lunes, 31 de agosto de 2020

Domingo XIII después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons)

El texto del Evangelio de Domingo XIII después de Pentecostés es el siguiente (Lc. 17, 11-19):

 “En aquel tiempo, yendo Jesús a Jerusalén, pasaba por medio de Samaria y de Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron diez leprosos, los cuales se pararon lejos y alzaron la voz, diciendo: Jesús, Maestro, apiádate de nosotros. Él, al verlos, dijo: Id, y mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que, mientras iban, quedaron sanos. Y uno de ellos, cuando vio que había quedado limpio, volvió glorificando a Dios a grandes voces, y se postró en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias; y éste era samaritano. Jesús dijo entonces: ¿Pero no son diez los curados? ¿Y los otros nueve dónde están? No ha habido quien volviese a dar gloria a Dios, sino este extranjero. Y le dijo: Levántate, vete, porque tu fe te ha salvado”.

***

Muy a menudo el comentario sobre este fragmento del Evangelio se centra en la ingratitud de nueve de los diez sanados. Pero San Agustín, escudriñando el contenido de este pasaje, se pregunta también sobre qué significa aquí la lepra. Y en Cuestiones sobre los Evangelios, libro II, 40, núm. 2, dice lo siguiente:

“Hay que indagar, pues, el significado de la lepra misma. Pues de los que la vieron desaparecer de su cuerpo no se dice que fueran sanados, sino limpiados. En efecto, la lepra es un problema de color, no de la salud o de la integridad de los sentidos o de los miembros. Por eso no es absurdo pensar en los leprosos como individuos que, al no poseer el conocimiento de la fe verdadera, profesan las diversas doctrinas del error. No son los que, al menos, ocultan su ignorancia, sino los que la sacan a la luz del día como si fuera una pericia consumada y hacen ostentación de empaque al hablar. Por supuesto que no hay ninguna doctrina, por falsa que sea, que no tenga algún retacillo de verdad. Según esto, la mezcla de verdad y mentira sin orden ni concierto en una disputa o en cualquier conversación humana, como dejándose ver en el color de un único cuerpo, significa la lepra que modifica y motea los cuerpos humanos igual que si se tratara de afeites de color naturales o procurados artificialmente. Estas personas son muy vitandas para la Iglesia. Tanto que, si es posible, han de interpelar a Cristo a grandes gritos desde una lejanía mayor, al igual que estos diez se pararon a distancia y levantaron la voz diciendo: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. Lo propio debe ocurrirles a ellos. No me consta que nadie recurriera al Señor en demanda de la salud corporal dándole el título de maestro. Por ello, me inclino a pensar que la lepra es signo de toda doctrina falsa que un maestro competente consigue eliminar”.

Sin tomar en cuenta la noción que, en su tiempo, se tenía de la lepra, como un problema “no de la salud o de la integridad de los sentidos o de los miembros” sino como algo que afecta solamente al color de la piel, fijémonos en que San Agustín la compara con la mezcla de verdad y error, tal como en la lepra la piel se mezcla con blanco y otros colores : “Según esto, la mezcla de verdad y mentira sin orden ni concierto en una disputa o en cualquier conversación humana, como dejándose ver en el color de un único cuerpo, significa la lepra”.

En los aciagos tiempos que vive la Iglesia, muchas verdades de la fe son presentadas a los fieles mezcladas con el error. Y ello se hace de modo muy sugerente y halagüeño, diciéndose aquello que, sin ser verdad, el pueblo quiere oír, contagiado como está por los influjos del mundo descristianizado en que vive. La enseñanza de los “doctores” de la Iglesia es, en este sentido, relativamente fácil de difundir también porque, como dice San Agustín, “no hay ninguna doctrina, por falsa que sea, que no tenga algún retacillo de verdad”. Amparados por la capa de este “retazo de verdad”, se inyecta al espíritu de los fieles los más graves errores.

Esos “maestros” contagiados de lepra son uno de los mayores peligros a que están expuestos hoy los fieles. Y por ello es absolutamente necesario que éstos reciban con un espíritu alerta y bien informado todo lo que se les enseña. Pero, ¡no es fácil informarse para poder discernir la paja del trigo, la verdad del error! ¡La pereza intelectual, por otra parte, abunda en una época en que se evita realizar cualquier esfuerzo de este tipo! Además, ¡cuán escasos son los lugares y oportunidades de adquirir una formación doctrinal segura para proteger la fe y hacerla crecer, como se pide en la Oración colecta de este domingo!

 Por eso, una de las mayores obras de caridad que se puede emprender es enseñar y difundir la verdad en materia de doctrina de fe y costumbres. Y por eso en dicha Oración colecta se pide también a Dios el aumento de la caridad. Ahora bien, aunque parezca que las cosas son difíciles, que no hay dónde recurrir, todo comienza por pedir, porque “quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre” (Mt. 7, 8).                       

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