domingo, 16 de mayo de 2021

Domingo después de la Ascensión

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 15, 26-27; 16, 1-4):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuando viniere el Consolador, que Yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, que del Padre procede, Él dará testimonio de Mí; y vosotros daréis testimonio porque estáis conmigo desde el principio. Esto os he dicho para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas; mas llega la hora en que cualquiera que os diere muerte pensará hacer un servicio a Dios. Y esto os harán, porque no conocieron ni al Padre ni a Mí. Mas esto os lo he dicho, para que cuando viniere la hora, os acordéis de que ya os lo había anunciado”.

***

La liturgia no reformada del día de la Ascensión, inmediatamente después de la lectura del Evangelio de la fiesta, apaga ritualmente el cirio pascual, que se había mantenido encendido durante todas las Misas desde la Pascua. Con ello la Iglesia nos dice, de un modo tan maravilloso como sencillo, que el Señor ya no está entre nosotros, que se ha ido a lo alto.

Pero antes de ascender al cielo, Jesús pasó cuarenta días instruyendo a sus apóstoles y anunciándoles lo que había de venir: un sufrimiento colmado, igual que el Suyo, de gloria. No anunció el Señor paz y prosperidad, ni mar calmo y navegar sereno. Al contrario, lo que iba a venir y está hasta hoy ocurriendo sería motivo de escándalo, es decir, de grave tropiezo para la fe, si Él no nos lo hubiera predicho y prevenido en consecuencia.

Los apóstatas campean hoy en la Iglesia, incluso en el Vaticano. ¿Motivo de escándalo? No: el Señor ya nos lo advirtió. ¿Hemos de escandalizarnos de la corrupción moral que impera hoy en Roma? ¿Hemos de irnos de la Iglesia, horrorizados, a buscar en otra parte una “religión más pura”? No: el Señor ya nos lo advirtió.

Pero, junto con esto, el Señor nos dice que seremos sus testigos. Los mártires, tanto los de los primeros tiempos como los de hoy (que superan en número a aquéllos), son testigos: dan testimonio de la verdad del Señor, de su realidad, de su divinidad, de su obra redentora, de sus promesas para el mundo futuro. Y cuando, al terminar el período de las peores persecuciones en el Imperio romano, disminuyó el número de mártires, el testimonio pasó a ser papel de los monjes. El monacato surge, en efecto, una vez que terminan las persecuciones. Son los monjes los que, de ahí en adelante y de modo cotidiano, dan testimonio de las verdades finales -las postrimerías- de la existencia del hombre sobre la tierra, aquéllas que dan sentido a toda historia personal.

El papel testimonial de los monjes, su testimonio escatológico, es, pues, indispensable y el más fiel de los testimonios que se puede dar de la fe: como nos dice San Pablo, “sólo queda que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no llorasen; los que se alegran, como si no se alegrasen; los que compran, como si no poseyesen, y los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen, porque pasa la apariencia de este mundo” (1 Cor 7, 30-31). Todo esto está por acabarse; pongamos nuestra mirada en lo que viene. Y son los monjes quienes nos muestran esa vida que viene, una vida de entrega absoluta al Señor, un modo de vida que es testimonio de esa verdad final y estupenda que Él vino a conseguirnos y enseñarnos.

Pero la Iglesia tiene necesidad no sólo de que se le atestigüe ese mundo final, testimonio que es el más importante de todos, sino también de que se le atestigüe el amor de Cristo por la Iglesia, de Dios por sus hijos adoptados por el bautismo. Y dar ese testimonio está confiado a quienes no son monjes, y se casan y multiplican hijos para Dios: es el mismo San Pablo quien nos lo dice al hablar del sacramento del matrimonio en su epístola a los Efesios, condensando su doctrina del siguiente modo: “Gran misterio es éste, pero yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 32). Aquí “gran misterio” significa “algo sagrado y grande”, según la forma como en la antigüedad se usaron los términos “mysterium” y “sacramentum”. Algo sagrado y grande es el testimonio que dan los cristianos corrientes, no consagrados al monacato, en su matrimonio: mientras los monjes son testigos del modo angélico de vida que el Señor ha venido a restituirnos, los casados son testigos del amor inmenso que el Señor nos ha tenido para devolvernos lo que ahora nos restituye, y que el Diablo nos había arrebatado por el pecado.

Célibes que se corrompen en la lujuria, en la riqueza que acumulan y en la soberbia de su poder eclesiástico; casados que se traicionan y se odian mutuamente. ¿No son ambas cosas “contra-testimonios” capaces de escandalizar a los fieles sencillos de Cristo? Este ya nos había dicho que los enemigos de la Iglesia perseguirían a los cristianos y que no debíamos escandalizarnos por ello. Pero ¿resulta ahora que también los testigos nos escandalizan con su infidelidad a la misión testimonial que se les ha confiado, tanto los célibes como los no célibes?

Sí, así es. Sin embargo, el testimonio fundamental, el más importante que el Señor nos anuncia, es el que nos da el Espíritu Santo, y ese testimonio es perpetuo, nos acompañará día a día. No impedirá que los testigos nos escandalicen (“¡Ay del mundo por los escándalos! Porque no puede menos que haber escándalos”, Mateo 17, 7), pero nos asegura que, al cabo, la Iglesia no perecerá: no nos dice que no tropezará ni que no caerá, sino que, al final, no perecerá, no será vencida. Prevalecerá. Y mientras llega el fin, mantendrá vivo, en lugares y de modos inauditos, de generación en generación, en medio de los peores escándalos, el testimonio del Espíritu Santo.       

Benjamin West, La Ascensión, 1801, Colección Berger (Museo de Arte de Denver, EE.UU.)
(Imagen: Wikipedia)  

jueves, 13 de mayo de 2021

La Ascensión del Señor

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mc 16, 14-20):

“En aquel tiempo, estando sentados a la mesa los once discípulos, aparecióseles Jesús, y les dio en rostro con su incredulidad y dureza de corazón, por no haber creído a los que lo habían visto resucitado.  Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las criaturas. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, se condenará. Y estas señales seguirán a los que creyeren: Lanzarán demonios en mi nombre; hablarán nuevas lenguas; quitarán serpientes, y si bebieren algún veneno, no les dañará; pondrán manos sobre los enfermos y los sanarán. Y el Señor Jesús después de hablarles, subióse al cielo, y está sentado a la diestra de Dios. Mas ellos salieron y predicaron en todas partes con la ayuda del Señor, que confirmaba su doctrina con los milagros que la acompañaban”.

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En estos tiempos, quizá los más aciagos que jamás haya vivido la Iglesia, la fiesta de la Ascensión ha sido disminuida y degradada, desplazándosela de su lugar propio, que es el día cuarenta (número lleno de sagrados simbolismos) después de la Resurrección, y poniéndola (como si estuviera en manos humanas el cronograma de Dios) en el domingo siguiente. O sea, sin negarla, se le ha quitado visibilidad, se la ha hecho, simplemente, desaparecer de la vista de los fieles, que es una forma mañosa de quitarla de la fe.

Sin embargo, este sacratísimo día culmina la obra del Redentor, y sin él, la obra redentora queda inexplicablemente trunca, sin meta, incomprensible. En el sagrado Canon romano, hoy sacrílegamente desplazado por ¡razones “pastorales”! (es más breve y no aburre al “público”…), se mantiene la unión del magno acontecimiento que hoy día conmemoramos con el resto de la obra salvadora. Se dice, en efecto, en el “Unde et memores”, que se reza inmediatamente después de la consagración: “Por esto, recordando, Señor, nosotros siervos tuyos, y también tu pueblo santo, la bienaventurada Pasión del mismo Jesucristo, tu Hijo, Señor Nuestro, y su Resurrección de entre los muertos, como también su gloriosa Ascensión a los cielos, ofrecemos a tu excelsa Majestad, de tus mismos dones y dádivas, la Hostia pura […]”.  

Condenado por su soberbia el más alto de los ángeles del mundo inmaterial antes de la creación del mundo material, y ya transformado en el monstruoso Lucifer, se vengó en el hombre, el más alto de los seres del universo material, haciéndolo pecar y logrando, lleno de envidia, que se le expulsara del paraíso terrenal y se le condenara a la muerte, a la cual inicialmente no estaba el hombre destinado. Creyó con esto haber arruinado para siempre el plan de Dios. Pero Dios supera las maquinaciones más astutas del Enemigo. Porque, habiéndose encarnado y hecho hombre el Verbo, y habiendo voluntariamente, por nuestro bien, padecido la muerte, resucitó por ser Dios, y derrotó la muerte con que el Diablo creía haber destruido la armonía y perfección querida por Dios para el cosmos material. Y así, por donde el Maligno había vencido, por ahí mismo fue derrotado.

Porque, en efecto, con Jesús resucitado nuestra naturaleza superó a la muerte, gran triunfo del Diablo y, teniéndolo a Jesús como cabeza, entró a la gloria de Dios. A esa Cabeza gloriosa e inmortal estamos nosotros incorporados, somos su Cuerpo místico. Y por eso, hemos también vencido a la muerte, si es que, como dice San Pablo, morimos también con Él. Y sí: hemos muerto en el bautismo. Pero cada uno debe seguir al Señor también en Su muerte física (porque la Suya no fue una muerte meramente mística), muerte de hombre, muerte biológica, con su agonía y la exhalación dolorosa de un último suspiro: debemos, como Él nos ha dicho, cargar nuestra cruz y seguirlo en todo.

Una vez redimidos, estamos de nuevo en la situación de poder ascender a Dios, según fue el plan primero que Él en su sabiduría había previsto. Pero estamos, como dicen los Santos Padres, en un pie infinitamente mejor que antes, para que fuera también infinitamente derrotado el Malo: porque si éste nos quitó por envidia el paraíso terrenal, con Cristo, hombre como nosotros y Cabeza nuestra, estamos sentados ahora a la diestra del Padre, ante el asombro de los ángeles, que ven una naturaleza material puesta por encima de ellos e instalada en el Trono de Dios.

Para ascender como Cristo es que existimos ahora, si morimos con Él. Él ha ascendido primero para señalarnos el camino que nos espera y recorreremos si le somos fieles. ¿No es esto un destino magnífico, insuperable, inenarrable en su gloria? ¡Este es el cristianismo como lo entendieron los Apóstoles y los Santos Padres de la Iglesia! ¡La ascensión de Pedro, de Juan, de Diego, que sigue a la ascensión del Señor!

Pues bien: esto es lo que hoy celebramos, y esto, en toda su singularidad y sacralidad, es lo que la liturgia degradada nos quita de la vista. Con lo sagrado no se juega. Nadie puede hacerlo, ni los obispos ni el Papa. Pero lo han hecho.

Mientras esperamos de la bondad de Dios la restauración, si está en su divino plan, de la sagrada liturgia, oremos fervientemente para tener siempre presente en la mente, hasta que llegue el día de nuestra propia ascensión, aquello que hoy, ilegítimamente, se nos quita de la vista, y digamos la oración del día de hoy que nos transmite la liturgia intocada por “reformadores”: “Concede, te rogamos, oh Dios Omnipotente, que pues creemos que en este día subió al cielo tu Unigénito y Redentor nuestro, habitemos también espiritualmente con Él en el cielo”.

Benvenuto Tisi da Garofalo, La Ascensión del Señor, 1775, Museo de Bellas Artes de Boston (EE.UU.)
(Imagen: Wikipedia)

martes, 11 de mayo de 2021

¿Qué es la tradición intelectual católica?

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, que se aparta de la línea que habitualmente traducimos y que se refiere a la liturgia de siempre. En esta ocasión, el autor aborda la tradición intelectual católica y su significado, haciendo presente la vinculación que ella tiene con la Tradición. No hay que olvidar que "la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que ella es, todo lo que cree" (CCE 98), y que recibió de Cristo para ser guardado y proclamado en todo tiempo lugar. Ese depósito de enseñanza viva debe penetrar la cultura, pues fe y razón son dos realidades complementarias y no contrapuestas. El trabajo que ahora publicamos tiene una segunda parte, que compartiremos con nuestros lectores la próxima semana. Ambos van en la línea de lo que ya escribía John Senior (1923-1999) hace cuarenta años, cuando llamaba a emprender una cruzada por La restauración de la cultura cristiana (1983).

El artículo fue publicado originalmente en OnePeterFive y ha sido traducido por la Redacción. 

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¿Qué es la tradición intelectual católica?

Peter Kwasniewski 

Las escuelas católicas existen para enseñar la verdad que nos hace libres, para diseminar esta verdad por todas partes, para profundizar nuestra comprensión y expresión de ella, y para relacionarla con otras áreas de la investigación y de los esfuerzos humanos. Una escuela católica se define por su adhesión incondicional, públicamente profesada, a todo nivel -perspectivas, política, administración, actuaciones, instrucción-, a la plena verdad sobre Dios y el hombre enseñada por la Iglesia católica. En breve, se supone que la escuela católica encarna, transmite y desarrolla la tradición intelectual católica.

Muchas escuelas selectas, escuelas secundarias, institutos y universidades, que fueron anteriormente confesionales, han abandonado parcial o totalmente esa tradición, argumentando que sus currículos y políticas debieran ser un reflejo del pluralismo del mundo moderno. Con todo, cuando en un currículo no hay un contenido substantivo y permanente, o cuando él es confuso, contradictorio o falso, la escuela se transforma en una parodia de sí misma, en un veneno que se vierte en la copa del bien común. 

Debemos, pues, regresar a los fundamentos y preguntarnos: ¿Qué es la tradición intelectual católica, de la que las escuelas son, supuestamente, custodios y promotores?

(Imagen del artículo original)

Raíz y ramas

La Persona de Jesucristo, el Hijo de Dios, y el acontecimiento de su Encarnación, es la raíz de la que surge esta gran tradición. El conocimiento y el amor a esta Persona la inauguran, la sostienen y la perfeccionan. El cuidado de la creación y el cuidado del mismo hombre -lo que Benedicto XVI llamó “ecología humana”- se basan en último término en la fe en el Creador y en el reconocimiento del orden y sabiduría que Él ha puesto en su obra. El universo o cosmos como un todo y cada una de sus intrincadas partes nos mueven a maravillarnos, y a la humildad y la responsabilidad. El hombre tiene la noble vocación de participar en el gobierno de este mundo y, sobre todo, el oficio sacerdotal de devolverlo a Dios como ofrenda, como oración y alabanza. No puede haber solución a las muchas crisis morales y físicas de nuestra época sin un despertar contemplativo a la amplitud y profundidad de la gloria del Señor en la obra de sus manos, especialmente en el cuerpo y el alma humana de cada persona.  

La tradición intelectual católica tiene una cantidad de características permanentes y reconocibles:

1. La profunda armonía de fe y razón, en cuanto cada una de ellas es una capacidad de conocer que nos viene del Padre de las Luces, cuyos dones son todos buenos y perfectos. La fe y la razón no sólo son compatibles, sino que se purifican y apoyan mutuamente (véase Benedicto XVI, Discurso deRatisbona y Discurso en Westminster Hall).

2. Una ética de la ley natural que se funda en la dignidad inherente de toda persona humana creada a imagen y semejanza de Dios, que proporciona el único fundamento objetivo para una doctrina coherente de los derechos y deberes humanos. Y como consecuencia de esto, un énfasis en la libertad moral (libertad para) como algo más importante que la libertad física (libertad de), coronada por la libertad para encontrar a Dios y adherir a Él.

3. El reconocimiento de que el hombre es un ser integral hecho de cuerpo y alma: el hombre es su cuerpo y su alma unidos dinámicamente, y por tanto su cuerpo no es meramente su propiedad (y mucho menos la propiedad de otro) sino una parte de sí mismo, dotado de dignidad, y sujeto de derechos y deberes. Los católicos son los más grandes campeones -y los últimos- de la materia, de la naturaleza, de la sexualidad y del valor de la vida.

4. Respeto de la tradición cristiana como tal y de sus grandes voces: los Padres de la Iglesia, los Concilios, los Papas, loa doctores, los místicos y los santos de todas las épocas. Nosotros veneramos lo que nos ha sido legado y adherimos a ello, porque es un tesoro y una herencia, haciendo como corresponde que hagan los hijos de familia.     

5. Un sabor “benedictino” o monástico en nuestra identidad común y en nuestra vida colectiva, especialmente en nuestra devoción a la sagrada liturgia y a la oración personal. Los católicos entienden que la santidad es la raíz de la cordura, que la debida orientación del individuo a Dios es la raíz de la capacidad de la sociedad de procurar y alcanzar el bien común, y que, sin vida interior, nos hacemos trizas y nos convertimos en una nada que se desvanece. La tradición intelectual católica nos ha legado obras de sabiduría introspectiva, como las Confesiones de San Agustín y los Pensamientos de Pascal, que nos ayudan a luchar contra nuestra tendencia a caer en esa perezosa superficialidad que nos hace patinar por la superficie de la vida, y no despertar jamás a la grandeza y la miseria de la condición humana, impidiéndonos llegar a nuestro destino divino.

Gerard Seghers, Los cuatro doctores de la Iglesia Occidental: San Agustín de Hipona, circa 1500-1540, Kingston Lacy (Reino Unido)
(Imagen: Wikipedia)

Escepticismo frente la Tradición

En nuestra época, el concepto mismo de “tradición intelectual católica” se ha transformado en un blanco. Hay muchos que dudan del valor de toda tradición, de todo lo que nos ha sido transmitido desde el pasado. El hombre moderno necesita cosas modernas, según se piensa: nuestro mundo es demasiado diferente del de épocas pasadas, y las respuestas que en aquéllas fueron satisfactorias, ya no nos sirven. Este modo de pensar pasa por alto y desestima el carácter natural y la importancia de la tradición, y la razón por la que los católicos debieran ser particularmente agradecidos de su Tradición.

El intelecto del hombre, tal como el hombre mismo, es social. No nacemos autónomos, plantados sobre nuestros pies y listos para enfrentar el mundo, sino que nacemos en el “regazo social” de la familia, de la cual aprendemos nuestra lengua, nuestros hábitos, nuestros amores, nuestro modo de interactuar con los demás y con el mundo. Así como no es bueno que el hombre esté solo, no es bueno tampoco que piense solo y, de hecho, no podemos hacer tal cosa. Todo nuestro pensamiento es un pensar-con o un pensar-contra.

Tanto debido a nuestra inherente pobreza como individuos como a las riquezas que nuestra raza ha acumulado a lo largo del tiempo, somos, necesitamos ser seres multigeneracionales. Lo que conocemos es, y debiera ser, algo que hemos recibido, y algo que podemos legar a la generación siguiente. En otras palabras, nuestros pensamientos, cuando son máximamente verdaderos y máximamente buenos, no son solamente nuestros, sino que son la propiedad común de la humanidad, y así son comunicados a los demás.  El hombre está atado al tiempo, es un animal discursivo que puede realizar sólo un poco en el breve lapso de una vida individual. Pero con la suma de muchas vidas que se ponen en contacto como en una carrera de posta, en que las posteriores construyen sobre las anteriores, construimos la civilización y la cultura. Poseer una tradición intelectual nos es natural y bueno; es como vivir en una familia, en que la soledad y las limitaciones del individuo son superadas de muchos modos. Pero así como una familia puede quebrarse y ser abusiva, así también las tradiciones puramente humanas pueden extraviarse. A veces hay que liberarse de falsas tradiciones humanas, tal como a veces hay que liberarse de una relación dañina. Lo mismo ocurre con las tradiciones religiosas e intelectuales. En el seno de la Iglesia, sin embargo, y puesto que ella es una sociedad perfecta por esencia, no necesitamos abandonar la Tradición (con una “t” mayúscula); todo aquello que es auténticamente católico es confiable siempre y en todas partes, y liberador, y apropiado a la dignidad humana -e incluso capaz de restaurar la dignidad humana-. En este sentido, la Tradición de la Iglesia es la perfección sobrenatural de algo que ya es natural en el hombre.

Incluso los ángeles se enseñan unos a otros, afirman los teólogos, aunque carecen de tradición propiamente tal. Los ángeles más elevados iluminan a los ángeles inferiores. Dios podría tratarlos a todos como seres individuales, pero prefiere unirlos en jerarquías de generosidad y dependencia.

El hombre y el ángel son “seres racionales dependientes”, porque están hechos a imagen y semejanza del Dios Uno y Trino. Cuando leemos en las Escrituras que el Hijo “ha sido entregado” por el Padre, ello tiene un significado más profundo que lo que normalmente se entiende. La traditio primordial o entrega es Jesús que no es dado, que es dado al mundo por el Padre -la Palabra de Dios que procede del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz-. Incluso en Dios absolutamente simple, hay una procesión de la Verdad y del Amor de una Persona a Otra, lo que se refleja en las jerarquías angélicas y en los seres humanos por sus relaciones de generación y educación.

Francisco de Zurbarán, Apoteosis de Santo Tomás de Aquino, 1631, Museo de Bellas Artes de Sevilla
(Imagen: Wikipedia)

Juegos de poder posmodernos

La importancia de la vida intelectual -del pensamiento que apunta a la verdad- es, sin embargo, vista con suspicacia por los posmodernos. ¿No es acaso la “verdad” cualquier cosa que los poderosos han decidido imponernos a los demás? Hay algunos que no son tan temerarios en lo relativo a la posibilidad de buscar y encontrar la verdad intemporal. La respuesta que podemos dar a todo esto es señalar la relación inseparable que hay entre verdad, identidad humana y dignidad personal.

Como nos enseñan con su vida y sus escritos San Agustín, Santo Tomás de Aquino e innumerables luminarias de la Iglesia, y como los filósofos paganos Platón y Aristóteles y muchos otros vieron antes de ellos, la verdad es el objeto propio de la mente humana, es el bien del intelecto. Es justamente cuando no adherimos a este bien que somos arrojados a un revuelto mar de reivindicaciones egoístas y de deseos manipuladores. Si no buscamos constantemente este bien, abdicamos de lo que es más propio de nuestra humanidad. Si no luchamos por compartir este bien con nuestros hermanos los hombres, no los amamos.

En este sentido, lo opuesto a una tradición intelectual no es el sentimentalismo o el esteticismo, sino el anti-intelectualismo, o lo que Sócrates llamaba “misología”: una intolerancia o desprecio por el razonamiento correcto, la negación de la consciencia, el abandono de la coherencia consigo mismo, la descarada promoción de sí mismo sin tomar en cuenta los costos para los demás, una visión utilitarista de la vida, la negación de que haya algo especial o único en el ser humano. Como herencia de estas opiniones, y concentrando su polución, surge el nihilismo, que se caracteriza por una opresora voluntad de poder. En ausencia de verdad, sólo existe la afirmación de la fuerza y de la pasividad ante ella.

Lo que hace al ser humano diferente de todos los demás seres en el mundo material es su capacidad de conocer la verdad universal y de amar lo que es bueno porque sabe que es bueno. Nuestra dignidad consiste en nuestra orientación a la verdad y en nuestra capacidad de amar y de ser amados. La perfección de esta capacidad mediante la educación no es algo exclusivo del catolicismo, pero indudablemente ha sido llevada por la Iglesia a unas alturas sin par en ninguna otra religión o civilización.

La tradición intelectual católica es amplia y expansiva, profunda y sutil, ética y espiritual, poderosa para llevar a los individuos y las sociedades a toda la perfección que se puede esperar en este valle de lágrimas, lejos de nuestra patria eterna. Tenemos toda la razón de estar orgullosos de siglos de educación católica en todos los niveles y en todos los rincones del mundo conocido. Hoy debiéramos sacudir de nuestros pies el polvo de las escuelas seculares y secularizadas y dar nuestro apoyo, del modo que sea, a las escuelas que luchan por ser fieles a su elevada misión.

domingo, 9 de mayo de 2021

Domingo V después de Pascua

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 16, 23-30):

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: Que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedidle y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo. Estas cosas os he dicho usando de comparaciones. Llegó el tiempo en que ya no os hablaré con parábolas, sino que abiertamente os anunciaré las cosas del Padre. Entonces le pediréis en mi nombre; y no os digo que rogaré al Padre por vosotros, pues el mismo Padre os ama, porque vosotros me amasteis, y habéis creído que Yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo voy al Padre. Dícenle los discípulos: Ahora sí que hablas claro, y no dices ningún enigma. Ahora conocemos que sabes todas las cosas, y no es preciso que nadie te pregunte: en esto creemos que has salido de Dios”.

***

Hay tantos católicos que dejan la Iglesia y más todavía, abandonan la fe y toda vida espiritual, porque no reciben de Dios lo que, con gran intensidad y constancia, han pedido por largo tiempo. Creen que, porque Dios no los oye, no existe. Pero Dios sabe mucho mejor que sus hijos qué darles y cuándo dárselo. Lo cual se entiende con sólo remitirse al caso de esos niños que, en los supermercados, berrean escandalosamente pidiendo a su padre que les compre esta cosa o la otra: el padre sabe mucho mejor qué es lo que les conviene tener y qué no, y no les compra lo que piden, por mucho que chillen.

Oigamos esto mismo expresado, en mucho mejores términos, por San Agustín:

“'Si algo pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará'. En partes anteriores de este discurso del Señor ya hemos dicho, a causa de ésos que en el nombre de Cristo piden al Padre algunas cosas, pero no las reciben, que cualquier cosa que se pide contra los intereses de la salvación no se pide en el nombre del Salvador. Por cierto, cuando dice 'En mi nombre', ha de comprenderse que habla de esto: no del sonido de las letras y sílabas, sino de lo que significa el sonido mismo y de lo que mediante ese sonido se entiende recta y verdaderamente. Por ende, quien acerca de Cristo opina lo que no ha de opinarse acerca del único Hijo de Dios, no pide en su nombre, aunque con las letras y las sílabas se mencione a Cristo, porque pide en el nombre de ése que se imagina ser Cristo. Quien, en cambio, opina lo que acerca de Cristo ha de opinarse, ese mismo pide en Su nombre y, si no pide contra su salvación sempiterna, recibe lo que pide. Ahora bien, recibe cuando debe recibir, pues ciertas cosas no se niegan, sino que se difieren para ser dadas en tiempo conveniente”.

Hay muchos que piden no por sí mismos y sus necesidades sino que piden por otros: los hijos, los amigos, los pobres. Y no lo consiguen. Veamos qué dice San Agustín:

“Lo que asevera, 'os dará', ha de entenderse absolutamente de forma que se sepa que estas palabras aluden a los beneficios que atañen propiamente a quienes piden. En efecto, todos los santos son escuchados en favor de sí mismos; en cambio, no son escuchados en favor de todos, amigos o enemigos suyos o cualesquiera otros, porque no está dicho 'dará' en cualquier caso, sino: 'os dará'”. 

Puede ser el caso que muchos por quienes pedimos no reciben de Dios porque Él no fuerza sus dones sobre quienes no quieren recibirlos o no son dignos de recibirlos. No obstante lo cual, debemos pedir por que sus disposiciones interiores cambien y se salven finalmente: la misericordia de Dios sabrá qué fibras tocar, sin forzar la libertad de esas personas, para que se dispongan a recibir de Dios, para hacerse dignos de ello.

Y prosigue San Agustín en su comentario:

“Hasta ahora -afirma Jesús- no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea pleno. Este gozo al que llama “pleno” es en realidad un gozo no carnal, sino espiritual y, cuando éste sea tan grande que nada haya que añadirle, entonces será pleno. Cualquier cosa, pues, que se pide con vistas a conseguir este gozo, ha de pedirse en el nombre de Cristo, si entendemos correctamente la divina gracia, si verdaderamente demandamos la vida feliz. En cambio, cualquier otra cosa que se pida, es como no pedir nada, no porque lo que se pide no sea absolutamente ninguna realidad, sino porque cualquier otra cosa que se ansía es nada en comparación con tan gran realidad”. 

¿Pedimos salud, o dinero, o buena suerte? Puede que Dios, que ve mucho más que nosotros, sepa nada de eso sirva a nuestra salvación. Y, como el padre en el supermercado, no nos lo da.

Añade finalmente San Agustín:

“Y lo que sigue: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre, puede entenderse de dos modos: o que no habéis pedido en mi Nombre porque no conocisteis mi Nombre como debía conocerse, o que no habéis pedido nada porque lo que habéis pedido ha de tenerse por nada en comparación con esa realidad que debisteis pedir. Por tanto, exhorta Jesús a que en su Nombre pidan no nada, sino el gozo pleno —porque si piden alguna otra cosa, es lo mismo que no pedir nada—, y así dice: 'Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea pleno', esto es, en mi Nombre pedid y recibiréis esto: que vuestro gozo sea pleno. En efecto, la misericordia divina nunca defraudará a sus santos si perseveran en pedir ese bien”.

El Greco, Santo Domingo en oración, circa 1600-1610, colección privada
(Imagen: Wikicommons)

jueves, 6 de mayo de 2021

Domingo IV después de Pascua


Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 16, 5-14):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Me voy a Aquel que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Mas porque os he dicho estas cosas, vuestro corazón se ha llenado de tristeza. Pero Yo os digo la verdad: Os conviene que Yo me vaya, porque si Yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando Él venga, convencerá al mundo en orden al pecado, en orden a la justicia y en orden al juicio. En orden al pecado por cuanto no han creído en Mí; respecto a la justicia, porque Yo me voy al Padre, y ya no me veréis; y tocante al juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aun tengo otras muchas cosas que deciros, mas por ahora no podéis comprenderlas. Mas al venir el Espíritu de verdad, Él os enseñará todas las verdades; pues no hablará de suyo, sino que dirá las cosas que habrá oído, y os anunciará las venideras. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará”.

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El Evangelio de hoy es difícil de comprender. Veamos lo que, en El Año Litúrgico nos dice Dom Prosper Guéranger (1805-1875), quien a su vez recurre, para su explicación, a la autoridad de San Agustín en el comentario que este Doctor hizo de este mismo texto:

“Jesús, que pronunciaba estas palabras la víspera de la Pasión, no se limita a mostrarnos la venida del Espíritu Santo como la consolación de sus fieles; al mismo tiempo nos la presenta como temible para aquéllos que desconocen a su Salvador. Las palabras de Jesús son tan misteriosas como terribles; tomemos la explicación de San Agustín, el Doctor de los doctores. 'Cuando viniere el Espíritu Santo—dice el Salvador— convencerá, al mundo en lo que se refiere al pecado' [en otros términos, presentará querella contra el mundo, sentado en el banquillo de los reos, por este primer concepto]. ¿Por qué? 'Porque los hombres no han creído en Jesús' [o sea, al reo en el banquillo se le imputa el gran pecado, que es el pecado de incredulidad]. ¡Cuánta no será, en efecto, la responsabilidad de aquéllos que habiendo sido testigos de las maravillas obradas por el Redentor no dieron fe a su palabra! Jerusalén oirá decir que el Espíritu Santo ha descendido sobre los discípulos de Jesús, y permanecerá tan indiferente como estuvo a los prodigios que lo mostraban como su Mesías. La venida del Espíritu Santo será como el preludio de la ruina de esta ciudad deicida.

“Jesús añade que 'el Consolador convencerá al mundo con respecto a la justicia, porque—dice—yo voy al Padre y vosotros no me veréis más' [es decir, al irse y ser glorificado en el cielo, sus apóstoles alcanzarán la justicia, la santidad, con lo cual su vida será un reproche constante para el mundo pecador: he aquí la segunda querella, la querella contra el mundo por su injusticia, por su recalcitrante falta de santidad]. Los Apóstoles y aquéllos que creyeron en su palabra serán santos y justos por la fe. Ellos creyeron en aquél que había ido al Padre, en aquél que no vieron ya en este mundo. Jerusalén, al contrario, no guardará recuerdo de Él sino para blasfemarle; la justicia, la santidad, la fe de aquéllos que creyeron será su condenación y el Espíritu Santo les abandonará a su suerte.

“Jesús dice también: 'El Consolador convencerá al mundo en lo que se refiere al juicio" [es decir, la tercera querella contra el mundo, el reo en el banquillo, consistirá en que, a pesar de sus pretendidas virtudes, tiene como rector a Satanás, que ya ha sido sometido a juicio y condenado]. Y ¿por qué?: 'porque el príncipe de este mundo ya está juzgado'. Aquellos que no siguen a Jesucristo tienen sin embargo un Jefe al que sí siguen. Este Jefe es Satanás. Y el juicio de Satanás está ya pronunciado. El Espíritu Santo advierte, pues, a los discípulos del mundo que su príncipe está para siempre sepultado en la reprobación. Que ellos reflexionen; porque, añade San Agustín, 'el orgullo del hombre se engañaría al esperar en el perdón; que medite con frecuencia los castigos que sufren los ángeles soberbios'".

Las dificultades de comprensión de este texto son, como puede verse, tan grandes como su importancia: el mundo es un reo que está en el banquillo de los acusados, y el acusador no es nadie menos que el Espíritu Santo. ¿Abrirse al mundo la Iglesia? ¿Abrir la Iglesia sus puertas y ventanas para que el soplo infecto del mundo la llene de su humo y confusión? ¿Bajar el castillo su puente levadizo para que lo invadan las huestes del mal? ¿Bajarlo para salir por él al mundo sin reparo ni precaución alguna? ¿Una Iglesia “en salida” que se arroja a los brazos del reo cuyo Jefe es Satanás, que ya ha sido condenado en el juicio?

¡Qué terrible deslizamiento se ha producido, durante los últimos 50 o 60 años, desde la idea de “mundo” como “creación de Dios, creación que ha salido buena de las manos divinas” hasta la idea de “mundo como el ejército de un Jefe, Satanás, que ya está condenado”! Ciertamente los discípulos fueron enviados al mundo a predicar el Evangelio a todos sus habitantes; pero se les advirtió que debían precaverse contra los demonios y serpientes y bebidas ponzoñosas que ahí encontrarán (Mc 16, 17-18).

Pieter Boel, Large Vanitas (Still-Life), 1663, Palais des Beaux-Arts, Lille (Francia)
(Imagen: Wikicommons)

domingo, 2 de mayo de 2021

Capítulo "Ángeles Custodios: una manera de participar a distancia en la peregrinación anual a Chartes

Como es sabido, cada año se organiza una peregrinación tradicional entre París y Chartres con ocasión de la fiesta de Pentecostés, la cual congrega entre 10.000 y 12.000 peregrinos venidos de distintos países. Debido a las restricciones derivadas de la pandemia, este año la peregrinación se realizará mediante grupos locales; sólo la Île-de-France se dirigirá a Chartres, donde tendrá lugar la Misa solemne de clausura. La participación presencial exige además que los grupos vengan organizados por Nuestra Señora de la Cristiandad, para asegurar el cumplimiento de las medidas sanitarias. 

Las particularidades de la peregrinación de este año suponen también algunas ventajas para los que no podemos participar físicamente de este encuentro de la Tradición. La manera de hacerlo es inscribirse en el capítulo "Ángeles de la Guarda" ("Anges gardiens"), nombre con el que designa a todas aquellas personas que no pueden asistir físicamente durante los tres días de Pentecostés, pero que quieren estar presentes espiritualmente, y no por eso menos verdaderamente, en la peregrinación de Chartres.

Originalmente bajo el patrocinio de Santa Marta y San Simeón, este capítulo está inspirado en la idea de los peregrinos no caminantes, que fue desarrollada e impulsada por Christian y Catherine Chauvière, quienes desde 2020 han organizado ese hermoso capítulo que ahora recibe un nuevo impulso para dar un resplandor más amplio a la obra de Nuestra Señora de la Cristiandad. La figura busca unir a la peregrinación a todas aquellas personas que por distintas razones no podían participar físicamente de los tres días (por ejemplo, por enfermedad, edad, trabajo, distancia, etcétera). 

Se han comenzando ya a organizar grupos alrededor del mundo para acompañar a la distancia esta peregrinación. Cada grupo se compromete a rezar la oración de la peregrinación y el santo rosario, además de dedicar un tiempo para la meditación, durante los días en que ella se desarrolla (22, 23 y 24 de mayo). De ser posible, se aconseja organizar obras de caridad y penitencia, visita a algún santuario y confesiones que faciliten la unión espiritual de los fieles. Dichos grupos serán reconocidos por Nuestra Señora de la Cristiandad como parte de la peregrinación 2021.

Se trata de una ocasión muy especial para reforzar los lazos de la Tradición dentro de la Iglesia a través del mundo, haciendo realidad la comunión de los santos. Para inscribirse, hay que proponer el plan de actividades para los días de la peregrinación. Los grupos pueden ser individuales o nacionales. 

Más información e inscripciones en este enlace (la página está disponible en francés e inglés). También pueden escribirnos al correo de nuestra Asociación (magnificatunavocechile@gmail.com) para efectuar las coordinaciones que sean necesarias a través de la Federación Internacional Una Voce