jueves, 28 de enero de 2021

Tercer Domingo después de Epifanía

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 8, 1-13):

“En aquel tiempo, habiendo bajado Jesús del monte, siguióle mucho gentío; y viniendo a él un leproso, le adoraba, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo Jesús la mano le tocó, diciendo: Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra. Y le dijo Jesús: Mira que a nadie lo cuentes; pero ve, muéstrate al sacerdote y ofrece la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva a ellos de testimonio. Y habiendo entrado en Cafarnaúm, llegóse a El un centurión, y le rogó diciendo: Señor, tengo un criado postrado en casa, paralítico, y sufre mucho. A lo que respondió Jesús: Yo iré y le curaré. Y replicó el centurión: Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo; mas di una sola palabra, y será curado mi siervo. Pues yo soy un hombre que, aunque bajo la potestad de otro, como tengo soldados a mi mando, digo al uno: Vete y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oírle Jesús, quedó admirado, y dijo a los que le seguían: En verdad os digo, no he hallado tanta fe en Israel. Pues también os digo: muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; pero los hijos destinados a este reino serán arrojados a las tinieblas del exterior, donde habrá llanto y rechinar de dientes. Y dijo al centurión: Vete, y te suceda como has creído. Y sanó el siervo en aquella hora”.

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Los dos episodios que nos narra el trozo del Evangelio que se lee hoy constituyen una magnífica lección de cómo orar.

Hay muchos no cristianos, y aun muchos cristianos, que dicen: ¿para qué orar? ¿Acaso no conoce ya Dios nuestras necesidades? Y ¿acaso no es bueno en sumo grado como para satisfacerlas? ¿Qué añade nuestra oración a ese conocimiento y a esa bondad?

Es cierto que Dios conoce todas nuestras necesidades y cuitas. Y también es cierto que Él puede satisfacerlas y remediarlas todas. Pero lo que añade la oración es el acto de humildad y el acto de fe del hombre que suplica.

Así lo vemos en el caso del leproso: expone ese pobre hombre al Señor el destino aciago que le ha tocado, y se postra a sus pies, esperando. No clama ni reclama, no exige, no apremia. Da por supuesta su propia impotencia y la omnipotencia divina y dice, simplemente: “si quieres, puedes”.

A veces en la vida corriente nos toca oír, a algún mendigo, una declaración de su propio desvalimiento, de su absoluta necesidad de todo: “una monedita, o -y aquí esta esa declaración de total desvalimiento- cualquier otra cosita…”. El mendigo no exige esto o lo otro; pide lo que queramos -o podamos- darle. Es la revelación de su total pobreza y carencia. Es el reconocimiento de su realidad.

Así también el leproso: muestra su necesidad con la humildad de quien sabe que no puede más que esperar; no pide con voluntariosa actitud. Sólo se muestra tal como es. Y recordamos a Santa Teresa de Ávila, que define la humildad como “andar en verdad”, es decir, en reconocernos tal como somos.

San Agustín, al tratar de la oración, nos dice que, a menudo, Dios no oye nuestras oraciones o porque pedimos cosas que no nos convienen o, las que nos convienen, las pedimos mal. La actitud de total rendición del leproso es una lección maravillosa: sabe que, si el Señor lo quiere, puede sanarlo; pero le deja a Él la decisión de si le conviene o no ser curado de la lepra. Y esta petición tácita es un acto expreso de humildad.

En la historia del centurión, el Evangelio nos enseña que lo que mueve a Dios, lo que, si se pudiera decir así, vence a Dios, es la fe del hombre. También el centurión es humilde, es decir, conoce su propia realidad, tal como es: él es hombre que, aunque está sometido a jefes superiores, tiene también inferiores a quienes da órdenes, que son obedecidas. Y, elevándose sobre este hecho de su realidad vivida, le dice al Señor: si yo, que estoy sometido a otros, puedo hacer que se me obedezca, Tú, que no tienes superior, con mucha mayor razón puedes también hacerlo.

Es la fe en el poder divino lo que admira a Jesús -el Evangelista nos presenta al Hijo del hombre como un hombre cabal, capaz de asombrarse, de conmoverse, de sentirse impactado- es la fe del centurión. Por supuesto hay que destacar también su humildad, que la Iglesia ha inmortalizado para siempre en esa plegaria de la liturgia de la Misa que recitamos justo antes de la Comunión: “yo no soy digno”. Pero el Señor, aun reconociendo esa humildad, no puede sino alabar de un modo extraordinario la fe de ese hombre.

Y la omnipotencia del Señor es aquí “vencida”, como en tantas otras ocasiones del Evangelio podemos constatar, por la fe: “hágase como quieras”. Pero más que eso: que se te haga a la medida de tu fe; no se te haría lo que pides si no fuera por tu fe; la medida de tu fe es la medida de lo que conseguirás de Mí.

La oración colecta de este domingo resume más estupendamente que en muchas otras ocasiones, lo esencial de la enseñanza del Evangelio del día, la conciencia de nuestra invalidez y la confianza en lo que Dios quiera para nuestro bien: “Omnipotente y sempiterno Dios, mira propicio nuestra flaqueza; y extiende, para protegernos, la diestra de tu Majestad”. No se pide ni este bien concreto ni el otro: le mostramos nuestra flaqueza -nuestra lepra- pedimos lo que Él quiera darnos. “Señor, si quieres”.  

Paolo Veronés, Jesús y el centurión, 1571, Museo del Prado (España)
(Imagen: Museo del Prado)

sábado, 23 de enero de 2021

La importancia de la retaguardia

Les ofrecemos hoy un interesante ensayo de Augusto Merino Medina, conocido de nuestros lectores, sobre la importancia de la simiente cultural que permite que el catolicismo se asiente. A partir de una carta enviada a un conocido periódico chileno hace algún tiempo por parte de un grupo de estudiantes de la Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde se niega la posibilidad de un Dios castigador, el autor insiste en la enseñanza tradicional respecto de la infinita justicia y misericordia de Dios e indaga en las causas de estas afirmaciones. A su juicio, el problema de fondo es cultural, de suerte que la restauración de la cultura cristiana requiere, previo a la evangelización, un nuevo movimiento que recupere el humanismo. Algo muy similar decía Nicolás Gómez Dávila, cuando en uno de sus escolios señalaba: "Mientras el clero no haya terminado de apostatar, va a ser difícil convertirse". La reforma de la reforma está agotada, y sólo es posible volver a la Tradición perenne si se comienza de nuevo. 

Augusto Merino Merina

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La importancia de la retaguardia

Augusto Merino Medina

Una de las maniobras más astutas y más exitosas del demonio en el mundo moderno ha sido la de privar a los cristianos de la noción de que la vida sobre la tierra es una de continuas guerras. Del mismo modo se ha borrado conscientemente de la mente cristiana la idea de que Dios es Amor que castiga: de hecho, los castigos de Dios son todos amorosos y remediales, son correctivos para que el pecador se corrija, se arrepienta y se salve de acuerdo con la voluntad divina (contrariada en esto como en todo, con excepción del castigo eterno, que es consecuencia de no querer el pecador salvarse cuando Dios quiere que lo haga). Hace algún tiempo, en un diario de Santiago, un par de “estudiantes de teología” de la Pontificia Universidad Católica de Chile (cuán elocuente es este dato) escribió al Director de la publicación una carta inefable en que, aludiendo a ciertos comentarios sobre el carácter de “castigo de Dios” que tenía la epidemia de coronavirus, afirmaron que la idea de que Dios castiga no sólo es falsa, sino que ni siquiera es cristiana. Bella forma de echarse al bolsillo la mitad de las Sagradas Escrituras y, en especial, los Evangelios, exhibiendo con ello al mundo el estilo de su aprendizaje en dicha Pontificia Universidad.

Todo esto, y mucho más, apunta a hacer del cristianismo una hermosa filosofía social de la solidaridad y la fraternidad humanas, para no mencionar la igualdad y la libertad, que se silencian a fin de no hacer demasiado evidente las fuentes desde donde mana esta estupenda concepción de una religión perfecta y prolijamente emasculada. Y así, apenas finalizada una de las etapas de mayor brutalidad colectiva en Chile, en que la población, especialmente la juvenil, se abandonó a la mayor borrachera destructiva de que haya memoria en este país, sale ese par de teólogos a vocear la idea demoníaca de que en el cristianismo no hay castigos y, evidentemente, tampoco guerras ni vencedores ni vencidos ni estrategias ni tácticas ni nada que tenga ni de lejos un aroma o un parecido con nada castrense ni marcial ni bélico.

Sin embargo, quienes tienen la fortuna de rezar todas las noches la hora canónica de Completas, repiten, todos los días del año, desde hace quince o más siglos, ese pasaje severo de la primera epístola de san Pedro, incomparable en concisión, fuerza y realismo: “sed sobrios y velad, porque vuestro enemigo el diablo ronda rugiendo como león y buscando a quien devorar: resistidle firmes en la fe” (1 Pe 5, 8-9). Sí, la vida del hombre sobre la tierra es una perenne guerra, sin cuartel, sin “treguas de Dios”, como era el caso en la caballerosa y mal llamada “edad media” de la historia europea. Y eso se ha entendido así desde Cristo mismo, desde sus apóstoles y sus descendientes, desde siempre.

Quema de la Iglesia de San Francisco de Borja de Santiago durante manifestaciones 
(Foto: La Tercera)

El enemigo de Cristo, de Dios, de la Iglesia y de nuestras almas, que desde la Resurrección vive sofocado por un mortal reconcomio, ha redoblado sus esfuerzos por derrotarnos (su lengua es de mantequilla, pero su garganta es un abismo, como dice el salmo): hace no menos de 300 años que se dedica, con su malvada paciencia y astucia, a desplegar la táctica más evidente que se ofrece a quien desea derrotar a un ejército: aislarlo de todos los ejércitos vecinos y, en especial, de la retaguardia. C. S. Lewis, en un ensayo notable, “Las categorías del pensamiento moderno”, destaca cómo esta táctica es típica de la modernidad: a fin de destruir la cristiandad, hay que aislarla de todo aquello que le pueda servir de apoyo o de base, entendiendo aquí por tal a ese riquísimo mundo antiguo con el que se encontró la naciente Iglesia, a la cual ofreció resistencia, en cierta medida; pero que le proporcionó, por otra parte, todo el material conceptual para expresar teológicamente su fe (véase a santo Tomás de Aquino, por ejemplo) e innumerables recursos de belleza y espiritualidad para enriquecer su cultura y ennoblecer su liturgia.

En otras palabras, y prescindiendo por un momento de la metáfora: para destruir el cristianismo, comience por aislárselo de esa antigüedad greco-romana que le proporcionó tan magnífico pedestal sobre el cual erigirse y, a continuación, demuélase todo lo que el cristianismo tomó de ella para construir su propio edificio (cosa que hizo luego de examinarlo todo y quedarse sólo con lo bueno, según el consejo del apóstol). Idea que se puede expresar también de otro modo: destrúyase la Tradición que nos une con la antigüedad en todos sus aspectos, tanto humanos (la tradición greco-latina) como sagrados (restrínjase la Revelación Divina solamente a la Escritura).

Entre los grandes rasgos de la modernidad “ilustrada” o “Ilustración” (como con soberbia adolescente gustaba de llamarse a sí misma esa medio muerta), está, pues, el de arremeter contra la Tradición para ensalzar solamente la razón humana, transformada en cerebral y quebradiza criba por la que ha de pasar todo lo humano. Ridiculizar la Tradición y racionalizarlo todo se transformó en la entretención favorita de los “philosophes”, en una actitud que terminó por transformar, como se quería, no sólo el escenario religioso de Europa sino, al cabo de un par de siglos, también su horizonte cultural, cosa que también se quería. Y de esto, el indicio individual más caracterizado e importante fue la abolición del latín de la enseñanza y de la filosofía y las ciencias, a las cuales había servido como lengua propia desde hacía más de mil años. ¡A sólo cincuenta años de Newton, que escribió sus Principia Mathematica (1687)ven latín, la ciencia descendió hasta el vernáculo! Y Descartes, gran “amateur”, que no entendió jamás la teoría hilemórfica de Aristóteles, se dedicó a sus pasatiempos filosóficos en francés, cosa que le resultaba mucho más fácil y estaba a su corto alcance.

José Gallegos y Arnosa (1857-1917), En Misa
(Imagen: Tradical)

En muchos países de América del Sur, la masonería triunfante, que se posesionó de la educación pública (en Chile lo hizo apenas don Andrés Bello dejó la Universidad de Chile, en el último tercio del siglo XIX), arremetió contra el latín por un prurito anticatólico (el latín era la lengua de la Iglesia), aunque también movida por la vulgaridad cortoplacista de querer enseñar “lenguas útiles”, como las modernas en que se hacía el comercio, sin darse cuenta (o, peor, dándose cuenta) de que con esto se desmoronaba la estructura espiritual de Occidente, dejando el campo aplanado y listo para edificar sobre él el caedizo edificio de la “modernidad”, que hoy se está viniendo abajo por su propio peso (el fin de la modernidad hace concordar a la izquierda y a la derecha intelectuales). ¡Todavía hacia fines de ese siglo algunos privilegiados miembros de la élite (los últimos) seguían entre nosotros aprendiendo las letras latinas y ejercitándose en la traducción de los clásicos, como Cicerón, Tito Livio, Séneca, Virgilio! Que fue el odio al catolicismo lo que promovió la erradicación de la enseñanza de las lenguas clásicas en la América católica parece demostrarlo el hecho de que éstas nunca han desaparecido de la educación (al menos la más cuidada) en países, como Inglaterra, donde la religión anglicana es la predominante (por ahora): en esas partes, el latín no se asociaba con la religión católica, por lo cual no fue víctima de la furia sectaria ni de masones ni de “philosophes”. Y es en países donde el catolicismo no tiene la relevancia que en América del Sur, como los Estados Unidos de Norteamérica, donde el latín y su enseñanza están renaciendo hoy con inusitado vigor: en la Universidad de Harvard, por ejemplo, se enseña y practica esta lengua con asiduidad.

Sin latín y sin griego, el ejército de Occidente ha quedado separado, aislado, de su retaguardia, desde donde recibía la alimentación cultural y espiritual que lo configuró (algunos dicen, como se sabe, “se es lo que se come”). Toda la inmensa sabiduría humana y la experiencia de mil años de cultura greco-latina son hoy, para nosotros, un mundo ajeno, desconocido, cuya existencia apenas sospechamos. Todo el caudal de la poesía latina (algún moderno por casualidad descubre a veces el genio de Catulo o de Marcial, como se ha dicho de Nicanor Parra y otros), toda la ingente masa de la literatura, todo el teatro, todo ello no es nada para nosotros, que nos vemos obligados a beber en las sucias charcas de la estética contemporánea, cultora del feísmo, de la desmesura, de la ridiculez, so capa de “libertad artística”, de “respeto al derecho a expresarse”, de “autonomía del sujeto” y otra inepcias de cuyo verdadero significado ni siquiera se sospecha y que la aíslan, del modo más escandalosamente elitista, del contacto y del diálogo con la polis (que fue uno de los más gloriosos rasgos de las artes antiguas).

El feroz golpe en la nuca que le ha dado a la Iglesia el modernismo, redivivo después incluso de San Pío X, ha causado la ceguera y la necedad de que padecen sus ministros desde hace no menos de cincuenta años, y quizá más. Por eso nadie en las curias episcopales se percató de la gravedad de la supresión del latín como lengua sagrada de la liturgia, de la cual era el contenedor que, una vez roto, permitió el derrame de los contenidos. Ni tampoco estos “guardianes”, privados de ladrido, se percataron de lo absurdo de la supresión del latín en la comunicación dentro de la Iglesia, precisamente cuando, como nunca antes en la historia, era tan necesario un lenguaje universal para un mundo globalizado, una lingua franca, para que se entendieran los jerarcas entre sí y con el pueblo. Hoy, para algunos (y muy altamente ubicados), ni siquiera el inglés sirve con ese fin, porque no lo conocen ni conocen ninguna otra lengua salvo su lunfardo nativo.

C. S. Lewis

Lo que hemos dicho aquí ha sido motivado, en primer lugar, por la ruina litúrgica a que la supresión del latín, aparte de otras causas, precipitó a la Iglesia. Pero, en seguida, por esa “abolición del hombre” a que aludía también C. S. Lewis, cuyo origen puede rastrearse tan fácilmente a la falta de conexión con la retaguardia greco-latina: la vanguardia, privada de alimento y enceguecida, se precipita en abismos inadvertidos por los “planificadores” de la sociedad moderna, y termina boqueando por obra de una absurda partícula que la priva de oxígeno, aunque, en verdad, ya era cadáver desde hace al menos cincuenta años. Recurriendo por ultima vez en esta oportunidad a Lewis, habrá que reflexionar en que, si se trata de volver a enrielar la civilización de Occidente, que hoy tiene ribetes planetarios, habrá que evangelizarla de nuevo a partir, prácticamente, de cero. Pero para poder hacerlo, es imprescindible, una condición sine qua non, que los “pastores” con su “pastoral” ignorante, cargada de prejuicios e intelectualmente anémica, son incapaces de concebir: una nueva evangelización requiere una nueva y previa humanización, es decir, partir de cero, para instilar humanidad en esas masas incivilizadas, bárbaras, que forman la mayor parte de las actuales multitudes, habitantes de un super-establo-super-mercado-super-abastecido. 

La primera evangelización, la de los Padres de la Iglesia, se enfrentó a una inocencia pagana en que las virtudes humanas espontáneas podían florecer gracias al cultivo de los clásicos y de su rico legado. Y gracias a esa inocencia, a ese candor, pudieron aquellos hombres ver la luz de la fe, que se revela a quienes tienen la limpia mirada de los niños. Hoy nos enfrentamos a ex-cristianos, que perdieron su inocencia corrompidos por la “modernidad” y que son tan diferentes de aquellos primeros paganos como lo es una virgen de una divorciada -dice Lewis-. Hay, por tanto, que volver a implantarlos en aquel nutricio humus de las letras antiguas, de la estética clásica greco-latina. Así como dicen, con deleite, los actuales “sacerdotes” convertidos en trabajadores sociales, no se puede predicar a un estómago vacío (y lo dicen porque ello justifica su desviación profesional), así tampoco se puede predicar a una mente vaciada de las nociones humanas más primarias, como el sentido de lo bello, de lo justo, de lo bueno, de lo piadoso, de lo heroico, que se contienen en forma sobreabundante en el alimento clásico. Es una propedéutica de la fe (y de la liturgia y de todo lo que sigue) que resulta urgente comenzar a poner por obra.  

lunes, 18 de enero de 2021

Segundo Domingo después de Epifanía

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 2, 1-11):

“En aquel tiempo, celebráronse una bodas en Caná de Galilea, y estaba la madre de Jesús allí. Fue también convidado Jesús con sus discípulos a las bodas. Y llegando a faltar el vino, la madre de Jesús le dice: ¡No tienen vino! Respondióle Jesús: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Aún no ha llegado mi hora. Dijo su madre a los que servían: Haced cuanto Él os dijere. Había allí seis cántaros de piedra destinados a las purificaciones judaicas, cabiendo en cada uno dos o tres metretas. Y Jesús les dijo: Llenad de agua los cántaros. Y los llenaron hasta el borde. Y Jesús les dijo: Sacad ahora, y llevad al maestresala. Y así lo hicieron. Y luego que gustó el maestresala el agua hecha vino, como no sabía de dónde era (aunque los sirvientes lo sabían, porque habían sacado el agua), llamó al esposo y le dijo: Todos suelen servir al principio buen vino, y después que los convidados están alegres, entonces sacan el más flojo; mas tú reservaste el buen vino para lo último. Este fue el primer milagro que hizo Jesús en Caná de Galilea; y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos”.

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En la fiesta de Navidad aparece sobre la tierra la Gloria de Dios encarnada en un pequeño niño. En la de Epifanía, la Gloria de Dios es proclamada a toda la humanidad, no en la forma de un hombre de veinticinco años, en la plenitud de su  fuerza y esplendor, sino en la de un niño de poca edad, en una pobre casa, protegido por su madre y su padre. En la fiesta de la Sagrada Familia hemos visto cómo Jesús permanece en el seno de ella treinta años, diez veces más que el tiempo que emplea en darse a conocer como el Mesías de Israel y a dar a conocer al mundo que ha llegado la Salvación. Y en este domingo segundo después de Epifanía se nos dice que el primero de los milagros que realizó en la tierra el Hijo de Dios, manifestando a sus discípulos su Gloria, por petición de su madre, en una fiesta de matrimonio, que es el pilar y el punto de partida de la familia.

De este modo, la Iglesia inequívocamente nos dice mediante su liturgia -que es el modo óptimo que tiene de comunicarnos la Revelación divina- que es la unión fecunda del hombre y de la mujer el lugar donde comienza el plan de restauración del orden querido por Dios para esa Creación suya.

La contemplación de la obra salvífica de Dios produce un pasmo maravillado por el arte con que el Creador va superando, con una admirable simetría que llega a superar la belleza primigenia, el desorden que introdujo el Enemigo (“Oh Dios, que maravillosamente formaste la dignidad de la naturaleza humana, y más maravillosamente la restauraste”, Ofertorio de la Misa). Porque, paso a paso, sacando bien del mal, Dios Omnipotente va venciendo, en su propio juego, al Autor del desorden, y crea así un orden todavía mejor (“Oh, felix culpa!”): y así, puesto que en un árbol comenzó el pecado, por un árbol redime Dios al pecador; y puesto que fue dañado el ayuntamiento de Adán y Eva que nos transmitió la herencia del pecado, fue sagrado el matrimonio de María y José, para que cada detalle de la obra de la amorosa redención fuera el reverso de la obra odiosa de la corrupción, de modo que “multiformis proditoris/ ars ut artem falleret/, et medelan ferret inde/ hostis unde laeserat” (“que el arte del traidor fuera vencido por el arte, y que por donde surgió la herida, por ahí mismo llegara el remedio”), como se canta en himno Pange Lingua el Jueves Santo.

Es por la restauración del acto conyugal, y de la familia que de él deriva, por donde comienza, para quien quiera salvarse, la restauración del orden de la vida humana, que es el orden cósmico transpuesto a la escala racional, propia del hombre. Y puesto que el amor conyugal de dos no es perfecto sino cuando es fecundo y surge el tercero, el hijo, sólo con éste se tiene, en el mundo material, la representación, sin duda imperfecta pero real, de la vida Trinitaria: por eso el matrimonio es un “sacramento grande”, como dice San Pablo (Ef 5, 32); pero lo es porque, en el limitado mundo creatural que es el del hombre, es una imagen de esa Trinidad. 

Y  como la Providencia todavía ha dado un tiempo al Enemigo para que ponga a prueba a los elegidos, no es de extrañar que el ataque final de éste apunte precisamente a esa unión conyugal y esa familia que son el “sacramento grande” de Dios en medio de la humanidad, el que nos muestra que Dios es, efectivamente, amor; el que nos revela que, por sobre el amor/eros, está el amor/ágape (C. S. Lewis, Los cuatro amores). No es el sexto mandamiento el primero de todos; pero el Enemigo hace tropezar en él a la mayor parte, quizá, de quienes van al Infierno, porque ensuciada y esterilizada y abortada la fecundidad del amor humano, se desfigura la imagen más palpable sobre la tierra del amor Trinitario, el amor que nos salva, y se pervierte en el hombre la participación que Dios le ha concedido en la obra creadora de vida.

Naturalmente, las revelaciones de Fátima son privadas y no compelen a la fe; pero sin duda tienen, entre muchos otros decisivos factores a su favor, el hacernos comprender el porqué del ataque inmisericorde a la santidad del sexo, de la unión conyugal y de la familia que hoy vemos, y por qué este desorden está a la cabeza y al interior de todos los demás desórdenes.

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Paolo Veronese, Las bodas de Caná, 1563, Museo del Louvre (Francia)
(Imagen: Wikipedia)

jueves, 14 de enero de 2021

Los ministerios femeninos y el espíritu de ruptura

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski sobre el motu proprio Spiritus Domini, dado el 11 de enero de 2021, por el cual el papa Francisco modifica el Código de Derecho Canónico para permitir que personas de sexo femenino puedan acceder a los ministerios laicales de lector y acólito, hasta ahora sólo reservados a varones (véase la entrada que dedicamos al reemplazo de las órdenes menores por los ministerios laicales). Cumple recordar que durante el pontificado de Juan Pablo II se había permitido, a través de distintos documentos, que las niñas pudieran desempeñarse en el servicio del altar como monaguillos, como quedó recogido finalmente en la Instrucción Redemptionis Sacramentum (núm. 47 y nota 122). La modificación incide entonces sólo sobre los ministerios instituidos, pues en la práctica ya existía la costumbre de que las lecturas de la Misa o el servicio del altar fuera cumplido por mujeres.  En su día habíamos publicado una entrada respecto de la función de lector desempeñada por mujeres.  Para el autor, este cambio demuestra que sólo hay un camino para volver al auténtico culto católico: la restauración cabal de la liturgia tradicional. 

El artículo fue publicado en Life Site News y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan la versión original, salvo la última. 

Correspondencia Romana ha publicado asimismo un interesante artículo sobre Spiritus Domini de autoría de Fabio Adernò, conocido por ser uno de los abogados más jóvenes del Tribunal Apostólico de la Rota Romana, cuya lectura recomendamos. 

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La inclusión que el papa Francisco ha hecho de los “ministerios femeninos” es continuación de su esquema de rupturas

Peter Kwasniewski 

Peter Kwasniewski 

No estoy entre aquéllos que dicen que, en el instante mismo en que Jorge Mario Bergoglio apareció en el balcón de San Pedro, se dieron cuenta de que nos esperaban tiempos terribles. Sin embargo, durante el primer año ya aparecieron pruebas de que los cardenales habían elegido a un modernista, a un propulsor de rupturas, de la teología de la liberación y del socialismo. Y a medida que avanzaron los años, se hizo cada vez más obvio que su pontificado iba a hacer propias las peores tendencias de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, sin apropiarse ninguna de las cualidades redentoras que éstos exhibieron.

La decisión del papa Francisco, con su motu proprio Spiritus Domini, de modificar el Derecho canónico, es para que los “ministerios” de lector y de acólito, abiertos ahora a las mujeres, calcen cómodamente en este esquema más amplio de ruptura con la Tradición católica. Mientras que anteriormente se permitía a las mujeres leer las lecturas y ayudar en el altar, el Derecho canónico permitía que sólo los varones (viri) fueran “instituidos”, de un modo permanente y estable, como lectores y acólitos. Se podría decir que se trata ahora de otro clavo que se pone a la tapa del ataúd del Novus Ordo, alejándolo todavía más del patrimonio cultual del rito latino.

Por más de 1700 años, la Iglesia de Roma reconoció la existencia de cuatro “órdenes menores” (portero, exorcista, acólito y lector) y de tres “órdenes mayores” (subdiácono, diácono y sacerdote). Todas estas funciones, o son propiamente litúrgicas, o tienen implicancias litúrgicas y estuvieron, por ello, reservadas a los varones. Pablo VI intentó abolir las órdenes menores y reemplazarlas por lo que denominó “ministerios” de acólito y de lector, pero, para mantener una apariencia de continuidad, los reservó también a los varones. En el fondo, el mismo tipo de desobediencia que condujo a la comunión en la mano condujo también a la rutina de usar mujeres y niñas como acólitos y lectores (por ejemplo, acólitos y lectores no oficialmente instituidos); Juan Pablo II, en uno de los peores actos de su pontificado, reconoció esta práctica como aceptable, aunque no exigida.

Así, aunque el motu proprio del papa Francisco pueda parecer un tecnicismo -y por cierto no ha de tener efecto alguno en todos aquellos lugares del mundo donde el presbiterio está ya invadido por mujeres-, representa, en los hechos, un cambio tectónico tanto en la teología como en la práctica litúrgica. Por primera vez, desde siempre, Francisco dice que la Iglesia católica debe instituir oficialmente a las mujeres como ministros litúrgicos, es decir, no en calidad de ministros substitutos, sino como simplemente ministros.

Aunque esta decisión no exige, desde el punto de vista lógico, abrirse a la existencia de diáconos o sacerdotes femeninos [véase lo dicho en esta entrada], sólo se la entiende, sin embargo, en el contexto del invasivo feminismo que ha hecho equivalente el valor de la mujer con su acceso a papeles tradicionalmente reservados sólo a los varones. En este sentido, la decisión sigue alimentando las llamas de un falso igualitarismo, que no dejará nunca de agitar en pro de la existencia de diaconisas y sacerdotisas. Además, esta decisión refleja un fracaso en la comprensión, en primer lugar, de por qué los ministerios han estado reservados a los varones, y de por qué la inclusión de mujeres en estas funciones es contraria a la verdadera naturaleza y estructura de la liturgia católica. Se ha discutido mucho estos puntos durante los últimos años, y yo lo he hecho también en varios artículos que cobran hoy nueva relevancia: 

- ¿Debieran ser las mujeres lectoras en la Misa?

- Realismo encarnado y el sacerdocio católico.

- Fundamentos doctrinales del ministerio exclusivamente masculino del altar, y el problema de ignorarlos.

- Una carta modelo sobre la restauración del servicio exclusivamente masculino del altar.

- El estatus de las órdenes menores y del subdiaconado [véase también las entradas publicadas en esta bitácora sobre las órdenes menores y las órdenes mayores]. 

[Véase asimismo el Position Paper 1 de la Federación Internacional Una Voce sobre el servicio de hombres y niños en el altar].

Leila Marie Lawler ha comentado en Facebook:

“Soy una dueña de casa. No soy una académica. Pero puedo leer. Ningún teólogo ni académico, que yo sepa (por favor, demuéstrenme que estoy equivocada), ha hecho ver, luego de leer Querida Amazonia, LO QUE ESTA NO DICE. Querida Amazonia no menciona a la familia y al irreemplazable papel de la mujer en ella, según lo que todas las reflexiones anteriores sobre la Iglesia en el mundo habían hecho. No menciona a las madres y su papel en la formación de los niños. No menciona a los padres como proveedores y protectores. Pero habla de las mujeres como una especie de agentes apostólicos paralelos que debieran ser reconocidas como tales. En otras palabras, habla -y bien claramente para quienes tienen oídos- de una nueva eclesiología en que los apóstoles tradicionales -varones que son sacerdotes- deben abrir paso a las mujeres en papeles apostólicos y trabajar con ellas y, a menudo, estar a sus órdenes. Es esta visión eclesiológica lo que está detrás de la carta del cardenal Ouellet sobre que hay que dar a las mujeres iguales papeles en los seminarios. Y está también detrás de la decisión, de que aquí informamos (el papa Francisco hace referencia a Querida Amazonia en su carta a la Congregación de la Defensa de la Fe), de incorporar al Derecho canónico el papel, ya corriente desde hace tiempo, de las mujeres como lectoras  y de las niñas como acólitos (como siempre pasa con los progresistas, la práctica precede a la ley oficial)”.

Así que Querida Amazonia no fue en absoluto la carta anodina que demostraba que los ortodoxos debían pedir perdón por preocuparse por las tendencias destructivas del papa Francisco. De hecho, ella no fue más que otra cuña clavada en la fisura moderna que amenaza a la fortaleza de la Iglesia. Cuando las mujeres comiencen a pensar que su “dignidad bautismal” se juega en el presbiterio, quedará completo el trabajo de estos pastores corruptos. Aparte del egregio apartarse de la Tradición católica -algo que no es, aparentemente, problema en la mente de un papa que ya ha modificado el Catecismo de la Iglesia católica en cuestiones de no poca importancia-, es muy probable que surjan muchos problemas prácticos de este último cambio del Derecho canónico.

En los Estados Unidos, y en diversos lugares en el resto del mundo, hemos visto que hay un lento regreso a la costumbre del servicio del altar sólo por varones, lo que, incluso según Spiritus Domini, sigue siendo plenamente legítimo (no es una exigencia que las mujeres sean lectores, acólitos o ministros). Tener sólo varones en el presbiterio no es la práctica dominante, por cierto, pero ha demostrado una sorprendente tendencia a reestablecerse. Este nuevo motu proprio va a proporcionar instrumentos a los obispos y párrocos liberales para oponerse a ella.

De acuerdo con las normas litúrgicas que gobiernan el Novus Ordo, si está presente un lector o acólito instituido, él (o ella) debe obrar con preferencia a cualquier otra persona. Anteriormente la decisión de recurrir a mujeres como lectores o acólitos era atribución de cada sacerdote, pero el cambio de norma del papa Francisco podría usarse para “plantar” acólitos y lectores femeninos en las parroquias, de modo que haya que emplearlos, lo cual sería un modo muy efectivo de poner fin a los esfuerzos por restaurar la práctica tradicional.

Algunos católicos adeptos a la Misa tradicional se preguntan si este cambio de norma podría afectarlos. La respuesta es no, porque, al menos por el momento, la forma auténtica del rito romano se gobierna por normas propias, es decir, aquéllas que entraron en vigor en 1962 (y cada vez más por las costumbres anteriores a 1955). Por tanto, tal como es imposible introducir en la Misa tradicional la comunión en la mano y los “ministros extraordinarios de la eucaristía”, así también las normas sobre lectores y acólitos no pueden afectarla, ya que están pensadas sólo para el Novus Ordo.

Cuando dije más arriba que Pablo VI “intentó abolir las órdenes menores”, escogí cuidadosamente cada palabra: el hecho de que las órdenes menores siguen siendo conferidas en las comunidades sacerdotales y religiosas que usan el rito romano clásico nos dice que no han sido, de hecho, abolidas, tal como tampoco fue abolido el usus antiquior. En resumen: cada una de las dos “formas” del rito romano tiene su propia normativa específica, y nunca podrán mezclarse. Me parece muchísimo más posible que el papa Francisco o algún papa futuro pudiera intentar declarar del todo ilegal el usus antiquior, en vez de ordenar que las rúbricas y normas del Novus Ordo sean obedecidas en la celebración del rito antiguo (de nuevo, digo “intentar” porque sería imposible que un papa, por fulminante que fuera, pudiera declarar ilegal la liturgia inmemorial de la Iglesia de Roma).

Supuesta la actual decisión, los conservadores pueden ya irse despidiendo de su sueño de reestablecer la continuidad entre la inmemorial tradición litúrgica latina y el “el mundo feliz” del Novus Ordo. Francisco ha dado a entender -en realidad, yo diría que todos los papas después de la reforma han hecho lo mismo- que no les importa en absoluto dicha continuidad en y por sí misma, yendo a su raíz más profunda; a lo más, podría tolerarse unas pocas reminiscencias externas del pasado, para aquéllos “que gustan de esas cosas”.  Pero aquí no se trata sólo de incienso y campanillas; de lo que se trata, y siempre ha sido así, es del vínculo inseparable entre la lex orandi y la lex credendi, entre el contenido de nuestro culto y el contenido de nuestra fe.

Gracias, papa Francisco, por recordarnos una vez más que lo que nos hace falta no es una “hermenéutica de la continuidad”, siempre a merced de intrépidos hermeneutas, sino sencillamente la realidad de la Tradición, que es lo que Ud. y todos los modernistas desprecian.

Monaguillas

martes, 12 de enero de 2021

Fiesta de la Sagrada Familia

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 2, 42-52):

“Cuando Jesús tuvo doce años, subieron sus padres a Jerusalén, según la costumbre del día de la fiesta; y acabados aquellos días, cuando volvían quedóse el niño Jesús en Jerusalén sin que sus padres lo advirtiesen. Y creyendo que estaba con los de la comitiva, hicieron una jornada de camino y lo buscaban entre los parientes y conocidos. Mas al no hallarlo, regresaron a Jerusalén en busca suya; hasta que al cabo de tres días, lo hallaron en el templo, sentado en medio de los Doctores, oyéndolos y preguntándoles. Todos cuantos lo oían, se pasmaban de su sabiduría y de sus respuestas. Y al verlo, se admiraron. Y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo te buscábamos angustiados. Y les respondió: ¿Para qué me buscabais? ¿No sabíais que en las cosas que son de mi Padre me conviene estar? Mas ellos no entendieron esto que les habló. Y descendió con ellos y vino a Nazaret; y les estaba sujeto. Y su Madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres”.

***

Lo primero que Dios da a conocer al mundo de su plan salvífico, es la imagen de una familia y de su vida cotidiana, con todas sus vicisitudes y altibajos. Con ello nos dice claramente que la santificación que el hombre tiene obligación de alcanzar -no es una opción más; es un ineludible deber: “vosotros os santificaréis y seréis santos, porque Yo soy santo” (Lev 11, 44)-, sin la cual no es posible de modo alguno salvarse, ha de ser y alcanzada y vivida, antes que en ninguna otra parte, en el seno de la familia. 

No son muchos los llamados a alcanzar la salvación en el gran teatro de las batallas teológicas, o en la confesión de la fe hasta el derramamiento de la sangre, o luchando, en el campo de los enfrenamientos políticos, por poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, como verdadero Rey que es.

En cambio, la mayor parte de los seres humanos tienen como escenario de sus heroísmos secretos, pero fecundos, y de sus victorias, sin brillos pero colmadas de méritos, la vida familiar de todos los días; una vida oculta, donde germinan las semillas de salvación que el bautismo ha depositado en nuestra alma. Es en lo oculto del seno materno donde Dios ha decretado que se forme el hombre; es en lo oculto donde el hombre se encuentra verdaderamente con su Padre (“Tú, cuando ores, entra en lo oculto de tu habitación y, cerrada la puerta, ora a tu Padre; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará”, Mt 6, 6 y ss.). Es en lo sencillo e inaparente donde se manifiesta Dios.

No se dan en la familia soberbios triunfos, que el Enemigo ensalza ruidosamente para engañarnos, ni altísimas proezas que deslumbran y nos deslumbran a nosotros mismos, como lo busca el Enemigo para enceguecernos. La familia es la arena de las pequeñas cosas, de las pequeñas batallas, de los mínimos, pero auténticos, triunfos: el Señor Jesús no sólo nos lo ha mostrado al pasar en esta intimidad familiar 30 de sus 33 años de vida terrenal, sino que nos lo ha dicho mil veces y de muchas formas: “Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho” (Mt 25, 21, ss).

Una de las últimas grandes santas de la Iglesia, que la ha proclamado Doctora -una de las pocas de la Iglesia latina-, es Santa Teresa de Lisieux, muerta a fines del siglo XIX, quien con su doctrina de la “pequeña vía” o de la “infancia espiritual”, ha hecho revivir el valor de lo pequeño y de lo oculto en la vida católica y apunta a la vida de la Sagrada Familia de Nazaret como el gran ejemplo de santidad que se propone a los hombres contemporáneos.

Pero este siglo XX, donde muere la cultura de la modernidad y donde procura desesperadamente sobrevivir en el interior de la Iglesia, está terminado su atroz carrera de destrucción y de muerte dirigiendo todos sus últimos y letales golpes a la familia. ¡Y cómo la ha herido! Detrás de todos los movimientos llamados “antisistema” que, furiosos, han asaltado lo que queda de cultura cristiana, está el espíritu de insubordinación frente a todas las jerarquías, comenzando por la existe en la familia: ya no hay respeto por padre y madre, ni sujeción al orden familiar, que es la matriz de todo orden más amplio en la sociedad. El Evangelio nos dice hoy que Jesús “estaba sujeto” a sus padres. Esa idea, esa imagen de la sujeción es, precisamente lo que la moribunda modernidad procura destruir con un envenenado coletazo final, enarbolando engañosas banderas de dignidad femenina, de libertad. Esta modernidad agónica sigue, con las fuerzas que le quedan, gritando el “¡Non serviam!” de su infernal mentor, el Diablo; el grito de rebeldía de éste frente a Dios: “¡No te serviré!”. Gritan hoy los hijos: “¡No te obedeceré!”.

Tienen razón quienes han dicho que en la última conflagración, antes de los tiempos finales, se verá al Diablo arremeter contra la familia. Es éste el punto que, en la línea de defensa de la obra de Dios, hay que reforzar, fortalecer, apertrechar, defender. La decisiva importancia de la familia no le pasa desapercibida a la astucia diabólica, que para destruirla, simula “ampliarla”, sugerir “alternativas”, “diversificarla” en modalidades que no hacen más que arruinar su esencia misma. Quiera Dios que los católicos no se equivoquen en este punto decisivo, final, del ataque enemigo. 

“San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestra fortaleza contra las insidias y perfidias del Diablo y, con el poder de Dios, lanza al infierno a los espíritus malignos que vagan por el mundo, tratando de perder las almas”. 

Miguel Ángel Buonarroti, Sagrada Familia (Tondo Doni), 1506-1508, Galería Uffizi (Florencia, Italia)

martes, 5 de enero de 2021

Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 2, 21):

“En aquel tiempo, llegado el día octavo en que debía ser circuncidado el niño, le fue puesto por nombre Jesús, nombre que le puso el Ángel antes que fuese concebido en el seno maternal”.

***

En la perspectiva de la Sagrada Escritura, que comparten por cierto los Santos Padres, el nombre de un ser humano expresa, resume y simboliza lo más esencial e íntimo de su persona y de su misión.

Aunque en el Antiguo Testamento se da al Mesías que ha de venir diversos nombres (Admirable, Consejero, Dios, Fuerte, Padre del siglo venidero, Príncipe de la paz), y aunque en el Evangelio de San Mateo se cita, en este episodio de la Anunciación, una profecía que dice “y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel [que significa “Dios-con-nosotros”]” (Mt 1, 23), el nombre específico que el Ángel indica a María que ha de darse al niño es “Jesús”, Yehoshú’a, “el Señor salva”, porque, explica el Ángel, “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1, 21). Si a esta luz leemos ambos versículos de San Mateo (Mt 1, 21 y 23), entenderemos que este niño, que es Dios mismo, está aquí con nosotros para salvarnos.

Jesús, ante cuyo nombre ha de “doblar la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra, y en las regiones subterráneas” (Flp 2, 10), es el único que nos trae la salvación (Jn 3, 18; Hch 2, 21): y este hecho está afirmado en varios lugares del Nuevo Testamento de un modo que no deja lugar a duda alguna: “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12). Ni Buda, ni Alá, ni Visnu, ni siquiera Pachamama: no hay otro que salve, sino Jesús.

Y por eso los Apóstoles y los primeros cristianos y los misioneros de todos los tiempos (los verdaderamente católicos) lo primero que han hecho ha sido siempre proclamar el nombre de Jesús, es decir, proclamar a Jesús como único salvador (Hch 9, 14; St 2, 7). No han ido a anunciar al mundo que Jesús es una más de las multiformes manifestaciones de la infinita bondad y voluntad salvífica de Dios, sino a decir, de un modo categórico, que es “el único” salvador.

La Iglesia de los últimos cincuenta años, o sectores de Ella, ha encontrado, sin embargo, que no se puede salir a hablar al mundo con semejante dureza, si queremos que el mundo nos oiga (no por nada se suprimió esta fiesta del calendario litúrgico, que fue reemplazada por otra en honor de la Sagrada Familia). Y se ha diseñado doctrinas que le bajan el grado al mensaje cristiano, le echan agua para diluirlo, lo suavizan, y lo exponen diciendo, de varios modos, “no se asusten; si no es para tanto; las cosas no hay que entenderlas así, en blanco y negro; somos tan enemigos de los “integristas” como Uds., amables relativistas que nos escuchan; sírvanse entender que todo este lenguaje es lengua semítica de hace dos mil años, y las cosas han, afortunadamente, cambiado; no queremos ofenderlos, ni herir sus oídos ni, mucho menos, sus conciencias; nosotros somos tan “civilizados” como Uds.”. ¡Buena cosa sería ir al ágora a escandalizar a esos atenienses que acuden diariamente a ella a buscar novedades, cosas interesantes! ¡El misionero no debe espantar a sus oyentes, a quienes quiere -es la teoría- convertir! ¡Vean, si no, el fracaso de la rigidez de San Pablo en el ágora!

Es cierto que la Palabra de Dios, espada de dos filos que penetra hasta lo más íntimo del alma, no es fácil de interpretar fuera de la Iglesia, que es quien la conserva en su integridad, la custodia de toda desviación y la interpreta con la garantía del Espíritu Santo. Algún obispo antiguo decía que “el Evangelio, fuera de la Iglesia, es un veneno”. Pero ya lo decía el primer papa, San Pedro, en su segunda epístola: “debéis ante todo saber que ninguna profecía de la Escritura depende de la interpretación privada” (2 Pe 1, 20), y añadía luego, refiriéndose explícitamente a las epístolas de San Pablo, que “en ellas hay algunas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente -lo mismo que las demás Escrituras- para su propia perdición” (2 Pe3, 16).

 ¿Cuál es, por tanto, la regla, la norma de interpretación de la Escritura al interior de la Iglesia? No hay otra que la Sagrada Tradición, en la cual encontramos lo que todos, en todos los tiempos y en todas partes, han entendido; norma que rechaza toda nueva “reinterpretación”, toda “puesta al día”, así sea “en consonancia con los cambiantes tiempos y la diversidad de las culturas”. No hay aquí “aggiornamento” posible: ya lo ha dicho el Señor: “Que vuestro modo de hablar sea: “sí”, “sí”; “no”, “no”. Lo que exceda de esto, viene del Maligno” (Mt 5, 37).

Así pues, si alguno piensa que es una rigidez y una exageración proclamar que Jesús es el único salvador, excluyendo otras posibilidades tan amables o inocentes y eventualmente positivas como la Pachamama, remítase a la interpretación que la Sagrada Tradición de la Iglesia, y el Magisterio subordinado a ella, ha dado siempre de esta idea central del cristianismo.

Sí: aquel “fuera de la Iglesia, no hay salvación” es una de esas “cosas difíciles de entender” a que alude San Pedro. Pues bien: si alguien no la entiende, acuda a estudiar el punto en la teología que sigue a la Sagrada Tradición, en vez de escandalizarse y decir “¡cómo pueden pensar semejante barbaridad! ¡qué estrechez de mente, qué falta de compasión por la humanidad! ¡qué “integrismo”!”. La propia salvación, que no es poco, se juega en entender el sentido de la Iglesia dentro del plan integral de la redención. 

-El Greco, La adoración del nombre del Señor, 1577-1579, Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (España)
(Imagen: Wikipedia)

sábado, 2 de enero de 2021

Por qué la plena restauración del rito romano no es “arqueología tradicionalista”

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, bien conocido de nuestros lectores. Aunque fue escrito en 2019, conserva su vigencia porque aborda el complicado asunto de fijar una fecha para la restauración litúrgica que sea coherente con la Tradición. A juicio del autor, ni el Misal intermedio de 1965 ni el de 1962 son expresión fiel de las oraciones y prescripciones que San Pío V, siguiendo las directrices del Concilio de Trento, ordenó codificar como rito romano. El objetivo era fijar una regla invariable para el culto en los tiempos en que el protestantismo se extendía por Europa. Pero San Pío V dejó a salvo aquellos ritos de más de doscientos años, los podían seguir siendo utilizados. Hay que tener en cuenta que el Código de Derecho Canónico de 1983 todavía señala que la ley no tiene fuerza derogatoria de la costumbre centenaria o inmemorial (canon 28), precisamente porque expresa un sentir del Pueblo de Dios que los dictados humanos no pueden contradecir. En materia litúrgica, esto significa un reflejo del sensum fidei que expresa una regla de fe. Habiendo fracasado el experimento de una "reforma de la reforma", queda preguntarse cómo volver a establecer una Misa que sea reflejo del culto a Dios en espíritu y verdad, guardando el gusto equilibrio entre Tradición e innovación, vale decir, que sea reflejo de un desarrollo orgánico del rito, el que no es ni puede quedar petrificado. El autor intenta responder esta pregunta. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan la versión original. 

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Por qué la plena restauración del rito romano no es “arqueología tradicionalista”

Peter Kwasniewski 

El estolón (y no visible, la casulla plegada), ambas abolidas por Pío XII

En un reciente discurso, el arzobispo Thomas Gullickson, nuncio papal en Suiza y Lichtenstein, ha hecho un arrebatador alegato en favor de “volver a fojas cero” en el caso de la liturgia romana, abandonando lo que es ya un experimento fallido y reponiendo los ritos tradicionales de la Iglesia católica. Lo que ha hecho es proporcionarnos un vigoroso resumen de las materias a que se refiere, muy detalladamente, un libro recién publicado, The Case for Liturgical Restoration [Las razones para una restauración litúrgica].

Y, a continuación, con admirable franqueza, el arzobispo Gullickson formula la pregunta del millón de dólares:

 “Quiero evitar el tema candente de proponer una fecha a la cual hacer retroceder todo. Pensé hace algún tiempo que era suficiente con regresar al Misal de 1962 y a la reforma del Breviario de San Pío X, pero las maravillas del Triduo pre-Pío XII, tal como las hemos venido experimentando, me han dejado sin palabras en este punto. Quizá las enseñanzas de Benedicto XVI sobre el enriquecimiento mutuo de las dos formas puedan proporcionar el paradigma para resolver la cuestión de qué Misal y qué Breviario. Mi llamado a regresar a los textos actualmente aprobados de la forma extraordinaria está, entonces, inspirado en cierta urgencia por avanzar, de hacer progresar el proceso. No me siento cualificado para proponer una opinión en el punto específico de dónde comenzar la restauración”.

La postura que ha predominado en la “esfera tradicional” durante mucho tiempo es que debiéramos contentarnos con 1962 como punto de partida para una sana liturgia futura. Después de todo, la de 1962 es la última editio typica anterior a las conmociones causadas por el Concilio, se la reconoce todavía como en continuidad con el rito tridentino, y ha sido impuesta por la autoridad de la Iglesia en el motu proprio Summorum Pontificum.

Desde una postura contraria, Dom Hugh Somerville-Knapman, de Dominus mihi adjutor, insiste en que debemos tomar en serio la constitución Sacrosanctum Concilium y, si lo hacemos, el Misal de 1962 no reunirá los requisitos exigidos:

“Todavía advierto cierta validez en una reforma moderada de la liturgia de acuerdo con el tono modesto que quiso el Concilio: lecturas en vernáculo, abandono de la duplicación que supone que el celebrante tenga que decir las oraciones, etcétera, cuando son cantadas por otros ministros, una preparación del sacerdote menos obstructiva al comienzo de la Misa, etcétera. Y la orden conciliar de hacer una reforma no puede simplemente ser olvidada como si nunca hubiera existido: hay que enfrentarla y asumirla, ya sea reformando la reforma hecha en su nombre, o mediante un acto específico del magisterio que la abrogue”.

“Es por esto que los ritos interinos me interesan: OM65 [el Ordo Missae de l965] es, claramente, la Misa del Concilio Vaticano II, y además está en continuidad orgánica con la tradición litúrgica. Dejó intacto el Canon, así como también conservó el respeto integral propio de la acción litúrgica. Incluso Lefebvre la aprobó. Lo que distorsiona nuestra percepción del OM65 es que hemos asistido a 50 años de desarrollos desde entonces, y no podemos evitar ver el OM65 como contaminado por éstos”.

“Además, el MR62 [Misal Romano de 1962] es un punto más bien arbitrario  de detención de la tradición litúrgica. Para algunos tradicionalistas comprometidos, dicho Misal es imperfecto, incluso contaminado. ¿Es mejor un Misal pre-1953? ¿O uno pre-Pío XII? ¿O, quizá, uno pre-Pío X? ¿Por qué no tomar el toro por las astas y defender el Misal pre-Trento -después de todo, Geoffrey Hull ve en éste la semilla de la decadencia litúrgica-? De este modo vamos a terminar en una situación en que cada uno elige sus propios principios idiosincráticos de un conjunto variable de ellos. Lo cual es eclesiológicamente imposible. La Iglesia católica tiene una autoridad magisterial que establece la unidad en la liturgia. Que ella, lastimosamente, haya estado ausente en las últimas décadas no es un argumento para ignorar totalmente su existencia. Por ese camino podríamos terminar siendo protestantes”.

Dom Hugh está dispuesto a admitir que Bugnini & Co. estuvieron atareados detrás de las bambalinas durante las décadas de 1960 y 1970 complotando y, eventualmente, llevando a cabo la violación y pillaje de todo lo que quedaba de la tradición litúrgica occidental. Piensa, sin embargo, que puertas afuera del Politburó, el Misal de 1965 fue visto en general por todos -y todavía puede ser así visto hoy- como la reforma que cumple con los deseos del Concilio. Este debería, pues, ser el punto al que nos lleva el “volver a fojas cero”” (para redondear en el tema de cómo fue el Misal de 1965, léase el informe de monseñor Charles Pope).

Un Misal de mediados de la década de 1960: tratando de mantenerse al día con los cambios

Con todo, a mi parecer las posiciones de 1962 (purista) y de 1965 (reformista) están rápidamente perdiendo adeptos en todo el mundo, especialmente a medida que Internet sigue extendiendo la conciencia de las inconsultas y, a veces, catastróficas reformas que se hicieron, a lo largo del siglo XX, a varios aspectos de la liturgia romana, entre las cuales destacan las hechas a la Semana Santa. Puesto que yo también estoy en desacuerdo con las posiciones de 1962 y 1965, quisiera argumentar en favor del regreso a la última editio typica anterior a las revolucionarias alteraciones de Pío XII: el Missale Romanum de Benedicto XV, publicado en 1920[1].

El principal argumento usado para defender la adhesión a 1962 es que todos debiéramos hacer “lo que la Iglesia nos pide que hagamos”. Pero ¿quién, o qué, es “la Iglesia” aquí? En esta época de caos ya no es evidente de por sí que “Iglesia” se refiere a una autoridad que está dictando leyes para el bien común del pueblo de Dios. Desde al menos 1948 en adelante, “Iglesia” en el ámbito litúrgico ha significado un conjunto de radicales que luchan por cortar los vínculos con la Tradición y que han procurado cumplir su agenda de simplificación, abreviación, modernización y utilitarismo pastoral en la Iglesia, con aprobación papal, es decir, con abuso del poder papal. No se trata de órdenes jurídicamente correctas que hay que obedecer, sino de aberraciones que merecen ser resistidas -por cierto, con paciencia, inteligencia y según modos ajustados a principios, pero igualmente con la intención firme de restaurar la integridad y plenitud del rito romano al punto como existía antes de que el Movimiento Litúrgico, en su fase cancerígena, tomara el control en los niveles superiores y llevara al rito romano al punto muerto del Novus Ordo-.

Durante un largo período traté, sinceramente, de comprender, apreciar y adherir a Sacrosanctum Concilium. Pero no me fue posible, después de leer a Michael Davies y, posteriormente, Phoenix from the Ashes de Henry Sire y la biografía escrita por Yves Chiron de Annibale Bugnini, ver en aquel documento sino un programa, cuidadosamente urdido, de revolución litúrgica. Dicho documento se contradice en varios puntos y se refugia frecuentemente en burdas ambigüedades que fueron deliberadamente implantadas en él -y sabemos esto último por investigaciones fundadas en documentos; no hacen falta aquí teorías conspirativas-.

Me convencí de la evaporación de la validez de Sacrosanctum Concilium luego de una profunda reflexión y gracias a una conferencia de Wolfram Schrems sobre el significado de la abolición, realizada por ella, de la hora de Prima en el Oficio Divino. Un Concilio que osa abolir un antiguo oficio litúrgico, recibido ininterrumpidamente de modo universal, se vicia a sí mismo desde la partida. Dado que ninguno de los documentos del Concilio Vaticano II contiene declaraciones de fide ni anathemas, no queda expresamente comprometido el carisma de la infalibilidad. Y supuesta su naturaleza misma, un puñado de recomendaciones pastorales prácticas puede estar equivocado, y existen pruebas, que aumentan continuamente, de que los fines y los medios del ala radical del Movimiento Litúrgico erraron gravemente el blanco. Las suposiciones del Concilio sobre lo que “había que hacer” a la liturgia fueron una errónea lectura de sociología y de  psicología de la religión. Sus propuestas de reforma se fundaron en suposiciones modernas que no han resistido el paso del tiempo y, de hecho, fueron ya eficazmente criticadas antes del Concilio y durante él. Por esto es que me parece insustancial el que el año 1965 refleje mejor las ideas, mutuamente conflictivas y a veces problemáticas, del Concilio.

Además, resulta difícil sostener la idea de que el Ordo Missae de 1965 representa la implementación de Sacrosanctum Concilium, a la luz de las reiteradas declaraciones de Pablo VI de que lo que promulgó en 1969 es el cumplimiento cabal de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia (véase aquí y aquí los ejemplos seleccionados por el selectivo y papólatra sitio Pray Tell; analizo aquí los desastrosos discursos de 1965 y 1969). Públicamente se presentó a 1965 (aunque no siempre coherentemente) como un paso intermedio en el proceso evolucionario que se alejaba de la liturgia medieval-barroca y se encaminaba a una liturgia moderna relevante.

El “momento de la verdad” llega, me parece, cuando los estudiantes de liturgia se dan cuenta de que 1962 es extremadamente parecido a 1965 en el siguiente aspecto: se trató de un Misal intermedio en cuya preparación Bugnini y los demás liturgistas que trabajaban en el Vaticano cambiaron todo lo que pensaron que podían hacer pasar disimuladamente. Incluso atribuyéndoles las mejores intenciones, aquellos liturgistas habían experimentado un triunfo renovacionista con la “reforma” de la Semana Santa de Pío XII, una reforma notable como ejemplo de dramática deformación de algunos de los más antiguos e intensos ritos de la Iglesia -y siguieron adelante con el impulso de ahí derivado-. La abolición en tiempos de Pío XII de la mayor parte de las octavas y vigilias, de múltiples colectas, de las casullas dobladas, entre otras cosas, es parte del mismo triste cuento de podar partes de lo que era más distintivo y valioso de la herencia romana[2].

Esta es la razón de por qué no es arbitrario que los tradicionalistas digan que el Misal circa 1948 -lo cual significa, en la práctica, la editio typica de 1920- es el punto al que hay que volver. El motivo es sencillo:  con excepción de unas pocas fiestas añadidas (el calendario es la parte de la liturgia que más cambia), es, en todos los aspectos más importantes, el Misal codificado por Trento. Es, simplemente, el rito tridentino. Para quienes creemos que el rito tridentino representa, en su totalidad y en cada una de sus partes, el apogeo, orgánicamente desarrollado, del rito romano, el cual es nuestro deber recibir con gratitud como un legado intemporal (al modo como los católicos griegos reciben sus ritos litúrgicos, que también alcanzaron la madurez durante la Edad Media), un Misal pre-Pacelli nos proporciona todo lo que estamos buscando, e incontaminado.

Hay quienes gustan de indicar cuáles son las “mejoras” que se podría hacer al antiguo Misal, pero los que han vivido muchos años, e íntimamente, con sus contenidos, son normalmente los menos convencidos de que las mejoras serían realmente tales. He mostrado algunos ejemplos aquí, aquí y aquí[3].

Un Misal de altar de 1931 de la Abadía de Maria Laach

Algún interlocutor podría decirnos: “Aguarde un poco. ¿No es todo esto “anticuarianismo tradicionalista”? ¿No somos culpables de hacer lo mismo que hacen nuestros oponentes, es decir, retroceder a formas más antiguas y despreciar los desarrollos posteriores?”.

No: nada de lo que aquí propongo significa “anticuarianismo tradicionalista”. Lo que sí está claro es que el Movimiento Litúrgico se descarriló después de la Segunda Guerra Mundial. Los cambios que se hicieron a los libros litúrgicos desde ese momento en adelante fueron motivados por teorías globales sobre “qué es lo mejor para la Iglesia moderna”, lo cual condujo a las abundantes contradicciones y ambigüedades de la Sacrosanctum Concilium, al reino del terror de Montini-Bugnini y a esa desgraciada coronación de todo esto que fue el Ordo Missae de 1969, junto con otros ritos de ese período.

La idea no es retroceder indefinidamente, sino tomar un Misal que es, en esencia, el codificado por Trento y Pío V, con el tipo de pequeñas adiciones o enmiendas que caracteriza al lento progreso de la liturgia a través de las épocas. Como el P. Hunwicke gusta de decir, durante muchos siglos desde Pío V ha sido posible tomar un Misal viejo, ponerlo sobre el altar y decir la Misa. Los cambios son tan menores que el Misal es virtualmente el mismo desde Quo Primum hasta el siglo XX[4]. Los santos van y vienen, pero incluso el calendario permanece notablemente estable. Sin embargo, luego del reinado de Pío XII, es mucho más difícil que un Misal “viejo” y uno “nuevo” (por ejemplo, los de 1955 de Pacelli, 1962 de Roncalli y 1965 de Montini) compartan el mismo espacio eclesial: no se los puede intercambiar unos por otros incluso en algunos momentos muy importantes del año litúrgico. Esto ya demuestra, de un modo basto y general, que se ha producido una ruptura, incluso antes del Novus Ordo.

La condición impuesta por Pío V de que sólo los ritos que tuvieran más de 200 años pudieran seguir usándose después de la promulgación del Misal tridentino es otra forma de explicar que nuestra argumentación aquí se basa en el sentido común. Un rito de menos de 200 años podría parecer como algo improvisado a nivel local, pero un rito que tiene 200 años o más posee el peso de lo “inmemorial”, algo que no debe ser ni perturbado ni reemplazado. He aquí, en verdad, la razón fundamental de la ilegitimidad del Novus Ordo: aquello que éste vino a reemplazar no era simplemente algo con más de 200 años, sino con 2000 años de historia de uso continuo, que muestra ausencia de rupturas mayores y sólo exhibe una asimilación y expansión graduales. Pero la norma de 200 años de Pío V sugiere también que resucitar algo con menos de 200 años no es necesariamente un ejemplo de anticuarianismo, sino que podría ser una recuperación, simple e inteligente, de algo que se perdió por casualidad, por error en la transmisión, o por una mala política. Así, si ciertas octavas y vigilias se abolieron sólo hace unas cuantas décadas, y si la racionalidad de ello merece ser rechazada, la recuperación de las mismas no puede ser, de modo alguno, ejemplo de anticuarianismo. Después de todo, tal como lo muestra The Case por Liturgical Restoration (pp. 14 y 16), el Antiguo Testamento proporciona ejemplos de restauraciones litúrgicas mucho más dramáticas que lo que la recuperación de ritos pre-Pacelli es para nosotros.

El anticuarianismo o arqueologismo -a menudo acompañado del adjetivo “falso”- es el intento de saltarse a pies juntos los desarrollos medievales y de la Contra-Reforma, a fin de llegar una liturgia cristiana supuestamente “original, auténtica”. El término anticuarianismo no puede aplicarse correctamente cuando se hace a un lado deformaciones modernistas, progresivistas o utilitarias. ¡Qué irónico resultaría si una reacción contra el falso anticuarianismo pudiera ser ahora catalogada como un ejemplo de lo mismo! Digámoslo del siguiente modo: los católicos han sido siempre inteligentemente anticuarios en cuanto que se han preocupado muchísimo y han procurado preservar su legado y tratado de recuperarlo, cuando ha sido saqueado o dañado. El Movimiento Litúrgico, por otra parte, nos dio el espectáculo de un anticuarianismo arbitrario, violento, programático. Estos dos fenómenos son tan distintos entre sí como el patriotismo y el nacionalismo.

Nuestra situación, en la Iglesia latina, ha alcanzado la nitidez de un dibujo impreso: (1) el rito papal moderno, risiblemente denominado rito romano, se ha afirmado como una pseudo-tradición vernacular, “versus populista”, informal, banal y horizontal, como un colaborador de New Liturgical Movement, William Riccio, lo ha descrito con feroz acierto; (2) la “reforma de la reforma”, por la que habían apostado todo lo que les quedaba algunos conservadores esperanzados durante el reinado de Benedicto XVI, no sólo está muerta, sino enterrada y profundamente enterrada; (3) la liturgia latina tradicional, aunque no está fácilmente disponible para todos los que la deseen, está firmemente enraizada en las nuevas generaciones, en todos los continentes y casi en todos los países del mundo, y no da señales de debilidad. Muchos clérigos tradicionalistas preferirían usar un Misal de la primera mitad del siglo XX, y los que no, de los cuales hay muchos, admitirán, en momentos de sinceridad con amigos de confianza, que experimentan dificultades con el ersatz de Semana Santa y con el Misal de Juan XXIII. Para parafrasear a C.S. Lewis, si uno ha doblado en la dirección equivocada, la única manera de seguir adelante es volver atrás; tal es el modo más rápido de continuar.

En este artículo he explicado por qué es legítimo, digno de alabanza y verdaderamente necesario buscar la restauración de la plenitud de la liturgia romana que se perdió en el período post-guerra. No toco aquí la cuestión, más delicada y discutible, de qué clase de autorización, dada por quién, se requiere o podría requerirse para usar una versión más antigua del Misal. No se sigue, del simple hecho de que una versión anterior del Misal es mejor, que cada cual está ipso facto autorizado para permitirse el uso del mismo. Pero sin embargo de los permisos ya otorgado o de los que falta que se otorguen, no deberíamos considerar el año 1962 como el vecindario en que la vida litúrgica puede asentarse. En comparación con el gueto, asolado por las riñas, del Novus Ordo, en que las bandas opuestas de progresistas y conservadores se trenzan en una guerrilla interminable, el statu quo de 1962 parece como mucho más seguro, más amable, más cómodo. Sin embargo, es un estacionamiento, una estación de paso en el camino hacia algo mejor.


[1] No hace falta decir que las fiestas particulares que entraron posteriormente en el calendario, como la de santa Teresa de Lisieux, debieran quedar incluidas.

[2] El arzobispo Gullickson dice, en el mismo discurso: “Y a propósito: en cuanto al calendario, ¿no es mejor el más viejo? Yo diré un vibrante 'sí', en especial si se habla de vigilias y octavas, y si se trata de dar el nombre correcto a los tiempos del año”.

[3] La cuestión de la reforma del Oficio Divino por Pío X es un semillero de problemas aparte. Es fácil advertir que la Iglesia debiera restaurar algunos elementos del Oficio romano tradicional que se perdieron, como los salmos Laudate en Laudes, pero no es en absoluto fácil decir cómo debiera hacerse. La situación del Oficio es muchísimo más compleja que la del Misal del altar o de los otros ritos sacramentales. Afortunadamente, los monjes benedictinos tienen la posibilidad de usar el Antiphonale Monasticum, que quedó casi intacto cuando la ruptura de Pío X.

[4] Se ven cambios más dramáticos en la explicitación de las rúbricas. Clemente VIII hizo un considerable “relanzamiento” del Misal de Pío V, enderezado a aclarar las rubricas. Cualquier edición del Misal, desde Pío X en adelante, incluye un enorme bloque de rúbricas al comienzo, que nunca había estado ahí. Sin embargo, es indiscutible que uno podría usar cualquier edición del Misal, con efecto en la mayoría de las fiestas y del ciclo temporal.