964, n. 13: AAS 57 (1965) 18.